D. CÉSAR.--En el último piso vive una hermosa á quien reconocerás

fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con profusión su

cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama Lucinda; sé

con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte cien

ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz

como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un

grasiento sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás

seis piastras... Luego, algo más lejos, en la esquina de la calle,

encontrarás una taberna, y en ella, bebiendo y fumando, un hombre de

aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe y fuma pero que no jura

nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado Tormentas...

Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los beban

juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no

te admires si ves que abren mucho los ojos...

EL LACAYO.--¿Qué más?

D. CÉSAR.--Guárdate el resto. Y luego...

EL LACAYO.--Decid.

D. CÉSAR.--Te vas á divertir. Gastas y triunfas y haces lo que quieras,

con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la noche.

EL LACAYO.--Seréis obedecido, príncipe.

(_Se dirige hacia la puerta tambaleándose._)

D. CÉSAR (_aparte, mirándole_).--Está completamente borracho. (_Le

llama y el lacayo vuelve._) ¡Ah! Se me olvidaba. Cuando salgas,

seguramente te seguirán los desocupados. Haz honor con tu conducta á lo

que has bebido. Pórtate con nobleza. Si de tus bolsillos caen algunos

escudos, déjalos; y si algunos menesterosos ó necesitados los recogen,

déjalos hacer.--No te incomodes tampoco si alguien busca más dinero

en tus bolsillos; sé indulgente; piensa que todos somos hombres y que

en este valle de lágrimas se ha de conceder de vez en cuando algunas

alegrías á las criaturas. (_Con melancolía._) Los que tal hagan,

serán ahorcados un día ú otro... Justo es guardarles toda clase de

consideraciones... Puedes irte. (_El lacayo sale. D. César, al quedar

solo, se sienta, apoya los codos sobre la mesa y medita._) Un hombre

cuerdo y cristiano, cuando posee dinero, debe hacer buen uso de él...

Tengo para vivir por lo menos ocho días y los viviré... Si me quedase

algo, lo emplearía en fundaciones piadosas. Pero no me atrevo á confiar

mucho en ello, porque sin duda me quedaré sin nada muy pronto. Esto

debe ser una equivocación. Ese torpe habrá dado mal el recado ó yo he

pronunciado mal mi nombre...

(_Se abre la puerta del fondo y entra una dueña vieja, con el pelo

canoso, basquiña y mantilla negras y abanico._)

ESCENA IV

D. CÉSAR, UNA DUEÑA

LA DUEÑA (_en el dintel de la puerta_).--¿Don César de Bazán?

(_D. César, que estaba pensativo, levanta bruscamente la cabeza._)

D. CÉSAR.--¿Otro más? (_Aparte._) Es una mujer. (_Mientras que la

dueña, sin moverse del fondo, hace una profunda reverencia, él se

adelanta estupefacto hacia el proscenio._) ¡Preciso es que el diablo

ó Salustio anden mezclados en todo esto! Apostaría á que voy á ver

á mi primo. ¡Una dueña! (_Alto._) Yo soy don César. ¿Qué queréis?

(_Aparte._) Por lo general una vieja anuncia una joven.

LA DUEÑA (_haciendo otra reverencia y la señal de la cruz_).--Señor

mío, os saludo hoy, día de ayuno, en el nombre del Dios hijo,

todopoderoso y su excelso Padre.

D. CÉSAR (_aparte_).--Ya se sabe: á principio devoto, amoroso final.

(_Alto._) Amén. Buenos días.

LA DUEÑA.--Dios os tenga en su santa guarda. (_Con misterio._) ¿Habéis

dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta noche?

D. CÉSAR.--Soy capaz de eso y de mucho más.

LA DUEÑA (_sacando de su guarda-infante una esquela cerrada que

presenta á D. César, pero sin entregársela_).--Entonces, señor

discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os

ama y á quien conocéis perfectamente.

D. CÉSAR.--Sin duda debo ser yo.

LA DUEÑA.--Está bien. La dama, casada probablemente con algún viejo

celoso, tiene que guardar ciertos miramientos, pues ha encargado que me

enterase bien antes de... Yo no la conozco, pero vos sí... La criada

me ha dicho lo que había de hacer... y por consiguiente no es preciso

saber los nombres...

D. CÉSAR.--Excepto el mío, según parece.

LA DUEÑA.--¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe una cita de su

amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones nunca

están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la

confirmación.

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Oh, qué vieja más cargante! ¡Cuánta broza rodea

á ese dulce billete!... (_Alto._) Ya te he dicho que yo soy don César.

LA DUEÑA (_colocando sobre la mesa un billete cerrado que D. César mira

con curiosidad_).--Entonces debéis escribir al dorso de esta carta

una sola palabra: _Venid_, pero no de vuestra mano, pues eso sería

comprometido.

D. CÉSAR.--Es claro, si fuese de mi mano... (_Aparte._) He aquí un

encargo bien dado.

(_Extiende la mano para apoderarse de la carta, pero la dueña se lo

impide._)

LA DUEÑA.--No la abráis; sin duda debéis reconocer el pliego.

D. CÉSAR.--Sí que lo conozco. (_Aparte._) ¡Y yo que ardía en deseos de

saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (_Toca la campanilla y

entra uno de los negros._) ¿Sabes escribir? (_El negro mueve la cabeza

afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:_) ¡Habla por señas!

(_Alto._) ¿Eres mudo? (_El negro hace otra señal afirmativa que asombra

nuevamente á D. César. Aparte:_) ¡Muy bien! Ya tengo que habérmelas con

un mudo. (_Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta sobre la

mesa._) Escribe ahí: _Venid._ (_El mudo escribe. D. César hace señas al

negro para que se vaya y á la dueña para que recoja la carta. Sale el

mudo. Aparte:_) No se puede negar que es obediente.

LA DUEÑA (_comenzando á guardar el billete y acercándose á D.

César_).--Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa.

D. CÉSAR.--Encantadora.

LA DUEÑA.--Yo sólo puedo decir que la criada es lindísima. Cuando me

llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un perfil de

ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en asuntos

amorosos.

D. CÉSAR (_aparte_).--Pues me contentaría con la criada.

LA DUEÑA.--Esto es ya para formar juicio, pues siempre lo bello

aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será la

sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer

que esperáis es hermosísima.

D. CÉSAR.--Estoy orgulloso de ello.

LA DUEÑA (_haciendo una reverencia y en ademán de retirarse_).--Bésoos

la mano.

D. CÉSAR (_dándole un puñado de monedas_).--Y yo te lleno la pata.

Toma, estantigua.

LA DUEÑA (_guardándose el dinero_).--¡Qué alegre es la juventud del día!

D. CÉSAR (_despidiéndola_).--Véte.

LA DUEÑA (_repitiendo las reverencias_).--Si me necesitáis alguna vez,

me llamo la señora Oliva, y en el convento de San Isidro... (_Sale,

y vuelve á abrir la puerta._) Estoy siempre sentada á la derecha,

entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (_D. César se vuelve

hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y

reaparece la dueña._) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en

vuestras oraciones.

D. CÉSAR (_despidiéndola colérico_).--¡Véte! (_La dueña se va y la

puerta vuelve á cerrarse.--Solo:_) Ya estoy resuelto á no admirarme de

nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo cierto es que no puedo quejarme de

mi suerte: después de haber satisfecho el hambre, voy á contentar mi

corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el final.

(_Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece D. Guritán con dos

largas espadas desnudas debajo del brazo._)

ESCENA V

D. CÉSAR, D. GURITÁN

D. GURITÁN (_desde el fondo del teatro_).--¡Don César de Bazán!

D. CÉSAR (_se vuelve y ve á D. Guritán con las dos espadas_).--¡Al

fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se completa! ¡Comida

excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á ser don

César. (_Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos, y

fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el

proscenio._) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual

si estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un

rato. ¿Qué se dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no

sé lo que allí pasa; pero imagínome que se admira siempre á Matalobos

y á Lindamira. En cuanto á mí, temería más que al ladrón de dinero á

la que roba los corazones. ¡Oh! las mujeres son endiabladas; pero yo

me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme algo!, porque yo soy un ente

inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un hidalgo que llega de

los más extravagantes países.

D. GURITÁN.--Pues yo llego desde más lejos, amigo mío.

D. CÉSAR (_con expresión alegre_).--¿De qué ilustre playa?

D. GURITÁN.--De allá del Norte.

D. CÉSAR.--Y yo del Sur.

D. GURITÁN.--¡Estoy furioso!

D. CÉSAR.--Y yo rabio.

D. GURITÁN.--¡He andado seiscientas leguas!

D. CÉSAR.--¡Y yo dos mil! He visto mujeres amarillas, azules, negras y

verdes; he visto tierras bendecidas del cielo; Argel, la ciudad feliz,

y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de extraños modales,

y muchas personas colgadas de las puertas.

D. GURITÁN.--¡Á mí me han burlado, caballero!

D. CÉSAR.--¡Á mí me han vendido!

D. GURITÁN.--Á mí me desterraron casi.

D. CÉSAR.--Y á mí por poco me ahorcan.

D. GURITÁN.--Me envían á Neuburgo artificiosamente, para llevar una

caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más largo

tiempo que sea posible á ese viejo loco.»

D. CÉSAR (_soltando la carcajada_).--¡Muy bien! ¿Y quién ha hecho eso?

D. GURITÁN.--¡He de retorcer el cuello á don César de Bazán!

D. CÉSAR (_gravemente_).--¡Ah!

D. GURITÁN.--Para colmo de audacia me envía un lacayo en su lugar para

excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy por el contrario,

he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo, ese César

de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está?

D. CÉSAR (_siempre con gravedad_).--Pues yo soy.

D. GURITÁN.--¡Vos! Sin duda os burláis...

D. CÉSAR.--¡Yo soy don César!

D. GURITÁN.--¡Cómo!

D. CÉSAR.--Lo dicho.

D. GURITÁN.--Señor mío, renunciad á ese papel, porque me enojáis mucho.

D. CÉSAR.--Y vos me estáis divirtiendo, porque parecéis un celoso. Os

compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene de nuestros

vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con franqueza

que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos

sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á

vuestra esposa.

D. GURITÁN.--¡Á mi esposa!

D. CÉSAR.--Sí, á ella misma.

D. GURITÁN.--¡Pero si yo no soy casado!

D. CÉSAR.--Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el

aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía

casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os

hacéis tan ridículo.

D. GURITÁN.--¿Sabéis que me estáis exasperando?

D. CÉSAR.--¡Bah!

D. GURITÁN.--¿Y que esto es ya demasiado?

D. CÉSAR.--¿De veras?

D. GURITÁN.--Me las vais á pagar...

D. CÉSAR (_examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán,

ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda_).--En otro tiempo

usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han

bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!

D. GURITÁN.--¡Vamos á batirnos!

D. CÉSAR (_impasible_).--¿Lo queréis así?

D. GURITÁN.--Si no sois don César, comenzaré por vos.

D. CÉSAR.--Bueno; tened cuidado de no terminar por mí.

D. GURITÁN (_presentándole una de las dos espadas_).--¡Será en el acto!

D. CÉSAR (_tomando la espada_).--Vamos allá; cuando se me presenta un

buen desafío no lo dejo escapar.

D. GURITÁN.--¡Oh!

D. CÉSAR.--Detrás del muro hay un callejón desierto.

D. GURITÁN (_probando la punta de la espada en el suelo_).--Como á

César de Bazán os mataré.

D. CÉSAR.--¿Lo creéis así?

D. GURITÁN.--Es posible.

D. CÉSAR (_doblando también la punta de la espada_).--¡Bah! muerto uno

de los dos, os desafío á que matéis á don César.

D. GURITÁN.--¡Salgamos!

(_Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se alejan. Por una

puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D.

Salustio._)

ESCENA VI

D. SALUSTIO

D. SALUSTIO (_con traje verde oscuro, casi negro_).--¡Ningún

preparativo! (_Reparando en la mesa cubierta de manjares._) ¿Qué quiere

decir esto? (_Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D.

Guritán._) ¿Qué rumor es ese? (_Se pasea meditabundo._) Gudiel vió

salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no

veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez

Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede

averiguar por los mudos. No había previsto este caso.

(_Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un

sillón._)

ESCENA VII

D. SALUSTIO, D. CÉSAR

D. CÉSAR (_desde el umbral de la puerta_).--¡Ah! seguro estaba de que

andaríais mezclado en el asunto.

D. SALUSTIO (_volviéndose estupefacto_).--¡Don César!

D. CÉSAR (_cruzándose de brazos y soltando una carcajada_).--Sin duda

estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No

es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Todo se ha perdido!

D. CÉSAR (_riendo_).--Desde esta mañana he andado entre vuestras telas

de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros

proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por

tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Demonio! ¿Qué habrá hecho?

D. CÉSAR (_riendo cada vez con más fuerza_).--Aquel hombre del saco de

dinero... que venía para el negocio... para aquello que sabéis...

(_Se ríe._)

D. SALUSTIO.--¿Y bien, qué?

D. CÉSAR.--Lo he embriagado.

D. SALUSTIO.--Pero ¿y el dinero que llevaba?

D. CÉSAR (_majestuosamente_).--He hecho varios regalos á ciertas

personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos!

D. SALUSTIO.--De mí sospechas injustamente... Yo...

D. CÉSAR (_haciendo sonar sus gregüescos_).--Por lo pronto he llenado

mis bolsillos, como podréis comprender. (_Vuelve á reirse._) Ya

sabéis... aquella dama...

D. SALUSTIO.--¡Oh!

D. CÉSAR (_observando su inquietud_).--Aquella conocida vuestra... (_D.

Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo._) Que

me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño...

D. SALUSTIO.--¿Para qué?

D. CÉSAR.--Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César

quien la espera esta noche...

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Cielos! (_En voz alta._) ¿Qué has contestado?

D. CÉSAR.--He dicho que sí; que la esperaba.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Tal vez no se haya perdido todo!

D. CÉSAR.--En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en

el terreno... (_Movimiento de D. Salustio._) y que esta mañana no

quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo

después á pedirme no sé qué satisfacción...

D. SALUSTIO.--¿Y bien? ¿qué has hecho?

D. CÉSAR.--He dado muerte á ese pajarraco.

D. SALUSTIO.--¿De veras?

D. CÉSAR.--Temo que sí.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido!

Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo

auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (_En voz alta._) El lance

es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?

D. CÉSAR.--No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre

en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Diablo! (_Aproximándose vivamente á D.

César._) Guárdate el dinero, pero véte.

D. CÉSAR.--¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra

manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del

Mediterráneo. ¡Nada de eso!

D. SALUSTIO.--Créeme.

D. CÉSAR.--No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima

de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por

una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por

otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...

D. SALUSTIO.--¡Oh!

D. CÉSAR.--Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum.

D. SALUSTIO.--Te juro...

D. CÉSAR.--Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta

el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os

costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos,

y por lo mismo me quedo.

D. SALUSTIO.--Escucha...

D. CÉSAR.--¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me

vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso

César, comprometiendo mi nombre!

D. SALUSTIO.--¡Casualidad!

D. CÉSAR.--¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los

tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo

salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los

tejados á voz en cuello. (_Se sube en el poyo de la ventana y mira por

fuera._) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (_Pasa

el brazo á través de los barrotes y agítale gritando_): ¡Hola! venid

aquí.

D. SALUSTIO (_asustado, en el proscenio: aparte_).--¡Todo se ha perdido

si le reconocen!

(_Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece

presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de

triunfo._)

ESCENA VIII

Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES

D. CÉSAR (_al alcalde_).--Consignaréis en vuestro informe...

D. SALUSTIO (_señalando á D. César_).--Que ese es el famoso ladrón

Matalobos.

D. CÉSAR (_estupefacto_).--¡Cómo!

D. SALUSTIO (_aparte_).--Todo se salva si puedo ganar veinticuatro

horas. (_Al alcalde._) Ese hombre ha osado penetrar en estas

habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón!

(_Los alguaciles cogen á D. César por el cuello._)

D. CÉSAR (_furioso, á D. Salustio_).--¡Mentís como un bellaco!

EL ALCALDE.--¿Quién nos llamaba?

D. SALUSTIO.--Yo.

D. CÉSAR.--¡Esto es demasiado!

EL ALCALDE.--¡Vamos, callad!

D. CÉSAR.--¡Yo soy don César de Bazán!

D. SALUSTIO.--¿Don César? Mirad su capa, si os place, y hallaréis el

nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me acaba de robar.

(_Los alguaciles se apoderan de la capa, el alcalde la examina._)

EL ALCALDE.--Es verdad.

D. SALUSTIO.--Y el jubón que lleva...

[Ilustración: D. SALUSTIO.--¡_Prended al ladrón_!]

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ah traidor!

D. SALUSTIO (_continuando_).--Es del duque de Alba, á quien se lo robó.

(_Mostrando un escudo bordado en la manga izquierda._)

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese hombre es un demonio!

EL ALCALDE (_examinando el blasón_).--Sí, los dos castillos de oro...

D. SALUSTIO.--Y las dos calderas. (_En la lucha por desasirse, D. César

deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D. Salustio indica al

alcalde el volumen de estos últimos._) ¿Es así cómo se lleva el dinero

que no es robado?

EL ALCALDE (_moviendo la cabeza_).--¡Hum!

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Estoy perdido!

(_Los alguaciles le registran y apodéranse de todo el dinero._)

UN ALGUACIL (_rebuscando_).--Aquí hay papeles.

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Pobres billetes de amor, que tan cuidadosamente

conservaba!

EL ALCALDE (_examinando los papeles_).--¡Cartas!... ¿Qué es esto?...

escrituras diversas...

D. SALUSTIO (_haciendo notar los sobres_).--Todos del duque de Alba.

EL ALCALDE.--Sí.

D. CÉSAR.--Pero...

LOS ALGUACILES (_atándole las manos_).--¡Qué suerte ha sido cogerle!

UN ALGUACIL (_entrando, al alcalde_).--Aquí cerca se acaba de encontrar

un hombre asesinado.

EL ALCALDE.--¿Quién es el asesino?

D. SALUSTIO (_mostrando á D. César_).--¡Ese hombre!

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese duelo! he sido un torpe.

D. SALUSTIO.--Al entrar, llevaba en la diestra una espada; vedla ahí.

EL ALCALDE (_examinando el acero_).--¡Sangre! Está bien. (_Á D.

César._) ¡Vamos, en marcha!

D. SALUSTIO (_á D. César, conducido por los alguaciles_).--Buenas

noches, Matalobos.

D. CÉSAR (_dando un paso hacia él y mirándole fijamente_).--¡Sois un

miserable!

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO V

EL TIGRE Y EL LEÓN

La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una lámpara. Al

levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga negra

cubre su traje.

ESCENA I

RUY BLAS, solo

¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones desvanecidas! Hasta que

cerró la noche he andado por las calles, y ahora espero tranquilo.

Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está más despejada.

Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan en

su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La

casa está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma;

todo va bien, y mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de

ella; y yo os bendigo, Dios mío, por haber permitido que el mensaje

llegue á sus manos, para que yo pueda proteger á ese ángel, burlando

los planes de don Salustio. Nada tendrá que temer ni que sufrir, y una

vez salvada... moriré tranquilo. (_Saca del pecho un frasquito y le

pone sobre la mesa._) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y cae en el abismo;

muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en esta casa,

vil, mísero y solo! (_Entreabre la toga, bajo la cual se ve la librea

que llevaba en el primer acto._) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y

sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su

víctima... (_Coloca un mueble como para atrancar la puerta._) ¡Que no

éntre al menos por esa horrible puerta! (_Vuelve hacia la mesa._) ¡Oh!

seguro es que el paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las

ocho de la mañana. (_Fija sus miradas en el frasquito._) En cuanto á

mí, ya he pronunciado mi sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo

voy á dejar caer sobre mi cuerpo la losa de la tumba. Por lo menos me

queda el consuelo de pensar que nadie puede evitarlo, y que mi caída es

irremediable. (_Se sienta en el sillón._) ¡Y sin embargo, me amaba!...

¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (_Llora._) ¡Oh! ¡bien hubieran

podido dejarnos tranquilos! (_Oculta la cabeza entre las manos y

solloza._) ¡Dios mío! (_Levanta la cabeza y fija en el frasquito una

mirada vaga._) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día

del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se

conmueve al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ella

me amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No

volveré á contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!...

¡Aún me parece ver los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos,

cuyas miradas me embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su

ligero paso, que hacía latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la

veré jamás, ni oiré tampoco su dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es

posible? ¡Nunca!

(_Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito, y en el momento

de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y aparece la

Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído

sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva

una linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase

rápidamente hacia Ruy Blas._)

ESCENA II

RUY BLAS, LA REINA

LA REINA (_entrando_).--¡Don César!

RUY BLAS (_volviéndose con un movimiento de espanto, y tapando

presuroso su librea_).--¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible lazo ha

caído! (_En voz alta._) ¡Señora!...

LA REINA.--¿Qué significa ese grito de espanto, César?...

RUY BLAS.--¿Quién os dijo que viniérais aquí?

LA REINA.--Tú.

RUY BLAS.--¡Yo!... ¿Cómo?

LA REINA.--He recibido de vos...

RUY BLAS (_ansioso_).--¡Decid pronto!

LA REINA.--Una carta.

RUY BLAS.--¿De mí?

LA REINA.--De vuestro puño y letra.

RUY BLAS.--¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo no he escrito;

estoy seguro de ello!

LA REINA (_sacando del seno un billete y mostrándolo_).--Leed, pues.

(_Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase á la luz._)

RUY BLAS (_leyendo_).--«Un peligro terrible me amenaza, y sólo mi reina

puede conjurar la tempestad...»

(_Mira la letra con estupor, cual si no pudiera proseguir._)

LA REINA (_continúa, mostrando con el dedo la carta que

lee_).--«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy perdido.»

RUY BLAS (_con voz apagada_).--¡Oh qué traición! Este billete...

LA REINA (_continúa la lectura_).--«Junto á la puerta principal hay

una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una

persona de confianza os abrirá.»

RUY BLAS (_aparte_).--¡Había olvidado este billete! (_Á la Reina con

voz terrible._) ¡Salid al punto!

LA REINA.--Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os

he hecho?

RUY BLAS.--¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!

LA REINA.--¿Cómo?

RUY BLAS.--No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!

LA REINA.--Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta

mañana una dueña...

RUY BLAS.--¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por

momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto!

LA REINA (_como herida de una idea súbita_).--La abnegación que mi amor

soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis

alejarme de él... ¡Pues me quedo!

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 18 / 19 段