Frío, lluvia y huracán; crespones de nubes. El _pampero_, el terrible
_pampero_, que nos viene embocando hace sesenta horas desde El Plata.
Zarpamos de Montevideo, hermosa población que no he visitado por no
restarle ni uno de estos últimos momentos á Rocío, y vuelve á su ingrata
danza el barco. Casi una tempestad, en que persiguen nuestros tumbos las
aves blancas y las aves negras, como esperando despojos de la muerte.
Mirándolas yo, creyese que van recogiendo de la estela mis propias
ilusiones.
El mar ya no es el mar, sino un piélago de sucias aguas.
Mi alma ya no es tampoco más que un piélago de dudas.
He vivido un infinito en tiempo breve. Desde la primavera que mi
desolación dejó en España, y desde el estío que mi loca ilusión de
juzgarlo eterno cruzó en el Ecuador, pocos días más han bastado para
lanzarme á estos otros de tristezas invernales.
Tal que una sombra de mí mismo recorro las abandonadas cubiertas con un
ansia de «adiós» á cada sitio en que bebí olvidos de la pena. Nadie.
Mudos duelos de la gente mareada, de aquel alegre pasaje que ahora en
los salones tristes le huye al yerto anochecer. Rocío, con su obscuro
abrigo, parece en luto por los dos.
¿Dónde están las músicas y los gozosos bailes de los otros? ¿Dónde
nuestras amigas las estrellas y el perla de nuestras purísimas auroras?
El encanto del mar se rompe según nos acercamos á la tierra. Una noche,
ésta, la última, y mañana Buenos Aires. La dispersión se ha iniciado
para concentrar á cada cual en su egoísmo. Amistades y simpatías que se
deshacen; hondas afabilidades, nacientes amores, quizá, que se deshojan.
Ya nadie le importa á nadie, y todos se aperciben á ser extraños que
apenas se habrán de saludar en la gran ciudad al verse desde lejos.
¡Sí, sí, los egoísmos!... Cargamento de cosas inconexas que habrán de
diseminarse en la vida. Los veo por el cristal de las ventanas. Unos
yacen tumbados, con el displicente horror de su mareo, porque el buque
no cesa de hundirse y levantarse en el barro furioso de las olas; y
otros, en los camarotes, preparan para el desembarco sus maletas. Yo
también he ordenado las mías, y Rocío arregla las suyas aún, junto á la
madre infeliz, tendida sobre el lecho. Alcázar que se muda, y
desabrimiento y trastorno de mudanza, en mitad del cual se va asfixiando
mi efímera felicidad.
¿Habremos de ser ella y yo, asimismo, los extraños que no vuelven á
verse ó que sólo hayan de saludarse desde lejos?
¡Oh!
Mi corazón protesta; mi corazón me grita que no podrá ser; que no podrá
ser esto con la niña cuya angustia resignada siempre está pendiente de
mi angustia; pero el plan de su destino, que desconozco, y la falta de
un convenio del de ambos, que tampoco me he atrevido á proponerla por
exceso de respetos, contra su afán y mi afán pudieran separamos para
siempre. Aparte los empeños del P. Ranelahg, que porque ella sea un
ángel quiere guardársela á Dios en la clausura, ignoro absolutamente la
solicitación de vida que la espera, y los proyectos de su madre. Anoche
hablaban del hospedaje que en un convento ofrecíalas el P. Ranelahg.
Ello significaría el secuestro con respecto á mi última esperanza. No
pude entender bien, sin embargo, más que el dolor que Rocío me lanzaba
de soslayo, en despedida.
Está pálida y nerviosa. Su incertidumbre ante el dilema del sacrificio
en el espíritu á que la incita el sacerdote y de la amplia vida que yo
la he ponderado sin que nadie se la ofrezca, la tienen en algo así como
la crispada expectación de la urgencia con que el fin de este viaje
habría de resolverlo.
¡Pobre niña!
¡En el momento decisivo, y á pesar de mis ideas de salvación, cuán
lejanas se me vuelven á aparecer su purísima existencia y mi existencia
miserable!
Suenan los timbres. Llaman á la última comida.
El _pampero_ viene arreciando hasta hacer verosímil la posibilidad de
que seamos nosotros los que les sirvamos de festín á los peces y á las
aves. Todo se mueve y todo cruje y amenaza, estallar en el buque, que el
horrible viento combate por la proa.
Pocos van al comedor: apenas si algunos valerosos cruzan con los pies
abiertos y sin soltar los pasamanos.
Me acerco al camarote de Rocío. Como ayer y anteayer, mi brazo le
servirá de sostén á Leopolda.
Rocío aparece.
--No; no iremos, gracias. Aquí nos servirán.
Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre
levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta
última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»
Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó
«¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble
protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg?
¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado
seguramente para mí?
Mañana, cuando el _Victoria Eugenia_ amanezca anclado en Buenos Aires y
con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último
«adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de
nuestras almas.
Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada
animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la
mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que
celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de
Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin
y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.
Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable
bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis
ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo
más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.
Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.
Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado
interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación.
Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska
ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la
prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la
obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto
hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al
lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de
cruzarnos.
Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro,
y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío
me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.
El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón
una noche.
Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado
tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde
tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con
tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la
bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis
ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis
ilusiones...
Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar,
y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.
La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su
camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como
pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en
efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las
bandas.
--¡Qué noche!--me dice.
--¡Qué noche!--contesto.
Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un
balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.
¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual
han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!
Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder
á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen
tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son
más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos
aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.
--Ya no tiene el mar fosforescencias.
--No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.
Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento
arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco
á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el
cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que
gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa;
otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que
abre el vendaval.
Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura
infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas
ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas...,
turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.
--Es decir--corrígese Rocío en lo que antes expresó--¡creo que desde
ayer no navegamos por el mar!
--Navegamos por El Plata, por un río...
--Menos limpio, pero ancho como un mar.
--Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga
encontrar á Buenos Aires.
--¡Oh, sí!
A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo
«que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la
apena.
E insisto:
--El término del _limbo de delicia_. En él empezarán acaso los olvidos.
--¡Los olvidos! ¿De qué?
--De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por
el mundo.
La oigo suspirar.
--¿No lo cree usted, Rocío?
--¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que
cada uno ponga en olvidarlos.
Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi
ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco
su pañuelo.
--Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus
recuerdos. Se lo he robado á usted.
Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial
temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la
horquilla.
--Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!
Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.
Saco al fin la medalla.
--Mire, mire, Rocío.
A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta
vez más honda su sorpresa:
--¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?
--La tengo..., la tengo...--balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al
bolsillo--¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con
los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de
codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y
porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien
no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador
indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me
quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente,
puesto que no pienso devolvérsela.
Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:
--Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una
limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además
le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á
quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una
ladrona.
--Verdad es--bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo
tesoro con la mano contra el pecho.
--¿Conoce usted, Alvaro--bromea también--nada tan candorosamente
ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen,
otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro
caso) y sobra: ¡la amistad!
--¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!--comento yo
volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la
niña--; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho
nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún,
tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi
historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable
que lo que yo mismo me creo.
Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.
Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos
prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola
que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas
amarguras, y prosigo:
--Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por
las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que
tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese
separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!,
¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos
los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?
Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la
faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin
esquivarme la franqueza ni la mano:
--Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por
qué, pues, Alvaro, lo teme?
--¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su
convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del
alma de mi alma!
Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que
querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el
rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de
dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue
y se desprende de mi brazo:
--Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para
desembarcar.
La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo
que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar,
divina y vacilante, al camarote.
Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las
palabras que borra el huracán.
--¡Hasta mañana!
El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y
bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto,
que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de
mi triunfo.