III

Me levanto al amanecer, siempre. Es el momento de las purezas perla de

la aurora. Terminados los baldeos y limpio y en orden todo sobre el

sueño del pasaje, el buque parece... de ella y mío--parece de los dos. A

fuerza de encontrarnos cada día en tan bello despertar, ella y su madre

corresponden á la digna inclinación de mi saludo con una bondadosa

simpatía mezclada de recelos.

Los recelos de empezar á creerme un galanteador inoportuno. La joven,

singularmente, me mira como con la súplica medrosa de que no la turbe la

única hora de dulce libertad que goza por el barco. Terror de niña seria

que no osa á jugar con las demás niñas delante de la gente, y que no se

atrevería á separarse de la madre en mi presencia. ¡Qué clara sorprendo

en su faz esa emoción!

La tranquilizo, me alejo, y desde un escondite cualquiera, donde no

pueda sospecharme, la contemplo, la contemplo á mi placer.... atraigo

nítida su imagen con mis _zeiss_, con mis potentísimos prismáticos.

Dúrala el temor buen trecho; vigila en torno su contrariedad de volver á

verme aparecer, y, entregado el susto del alma verde de sus ojos al mimo

de carmín del horizonte, permanece anhelosa y pensativa... Recobrada al

fin la confianza de estar sola, se levanta, y, sin apartarse mucho de la

madre, juega á dar paseos, á vagar de un lado á otro, á observar á los

grumetes en los palos y á acodarse en un rincón de la borda viendo huír

las bandadas de delfines.

Viste de blanco; yo, de blanco también, desde los zapatos á la gorra; es

blanca la silueta de algún oficial de servicio que cruza; son blancos la

cubierta, las bandas, los botes que penden de sus amarras encima de los

salvavidas; son de un vaporoso azul-blanco de ópalo el cielo y el mar...

y creyérase que somos almas y que vamos navegando infinitamente perdidos

á través de un alma inmensa de celaje, de pureza.

Los gemelos me la agrandan y acercan hasta poder contar en el azul

esmalte los diamantillos de la medalla de la Virgen que lleva al cuello.

Única modesta alhaja que la adorna. No usa pendientes ni sortijas. Sus

manos y su cara tienen la pálida mate lozanía de las gardenias, y sus

labios, labios puros, que alientan muchas veces entreabiertos, son

rojos, de un rojo sano de sangre de granada.

Unas veces, juzgándose absolutamente sin testigos, se instala en

cualquier amplio sillón, saca de la escarcelilla un _polissoir_ y

llévase gran rato puliéndose las uñas; otras se tiende en un canapé y

mira extasiada el horizonte. Perdió la otra noche un pañuelo y yo lo

recogí y lo guardé; huele á delicadísimos perfumes. Es toda, elástica y

armónica, el augurio de una aristocrática mujer; pero es también la niña

de ternura y de pudor que ni en la soledad le consiente el más leve

desorden al vuelo de su falda.

Ayer otras niñas más niñas subieron muy temprano. Corrían tirando al

alto una moneda, y la moneda rodó metiéndose entre dos tablas del piso;

se agruparon de bruces á sacarla; no podían, y una pequeñita lloraba.

Las acorrió ella; se postró al suelo también, y con una tijerilla y

acopio de paciencia las hubo de ayudar. El grupo, visto con mis _zeiss_,

resultaba encantador; juntas las angélicas cabezas, tocábanse las sedas

de los rizos y las manos. No la aventajaba ninguna en suavidad.

Últimamente las contentó repartiéndolas monedas suyas... y besos, muchos

besos.

¿Por qué no pude yo ir á unir á las inocencias de sus besos la inocencia

de mis besos?... ¡Ah, qué pena es que siendo de tanto amor el beso de

los niños, y creciendo con la edad el amor del beso, el afán de besar se

convierta en crimen!

Mi admiración ideal placeríale á la pureza de este ángel. Pero, no...;

cuidadosamente evitaré que la confirme. Entre sus quince años y mis

veintinueve años, entre su candor y mi groserísima miseria, entre su

calma virginal y mi atormentada situación de hombre casado y

endiabladamente enfermo, no puede haber nada común.

Puede haber lo que no necesita ser manifestado por mí ni conocido por

quien de modo tan gentil me lo produce: el consuelo de una hermana

dulce, más pequeña que mi hermana, que no está aquí..., y la vergüenza y

el asco de las pasadas brutalidades de mi vida.

No, no tiene por qué saber jamás la tribulación de repugnancias con que

mi corazón llora ante ella; ni podría entenderla, ni el infesto de mi

ser permitiríame reposar en la limpia nobleza de su hombro mi frente

consternada.

¡Elena, hermana mía, cuánta transparencia de divina humanidad lloraba en

el descanso de tu hombro!

Te recuerdo; recuerdo á nuestra madre en esta niña, y tengo que beber

los breves minutos de ansias inefables en la copa del bochorno.

Harto breves--los minutos, la hora de comunión con lo ideal. Va saliendo

el sol, y van apareciendo pasajeros que despiertan. Primero los niños,

que se ponen á jugar y á reír con la alegría de la mañana...; después

los curas, que secuestran á la niña hechicerísima con sus calmas

evangélicas...; luego, poco á poco, los demás.

Dijérase que al día y al haz del buque llega el mundo en un inverso

orden de moral imperfección.

Los últimos, allá á las once, son Eyllin, Placer y mis amigos.

Sino que yo los esquivo cuanto puedo.

O escalas arriba trepo á la cubierta de botes, poniéndome á departir con

las olas y las nubes, ó ansiando emociones menos plácidas bajo á los

entrepuentes de emigrantes.

Me conocen ya, en el de la proa, en el de la popa.

Cuando los contemplo desde la cubierta de cámara, como desde los

miradores de un alcázar que diese á patios de leprosos, el cuadro

ofréceseme cruel. Amontonados. Campamentos de locura y suciedad. De día,

los que en su inmovilidad apretada caen fuera de los toldos, ampáranse

del sol colgando mantas; de noche, algunos las transforman en hamacas, y

la mayoría duerme en el suelo de madera, donde se han pisoteado los

vómitos y el rancho. Monstruos, más que humanos seres. Cerdos, en su

salaz aglomeración forzosa, más que varia humanidad. Babel en marcha,

maldita por no se sabría qué Dios de los rencores; hablan todos los

idiomas, abrúmanse de todas las ruindades y mezclan con una igual y gris

promiscuidad sus vidas y sus almas.

Dan idea del aplastamiento, de la trituración por lo fatal. En vano

mujeres jóvenes y bellas, familias honestísimas, que en la pobreza de su

país habrán hecho de lo delicado religión de sacrificio (como la del ex

acomodador de la Princesa), en un poco de limpieza y de paz querrían

aislarse de la soez canallería: con el agua vertida alrededor, corren

hasta ellos los detritus; con la copla ó la frase del rufián, la

desvergüenza...; y el albo pañizuelo de la pulcra conviértese en

guiñapo, y el pudor de la madre y de la virgen en rosa ajada por una

lluvia de inmundicia en el estiércol. No lejos de la novia que mira

triste en la estela que se pierde la endecha de su amor, van el ladrón y

el asesino, que esquivan á la vez que añoran sus presidios torvamente,

y el Sileno que grita sobre un tonel.

Todas las concupiscencias, todas las confusiones, todos los apetitos...,

toda la condensación del caldo hediondo y negro de la amasada y

destripada Humanidad. En la caldera de horror, las inocencias se han

fundido; y así por las sombras y el sueño del montón oye la casta el

sordo rugir de una lujuria entre un sátiro y una bestia, y así,

anteanoche, fueron llevados á la barra dos hombres cuyos cuerpos

yacentes se buscaban con viscosas reptaciones de lombrices...

El dolor se me clava en el corazón como una espada.

No había podido nunca imaginarme semejante violación de la humana

dignidad. Pensar que con este cosmopolitismo de la crápula, que con esta

espuma que Europa le da á la emigración, van muchos inocentes

desdichados, muchos engañados..., me acongoja. Pensar aún que á tres

metros por encima, que á una baranda por en medio vamos nosotros en

festín de lujos, de mágicos salones, de músicas, de flores, de

pereza..., me atosiga y me destroza.

¿Por qué esta injusticia tremenda entre los hombres, esta inútil

necesidad de la crueldad?

No sé por qué.

No lo comprendo.

Con el espacio y los divanes y los manjares que nos sobran, esos

infelices ahorraríanse la humillación de verse tratados de un modo tal

por sus hermanos. Un pájaro, un lobo y hasta una hiena no están jamás

así en su bandada, en su manada.

¡No lo comprendo! ¡No lo comprendo!... Y yo debería correr gritando por

ahí: «¡Socorro! ¡Que se ahogan, que se asfixian aquí los decoros de la

vida!»...

Mas como nadie habría de secundarme y me juzgarían un mentecato; como

son tan humildes é ignorantes estas gentes que no suben á escupirnos y á

arrogarnos por las bordas..., soy yo el que suele bajar á ellos para

sufrir siquiera un poco su tormento.

Me conocen. Pero me rodean desaprensivos tal vez los menos acreedores de

piedad, y les voy cobrando miedo. En pocos días les he repartido mil

pesetas. Deben proceder de mi dinero el vino y las juergas en que les he

advertido algunas veces...

Y huyo, huyo por fin de ellos y de mi presentimiento de sandez

repartiéndoles limosnas.

Con una desorientación tremenda en punto á caridades y á filosófica

moral, vuelvo á la cristiana indiferencia y á la estultez de mis

congéneres. Allá los pobres, pues, con su penar, y los ricos á bailar y

á reír en la molicie... hasta la hora del Infierno.

Sí sé por qué: Novela · 第 11 / 27 题