El oleaje de almas y de cosas, que dijérase que para jugar
caprichosamente con las vidas salta á bordo desde el oleaje del mar que
juega con el buque, me ha lanzado á limbos de ideal. Soy amigo de la
rubia-ángel. Imposible habríale parecido ésto á mi afán, y sin embargo
ha podido realizarse con la sencillez de una casual presentación á ellas
par el teniente de fragata. Bendigo las expansivas hidalguías de este
hombre que trata á todo el mundo.
Fué hace cinco tardes. Salíamos del comedor, y los dos sacerdotes
franceses, el P. Reims y el P. Ranelahg, uniéronse á nosotros. Nos
sentamos, y al poco las dos personas en cuya aparición yo no cesaba de
pensar se acercaban sonriéndonos..., ó, á mejor decir, sonriendo á sus
antiguos conocidos, puesto que ambas, y la niña especialmente, no
pudieron reprimir un cambio de la jovialidad á la contrariedad al
advertirme; pero, como antes á los curas, mi presentación se hizo
inevitable; Lambea (ajeno, por lo demás, á la emoción de las llegadas),
formuló:
--El señor Alvaro Adamar. La señora Leopolda Río Hoffmeyer, y su hija,
la señorita Rocío.
Extremé mi corrección para borrar el mal efecto. Me quedé un poco aparte
en la tertulia. La dama, los sacerdotes y el teniente de fragata
hablaban en francés. Rocío (¡diáfano nombre!), también callada,
turbadísima por lo que juzgaría en mí amaño de tenorio, mirábase los
pies y me arrojaba ojeadas de recelo; estaba pálida; era tanta su
emoción... que yo, incapaz de compaginarla con el simple temor de la
libertad de una chicuela amenazada por un impertinente, incurrí un
segundo (lo debo confesar) en la sospecha de que fuese lo contrario: el
recóndito vibrar de una niña que por primera vez se siente galanteada
por un hombre.
Pero deseché mi petulancia. Se hallaba ella junto á mí, ambos aislados
de la conversación de los demás, y todavía ante la sorpresa de los
nombres españoles y del español empleado en la presentación por el
marino, no obstante encontrarnos hablando con franceses, á una pregunta
mía respondió que era española, de Barcelona, aunque había vivido en
Nueva Orleans casi siempre.
Toda despreocupación é ingenuidad, la coquetería no asomaba á su gesto
ni á sus ojos; quise hacerla hablar de los teatros y de la vida elegante
de Nueva Orleans, y me respondió del colegio y de juegos infantiles:
monjas, las madres; y ella patinaba en el parque del convento. Pasó en
seguida un gato junto á nosotros, y le llamó con un rápido _gui-rí_,
_gui-rí_ _gui-rí_, del cual hubo de explicarme que es el modo con que en
Nueva Orleans se sustituye nuestro clásico _mis_, _mis_...; le cogió, le
acarició; luego un gran papel que cruzó volando, tirado sin duda desde
el puente, hízola correr á la borda para verle flotar sobre las aguas...
Allí permaneció. Maldito si yo parecía importarla lo que el gato ó el
papel--y ello, en final de cuentas, prodújome alegría, porque en la
fraternal amistad con esta niña, no busca mi alma, no debe buscar
absurdas intrigas imposibles...
Un momento más de atención de la mamá al notarme por la chiquilla
abandonado; preguntas sobre si voy al Uruguay ó la Argentina;
lamentaciones acerca de las sales disipadas de un pomito roto que sacó
de la escarcela, porque sufre mucho de los nervios y no podría reponerlo
en el vapor..., y, ¡ah!, preciosa coyuntura para acercarme al camarote y
volver ofreciéndola otro pomito de los que yo embarqué con mi
antineurasténica provisión de morfinas y bromuros... Y como el marino,
cuya inquietud no le deja pasar diez minutos en un sitio, se levantó y
se despedía, juzgué discreto acompañarle...
Me completó las noticias. Las nobles pasajeras no son parientes ni
tienen nada que ver con el P. Reims y el P. Ranelahg; conociéronse de
haber vivido algunos días esperando el embarque en el mismo hotel de
Barcelona; muy religiosas las dos, simpatizaron con los dignos
sacerdotes. Leopolda es de origen francés-argentino y viuda de un
negociante catalán que murió en Nueva Orleans hace tres años; ella y la
hija han vuelto á Barcelona para arreglar asuntos familiares, y piensan
fijar la residencia en Buenos Aires, donde tienen intereses.
¡Bravo!... Al día siguiente Leopolda se apresuró á agradecerme el
tranquilo sueño logrado con mis sales; me habló extensamente de sus
nervios; y yo, picado en la manía que iba ya casi olvidando, la hablé de
mi neurastenia.
Sus nervios, mi neurastenia y mis sales de Labanda han sido, pues, el
nexo de nuestros egoísmos necesarios á toda intimidad; y, ahora, en la
blanca gloria de nuestro despertar de las mañanas, puedo unas veces
dejar que la voz melodiosa y lenta de la madre apacigüe mis angustias, y
puedo otras con la hija vagar por la cubierta, mirando como á través de
su inocencia las crestas de ámbar de las olas y contemplando el candor
de su inocencia misma cuando ella observa á través de mis gemelos los
buques que nos cruzan.
A las seis suena diariamente una campana; mi niña amiga despídese de mí
con una graciosa reverencia para ir á misa, al fondo de atrás de la
cubierta, donde apenas si suelen concurrir más que las monjas, algunas
pobres emigrantes y algún rudo marinero; póstrase de hinojos cerca del
altar..., y yo, viendo la guirnalda rubia que la forman en la espalda
sus dos trenzas tejidas en arco por las puntas, desde lejos, y también
por reverencia á ella de rodillas, hacia ella continúo la adoración de
la que adora á la Purísima con fervores que la postran retorcida contra
el suelo. Al anochecer vuelvo en la terraza del bar á reunirme á ellas y
los venerables sacerdotes. Y aún, algunas noches, después de la comida,
concurro á la tertulia de los cuatro, en la baja cubierta, hasta la hora
de dormir.
A la tertulia singular de calma y abandono; á la tertulia sin tertulia.
Todos arriba se recogen al baile del salón, y esta niña y esta madre y
estos curas bondadosos prefieren la fiesta de callada paz de las
estrellas. Raramente hablan. La limpieza de sus almas predispuestas á la
amplia comunión con los espacios, redímelos de esa mezquina necesidad
social que se llama la conversación, tramada siempre de envidias y
ruindades. Saber hablar constituye sin duda un don preeminentísimo; pero
lo constituye todavía más alto el saber callar.
Por eso, antes quizá que por el temor á importunarlas demasiadamente, no
estoy á todas horas junto á ellas; desconfío de que yo sepa callar en el
grado de prudencia necesario; dudo en mí de esta superioridad de hombre,
que es casi de Dios; por no permanecer mudo, pensando así pecar de
descortés, le diría á Rocío... que me parece de arcángel su belleza, que
admiro su exquisita sensibilidad, sus gustos infantiles, su talento--ó
lo que es igual, diríala cortesísimas sandeces. Fuérzome, pues, á la
violencia del silencio, que no es violencia en los demás, y de tan
exagerado mi temor, llego á ignorar si él constituye un mérito ó, al
revés, un defecto que subraya más el locuacísimo Lambea cada vez que
llega á la «tertulia sin tertulia». Entonces cambia todo de improviso:
trae constantemente algo que contar, algo que comentar y discutir..., y
quién sabe si á Rocío yo no le resulto aburrido demás en el contraste.
El silencio de ella, en verdad, discreto colmo de su inglesa educación,
no parece presuponer indiferencia á lo que sepa hacerla oir cualquiera
amenamente: lo noto en cómo escucha al P. Ranelahg si éste explícale á
la madre algún misterio del libro de oraciones; asimismo lo advertí ayer
con motivo de una discusión entre los Padres y Lambea: versó sobre el
crimen de Roma--tema eterno y testarudo del vapor, por lo mismo que á
nadie nos importa, y traído también á la espiritualidad de esta reunión
por el simpático marino--; él se ha hecho un argumento de fortuna contra
la creencia general de que no será aprehendida la condesa, y lo repite
en todas partes: «La Montsalvato, con la atención fija del mundo entero,
con sus fotografías reproducidas por millones y millones de periódicos,
con su espléndida beldad de reina llamativa, encuéntrese donde se
encuentre, en París, en Londres, en un barco hacia Nueva York por mitad
del Océano, no se escapará, no podrá escaparse». Lambea cree que antes
del final de nuestro viaje la sabremos detenida; y á la objeción del P.
Ranelahg, robustecida por el otro Padre y por Leopolda, relativa á que
justamente el convencimiento que tendrá la criminal de no poder pasar
inadvertida la hará ocultarse en el fondo de la tierra, Lambea, lógico,
replica y prueba que no, que lo de «ocultarse» se dice mejor que se
efectúa..., puesto que no se trata de un agujero del campo ó de una peña
donde nadie, y menos una hermosísima mujer, haya de vivir como una
loba...
¡Ah, sí, qué aguda atención infantil la de Rocío!... Seguí las
emociones de su cara, intensas, hondas, que la crispaban á veces de
vibraciones de terror..., y no sé si porque me daba enojo el no acertar
nunca de tal modo á entretenerla, ó porque me diese pena, pena, ver su
alma estremecida con tales infamias, sufrí escuchando al charlatán.
Claro es que he confirmado que á Rocío no la interesa el crimen sino por
la absorción que pudiese igual ocasionarla un relato de ladrones ó de
brujas... Sin embargo, en el caso de su madre, aficionaríala á otras
lecturas.
¡Bah!... Incluso sin estar en el caso de la madre, me faltó nada para
rogarle á Lambea que no volviese á hablar del crimen ante ella... Y
hubiera sido insigne indiscreción... esa indiscreción que mi afán de ser
discreto teme á cada instante: en primer lugar, por mi horror á que
nadie crea, ni yo mismo, que pueda estar enamorado de esa niña; y luego,
porque habría de resultar extrañamente necio que le marcase vallas de
delicadeza al delicadísimo marino á quien le debo el bien de su
amistad.
V
Lo saliente en el alma de Rocío es una sensibilidad que lo mismo se
conturba por el hecho baladí de la presentación de un extraño, por la
simple lectura de un periódico ó por la fe con que se arrodilla y llora
ante la Virgen; y la curiosidad hacia esa alma es la obsesión en que se
ha concentrado mi vida enteramente.
Sigo vagando por el buque como si ya no existiesen ni para la más leve
atención de mis sentidos los otros pasajeros, como si no hubiese cerca
de mi alma más que otra alma cuyas profundidades me cautivan. ¡Rocío!
Únicamente ella me inquieta con una paradójica inquietud de calmas
bienhechoras, y parezco un hombre que, perdida la facultad de observar
alrededor, continuase la travesía en el enorme trasatlántico cual si á
bordo quedasen sólo él y una chiquilla.
¡Una chiquilla!... Compañera misántropa y gentil, ciega también de
divina ceguedad, para no ver sino dentro de la gloria de su alma. Pero
su visión, desde su atención muda enfocada en mis angustias, es, sin
duda, más intensa; y mi visión sobre su vida blanca de gardenia es de
una amplitud que la envuelve como un aura y recoge todos sus efluvios.
Apenas si he osado á dejarla adivinar mis penas en insinuaciones de
suspiro, y mis penas la inspiran la simpatía y el afecto que la debo.
Pensar que ese afecto esté constituído por otros sentimientos, fuese
insensatez. Dícemelo su infantil indiferencia. Si la hablo, escúchame y
sonríe; si callamos en la extraña «tertulia sin tertulia», no le causo
preocupación á sus miradas. Soy yo quien así puede mirarla, quien mira
constantemente cómo ella mira al cielo ó mírase los pies, y quien bebe á
grandes sorbos la delectación de su bellísima inocencia.
¿Por qué acierto providencial, nuncio de lo que en lejano día habrán de
ser todas las mujeres, hay en Rocío una tan armónica exageración
acentuada de la mujer y de la niña?...
Su expresión de ángel está rodeada por la opulenta cabellera rubia como
por un humano marco de pasión, y bajo sus blusas, sueltas como túnicas,
toda la castidad que derrama su semblante no impide vislumbrar la
elástica y larga elegancia de un cuerpo macizo y fino, poderoso.
A veces se levanta, se pasea, aléjase á la borda. No pide disculpa ni
permiso. Es la libertad de las chiquillas. Y en la chiquilla, de
espaldas, desde los hombros á los pies, la esbeltez de la mujer
denúnciase en una flexible sucesión de ondulaciones. Marcha apoderándose
del suelo lenta y firmemente, con la pesantez de su arrogancia, y á
pesar de ello no avanza recta; tal, que si á la dura y ágil goma de su
estatua le sobrasen energías.
Obstinado en inquirir la causa de su andar rítmico, creo haberla
hallado: es que á cada paso, al ir á pisar con el pie que está en el
aire, por un muelle y nuevo impulso del que está apoyado, lo adelanta
aún un poco más..., lo cual le imprime á la gracia de la figura toda un
balanceo de minué. Efectivamente, hace el efecto de que baila, de que
sigue la cadencia de una música que oyese sólo ella..., de que sea tan
flexible que pudiera saltar como una tigre, doblarse como una
titiritera, enroscarse y enlazarse igual que una serpiente.
Cierro los ojos..., acabo por cerrar los ojos cuando de tal manera la
contemplo. Mis ansias egoístas van entonces más allá de lo que conviene
á mi miserable situación y á su inocencia. Ha querido la suerte ponerla
tarde en mi camino. De un ángel así..., ¡oh!, ¿no hubiese hecho mi
amargura la perfecta mujer de los amores juntos del alma y de la carne,
del cielo y de la tierra?
Es de noche. Está ella en la borda mirando no sé qué de la obscuridad
del mar á ras del casco del buque..., y estoy yo en uno de esos momentos
cuya dulzura me envenena. A fin de protegerme en su misma ingenuidad, me
levanto y me acerco al lado suyo.
--¿Qué mira usted?
Nos hallamos en el solitario verandah de la cubierta. La ha sorprendido
mi silenciosa aparición, y me responde:
--Los fuegos de las olas.
Inclinada nuevamente á contemplarlos, me doblo también al antepecho.
Lumbres de plata, que surgen del fondo tenebroso y que rebrillan y
dispérsanse en estrellas. Madejas fosforescentes, juegos de hechicería y
fantasmagoría que le van tendiendo al barco paveses siderales. Vuelvo á
pensar en la sensibilidad y el talento de Rocío, que se manifiesta en
todo á cada instante. El espectáculo es de una grandiosa simplicidad
digna de su espíritu. Además, al contestarme pudo decir, con expresión
directa y vulgar: «Las luces de las olas», y ha dicho, con gráfica
energía: «Los fuegos de las olas»...
No me atrevo á romper con comentarios su embeleso. Pasan los minutos.
Suena cerca la algazara del pasaje. El contraste de las gentes que no
saben divertirse si no es en la frívola elegancia del conjunto de
estultez que forman ellas propias, me acentúa la delicadeza de esta
niña, de esta melancólica hechicera, de esta espléndida criatura que
podría ser la reina del salón. A los mundanos agasajos prefiere los
pequeños encantos infinitamente bellos del mar, de que las otras no
disfrutan, y sabe sentirlos hondamente.
«Los fuegos de las olas.»
¡Sí, sí; ésta, en la chiquilla, no es la expresión de una chiquilla!
E igual que ahora, cien veces en sus verdes ojos, fijos, he creído
percibir el crítico proceso de una mujer de inteligencia extraordinaria.
Cesa de mirar al mar. Apoyada en la borda contra el codo, contempla la
celeste diafanidad de maravilla. Hay un lucero cuyo fulgor riela en el
agua fuertemente. Calla, calla siempre Rocío, y yo sigo prisionero en la
magia blanca de su ser y en la tenue emanación de su perfume. Es
gardenia, y tiene aroma de gardenia; huele á la exquisita esencia del
pañuelo suyo que traidoramente guardo; es gardenia, y, como las
gardenias, tiene el supremo encanto de irradiar la gracia y el bien de
su beldad ignorándolo ella misma.
Y, por último, ella es la que dice, señalando á la altura con la maño:
--¿Conoce aquel lucero?
--No--vacilo, avergonzado de no poder satisfacer con mi ignorancia lo
que creo una fugaz curiosidad de sus infantiles ignorancias--; Venus...,
Mercurio, acaso.
Pero rectifícame sencilla:
--Es Júpiter.
Recorre con los ojos y la mamo la bóveda infinita, y me va nombrando
otros luceros, otras constelaciones de las que en las proximidades de la
región ecuatorial fulguran como ascuas.
--Marte está allí, aquél de brillo rojo; y aquél Mercurio; no se ven por
este lado más planetas. Venus sale á media noche. Mire, vea: Cástor y
Polux; á la izquierda, Alderabán; allá Rigel, en el cinturón de Orion;
en la Lira, Vega; y luego, por todo éso, Enif, Antarés, Sirio, que es
azul y que titila; Altair..., Sirrach..., las Pléyades...
El asombro de esta familiaridad con los astros impídeme continuar
mirando el firmamento, para fijarme en Rocío; al advertirlo, se recoge
ruborosa, dejando de indicar. Sonríe con una ideal sonrisa que Júpiter
alumbra.
Maravillado de la niña que sin conocer el mundo en que vive conoce los
mundos con que sueña, se lo manifiesto así, y suspira deliciosa:
--¡Las estrellas son amigas mías!
¡Ah, sí! Por eso, porque Rocío, hasta por su nombre, es algo del cielo,
es algo de ángel o de estrella, es algo del espacio, una mañana, que en
_nuestro despertar de almas_ tardó en salir, tuve la impresión de que al
alba le faltase algo tan del alba como Venus ó un celaje..., tuve la
impresión de que se hubiera perturbado el Universo.
--¿Dónde aprendió usted--la pregunto--los nombres de sus amigas las
estrellas?
--¡Oh!... En Nueva Orleans; en el colegio.
--Pero en los colegios, en los libros, esas cosas se aprenden... y se
olvidan.
Cruza á la colegiala una evocación de melancolías, y añade con dolorosa
timidez:
--En mi colegio de Nueva Orleans había una alta terraza adonde me
gustaba subir sola por las noches; á fuerza de mirar las estrellas quise
conocer sus nombres en una carta de la clase. ¡No sé, muerto mi padre,
creía que pudiéndolas nombrar estaba yo más cerca, estaba él menos
lejos!
Esta vez, con el talento de la joven, me sorprende su ternura. Siento
una enorme gana de decírselo, y ante el nuevo silencio de ella me
violento por no hablar.
Mas no logro dominarme.
--Rocío, no puede imaginar en cuántas ocasiones he estado tentado de
decirla, de la diafanidad profunda de sus ojos, algo que no es
precisamente de sus ojos, que no la he dicho por miedo, y que ahora, sin
embargo, digo á usted: que tiene usted mucho talento.
--¡Ah!
--Mucho talento y una gran sensibilidad.
--¡Oh, gracias! Y... ¿por qué no quiso usted decirlo?
--Por miedo..., por miedo de parecerla un fatuo.
--No comprendo.
--Pues, sí. El reconocerle expresamente á otra persona cualidades
estimables, y, sobre todo, cuando á la inteligencia se refieren, implica
para el que lo hace una especie de afirmación de superioridad, una como
tácita reclamación de reciprocidad y gratitud.
Ríese leve, con una de sus carcajadas arpégicas. Yo persisto en
aclararla mis ideas.
--Fíjese; si tras de elogiarle á alguien su alta inteligencia, él,
sincero, nos replicase ó siquiera nos dejase sospechar que no le
merecemos igual concepto, ¿no rectificaríamos inmediatamente tachándole
de tonto?... Luego elogiar á una mujer por sus méritos mentales es más
peligroso que florearla por sus ojos..., porque no es, en rigor,
decirla: «¡Qué inteligente es usted!»..., sino: «¡Vea, vea lo
inteligente y perspicaz que soy, que acaso yo sólo puedo comprenderlo!»
Perdóneme, pues, si á esta _flor_ que á mi pesar acabo de ofrecerla, no
acierto á quitarle matices de vanidad que me sonrojan.
Vuelve á reír la colegiala, la niña que tiene dentro una mujer, y
exclama, al retirar su intensa mirada del fondo de mis ojos:
--¡Es usted sutil!
--¿Lo cree?
--Indudablemente.
--Bien...; no sé si dar á usted las gracias, porque ignoro hasta qué
punto no sea ello un defecto.
--Cuando menos, un castigo.
--¿La sutileza?--inquiero yo, que soy quien ahora, no comprende.
--La sutileza. Para quien la posee y para quien habla con el sutil. Por
ejemplo, sus razones, innegables, arrojan sobre mí, porque le escucho,
porque le contesto, porque le _reconozco una cualidad_, el recelo de
«reciprocidades».
--En el sentido de que también sería usted sutil, al entender de
sutilezas.
--¡Claro!... Y note usted, Adamar, que de tal modo fuese imposible
conversar de nada, de absolutamente nada, sin estarle advirtiendo á cada
frase designios de inversión.
--Por eso, quizá, Rocío, habla usted poco.
--Es posible. Como usted.
--Porque tienen las almas fronteras de desconfianza y de malicia.
--Exacto--me concede--. Y el ideal fuese poder decirlo todo de alma á
alma, desde lo nimio hasta lo enorme, sin malicias ni recelos.
¿Qué horizontes de luz clarea, al decirme esto, la vida de aparente paz
de la criatura?... No lo sé. Tomada de recóndita tristeza, pónese á
juguetear con la medalla de la Pura que pende en su garganta. Seducción
de misterio divinamente humano para la torpeza de mis ojos, que no saben
penetrar lo que, como en mí, en el destrozado por todas las brutalidades
y rigores del mundo, con ansias perpetuas de expansión y con condena de
perpetua inconfesión pudiese también guardar de «enorme» la niña
ruborosa. ¡Oh!, pero la torpeza de mis ojos la ve entera palpitar; el
corazón me grita, al menos, que su ansia de cándidas sinceridades
difíciles es la misma que mi difícil ansia de sinceridades miserables,
y en otro impulso de vehemencias, y en la creciente admiración á su
espíritu exquisito, cierto de que nada podrá quedar fuera de la
comprensión de ella, le pido á la mujer que ocultábaseme en el ángel:
--¿La placería á usted poder hablar así... conmigo? ¿Ser mi inmensa
amiga del alma siempre, siempre... siempre?
Y tiemblo, en seguida. He sido imbécilmente impetuoso. A la rara
mariposa que estaba oculta en la crisálida, tímida de todos, por nadie
sospechada, quizá ni por su madre..., la he asustado. Rehácese en un
suspiro que es casi un sollozo, y tornada á la faz la inconsciencia
indiferente de la niña, con su grácil andar de minué se vuelve á la
tertulia de su madre y de los curas.
Yo, como si me hubiese quedado un rayo de la luz etérea de su alma en
proyección á los abismos, sigo contemplando el fulgor de plata que
Júpiter derrama por el mar.