IX

Frío, lluvia y huracán; crespones de nubes. El _pampero_, el terrible

_pampero_, que nos viene embocando hace sesenta horas desde El Plata.

Zarpamos de Montevideo, hermosa población que no he visitado por no

restarle ni uno de estos últimos momentos á Rocío, y vuelve á su ingrata

danza el barco. Casi una tempestad, en que persiguen nuestros tumbos las

aves blancas y las aves negras, como esperando despojos de la muerte.

Mirándolas yo, creyese que van recogiendo de la estela mis propias

ilusiones.

El mar ya no es el mar, sino un piélago de sucias aguas.

Mi alma ya no es tampoco más que un piélago de dudas.

He vivido un infinito en tiempo breve. Desde la primavera que mi

desolación dejó en España, y desde el estío que mi loca ilusión de

juzgarlo eterno cruzó en el Ecuador, pocos días más han bastado para

lanzarme á estos otros de tristezas invernales.

Tal que una sombra de mí mismo recorro las abandonadas cubiertas con un

ansia de «adiós» á cada sitio en que bebí olvidos de la pena. Nadie.

Mudos duelos de la gente mareada, de aquel alegre pasaje que ahora en

los salones tristes le huye al yerto anochecer. Rocío, con su obscuro

abrigo, parece en luto por los dos.

¿Dónde están las músicas y los gozosos bailes de los otros? ¿Dónde

nuestras amigas las estrellas y el perla de nuestras purísimas auroras?

El encanto del mar se rompe según nos acercamos á la tierra. Una noche,

ésta, la última, y mañana Buenos Aires. La dispersión se ha iniciado

para concentrar á cada cual en su egoísmo. Amistades y simpatías que se

deshacen; hondas afabilidades, nacientes amores, quizá, que se deshojan.

Ya nadie le importa á nadie, y todos se aperciben á ser extraños que

apenas se habrán de saludar en la gran ciudad al verse desde lejos.

¡Sí, sí, los egoísmos!... Cargamento de cosas inconexas que habrán de

diseminarse en la vida. Los veo por el cristal de las ventanas. Unos

yacen tumbados, con el displicente horror de su mareo, porque el buque

no cesa de hundirse y levantarse en el barro furioso de las olas; y

otros, en los camarotes, preparan para el desembarco sus maletas. Yo

también he ordenado las mías, y Rocío arregla las suyas aún, junto á la

madre infeliz, tendida sobre el lecho. Alcázar que se muda, y

desabrimiento y trastorno de mudanza, en mitad del cual se va asfixiando

mi efímera felicidad.

¿Habremos de ser ella y yo, asimismo, los extraños que no vuelven á

verse ó que sólo hayan de saludarse desde lejos?

¡Oh!

Mi corazón protesta; mi corazón me grita que no podrá ser; que no podrá

ser esto con la niña cuya angustia resignada siempre está pendiente de

mi angustia; pero el plan de su destino, que desconozco, y la falta de

un convenio del de ambos, que tampoco me he atrevido á proponerla por

exceso de respetos, contra su afán y mi afán pudieran separamos para

siempre. Aparte los empeños del P. Ranelahg, que porque ella sea un

ángel quiere guardársela á Dios en la clausura, ignoro absolutamente la

solicitación de vida que la espera, y los proyectos de su madre. Anoche

hablaban del hospedaje que en un convento ofrecíalas el P. Ranelahg.

Ello significaría el secuestro con respecto á mi última esperanza. No

pude entender bien, sin embargo, más que el dolor que Rocío me lanzaba

de soslayo, en despedida.

Está pálida y nerviosa. Su incertidumbre ante el dilema del sacrificio

en el espíritu á que la incita el sacerdote y de la amplia vida que yo

la he ponderado sin que nadie se la ofrezca, la tienen en algo así como

la crispada expectación de la urgencia con que el fin de este viaje

habría de resolverlo.

¡Pobre niña!

¡En el momento decisivo, y á pesar de mis ideas de salvación, cuán

lejanas se me vuelven á aparecer su purísima existencia y mi existencia

miserable!

Suenan los timbres. Llaman á la última comida.

El _pampero_ viene arreciando hasta hacer verosímil la posibilidad de

que seamos nosotros los que les sirvamos de festín á los peces y á las

aves. Todo se mueve y todo cruje y amenaza, estallar en el buque, que el

horrible viento combate por la proa.

Pocos van al comedor: apenas si algunos valerosos cruzan con los pies

abiertos y sin soltar los pasamanos.

Me acerco al camarote de Rocío. Como ayer y anteayer, mi brazo le

servirá de sostén á Leopolda.

Rocío aparece.

--No; no iremos, gracias. Aquí nos servirán.

Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre

levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta

última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»

Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó

«¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble

protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg?

¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado

seguramente para mí?

Mañana, cuando el _Victoria Eugenia_ amanezca anclado en Buenos Aires y

con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último

«adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de

nuestras almas.

Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada

animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la

mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que

celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de

Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin

y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.

Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable

bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis

ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo

más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.

Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.

Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado

interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación.

Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska

ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la

prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la

obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto

hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al

lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de

cruzarnos.

Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro,

y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío

me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.

El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón

una noche.

Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado

tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde

tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con

tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la

bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis

ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis

ilusiones...

Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar,

y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.

La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su

camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como

pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en

efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las

bandas.

--¡Qué noche!--me dice.

--¡Qué noche!--contesto.

Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un

balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.

¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual

han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!

Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder

á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen

tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son

más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos

aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.

--Ya no tiene el mar fosforescencias.

--No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.

Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento

arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco

á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el

cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que

gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa;

otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que

abre el vendaval.

Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura

infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas

ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas...,

turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.

--Es decir--corrígese Rocío en lo que antes expresó--¡creo que desde

ayer no navegamos por el mar!

--Navegamos por El Plata, por un río...

--Menos limpio, pero ancho como un mar.

--Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga

encontrar á Buenos Aires.

--¡Oh, sí!

A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo

«que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la

apena.

E insisto:

--El término del _limbo de delicia_. En él empezarán acaso los olvidos.

--¡Los olvidos! ¿De qué?

--De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por

el mundo.

La oigo suspirar.

--¿No lo cree usted, Rocío?

--¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que

cada uno ponga en olvidarlos.

Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi

ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco

su pañuelo.

--Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus

recuerdos. Se lo he robado á usted.

Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial

temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la

horquilla.

--Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!

Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.

Saco al fin la medalla.

--Mire, mire, Rocío.

A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta

vez más honda su sorpresa:

--¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?

--La tengo..., la tengo...--balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al

bolsillo--¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con

los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de

codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y

porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien

no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador

indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me

quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente,

puesto que no pienso devolvérsela.

Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:

--Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una

limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además

le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á

quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una

ladrona.

--Verdad es--bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo

tesoro con la mano contra el pecho.

--¿Conoce usted, Alvaro--bromea también--nada tan candorosamente

ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen,

otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro

caso) y sobra: ¡la amistad!

--¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!--comento yo

volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la

niña--; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho

nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún,

tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi

historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable

que lo que yo mismo me creo.

Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.

Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos

prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola

que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas

amarguras, y prosigo:

--Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por

las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que

tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese

separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!,

¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos

los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?

Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la

faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin

esquivarme la franqueza ni la mano:

--Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por

qué, pues, Alvaro, lo teme?

--¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su

convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del

alma de mi alma!

Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que

querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el

rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de

dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue

y se desprende de mi brazo:

--Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para

desembarcar.

La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo

que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar,

divina y vacilante, al camarote.

Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las

palabras que borra el huracán.

--¡Hasta mañana!

El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y

bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto,

que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de

mi triunfo.

Sí sé por qué: Novela · 第 16 / 27 题