don Manuel Arias._) Es primo de don Salustio, aquel que desterraron
el año pasado. Parece que era el hombre más loco que ha existido bajo
la capa del cielo; cambiaba todos los días de dama y de carroza; para
satisfacer sus caprichos despilfarraba cuanto tenía, y cuando dió fin
con su caudal, desapareció un día sin que nadie supiera por dónde.
D. MANUEL ARIAS.--La edad hace del loco un hombre cuerdo.
EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Toda muchacha alegre se hace juiciosa cuando
se marchita.
UBILLA.--Yo le creo hombre probo.
EL CONDE DE CAMPO-REAL (_riendo_).--¡Oh, cándido Ubilla, que se deja
deslumbrar por las apariencias de probidad! (_Con tono significativo._)
La casa de la Reina cuesta seiscientos sesenta y cuatro mil sesenta
y seis ducados al año; es un Pactolo oscuro, donde el pescador puede
echar la red con seguridad de obtener buen botín. Á río revuelto... ya
me entendéis.
EL MARQUÉS DE PRIEGO (_acercándose_).--Mal que os pese, os diré que me
parece una imprudencia hablar como lo hacéis. Mi abuelo, protegido
del conde-duque de Olivares, solía decir: «Morded al rey y besad al
valido.» Y ahora, señores, ocupémonos de los asuntos públicos.
(_Todos se sientan alrededor de la mesa; los unos toman plumas; los
otros revisan papeles; pero en rigor todos están ociosos. Momento de
silencio._)
MONTAZGO (_en voz baja á Ubilla_).--Os he pedido sobre la caja la
cantidad que se ha de pagar por el empleo de alcalde para mi sobrino.
UBILLA (_en voz baja_).--Y vos me habéis prometido nombrar baile antes
de poco á mi primo Melchor...
MONTAZGO (_interrumpiéndole_).--Acabamos de dotar á vuestra hija; esto
es acosarnos sin tregua.
UBILLA (_en voz baja_).--Se dará el empleo de alcalde.
MONTAZGO (_en voz baja_).--Tendréis el bailiaje.
(_Se estrechan la mano._)
COVADONGA (_levantándose_).--Señores consejeros de Castilla, á fin
de que ninguno de nosotros se salga de su esfera, importa regular
nuestros derechos y distribuir las partes. Las rentas del Erario están
en cien manos, y esto es una calamidad pública, á la que es preciso
poner término, pues mientras los unos no tienen lo bastante, otros
poseen demasiado. La renta del tabaco es vuestra, Ubilla; el añil y
el almizcle os pertenecen, marqués de Priego; Campo-real percibe el
impuesto de los ocho mil hombres, el de la sal y otros muchos. (_Á
Montazgo._) Vos, que en mí fijáis miradas inquietas, tenéis para vos
solo, gracias á vuestros manejos, el impuesto sobre el arsénico y los
derechos sobre la nieve; los puertos, las cartas, el latón, las multas
de los plebeyos á quienes se castiga, los diezmos, el plomo... Yo,
señores, no tengo nada; dadme alguna cosa.
EL CONDE DE CAMPO-REAL (_soltando la carcajada_).--¡Miren el tunante!
Tiene los beneficios más limpios, y aún se queja. Excepto las Indias,
posee las islas de ambos mares; con una mano tiene cogida Mallorca y
con la otra el Pico de Tenerife.
COVADONGA (_irritado_).--¡Yo sí que no tengo nada!
EL MARQUÉS DE PRIEGO (_riendo_).--¿Y los negros?
(_Todos se levantan y hablan á la vez, disputando._)
MONTAZGO.--¡Más bien debería quejarme yo! Yo quiero los bosques.
COVADONGA (_al marqués de Priego_).--Dadme el arsénico, y yo os cederé
los negros.
(_Hace algunos instantes que Ruy Blas ha entrado por la puerta
del fondo y presencia la escena sin ser visto de ninguno de los
interlocutores. Viste de terciopelo negro, con ferreruelo escarlata;
una pluma blanca adorna su sombrero, y ostenta el Toisón de oro.
Escucha primeramente silencioso, y después adelántase con lento paso,
hasta colocarse en medio de los contendientes._)
ESCENA II
Los mismos, RUY BLAS
RUY BLAS.--¡Parece que hay buen apetito, señores! (_Todos se vuelven:
silencio de sorpresa é inquietud. Ruy Blas se cubre, cruza los brazos
y sigue mirando frente á frente á todos._) ¡Oh fieles ministros y
virtuosos consejeros! ¡He aquí cómo saqueáis la casa, sin vergüenza,
eligiendo precisamente la triste hora en que el país gime y agoniza!
Aquí no tenéis más interés que llenar vuestra bolsa para huir luego;
y ante España que se arruina sólo sois dignos de baldón, viles
sepultureros que tratáis de robarla hasta en su tumba. Pero al menos,
señores, tened algún decoro, al ver que España se hunde con todas sus
virtudes y grandeza. Desde Felipe IV hemos perdido el Portugal y el
Brasil sin lucha; en Alsacia, Brisach; en el Luxemburgo Steinfort, y
todo el condado; el Rosellón, Ormuz, Goa; cinco mil leguas de costas,
Pernambuco y las Montañas Azules. Desde Poniente á Oriente, Europa
que os odia, nos mira sonriendo, como si nuestro rey fuese sólo un
vano fantasma. Holanda y los ingleses se comparten este reino; Roma
os engaña; apenas se puede arriesgar un ejército en el Piamonte,
aunque es país amigo; la Saboya y su Duque, sólo nos ofrecen peligro;
Francia espera una ocasión propicia para caer sobre nosotros; el
Austria os acecha también; y el infante bávaro se muere. En cuanto á
vuestros vireyes, Medina, loco de amor, llena de escándalos á Nápoles;
Vaudémont vende Milán, y Leganés pierde á Flandes. ¿Y quién remedia
todo esto?... El erario está pobre; el país agotado de dinero y de
gente; hemos perdido en el mar trescientos barcos, sin contar las
galeras; y aún osáis... Señores, en el espacio de veinte años, el
pueblo, agobiado bajo la enorme carga que le oprime, ha dado, para
vuestros placeres y vuestras queridas, cuatrocientos millones en oro;
y esto no basta, y aún queréis, señores... ¡Ah! ¡por vosotros me
avergüenzo!... En el interior, cuadrillas de ladrones y aventureros
que baten el país é incendian las cosechas, y en cada matorral un
arcabuz. Como si no bastara la lucha entre los príncipes, tenemos la
guerra intestina, en las provincias y hasta en los conventos; todos
quieren apropiarse del bien de su vecino como lobos voraces; y en
nuestras ruinosas iglesias crece la yerba. En cuanto á los nobles,
únicamente por sus abuelos podemos saber que son tales, no por sus
obras; sólo impera la intriga, y ya no existe la lealtad. España es una
cloaca que recibe las impurezas de todas las naciones... Los grandes
tienen á su servicio espadachines asalariados de todos los países,
genoveses, sardos, flamencos; y así tenemos á Madrid convertido en
una Babel. El alguacil, duro con el pobre, inclínase ante el rico;
por la noche se roba y se asesina en las calles; medio Madrid saquea
á la otra mitad; la justicia se vende; y no se paga á los soldados.
Antes señores del mundo, ¿qué ejército nos queda ahora? Apenas seis
mil hombres descalzos y sin pan. Mendigos y montañeses, armados de
puñales, siguen á los regimientos cuando cierra la noche, y llega un
momento en que el soldado, olvidando sus deberes, se convierte en
ladrón. Matalobos tiene más gente que un señor feudal, y osa declarar
la guerra al rey de España, cuyo coche insultan los labriegos cuando
le ven pasar. El monarca, entre tanto, presa de su amargura y poseído
de temor, se inclina ante los sepulcros del sombrío Escorial, doblando
la cabeza ante el imperio que se derrumba. ¡Europa nos desprecia, y
este pobre país, en otro tiempo púrpura, está convertido en un andrajo!
¡Sí, España está arruinada, y aún os disputáis sus restos! Este gran
pueblo español, enervadas sus fuerzas, y sobre el cual vivís, perece
en vuestras manos, cual león devorado por parásitos. ¿Qué haces en la
tumba, Carlos V, en estos tiempos de oprobio y de terror? ¡Levántate,
ven y verás cómo los buenos dejan su lugar á los malos; verás cómo
tu imperio, formado por cien reinos, se hunde en el abismo! ¡Danos
tu fuerte brazo, préstanos auxilio, porque la España se extingue! El
globo que en tu diestra brillaba, sol deslumbrador que hizo creer al
mundo que su luz no se extinguiría nunca, es ahora un astro muerto,
triste y menguante luna que sin cesar decrece, y que apagará tal vez la
aurora de otro pueblo. Los mercaderes se apoderan de tus despojos para
convertirlos en moneda, y tus esplendores se han desvanecido. ¡Oh rey
gigante! ¿es posible que duermas mientras venden tu cetro al peso, y
cuando manos codiciosas recortan sin vergüenza tu manto de púrpura para
vestirse con él? ¡Aquella águila imperial que tu poder cernía sobre el
mundo, ahora, ave sin plumas, se consume en vil caldera!
(_Los consejeros, consternados, guardan silencio; sólo el marqués de
Priego y el conde de Campo-real levantan la cabeza y miran á Ruy Blas
con altivez y enojo. Campo-real, que había hablado al oído á Priego,
acércase á la mesa, escribe en un papel algunas palabras y los dos
firman._)
EL CONDE DE CAMPO-REAL (_señalando al marqués de Priego y entregando
el papel á Ruy Blas_).--Señor duque, en nombre de los dos, he aquí la
dimisión de nuestro cargo.
RUY BLAS (_tomando el papel fríamente_).--Gracias, señores; iréis á
reuniros con vuestras familias. (_Á Priego._) Vos, á Andalucía. (_Á
Campo-real._) Y vos, conde, á Castilla: cada cual á sus posesiones.
Marcharéis mañana. (_Los dos señores se inclinan y salen con la cabeza
cubierta y el ademán altivo. Ruy Blas se vuelve hacia los demás
consejeros._) Si alguno de vosotros no quiere ir por mi camino, puede
seguir á esos señores.
(_Silencio entre los presentes. Ruy Blas se sienta á la mesa en un
sillón colocado junto al sitial de la Reina, y ocúpase en abrir
la correspondencia. Mientras recorre las cartas una tras otra,
Covadonga, Arias y Ubilla hablan en voz baja._)
UBILLA (_á Covadonga, mostrando á Ruy Blas_).--Amigo mío, tenemos amo.
¡Ese hombre será grande!
D. MANUEL ARIAS.--Sí, pero falta que le dén tiempo para ello.
COVADONGA.--Y si no se pierde del todo por empeñarse en ver las cosas
demasiado de cerca.
UBILLA.--¡Será un Richelieu!
D. MANUEL ARIAS.--¡Ó un Olivares!
RUY BLAS (_Después de leer rápidamente una carta que acaba de
abrir_).--¡Un complot! ¿Qué es esto? ¿No os lo decía yo, señores?
(_Leyendo._) «...Duque de Olmedo, velad; en Madrid están preparando una
trama para apoderarse de cierto personaje». (_Examinando la carta._) No
nombran la persona; pero yo velaré... El escrito es anónimo. (_Entra
un hujier que se aproxima á Ruy Blas, haciendo una reverencia._) ¿Qué
ocurre?
EL HUJIER.--El embajador de Francia desea ver á vuecencia.
RUY BLAS.--¡Ah! ¡Harcourt! No me es posible recibirle ahora.
EL HUJIER (_inclinándose_).--El Nuncio de Su Santidad espera en la
antecámara á vuecencia.
RUY BLAS.--Á esta hora no puedo verle. (_El hujier se inclina y sale.
Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla roja con
galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle,
dice:_) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente.
EL PAJE (_en voz baja_).--El conde Guritán acaba de llegar de
Neuburgo...
RUY BLAS (_con ademán de sorpresa_).--¡Ah! pues dile que vaya á verme
mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale dónde es. (_Sale el
paje. Á los consejeros._) Tendremos que trabajar luego; volved de aquí
á dos horas, señores.
(_Todos salen, saludando profundamente á Ruy Blas._)
(_Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en profunda meditación. De
repente se entreabre la tapicería en el ángulo del salón y la Reina
aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de alegría al
parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su
espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue
una puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda
como petrificado ante aquella aparición._)
ESCENA III
RUY BLAS, LA REINA
LA REINA (_en el fondo_).--¡Oh! ¡gracias!
RUY BLAS.--¡Cielos!
LA REINA.--Bien habéis hecho en hablarles así, y no puedo reprimir el
deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal.
(_Se dirige hacia él, le coge la mano y estréchala antes que pueda
impedirlo._)
RUY BLAS (_aparte_).--¡Evitar su presencia hace seis meses, y verla de
improviso! (_En voz alta._) ¿Estabais ahí, señora?
LA REINA.--Sí, duque, lo escuchaba todo... y con mucho interés.
RUY BLAS (_mostrando el gabinete_).--No sospechaba... la existencia de
ese gabinete, señora...
LA REINA.--Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro que Felipe III
mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía todo
cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia
á Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le
despojaba de sus bienes y se vendía el Estado.
RUY BLAS.--¿Y qué decía?
LA REINA.--Nada.
RUY BLAS.--¿Nada? ¿Y qué hacía?
LA REINA.--Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece oir vuestro acento
amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y con cuánta
razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras miradas,
sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes
verdades; y entre los consejeros cabizbajos sólo vuestra figura
descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que
conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz
hablaba cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso
y severo como un Dios. ¿Por qué es así?
RUY BLAS.--¡Porque os amo! Porque conozco que esos hombres me odian,
y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi abnegación,
señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy un
infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el
ciego en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos,
desde abajo, desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista
hasta vos, porque vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora,
cuánto he sufrido durante los seis meses en que siempre evité vuestra
presencia!... No me ocupo de esos hombres, porque sólo vivo con mi
amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir esto frente á frente á
Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme... tengo miedo en el
corazón;... pero moriría por vos...
LA REINA.--¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan; jamás me han dicho
esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte y oirte.
¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con
tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto
tan pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo!
RUY BLAS (_que la escucha con pasión_).--¡Oh! ¡señora, concluíd, porque
vuestras palabras me llenan el corazón!
LA REINA.--¡Pues bien, escucha! (_Alzando los ojos al cielo._) Sí, voy
á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo es, tanto
peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se
oculta. ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba! Todos
los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la
menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga
y resuelve, y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el
verdadero rey, el verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses,
debiste sospecharlo, te eleva paso á paso hasta la cumbre del poder.
Dios debió haberte colocado donde una mujer te ha puesto. Tú velas
solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me diste una flor, y
ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande. Esto es lo
que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta tumba
me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza,
sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré
todo cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento
mi orgullo humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi
cámara me disgusta; ya sabes que unas son más tristes que otras, y
quise abandonar la que ocupo; pero no me lo permitieron. Ya ves hasta
qué punto soy esclava y arrastro mis cadenas. ¡Duque, preciso es que
el cielo te haya enviado aquí para salvar al Estado, para apartar del
borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar trabaja, y para
amarme á mí, que tanto sufro en silencio!
RUY BLAS (_cayendo de rodillas_).--Señora...
LA REINA (_gravemente_).--Don César, mi alma os entrego; reina para
todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y por el corazón os
pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para confiar en
que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado. ¡Oh,
César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (_Da
un beso á Ruy Blas en la frente._) ¡Adiós!
(_Levanta la tapicería y desaparece._)
ESCENA IV
RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis
¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y en la carrera de mi
vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz, semejante á esos
paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda con sus
brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez
y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca
más á la divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á
mí mismo es á quien ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me
deslumbra. ¡Feliz, amado, duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies;
y en mis manos el corazón de ese ángel á quien de rodillas contemplo!
Sus palabras me transfiguran y hacen de mí más que un hombre. Sí,
mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones de mi loca
fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de
encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme
estar viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía
en mí... ¡Pobre ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño
prodigio, nos dió el amor para que fuéramos más grandes y benignos, yo,
que no temo cosa alguna mientras que ella me ame; yo, poderoso ya por
su elección suprema; yo, á quien los reyes envidiarían, juro ante Dios,
sin temor y con voz segura, que podéis confiar en mí, señora, en mi
brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se oculta en
el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis,
reina mía!
(_Desde hace algunos momentos un hombre ha entrado por la puerta
del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la cabeza con un
sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin
ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los
ojos al cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se
vuelve con viveza: el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio,
vestido de librea color de fuego, con galones de plata, semejante á
la del paje de Ruy Blas._)
ESCENA V
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. SALUSTIO.--Buenos días.
RUY BLAS (_aterrado, aparte_).--¡Gran Dios, estoy perdido! ¡El marqués!
D. SALUSTIO (_sonriendo_).--Apostaría á que no pensabais en mí.
RUY BLAS.--En efecto, vuestra presencia me sorprende. (_Aparte._) ¡Oh!
ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel, mientras que el demonio
venía.
(_Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete secreto, cierra la
puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don Salustio._)
D. SALUSTIO.--Y bien, ¿cómo va por aquí?
RUY BLAS (_con la mirada fija en D. Salustio impasible, apenas puede
coordinar sus ideas_).--¡Esa librea!...
D. SALUSTIO (_sonriendo siempre_).--Érame preciso entrar en palacio,
y como con esta librea se puede llegar á todas partes, he tomado la
vuestra, que no deja de agradarme. (_Se cubre; Ruy Blas permanece
descubierto._)
RUY BLAS.--Es que yo temo por vos.
D. SALUSTIO.--¡Temor risible!
RUY BLAS.--¡Estáis desterrado!
D. SALUSTIO.--¿Lo creéis así? Es posible.
RUY BLAS.--Si os reconociesen en el palacio en pleno día...
D. SALUSTIO.--¡Bah! los cortesanos felices que viven descuidados no
irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para recordar
quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (_Se sienta en un
sillón; Ruy Blas permanece en pie._) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo
mío? ¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro
público, desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis
olvidado que sois parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué
diablo! y en su escudo lleva oro en campo de gules. Mirad vuestros
blasones, don César; esto es muy claro; entre parientes no se hacen
tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño entre sí, fingiéndose
corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos para los demás.
Cada cual para sí.
RUY BLAS (_tranquilizándose un poco_).--Sin embargo, señor, permitidme
observar que el marqués de Priego, como noble, gravaba los ingresos
del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un ejército en
campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se muere,
según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien
debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra
estallará...
D. SALUSTIO.--El aire me parece un poco frío; hacedme el favor de
cerrar la ventana.
(_Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación, vacila un instante;
después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la ventana,
ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le
mira con expresión de indiferencia._)
RUY BLAS (_continúa, tratando de convencer á D. Salustio_).--Dignaos
reflexionar hasta qué punto es inoportuna la guerra, no teniendo
dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad más que de
otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he
mandado decir al emperador que le haré frente...
D. SALUSTIO (_interrumpiendo á Ruy Blas, y mostrándole un pañuelo, que
ha dejado caer al entrar_).--Tened la bondad de recogerme el pañuelo.
(_Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero al fin recoge
el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole en el
bolsillo:_) ¿Decíais?...
RUY BLAS (_haciendo un esfuerzo_).--La salvación de España y el interés
público exigen un sacrificio. Toda nación bendice á quien la salva, y
para ello debemos atrevernos á ser grandes, á despejar las sombras de
la intriga y á desenmascarar á los bribones.
D. SALUSTIO (_con indolencia_).--En efecto, esa es mala compañía; mas
no creo que se deba hacer tanto ruido por un pobre millón que han
devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el cielo. Amigo mío,
nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros, y gústales
vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el Quijote
para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me
parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en
que os adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas.
¡Qué rareza! Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público!
Pensad antes en el vuestro; y en cuanto á la salvación de España,
esta es una frase hueca que otros harán resonar mejor que vos. ¿La
popularidad? es pobre gloria; y eso de convertiros en dogo que ladra
siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste oficio. ¡La virtud,
la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba gastado ya en
tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáis un necio, siendo hombre
inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é hinchado, para
que salga el viento de tantas necedades.
RUY BLAS.--Sin embargo, señor...
D. SALUSTIO (_con helada sonrisa_).--¡Qué raro sois! Ocupémonos ahora
en cosas más serias. (_Con tono breve é imperioso._) Me esperaréis
mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en la que yo os he dado,
pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan sólo con los
mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una carroza
preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas.
Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré.
RUY BLAS.--Señor, obedeceré; consiento en todo; pero juradme antes que
en este asunto nada tendrá que ver la Reina.
D. SALUSTIO (_que juega con un cuchillo de marfil sobre la mesa, se
vuelve á medias_).--¿Y qué os importa?
RUY BLAS (_vacilando y mirándole con espanto_).--¡Oh! ¡sois un
hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo
insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo
espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que
podáis juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer!
D. SALUSTIO (_fríamente_).--Ya lo sabía.
RUY BLAS.--¡Lo sabíais!
D. SALUSTIO.--¡Pardiez! ¿Qué importa esto?
RUY BLAS (_apoyándose en la pared para no caer, y como hablando consigo
mismo_).--¡Soy pues juguete de ese cobarde, que así me atormenta! ¡Oh!
¡qué horrible aventura! (_Levantando la vista al cielo._) ¡Perdonadme,
señor, Dios poderoso!