Positivamente me resta una de las más ingenuas distracciones de á bordo
mi antiguo conocimiento del mar. No son para mí novedades las que
excitan la curiosidad de mis amigos. En calma el viento, ellos, que ya
pueden andar sin pasamanos, recorren el barco con Placer y con Eyllin.
Bajan á las máquinas, para ver cómo, sin que entre el agua, cruza el
casco el árbol de la hélice; suben al puente, para ver cómo maneja el
sextante el capitán; visitan la punta de la proa, la bodega, las
cocinas, y se preocupan de entender los dobles de esquilón y del momento
en que se anota la singladura en el cuadro de la marcha.
A mí apenas si el espectáculo de algunos buques que cruzan logra
distraerme un rato en la batería de gemelos que formamos en las bordas.
Mis nervios se aplacan. Parece de corcho mi cerebro. La mayor parte del
tiempo la paso tendido en el canapé, contemplando el juego de las olas.
Sin que pueda decir que estoy mal entre los compañeros, estoy mejor
cuando me dejan y se llevan á Placer. Se encuentra irritada por mis
desaires, aunque yo, gentil siempre que me habla, procuro suavizarlos.
No he vuelto á comer con ellos. Una circunstancia favoreció mi disculpa
de descortesías en el propósito: la mesa, de cinco asientos, no lo
habría tenido para el húsar; calculé, pues, que me bastaría concurrir un
par de días al restorán, á pretexto de _mi régimen_, así dando tiempo á
que pudiera sustituirme el pobre mareado; y, efectivamente, al tornar al
comedor, el mayordomo me indicó otra vacante en otra mesa de un viejo
matrimonio alemán y de un marino bonaerense. Locuacísimo el marino, con
unas patillas y una afable distinción del tiempo de Churruca, no me
habla, al menos, de mujeres. Sabe idiomas, y cancillerescamente reparte
su conversación conmigo y con los alemanes; pero su propia galantería de
_gentleman_, que tiene que atender á todos, me libra pronto de él en la
cubierta.
Yo, entonces, me aislo en un rincón y observo la gente del pasaje. El
_Victoria Eugenia_ es el mejor trasatlántico que navega en esta línea.
Vienen muchos franceses, y principalmente familias uruguayas y
argentinas que regresan de sus visitas europeas á todo rumbo de dinero.
Anteanoche un señor del Plata dió quinientos pesos en la rifa de una
Virgen que no sé quién organizó. No hay nadie á quien mi nuevo compañero
de mesa no conozca. El solo llena de ceremoniosas reverencias las
tertulias y los bailes. Toca el piano y la flauta, hace
prestidigitaciones, inventa juegos de prendas, y lo mismo se pone á
conversar con el segundo maquinista que con un ex presidente de la
República de su país, y con la ex presidenta y las hijas, que traen la
mejor cámara del barco, y que han sido en Madrid agasajadísimos. Algo
anticuado el joven teniente de fragata, sin duda, en materia
coreográfica anda aún por rigodones, y en lecturas por Balzac y Víctor
Hugo.
Paréceme que sus mismos compatriotas, picados de _snobismo_ al regresar
del viejo mundo, le miran con la condescendencia que á un niño
candoroso. Mientras él retóricamente trata de ensalzarles á las damas
las figuras de _Cuasimodo_ ó _Juan Valjuán_, ellas se distraen hablando
del tango, de Wagner, de los _apaches_ de París..., y, sobre todo, de lo
que constituye la última atracción de escándalo europeo: del crimen de
la Montsalvato. Traen diarios é ilustraciones, y se desquitan leyendo y
discutiendo á bordo cuanto no tuvieron tiempo de saborear en tierra á su
placer. Los grabados de la «tristemente célebre condesa» circulan. Se
admira su beldad. Una de las más bonitas mujeres de Italia y la más
perversa del mundo. Creen que ya la habrán cogido, y que se la ahorcará
con el amante. Aguardan impacientes, para tener noticias, la escala de
Canarias. Sin embargo, se asedia al capitán, por si radiográficamente
pillase algo del suceso.
Me aburro, oyendo en todas partes hablar del crimen; y lejos de esta
cubierta de joyas y elegancias, como la vasta galería de un balneario,
me hundo en las encrucijadas del barco buscándome á mí mismo.
Más que por la impulsión invencible de pensar y sentir tristezas, según
antes me pasaba, diríase que voluntariamente busco ahora el pensarlas y
el sentirlas por el hábito de que no quiero prescindir. Ellas han
constituído durante dos años mi existencia, y sin ellas parézcome
vacío... sin rumbo en la vida, sin objeto.
Porque la verdad, la misma impulsión bestial que, desde que duermo y
como, siento á veces ante las provocaciones de Placer, me abochorna
hasta el extremo de preferir, incluso con su cohorte de penas desoladas,
la orgánica aversión sensual de mi maldita neurastenia. Triste es tener
que prescindir de la integridad del amor de las mujeres; pero más triste
es tener que aceptarlas en su cercenada realidad de lascivos mecanismos.
Los hombres no hemos sabido formarlas el alma todavía.
O mejor dicho, dejar de deformársela. Ejemplo de ello lo llevamos en
esta miniatura del mundo que viene á ser el buque. Por eso me place, con
amarga complacencia, bajar á la cámara de tercera y ver cuán cerca van
unas de otras las pobres torturadas que forman como los símbolos de
extrema oposición en el martirio de las vidas femeninas. Son, por una
parte, cinco religiosas italianas que irán á hospitales ó colegios
argentinos; por otra, y en patrullas diferentes, un sucio rebaño de
prostitutas francesas y austriacas que irán á Buenos Aires.
Símbolos, sí, del social absurdo. Representan lo que se tiende á hacer
con todas las mujeres de un modo indefectible. Se las parte, y no hay
término medio para ellas. O lo espiritual, en un calvario de
renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.
Estoy contemplando en el entrepuente el grupo de asustada y blanca
sumisión que á un lado componen las monjas; el grupo de descaro
arlequinesco que al otro lado componen las rameras.
¡Horrible! Apartados en polarización inconciliable el beso del espíritu
y el beso de los labios; rotos el amor del cielo y de la tierra para el
amor del hombre y la mujer..., como si la angélica inocencia de los
niños no se besase con los labios..., como si las madres no dieran á sus
hijos con los labios los besos de la gloria.
Lloro por todas las desgraciadas prostitutas y monjas de la tierra, y me
ahoga, me sofoca la piedad.
Pero... otra escena se me ofrece en estos fondos del fastuoso
trasatlántico donde llevamos confinados los horrores. Baja de la
cubierta de emigrantes una pobrísima familia; la madre, la hija mayor y
un niño de quince años, transportan, como preciosas cargas que pudieran
dejar caer en la verticalidad de la escalilla, á otros niños más
pequeños; la joven es bonita, y mira tímida en su torno. Pasan como en
fuga junto al escándalo de burdel de las rameras, y tras el amparo de
las monjas buscan el escondite de unos fardos. Al poco llega un mozo de
limpieza, besa á los chiquillos y repárteles fiambres; se va
inmediatamente, y la familia come, apretada en el amoroso miedo de ella
misma. Los circunda una aureola de honradez. Viéndolos comer la
escudilla de las sobras, y pensando en los festines de mi mesa y en lo
que la bruta de Placer traga á todas horas, siento que las lágrimas del
alma se me vierten por los ojos.
Y el rubor me aleja de las gentes; porque el llanto debe ser una cosa
vergonzosa en un mundo donde la impudencia de una mujer se paga con
brillantes y la virtud de otra con miseria y con limosnas.
Voy enjugándome las lágrimas, y alguien me tropieza: el mozo de antes,
que al salir de un camarote con dos cubos, me vierte un poco de agua.
Pensando que soy francés porque no contesto, discúlpase en francés; no
respondo, y háblame en inglés, al tiempo que se apresura á limpiarme con
un paño. Al incorporarse y oir mi neto madrileño, cree reconocerme.
Resulta un antiguo acomodador de la Princesa. Charlamos. Se expresa
discretamente. Es perito comercial; pero sin influencias para colocarse,
y abrumado por los hijos, atendió á la urgencia de ganarse una peseta
como pudo. La familia que he visto es la suya. Emigran, y él ha logrado
del sobrecargo este puesto eventual en el servicio, que le permite sacar
algunas propinillas y restos de las mesas para librar del rancho á su
mujer y á los pequeños.
Está flaco; está enfermo. Punto menos que á la fuerza le hago aceptar un
billete de diez duros, y llora y quiere besarme las manos... Nos
interrumpe una austriaca que viene medio desnuda, de bañarse. Es una de
las rameras, grande, de senos lacios, casi vieja y casi horrible. Entra
en el camarote y le reclama al mozo los cubos de agua con despótico
ademán.
Yo parto, ocultando mi dolor; el infeliz sirviente me ha cruzado una
mirada que indica sus resignaciones.
Subo adonde pueda ver el cielo. Desierto á esta hora el _verandah_ de la
cubierta alta, porque el pasaje se recluye á la música y al te del
comedor, pido una cerveza.
Mas no logro olvidar al mísero padre de familia que sabe francés, que
sabe inglés, que es un inteligente trabajador, cuyo acoso de la vida le
impidió desenvolver sus aptitudes..., que es un español honrado, cuando
menos, que quiso darle á su patria cinco hijos..., y que, lanzado por su
patria, emigra y acógese á la compasión del barco sirviéndole de rapa á
inmundas extranjeras.
La injusticia me acongoja. No sé qué parte de ella puede caberme á mí, y
las lágrimas vuelven á inundar mis mejillas. ¡Oh, la neurastenia! ¡Qué
excelsa maldición! ¿Por qué cuando estamos buenos y bien hallados en la
vida no vemos todo esto?... Al revés, el ajeno sufrimiento nos
impresiona como un contraste pintoresco que realza y le presta el claro
oscuro á nuestra dicha: un _golfo_ que, muerto de frío, cierra el coche
donde nos ha unido la lujuria con una hembra de alquiler, nos hace
sonreír y decirle una alegre chirigota; una anciana mendiga nos hace
arrojarla de mal modo una moneda y un insulto, sin pensar que tenga las
mismas entrañas hechas por Dios y las mismas canas quizá que nuestra
madre; un camarero que nos habla el francés y el alemán nos parece
sencillamente un majadero.
Y... seco precipitadamente mis lágrimas..., aunque los que llegan
podrían demás, á saber su causa, comprenderlas: la joven rubia con su
madre y los señores sacerdotes. Siéntanse á pocas mesas de mí, y ellos
se ponen á fumar y ellas á leer libros de oraciones.
Es un ángel esta niña. Viste siempre sencillísimos trajes blancos, con
la falda hasta los pies, y luce el ceniza dorado tesoro de su pelo en
trenzas á la espalda. Por la gentileza del cuerpo diríase una mujer de
veinte años; por la lozanía, y el candor del rostro, una chiquilla de
trece.
¿Contará diez y siete ó diez y ocho?... No. Así como hay damitas que
gustan de prolongar su aspecto adolescente valiéndose del infantil
engaño de las ropas, hay niñas de precoces desarrollos que, á pesar de
la puerilidad de su semblante, tienen antes de tiempo que alargarse los
vestidos; y ésta es una de ellas. No he visto jamás una expresión más
cándida y sincera. Tras la diafanidad de sus ojos verdes, claros, su
alma de sencillez fulge al modo de un resplandor ancho y sereno á través
de dos faros de esmeralda. Mira como sin ver, á las gentes..., á los
cien tontos que á bordo se la comen con los ojos, y mira, en cambio, con
éxtasis de atención inmensa las lejanías del mar y los crepúsculos.
Una atracción de suavidades me inclina á venir observándola hace días; á
buscar los sitios de apacible soledad que ella prefiere; y he podido
advertir que apenas si se asoma con su madre á los bailes del salón, que
se acuestan á las once, y que se levantan, igual que yo, para contemplar
las albas esplendentes, cuando aún no se ha hundido Venus en la línea de
las aguas.
Miedo me da la idea de que, advirtiendo al fin la asiduidad de mi
presencia, hubieran de juzgarme uno de esos imbéciles que por ahí las
importunan.
Deja el libro. De un paquete de periódicos, saca uno y pónese á leer.
Los grabados tornan á advertirme que lo que tanto la absorbe en los
diarios es, ¡ah, también!, el crimen de la italiana.
Como á los demás, como á todas las damas del pasaje. Pero á esta niña,
de carne y alma de inocencia, plácela, sin duda, lectura tal, no por
saborear manjares de perversión, sino por una trágica atracción
folletinesca que afirma su infantilismo. Igual que ayer y anteayer, la
veo ensimismarse en los relatos del crimen más que en el libro de
oraciones, y á veces sigo en su faz de ángel los horrores que la
crispan.
¡Oh, sí, sí, diáfana su faz..., diáfana como un fanal su vida entera!
También cuando todas las mañanas la contemplo de hinojos en la misa, veo
el fervor con que su pureza pídele á la Virgen no se sabe qué perdones.
¿Será una francesita?... Franceses son los periódicos que lee y en
francés habla con los curas, uno de los cuales debe de ser hermano de la
madre. Sin embargo, no tiene ese tipo que hace á Francia parecer un
monótono bazar de muñecas blondas de pómulos salientes y labios gordos y
encarnados.
--¡Adamar? ¡Adamar?... ¡Hombre, Adamar!
Giro, y me estremezco. Medio corriendo y en grandísima algazara llegan á
buscarme el dramaturgo, el húsar, el cónsul, Placer y la actriz de la
Cigale. Recogida alta la falda, enseña Placer la aparatosa seda de sus
medias.
Me causan la impresión de que profanan un templo. Los curas, la madre,
la niña-arcángel han vuelto los ojos hacia el tumulto de estas mujeres
de hermosura descompuesta. Porque no se sienten aquí, me levanto y salgo
al encuentro de _mis amigos_ para ir en su compaña á cualquier parte.
* * * * *
Estamos en tierra.
Hemos venido durante la mañana viendo definirse las altas montañas de
esta isla, mirando por la vasta extensión del agua la lejanía de las
demás del archipiélago, y acabamos de desembarcar en Tenerife. Nos guía
muelles adelante un grupo de periodistas canarios que ha acudido á
recibir al dramaturgo. Placer tutea desahogadamente al cónsul y no se le
descuelga del brazo. Derechos conyugales que se abroga. Él no parece
agradecerlo.., ya. Bien con otra triunfal alegría me contó hace unas
noches la historia: luna en su camarote, y una ilusión de _cien kilos de
sirena de cocota_ á su litera llegada desde la espuma del mar. Lo peor
es que ni á luna ni á sol se le aparta desde entonces. Lo que temía para
mí, de no haber puesto enérgico el remedio.
Entramos en Santa Cruz. Llena la plaza, de señoras que pasean y de
tiendas de tabaco. Es éste el país de la eterna primavera, como la isla
de Calipso. Las casas pequeñas, pero lindas, tal que casas de juguete,
están pintadas de verde, de rosa, de cielo... Macetas en las ventanas,
macetas en los balcones. Tropical Andalucía paradisíaca, y más
frecuentada por ingleses. El verdor de las montañas le forma un valladar
de frescura á la ciudad. Las mujeres todas me parecen bellas, altas, con
la gracia gentil de la española pigmentada en africano.
Tomamos vermouth en la terraza de un bar, y nos surtimos de tabaco.
Precios inverosímiles: paquetillos Henry Clay á veinte céntimos, y
habanos á real.
Tres coches nos suben una larga calle en cuesta. Siempre las lindas
casas y hotelitos de juguete. Visitamos tiendas de orientales. Los bajos
precios incitan á comprar. Obsequia Placer al cónsul con un elefantito
de marfil y él tiene que pagarla doscientas y pico de pesetas por un
bazar de cosas que ha ido escogiendo: gemelos de teatro, chales y
kimonos de seda china, maques, polveras, estuchillos...
--Perfectamente--me dice aparte el cónsul--. He hecho el _primo_; pero
con ésto habrá de darse por contenta y no hallará ocasión de nuevos
cobros.
La gratitud hácela aferrarse á su brazo más _gachona_.
Entramos en dos redacciones. Nos retratan. Placer, clavada á su rubio
amigo «para que cuando el periódico llegue á España los vean muy
juntos», suelta cada barbaridad que canta el credo. «No la gusta París
porque allí llueve y ventosea mucho». Al fotógrafo, que al componer el
grupo la tocó la barba, le dijo «mari... quita»; y á un chico que
corriendo la tropezó en la calle, «hijo de un rato».
Y andaluces, sí, andaluces los canarios, no saben prescindir de
llevarnos á un arrabal de Santa Cruz para probar el vino isleño. Luego,
montaña arriba, van al Quisisana los coches.
Es uno de los grandes hoteles del turismo. Inglaterra. Misses, ladys y
milores. En la ascensión hemos contemplado panoramas sorprendentes.
Ahora el Quisisana nos brinda todo el _confort_ apetecible. Su
extranjera y silenciosa población le da aires de un convento de
elegancia. Para mis ansias de paz tomo nota de este hotel y de este país
encantador. Acaso alguna vez venga á habitarlos.
Victoria háceme advertir la injusticia con que los españoles buscamos
fuera de España los parajes de belleza; vamos á Niza, á Italia, á Suiza,
y no sabemos siquiera que tenemos hechizos superiores en Asturias y
Galicia y Baleares, en la propia Extremadura, en Canarias, en Granada.
Sin duda somos gentes de un individualismo altivo y feroz que nos deja
ser colectivamente calumniados.
Consultando los relojes, deploran nuestros acompañantes que no nos quede
tiempo de visitar la verdadera maravilla de la isla: el valle de
Orotaba, lleno también de magníficos hoteles; y, andaluces,
individualistas, al fin, á la española, encerrados en sus gustos, nos
hacen partir del Quisisana para llevarnos á comer á una _típica
taberna_... ¡como si las tabernas y nada más que las tabernas fuesen lo
_típico_ de España!
Me resigno á la taberna.
Escabeche y guisos de figón. Algo de guitarreo, con un torero que
aparece, al cual Eyllin le acaricia la coleta, y baile de Placer con
taconeo y patas por el aire. La actriz parisién y nuestro autor se
entienden, á pesar de sus géneros distintos. No hay como ser hombre
festejado para la adhesión de una francesa. Eso sí, al final iguales,
francesas y españolas... y ya verá también Carlos á la hora de cobrar.