D. SALUSTIO.--¡Pardiez, veo que de veras estáis soñando y que tomáis

por lo serio vuestro papel! Esto es ridículo. Mis proyectos tienen un

fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto es haceros más

feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis cuidado,

que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien

poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se

trata del destino de un imperio, y comparado con esto nada significan

vuestros asuntos. Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de

manteneros en vuestra esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué

diantre! un lacayo no es al fin más que humilde vaso donde puedo

verter mis fantasías. El amo puede hacer de vosotros lo que le plazca,

disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice gran señor por un

momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois mi lacayo.

Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi

carroza. Sed razonable, amigo mío.

RUY BLAS (_que ha escuchado aturdido, y como no pudiendo dar crédito

á lo que oye_).--¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios justo! ¿De qué

crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú que

eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte

no hay falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado

en un abismo, y es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno

de amor y de fe, para llevar á cabo una venganza. (_Hablando consigo

mismo._) ¡Oh! sí, es una venganza, no hay duda alguna, y bien adivino

que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á decirle todo? ¡Cielos, ser

un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un bribón, un pillo

de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo loco!

(_Pausa._) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra

se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número;

después se arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y

por debajo de las ruedas, puestas ya en movimiento, se ve salir una

masa de carne palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado.

¡Y nadie se espanta entonces al reconocer que aquel lacayo era un

hombre! (_Volviéndose hacia D. Salustio._) Pero aún es tiempo, señor,

pues todavía no está la horrible rueda en movimiento. (_Se arroja á

sus pies._) ¡Compadeceos de mí, apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un

servidor fiel, y con frecuencia lo habéis dicho; ya veis que me someto.

¡Gracia!

D. SALUSTIO.--Este hombre no comprenderá jamás, y á fe que me

impaciento.

RUY BLAS (_arrastrándose á sus pies_).--¡Gracia!

D. SALUSTIO.--¡Abreviemos! (_Se vuelve hacia la ventana._) Habéis

cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío.

(_La cierra._)

RUY BLAS (_levantándose_).--¡Oh! ¡esto es ya demasiado! Ahora soy duque

de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente bajo el pie que me

pisa.

D. SALUSTIO.--¿Cómo decís eso? Repetid la frase: ¡Ruy Blas, duque de

Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo?

RUY BLAS.--¡Ordenaré que os prendan!

D. SALUSTIO.--Diré quién sois.

RUY BLAS (_exasperado_).--Pero...

D. SALUSTIO.--Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con la mía. Todo está

previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante.

RUY BLAS.--¡Lo negaré todo!

D. SALUSTIO.--¡Vamos, sois un niño!

RUY BLAS.--¡No tenéis pruebas!

D. SALUSTIO.--Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que digo, y os

demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (_Acercándose á

Ruy Blas._) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar

lo que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus

miradas ó tu ademán infunden la menor sospecha, aquella por quien

temes quedará públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo

sobre, un papel que conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás

por qué mano, y firmado por quien sabes. Ese papel dice lo siguiente:

«Yo, Ruy Blas, lacayo de Su Excelencia el marqués de Finlas, me obligo

á servirle, como buen criado, en toda ocasión pública ó secreta.»

RUY BLAS (_con voz desfallecida_).--Basta, señor; haré lo que os plazca.

(_Se abre la puerta del fondo y entran los consejeros. Don Salustio

se emboza rápidamente en su capa_.)

D. SALUSTIO (_en voz baja_).--Alguien viene. (_Saluda profundamente á

Ruy Blas._) Señor duque, soy vuestro criado.

(_Vase._)

[Ilustración]

ACTO IV

D. CÉSAR

Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación y muebles usados y

de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de terciopelo

carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros

cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el

fondo una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran

chimenea del tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el

interior. De la parte opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña

que da á una habitación oscura. Á la izquierda una sola ventana con

barrotes, como los de una prisión. En las paredes algunos retratos

antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo de Venecia.

Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario colocado

junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño

velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el

telón, Ruy Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente

agitado, recorre á largos pasos la habitación. En el fondo, un paje

permanece inmóvil, esperando sus órdenes.

ESCENA I

RUY BLAS, EL PAJE

RUY BLAS (_hablando consigo mismo_).--¿Qué hacer?... Ella es primero

que todo; sólo en ella debo pensar. Aunque hubiese de perder la

vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es preciso que yo la

salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi sangre, mi

corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua trama?

Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese

hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece...

¿Qué hace en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer

momento de sorpresa, le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y

de cobarde!... Está visto que ese hombre es un malvado, y me parece

ahora imposible que yo haya tenido esperanza de que, al juzgarse

dueño de la presa, se contentara con la mitad y dejase en paz á la

reina por conmiseración á su criado... Sin embargo, ¡miserable de mí!

es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á toda

costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir

á tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla...

Quiero salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor...

Él es tan dueño de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos

los secretos y tiene todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar

alevosamente y pisotear mi corazón como este mismo suelo... Sí, yo

soñaba... La fortuna improvisada había perturbado mi cabeza... Estoy

loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi razón, de la cual

estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se dobla al

soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es

necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda

alguna... Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no

puedo verla... ¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la

avisaré inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de

confianza?... (_Reflexiona, dando muestras de abatimiento. De pronto,

como herido por una súbita inspiración, que le infunde una esperanza,

levanta la cabeza._) Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí,

sí, eso es. (_Llama con un signo al paje, y le dice en voz baja:_) Véte

inmediatamente á casa de don Guritán y preséntale mis excusas; dile

luego que vaya sin perder momento á ver á la Reina y que en nombre

suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera, no salga de palacio

en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga... Corre...

(_Llamando de nuevo al paje._) ¡Ah! espera. (_Saca de su cartera una

hoja de papel y un lápiz._) Dile que entregue esto á la Reina y que

esté alerta. (_Escribe con rapidez sobre una rodilla._) «Dad crédito

á don Guritán y haced lo que os aconseje.» (_Dobla el papel y se lo

entrega al paje._) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en

un error, que me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro

mucho, y que públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale

también que ella corre un gran peligro, que es preciso que no salga á

lo menos en tres días, suceda lo que quiera. Hazlo todo puntualmente;

sé discreto; no dejes traslucir nada...

EL PAJE.--Confiad en mí; os quiero porque sois un buen amo.

RUY BLAS.--Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya enterado?

EL PAJE.--Sí, quedad tranquilo.

(_Sale._)

RUY BLAS (_que al quedar solo cae desplomado en un sillón_).--Voy

tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún síntomas de locura...

Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se me olvidan...

El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de esperar

aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto

le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia...

Necesito inspiración y Dios me la concederá. (_Toma el sombrero y agita

una campanilla colocada sobre la mesa. Aparecen en la puerta del fondo

dos negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro._) Voy á

salir. Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta

reservada. Si veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y

si viniesen otros... (_Después de vacilar un momento._) ¡qué diablo!

dejadlos entrar. (_Despide con un ademán á los negros, que se inclinan

en señal de obediencia y se van._) Vámonos.

(_Sale._)

(_En el momento de cerrarse la puerta se oye un gran estrépito en la

chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en una capa

hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César._)

[Ilustración: D. CÉSAR.--_Esta capa me parece más decente que la mía._]

ESCENA II

D. CÉSAR

D. CÉSAR (_azorado, anhelante, despeinado, aturdido y con expresión

alegre é inquieta al mismo tiempo_).--Lo siento, pero soy yo. (_Se

levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y adelántase por la

habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos._) Dispensad,

no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad,

por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido...

(_Se detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está

solo._) ¡Nadie! Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado,

creí haber oído rumor de voces... ¡Nadie! (_Sentándose en una butaca._)

¡Perfectamente! Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!...

¡Cuántas peripecias!... ¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan

inesperadas como la lluvia que, al sacudirse, nos arroja un perro que

se acaba de bañar. En primer lugar, los alguaciles que me cogieron

entre sus garras; luego mi ridículo embarque; después los corsarios;

aquella gran ciudad donde tanto me han maltratado; las tentaciones

contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi salida de la prisión,

mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una novela! El

mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me

persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro,

diviso una casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que

nadie me vea, gano el tejado y me introduzco en el interior por una

chimenea donde queda hecha trizas mi mejor capa... La verdad, el

caballero Salustio es un bandido... (_Mirándose en un pequeño espejo

colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones esculpidos._) Mi

jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste valerosamente

las injurias del tiempo. (_Se quita la capa y se mira en el espejo el

jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez

la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea._) Pero

mi pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (_Abre los cajones

del guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo

verde claro bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La

examina y la compara con la suya._) Esta capa me parece más decente que

la mía. (_Se la pone y coloca en su lugar la suya después de haberla

doblado cuidadosamente; luego, abollando de un puñetazo su sombrero,

colócale encima de la capa vieja, vuelve á cerrar el cajón y se pasea

con orgullo embozado, luciendo la capa nueva._) Sea como fuere, ya

estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah, querido primo! ¿deseas

que emigre á esos países de África, donde el hombre hace el papel de

ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo espantoso...

en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre, llevando

tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de

sus hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (_Ve en un rincón un

magnífico par de botinas con encañonados de encaje.--Arroja con viveza

sus zapatos viejos y se pone aquellas._) Ahora veamos dónde me han

traído mis desventuras. (_Examina la habitación por todos lados._) Casa

misteriosa y á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas

con barrotes, un verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se

ha de entrar por arriba, como el vino entra en las botellas... ¡El

vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando es bueno! (_Se apercibe de la

pequeña puerta de la derecha, la abre, entra precipitadamente en el

gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando admiración._)

¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo está

cerrado también! (_Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia

fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio._) ¡Nadie!...

¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir

de los alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de

asustarse ni de tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa

que esté así dispuesta. (_Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y

casi inmediatamente se levanta._) El caso es que me aburro sobremanera.

(_Distinguiendo un pequeño armario adosado á la pared, en el rincón

de la izquierda._) Veamos, esto tiene aspecto de ser una biblioteca.

(_Se dirige al mueble y le abre, resultando ser un repostero bien

provisto._) Justo y cabal. Una empanada, vino, una torta, seis

botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he calumniado á

esta casa. (_Examina las botellas una por una._) Esto es exquisito...

¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (_Llena el

vaso y bebe de un trago todo el líquido._) ¡Es una obra admirable de

ese famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha

producido nada mejor. (_Se sienta, llena otro vaso y bebe._) ¿Qué libro

vale lo que esto? No hay nada que tenga más espíritu. (_Bebe._) ¡Ah!

¡Cómo conforta! Ahora comamos. (_Corta un pedazo de empanada._) Esos

bribones de alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista.

(_Come._) ¡Oh! Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de

la casa... (_Se dirige al armario, saca otro vaso y un cubierto y los

coloca sobre la mesa._) ¡Bah! Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar

de aquí?... Por si acaso comamos aprisa. (_Come á dos carrillos._)

Cuando haya concluído examinaré la casa. ¿Quién vivirá en ella? Tal

vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no sirva más que para

ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo yo aquí?

Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla

á la manera antigua, abrazando el altar. (_Se inclina y rodea la mesa

con sus brazos. Luego bebe._) Reflexionemos: el hombre que tiene este

vino, no puede ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy.

¡Ah, va á darse al diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá,

¿ese cualquiera, ese andrajoso, ese mendigo, ese bandido es don César

de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don Salustio por añadidura...

¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid! ¿Cuándo ha venido?

¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar la bomba, al

volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es don

César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía,

vive, no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me

alegro! Y á estas dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de

mis trescientos acreedores. ¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima

que no tenga dinero! (_Se oye ruido en la puerta._) Alguien viene...

Sin duda me arrojarán de aquí como un saltimbanqui... Sea lo que

fuere... No hagas nada á medias, César.

(_Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la puerta del fondo y

aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda voluminoso saco._)

ESCENA III

D. CÉSAR, UN LACAYO

D. CÉSAR (_mirando al lacayo de pies á cabeza_).--¿Á quién venís á

buscar? (_Aparte._) En situaciones apuradas se necesita mucho aplomo.

EL LACAYO.--¿Don César de Bazán?

D. CÉSAR (_desembozándose_).--Yo soy. (_Aparte._) Esto es asombroso.

EL LACAYO.--¿Conque sois el señor don César de Bazán?

D. CÉSAR.--Ya he dicho que sí. Yo soy César, el verdadero César, el

único César, el conde de Garo...

EL LACAYO (_colocando el saco en una butaca_).--Dignaos ver si está

justa la cuenta.

D. CÉSAR (_aturdido y aparte_).--¡Dinero! Esto es inexplicable.

(_Alto._) Amigo mío...

EL LACAYO.--Dignaos contarlo. Aquí está la cantidad que me han mandado

traeros.

D. CÉSAR (_con cómica gravedad_).--Ya comprendo. (_Aparte._) Lléveme el

diablo si sé una palabra; pero no lo echemos á perder; el socorro no

puede ser más oportuno (_Alto._) ¿He de hacer recibo?

EL LACAYO.--No, señor.

D. CÉSAR (_señalando la mesa_).--Coloca ahí ese dinero. (_El lacayo

obedece._) ¿De parte de quién viene?

EL LACAYO.--Vuecencia lo sabe perfectamente.

D. CÉSAR.--¡Ya lo creo! Pero...

EL LACAYO.--Me olvidaba repetir lo que me han dicho: este dinero viene

de parte de quien vos sabéis, para lo que sabéis perfectamente.

D. CÉSAR (_satisfecho de la explicación_).--¡Ya!

EL LACAYO.--Ambos debemos ser muy reservados... ¡Chist!

D. CÉSAR.--¡¡Chist!! Este dinero viene... ¡La frase es magnífica!

Repítela.

EL LACAYO.--Este dinero...

D. CÉSAR.--Todo es muy claro: viene de parte de quien yo sé...

EL LACAYO.--Para lo que vos sabéis. Debemos...

D. CÉSAR.--Ambos...

EL LACAYO.--Ser muy reservados.

D. CÉSAR.--Pues no puede ser más claro.

EL LACAYO.--Para vos. Yo obedezco y no sé nada.

D. CÉSAR.--¡Bah!

EL LACAYO.--Pero vos sí.

D. CÉSAR.--¡No faltaba más!

EL LACAYO.--Con eso basta.

D. CÉSAR.--Lo sé todo... y me quedo con el dinero. La cosa es tan clara

que...

EL LACAYO.--¡Chist!

D. CÉSAR.--¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser indiscreto.

EL LACAYO.--Contad, señor.

D. CÉSAR.--¿Por quién me tomas? (_Admirando el volumen del saco._) ¡Qué

hermosa pieza!

EL LACAYO (_insistiendo_).--Pero...

D. CÉSAR.--Me inspiras confianza.

EL LACAYO.--Gracias. La cuenta está justa y en saquillos de oro y plata.

(_D. César abre el saco y extrae muchos saquillos de oro y plata que

vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se llena los

bolsillos_.)

D. CÉSAR (_interrumpiendo majestuosamente la operación_).--He aquí que

mi extravagante novela termina con felicidad en... ¡un millón! (_Vuelve

á llenarse los bolsillos._) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco un galeón!

(_Cuando ha llenado un bolsillo, procede á igual operación en

otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber olvidado al

lacayo._)

EL LACAYO (_que le mira con impasibilidad_).--Ahora espero vuestras

órdenes.

D. CÉSAR (_volviéndose hacia él_).--¿Para qué?

EL LACAYO.--Para ejecutar inmediatamente lo que yo no sé, pero vos sí.

Parece que hay comprometidos grandes intereses...

D. CÉSAR (_interrumpiéndole con aire de inteligencia_).--Sí, ¡públicos

y privados!

EL LACAYO.--Y quieren que en seguida haga lo que me ordenéis. Repito lo

que me han dicho.

D. CÉSAR (_dándole un amistoso golpe en la espalda_).--Y yo te alabo,

fiel servidor.

EL LACAYO.--Para que no haya retraso alguno, mi amo me ha encargado que

me ponga á vuestras órdenes.

D. CÉSAR.--Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos á tu amo.

(_Aparte._) Que me cuelguen si sé qué decir. (_Alto._) Acércate

inmediatamente. (_Llena de vino el otro vaso._) ¡Bebe!

EL LACAYO.--¡Cómo! Señor...

D. CÉSAR.--¡Bebe! (_Obedece el lacayo, y D. César vuelve á llenar el

vaso._) ¡Es vino de Oropesa! (_Hace sentar al lacayo, le obliga á beber

otra vez y de nuevo le llena el vaso._) Ahora hablemos. (_Aparte._) Ya

está medio alumbrado. (_Alto y estirándose en la silla que ocupa._) El

hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego

de sus pasiones. Toma. (_Le escancia nuevamente._) Esto que te digo

no puede ser más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra

cosa: se dirige al cielo azul y sube alegremente mientras nosotros

bajamos. (_Se frota la pierna._) El hombre no es más que vil materia.

(_Llena los dos vasos._) Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que

la alegría de cualquier borracho. (_Aproximándose al lacayo y con aire

misterioso._) Seamos prudentes: no es cuestión de cargar más de lo que

se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se derrumba en

seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa.

EL LACAYO (_con orgullo_).--Yo no soy ayuda de cámara.

(_Antes que D. César pueda impedírselo, toca la campanilla que está

colocada encima de la mesa._)

D. CÉSAR (_aparte y aterrado_).--Ha llamado; sin duda vendrá el amo en

persona y estoy perdido.

(_Entra uno de los negros. D. César, presa de la más viva ansiedad,

se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro, como no

sabiendo qué hacer._)

EL LACAYO (_al negro_).--Abrocha al señor.

(_El negro se aproxima gravemente á D. César que le mira estupefacto,

le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale._)

D. CÉSAR (_levantándose: aparte_).--Estoy en casa de Belcebú, no hay

duda. (_Pasa al proscenio y se pasea á largos pasos._) En fin, dejemos

rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á dar aire al dinero;

ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (_Se vuelve al lacayo que

sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse en

su silla._) Escucha. (_Aparte._) Veamos: con este dinero podría pagar

á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á

cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo

diablos se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte

al hombre como el dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro

le hace á uno tener sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al

saber que había pagado mis deudas?... ¡Ah!

EL LACAYO (_bebiendo_).--¿Qué queréis?

D. CÉSAR.--Déjame, estoy meditando. Mientras tanto, bebe. (_El Lacayo

obedece. D. César sigue meditando y de pronto se da un golpe en la

frente como si le hubiese acometido alguna idea súbita._) Sí, eso es.

(_Al lacayo._) Levántate en seguida y oye lo que tienes que hacer. Ante

todo llénate de oro los bolsillos. (_El lacayo se levanta tambaleándose

y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando._) Vé al extremo de la

plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña, pero que

sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y

tapada la rotura con un pedazo de papel.

EL LACAYO.--Entiendo.

D. CÉSAR.--Me alegro... ¡Ah! te advierto que la escalera es estrecha y

puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado.

EL LACAYO.--Bien.

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 17 / 19 段