VII

Tornan los prestigios mágicos á mi alma y mis sentidos. El nombre de

felicidad le sería tal vez demasiado á la calma que me envuelve; pero

duermo intensamente en pocas horas y despierto siempre en las plenas

agilidades de la vida. Todo me causa un sencillo bien, cuyo halago me

penetra: la limpidez del aire, la amplitud del mar, el nácar de estas

albas..., que una insaciable ambición me impulsa á buscar más temprano

cada día. Cada noche, podría decir. Hoy aún brillan las estrellas. Si

Rocío es algo del mismo amanecer, yo soy algo del halo de una adoración

satélica que anticípase á esperarla.

Para no turbar mi bien, únicamente me veo forzado á no pensar en el

término de este viaje que me impone la contradictoria sensación de su

fugacidad y su eternidad al mismo tiempo. Cuando lo pienso, la hora

cruel en que la niña hermana y yo hayamos de separarnos háceme temblar

como la del nuevo tránsito de lo celestial á lo maldito.

¿Me engañaré?... Acaso el milagro de ventura sea obra del mar, y la

niña, que tan distinto de mi camino habrá de seguir el suyo, sólo

represente un encanto más en mis renacidas ilusiones. De todas suertes,

la gratitud por el descanso que la debo me arrastra á su avidez. Cae su

camarote opuesto al mío, también sobre cubierta, en esta banda. Duerme,

y vengo á robarla los ensueños del dormir..., como la robé el pañuelo,

como la he robado la medalla de la Virgen, como la voy robando secretos

de la conciencia poco á poco..., y como la robaría el espíritu,

llevándomelo en reliquia de ideal, si pudiese ahora, vampiro excelso,

deslizarme hasta el aliento descuidado de su sueño y respirárselo y

agotárselo sin tocarla.

¡Bella muñeca dichosa, que ya lejos vivirá de mí, ignorando quién la

habría apagado el alma en la luz verde de los ojos!

Pero... me presiente su alma, su vida, que no quiere morir..., y ha

despertado y ha venido á descorrer la cortinilla azul en la ventana.

Sorprendido al pie, me quedo inmóvil. Acaríciame una oleada de las finas

esencias de un nido de mujer, porque sólo permanece corrida la persiana

tras la abierta vidriera, y una vez más se me confirma cuán cerca de lo

espiritual está lo sensual, hasta en el ángel que más ángel pueda ser

sobre la tierra.

La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del

tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata...

Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de

la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si

porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó

porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el

purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de

donde mora la nobleza...

Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los

cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa

humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de

rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de

alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la

humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la

blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el

éxtasis de paz.

Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas

siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme

adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y

yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la

maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los

zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle

á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que

es Laura mi mujer?»...

Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el

egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no

haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde

la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz

de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y

de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien,

únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en

cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los

designios del ultraje.

Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de

trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su

comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni

perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo

pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado

repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por

encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de

majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de

las inocentes candorosas.

Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas

y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble

ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente.

Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me

brinda los tesoros de su espíritu.

Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es

mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las

claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da

vergüenza.

Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de

su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de

inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un

escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja,

rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo;

pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la

Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma

un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega

y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven

de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de

entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto

de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que

Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes,

porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón

á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también

un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó:

«--Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...--Cuando

me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados...,

cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el

espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una

aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que

no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la

escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la

perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la

blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en

el peldaño.

Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla

hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela

confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya

lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas,

y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.--«Es usted

bueno, Alvaro»--me acarició.--«Es usted buena, Rocío»--la devolví. Y

contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos

que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente

adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos

oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales

citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.

Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas

limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los

pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que

yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara

nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar,

porque está perfumada, la medalla de _la vida_ de Rocío--aroma á la vez

de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien

duros á que puede ascender el valor de la medalla.

Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me

perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su

conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril

indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.

Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de

mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.

--¡Hola!--me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es

una jaula de balcón sobre las aguas.

--¡Hola!--la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo

pedazo mío que vuelve á mí.

Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los

ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es

clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí,

cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela

triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.

--No sé por qué no habrá pintores de albas--susurrábame Rocío cuando la

hechicería de luz la tiene lleno el ser--; pintores que no pintasen más

que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.

No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los

halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía

aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios,

me quedo contemplándola.

En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla

limosnas de piedad y de salvación.

--Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la

felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la

felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en

sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna

felicidad?

Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.

--¿No es usted feliz?

--Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de

delicia--; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que

alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una

existencia venturosa.

--¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?

--Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí

misma.

Suspira.

--Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea

mucho en la Virgen, lo primero.

--¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares

aptitudes de la tierra.

--¿Cuáles?

--La música, el piano, por ejemplo.

--Bella cosa. Conságrese á la música hasta alcanzar la perfección.

--Pinto algo, también, y sé la fotografía.

--Muy bien. Complementos admirables. Quedábamos en que sería hermoso

pintar albas.

--Amo, además, el campo y los cultivos por razón de mis estudios.

Estamos charlando como en afable broma.

--Por Dios, Alvaro..., y ¿con tales cualidades y aficiones no ha de

saber formarse un poco de ventura?

--No. Son grandes cualidades, quizá, cuando á la vida no le falta la

clave de un amor; usted lo tiene en lo divino; yo no lo encuentro por el

mundo.

Mi acento ha sido menos ligero, casi severo..., y la toma á ella su

severidad, dejándola una sonrisa triste. Como siempre que sospecha el

riesgo de una derivación de mi espiritual afecto á otros egoístas, se me

esquiva en sutil condescendencia.

Al cabo de un instante inquiere con una especie de remota compasión que

la escuda contra cuanto no sea compadecer desde su alteza mis humanos

infortunios:

--¿No tuvo usted nunca otro amor que el de aquella novia, que el de

aquella Laura?

Y me observa la mujer de comprensión tan hondamente, que yo creería que

ven sus ojos en la profundidad de mi corazón los otros dos nombres de

amargura que le ha removido la pregunta: el de Ana María (_Loló_, para

Placer--que brutal un día hubo también de recordármelo) y el de

Enriqueta.

Cedo á la tentación de descargar mis pesadumbres en la hermana.

--Amor, ninguno más; bajas pasiones, sí--digo--; Laura constituyó el

fracaso de la redención de aquellas pasiones mías, y en singular de dos

que me mancharon de crimen y de infamia.

Expresado esto con la tranquila convicción de quien ni miente ni

exagera, comprendo que lo he dicho en homenaje de heroicos respetos á

Rocío. Es la compensación excesiva de la mentira de omisión referente á

mi matrimonio; es más aún, porque será la barrera que por propia

voluntad establezca entre mis imprudentes sentimientos, posibles á mi

pesar, y la que me deba conocer tan vil que jamás pueda otorgarme sino

su horror en la inmensidad de sus santas compasiones.

--¡De crimen y de infamia!--ha repetido, crispada y lúgubre, como ya

otra vez que no llegué más que á insinuarla la misma confesión.

No lo cree, tal vez, en aquél cuya bondad la ha emocionado viéndole

repartir limosnas á los pobres, y una rabia de mi infamia me fuerza á

ponérsela completamente al descubierto.

--Perdida la divina fe y con el afán de recobrarla--empiezo á hablar--,

ante la Virgen que usted se arrodilla contándola sus dolores inocentes,

me he arrodillado yo contándola mis dolores de impudicia. Y, dígame,

Rocío, si á la pureza de una Virgen del altar se le pueden revelar

impudicias sin agravio, ¿lo habría en que se las repitiese á usted, á la

pureza de una Virgen de la Vida?

Calla, siempre con los ojos bajos, siempre con su anhelación de espera,

y no tiene que esperar más la así purificada bestialidad de mis

recuerdos.

Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido

relato de mis crímenes--tanto más horrendos cuanto que son los mismos

que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la

social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y

reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido

coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido

á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la

clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad

de asesinatos.

De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en

Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio

ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y

de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia

de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente.

Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones

lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes,

cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella

llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la

vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala

volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en

ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma

del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los

teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para

proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no

apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este

descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del

público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo

tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó

desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos

también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento

en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí

amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del

aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y

situarme frente al «provocador»--el cual intentó en seguida mi castigo,

y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban

observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de _honor_.

El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos

arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de

bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al

día siguiente consintieron que _por la grave ofensa_ de un escupitajo de

su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le

hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma:

una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado

de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de

locura entre el amor triste de dos niños.

--Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más

iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo

Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos

por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones

de las gentes.

Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo

temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me

estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en

el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos,

mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final

el cáliz de lo inmundo.

Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra

víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas

de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra

le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los

dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre

en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al

vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos

la aparente belleza de un guiñapo.

Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento

irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron

una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del

oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío.

Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de

fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la

lejanía de la cubierta.

Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor

de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia

se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.

Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su

sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á

modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que

conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una

boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en

las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes

que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro

violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del

buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes

demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de

muerto galvanizado por una póstuma amargura.

Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en

la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en

igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de

que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la

sagrada soledad del alba para tocar su _extradivarius_ donde nadie pueda

oirle--y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con

mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil...

¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el

_extradivarius_ y en la rosa?

Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de

dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira

de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que

destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el

gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los

pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.

¡Ah! ¡Horrible!

Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del

chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas

por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su

diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole

reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la

furia espumosa de la estela...

Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión.

Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve,

y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente

solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este

glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con

alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se

pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone

en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin

sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan

reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va

á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal

martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento

con mi aliento.

--¡Rocío! ¡Rocío!

No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy

como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras

con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida

con su nombre.

--¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...

Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la

conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo

alarido de espanto y de dolor...

La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la

incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de

volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino

sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo

en contraria dirección.

Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el

_Victoria Eugenia_ se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga

botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora,

presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio

fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que

en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo

quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.

Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y

busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.

* * * * *

El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana

del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad

del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el

espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.

¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las

castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...

Por la tarde, continúa recluída con su madre.

Por la noche, el médico de á bordo la visita.

--¡Nada--me dice cuando trato de informarme--; la impresión de la

chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.

* * * * *

Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que

para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en

su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la

víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde

lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!

Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro,

y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más

todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez

de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo.

Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.

Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de

la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi

silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.

Me inclino y dígola al oído:

--Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué

también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.

--¡Oh!--suspira resignada en halagos inefables.

--¿Me perdona usted, Rocío?

--¡Oh!--vuelve á suspirar.

No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.

--Son nuestras almas demasiado hermanas--añado--para que en el supremo

dolor no puedan acariciarse sus purezas.

Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.

Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las

palabras, no la digo más.

Sí sé por qué: Novela · 第 14 / 27 题