Tornan los prestigios mágicos á mi alma y mis sentidos. El nombre de
felicidad le sería tal vez demasiado á la calma que me envuelve; pero
duermo intensamente en pocas horas y despierto siempre en las plenas
agilidades de la vida. Todo me causa un sencillo bien, cuyo halago me
penetra: la limpidez del aire, la amplitud del mar, el nácar de estas
albas..., que una insaciable ambición me impulsa á buscar más temprano
cada día. Cada noche, podría decir. Hoy aún brillan las estrellas. Si
Rocío es algo del mismo amanecer, yo soy algo del halo de una adoración
satélica que anticípase á esperarla.
Para no turbar mi bien, únicamente me veo forzado á no pensar en el
término de este viaje que me impone la contradictoria sensación de su
fugacidad y su eternidad al mismo tiempo. Cuando lo pienso, la hora
cruel en que la niña hermana y yo hayamos de separarnos háceme temblar
como la del nuevo tránsito de lo celestial á lo maldito.
¿Me engañaré?... Acaso el milagro de ventura sea obra del mar, y la
niña, que tan distinto de mi camino habrá de seguir el suyo, sólo
represente un encanto más en mis renacidas ilusiones. De todas suertes,
la gratitud por el descanso que la debo me arrastra á su avidez. Cae su
camarote opuesto al mío, también sobre cubierta, en esta banda. Duerme,
y vengo á robarla los ensueños del dormir..., como la robé el pañuelo,
como la he robado la medalla de la Virgen, como la voy robando secretos
de la conciencia poco á poco..., y como la robaría el espíritu,
llevándomelo en reliquia de ideal, si pudiese ahora, vampiro excelso,
deslizarme hasta el aliento descuidado de su sueño y respirárselo y
agotárselo sin tocarla.
¡Bella muñeca dichosa, que ya lejos vivirá de mí, ignorando quién la
habría apagado el alma en la luz verde de los ojos!
Pero... me presiente su alma, su vida, que no quiere morir..., y ha
despertado y ha venido á descorrer la cortinilla azul en la ventana.
Sorprendido al pie, me quedo inmóvil. Acaríciame una oleada de las finas
esencias de un nido de mujer, porque sólo permanece corrida la persiana
tras la abierta vidriera, y una vez más se me confirma cuán cerca de lo
espiritual está lo sensual, hasta en el ángel que más ángel pueda ser
sobre la tierra.
La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del
tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata...
Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de
la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si
porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó
porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el
purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de
donde mora la nobleza...
Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los
cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa
humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de
rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de
alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la
humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la
blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el
éxtasis de paz.
Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas
siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme
adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y
yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la
maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los
zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle
á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que
es Laura mi mujer?»...
Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el
egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no
haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde
la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz
de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y
de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien,
únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en
cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los
designios del ultraje.
Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de
trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su
comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni
perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo
pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado
repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por
encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de
majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de
las inocentes candorosas.
Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas
y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble
ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente.
Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me
brinda los tesoros de su espíritu.
Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es
mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las
claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da
vergüenza.
Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de
su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de
inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un
escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja,
rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo;
pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la
Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma
un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega
y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven
de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de
entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto
de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que
Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes,
porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón
á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también
un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó:
«--Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...--Cuando
me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados...,
cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el
espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una
aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que
no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la
escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la
perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la
blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en
el peldaño.
Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla
hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela
confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya
lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas,
y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.--«Es usted
bueno, Alvaro»--me acarició.--«Es usted buena, Rocío»--la devolví. Y
contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos
que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente
adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos
oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales
citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.
Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas
limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los
pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que
yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara
nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar,
porque está perfumada, la medalla de _la vida_ de Rocío--aroma á la vez
de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien
duros á que puede ascender el valor de la medalla.
Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me
perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su
conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril
indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.
Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de
mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.
--¡Hola!--me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es
una jaula de balcón sobre las aguas.
--¡Hola!--la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo
pedazo mío que vuelve á mí.
Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los
ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es
clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí,
cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela
triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.
--No sé por qué no habrá pintores de albas--susurrábame Rocío cuando la
hechicería de luz la tiene lleno el ser--; pintores que no pintasen más
que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.
No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los
halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía
aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios,
me quedo contemplándola.
En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla
limosnas de piedad y de salvación.
--Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la
felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la
felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en
sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna
felicidad?
Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.
--¿No es usted feliz?
--Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de
delicia--; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que
alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una
existencia venturosa.
--¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?
--Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí
misma.
Suspira.
--Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea
mucho en la Virgen, lo primero.
--¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares
aptitudes de la tierra.
--¿Cuáles?
--La música, el piano, por ejemplo.
--Bella cosa. Conságrese á la música hasta alcanzar la perfección.
--Pinto algo, también, y sé la fotografía.
--Muy bien. Complementos admirables. Quedábamos en que sería hermoso
pintar albas.
--Amo, además, el campo y los cultivos por razón de mis estudios.
Estamos charlando como en afable broma.
--Por Dios, Alvaro..., y ¿con tales cualidades y aficiones no ha de
saber formarse un poco de ventura?
--No. Son grandes cualidades, quizá, cuando á la vida no le falta la
clave de un amor; usted lo tiene en lo divino; yo no lo encuentro por el
mundo.
Mi acento ha sido menos ligero, casi severo..., y la toma á ella su
severidad, dejándola una sonrisa triste. Como siempre que sospecha el
riesgo de una derivación de mi espiritual afecto á otros egoístas, se me
esquiva en sutil condescendencia.
Al cabo de un instante inquiere con una especie de remota compasión que
la escuda contra cuanto no sea compadecer desde su alteza mis humanos
infortunios:
--¿No tuvo usted nunca otro amor que el de aquella novia, que el de
aquella Laura?
Y me observa la mujer de comprensión tan hondamente, que yo creería que
ven sus ojos en la profundidad de mi corazón los otros dos nombres de
amargura que le ha removido la pregunta: el de Ana María (_Loló_, para
Placer--que brutal un día hubo también de recordármelo) y el de
Enriqueta.
Cedo á la tentación de descargar mis pesadumbres en la hermana.
--Amor, ninguno más; bajas pasiones, sí--digo--; Laura constituyó el
fracaso de la redención de aquellas pasiones mías, y en singular de dos
que me mancharon de crimen y de infamia.
Expresado esto con la tranquila convicción de quien ni miente ni
exagera, comprendo que lo he dicho en homenaje de heroicos respetos á
Rocío. Es la compensación excesiva de la mentira de omisión referente á
mi matrimonio; es más aún, porque será la barrera que por propia
voluntad establezca entre mis imprudentes sentimientos, posibles á mi
pesar, y la que me deba conocer tan vil que jamás pueda otorgarme sino
su horror en la inmensidad de sus santas compasiones.
--¡De crimen y de infamia!--ha repetido, crispada y lúgubre, como ya
otra vez que no llegué más que á insinuarla la misma confesión.
No lo cree, tal vez, en aquél cuya bondad la ha emocionado viéndole
repartir limosnas á los pobres, y una rabia de mi infamia me fuerza á
ponérsela completamente al descubierto.
--Perdida la divina fe y con el afán de recobrarla--empiezo á hablar--,
ante la Virgen que usted se arrodilla contándola sus dolores inocentes,
me he arrodillado yo contándola mis dolores de impudicia. Y, dígame,
Rocío, si á la pureza de una Virgen del altar se le pueden revelar
impudicias sin agravio, ¿lo habría en que se las repitiese á usted, á la
pureza de una Virgen de la Vida?
Calla, siempre con los ojos bajos, siempre con su anhelación de espera,
y no tiene que esperar más la así purificada bestialidad de mis
recuerdos.
Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido
relato de mis crímenes--tanto más horrendos cuanto que son los mismos
que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la
social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y
reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido
coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido
á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la
clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad
de asesinatos.
De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en
Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio
ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y
de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia
de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente.
Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones
lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes,
cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella
llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la
vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala
volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en
ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma
del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los
teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para
proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no
apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este
descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del
público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo
tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó
desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos
también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento
en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí
amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del
aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y
situarme frente al «provocador»--el cual intentó en seguida mi castigo,
y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban
observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de _honor_.
El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos
arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de
bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al
día siguiente consintieron que _por la grave ofensa_ de un escupitajo de
su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le
hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma:
una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado
de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de
locura entre el amor triste de dos niños.
--Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más
iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo
Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos
por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones
de las gentes.
Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo
temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me
estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en
el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos,
mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final
el cáliz de lo inmundo.
Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra
víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas
de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra
le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los
dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre
en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al
vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos
la aparente belleza de un guiñapo.
Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento
irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron
una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del
oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío.
Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de
fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la
lejanía de la cubierta.
Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor
de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia
se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.
Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su
sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á
modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que
conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una
boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en
las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes
que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro
violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del
buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes
demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de
muerto galvanizado por una póstuma amargura.
Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en
la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en
igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de
que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la
sagrada soledad del alba para tocar su _extradivarius_ donde nadie pueda
oirle--y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con
mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil...
¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el
_extradivarius_ y en la rosa?
Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de
dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira
de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que
destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el
gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los
pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.
¡Ah! ¡Horrible!
Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del
chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas
por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su
diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole
reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la
furia espumosa de la estela...
Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión.
Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve,
y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente
solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este
glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con
alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se
pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone
en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin
sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan
reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va
á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal
martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento
con mi aliento.
--¡Rocío! ¡Rocío!
No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy
como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras
con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida
con su nombre.
--¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...
Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la
conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo
alarido de espanto y de dolor...
La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la
incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de
volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino
sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo
en contraria dirección.
Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el
_Victoria Eugenia_ se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga
botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora,
presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio
fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que
en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo
quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.
Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y
busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.
* * * * *
El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana
del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad
del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el
espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.
¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las
castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...
Por la tarde, continúa recluída con su madre.
Por la noche, el médico de á bordo la visita.
--¡Nada--me dice cuando trato de informarme--; la impresión de la
chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.
* * * * *
Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que
para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en
su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la
víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde
lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!
Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro,
y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más
todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez
de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo.
Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.
Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de
la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi
silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.
Me inclino y dígola al oído:
--Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué
también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.
--¡Oh!--suspira resignada en halagos inefables.
--¿Me perdona usted, Rocío?
--¡Oh!--vuelve á suspirar.
No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.
--Son nuestras almas demasiado hermanas--añado--para que en el supremo
dolor no puedan acariciarse sus purezas.
Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.
Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las
palabras, no la digo más.