VI

No sólo porque les iban saliendo caras (cuentas terribles, en el

_bar_--de champaña, chartrés, jamón, cigarros turcos), sino también

porque los trasnocheos con trueque final de camarotes tomaban

proporciones de escándalos, acerca de los cuales les hubo de llamar la

atención el capitán, mis amigos abandonaron á Placer y á Eyllin hace

días.

Pero á las que por sorda imposición de las damas honorables y orden del

sobrecargo fueron expulsadas del comedor, ahora, á la semana, casi las

reverencian las damas honorables. Así, para oirlas cantar, el pasaje

entero está recluído en el salón. A iniciativas de Lambea se ensaya la

magna fiesta con que se solemnizará el paso de la Línea.

La cupletista española y la francesa actriz, luciendo sendos anillos que

antes fueron del _attaché_ y del dramaturgo, comen y cenan con dos

jovencitos bonaerenses que las han tomado á todo lujo de restorán y de

cautelas nocturnas; y con los demás, con las damas y señores

honorables, gracias á la necesidad que parece haber habido de su

artístico concurso, se tratan muy compuestas de burguesa dignidad el

resto de la tarde. Las señoras envidian sus joyas é inquieren qué

sastres de París las hacen los vestidos...; las encuentran gentiles y

simpáticas..., no menos que al húsar y al cónsul, que declamarán poesías

y galantean á las hijas de un rico personaje (el que dió mil pesos para

la rifa de la Virgen), y no menos tampoco que á Victoria, de quien es la

honesta obra teatral que se va á poner en el festejo.

Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa

poco la cruda realidad de dos descocadas _artistas_ y de un célebre

autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno

instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento _Boule de

Suif_, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la

niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la

niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.

Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta

divagadora, de improviso:

--¿Conoce usted Buenos Aires?

--No.

--Dicen que es una ciudad hermosa.

--Creo que sí.

--¿Lleva usted ganas de llegar?

--No. ¿Y usted?

Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice:

--Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y

tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.

A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á

declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada

quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su _calma

deliciosa_.

Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P.

Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y

Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su

hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que

nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si

medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa,

logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos

acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin

tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por

el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los

bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.

Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale.

Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del _Kempis_; yo también dejo caer

mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la

indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto

fraternal.

Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que

hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente

por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas

hermanas que se lo dicen todo sin recelo.

Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene

en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado

mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis

padres,--que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal

para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi

juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme

temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano

de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando

en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de

mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta

hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.

Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:

--Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño

que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor

á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.--«O porque

para decirlas, si hay á quién decirlas--comentó--, hagan falta además

estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»--Y enjugándose los

ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su

vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una

chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus

ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está

sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta

desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual,

lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó

también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no

permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la

adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que

enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad

empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas.

Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba

triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque

era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse

con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás

pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el

lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos

en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala

repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á

la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.--Por eso mira

ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe

qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.

No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus

lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender

que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras

viva, y después la clausura de un convento.

Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan

distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía

desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del

vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun

antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento

el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe

con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á

Dios las purezas de su alma.

Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece--puesto que no

va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios...,

sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de

la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa

misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su

trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la

conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de

mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de

brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar

otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para

librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de

belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en

su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de

ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra

redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el

cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro

convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando

nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!

Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el

sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese

en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado

á tocar _El conde de Luxemburgo_...

Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces

clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches.

Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su

nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría

dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque,

minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el

buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda

escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del

ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta

hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y

come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis

nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi

sobresalto.

Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de

incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el

rostro, que ella me pregunta:

--¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?

Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para

contestarla debiese declarar sus cobardías.

--¿Qué tiene usted, Adamar?

Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para

responderla debiese desvelarla sus engaños.

Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se

ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar

confesándole á Rocío que... soy casado.

Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión;

y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes

que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que

esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha

establecido el derecho á ellas con las suyas.

E interroga á su vez el farsante en el sincero:

--Rocío, ¿conoce usted por algún momento de su vida la fuerza evocadora

de la música? ¿Guarda su alma algún ritmo que la recuerde intensas cosas

de su infancia, de su padre, del colegio?

--Tal vez.

--Tristes ó serenas cosas, ¿verdad?..., é implacablemente unidas á la

memoria del oído con plena independencia del posible inverso valor del

ritmo musical que las incrusta. Pues ese vals que tocan los zíngaros,

ligero, baladí, encanallado además por su populachería, levanta en mí el

recuerdo de la tragedia de ilusiones más grande que pudo sufrir un

corazón.

--El de usted.

--El mío.

Brilla en sus ojos bajos la curiosidad, y con voz trémula y velada me

incita á proseguir, diciendo:

--Tan grande, que sólo el recordarla aún parece impresionarle de tal

modo!

--Tan grande--insisto--, que aquel desastre, que únicamente pudo ser

contemplado por mi propia compasión, selló para siempre mi lúgubre

destino.

Marco también un silencio, á fin de concentrar mis emociones, á fin de

ponerlas con la posible verosimilitud los frisos de mentira, y continúo:

--Hubo una mujer á quien yo adoraba lo mismo que adoré á la Virgen

cuando niño. Era rubia, y se llamaba Laura. Era mi novia, y en el hogar

de sencillez que soñé con ella puse mi afán de redención. Mas era al

mismo tiempo, quizá, demasiado joven, demasiado inocente con su cándida

alegría en medio del espectáculo del mundo, al lado del amargor de mi

tormentosa experiencia casi infame, y muchas veces, Rocío, mirándola

sonreír al embeleso de un lazo ó un adorno, ajena á las recónditas

tristezas que no podía comunicarla, yo, que peregrino maldito llegaba á

ella como á otra humana Virgen que me hubiera de salvar incluso del

sacrílego olvido de la que veneró mi niñez en los altares, sufría el

temor, en verdad, de verla demasiado niña, demasiado pura para mí.

Rocío me mira, y no puede menos de extrañar:

--¿Demasiado pura!...

--Sí--contesto decisivo--; y con tanto miedo temía eso el que conocía,

toda la impureza..., que, ¡yo no sé, Rocío!, á ser posible hubiese mi

deseo cambiado á aquella niña por otra con alma de arrepentimiento y de

amargura que asimismo, al ser santa de nuevo, hubiera sido, sin

quererlo, incluso infame.

--¡Oh!--exclama horrorizada Rocío, cubriéndose los ojos.

Pero se domina, y no la queda más que un poco de ansiedad para decirme:

--¡No comprendo!

Y como el susto de su bondad la ha puesto tan divinamente bella que por

contemplarla pierdo la noción de lo que hablo, ella me dice de

indefinible modo:

--¡No le creo á usted, Adamar! ¡No puedo creerle!

¡Ah!

¿De qué es su gesto? ¿De reproche? ¿De asombro, simplemente?... Incapaz

de discernirlo, me doy cuenta, nada más, de haber rebasado en mis

franquezas el límite de las comprensiones de la mujer niña, de la mujer

ángel...; sino que como esa franqueza es la menos innoble de las que le

estoy mezclando con mentiras, no quiero cometer la nueva cobardía de

retirarla.

--Se lo juro á usted por mi honor; se lo juro por mi madre: antes que de

tanto infantil candor irreflexivo, habría querido á aquella alma, en

santa regresión hasta de lo infame y lo perverso.

Severa mi actitud al formular el juramento, y enorme la emoción que á

ella le causa; derríbase al respaldo del sillón, y vuelve á cubrirse los

ojos con la mano. La enormidad, si lo ha sido, está hecha. La un poco

inconsciente temeridad que acaso haya de apartarme de esta hermana como

un indigno monstruo, y con harta más razón que la para ella, al fin

indiferente noticia, de si soy ó no casado, queda entre los dos

irrecogible.

No me resta otro recurso que explicarla, y lo intento:

--Laura, mi novia, habría formado una vez más el vulgar y constante

absurdo de todos los matrimonios, y conmigo de un modo singular: ella,

no siquiera pensativa y triste como usted, inocente, confiada, tan

ganosa de mi amor como del fausto de Madrid, tan ansiosa de parecerme

bella y buena como de parecerlo á los demás, ignorante siempre del alma

de aquél con quien habría de formársela á sus hijos, y entregada siempre

más de la mitad al exterior, á las perfidias de la vida...; yo,

taciturno y arrastrando solo el peso de mi miseria inconfesada, ansioso

de noblezas y ternuras infinitas que únicamente pueden saber bien los

mártires del dolor y de lo horrendo, deseoso del retiro eterno de un

campo bajo el cielo y entre flores y entre aromas del amor..., y así,

ella, yo, los dos juntos, condenados al mortal tormento de la mutua

incomprensión de sus almas y sus vidas. A tiempo, y por suerte, la

catástrofe moral que el frívolo vals me evoca... vino á evitarlo.

Guardo un digno silencio esta vez, y espero. He dicho lo bastante para

merecer la maldición ó el perdón de la que escucha torvamente.

Y la que escucha torvamente, sepárase, por último, de los ojos la mano,

gira lenta la cabeza y me sonríe. ¡Sonrisa que me abre rosados fondos de

la gloria! Es mi hermana, y puede y quiere no dejar de ser mi hermana.

--¿Me cree usted ahora?

--¡Sí!

--¿Y me comprende usted ahora?

--¡Sí!... Prosiga su evocación.

La obedezco. Pareciéndome, no obstante, que en esta incidencia de lo que

proponíame referirla ha querido el azar que se concentre la mayor

vibración que pudiera sacudir de hondas compasiones á la miseria mía el

alma de la buena, pierde interés en mis zozobras lo demás.

--Iba á ser el Carnaval--digo, dispuesto á abreviar los recuerdos de

martirio--y mi novia y yo, para casarnos y empezar á realizar la dulce

existencia de aislamiento, teníamos apercibida una campestre

instalación, lejos de Madrid. Todas las fiestas de multitud gozan la

propiedad de entristecerme, y el Carnaval la de infundirme casi el odio.

A tal tristeza, y en la angustia de lo que presentabáseme inminente,

sumábase la que me llenaba el corazón con la íntima desconfianza de

poder nunca reducir en mis ensueños de felicidad recóndita á la cándida

aturdida, que, contra mi aprobación, y á pretexto de que «sería nuestra

última diversión de solteros», se obstinaba en que concurriésemos los

dos en una carroza de máscaras al tumulto de locura. Me negué; la

expresé mi pena por su intención, siquiera, de robárseme á la idealidad

en aquellos días..., y ella, mi novia, enmudeció y aparentó acceder

pasivamente..., sin perjuicio de hacerme ver poco después entre las

galas blancas del ajuar el disfraz de colorines. Enviado de París, y

precioso, á juicio de la pobre alucinada, por dos días más se consagró á

retocarlo en una absorción que no la consentía ver cuanto la apartaba

de mi anhelo..., cuanto en cambio yo veía á la virgen amorosa

transformada para siempre en arlequín... A fin de no turbarla la

hipnótica alegría con mi tortura, no volví durante las cuarenta y ocho

horas que aun debía esperarla la carroza de su triunfo.

--¡Oh!--hace leve Rocío en un lamento que es sollozo--. ¿Y ella?

--Ni se dió cuenta de una ausencia que yo mismo ignoraba entonces que

había de ser de eternidad. Lo supe, cuando vagando á la siguiente noche

en el vacío como en torno de la blanca muerta de ilusión, á través del

Carnaval las lágrimas del alma me llevaron á querer mirar algo así como

su entierro. Era el momento del desfile por la calle de Alcalá. Yo

estaba en la terraza de un Casino. Todo vértigo y todo confusión. Orgía

de estruendos y de lumbres. La muchedumbre estrujábase en una demencia

del infierno. Por las aceras, la negra reptación de dos sierpes de

entrañas monstruosas cuyo aliento ahogaba con igual escándalo de gritos

el gemir del niño atropellado y el reír de la púdica ultrajada..., y

sátiros y bestias y mendigos con careta y cascabeles que hendían la

compacta masa á rugidos y codazos. Por el centro, entre el relinchar de

los caballos y el bullir de las comparsas, los coches y los autos con

sus racimos de _pierrots_; las carrozas avanzando lentas con su carga de

locura y la multícroma explosión de sus antorchas. Batalla de rabias y

alegrías muy lúgubres, en que se cruzaba la carcajada del insulto con el

puñetazo del confetti. Tocaban y cantaban canallamente ese cadencioso

vals de _El conde de Luxemburgo_, á la sazón de moda, muchas murgas de

ciegos y muchos hombres y rameras borrachos que á saltos avanzaban al

son de su cadencia cogidos por las manos en guirnalda. Y seguían,

seguían cruzando las carrozas. Y seguía, seguía mirándolas la seca

fiebre de mis ojos. Vieron una, de improviso, en un resplandor de talcos

y bengalas rojas, más grande que las demás, más payasescamente suntuosa,

en su trono de flores de papel, y sentí un horrible frío, y sentí que la

sangre se me helaba en la impía burla del escarnio: mi novia, la

idolatrada de mi corazón, sin pensar siquiera que el dolor mío pudiese

contemplarla, sin querer adivinar que me estaba asesinando su báquica

alegría, despeinada, arrebatada la faz, descompuestas las sedas de su

traje... horrible, horrible, horrible toda ella, inclinada al barandal

ante unos que alargábanla copas de champaña, en un frenesí de risas le

arrojaba serpentinas á otro coche.

Se hace tétrico mi acento, y continúo como en un eco de la cruelísima

emoción..., de una emoción cuya total intensidad no puede apreciar

Rocío, porque era mi mujer aquélla de la cual la estoy mintiendo que no

me fuese más que prometida:

--Iba bella, con una desgarrada belleza tan extraña, que iba horrible,

horrible... La maldita visión duró delante de mi angustia unos

minutos..., y... cuando se perdió...

La pena me interrumpe. Rocío me excita:

--¿Qué?

--¡Nada!... Mi persuasión de cómo podía morir algo muy grande de una

carcajada... y la cadencia canalla y ondulosa de ese vals lanzando

siempre á la multitud en su rítmica danza de estruendo y de sarcasmo. Yo

seguí mirando la confusión de bacanal como un hombre en la agonía

abandonado de mi hermana, de su madre, de su Dios... porque en Laura

habían puesto las ansias de mi vida todo eso.

Quiere Rocío saber más de Laura; va á preguntarme, y esta vez oblíganos

á callar Lambea, que se nos acerca.

Es la hora de comer.

El ensayo ha concluído. Desde el salón dirígese al comedor todo el

mundo.

Ya en nuestra mesa, distrae mis penas el marino. Los arreglos de la

fiesta le traen atareado. Me cuenta que por segunda vez han ido en

comisión él y unas señoritas para rogarle al negro que concurra con su

violín maravilloso. Se niega el negro. Le está poniendo el pasaje como

un trapo. Además de gran maestro es descortés; no le gustará tocar de

balde ó no juzgará lo bastante selecto al auditorio.

Sin embargo, discúlpale Lambea. Da miedo de verle. Viene muy enfermo y

derrotado el infeliz. Apenas se alimenta ni sale de un rincón del

fumadero.

Refiéreme en seguida noticias radiográficas de hoy, inadvertidas para mi

abstracción de solitario, aunque, según parece, no se ha hablado de otra

cosa á bordo en todo el día. La condesa de Montsalvato está presa, al

fin, en Nueva York; y su amante, Jacobo Vanska, cuyo proceso continúa en

Roma, se exculpa, lanzándola las responsabilidades: ella sería la que le

provocó impudente al adulterio; ella la que envenenó al conde y la que

le estranguló al ver que el tóxico le prolongaba la agonía...

Una inicua mujer vulgar, en suma, que no sé cómo á nadie pueda

interesarle de tal modo. Sin embargo, á creer á mi amigo, con su prisión

se la librado de un gran peso el mundo elegante del _Victoria Eugenia_.

Ahora se aguarda con nueva ansiedad el día en que, retornada á Italia,

haya de ser confrontada con el miserable cómplice que le acompañará á la

horca.

Sí sé por qué: Novela · 第 13 / 27 题