hombros de semblante siniestro, que me hablen de Francia y de su rey
caduco, de Roma y del retrato del archiduque, á quien pasean por Burgos
bajo un dosel de paño de oro, conducido por cuatro alcaldes! Busca otra
cosa.
CASILDA.--Pues bien, si lo permitís, haré que suba algún joven escudero.
LA REINA.--¡Casilda!
CASILDA.--Quisiera ver algún joven, señora, porque esta corte venerable
me aburre y me contrista. Creo que la vejez llega por los ojos, y que
se envejece más pronto cuando siempre se ven ancianos.
LA REINA.--¡Ríete, loca! No tarda en llegar el día en que el corazón
se entristece, y se pierde el sueño y la alegría. (_Pensativa._) Mi
felicidad está en ese rincón del parque, donde tengo derecho á ir sola.
CASILDA.--Pues no os envidio esa dicha. ¡Vaya un sitio! ¡Paredes más
altas que los árboles, y una trampa detrás de cada uno de éstos!
LA REINA.--¡Oh, quisiera salir algunas veces!
CASILDA (_en voz baja_).--¡Salir! Pues bien, señora, escuchadme;
hablemos bajo. Por austera y oscura que sea una prisión, siempre hay
medio de buscar y encontrar en la sombra una llave. ¡Yo la tengo!
Cuando queráis, saldremos de palacio por la noche, á pesar de los
malos, y recorreremos la ciudad. Podemos ir...
LA REINA.--¡Cielos, jamás, cállate!
CASILDA.--Es muy fácil.
LA REINA.--¡Nunca! (_Aléjase un poco de Casilda y vuelve á caer en su
meditación._) ¡Oh! ¿por qué no estaré aún en mi buena Alemania con mis
padres y mi hermano? Felices allí, corríamos libres por los campos, y
hablábamos sencillamente á los campesinos cuando iban cargados con sus
gavillas. ¡Esto era delicioso! Pero ¡ay de mí! cierto día acercóse á
mí un hombre vestido de negro y me dijo: «Señora, vais á ser reina de
España.» Mi padre estaba muy contento; mi madre lloraba; y hoy lloran
los dos. En secreto quiero enviarles esta caja, pues sé que mi padre
quedará contento. ¡Ah! todo me desespera aquí. Hasta mis pobres aves
de Alemania han muerto. (_Casilda hace el ademán de torcer el cuello
de un ave, mirando de reojo á la camarista._) También me prohiben ver
flores de mi país y jamás vibra en mi oído una palabra de amor. Hoy
soy reina; en otro tiempo era libre. Bien dices, que ese parque es muy
triste por la noche, y las paredes tan altas que impiden ver. ¡Oh qué
aburrimiento! (_Se oye fuera un canto lejano._) ¿Qué rumor es ese?
CASILDA.--Son las lavanderas que cantan á lo lejos.
(_Las voces se acercan, y óyense las palabras. La Reina presta
atención._)
No escuches, niña, en el bosque,
el canto del ruiseñor,
que si dulces son sus trinos,
aún es más dulce tu voz.
No envidies de las estrellas
el luminoso fulgor,
que son tus ojos luceros
que deslumbran como el sol.
Ni tampoco de las flores
envidies el arrebol,
porque la flor más hermosa
en tu corazón se abrió.
Las avecillas, los astros,
y la perfumada flor,
son emblemas, niña hermosa,
de eso que llaman amor.
(_Las voces se alejan._)
LA REINA (_pensativa_).--¡El amor! Sí, ellas son felices; su canto me
alivia y me enoja á la vez.
LA DUQUESA (_á las dueñas_).--¡Haced que se alejen esas mujeres, que
importunan á la Reina!
LA REINA (_vivamente_).--¡Cómo, si apenas se las oye! Dejadlas pasar en
paz, señora. (_Á Casilda, mostrándole una ventana en el fondo._) Por
ahí no es el bosque tan espeso, y esa ventana da al campo; ven, vamos á
verlas.
(_Se dirige hacia la ventana con Casilda._)
LA DUQUESA (_levantándose y haciendo una reverencia_).--La Reina de
España no debe asomarse á la ventana.
LA REINA (_deteniéndose y retrocediendo_).--¡Vamos, el hermoso sol
poniente que ilumina los valles, las frescas brisas de la tarde, las
lejanas canciones que todos oyen, no existen para mí! Retirada estoy
del mundo; ni aun puedo ver la naturaleza de Dios, ni la libertad de
que los otros disfrutan.
LA DUQUESA (_haciendo una señal á las dueñas para que salgan_).--Salid,
señoras, hoy es día de rezo.
(_Casilda da algunos pasos hacia la puerta; la Reina la detiene._)
LA REINA.--¿Me abandonas?
CASILDA (_mostrando á la Duquesa_).--La señora ordena que salgamos.
LA DUQUESA (_saludando á la Reina profundamente_).--Es preciso dejar á
la Reina sola para que se entregue á sus devotas prácticas.
ESCENA II
LA REINA, sola
¡Á mis prácticas devotas! Dí más bien á mis reflexiones. ¿Cómo huir
de ellas, estando sola? ¡Todos me han dejado, pobre espíritu sin luz,
en un camino oscuro! (_Meditando._) ¡Ah, esa mano sangrienta impresa
en la pared! Sin duda estará herido, pero suya es la culpa. ¿Por
qué empeñarse en franquear ese muro tan alto, sólo para traerme las
flores que aquí me rehusan? ¡Aventurarse así por tan poca cosa! Tal
vez se haya herido con las puntas de hierro, porque de ellas pendía
un pedazo de encaje. Una gota de esa sangre vertida vale tanto como
todas mis lágrimas. (_Abismándose más en su meditación._) Cada vez que
á ese banco voy á buscar las flores, prometo á Dios no volver nunca
más, y sin embargo, siempre vuelvo. Pero ¿y él? Tres días hace que no
he vuelto á verle. ¡Herido! ¡Quien quiera que seas, joven generoso,
tú que al verme sola, lejos de los que me aman, sin pedir ni esperar
nada vienes á mí arrostrando los peligros; tú que viertes tu sangre y
te arriesgas diariamente para dar una flor á la Reina; quien quiera
que seas, amigo cuya sombra me acompaña, desde el fondo del alma te
bendigo, y bendígate también tu madre! (_Llevándose vivamente la mano
al corazón._) ¡Oh! su carta me quema. (_Recayendo en sus reflexiones._)
¡Y el otro, el implacable don Salustio! Un ángel y un espectro me
siguen, y sin verlos, siéntolos á los dos agitarse en mis ensueños.
Un hombre que me odia junto á otro que me ama me conducirán tal vez á
algún supremo instante. ¿Me librará el uno del otro? No lo sé. ¡Ay!
el destino flota para mí con dos vientos opuestos. ¡Qué débil es
una reina, y qué poca cosa significa! Oremos. (_Se arrodilla ante la
imagen de la Virgen._) ¡Amparadme, señora, pues no me atrevo á elevar
la mirada hasta vos! (_Se interrumpe._) ¡Oh Dios mío! el encaje, la
carta, la flor; todo es fuego. (_Saca del seno una carta arrugada, un
ramo pequeño de florecillas azules y un pedazo de encaje teñido en
sangre; arroja estos objetos sobre la mesa y se arrodilla de nuevo._)
¡Virgen santa, esperanza de los mártires, auxiliadme en este trance!
(_Interrumpiéndose._) ¡Esa carta!... (_Se vuelve hacia la mesa._) Me
atrae... (_Arrodillándose de nuevo._) ¡No quiero leerla! ¡Oh virgen de
dulzura, arrodillada á tus plantas imploro tu protección! (_Se levanta,
da algunos pasos hacia la mesa, detiénese, y al fin precipítase sobre
la carta, como cediendo á una irresistible atracción._) Sí, quiero
volver á leerla por última vez; después la rasgaré. (_Con triste
sonrisa._) ¡Ay de mí! Un mes hace que digo siempre lo mismo. (_Desdobla
la carta resueltamente y lee._) «Señora, á vuestros pies, en la sombra,
hay un hombre que os ama, perdido en la noche que le oculta; que sufre,
vil gusano enamorado de una estrella; que por vos diera su alma, y que
muere aquí bajo mientras brilláis en las alturas.» (_Deja la carta
sobre la mesa._) Cuando el alma está sedienta, ha de beber, aunque sea
veneno. (_Vuelve á guardar en su seno la carta y el encaje._) Nadie
me ama en la tierra; pero á alguno debo amar. ¡Oh! si el rey hubiese
querido, á él hubiera amado; pero me deja así, completamente sola, sin
amor...
(_Ábrese la puerta grande y entra un hujier de gala._)
EL HUJIER (_en alta voz_).--¡Carta del rey!
LA REINA (_vuelve en sí como sobresaltada, dejando escapar un grito de
alegría_).--¡Del rey; me he salvado!
ESCENA III
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, CASILDA, D. GURITÁN, damas de la
Reina, pajes, RUY BLAS
(_Todos entran gravemente, la Duquesa primero, seguida de las damas.
Ruy Blas, magníficamente vestido, permanece en el fondo del teatro;
su ferreruelo oculta el brazo izquierdo. Dos pajes llevan en un cojín
de paño de oro la carta del rey, y arrodíllanse ante la Reina, á
pocos pasos de distancia._)
RUY BLAS (_en el fondo del teatro, aparte_).--¿Dónde estoy? ¡Qué
hermosa es! ¿Por qué estaré aquí?
LA REINA (_aparte_).--¡Es un socorro del cielo!... (_En voz alta._)
¡Dad pronto!... (_Volviéndose hacia el retrato del rey._) ¡Gracias,
señor! (_Á la Duquesa._) ¿De dónde viene esa carta?
LA DUQUESA.--Señora, del Pardo, donde el rey caza.
LA REINA.--En el fondo de mi alma le doy gracias. Ha comprendido que en
mi aislamiento necesitaba una palabra de amor que de él viniese. Dadme
la carta...
LA DUQUESA (_haciendo una reverencia, enseña la carta_).--Preciso es
haceros presente que, según costumbre, yo soy quien debe abrir la carta
primero y leerla.
LA REINA.--¿También eso? ¡Pues bien, leed!
(_La Duquesa toma la carta y la desdobla lentamente._)
CASILDA (_aparte_).--Veamos ese billete amoroso.
LA DUQUESA (_leyendo_).--«Señora, aunque hace mucho viento, he matado
seis lobos.--Firmado, CARLOS.»
LA REINA (_aparte_).--¡Ay de mí!
D. GURITÁN (_á la Duquesa_).--¿Es eso todo?
LA DUQUESA.--Sí, señor conde.
CASILDA (_aparte_).--¡Ha matado seis lobos! ¡Vaya un consuelo para la
que está aburrida, triste y melancólica! ¡Ha matado seis lobos! ¡Buena
noticia!
LA DUQUESA (_á la Reina, mostrándole la carta_).--Si Su Majestad
quiere...
LA REINA (_rechazándola_).--No.
CASILDA (_á la Duquesa_).--¿Es eso todo?
LA DUQUESA.--Sin duda. ¿Qué más ha de decir? El rey caza, y en el
camino escribe dando cuenta de lo que hace y del estado del tiempo. Me
parece muy en razón. (_Examinando de nuevo la carta._) No escribe...
dicta.
LA REINA (_tomando la carta y examinándola á su vez_).--En efecto, no
es su letra; no ha hecho más que firmar. (_Examina el escrito con más
atención y parece admirada._) ¿Será ilusión? Es la misma letra que la
de la otra. (_Señala con la mano la carta que acaba de ocultar en su
seno._) ¡Esto es extraño! (_Á la Duquesa._) ¿Dónde está el portador del
mensaje?
LA DUQUESA (_mostrando á Ruy Blas_).--Ahí está.
LA REINA.--¿Es ese joven?
LA DUQUESA.--Sí, señora. La ha traído en persona. Es un nuevo escudero
que Su Majestad ha designado para vuestro servicio, un hidalgo que el
marqués de Santa Cruz me recomienda de parte del rey.
LA REINA.--¿Cómo se llama?
LA DUQUESA.--Es don César de Bazán, conde de Garofa, y según dicen, el
más cumplido caballero.
LA REINA.--Bien; quiero hablarle. (_Á Ruy Blas._) Caballero...
RUY BLAS (_aparte y estremeciéndose_).--¡Dios mío, me mira, me habla...
yo tiemblo!
LA DUQUESA (_á Ruy Blas_).--Acercaos, conde.
D. GURITÁN (_mirando á Ruy Blas de reojo, aparte_).--Ese joven escudero
no me place.
(_Ruy Blas, pálido y turbado, se acerca lentamente._)
[Ilustración: CASILDA (aparte).--_Veamos ese billete amoroso._]
LA REINA (_á Ruy Blas_).--¿Venís del Pardo?
RUY BLAS (_inclinándose_).--Sí, señora.
LA REINA.--¿Sigue bien el rey? (_Ruy Blas se inclina.--Mostrando la
carta real:_) ¿Ha dictado esto para mí?
RUY BLAS.--Estaba á caballo cuando dictó la carta... (_Vacila un
momento._) á uno de los presentes.
LA REINA (_aparte, observando á Ruy Blas_).--Su mirada me fascina. No
me atrevo á preguntarle á quién. (_En alta voz._) Está bien; podéis
retiraros. ¡Ah! (_Ruy Blas, que había dado algunos pasos para salir,
vuelve hacia la Reina._) ¿Había allí muchos caballeros reunidos?
(_Aparte._) ¿Por qué me impresiona ese joven? (_Ruy Blas se inclina; la
Reina añade:_) ¿Quiénes eran?
RUY BLAS.--No conozco sus nombres, pues sólo estuve allí breves
instantes. Hace tres días que salí de Madrid.
LA REINA (_aparte_).--¡Tres días!
(_Mira con turbación á Ruy Blas._)
RUY BLAS (_aparte_).--¡Es la mujer de otro! ¡Oh suerte cruel! ¡Y de
quién! En mi corazón se abre un abismo.
D. GURITÁN (_acercándose á Ruy Blas_).--Sois gentil-hombre de la Reina,
y ya sabréis cuáles son vuestros deberes. Es preciso que esta noche
permanezcáis en la cámara inmediata á fin de abrir al soberano si
tuviese á bien visitar á la Reina.
RUY BLAS (_estremeciéndose: aparte_).--¡Abrir yo al rey!... (_En voz
alta._) El rey está ausente...
D. GURITÁN.--El rey puede venir de pronto.
RUY BLAS (_aparte_).--¡Cómo!
D. GURITÁN (_aparte, observando á Ruy Blas_).--¿Qué tiene?
LA REINA (_que lo ha oído todo, y cuya mirada está fija en Ruy
Blas_).--¡Cómo palidece!
(_Ruy Blas vacila y se apoya en el respaldo de un sillón._)
CASILDA (_á la Reina_).--¡Señora, ese joven está indispuesto!...
RUY BLAS (_sosteniéndose con trabajo_).--No, no es nada... el aire y el
sol... la fatiga del camino... (_Aparte._) ¡Abrir al rey!
(_Cae desfallecido sobre un sillón; el ferreruelo se entreabre y deja
ver la mano izquierda envuelta en un vendaje ensangrentado._)
CASILDA.--¡Gran Dios, señora, tiene la mano herida!
LA REINA.--¡Herida!
CASILDA.--¡Y pierde el conocimiento! ¡Pronto, hagámosle respirar alguna
esencia!
LA REINA (_buscando en su seno_).--Un frasco tengo aquí con un licor...
(_En el mismo instante su mirada se fija en el encaje de las mangas de
Ruy Blas.--Aparte._) ¡Es el mismo encaje!
(_En el momento de sacar el frasco del seno, y en su turbación, coge
al mismo tiempo el pedazo de encaje que allí oculta. Ruy Blas, que no
separa de ella la vista, ve salir el objeto del seno de la Reina._)
RUY BLAS (_fuera de sí_).--¡Oh!
(_Las miradas de la Reina y de Ruy Blas se encuentran: sigue una
pausa._)
LA REINA (_aparte_).--¡Él es!
RUY BLAS (_aparte_).--¡Sobre su corazón!...
LA REINA (_aparte_).--¡Sí, es el mismo!
RUY BLAS (_aparte_).--¡Dios mío, permitid que muera en este instante!
(_En el desorden de todas las damas, que se oprimen en derredor de
Ruy Blas, nadie observa lo que pasa entre la Reina y él._)
CASILDA (_haciendo respirar el frasco á Ruy Blas_).--¿Cómo os habéis
herido? Sin duda durante el camino. ¿Por qué os encargasteis de traer
el mensaje del rey?
LA REINA (_á Casilda_).--¿Acabarás con tus preguntas?
LA DUQUESA (_á Casilda_).--¿Qué le importa eso á la Reina, hija mía?
LA REINA.--Puesto que él la escribió, bien podía traerla.
CASILDA.--Pero no ha dicho que él escribiese la carta.
LA REINA (_aparte_).--¡Oh! (_Á Casilda._) ¡Cállate!
CASILDA (_á Ruy Blas_).--¿Estáis ya mejor?
RUY BLAS.--¡Renazco!
LA REINA (_á sus damas_).--Ya es hora de retiraros, señoras. (_Á los
pajes._) Que se dé alojamiento al conde. Ya sabéis que el rey no vendrá
esta noche, pues pasará toda la estación cazando.
(_Se retira con su servidumbre._)
CASILDA (_mirándola salir_).--La Reina tiene algún pensamiento fijo.
(_Sale por la misma puerta que la Reina, llevándose la cajita de
reliquias._)
RUY BLAS (_Solo. Parece escuchar aún algún tiempo con profunda alegría
las últimas palabras de la Reina, como presa de un sueño. El pedazo
de encaje que la Reina ha dejado caer, en su turbación, está sobre la
alfombra; lo recoge, mírale con amor y lo cubre de besos, levantando
después los ojos al cielo._)--¡Oh Dios mío, gracias! Yo me vuelvo loco.
(_Mirando el pedazo de encaje._) ¡Lo tenía junto al corazón!
(_Lo oculta en el pecho. Entra el conde de Oñate, volviendo de
la puerta de la cámara á donde ha seguido á la Reina; adelántase
lentamente hacia Ruy Blas; llegado cerca de él, sin decir palabra,
desenvaina á medias el acero, y por su mirada parece medirle con el
de Ruy Blas. No son iguales, y vuelve á envainar. Ruy Blas le mira
con asombro._)
ESCENA IV
RUY BLAS, EL CONDE DE OÑATE
EL CONDE (_envainando su espada_).--Llevaré dos de igual longitud.
RUY BLAS.--Caballero, ¿qué significa?...
EL CONDE (_con gravedad_).--En el año 1650, hallándome en Alicante,
estaba yo enamorado. Un joven hermoso como un Adonis, miraba con
descaro á la dama de mis pensamientos, pasando á menudo por debajo de
su balcón con aire conquistador. Llamábase Vázquez; era caballero,
aunque bastardo, y en un duelo le maté... (_Ruy Blas quiere
interrumpirle, pero el conde le detiene con un ademán, y continúa._)
Más tarde, hacia el año 66, Gil, conde de Íscola, opulento caballero,
envió á casa de mi dama un billete de amor por medio de un esclavo.
Mandé matar á este último y yo despaché al amo...
RUY BLAS.--¡Caballero!
EL CONDE (_continuando_).--Algún tiempo después, por el año 80,
sospeché que mi amada me engañaba, prefiriendo á un tal Tirso Gamonal,
uno de esos gallardos jóvenes que llaman la atención por su gracia y
altivez. Provoqué á don Tirso y también le dí muerte...
RUY BLAS.--Pero, en fin, ¿qué quiere decir eso, caballero?
EL CONDE.--Eso quiere decir, conde, que del pozo sale agua cuando la
sacan; que á las cuatro de la mañana despunta el día; que hay un sitio
desierto muy propio para los lances de honor, detrás de la capilla; que
os llamáis César de Bazán, y yo Guritán de Torres y Guevara, conde de
Oñate.
RUY BLAS (_fríamente_).--Está bien, caballero, no faltaré.
(_Desde hace algunos instantes, Casilda ha estado escuchando con
curiosidad, en la puertecilla del fondo, las últimas palabras de los
dos interlocutores, sin ser vista de ellos._)
CASILDA (_aparte_).--¡Un duelo! Advertiré á la Reina.
(_Desaparece por la puertecilla._)
EL CONDE (_siempre imperturbable_).--Por si os place conocer algo mi
modo de pensar, os diré, para vuestra inteligencia, que nunca me
gustaron esos jóvenes almibarados, de mostacho retorcido, en quienes se
fija la atención de las bellas, que les dirigen miradas de amor y que
saben tomar las más graciosas posturas; pero que se desmayan si reciben
algún rasguño.
RUY BLAS.--No comprendo...
EL CONDE.--Comprenderéis muy bien. Los dos adoramos el mismo ídolo, y
de consiguiente, uno de nosotros sobra en palacio. Vos sois escudero
y yo mayordomo, y en este sentido tenemos derechos iguales; pero por
lo demás la partida es desigual. Si á mí me asiste el derecho del más
antiguo, vos tenéis el del más joven, y por eso me dais miedo. Veros
junto á mí con vuestras pretensiones y vuestro aire conquistador es
cosa que me molesta mucho. En cuanto á luchar con vos en el terreno
del amor, locura fuera intentarlo, porque la gota y otros achaques me
impedirían acometer la empresa de disputar el corazón de una Penélope á
un joven tan propenso á los desmayos. Sois muy bello, cariñoso, tierno
é interesante, y por todas estas razones me veo en la precisión de
mataros.
RUY BLAS.--Tratad de hacerlo.
EL CONDE.--Conde de Garofa, mañana á la hora de despuntar el alba
os esperaré en el sitio indicado, sin testigos ni lacayos; allí nos
batiremos con espada y daga, si os place, como cumplidos caballeros y
cual conviene á nuestra categoría.
(_Presenta la mano á Ruy Blas que la estrecha._)
RUY BLAS.--Ni una palabra de esto. ¿No es así? (_El Conde hace una
señal afirmativa._) Pues hasta mañana.
(_Ruy Blas sale._)
EL CONDE (_solo_).--No, su mano no ha temblado en la mía, aunque debe
estar seguro de morir. Es un valeroso joven. (_Ruido de una llave en
la puertecilla de la cámara de la Reina; el conde de Oñate vuelve la
cabeza._) ¡Abren la puerta!
(_La Reina se presenta y adelántase vivamente hacia el conde,
sorprendido y contento á la vez; lleva entre las manos la cajita._)
ESCENA V
EL CONDE, LA REINA
LA REINA (_con una sonrisa_).--Conde, os buscaba.
EL CONDE (_muy satisfecho_).--¿Á qué debo tanta dicha?
LA REINA (_colocando la cajita sobre el velador_).--¡Oh! no es
nada, ó por lo menos muy poco, caballero. (_Se sonríe._) Hace poco
Casilda me decía entre otras cosas--ya sabéis que las mujeres son muy
locas--decíame que haríais por mí cuanto yo quisiera.
EL CONDE.--Tiene razón.
LA REINA (_riendo_).--Á fe mía, he sostenido lo contrario.
EL CONDE.--Habéis hecho mal, señora.
LA REINA.--Casilda me aseguraba que daríais por mí vuestra alma,
vuestra vida...
EL CONDE.--Casilda decía muy bien.
LA REINA.--Pues yo he contestado que no.
EL CONDE.--Y yo digo que sí; por Vuestra Majestad estoy dispuesto á
todo.
LA REINA.--¿Á todo?
EL CONDE.--¡Á todo!
LA REINA.--¡Pues bien! jurad que para complacerme haréis al punto lo
que os diga.
EL CONDE.--¡Por el santo rey Gaspar, mi venerado patrón, os lo juro!
Ordenad; obedezco, ó muero.
LA REINA (_cogiendo la cajita_).--Pues bien; saldréis de Madrid
inmediatamente para llevar esta cajita de sándalo á mi padre, el
elector de Neuburgo.
EL CONDE (_aparte_).--¡Estoy cogido! (_En voz alta._) ¿Á Neuburgo?
LA REINA.--Á Neuburgo.
EL CONDE.--¡Seiscientas leguas!
LA REINA.--Quinientas cincuenta. (_Mostrando la cubierta que resguarda
la caja._) Tendréis cuidado de estas franjas azules, porque se podrían
deteriorar en el camino.
EL CONDE.--¿Y cuándo he de marchar?
LA REINA.--En el acto.
EL CONDE.--Permitidme que sea mañana.
LA REINA.--No puedo consentirlo.
EL CONDE (_aparte_).--¡Estoy cogido! (_En voz alta._) Pero...
LA REINA.--¡Marchad!
EL CONDE.--¡Cómo!
LA REINA.--Me habéis dado vuestra palabra.
EL CONDE.--Es que un asunto...
LA REINA.--No admito excusa.
EL CONDE.--Para un objeto tan frívolo...
LA REINA.--¡Despachad!
EL CONDE.--Concededme sólo un día.
LA REINA.--No puede ser; complacedme y marchad.
EL CONDE.--Pero...
LA REINA.--¿Así apreciáis mi deferencia y cumplís vuestra palabra?
EL CONDE.--No resisto más; obedeceré, señora. (_Aparte._) Si Dios se
hizo hombre, el diablo se ha hecho mujer.
LA REINA (_mostrando la ventana_).--Abajo os espera un coche.
EL CONDE (_aparte_).--¡Todo lo había previsto! (_Escribe en un papel
algunas palabras apresuradamente, toca una campanilla y preséntase
un paje._) Paje, lleva esto al punto al señor don César de Bazán.
(_Aparte._) Será preciso aplazar el duelo hasta mi vuelta. (_En voz
alta._) Voy á servir al punto á Vuestra Majestad.
LA REINA.--Muy bien. (_El conde toma la caja, besa la mano de la Reina,
saluda profundamente y sale. Un momento después óyese el ruido de un
carruaje que se aleja.--La Reina cae en un sillón exclamando:_) ¡No le
matará!
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO III
RUY BLAS
La sala llamada de Gobierno en el Palacio Real de Madrid. En el fondo
una puerta grande sobre gradas; en el ángulo, á la izquierda, una
salida cerrada por tapices, y en el lado opuesto una ventana. Á la
derecha una mesa grande cubierta con tapete de terciopelo verde, y
alrededor de la cual hay taburetes para ocho ó diez personas, que
corresponden á otros tantos pupitres colocados en aquella. El lado de
la mesa que da frente al espectador está ocupado por un sillón grande
revestido de tela de oro, sobrepuesto de un dosel con las armas de
España y la corona real. Junto á este sillón una silla.
En el momento de levantarse el telón, la junta del Despacho universal
(Consejo privado del rey) hállase á punto de comenzar su sesión.
ESCENA I
D. MANUEL ARIAS, presidente de Castilla; D. PEDRO VÉLEZ DE GUEVARA,
CONDE DE CAMPO-REAL, consejero; D. FERNANDO DE CÓRDOBA Y AGUILAR,
MARQUÉS DE PRIEGO, consejero; ANTONIO UBILLA, escribano mayor;
MONTAZGO, consejero; COVADONGA, secretario supremo. Otros varios
consejeros de toga y espada. Campo-real ostenta la cruz de Calatrava, y
Priego el Toisón de oro.
(_D. Manuel Arias y el conde de Campo-real conversan en voz baja; los
otros consejeros forman grupos acá y allá._)
D. MANUEL ARIAS.--Esa fortuna oculta algún misterio.
EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Tiene el Toisón de oro; es ya secretario
universal, ministro, y además duque de Olmedo.
D. MANUEL ARIAS.--¡En seis meses!
EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Sin duda le protegen bajo cuerda.
D. MANUEL ARIAS (_misteriosamente_).--¡La Reina!
EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Á decir verdad, el rey, loco y enfermo, vive
en la tumba de su primera mujer; abdica, encerrado en su Escorial, y la
Reina lo hace todo.
D. MANUEL ARIAS.--Amigo Campo-real, reina sobre nosotros, y don César
la gobierna.
EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Don César vive de un modo muy extraño; no ve
nunca á la Reina, y parece huir de ella. Tal vez no lo creáis; pero
como hace seis meses que los vigilo, y no sin razón, estoy seguro de
ello. Además, el Conde tiene el raro capricho de habitar en una casa
misteriosa, siempre cerrada, con dos lacayos negros, que si no fueran
mudos podrían decirnos muchas cosas.
D. MANUEL ARIAS.--¿Mudos?
EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Sí señor; todos los demás criados habitan en
el alojamiento que don César tiene en palacio.
D. MANUEL ARIAS.--Es singular.
D. ANTONIO UBILLA (_que se ha acercado momentos antes_).--Por lo menos
don César es de noble estirpe.