No sólo porque les iban saliendo caras (cuentas terribles, en el
_bar_--de champaña, chartrés, jamón, cigarros turcos), sino también
porque los trasnocheos con trueque final de camarotes tomaban
proporciones de escándalos, acerca de los cuales les hubo de llamar la
atención el capitán, mis amigos abandonaron á Placer y á Eyllin hace
días.
Pero á las que por sorda imposición de las damas honorables y orden del
sobrecargo fueron expulsadas del comedor, ahora, á la semana, casi las
reverencian las damas honorables. Así, para oirlas cantar, el pasaje
entero está recluído en el salón. A iniciativas de Lambea se ensaya la
magna fiesta con que se solemnizará el paso de la Línea.
La cupletista española y la francesa actriz, luciendo sendos anillos que
antes fueron del _attaché_ y del dramaturgo, comen y cenan con dos
jovencitos bonaerenses que las han tomado á todo lujo de restorán y de
cautelas nocturnas; y con los demás, con las damas y señores
honorables, gracias á la necesidad que parece haber habido de su
artístico concurso, se tratan muy compuestas de burguesa dignidad el
resto de la tarde. Las señoras envidian sus joyas é inquieren qué
sastres de París las hacen los vestidos...; las encuentran gentiles y
simpáticas..., no menos que al húsar y al cónsul, que declamarán poesías
y galantean á las hijas de un rico personaje (el que dió mil pesos para
la rifa de la Virgen), y no menos tampoco que á Victoria, de quien es la
honesta obra teatral que se va á poner en el festejo.
Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa
poco la cruda realidad de dos descocadas _artistas_ y de un célebre
autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno
instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento _Boule de
Suif_, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la
niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la
niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.
Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta
divagadora, de improviso:
--¿Conoce usted Buenos Aires?
--No.
--Dicen que es una ciudad hermosa.
--Creo que sí.
--¿Lleva usted ganas de llegar?
--No. ¿Y usted?
Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice:
--Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y
tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.
A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á
declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada
quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su _calma
deliciosa_.
Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P.
Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y
Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su
hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que
nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si
medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa,
logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos
acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin
tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por
el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los
bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.
Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale.
Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del _Kempis_; yo también dejo caer
mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la
indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto
fraternal.
Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que
hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente
por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas
hermanas que se lo dicen todo sin recelo.
Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene
en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado
mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis
padres,--que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal
para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi
juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme
temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano
de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando
en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de
mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta
hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.
Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:
--Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño
que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor
á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.--«O porque
para decirlas, si hay á quién decirlas--comentó--, hagan falta además
estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»--Y enjugándose los
ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su
vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una
chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus
ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está
sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta
desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual,
lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó
también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no
permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la
adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que
enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad
empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas.
Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba
triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque
era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse
con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás
pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el
lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos
en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala
repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á
la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.--Por eso mira
ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe
qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.
No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus
lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender
que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras
viva, y después la clausura de un convento.
Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan
distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía
desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del
vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun
antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento
el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe
con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á
Dios las purezas de su alma.
Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece--puesto que no
va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios...,
sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de
la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa
misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su
trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la
conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de
mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de
brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar
otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para
librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de
belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en
su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de
ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra
redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el
cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro
convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando
nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!
Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el
sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese
en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado
á tocar _El conde de Luxemburgo_...
Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces
clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches.
Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su
nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría
dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque,
minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el
buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda
escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del
ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta
hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y
come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis
nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi
sobresalto.
Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de
incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el
rostro, que ella me pregunta:
--¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?
Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para
contestarla debiese declarar sus cobardías.
--¿Qué tiene usted, Adamar?
Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para
responderla debiese desvelarla sus engaños.
Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se
ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar
confesándole á Rocío que... soy casado.
Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión;
y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes
que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que
esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha
establecido el derecho á ellas con las suyas.
E interroga á su vez el farsante en el sincero:
--Rocío, ¿conoce usted por algún momento de su vida la fuerza evocadora
de la música? ¿Guarda su alma algún ritmo que la recuerde intensas cosas
de su infancia, de su padre, del colegio?
--Tal vez.
--Tristes ó serenas cosas, ¿verdad?..., é implacablemente unidas á la
memoria del oído con plena independencia del posible inverso valor del
ritmo musical que las incrusta. Pues ese vals que tocan los zíngaros,
ligero, baladí, encanallado además por su populachería, levanta en mí el
recuerdo de la tragedia de ilusiones más grande que pudo sufrir un
corazón.
--El de usted.
--El mío.
Brilla en sus ojos bajos la curiosidad, y con voz trémula y velada me
incita á proseguir, diciendo:
--Tan grande, que sólo el recordarla aún parece impresionarle de tal
modo!
--Tan grande--insisto--, que aquel desastre, que únicamente pudo ser
contemplado por mi propia compasión, selló para siempre mi lúgubre
destino.
Marco también un silencio, á fin de concentrar mis emociones, á fin de
ponerlas con la posible verosimilitud los frisos de mentira, y continúo:
--Hubo una mujer á quien yo adoraba lo mismo que adoré á la Virgen
cuando niño. Era rubia, y se llamaba Laura. Era mi novia, y en el hogar
de sencillez que soñé con ella puse mi afán de redención. Mas era al
mismo tiempo, quizá, demasiado joven, demasiado inocente con su cándida
alegría en medio del espectáculo del mundo, al lado del amargor de mi
tormentosa experiencia casi infame, y muchas veces, Rocío, mirándola
sonreír al embeleso de un lazo ó un adorno, ajena á las recónditas
tristezas que no podía comunicarla, yo, que peregrino maldito llegaba á
ella como á otra humana Virgen que me hubiera de salvar incluso del
sacrílego olvido de la que veneró mi niñez en los altares, sufría el
temor, en verdad, de verla demasiado niña, demasiado pura para mí.
Rocío me mira, y no puede menos de extrañar:
--¿Demasiado pura!...
--Sí--contesto decisivo--; y con tanto miedo temía eso el que conocía,
toda la impureza..., que, ¡yo no sé, Rocío!, á ser posible hubiese mi
deseo cambiado á aquella niña por otra con alma de arrepentimiento y de
amargura que asimismo, al ser santa de nuevo, hubiera sido, sin
quererlo, incluso infame.
--¡Oh!--exclama horrorizada Rocío, cubriéndose los ojos.
Pero se domina, y no la queda más que un poco de ansiedad para decirme:
--¡No comprendo!
Y como el susto de su bondad la ha puesto tan divinamente bella que por
contemplarla pierdo la noción de lo que hablo, ella me dice de
indefinible modo:
--¡No le creo á usted, Adamar! ¡No puedo creerle!
¡Ah!
¿De qué es su gesto? ¿De reproche? ¿De asombro, simplemente?... Incapaz
de discernirlo, me doy cuenta, nada más, de haber rebasado en mis
franquezas el límite de las comprensiones de la mujer niña, de la mujer
ángel...; sino que como esa franqueza es la menos innoble de las que le
estoy mezclando con mentiras, no quiero cometer la nueva cobardía de
retirarla.
--Se lo juro á usted por mi honor; se lo juro por mi madre: antes que de
tanto infantil candor irreflexivo, habría querido á aquella alma, en
santa regresión hasta de lo infame y lo perverso.
Severa mi actitud al formular el juramento, y enorme la emoción que á
ella le causa; derríbase al respaldo del sillón, y vuelve á cubrirse los
ojos con la mano. La enormidad, si lo ha sido, está hecha. La un poco
inconsciente temeridad que acaso haya de apartarme de esta hermana como
un indigno monstruo, y con harta más razón que la para ella, al fin
indiferente noticia, de si soy ó no casado, queda entre los dos
irrecogible.
No me resta otro recurso que explicarla, y lo intento:
--Laura, mi novia, habría formado una vez más el vulgar y constante
absurdo de todos los matrimonios, y conmigo de un modo singular: ella,
no siquiera pensativa y triste como usted, inocente, confiada, tan
ganosa de mi amor como del fausto de Madrid, tan ansiosa de parecerme
bella y buena como de parecerlo á los demás, ignorante siempre del alma
de aquél con quien habría de formársela á sus hijos, y entregada siempre
más de la mitad al exterior, á las perfidias de la vida...; yo,
taciturno y arrastrando solo el peso de mi miseria inconfesada, ansioso
de noblezas y ternuras infinitas que únicamente pueden saber bien los
mártires del dolor y de lo horrendo, deseoso del retiro eterno de un
campo bajo el cielo y entre flores y entre aromas del amor..., y así,
ella, yo, los dos juntos, condenados al mortal tormento de la mutua
incomprensión de sus almas y sus vidas. A tiempo, y por suerte, la
catástrofe moral que el frívolo vals me evoca... vino á evitarlo.
Guardo un digno silencio esta vez, y espero. He dicho lo bastante para
merecer la maldición ó el perdón de la que escucha torvamente.
Y la que escucha torvamente, sepárase, por último, de los ojos la mano,
gira lenta la cabeza y me sonríe. ¡Sonrisa que me abre rosados fondos de
la gloria! Es mi hermana, y puede y quiere no dejar de ser mi hermana.
--¿Me cree usted ahora?
--¡Sí!
--¿Y me comprende usted ahora?
--¡Sí!... Prosiga su evocación.
La obedezco. Pareciéndome, no obstante, que en esta incidencia de lo que
proponíame referirla ha querido el azar que se concentre la mayor
vibración que pudiera sacudir de hondas compasiones á la miseria mía el
alma de la buena, pierde interés en mis zozobras lo demás.
--Iba á ser el Carnaval--digo, dispuesto á abreviar los recuerdos de
martirio--y mi novia y yo, para casarnos y empezar á realizar la dulce
existencia de aislamiento, teníamos apercibida una campestre
instalación, lejos de Madrid. Todas las fiestas de multitud gozan la
propiedad de entristecerme, y el Carnaval la de infundirme casi el odio.
A tal tristeza, y en la angustia de lo que presentabáseme inminente,
sumábase la que me llenaba el corazón con la íntima desconfianza de
poder nunca reducir en mis ensueños de felicidad recóndita á la cándida
aturdida, que, contra mi aprobación, y á pretexto de que «sería nuestra
última diversión de solteros», se obstinaba en que concurriésemos los
dos en una carroza de máscaras al tumulto de locura. Me negué; la
expresé mi pena por su intención, siquiera, de robárseme á la idealidad
en aquellos días..., y ella, mi novia, enmudeció y aparentó acceder
pasivamente..., sin perjuicio de hacerme ver poco después entre las
galas blancas del ajuar el disfraz de colorines. Enviado de París, y
precioso, á juicio de la pobre alucinada, por dos días más se consagró á
retocarlo en una absorción que no la consentía ver cuanto la apartaba
de mi anhelo..., cuanto en cambio yo veía á la virgen amorosa
transformada para siempre en arlequín... A fin de no turbarla la
hipnótica alegría con mi tortura, no volví durante las cuarenta y ocho
horas que aun debía esperarla la carroza de su triunfo.
--¡Oh!--hace leve Rocío en un lamento que es sollozo--. ¿Y ella?
--Ni se dió cuenta de una ausencia que yo mismo ignoraba entonces que
había de ser de eternidad. Lo supe, cuando vagando á la siguiente noche
en el vacío como en torno de la blanca muerta de ilusión, á través del
Carnaval las lágrimas del alma me llevaron á querer mirar algo así como
su entierro. Era el momento del desfile por la calle de Alcalá. Yo
estaba en la terraza de un Casino. Todo vértigo y todo confusión. Orgía
de estruendos y de lumbres. La muchedumbre estrujábase en una demencia
del infierno. Por las aceras, la negra reptación de dos sierpes de
entrañas monstruosas cuyo aliento ahogaba con igual escándalo de gritos
el gemir del niño atropellado y el reír de la púdica ultrajada..., y
sátiros y bestias y mendigos con careta y cascabeles que hendían la
compacta masa á rugidos y codazos. Por el centro, entre el relinchar de
los caballos y el bullir de las comparsas, los coches y los autos con
sus racimos de _pierrots_; las carrozas avanzando lentas con su carga de
locura y la multícroma explosión de sus antorchas. Batalla de rabias y
alegrías muy lúgubres, en que se cruzaba la carcajada del insulto con el
puñetazo del confetti. Tocaban y cantaban canallamente ese cadencioso
vals de _El conde de Luxemburgo_, á la sazón de moda, muchas murgas de
ciegos y muchos hombres y rameras borrachos que á saltos avanzaban al
son de su cadencia cogidos por las manos en guirnalda. Y seguían,
seguían cruzando las carrozas. Y seguía, seguía mirándolas la seca
fiebre de mis ojos. Vieron una, de improviso, en un resplandor de talcos
y bengalas rojas, más grande que las demás, más payasescamente suntuosa,
en su trono de flores de papel, y sentí un horrible frío, y sentí que la
sangre se me helaba en la impía burla del escarnio: mi novia, la
idolatrada de mi corazón, sin pensar siquiera que el dolor mío pudiese
contemplarla, sin querer adivinar que me estaba asesinando su báquica
alegría, despeinada, arrebatada la faz, descompuestas las sedas de su
traje... horrible, horrible, horrible toda ella, inclinada al barandal
ante unos que alargábanla copas de champaña, en un frenesí de risas le
arrojaba serpentinas á otro coche.
Se hace tétrico mi acento, y continúo como en un eco de la cruelísima
emoción..., de una emoción cuya total intensidad no puede apreciar
Rocío, porque era mi mujer aquélla de la cual la estoy mintiendo que no
me fuese más que prometida:
--Iba bella, con una desgarrada belleza tan extraña, que iba horrible,
horrible... La maldita visión duró delante de mi angustia unos
minutos..., y... cuando se perdió...
La pena me interrumpe. Rocío me excita:
--¿Qué?
--¡Nada!... Mi persuasión de cómo podía morir algo muy grande de una
carcajada... y la cadencia canalla y ondulosa de ese vals lanzando
siempre á la multitud en su rítmica danza de estruendo y de sarcasmo. Yo
seguí mirando la confusión de bacanal como un hombre en la agonía
abandonado de mi hermana, de su madre, de su Dios... porque en Laura
habían puesto las ansias de mi vida todo eso.
Quiere Rocío saber más de Laura; va á preguntarme, y esta vez oblíganos
á callar Lambea, que se nos acerca.
Es la hora de comer.
El ensayo ha concluído. Desde el salón dirígese al comedor todo el
mundo.
Ya en nuestra mesa, distrae mis penas el marino. Los arreglos de la
fiesta le traen atareado. Me cuenta que por segunda vez han ido en
comisión él y unas señoritas para rogarle al negro que concurra con su
violín maravilloso. Se niega el negro. Le está poniendo el pasaje como
un trapo. Además de gran maestro es descortés; no le gustará tocar de
balde ó no juzgará lo bastante selecto al auditorio.
Sin embargo, discúlpale Lambea. Da miedo de verle. Viene muy enfermo y
derrotado el infeliz. Apenas se alimenta ni sale de un rincón del
fumadero.
Refiéreme en seguida noticias radiográficas de hoy, inadvertidas para mi
abstracción de solitario, aunque, según parece, no se ha hablado de otra
cosa á bordo en todo el día. La condesa de Montsalvato está presa, al
fin, en Nueva York; y su amante, Jacobo Vanska, cuyo proceso continúa en
Roma, se exculpa, lanzándola las responsabilidades: ella sería la que le
provocó impudente al adulterio; ella la que envenenó al conde y la que
le estranguló al ver que el tóxico le prolongaba la agonía...
Una inicua mujer vulgar, en suma, que no sé cómo á nadie pueda
interesarle de tal modo. Sin embargo, á creer á mi amigo, con su prisión
se la librado de un gran peso el mundo elegante del _Victoria Eugenia_.
Ahora se aguarda con nueva ansiedad el día en que, retornada á Italia,
haya de ser confrontada con el miserable cómplice que le acompañará á la
horca.