Me levanto al amanecer, siempre. Es el momento de las purezas perla de
la aurora. Terminados los baldeos y limpio y en orden todo sobre el
sueño del pasaje, el buque parece... de ella y mío--parece de los dos. A
fuerza de encontrarnos cada día en tan bello despertar, ella y su madre
corresponden á la digna inclinación de mi saludo con una bondadosa
simpatía mezclada de recelos.
Los recelos de empezar á creerme un galanteador inoportuno. La joven,
singularmente, me mira como con la súplica medrosa de que no la turbe la
única hora de dulce libertad que goza por el barco. Terror de niña seria
que no osa á jugar con las demás niñas delante de la gente, y que no se
atrevería á separarse de la madre en mi presencia. ¡Qué clara sorprendo
en su faz esa emoción!
La tranquilizo, me alejo, y desde un escondite cualquiera, donde no
pueda sospecharme, la contemplo, la contemplo á mi placer.... atraigo
nítida su imagen con mis _zeiss_, con mis potentísimos prismáticos.
Dúrala el temor buen trecho; vigila en torno su contrariedad de volver á
verme aparecer, y, entregado el susto del alma verde de sus ojos al mimo
de carmín del horizonte, permanece anhelosa y pensativa... Recobrada al
fin la confianza de estar sola, se levanta, y, sin apartarse mucho de la
madre, juega á dar paseos, á vagar de un lado á otro, á observar á los
grumetes en los palos y á acodarse en un rincón de la borda viendo huír
las bandadas de delfines.
Viste de blanco; yo, de blanco también, desde los zapatos á la gorra; es
blanca la silueta de algún oficial de servicio que cruza; son blancos la
cubierta, las bandas, los botes que penden de sus amarras encima de los
salvavidas; son de un vaporoso azul-blanco de ópalo el cielo y el mar...
y creyérase que somos almas y que vamos navegando infinitamente perdidos
á través de un alma inmensa de celaje, de pureza.
Los gemelos me la agrandan y acercan hasta poder contar en el azul
esmalte los diamantillos de la medalla de la Virgen que lleva al cuello.
Única modesta alhaja que la adorna. No usa pendientes ni sortijas. Sus
manos y su cara tienen la pálida mate lozanía de las gardenias, y sus
labios, labios puros, que alientan muchas veces entreabiertos, son
rojos, de un rojo sano de sangre de granada.
Unas veces, juzgándose absolutamente sin testigos, se instala en
cualquier amplio sillón, saca de la escarcelilla un _polissoir_ y
llévase gran rato puliéndose las uñas; otras se tiende en un canapé y
mira extasiada el horizonte. Perdió la otra noche un pañuelo y yo lo
recogí y lo guardé; huele á delicadísimos perfumes. Es toda, elástica y
armónica, el augurio de una aristocrática mujer; pero es también la niña
de ternura y de pudor que ni en la soledad le consiente el más leve
desorden al vuelo de su falda.
Ayer otras niñas más niñas subieron muy temprano. Corrían tirando al
alto una moneda, y la moneda rodó metiéndose entre dos tablas del piso;
se agruparon de bruces á sacarla; no podían, y una pequeñita lloraba.
Las acorrió ella; se postró al suelo también, y con una tijerilla y
acopio de paciencia las hubo de ayudar. El grupo, visto con mis _zeiss_,
resultaba encantador; juntas las angélicas cabezas, tocábanse las sedas
de los rizos y las manos. No la aventajaba ninguna en suavidad.
Últimamente las contentó repartiéndolas monedas suyas... y besos, muchos
besos.
¿Por qué no pude yo ir á unir á las inocencias de sus besos la inocencia
de mis besos?... ¡Ah, qué pena es que siendo de tanto amor el beso de
los niños, y creciendo con la edad el amor del beso, el afán de besar se
convierta en crimen!
Mi admiración ideal placeríale á la pureza de este ángel. Pero, no...;
cuidadosamente evitaré que la confirme. Entre sus quince años y mis
veintinueve años, entre su candor y mi groserísima miseria, entre su
calma virginal y mi atormentada situación de hombre casado y
endiabladamente enfermo, no puede haber nada común.
Puede haber lo que no necesita ser manifestado por mí ni conocido por
quien de modo tan gentil me lo produce: el consuelo de una hermana
dulce, más pequeña que mi hermana, que no está aquí..., y la vergüenza y
el asco de las pasadas brutalidades de mi vida.
No, no tiene por qué saber jamás la tribulación de repugnancias con que
mi corazón llora ante ella; ni podría entenderla, ni el infesto de mi
ser permitiríame reposar en la limpia nobleza de su hombro mi frente
consternada.
¡Elena, hermana mía, cuánta transparencia de divina humanidad lloraba en
el descanso de tu hombro!
Te recuerdo; recuerdo á nuestra madre en esta niña, y tengo que beber
los breves minutos de ansias inefables en la copa del bochorno.
Harto breves--los minutos, la hora de comunión con lo ideal. Va saliendo
el sol, y van apareciendo pasajeros que despiertan. Primero los niños,
que se ponen á jugar y á reír con la alegría de la mañana...; después
los curas, que secuestran á la niña hechicerísima con sus calmas
evangélicas...; luego, poco á poco, los demás.
Dijérase que al día y al haz del buque llega el mundo en un inverso
orden de moral imperfección.
Los últimos, allá á las once, son Eyllin, Placer y mis amigos.
Sino que yo los esquivo cuanto puedo.
O escalas arriba trepo á la cubierta de botes, poniéndome á departir con
las olas y las nubes, ó ansiando emociones menos plácidas bajo á los
entrepuentes de emigrantes.
Me conocen ya, en el de la proa, en el de la popa.
Cuando los contemplo desde la cubierta de cámara, como desde los
miradores de un alcázar que diese á patios de leprosos, el cuadro
ofréceseme cruel. Amontonados. Campamentos de locura y suciedad. De día,
los que en su inmovilidad apretada caen fuera de los toldos, ampáranse
del sol colgando mantas; de noche, algunos las transforman en hamacas, y
la mayoría duerme en el suelo de madera, donde se han pisoteado los
vómitos y el rancho. Monstruos, más que humanos seres. Cerdos, en su
salaz aglomeración forzosa, más que varia humanidad. Babel en marcha,
maldita por no se sabría qué Dios de los rencores; hablan todos los
idiomas, abrúmanse de todas las ruindades y mezclan con una igual y gris
promiscuidad sus vidas y sus almas.
Dan idea del aplastamiento, de la trituración por lo fatal. En vano
mujeres jóvenes y bellas, familias honestísimas, que en la pobreza de su
país habrán hecho de lo delicado religión de sacrificio (como la del ex
acomodador de la Princesa), en un poco de limpieza y de paz querrían
aislarse de la soez canallería: con el agua vertida alrededor, corren
hasta ellos los detritus; con la copla ó la frase del rufián, la
desvergüenza...; y el albo pañizuelo de la pulcra conviértese en
guiñapo, y el pudor de la madre y de la virgen en rosa ajada por una
lluvia de inmundicia en el estiércol. No lejos de la novia que mira
triste en la estela que se pierde la endecha de su amor, van el ladrón y
el asesino, que esquivan á la vez que añoran sus presidios torvamente,
y el Sileno que grita sobre un tonel.
Todas las concupiscencias, todas las confusiones, todos los apetitos...,
toda la condensación del caldo hediondo y negro de la amasada y
destripada Humanidad. En la caldera de horror, las inocencias se han
fundido; y así por las sombras y el sueño del montón oye la casta el
sordo rugir de una lujuria entre un sátiro y una bestia, y así,
anteanoche, fueron llevados á la barra dos hombres cuyos cuerpos
yacentes se buscaban con viscosas reptaciones de lombrices...
El dolor se me clava en el corazón como una espada.
No había podido nunca imaginarme semejante violación de la humana
dignidad. Pensar que con este cosmopolitismo de la crápula, que con esta
espuma que Europa le da á la emigración, van muchos inocentes
desdichados, muchos engañados..., me acongoja. Pensar aún que á tres
metros por encima, que á una baranda por en medio vamos nosotros en
festín de lujos, de mágicos salones, de músicas, de flores, de
pereza..., me atosiga y me destroza.
¿Por qué esta injusticia tremenda entre los hombres, esta inútil
necesidad de la crueldad?
No sé por qué.
No lo comprendo.
Con el espacio y los divanes y los manjares que nos sobran, esos
infelices ahorraríanse la humillación de verse tratados de un modo tal
por sus hermanos. Un pájaro, un lobo y hasta una hiena no están jamás
así en su bandada, en su manada.
¡No lo comprendo! ¡No lo comprendo!... Y yo debería correr gritando por
ahí: «¡Socorro! ¡Que se ahogan, que se asfixian aquí los decoros de la
vida!»...
Mas como nadie habría de secundarme y me juzgarían un mentecato; como
son tan humildes é ignorantes estas gentes que no suben á escupirnos y á
arrogarnos por las bordas..., soy yo el que suele bajar á ellos para
sufrir siquiera un poco su tormento.
Me conocen. Pero me rodean desaprensivos tal vez los menos acreedores de
piedad, y les voy cobrando miedo. En pocos días les he repartido mil
pesetas. Deben proceder de mi dinero el vino y las juergas en que les he
advertido algunas veces...
Y huyo, huyo por fin de ellos y de mi presentimiento de sandez
repartiéndoles limosnas.
Con una desorientación tremenda en punto á caridades y á filosófica
moral, vuelvo á la cristiana indiferencia y á la estultez de mis
congéneres. Allá los pobres, pues, con su penar, y los ricos á bailar y
á reír en la molicie... hasta la hora del Infierno.