PRIMERA PARTE

I

En el expreso, con un recelo casi de terror, conocí ayer á estos que

habrán de ser mis compañeros de buque: Albert, cónsul; Carlos Victoria,

el famoso dramaturgo, y Alejo Hugo Martín, _attaché_ militar en la

Argentina.

¡Oh, mi forzosa intimidad con los extraños! ¡Mi débil voluntad, además,

para cortarla..., yo que contaba siquiera en esta empresa con la soledad

del Océano, y á quien el simple encuentro de un amigo por las calles de

Madrid causaba angustia al corazón, temblores y una afonía instantánea y

sofocada, como si me echasen una cuerda al cuello!... Por lo pronto,

anoche, en el tren, un señor al pie de mi litera; tres al despertar,

forzádome á sus charlas... y un hotel ahora, aquí, donde, á más de los

nuevos conocidos, me aguardan cuatro periodistas. Son gaditanos, que se

han apresurado á saludar al dramaturgo; quieren despedirle de España

cenando en Puerta de Tierra, y, con la jovialidad del montilla, se

obstinan en que yo les acompañe.

En última consecuencia, debo confesar que no me es completamente

insoportable la continua conversación; por primera vez desde hace mucho

tiempo, gracias á ella, me ha faltado para ensimismarme en la manía de

mis reflexiones dolorosas, y á ratos incluso llego á reír y bromear.

Encontraríame satisfecho, ante éstos que no hubieran podido sospechar

hallarse departiendo con un enfermo grave, si á última hora no hubiese

cedido á la insana cobardía de hablarles de mi enfermedad, de mi

neurastenia...

¡Maldita neurastenia!... Les conté todo: que estoy á régimen; que no

duermo; que lloro á veces como un niño...; que una extraña piedad me

acongoja ante el espectáculo de un mendigo ó de una mujer desamparada...

¡Maldita neurastenia!... Menos mal que no les referí cómo una tarde

estuve si me tiro del Viaducto. No puedo tolerar el espectáculo de la

barbarie humana. Me ahogan de piedad, de piedad, de piedad... las

crueldades de la vida; y la neurastenia no es, tal vez, más que... eso:

un estado de exaltación que nos deja percibir en su exacta verdad

horrible el fondo de las cosas.

Un estado de clarividencia, de perfección, en que se siente el dolor que

nos circunda cual si se tuviese el alma en carne viva. No hay tormento

comparable; mas tampoco nada que nos hunda tan sombría y grandiosamente

en la mística significación del Universo. Si los dioses sufren, deben

de sufrir de neurastenia. Por ella he aprendido á amar las nubes, el

sol, los campos, la nobleza, la pureza, los juegos de las flores y las

niñas, lo sencillo.

Vienen los _amigos_ á buscarme. Con recóndito pudor les habré de volver

á escuchar sus groserías de conquistas y mujeres..., esas mismas

groserías de mi pasado que ahora me avergüenzan como en un implacable

espejo al oírselas á ellos: ¡Placer, sí, Placer! Seguirán hablando de

Placer, la artista que conocimos en el tren y que va también á Buenos

Aires. Piensan ya cuál habrá de acapararla... El cónsul, rubio Apolo, la

habló en el pasillo del _sleeping_. Parece que ella le manifestó que me

conoce de vista, que soy el marqués de Torre-Alba (me confunde con mi

hermano); y este conocimiento, aunque les aclaré la confusión, basta á

poner en guardia á _mis amigos_ sobre «la ventaja que me pueda deparar

la idea del marquesado con la procacísima cocota»...

Han subido la escalera en escándalo de risas. Abren. Sin tiempo para

echarme de la cama, quedo incorporado.

--¡Hala! ¡Pero, hombre, Adamar, que estamos esperando! ¿Qué hace usted?

Creerán que me he recluído en el cuarto tratando de ver en el próximo á

la cocota, ó á la actriz, ó á lo que sea esa bella de cien kilos... y me

ocasionaría sonrojo confidenciarles que subí, á pretexto del sombrero y

el bastón, con la única avidez de meditar mis sobresaltos.

Partimos en dos coches. El andaluz anochecer primaveral huele á

claveles. El viento zumba así que dejamos las murallas.

Es la cena de mariscos. No me ha valido la disculpa de mi régimen.

Mejor. Comeré y beberé hasta reventar, á ver si acaba mi excelso

martirio cuanto antes. Por vergüenza hacia el doctor y mi pobre hermana

Elena, que me animaron al viaje, no me vuelvo en el primer tren al

tétrico encanto de mi casa.

Comeré mucho, tendré una tremenda indigestión, y mañana, en vez de

embarcarme, los propios compañeros me reexpedirán para Madrid. Ahora que

son inminentes, el barco y el mar me horrorizan.

No lejos del cenador donde nos sirven abrasando la sopa de almejas,

entre flores, botellas y cañas, rugen furiosamente las olas. Sopla el

levante y danzan los faroles de papel colgados sobre la mesa. Comemos,

comemos; yo me harto. Ponen tortilla de percebes. Y el caso es que la

devoro con gusto. Que me sepa bien, al menos, si todo esto ha de ser el

veneno que me mate.

Háblase de toros. En seguida de mujeres. Hay, sin embargo, un asunto de

gran actualidad, y en él recae la charla: el célebre crimen de Roma, que

está intrigando al mundo. Apenas lo he seguido á saltos en la Prensa,

por fatiga de atención á cuanto conmigo ó mi enfermedad no se relacione,

y me puntualizan el suceso: Una mañana el conde de Montsalvato apareció

muerto en su palacio campestre; no obstante haber manifestado su mujer

(una joven mejicana, bellísima) que despertada por lamentos sordos

acudió desde la inmediata alcoba y le encontró agonizando de un ataque

al corazón, huellas de violencia en la garganta del cadáver hicieron

imprescindible la autopsia, que descubrió la fractura del hiodes y

rastros de un veneno. Se pensó que el asesino fuese algún criado que

intoxicaría al conde al servirle de cenar; que, impaciente, habría

querido acabar de rematarle en el silencio de sueño de la casa, y que no

hubiese podido efectuar el robo al sentir á la condesa. Muchos días, con

su falsa aflicción de viuda, continuó ésta en el palacio; pero los

periódicos empezaban á insinuar los amores de ella con un profesor de

equitación, un emigrado austriaco de historia equívoca, y de pronto, en

compañía de una doncella, fugáronse los dos.

Según telegramas que los periodistas recibieron hoy, el austriaco ha

sido preso en Trieste.

Recuerdo haber visto en los periódicos las fotografías de la condesa,

primero como ilustre viuda, después como criminal..., bella, muy bella

en uno y otro aspecto--si bien habiendo creído advertirla en el segundo

un no sé qué de feroz y repulsivo.

Pero me importan poco, en suma, el crimen, la condesa y estas necias

oscilaciones de nuestra percepción que nos hacen ver diferente el gesto

de una cara según nos digan que se trata de una santa ó de una

miserable...; y escucho á los demás, y como, como langosta, y

langostinos, y ostras, y bocas de la isla y pastelillos de cangrejo...

Mañana la indigestión... No seré yo quien salga de tierra para meterme

en ese mar donde estoy viendo bailar las luces de los buques..., donde

el viento, más fuerte cada vez, hace de las suyas.

Un farol de nuestra mesa ha ido á parar, con vela y todo, á siete

metros. Otros han ardido...

Entre levantarme apresuradamente, á las ocho (tras un sueño de cinco

horas, porque nos acostamos á las tres), arreglar mi equipaje de mano,

salir á aprovisionarme de acidol, bromuro y comprimidos de Vichy, y

venir luego al puerto con el apremio del vapor que va á zarpar, no me ha

quedado un segundo para pensar en mis congojas. Sólo sé que por

invitación del cónsul, y casi encima de él, nos ha acompañado Placer en

la berlina, y que, contra lo temido por mí, me ha sentado bien la brutal

cena de anoche.

El levante nos azota y flamea violentamente las gasas del sombrero y las

faldas de Placer--que el cónsul ayúdala á arreglar con manejos

atrevidos. Contiénelos la presencia de la mucha gente y de las damas que

esperan el embarque. Baja la marea, el mar, que estrella sus olas contra

el muro, es una zarabanda infernal de espumas y de barcos. Imposible

pensar en las lanchas, sin peligro. A tres millas divisamos el _Victoria

Eugenia_ en una confusión de trasatlánticos. Van y vienen los

remolcadores. Atracan mal á la escalera, y el traslado de cosas y

personas se efectúa difícilmente.

Vemos llegar á un esquelético negro vestido de chaqué, con una caja de

violín, que deposita cuidadoso al socaire de la caseta factoría; quítase

los puños, no muy limpios, y con gemelos inclusive los lanza al

vendaval... ¡Diablo de hombre! Hemos visto sus puños huír y perderse

rectos en la furia de las olas como dos aves libertadas.

Uno de los periodistas nos informa de que el negro es un músico

excelente, mimado en tiempos por el kaiser, en Berlín, y hoy enfermo y

miserable. La noticia le cae á mi neurastenia malamente. Símbolo de la

humana veleidad. Yo también fuí algo de la vida, y ya no soy nada de la

vida..., ya no soy más que un harapo.

Parte un remolcador, á tumbos y á gritos de mujeres. Llega otro. Se le

asalta. Contenido con bicheros en prudente separación de la muralla,

para ganarle hay que aprovechar el fugaz momento en que la proa enrasa

el escalón. Salto y caigo encima de unas jarcias. El cónsul ayuda á la

cupletista como puede. Dos señoritas son izadas en brazos de dos

nervudos marineros. Chillan, ríen. Vuelan al aire sus piernas; mas no es

cosa de preocuparse de pudores en este infernal baile entre cómico y

terrible.

Atestada la pequeña embarcación, nos afianzamos á los hierros en la ruda

travesía. Va pálida la gente.

Cuando arribamos al buque, nos da el consuelo de un edén en una roca. No

se mueve. Todo blanco y en orden, salvo el rimero de menudos equipajes

que va recibiendo el portalón. Viene de Génova, de Barcelona, y lleno de

pasaje; elegante, en general; lo aprecio al cruzar con el mayordomo

hacia mi camarote por la cámara de lujo.

El camarote me place: lecho dorado, baño, mesa, diván, ventilador; mío

exclusivamente, lo cierro en cuanto me entran las maletas. He aquí una

bella celda en que me podré aislar conmigo mismo. Túmbome en el lecho.

Fumo, pienso y deploro no haberme traído á mi criado Castro, que me

ayudaría á disponer las ropas en las perchas.

Embarcó el negro con nosotros. Es un tísico que se morirá en el Océano,

y yo un grave enfermo que tampoco volverá de Buenos Aires--si llego. ¿Me

arrojaré antes al mar?... ¡Quién lo sabe! La muerte se ofrece seductora

para quien contempla en su verdad triste la existencia. Ignoraba que

encerrase un tal encanto la esperanza de morir.

Trepida el buque. Empieza á removerse y ruge la sirena. Salgo. Acércome

á la borda. Todo siniestro para mí, y más esta partida. Al abandonar la

patria, la emoción pone lágrimas en los corazones y en los ojos de

muchos, por la madre ó la amada ó el amigo que se deja. En mi seco

vivir, nada puede conmoverme. Y sin embargo, para mayor escarnio, tengo

también mi mujer, frívola, separada de mí hace cinco años, al segundo de

la boda. Poco la importará que me muera ó que me ahogue, si ha sabido

siquiera que me embarco.

Cierro los ojos, porque sufro el repentino pesar del injusto rigor á que

propendo. A lo menos, con Elena..., con mi buena y santa hermana, á

quien olvido y cuyo adiós adivina al fin mi corazón. Los egoísmos de su

nueva familia y de su nueva casa no la impidieron cuidarme como una

madre en el abandono de la mía...

Extraño á la impresión de la partida, torno al camarote. ¡Qué pena!

¡Nada me interesa de cuanto me rodea, tan pintoresco! Vuelvo á tirarme

en el lecho, y evoco á mi mujer. Lloro. Culpa suya nuestra desdicha. En

mi azarosa locura madrileña dormían el romanticismo de mi niñez

provinciana y mi seriedad de hombre de estudios. Al buscar á Laura para

la fundación de un hogar y de una vida de trabajo, mis romanticismos

fueron mi único refugio contra las barbaries elegantes de caballos y

queridas. No supo estimarlo, harto mundana. La quise mucho y no lo

merecía. La decepción me hizo entregarme á los fáciles placeres con

mayor brutalidad.

Laura duerme en mí como una rubia ilusión enterrada para siempre. No he

tenido para qué hablarles de ella á estos conocidos del tren. Me creen

soltero y neurasténico por excesos juveniles.

¡Y cuánto me avergüenza esta última verdad!

En fin, ya ¿qué remedio?... Un torpe desdichado que no debió salir del

panteón bello de su hotel para no perder las visitas de consuelo de una

hermana y su régimen de huevos y de leche. A bordo, uno y otro bien me

faltarán. Ni podré comer, siquiera. De cuando estuve en Nueva York á

perfeccionar prácticamente mis agrícolas conocimientos de ingeniero, sé

demás á qué atenerme con respecto á los huevos en conserva y á las latas

de leche de estos buques...

La contrariedad me sofoca; pero causándome una sorpresa al sentirla al

fin irremediable: me aterra menos que otras veces. Ignoro si es porque

me importa poco no comer ó porque me importa menos comer lo que me

pongan. Una especie de estupefacción casi grata. Si al acostarme una

noche en Madrid me hubiesen dicho los criados que no tenía mi vaso de

leche con azúcar..., ¡oh!, creyéndome el más infeliz de los nacidos,

habría sufrido la obsesión de una musiquilla cualquiera--del vals del

_Conde de Luxemburgo_, por ejemplo, más de una semana.

Nadie que no la haya padecido sabe lo que en esta estúpida obsesión de

tararear mentalmente horas y horas lo mismo, lo mismo, lo mismo..., sin

lograr dormir, sin lograr pensar en otra cosa..., martirio de moscardón

del que no puede uno librarse... ¡Habría de qué reír si no hubiese tanto

de qué llorar en la dichosa neurastenia!

Y ciérranse mis ojos; tengo casi sueño.

* * * * *

--¿Señorito? ¡Hora de almorzar!

¡Ah! El reloj me lo comprueba. Profundamente he dormido, entonces, tres

horas (y cinco de anoche, ocho)--lo cual me va resultando

extraordinario. Además, no pienso nada de mis cosas. La neurastenia me

irá á dar por dormir y por algún ataque de idiotez.

Hágome un sumario tocado de peines y jabón, y tengo que abrir una maleta

para vestirme de _smoking_.

En el comedor, mucha gente--sin duda de la que venía desde Barcelona y

Génova acostumbrada al balanceo. Los de Cádiz han debido de marearse.

Mas... no todos, cuando menos. Desde una mesita de un ángulo me llama el

cónsul. No le puedo desairar, y acepto de mal grado (aunque está también

Carlos Victoria), porque han sentado con ellos á la cupletista y á otra

vistosa hembra de su laya. Me presentan á ésta Mlle. Eyllin, actriz de

la Cigale, compañera de camarote de Placer.

Tortilla, el primer plato. Me la como. Guisan bien en el vapor. Albert

quiere bromear; pero está pálido y sospecho que se le anda la cabeza. El

húsar quedó en un sillón de la cubierta, mareado.

Pavo. Me lo como. No, no cocinan mal en el buque. Me sirve vino Placer,

y lo bebo.

Con mi experiencia de la otra travesía, pienso que estos compañeros

míos, nuevos en la vida del mar, no saben lo que hacen trayendo á la

mesa á estas mujeres: el primer día es el que establece para todo el

viaje las costumbres, y las tendremos de constantes camaradas. Por su

trapío aisladas del resto del pasaje, se nos aislará con ellas y no

podremos tratar más que cocotas. A mí no me complace, y supongo que

tampoco al buen nombre de Victoria, del honesto dramaturgo.

Parte Victoria, disparado. Placer se ríe, _loba de mar_ que lo ha

cruzado varias veces por razones de contrata; y yo, mientras el bello

cónsul procura resistir las invasiones del mareo, miro no lejos á una

jovencilla que come con su madre y dos sacerdotes franceses.

La veo casi de espaldas, con la rubia seda ceniza de su pelo en bajo

peinado de chicuela, y en un semiperfil de hechicería. De las crudezas

que empiezan á cambiarse Placer y Eyllin y el cónsul, me purifico en la

muchacha. Parece un ángel. Es mi afición á lo infantil. Tiene lo demás

del comedor el aspecto harto mundano de un hotel, y yo diera no sé qué

por ser admitido en la mesa de la niña y de los curas. Pequeña isla de

respetos en mitad de la algazara... Se ríe y se tintinean demás por

todas partes las cucharas y las copas. Los cíngaros se afanan

inútilmente haciendo llorar á sus violines. Nadie les atiende.

Pero... corre, ha huído también el cónsul, de improviso, y Eyllin le

sigue. La cupletista come mucho, y yo no le voy en zaga--si bien me

contraría el quedar solo con ella. Incapaz de disimulos, hay momentos en

que no contesto nada á sus gozosos comentarios del mareo de los demás.

Sin embargo, es hembra poco ducha en silencios psicológicos. Me habla de

compañeras suyas de Madrid. Conozco á varias. Sábelo bien, á pesar de

haber actuado preferentemente en Barcelona, y con descocada frescura

alude á sus _intimidades_ con una vistosísima Raquel, tan guapa como

diablo, y á otra Loló (¡ah, este nombre!), «tan linda como sosa», que

fueron mis queridas. Por esto me conoce, confundiéndome algo con mi

hermano, y por esto se encuentra más que demás enterada de que soy...

¡atiza! un «maestro del amor».

La conversación, echada á fondo por la ramera impúdica que bajo la mesa

me junta una rodilla, lléname de una zozobra de asediado colegial que á

la vez sintiese los rubores y rechazos del espíritu y los impulsos de la

carne.

Sí, de la carne..., de la carne de pavo que devoro y de la carne del

muslo de Placer. No me atrevo á retirar el mío, y bajo las castidades

mismas de mi alma y la evocación triste de Loló me obstino en meditar si

la provocación descaradísima me causa menos repugnancia de lo que

hubiese imaginado..., porque en Cádiz me harté de mariscos, porque he

dormido desde ayer como un lirón y porque ahora mismo estoy comiendo

como un buitre... Sería hermoso y lamentable que éstos fuesen ya los

efectos de la terapéutica marítima..., que con mi vuelta al sueño y al

hambre y á la vida en mí resurgiese el animal.

Por lo pronto, olvidado de la niña, estudio egoístamente la cara y el

escote de Placer..., y dijérase que á mí mismo me estudio en tal

estudio. Guapa. Cuajada de brillantes. Los dientes blancos y perfectos.

Sólida como una gigantesca estatua, debe de tener un desnudo

irreprochable...

Sino que reacciono, á la hora del café. Sus cien kilos son demasiada

carga para sobrellevarla en el viaje como irredimible consecuencia de

una leve gratitud.

Fosco, casi huraño, cuando ella espera que me la lleve del brazo á la

cubierta, me levanto y me despido:

--Perdón. Tengo que hacer. Voy al camarote.

Y en el camarote, de nuevo encerrado á llave, cual si la bruta

prostituta pudiera perseguirme, comparto mis reflexiones entre el negro

horror de mi neurastenia y el blanco escote de la bruta prostituta...

No la deseo; ó no sé, al menos, si la deseo ó no.

Torno á refugiarme en el recuerdo puro de la niña.

Por él ennoblecido, me hundo en la memoria de la desgraciadísima

Loló--de aquella dulce Ana María en cuyo ser y en cuya alma delicada

cometí todos los crímenes...

¡Pobre Ana María!

Maté tu candor, maté tu fe, maté á nuestro hijo en tus entrañas, maté

cuanto de grande y santo hubiese podido realizar en el mundo tu bondad.

Y claro es que si tú arrastras por mi culpa el dorado horror de tu vida

destrozada, yo debiese arrastrar la cadena de un presidio.

Sí sé por qué: Novela · 第 9 / 27 题