RUY BLAS.--¡Esperar! Tú no sabes aún lo que es para mí llevar este
traje que mancha y deshonra. Haber perdido la alegría y el orgullo no
es nada, y tampoco importa ser vil y esclavo. Escucha, hermano mío; no
siento yo usar esta librea que me infama, porque en el pecho tengo una
hidra cuyos dientes de fuego me oprimen el corazón en sus ardientes
repliegues. El exterior te atemoriza. ¡Qué dirías si vieses el interior!
D. CÉSAR.--¿Qué quieres decir?
RUY BLAS.--Inventa, imagina, busca en tu espíritu, supón algo extraño,
insensato, inaudito y horrible, una fatalidad que deslumbre; sí,
prepara un veneno espantoso, abre un abismo más sordo que la locura,
más negro que el crimen; y cuando hayas hecho todo lo que digo, aún no
te acercarás á mi secreto. ¿No lo adivinas? ¡Cómo has de adivinarlo!
Sondea con la mirada el precipicio á donde el destino me arrastra...
Amo á la Reina.
D. CÉSAR.--¡Cielos!
RUY BLAS.--Bajo un dosel ornado con el globo imperial hay un hombre,
unas veces en Aranjuez, y otras en el Escorial, á quien apenas se ve y
á quien no se nombra sin terror; un hombre para quien, cual si fuese
Dios, todos somos iguales; al que se mira temblando y se sirve de
rodillas; que puede hacer caer nuestras cabezas á una simple señal; un
hombre cuyos caprichos son un acontecimiento; que vive solo y soberbio,
encerrado gravemente en una majestad terrible y profunda, y cuyo
poderío se extiende por la mitad del mundo. ¡Pues bien, yo, el lacayo
de ese hombre, de ese rey, estoy celoso!
D. CÉSAR.--¡Celoso del rey!
RUY BLAS.--¡Sí, del rey, puesto que amo á su esposa!
D. CÉSAR.--¡Desgraciado!
RUY BLAS.--Escucha. Todos los días la espero al paso, y estoy como
loco. ¡Oh! la vida de esa mujer es un tejido de enojos; todas las
noches pienso en ello. ¡Vivir en esta corte de odios y mentiras, casada
con un rey que pasa el tiempo cazando! ¡Imbécil! Viejo ya á los treinta
años, ni es hombre ni es rey.--Familia que se extingue: el padre era
débil hasta el punto de no poder sostener en la mano un pergamino. ¡Oh!
tan bella y tan joven, y haber dado su mano á ese rey Carlos II. ¡Qué
lástima! No sé cómo esta locura amorosa ha penetrado en mi corazón;
pero juzga tú. La reina ama una flor azul de Alemania; aquí no la hay,
y todos los días ando una legua para coger algunas; con las más bonitas
formo un ramo, y á media noche me introduzco en los jardines reales
como un ladrón y deposito mi ofrenda en el banco donde la soberana
suele sentarse. Anoche mismo me atreví, compadécete, hermano, á colocar
un billete entre las flores. Para llegar hasta ese banco es preciso
franquear el muro, y en su parte superior me hieren las puntas de
hierro que se suelen poner en las cercas. Algún día me dejaré allí el
corazón y las entrañas. Ignoro si encuentra mis flores y mi carta; pero
con todo esto, ya ves que soy un insensato.
D. CÉSAR.--¡Diablo! tu aventura no deja de ser peligrosa. Ten cuidado,
porque el conde de Oñate, que la ama también, la vigila, en calidad de
mayordomo y de enamorado. Podría suceder que una noche, algún guarda
poco dormilón, te clavase la partesana antes de marchitarse tu ramo.
¡Vaya una ocurrencia, amar á la reina! ¿Cómo diablos has podido llegar
á este caso?
RUY BLAS (_con arrebato_).--¿Lo sé yo por ventura? ¡Oh! daría mi alma
al demonio por ser sólo durante una hora uno de esos jóvenes señores
que desde la ventana veo en este instante, y que cual viva afrenta para
mí, entran luciendo la pluma en el sombrero y altiva la frente. Sí, me
condenaría sólo para que me fuese dado arrojar esta librea y poder
acercarme á la reina, como ellos, con un traje semejante al suyo. Pero,
¡oh rabia, estar junto á ella y no ser á sus ojos más que un lacayo!
¡Tened compasión de mí, Dios mío! (_Acercándose á D. César._) Ahora
recuerdo que me preguntabas por qué la amo así y desde cuándo... Cierto
día... pero ¿á qué recordarlo? Es verdad; siempre te conocí esa manía
de preguntar ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo? Pero la sangre me hierve en las
venas, y sólo podría decirte que la amo locamente.
D. CÉSAR.--Cálmate.
RUY BLAS (_cayendo desfallecido y pálido en un sillón_).--Sufro mucho,
hermano; dispénsame, ó más bien huye de este pobre loco, que con
espanto siente bajo su librea de lacayo las pasiones de un rey.
D. CÉSAR (_poniéndole la mano sobre el hombro_).--¡Yo huir de ti; yo
que no he sufrido porque nunca amé á nadie; yo, pobre cascabel que ya
no suena, pobre mendigo del amor, á quien de vez en cuando arroja una
limosna el destino; yo, que nada siento ya en el corazón, pareciéndome
que el alma se ha retirado de mi cuerpo! ¿Por qué había de huir? Por
ese amor que en tus ojos rebosa te envidio, y á la vez te compadezco,
Ruy Blas.
(_Momento de pausa: con las manos cogidas, los dos se miran con
expresión amistosa y de tristeza.--Entra D. Salustio y adelántase con
paso lento, fijando una mirada profunda en D. César y Ruy Blas, que
no le ven. En una mano lleva un sombrero y una espada, que al entrar
deposita en un sofá, y en la otra una bolsa, que pone sobre la mesa._)
D. SALUSTIO (_á D. César_).--He aquí el dinero.
(_Al oir la voz de D. Salustio, Ruy Blas se levanta como
sobresaltado, y permanece en pie, con la vista baja, en actitud
respetuosa._)
D. CÉSAR (_aparte, mirando á D. Salustio de reojo_).--El diablo me
lleve si ese tunante no escuchaba á la puerta. ¡Bah! al fin y al cabo,
poco importa. (_Á D. Salustio en voz alta._) Muchas gracias, primo.
(_Abre la bolsa, esparce el contenido en la mesa y revuelve con
alegría los ducados, colocándolos en pilas sobre el tapete de
terciopelo. Mientras los cuenta, D. Salustio se dirige al fondo del
teatro, volviendo la cabeza para ver si llama la atención de D.
César; abre la puertecilla de la derecha y á una señal salen tres
alguaciles armados con espadas y vestidos de negro. D. Salustio les
muestra misteriosamente á D. César. Ruy Blas permanece inmóvil, de
pie cerca de la mesa, sin ver ni oir nada._)
D. SALUSTIO (_en voz baja á los alguaciles_).--Cuando salga de
aquí ese hombre que cuenta el dinero, seguidle y apoderaos de él
silenciosamente, sin violencia. Después le conduciréis á Denia, y una
vez allí, embarcadle. (_Les entrega un pergamino sellado._) He aquí la
orden escrita de mi puño y letra. Sin prestar oído á sus quejas, le
venderéis, una vez en el mar, á los corsarios argelinos. Mil piastras
para vosotros si llenáis vuestro cometido pronto y bien.
(_Los tres alguaciles se inclinan y salen._)
D. CÉSAR (_acabando de arreglar los ducados_).--Nada es tan agradable y
divertido como hacer pilas de monedas cuando son nuestras. (_Hace dos
partes iguales y se vuelve á Ruy Blas._) Hermano, he aquí tu parte.
RUY BLAS.--¡Cómo!
D. CÉSAR (_mostrándole una de las dos pilas de oro_).--¡Tómala, vente y
sé libre!
D. SALUSTIO (_que los observa en el fondo_).--¡Diablo!
RUY BLAS (_moviendo la cabeza en señal de negativa_).--No; el corazón
es lo que quisiera tener libre; mi suerte está echada, y debo
permanecer aquí.
D. CÉSAR.--Bien, obra como te plazca. Sólo Dios sabe si tú eres el loco
y yo el sabio.
(_Recoge el dinero, lo echa en la bolsa y se la guarda._)
D. SALUSTIO (_en el fondo del teatro, aparte, y observando
siempre_).--Poco más ó menos el mismo rostro y el mismo aire.
D. CÉSAR (_á Ruy Blas_).--¡Adiós!
RUY BLAS.--Toca estos cinco.
(_Se estrechan la mano. D. César sale sin ver á D. Salustio, que
permanece retirado._)
ESCENA IV
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. SALUSTIO.--¡Ruy Blas!
RUY BLAS (_volviéndose vivamente_).--¿Señor?
D. SALUSTIO.--¿Era ya de día esta mañana cuando llegasteis?
RUY BLAS.--Aún no, señor; dí el pase al portero, y he subido.
D. SALUSTIO.--¿Llevabais capa?
RUY BLAS.--Sí, señor.
D. SALUSTIO.--En ese caso, nadie os habrá visto aún esa librea en
palacio.
RUY BLAS.--Ni tampoco en Madrid.
D. SALUSTIO (_señalando con el dedo la puerta por donde ha salido D.
César_).--Está muy bien. Id á cerrar la puerta y quitaos ese traje.
(_Ruy Blas se despoja de su librea y arrójala en un sillón._) Me parece
que tenéis muy buen carácter de letra. Escribid. (_Hace seña á Ruy Blas
para que se siente á la mesa, donde hay plumas y tinteros. Ruy Blas
obedece._) Hoy vais á servirme de secretario. Nada os ocultaré. Por
lo pronto un billete de amor para la reina de mi corazón, para doña
Elvira, esa sirena que debe haber caído del paraíso. Voy á dictaros.
«Un peligro terrible me amenaza en este momento; sólo mi reina puede
conjurar la tempestad, viniendo á buscarme esta noche á casa. De lo
contrario estoy perdido. Pongo á vuestras plantas mi vida y mi corazón
y os beso los pies.» (_Riendo._) ¡Un peligro! El recurso es hábil para
atraerla á mi casa. ¡Oh! yo soy experto. Á las mujeres les agrada
mucho salvar á quien las pierde.--Añadid: «Por la puerta que hay en lo
último de la Alameda podréis entrar sin ser reconocida; una persona de
confianza os abrirá.» Perfectamente. ¡Ah! firmad.
D. SALUSTIO.--¿Vuestro nombre?
D. SALUSTIO.--No. Firmad _César_; es mi nombre de guerra.
RUY BLAS (_después de haber obedecido_).--La dama no reconocerá la
escritura.
D. SALUSTIO.--¡Bah! el sello basta; con frecuencia lo hago de este
modo. Ruy Blas, yo parto esta noche y os dejo aquí. Tengo proyectos
muy favorables respecto á vos; vais á cambiar de situación, pero
es necesario que me obedezcáis en todo. Como vos sois un servidor
discreto, fiel y reservado...
RUY BLAS (_inclinándose_).--Señor...
D. SALUSTIO (_continuando_).--Quiero mejorar vuestra suerte.
RUY BLAS (_mostrando el billete que acaba de escribir_).--¿Á dónde se
ha de dirigir esa carta?
D. SALUSTIO.--Yo me encargo de ello. (_Acercándose á Ruy Blas con aire
significativo._) Quiero haceros feliz. (_Síguese una pausa. D. Salustio
hace seña á Ruy Blas para que vuelva á sentarse á la mesa._) Escribid:
«Yo, Ruy Blas, lacayo de su excelencia el marqués de Finlas, me obligo
á servirle como fiel criado en toda ocasión secreta ó pública.» (_Ruy
Blas obedece._) Firmad con vuestro nombre; ahora la fecha; está bien;
dadme. (_Dobla el billete y el papel en que Ruy Blas acaba de escribir,
y los guarda en su cartera._) Acaban de traerme una espada. ¡Ah! vedla
allí. (_Señala el sofá, en el que ha puesto la espada y el sombrero, y
coge estos objetos._) El tahalí es de seda, recamada á la última moda.
(_Haciendo admirar la flexibilidad del tejido._) Tocadla, Ruy Blas.
¿Qué os parece esa flor? La empuñadura es de Gil, el famoso cincelador,
el que mejor sabe formar, al gusto de las bellas, una caja de pastillas
en el pomo. (_Pasa el tahalí por el cuello de Ruy Blas sin quitar la
espada._) Dejadla; quiero ver si os sienta bien. ¡Cáspita! parecéis así
todo un caballero. (_Escuchando._) Alguien viene... Sí. Se acerca la
hora de pasar la Reina. ¡El marqués del Basto!
(_La puerta del fondo que da á la galería se abre. D. Salustio se
despoja del ferreruelo y arrójale vivamente sobre los hombros de Ruy
Blas, en el momento de aparecer el marqués del Basto. Después se
dirige á este último, llevando consigo á Ruy Blas, mudo de asombro._)
ESCENA V
D. SALUSTIO, RUY BLAS, EL MARQUÉS DEL BASTO, EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ,
EL DUQUE DE ALBA, y después toda la corte
D. SALUSTIO (_al marqués del Basto_).--Permitidme, marqués, que os
presente á mi primo D. César.
RUY BLAS (_aparte_).--¡Cielos!
D. SALUSTIO (_á Ruy Blas en voz baja_).--¡Callaos!
EL MARQUÉS DEL BASTO (_saludando á Ruy Blas_).--Caballero, celebro
mucho...
(_Le toma la mano, que Ruy Blas le presenta con cierta cortedad._)
D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--Dejadme hacer y saludad.
(_Ruy Blas saluda al marqués._)
EL MARQUÉS DEL BASTO (_á Ruy Blas_).--Apreciaba mucho á vuestra madre.
(_En voz baja á D. Salustio, mostrándole á Ruy Blas._) Está muy
cambiado; apenas le hubiera reconocido.
D. SALUSTIO (_al marqués_).--¡Diez años de ausencia!
EL MARQUÉS DEL BASTO.--¡Verdad es!
D. SALUSTIO (_golpeando en el hombro de Ruy Blas_).--¡Hele aquí de
vuelta! ¿Recordáis, marqués, qué pródigo era, y cómo despilfarraba sus
escudos? Todas las noches en bailes y fiestas; siempre luciendo galas
en festines y reuniones; con su fasto y su lujo deslumbraba á Madrid,
pero á los tres años se arruinó. Ahora llega de la India.
RUY BLAS.--Señor...
D. SALUSTIO (_alegremente_).--Llamadme primo, puesto que nos une
este parentesco. Los Bazanes somos buenos caballeros. Tenemos por
antecesor á don Íñigo de Ibiza; su nieto, Pedro de Bazán, casó con
Mariana de Gor, de quien nació Juan, que fué almirante en tiempo del
rey D. Felipe; Juan tuvo dos hijos, que en nuestro árbol genealógico
han dejado dos blasones. Yo soy el marqués de Finlas, y vos el conde
Garofa. Tanto valemos el uno como el otro, César; por parte de las
madres, tenemos igual jerarquía, sólo que vos sois de Aragón y yo de
Portugal. Vuestra rama no es menos noble que la nuestra; yo soy fruto
de la una, y vos, flor de la otra.
RUY BLAS (_aparte_).--¿Á dónde me llevará?
(_Mientras que D. Salustio hablaba, el marqués de Santa Cruz, D.
Álvaro de Bazán y Benavides, anciano de bigote blanco, que lleva una
gran peluca, se ha aproximado á ellos._)
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_á D. Salustio_).--Os explicáis con claridad;
pero si es primo vuestro también lo es mío.
D. SALUSTIO.--Es verdad, pues tenemos el mismo origen, marqués. (_Le
presenta á Ruy Blas._) Don César.
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--Imagino que no es el que creían muerto.
D. SALUSTIO.--Sí tal; el mismo.
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--¿Conque ahora ha vuelto?...
D. SALUSTIO.--De las Indias.
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_examinando á Ruy Blas_).--En efecto, es el
mismo.
D. SALUSTIO.--¿Le reconocéis?
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--¡Pardiez! como que le he visto nacer.
D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--El buen hombre está ciego, y
sólo os reconoce para hacer creer que no lo es.
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_ofreciendo la mano á Ruy Blas_).--Venga esa
mano, primo.
RUY BLAS (_inclinándose_).--¡Señor!
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--Me complace mucho veros.
D. SALUSTIO (_en voz baja al marqués y aparte_).--Voy á pagar sus
deudas; vos podréis servirle en el cargo que desempeñáis: si en la
corte vacase algún cargo, cerca del rey ó de la reina...
EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_en voz baja_).--Es un joven encantador, y
pensaré en ello. Además, pertenece á la familia.
D. SALUSTIO (_en voz baja_).--Tenéis mucha influencia en el Consejo
de Castilla, y por lo tanto os le recomiendo. (_Sepárase del marqués
de Santa Cruz y se dirige á otros señores, á los que presenta á Ruy
Blas; entre ellos está el duque de Alba, que luce un traje magnífico.
D. Salustio le presenta á Ruy Blas._) Mi primo César, conde de
Garofa. (_Los nobles cambian graves saludos con Ruy Blas, siempre
sobrecogido._) (_Al conde de Ribagorza._) Ayer no estabais en el baile
de Atalante; Lindamira bailó muy bien. (_Se extasía contemplando el
jubón del duque de Alba._) Magnífico justillo lleváis, duque.
EL DUQUE DE ALBA.--Otro más hermoso tenía, de seda rosa galoneado de
oro, pero ese bribón de Matalobos me le ha robado.
UN HUJIER DE LA CORTE (_en el fondo del teatro_).--La Reina se
aproxima; tomad puesto, señores.
(_Las grandes cortinas de la galería de cristales se abren, y
los señores se escalonan cerca de la puerta, mientras forman los
guardias. Ruy Blas, anhelante y fuera de sí, refúgiase en el
proscenio, á donde le sigue D. Salustio._)
D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--¿Es posible que cuando la
fortuna os sonríe, disminuya vuestro espíritu? Volved en vos, Ruy Blas.
Yo marcho de Madrid; os dejo mi pequeña casa con los criados mudos;
nada quiero guardar sino las llaves secretas; muy pronto recibiréis
instrucciones. Haced mi voluntad, y yo me encargaré de vuestra fortuna.
Elevaos sin temer nada, pues la ocasión es propicia. La corte es un
país donde se anda sin ver claro; pero yo os conduciré; yo me encargo
de ver por vos.
(_Aparecen otros guardias en el fondo del teatro._)
EL HUJIER (_en alta voz_).--¡La Reina!
RUY BLAS (_aparte_).--¡Ah! ¡La Reina!
(_La Reina, magníficamente vestida, aparece rodeada de damas y pajes
bajo un dosel de terciopelo escarlata, conducido por cuatro gentiles
hombres. Ruy Blas, despavorido, parece quedar absorto ante aquella
resplandeciente visión. Todos los grandes de España se cubren. D.
Salustio se dirige rápidamente hacia el sillón en que se halla su
sombrero y se lo lleva á Ruy Blas._)
D. SALUSTIO (_á Ruy Blas, poniéndole el sombrero en la cabeza_).--¿Qué
tenéis, primo? ¡Cubríos; sois grande de España!
RUY BLAS (_aturdido, en voz baja á D. Salustio_).--¿Y qué más ordenáis,
señor?
D. SALUSTIO (_mostrándole á la Reina, que cruza lentamente por la
galería_).--Que hagáis lo posible por agradar á esa mujer y ser su
amante.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO II
LA REINA DE ESPAÑA
Salón contiguo á la cámara de la reina; á la izquierda una puertecilla
de comunicación, y á la derecha otra que conduce á las habitaciones
exteriores. En el fondo grandes ventanas abiertas. Es la tarde de
un hermoso día de verano. Mesa grande, sillones; la imagen de una
Santa, con un rico marco, adornan una de las paredes: es «Santa María
Esclava». En el lado opuesto una imagen de la Virgen, iluminada por la
luz de una lámpara de oro; más allá un retrato de cuerpo entero del rey
Carlos II.
Al levantarse el telón, la reina doña María de Neuburgo está sentada en
un extremo junto á una de sus damas, joven y hermosa. La reina viste
de blanco, con falda de tejido de plata. Está bordando y se interrumpe
á intervalos para hablar. En el lado opuesto, sentada en un sillón,
doña Juana de la Cueva, duquesa de Alburquerque, camarista mayor, con
su labor en la mano; es una anciana vestida de negro. Cerca de ella,
varias dueñas, sentadas á una mesa, trabajan también. En el fondo está
D. Guritán, conde de Oñate, mayordomo, alto, enjuto, con bigote gris;
es hombre de unos cincuenta años y tiene aspecto de militar veterano,
aunque viste con exagerada elegancia y lleva cintas hasta en los
zapatos.
ESCENA I
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, D. GURITÁN, CASILDA, dueñas
LA REINA.--¡Por fin ha marchado! Debería estar tranquila y no lo estoy,
porque ese marqués de Finlas me preocupa; estoy segura que me odia.
CASILDA.--¿No se le ha desterrado según vuestro deseo?
LA REINA.--Ese hombre me aborrece.
CASILDA.--Vuestra Majestad...
LA REINA.--Te aseguro, Casilda, que ese marqués es para mí como el
ángel malo. La víspera del día en que debía marchar, se presentó como
de costumbre durante el besamanos. Todos los nobles se adelantaban en
fila hacia el trono para cumplir con la etiqueta; mientras que yo,
triste y tranquila, miraba vagamente la pared que en el salón oscuro
representa una gran batalla. De repente, al fijar mi vista en la mesa,
divisé á ese hombre temible, que se adelantaba hacia mí, y desde aquel
momento, sólo él me llamó la atención. Adelantábase lentamente, con
la mano apoyada en la daga, de la cual veía á intervalos la brillante
hoja; estaba grave, y su mirada de fuego me imponía; se inclinó y sentí
sobre mi mano su boca de serpiente.
CASILDA.--Cumplía con su deber de caballero.
LA REINA.--Sus labios no eran como los demás. No he vuelto á verle,
pero desde ese día pienso en él á menudo, aunque otras cosas me
preocupan. Paréceme que el infierno está en el alma de ese hombre,
ante el cual no soy más que una mujer, y no una reina. En mis sueños
encuentro en mi camino á ese demonio, que me besa la mano; y veo
brillar el odio en sus miradas, que como un veneno mortal hielan la
sangre en mis venas, haciéndome estremecer. ¿Qué dices á esto?
CASILDA.--¡Puras visiones, señora!
LA REINA.--Á decir verdad, otros cuidados tengo más serios. (_Aparte._)
¡Oh! lo que más me atormenta debo ocultar. (_Á Casilda._) Dime ¿qué hay
de esos mendigos, que no osaban acercarse?...
CASILDA (_dirigiéndose á la ventana_).--Aún están ahí, señora.
LA REINA.--Toma, échales mi bolsa...
(_Casilda toma la bolsa y arrójala por la ventana._)
CASILDA.--¡Oh! señora, vos que hacéis tantas limosnas con tal bondad,
¿no haréis ninguna al conde de Oñate, aunque sólo sea diciéndole una
palabra? (_Mostrando á la Reina á D. Guritán, que de pie y silencioso
en el fondo de la cámara, fija en aquella miradas de muda adoración._)
Es un pobre viejo enamorado, que tiene la piel tan dura como tierno el
corazón.
LA REINA.--Ese hombre me molesta.
CASILDA.--Convengo en ello; pero decidle algo.
LA REINA (_volviéndose á D. Guritán_).--Buenos días, conde.
(_D. Guritán se aproxima, haciendo tres reverencias, y suspirando
besa la mano de la Reina, que se muestra indiferente y distraída.
Después vuelve á su sitio._)
D. GURITÁN (_retirándose, en voz baja á Casilda_).--La Reina está
encantadora hoy.
CASILDA (_mirándole cuando se aleja_).--¡Pobre ganso! Permanece inmóvil
junto al agua que le tienta, y si después de esperar todo un día se
le dirige una palabra, con frecuencia una frase indiferente, retírase
contento y satisfecho.
LA REINA (_con triste sonrisa_).--¡Cállate!
CASILDA.--Para ser feliz le basta veros; para él es toda una dicha
ver á la Reina. (_Extasiándose al divisar una caja colocada sobre un
velador._)--¡Oh! ¡qué caja tan preciosa!
LA REINA.--Aquí tienes la llave.
CASILDA.--Esta madera de sándalo es exquisita.
LA REINA (_presentándole la llave_).--Ábrela y mira. Son reliquias
que me propongo enviar á mi padre, porque sé que le agradarán mucho.
(_Queda meditabunda un momento, y después interrumpe vivamente sus
impresiones. Aparte._) Quisiera desechar de mi mente lo que pienso. (_Á
Casilda._) Vé á buscar un libro en mi cámara... ¡Estoy loca! no hay uno
solo alemán; todos son españoles. Y el rey, de caza, siempre ausente.
¡Ah! ¡qué aburrimiento! En seis meses he pasado sólo doce días junto á
él.
CASILDA.--¡Casarse con un rey para vivir así!
(_La Reina se entrega otra vez á su meditación, arrancándose al fin
de ella como por un esfuerzo._)
LA REINA.--¡Quiero salir!
(_Al oir estas palabras, pronunciadas imperiosamente, la duquesa
de Alburquerque, que hasta entonces ha permanecido inmóvil en su
sillón, levanta la cabeza, se pone después en pie y hace una profunda
cortesía á la Reina._)
LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE (_con voz breve y dura_).--Para que la Reina
salga es preciso, según el ceremonial, que un grande de España, aquel á
quien se concede este derecho, abra todas las puertas; y ahora no hay
tal vez ninguno en el alcázar.
LA REINA.--¡Pero esto es encerrarme! ¿Quieren matarme, Duquesa?
LA DUQUESA (_haciendo otra reverencia_).--Soy camarista mayor, y cumplo
con mi deber.
(_Vuelve á sentarse._)
LA REINA (_Ocultando la cabeza entre sus manos, con
desesperación.--Aparte._)--¿Será preciso volver á mis meditaciones?
¡No! (_En voz alta._) ¡Pronto, traed aquí las cartas para jugar al
sacanete, y vengan todas mis damas!
LA DUQUESA (_á las dueñas_).--No os mováis, señoras. (_Levantándose y
saludando de nuevo á la Reina._) Según antiguo uso, Vuestra Majestad no
puede jugar sino con reyes, ó deudos del soberano.
LA REINA (_con enojo_).--¡Pues bien, haced que vengan!
CASILDA (_aparte, mirando á la Duquesa_).--¡Ah! ¡dueña gruñona!
LA DUQUESA (_persignándose_).--Dios no se los ha concedido, señora, al
soberano que gobierna. La reina madre ha muerto, y ahora está solo.
LA REINA.--¡Pues que me sirvan una colación!
CASILDA.--¡Qué divertido es esto!
LA REINA.--Casilda, te invito.
CASILDA (_aparte, mirando á la camarista_).--¡Oh, respetable abuela!
LA DUQUESA (_haciendo una reverencia_).--Cuando el rey no está aquí, la
reina come sola.
(_Vuelve á sentarse._)
LA REINA (_exasperada_).--¡Dios mío! ¿Qué podré hacer que permitido
sea? Ni salir, ni jugar, ni comer cuando se me antoja. Desde hace un
año que soy reina, me estoy muriendo.
CASILDA (_aparte, mirándola con aire compasivo_).--¡Pobre mujer,
condenada á pasar todos sus días presa del tedio, en esta corte
insípida, sin más distracción que la de contemplar el agua estancada
en un pantano, (_Mirando á D. Guritán, siempre inmóvil y de pie en el
fondo de la cámara._) y á un viejo enamorado, que sueña despierto!
LA REINA (_á Casilda_).--¿Qué hacer? Veamos, busca una idea.
CASILDA.--En ausencia del rey, vos sois quien gobierna: procurad
distraeros, llamando á los ministros.