VIII

Aunque están abiertas las ventanas y los ventiladores funcionan, nos

sofoca el calor durante el banquete que es en este anochecer la comida.

Hemos pasado hace una hora la línea ecuatorial. Hay quien lleva tomadas

cinco duchas, y señoritas que, incapaces de aguantar la ropa, é imitando

á Placer y á Eyllin, lucen el corsé y las piernas en la transparencia de

los vestidos sin enaguas.

Venimos en plena fiesta. Despertó al pasaje una burlesca diana de

acordeones y sartenes, y entre los escudos y banderas que adornan la

cubierta desfiló la mascarada de Neptuno; luego de almorzar, música y

baile; á las tres, _lunch_ de emparedados y champaña..., brindis,

canciones y alguna digna borrachera paseada de alto á bajo del buque á

traspiés...

Lambea encuéntrase rendido. Principal director de la zambra, aún le

quedan, para después del nuevo _lunch_ de la noche, el concierto y la

comedia. Cuando salimos á la cubierta con la dispersión de los que

buscan al aire libre algún consuelo, se nos unen el P. Reims y el P.

Ranelahg. El mismo afán de un poco de fresco y de reposo nos lanza á los

cuatro á la más elevada altura posible en la azotea de popa, donde se

hallan Rocío y su madre. Han comido en el bar. Leopolda no soporta la

confinación del comedor.

Charlamos, comentando pormenores del festejo. Pero otra actualidad,

relativa al infeliz que allá quedó hace tres días en el fondo de las

aguas, se ha mezclado hoy á la expansión de regocijos, y Lambea, que

todo lo averigua, nos informa de la especie de testamento del suicida

que guarda el sobrecargo. Son cartas y retratos de una bella berlinesa,

mujer del negro, y de una niña de doce años, su hija. Con un amante se

fugó la esposa del violinista años atrás; tuvo que entregarse á otros,

al ser por él primero abandonada..., y enferma, al fin, de repugnante

mal que la ha destruído la belleza, desde un hospital de Buenos Aires

escribió las cartas que demandaban las compasiones del marido. A

impulsos de sublime caridad iba, pues, el negro á América, ya casi un

agonizante de la pena y de la tisis, sin otro empeño que salvar en el

harapo de hermosura la reliquia del espíritu falaz que fué su religión.

No pudo terminar la travesía. Sintiéndose morir, prefirió ganarle al

inútil sufrimiento algunas horas. Realizaba el viaje sin el amparo de la

hija, dejada en un colegio de Europa porque no sepa jamás la vida de la

madre, y lega, á una y otra importantes sumas, cuyos documentos y

efectivos se han encontrado en la maleta del generoso moribundo que

viajaba hasta sin ropa.

Un alma como esa alma ha podido extinguirse aislada entre el desprecio

del pasaje.

Y ahora un poco de compasión tardía..., que no le estorbe á nadie

divertirse. Únicamente en nuestra tertulia, y sobre el holgorio del

buque engalanado, pesa el relato de Lambea como una maldición humana que

arrojó á un mártir á la tumba de las olas y que tiene en lejana

reclusión á una niña inocente de que un hospitalario pudridero de la

vida está agotando las impúdicas podredumbres de su madre...

Es una historia idéntica á mi historia y á la de la Montsalvato y á

tantas más.

Siempre la obra destructora del amor en un mundo que sin el amor, no

obstante, sería absurdo. ¡No lo comprendo!

Parte el inquieto teniente de fragata. Rocío se ha quedado pensativa, y

yo permanezco también dolorosamente impresionado. El Padre Ranelahg, que

á la vista de la futura monja y de mis ansias ideales dijérase que ha

tomado á empeño nuestra catequística rección, aprovecha la oportunidad

para una de sus pláticas. En el cristianismo cree que vuelve á surgir el

paganismo más hipócrita y cobarde. No tornará el mundo á la bienandanza

de los cristianos primitivos, hasta que con la mirada en Dios acierte de

nuevo á recogerse cada cual en la caridad, en la oración, en la pobreza,

en la vida interior del penitente. El drama, por mitad horrendo y por

mitad hermoso, que acabamos de oír, prueba el desastre de cualquier

ventura que se cifre en los bienes de la tierra. Solamente la belleza

del alma perdura como lazo de amor á través de las contingencias y de

la muerte misma de la física belleza, ya que ésta no es sino una mentira

del pecado, encubridora de las repugnancias de la carne.

Calla, y á pesar de la paz que ha derramado en mí, sufro una confusión,

puesto que, por una parte, se me impone la evidencia de que sólo con un

criterio tal de santidad fuesen imposibles las injusticias que yo siento

alrededor, sin encontrarlas el remedio, y, por otra, el estruendo del

buque, confirmándome que la humanidad resurge al bruto paganismo, parece

que me quiere gritar que con él es la vida misma la que reclama

turbulentamente sus derechos. La vida misma, que ni proviene de la santa

castidad, ni pronto haría sino agotarse si el mundo entero llegase un

día á alcanzar la perfección de la santa castidad. ¿Habría de ser

condición de la vida, entonces, vivir de lo bestia y lo cruel, ó no

vivir, por el místico suicidio?

Guárdome de manifestar mi duda, iniciando una intempestiva discusión en

que yo no podría oponer, después de todo, afirmaciones; pero me inquieta

ver reflexiva á Rocío bajo el influjo de las sutilezas del dialéctico.

Afortunadamente corta las meditaciones de la niña una invasión de

estruendo que se acerca. Capitaneados por tres comerciantes catalanes,

suben las escaleras dos docenas de emigrantes haraposos; detrás va

llegando el pasaje, en turbión. Lambea, que vuelve acompañando á la

familia del ex presidente de República, se nos acerca un momento á

decirnos que se efectuará aquí esta especie de intermedio bufo, porque

la cubierta se está arreglando para la función teatral. Todo el mundo

se enfila en corro alrededor del la azotea, por los bancos, ó en pie, ó

en donde puede.

Y empieza la diversión. Parece los títeres de un pueblo. _Carreras de

costales_, cuyo premio serán cinco pesetas. Meten y atan los

comerciantes á diez infelices (cabeza y todo) en sendos sacos, dan la

señal de partida, caen de primera intención cuatro ó cinco, y el público

se ríe. Al poco están todos en el suelo; se arrastran, ruedan y de

cualquier modo procuran avanzar; ni ven adónde van ni en dónde chocan.

Unas veces se amontonan y se agarran en pelea de coces desde dentro de

los fardos; otras veces salen disparados contra una lucerna, y á un

gemido doloroso y á un magullamiento de narices mánchanse de sangre.

Pero el elegantísimo pasaje chilla y goza ante los desdichados á quienes

ha traído por primera vez al lujo de su cámara para que por un duro le

divierta.

A la _carrera de costales_ sucede otra en que parejas de hombres, con

sendos cordeles al cuello y pasados entre las piernas, marchando á gatas

y tirando uno de otro tendrán que llegar á metas prefijadas. Las parejas

son cuatro, y se han descalzado para mejor afianzarse á las rendijas de

las tablas con los pies... Le gana el espectáculo en brutalidad al

anterior: antes sangraron las narices; ahora sangran las uñas de los

pies y de las manos. Si el que va vencido se aferra á un gancho ó al

remate de un cordaje, el rival se obstina en arrancarlo, y á la presión

del cáñamo parece que van á ser segados los cogotes apopléticos.

Entonces, entre la risa general, se les azuza, se les arrea, casi se

les golpea y se les pincha como á bueyes que tuviesen atascada la

carreta.

Rocío y yo nos ahogamos de una piedad que se dicen de tiempo en tiempo

nuestros ojos. Y como la tal pelea, á más de bestial, es larga, pues

cada vencedor debe acollerarse con otro vencedor, el público empieza á

fatigarse, y advierto que muchos se fijan en el grupo que formamos.

Curiosidad de los que no suelen vernos reunidos entre ellos, y que no

pudiendo sospechar en mí otra índole de afectos que los del más puro

desinterés hacia una niña de falda corta y trenzas á la espalda,

pensarán que sólo la intransigencia fanática y el misantropismo sean los

que me hagan preferir la soledad al lado de la chiquilla por una igual

veneración de los dos á los señores sacerdotes. Todos, todos lo

pensarán..., incluso mis amigos, ante los cuales mis desdenes á Placer

dejaron bien sentada mi aversión á cierta clase de aventuras y á no

importa qué otros devaneos..., é incluso los propios sacerdotes, á pesar

de que nos observan más de cerca.

Y, sin embargo... se engañan--como yo mismo me engañaba no hace mucho.

Sé al fin que adoro locamente á la «niña de falda corta y trenzas á la

espalda», y sé, además, que el misterio de su espíritu y el contacto de

su vida en los besos de mi boca fuéronme la revelación de lo que ya

puedo confesarme sin bochorno... ¡Casado, sí..., y ella, purísima!...

Mas ¿qué importa?... Un insomnio y una tenacidad de mi corazón, en la

noche misma que hubo de luchar con la evidencia gloriosa y miserable, en

un relámpago de idea me hicieron ver que los nudos de la ley se desatan

por la ley..., que un casado se divorcia..., se divorcia..., y que yo,

por tanto, podré recobrar mi libertad en Buenos Aires. Secreto que le

guardo á la chiquilla por si pasase alguna vez á la plenitud de la mujer

de humanidad en mi cariño.

¡Oh, la plena mujer de humanidad que sintieron mis brazos y mis besos!

¡La plena alma de mujer tantas veces sentida por mi alma!

¿Conoce mi pasión?

Lo ignoro. Y en vano aquí trataría de penetrarlo en el hermético candor

y en la piedad de la niña tan niña delante de las gentes.

Pero aumentan las risotadas, de pronto, y acrece hasta el tormento su

piedad. Agotada la resistencia de un luchador que se aferraba á la

lumbrera, de un tirón hercúleo es arrastrado de tal modo por el otro,

que tienen que llevárselo con un síncope, del calor y del esfuerzo.

El P. Ranelahg y el P. Reims se marchan, contristados. Les imitaríamos

si no le fuese á Leopolda difícil hendir la multitud.

Menos mal que á lo cruento sucede lo jocoso. Depositadas ahora las

monedas en el fondo de grandes cubos de agua y de cazuelas embadurnadas

con aceite y con tizne, los míseros emigrantes, ya de sobra lastimosos

con sus andrajos y sus carnes laceradas, de rodillas, y atadas atrás las

manos, han de sacarlas con los dientes. Parece resultar muy divertido

verles caerse cara al tizne ó sepultar en los cubos la cabeza hasta los

hombros. Se van poniendo hechos una lástima, y el público ríe, ríe... No

son hombres, son vivos autómatas que se han traído aquí por diversión.

Antes se escarneció el ultraje á sus dolores, y ahora, se escarnece el

ridículo de su grotesca humillación con las mismas carcajadas. Cuando

alguno á punto de ahogarse saca la abotagada faz de un cubo y vierte el

agua por la nariz como una foca, llega al colmo el regocijo. Y no

obstante, no fuese una piltrafa de humanidad lo que se ahogaría con la

desdicha de estos seres á la vista del aristocrático concurso, sino la

humana dignidad.

Sigue, sigue el espectáculo soez, y aun por media hora me obliga á

recordar mis sandeces de aquel día en que yo quise sacudir las

compasiones de estas gentes gritándoles que se _ahogaba la humana

dignidad_ en la sentina de emigrantes...

Soy yo, pues, y es Rocío, quienes únicamente nos ahogamos de piedad, de

piedad, de piedad... Somos nosotros, tan sólo, los necios mártires de la

piedad estéril, ante la imposición de las crueldades del mundo que el

selectísimo concurso manifiesta en toda la magnitud de su inconsciencia.

Y no, no lo comprende; no puede comprenderlo, á pesar de la sanción

general abrumadora, la protesta constante de mi alma.

¿Por qué la necesidad de ser crueles? ¿Por qué en todas partes las

durezas de la vida, ó por qué, si no, frente á ellas el absurdo de

ángeles de bondad como Rocío?

Leopolda, siquiera, oculta en el abanico, le ha pedido anestesias á sus

sales.

Dormita tan tronchadamente, que no siente, por último, la dispersión de

la desdichada tropa de payasos, á puntapiés de sus joyosos directores--y

tras ellos la del público.

Junto al sueño de la pobre enferma destrozada quedamos Rocío y yo en la

soledad.

Quedamos con nuestro dolor, con nuestra angustia, con nuestro horror del

mundo...; y mudos, caídos atrás en los sillones, el ángel que es del

cielo acoge su aflicción á los mundos de los cielos.

Estrellas. Amigas suyas de pureza fulgurante. Están tan altas que no las

llegarán las miserias de la tierra. Brillan á través del dosel de humo

que nos va tendiendo el buque. Sabe Rocío sus nombres y las va

nombrando--algo desorientada bajo este firmamento, que es ya la mitad

del Sur. Pero Lambea nos las indicó en las pasadas noches, y puedo á mi

vez dirigirlas mi saludo... «Acharnair»... «Procion»... «La Corona»...

«Tomalhaut»... «El Fénix»...

La espléndida «Cruz Austral», predilección de nuestros embelesos, queda

oculta, hacia la proa, en la balumba de chimeneas y botes y mástiles y

puentes del _Victoria Eugenia_.

Levántase Rocío y va en vago paseo de abstracciones á la borda.

Al poco, voy á su lado.

Ella contempla perdidamente las cinco estrellas de la Cruz Austral. No

sé lo que las hable. Seguro de no discordar mucho en el diálogo de alma

y de luz, susúrrola al oído:

--Y sin embargo, también tiene sidéreos resplandores nuestro mundo.

Desde allí nos deben ver como otra estrella.

Cierra y abre los ojos. Yo insisto:

--Con la misma pureza, que otra estrella.

Me mira.

--Y por mucha razón que parezca apoyar la unánime ferocidad del mundo,

contra todo él hay que afirmarle que es estrella en mitad del Universo y

que habrá de ser estrella.

Al apartar de mí la mirada, Rocío déjala melancólicamente caer en

nuestro mundo, que debería ser estrella y no lo es, en nuestro barco,

que es por todas partes cargamento de crueldades. A la izquierda, en el

hundido entrepuente de tercera, y al agónico fulgor de las bombillas,

muéstrasenos la incongruencia humana con los dos grupos que forman á uno

y otro lado las blancas monjas y las colorinescas prostitutas. Y como

queda fija en ellas la angélica compasión de la que tanto puede

comprender, no dudo en expresarla las mismas reflexiones que sentí al

verlas el primer día: «Símbolos del social absurdo, representan lo que

de un modo indefectible se tiende á hacer con todas las mujeres; se las

parte sin término medio para ellas: ó lo espiritual, en un calvario de

renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.»

--Unas--concluyo--van á aprisionar su juventud sin juventud y sin vida

en hospitales y lúgubres conventos argentinos; otras, á servirles en

burdeles su beldad sin beldad y sin alma al vicio de los hombres.

--¡Qué horrible!--clama algo del ser entero de la mujer-ángel, volviendo

á la Cruz Austral la angustia de los ojos.

Callamos los dos. Pero si ella adora los luceros al rechazo de no poder

noblemente adorar lo humano, yo estoy adorando en ella la excelsa

humanidad de su belleza divinizada por su espíritu.

--¡Qué horror!--repite suspirando.

--¡Y qué error y qué pena, Rocío!--añado, con el recuerdo de las

abominaciones del catequista que pudiésemela robar lanzándola al otro

extremo de la vida místicamente cercenada--. Vea: todo es bello y digno

en la Creación..., la estrella, la nube, la luz, el mar..., el árbol y

la montaña, el pájaro y la flor...; todo es diáfano y purísimo en su

mismo incesante cambio del vivir y del morir que realiza la eternidad de

la armonía creada por Dios y que cautiva de divinidad universal á

nuestros ojos..., y sólo nuestros ojos, sólo nuestra, vida material,

sólo la plástica belleza, humana, que en usted, por ejemplo, resume

todas las purezas de la luz y de las flores..., habría de ser inmundo y

despreciable.

Me mira otra vez la que todo lo comprende, y sonríeme para quedarse

agradecida en mi mirada. Su atención de espera es tan intensa como la

que hubo de prestarle al P. Ranelahg. Él la presentó el enigma de los

odios á la vida. No debo yo en el sentido opuesto defraudarla.

--¿No cree usted, Rocío--la expongo lo más humildemente que puedo, es

decir, en interrogaciones, que buscan también mi orientación al fulgor

que me está irradiando el ángel de la tierra--que hubiera más egoísmo y

cobardía al recogernos al alma limitados á la ambición única del cielo,

sólo porque en el mundo nos hiera su barbarie, que no en salvarnos

combatiendo esa barbarie y salvando á los demás? ¿De qué, entonces,

sirviese la humana, caridad del amor que á usted y á mí nos acongoja

porque vemos siempre en torno lo cruel?...

Tiembla en la grandeza de alma de sus ojos la conciencia del impoderío

de la chiquilla, que fuese toda, á pesar suyo, de estéril compasión, é

interrógame á su vez:

--¡Oh! ¿Y es posible eso?

--¡Sí!--no vacilo en contestar--; con el amor que haga religión amorosa

de la vida; con el amor que no odie; con el amor que lo ame todo y lo

embellezca, desde el perfume de una rosa y el rosa de unos labios, hasta

la desdicha de los que no saben besar con pureza igual los labios y las

rosas.

Me corrijo, al advertirle demasiadas seguridades á mis dudas de

inseguro:

--Es posible, cuando menos, intentar contra la crueldad que

inmediatamente nos rodee la obra redentora. Así, usted y yo bajamos á

los pobres y les damos limosnas de dinero. No basta, bien lo sé; pero

tampoco las limosnas de oración. Entre las religiosas de la caridad

espiritual, que huyen de la vida con espanto, y la vida aborrecida y

torturada que por las únicas esclusas sin alma del brutal instinto de

las gentes reclama sus imperios como puede y sin cesar, siempre

invencible, nunca vencida, yo creo que falta un sentimiento de humanas

amplitudes que, fundiendo y concordando á aquellos dos, le entregase á

la partida vida sus noblezas. Lo creo, y porque lo creo, allá, en mitad

del mundo, en mitad de un abierto campo de España, dejé abandonado á la

barbarie el templo de humana religión que le dije á usted que esperaba á

la Laura que no fué..., á una Laura allí quizá esperada todavía. Con

ella, Venus idealizada por el místico resplandor de la Pura Concepción,

mitad pagana, mitad cristiana, habría fundado yo la colonia del amor de

todos los amores y de todas las limosnas: para ella, besos de ideal en

las flores de su pecho y de su boca; para los otros, piedad que aliviase

sus dolores, escuela que combatiese su ignorancia, generosidad que

salvase su pobreza, y para nosotros y los otros, hijos de los dos á

quienes poder educar de modo que continuasen la misma redención de la

vida bajo el manto de estrellas de los cielos.

Extínguese mi voz en un suspiro de oración, y nada más tengo que decirla

á la divina humana que nada tiene que reprocharme ni decirme. Han debido

estremecerse á mis palabras las flores de su boca y de su pecho.

La noche ecuatorial envuelve nuestras vidas en su inmensidad de

maravilla. Los astros son lumbres cuya pureza ilumina á la del ángel.

Piensa, tal vez, el ángel, la mujer, en lo lejos que va quedando el

triste templo de mi amor, y al girar más la cabeza, ansiando descubrir

en los nuevos horizontes nuevas tierras que pudiesen convertirse en

templo abierto de los cielos, la sorpresa arráncala una exclamación

alucinada.

Me vuelvo y sufro el mismo asombro.

Toda una magia.

A mi evocación, la diáfana tierra de divinas claridades habría surgido

del mar y está delante de nosotros.

Está inmensa y radiante en la obscuridad, como una gloria. Isla

fantástica, blanca, en blanco incendio de resplandor de paraíso.

No comprendemos, al pronto; no podemos comprender, y juntos y

silenciosos nos acercamos á la otra borda con la atracción sobrecogida

del milagro.

¡Ah! El hechizo se deshace un poco y nos obliga á sonreír humanamente.

Es la luna, que sale tras un celaje denso, en el cual finge el país de

la ilusión.

Es la luna..., y aunque adivinada por nuestra serena predisposición

contra lo sobrenatural, nos cuesta violencia hacerles aceptar á los ojos

que sea la luna y que no sea aquéllo un Olimpo donde las desnudas diosas

vayan efectivamente á aparecer ante nuestro curioso aturdimiento de

mortales.

Fundidas platas y fúlgidos velos en decoración de inmensidad. Apoteosis

del ensueño. La negrura de las aguas corta rectamente la negrura de unas

acantiladas costas que parecen ganar la línea del cielo avanzadas á

nosotros y que en rompientes blancas figuran las suaves playas de luz

que van á internarse y perderse en los valles de la luz, en las

paradisíacas selvas de transparencias ambarinas, en las edénicas cumbres

de albor de nieve que otras sombras pintan por el dilatado reino azul de

la quimera...

Miramos la celeste fantasmagoría no sé cuánto tiempo; y cuando la luna

ha acabado de salir redonda por lo alto, dejando reducidas las nubes á

su gris, Rocío concreta la emoción sentida en un solo pensamiento:

--¡Se comprende que en la inspiración de la Naturaleza quisiese alguna

vez la Humanidad forjar su religión!

Digno de ella el pensamiento, fija como definitivamente otro mío en mis

angustias eternas de piedad.

--Las ruindades humanas--la digo--no se borrarán hasta que los hombres

encuentren su perfección en la simple imitación de la Naturaleza, donde

nada es crueldad, donde todo es ritmo y belleza y armonía.

Sí sé por qué: Novela · 第 15 / 27 题