Del mismo modo, y pasando de una cosa muy grande á otra pequeña, este

drama, cuyo sentido histórico acabamos de indicar, ofrecería un aspecto

muy distinto si se le considerase bajo un punto de vista mucho más

elevado aún, el punto puramente humano. Entonces, D. Salustio sería el

egoísmo absoluto, la inquietud sin reposo; D. César, su contrario, el

desinterés y la indiferencia; en Ruy Blas veríamos el genio y la pasión

comprimidos por la sociedad, lanzándose á tanta más altura cuanto mayor

es la compresión; y la reina, en fin, sería la virtud minada por el

tedio.

Bajo el punto de vista exclusivamente literario, el aspecto de este

pensamiento, titulado _Ruy Blas_, cambiaría de nuevo. Las tres formas

soberanas del arte podrían parecer personificadas y resumidas: D.

Salustio sería el drama, D. César la comedia, y Ruy Blas la tragedia:

el drama anuda la acción, la comedia le complica, y la tragedia le

corta.

Todos estos aspectos son verdaderos y exactos, pero ninguno de ellos

completo; la verdad absoluta no está sino en el conjunto de la obra. Si

cada cual encuentra lo que busca, el poeta habrá alcanzado su objeto,

aunque sin lisonjearse. El asunto filosófico de _Ruy Blas_ es el pueblo

aspirando á las regiones elevadas; el asunto humano es un hombre que

ama á una mujer; el asunto dramático es un lacayo que ama á una reina.

La multitud que todas las noches acude á ver esta obra, porque en

Francia la atención pública no deja nunca de fijarse en las tentativas

del ingenio, cualesquiera que sean, la multitud, repetimos, no ve en

_Ruy Blas_ más que este último asunto dramático, el lacayo; y tiene

razón.

Lo que acabamos de decir de _Ruy Blas_ nos parece evidente en las demás

obras. Las producciones respetables de los maestros tienen también la

notable particularidad de presentar al estudio más fases que las otras.

Tartufe hace reir á éstos y temblar á aquellos; Tartufe es la serpiente

doméstica, ó el hipócrita, ó la hipocresía; tan pronto es un hombre

como una idea. Otelo es para algunos un negro que ama á una blanca;

para otros un intruso que se enlaza con una patricia; para éstos, un

celoso; para aquellos, la personificación de los celos. Esta diversidad

de aspectos no altera en nada la unidad fundamental de la obra, pues ya

lo hemos dicho: hay mil ramas y un tronco único.

Si el autor de este libro ha insistido particularmente en la

significación histórica de _Ruy Blas_, es porque á su modo de ver, sólo

por el sentido histórico se relaciona esta producción con _Hernani_.

El hecho culminante de la nobleza manifiéstase en este drama, como

en _Ruy Blas_, junto al hecho culminante de la monarquía: sólo que

en _Hernani_, como la monarquía absoluta no está fundada todavía, la

nobleza lucha aún contra el rey, aquí con el orgullo, allá con el

acero, medio feudal y medio rebelde. En 1519, el noble vive lejos de

la corte, en la montaña, á manera de bandido, como Hernani, ó cual un

patriarca, como Ruy Gómez. Doscientos años más tarde todo ha cambiado:

los vasallos se han convertido en cortesanos; y si el noble comprende

la necesidad de ocultar su nombre, á causa de sus aventuras, no es para

escapar del rey, sino para sustraerse á sus acreedores; ya no se hace

bandido; conviértese en gitano. Harto se comprende que la monarquía

absoluta ha pasado durante largos años sobre esas nobles cabezas,

encorvando unas y aniquilando otras.

Y ahora, permítasenos la última observación: entre _Hernani_ y _Ruy

Blas_ transcurren dos siglos en España, dos grandes siglos, durante los

cuales ha sido dado á la descendencia de Carlos V dominar el mundo;

dos siglos que la Providencia, hecho notable, no quiso prolongar ni

una hora, pues aquel soberano nació en 1500 y Carlos II murió en

1700. En este último año, Luís XIV recogía la herencia de Carlos V,

como Napoleón, en 1800, la de Luís XIV. Esas grandes apariciones de

dinastías, que iluminan por momentos la historia, son para el autor

bello y melancólico espectáculo en el que con frecuencia fija sus

miradas, tratando á veces de llevar algo de ellas á sus obras. Por eso

ha querido iluminar á _Hernani_ con los rayos de la aurora, cubriendo á

_Ruy Blas_ con las tinieblas del crepúsculo. En _Hernani_ sale el sol

de la casa de Austria; en _Ruy Blas_ se pone.

París, 25 de Noviembre de 1838.

RUY BLAS

PERSONAJES

RUY BLAS.

DON SALUSTIO DE BAZÁN.

DON CÉSAR DE BAZÁN.

DON GURITÁN.

EL CONDE DE CAMPO-REAL.

EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.

EL MARQUÉS DEL BASTO.

EL DUQUE DE ALBA.

EL MARQUÉS DE PRIEGO.

DON MANUEL ARIAS.

MONTAZGO.

DON ANTONIO UBILLA.

COVADONGA.

GUDIEL.

UN LACAYO.

UN ALCALDE.

UN HUJIER.

UN ALGUACIL.

DOÑA MARÍA DE NEUBURGO, reina de España.

LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE.

CASILDA.

UNA DUEÑA.

UN PAJE.

DAMAS, CABALLEROS, CONSEJEROS, PAJES, DUEÑAS, ALGUACILES,

GUARDIAS Y HUJIERES.

Madrid, 169...

[Ilustración]

ACTO PRIMERO

DON SALUSTIO

El salón de Danae en el palacio real de Madrid. Mobiliario magnífico,

al gusto semi-flamenco de la época de Felipe IV. Á la izquierda,

ventana grande con marco dorado y cristales pequeños; á cada lado una

puertecilla que comunica con alguna habitación interior; en el fondo,

galería de cristales con puerta grande; esta galería atraviesa todo el

teatro, y está oculta por inmensos cortinajes. Una mesa, un sillón y

recado de escribir.

Don Salustio entra por la puertecilla de la izquierda, seguido de Ruy

Blas y de Gudiel, que lleva una maleta y algunos paquetes, como si

fuera de viaje. D. Salustio viste traje de terciopelo negro al estilo

de la corte de Carlos II, ostentando en el cuello el Toisón de oro;

lleva ferreruelo muy rico, de terciopelo claro, bordado de oro y con

forro negro de seda; espada con empuñadura de cazoleta, y sombrero con

plumas blancas. Gudiel viste también de negro, y lleva espada. Ruy Blas

va de lacayo: calzón corto, jubón pardo, galones de oro y la cabeza

descubierta. Sin espada.

ESCENA I

DON SALUSTIO DE BAZÁN, GUDIEL y RUY BLAS

D. SALUSTIO.--Ruy Blas, cerrad la puerta y abrid esa ventana. (_Ruy

Blas obedece, y á una señal de D. Salustio sale por la puerta del

fondo, mientras éste se dirige á la ventana._) Aún duermen todos aquí,

pero ya despunta el alba. (_Se vuelve bruscamente hacia Gudiel._) ¡Ah,

ha sido un rayo!... Sí, mi reinado ha concluído, Gudiel... ¡Estoy

en desgracia; me han expulsado! ¡Ah, perderlo todo en un día! La

aventura es aún secreta; no hables de ello. ¡Y todo por amoríos con

una doncella, harto impropios á mi edad, convengo en ello! ¡Seducida!

¡Vaya una desgracia! Porque esa muchacha es camarista de la reina y

vino con ella de Neuburgo, reclama contra mí; presenta á su hijo en

la cámara real; se me ordena casarme, rehuso y me destierran. ¡Sí, me

destierran! ¡He aquí el desenlace al cabo de veinte años de incesante

trabajo día y noche, de veinte años de ambición, después de haber sido

alcalde de casa y corte, cuyo nombre no pronunciaba nadie sin temor, y

jefe de la casa de Bazán! ¡Mi crédito, mi poderío, todo cuanto soñaba,

cargos, empleos, honores, todo se hunde en medio de las carcajadas de

la multitud!

GUDIEL.--Nadie lo sabe aún, señor.

D. SALUSTIO.--No, pero lo sabrán mañana, aunque afortunadamente ya

estaremos en camino. No quiero caer; desapareceré. (_Se desabrocha

violentamente el jubón._) Siempre me oprimes como si fuese una dama, y

yo me ahogo, amigo mío. (_Se sienta._) ¡Oh! quiero abrir un subterráneo

profundo y lóbrego sin que nadie lo eche de ver. ¡Desterrado!

(_Se levanta._)

GUDIEL.--¿De dónde viene el golpe, señor?

D. SALUSTIO.--De la Reina. ¡Oh! me vengaré, Gudiel. Tú que has sido mi

maestro, y que desde hace veinte años me ayudaste y serviste en las

cosas pasadas, bien sabes hasta dónde alcanzan mis proyectos en la

sombra, así como el hábil arquitecto conoce la profundidad del pozo

que socavó. Me marcho; quiero ir á Castilla, á mis dominios, y allí

meditaré mis planes. ¡Y todo esto por una muchacha! Ocúpate tú de los

preparativos del viaje, porque la cosa urge. Entre tanto, diré dos

palabras al individuo que ya sabes, aunque ignoro si me podrá servir.

Hasta la noche soy el amo aún, y te aseguro que me vengaré. No sé cómo,

pero ha de ser ruidosamente. Vamos, vé á ocuparte de los preparativos,

y despacha. Sobre todo, silencio. Tú marcharás conmigo. (_Gudiel saluda

y sale. D. Salustio llama._) ¡Ruy Blas!

(_Ruy Blas se presenta en la puerta del fondo._)

RUY BLAS.--¿Señor?

D. SALUSTIO.--Como ya no he de dormir más en palacio, es preciso dejar

las llaves y cerrar los postigos.

RUY BLAS (_inclinándose_).--Está bien, señor.

D. SALUSTIO.--Escucha: la Reina pasará por la galería cuando se dirija

á su cámara después de oir misa, de aquí á dos horas. Es preciso que

estés allí, Ruy Blas.

RUY BLAS.--No faltaré, señor.

D. SALUSTIO (_en la ventana_).--¿Ves aquel hombre que pasa por la plaza

y enseña á la guardia un papel? Sin decir palabra hazle señas para que

suba por la escalera secreta. (_Ruy Blas obedece; D. Salustio sigue

mostrándole la puertecilla de la derecha._) Antes de marcharte, mira si

se hallan en esa estancia los agentes de policía, y si están despiertos

los tres alguaciles de servicio.

RUY BLAS (_se dirige á la puerta, la entreabre y vuelve_).--Duermen,

señor.

D. SALUSTIO.--Habla en voz baja. Te necesitaré; no te alejes mucho, y

entre tanto vigila para que no nos molesten los importunos.

(_Entra D. César de Bazán: lleva el sombrero abollado, capa

andrajosa, que no deja ver de su traje sino las medias desarregladas

y los zapatos rotos, y espada de matón. En el momento de entrar, D.

César y Ruy Blas se miran y hacen á la vez un ademán de sorpresa._)

D. SALUSTIO (_aparte y observándolos_).--¡Se han mirado! ¿Si se

conocerán?

(_Ruy Blas sale._)

ESCENA II

D. SALUSTIO, D. CÉSAR

D. SALUSTIO.--¡Hola! ¿Ya estáis aquí, bandido?

D. CÉSAR.--Sí, primo; heme aquí.

D. SALUSTIO.--¡Fortuna es ver á semejante truhán!

D. CÉSAR (_saludando_).--Me complace...

D. SALUSTIO.--Caballero, conocemos vuestras trapisondas.

D. CÉSAR (_con aire risueño_).--¿Y os agradan?

D. SALUSTIO.--Sí, son muy meritorias. La otra noche, la víspera de

Pascua, robaron á D. Carlos de Mira; quitáronle su acero, de vaina

cincelada, y el coleto; pero como es caballero de Santiago, los

ladrones le dejaron la capa.

D. CÉSAR.--¡Santo cielo! ¿Y por qué?

D. SALUSTIO.--Porque lleva bordada en ella la cruz roja. Pero ¿qué os

parece la algarada?

D. CÉSAR.--¡Ah diablo! Digo que vivimos en un tiempo temible. ¿Qué será

de nosotros, Dios mío, si los ladrones se atreven con Santiago y hacen

con él de las suyas?

D. SALUSTIO.--¡Entre ellos estabais!

D. CÉSAR.--¡Pues bien, sí! Con ellos estaba, ya que es preciso hablar;

pero yo no toqué á vuestro don Carlos, y sólo dí algunos consejos.

D. SALUSTIO.--Aún hay más. Anoche, en la plaza Mayor, varios hombres de

mala traza que salían de un lupanar espantoso, atacaron de improviso á

la ronda. También estabais con ellos.

D. CÉSAR.--Primo mío, siempre tuve á menos atacar á los corchetes.

Cierto que estaba allí; pero mientras se distribuían las estocadas, yo

componía versos debajo de los arcos. Á decir verdad, se zurraron de lo

lindo.

D. SALUSTIO.--No es eso todo.

D. CÉSAR.--¿Qué más hay?

D. SALUSTIO.--Entre otros actos, se os acusa de haber abierto en

Francia, sin llave, con ayuda de vuestros compañeros, las cajas reales.

D. CÉSAR.--No digo que no. Francia es país enemigo.

D. SALUSTIO.--En Flandes encontrasteis á un tal Pablo Barthelemy, que

llegaba de Mons con el producto de los diezmos del clero, y sin reparo

alguno osasteis apoderaros de los fondos que conducía.

D. CÉSAR.--¿En Flandes? Puede ser muy bien, porque he viajado mucho.

¿Es eso todo?

D. SALUSTIO.--Don César, al rostro me sube el rubor de la vergüenza

cuando en vos pienso.

D. CÉSAR.--Bueno, dejadle que suba.

D. SALUSTIO.--Nuestra familia...

D. CÉSAR.--No hablemos de ella, porque en Madrid sólo vos conocéis mi

nombre.

D. SALUSTIO.--Una marquesa me decía hace poco, al salir de la iglesia:

«¿Quién es ese bandido que va por allí, mirando á todas partes con aire

arrogante, apoyada la mano en la cadera y el ojo avizor? ¿Quién es ese

hombre, más andrajoso que Job y más altivo que Braganza, que lleva

deshilachados los puños, la capa hecha girones, y en vez de la espada

de caballero una tizona de espadachín?»

D. CÉSAR (_dirigiendo una ojeada sobre su traje_).--Contestaríais que

era el buen Zafari.

D. SALUSTIO.--No; me sonrojé de vergüenza.

D. CÉSAR.--Pues la dama sonrió. Á mí me gusta mucho hacer reir á las

mujeres.

D. SALUSTIO.--No os acompañáis más que con infames espadachines.

D. CÉSAR.--¡Clérigos y estudiantes, humildes como corderos!

D. SALUSTIO.--Por todas partes se os ve con mujerzuelas.

D. CÉSAR.--¡Oh! son las diosas del amor, á las cuales rindo culto, y á

quienes compongo sonetos por la noche.

D. SALUSTIO.--En fin, ese Matalobos, ese ladrón que está asolando á

Madrid á pesar de nuestra policía, es también amigo vuestro.

D. CÉSAR.--Razonemos, si os place. Sin ese hombre, yo estaría desnudo,

lo cual no sería decente, primo mío. Una noche del mes de Diciembre,

viéndome en la calle casi sin ropa, se conmovió.--Al duque de Alba, ese

fatuo perfumado, le robaron, hace un mes, su hermoso jubón de seda...

D. SALUSTIO.--¿Y qué más?

D. CÉSAR.--Ahora le llevo yo; Matalobos tuvo á bien dármele.

D. SALUSTIO.--¡El jubón del duque! ¿Y no os avergonzáis?...

D. CÉSAR.--Nunca me avergonzaré de llevar tan buen jubón, ricamente

bordado, que me abriga en invierno y me hermosea en verano. Miradle,

está nuevo. (_Entreabre su capa y muestra un magnífico justillo de

seda de color de rosa bordado de oro._) He hallado en esta prenda un

centenar de billetes amorosos dirigidos al duque. Siempre pobre, y con

frecuencia enamorado, si en alguna calle entreveo una cocina, de la

cual se exhalan aromas suculentos, siéntome cerca, leo las cartitas del

duque, y así engaño á la vez el estómago y el amor.

D. SALUSTIO.--¡Don César!...

D. CÉSAR.--Primo mío, dejaos de reprensiones. Ciertamente soy un gran

señor, y deudo vuestro; me llamo don César, conde de Garofa; pero

véome reducido á la miseria. Yo era rico; tenía palacios, posesiones y

rentas; mas antes de cumplir los veinte años, todo me lo había comido,

y de mis cuantiosos bienes, verdaderos ó falsos, sólo me quedaba una

legión de acreedores que me acosaban sin cesar. No tenía más remedio

que huir y cambiar de nombre; y ahora no soy más que un alegre

compañero, llamado Zafari, á quien nadie puede comprometer excepto

vos. Vos no me dais un cuarto, ni tampoco os lo pido. Por la noche

duermo sobre la dura piedra, á la puerta de un palacio, teniendo por

techo la celeste bóveda; y así soy feliz, pues todo el mundo me cree en

la India, ó tal vez muerto. En la fuente más próxima apago la sed, y

después me paseo con aire arrogante. Mi palacio, donde en otro tiempo

voló mi dinero, pertenece ahora al nuncio Espínola; pero no importa.

Cuando por casualidad llego hasta allí, doy consejos á los operarios

del dueño, que se ocupan en esculpir un Baco sobre la puerta. Ahora ya

lo sabéis todo. Prestadme diez escudos.

D. SALUSTIO.--Escuchadme...

D. CÉSAR (_cruzándose de brazos_).--Veamos ahora vuestro estilo.

D. SALUSTIO.--Os he hecho venir para seros útil, César. Yo, poderoso

y sin hijos, veo con sentimiento que os arrastran al abismo, y quiero

libraros de él. Aunque indiferente á todo, sois desgraciado, y por lo

mismo me propongo pagar vuestras deudas, devolveros vuestros palacios,

introduciros en la corte para que volváis á ser un caballero, embeleso

de las damas. Desaparezca para siempre Zafari, y sustitúyale don César.

Quiero que de mi caja toméis cuanto os conviniere, sin temor, á manos

llenas, sin ocuparos del porvenir. Cuando se tienen parientes, preciso

es sostenerlos, César, y mostrarnos compasivos con nuestros deudos...

(_Mientras que D. Salustio habla, el rostro de D. César expresa

cada vez mayor asombro, alegría y confianza, y al fin no puede

reprimirse._)

D. CÉSAR.--Siempre habéis tenido un talento endiablado, y á fe mía que

sois muy elocuente. Continuad.

D. SALUSTIO.--César, no os impongo sino una condición... Voy á

explicarme. Por lo pronto tomad mi bolsa.

D. CÉSAR (_cogiendo la bolsa que está llena de oro_).--¡Ah! Esto es

magnífico.

D. SALUSTIO.--Y además voy á daros quinientos ducados.

D. CÉSAR (_deslumbrado_).--¡Marqués...!

D. SALUSTIO.--Desde hoy...

D. CÉSAR.--¡Pardiez! soy del todo vuestro en cuanto á las condiciones.

Mandad; mi espada está á vuestra disposición, y soy vuestro esclavo.

Si os place, hasta iré á cruzar el acero con Lucifer, rey de los

infiernos.

D. SALUSTIO.--No, no acepto vuestra espada; tengo mis razones para ello.

D. CÉSAR.--¿Qué deseáis entonces? Apenas tengo nada más que ofrecer.

D. SALUSTIO (_acercándose á él y bajando la voz_).--Vos conocéis, y en

esta ocasión es muy conveniente, á todos los perdidos de Madrid.

D. CÉSAR.--Me lisonjeáis, primo mío.

D. SALUSTIO.--Siempre os acompaña toda una cuadrilla, y en caso

necesario os sería fácil promover un motín. Todo esto podría servirnos.

D. CÉSAR (_soltando la carcajada_).--Á fe mía que estáis haciendo

un drama. ¿Qué parte me confiaréis en la obra? ¿Será el poema ó la

sinfonía? De todos modos mandad; pero mi fuerte es el sainete.

D. SALUSTIO.--Hablo á D. César, y no á Zafari. (_Bajando la voz cada

vez más._) Escucha. Necesito alguien que trabaje á mi lado en la

sombra, á fin de preparar un gran acontecimiento. Yo no soy perverso,

pero hay ocasiones en que el más delicado, desvergonzándose al fin,

ha de hacer cosas feas. Tú serás rico; para ello sólo te impongo por

condición que me ayudes en silencio á tender un lazo, una red oculta,

como hacen los cazadores por la noche; pero no para coger una avecilla.

Es preciso que por un plan bien combinado y terrible me sea dado

vengarme. Pienso que no serás escrupuloso...

D. CÉSAR.--¿Vengaros?

D. SALUSTIO.--Sí.

D. CÉSAR.--¿De quién?

D. SALUSTIO.--De una mujer.

D. CÉSAR (_irguiéndose y mirando á D. Salustio con altivez_).--¡Alto

ahí! no me digáis una palabra más. En este punto, voy á deciros, primo

mío, cuál es mi modo de pensar. Todo aquel que vil y traidoramente

se venga de una mujer débil cuando tiene derecho á llevar espada y

que nacido caballero, obra como alguacil, ese, aunque fuese el rey de

Castilla, aunque ciñera cien coronas, aunque se titulase conde y duque

ó marqués, y descendiera de la más noble familia, no será para mí más

que un vil y cobarde, á quien quisiera ver colgado de una horca en

castigo de su felonía.

D. SALUSTIO.--¡César!...

D. CÉSAR.--No añadáis una palabra; me ultrajáis. (_Arroja la bolsa á

los pies de D. Salustio._) Guardad vuestro secreto, y con él vuestro

dinero. ¡Ah! Comprendo la matanza, el robo y el saqueo; comprendo que

en noche oscura se asalte, hacha en mano, algún castillo, y que con

cien bandoleros se mate sin compasión; entonces todos hieren y gritan,

cual verdaderos bandidos; ojo por ojo, diente por diente, hombres

contra hombres. Comprendo todo esto; pero que se atraiga suavemente á

una mujer para aniquilarla, tendiendo á sus pies odioso lazo, á fin de

abusar tal vez de su honor; apoderarse de una pobre avecilla que canta

alegre, valiéndose de un medio infame... ¡Oh! ¡antes que llegar á esta

deshonra, antes que ser rico y poderoso á semejante precio, preferiría,

y aquí lo digo ante Dios, que ve mi alma, que un perro corroyese mi

cráneo clavado en la picota!

D. SALUSTIO.--Primo...

D. CÉSAR.--De vuestros beneficios no necesito disfrutar mientras

que halle agua en las fuentes, espacio libre en los campos, y en la

ciudad un ladrón que me vista en invierno. Á fe mía que olvidaré la

prosperidad pasada mientras pueda dormir tranquilo á la puerta de

vuestros soberbios palacios, sin temor de que me despierten. Adiós,

pues; Dios sabe cuál de los dos es el mejor. Con vuestros cortesanos

quedad, don Salustio, mientras yo vuelvo con mi canalla, con los lobos,

no con las serpientes.

D. SALUSTIO.--Un momento...

D. CÉSAR.--¡Vamos! abreviemos la entrevista; si tratáis de prenderme,

ordenadlo de una vez.

D. SALUSTIO.--Muy bien; creía, César, que estabais más endurecido; la

prueba ha sido buena, y favorable para vos. Estoy contento; venga esa

mano, os lo ruego.

D. CÉSAR.--¡Cómo!

D. SALUSTIO.--Todo esto no pasa de una broma. Cuanto he dicho ha sido

para probaros, y nada más.

D. CÉSAR.--Me hacéis soñar despierto. La mujer, esa trama, esa

venganza...

D. SALUSTIO.--¡Pura invención, sueños y quimeras!

D. CÉSAR.--¡Perfectamente! ¿Y el ofrecimiento de pagar mis deudas es

quimera también? ¿Es un sueño lo de los quinientos ducados?

D. SALUSTIO.--Voy á buscarlos ahora mismo.

(_Se dirige á la puerta del fondo, y hace seña á Ruy Blas para que se

quede._)

D. CÉSAR (_aparte, en el proscenio, y mirando á D. Salustio de

reojo_).--¡Hum! cara de traidor; cuando la boca dice sí, la mirada

parece decir: _veremos_.

D. SALUSTIO (_á Ruy Blas_).--Permaneced aquí, Ruy Blas. (_Á D. César._)

Vuelvo al punto.

(_Sale por la puertecilla de la izquierda, y apenas desaparece, D.

César y Ruy Blas corren el uno hacia el otro._)

ESCENA III

D. CÉSAR, RUY BLAS

D. CÉSAR.--Á fe mía que no me engañaba. ¡Tú aquí, Ruy Blas!

RUY BLAS.--¿Eres tú, Zafari? ¿Qué haces en este palacio?

D. CÉSAR.--Paso y me voy; así como al ave, agrádame el espacio. ¿Pero y

tú, qué significa esa librea, ese disfraz?

RUY BLAS (_con amargura_).--Más disfrazado estoy de otro modo.

D. CÉSAR.--¿Qué dices?

RUY BLAS.--Déjame estrecharte la mano como en aquel tiempo feliz de

libertad y de miseria en que vivía sin hogar, hambriento de día y

yerto de frío por la noche; pero independiente; aquel tiempo en que

me conociste, y en que yo era hombre aún. Ambos hijos del pueblo,

nos parecíamos tanto que nos tomaban por hermanos; cantábamos al

despuntar la aurora, y llegada la noche dormíamos uno junto á otro

bajo el estrellado cielo, compartiendo siempre lo que teníamos. Por

fin llegó la triste hora de nuestra separación; y al cabo de cuatro

años te encuentro otra vez, siempre el mismo, alegre como un muchacho,

libre como el gitano; siempre eres ese Zafari, rico en su pobreza, que

nada tuvo jamás, ni deseó cosa alguna. Pero yo ¡cuánto he cambiado,

hermano! Huérfano, alimentado de ciencia y orgullo en un colegio, en

vez de destinarme á simple obrero, hicieron de mí un soñador. Tú ya

sabes hasta qué punto llegaban mis aspiraciones de poeta, cuando te

burlabas de mis versos insensatos. Tenía yo no sé qué ambición en el

alma. ¿Para qué trabajar? Dirigíame hacia un objeto invisible; creíalo

todo verdadero, todo posible, y de la suerte lo esperaba todo. Por

otra parte, soy de aquellos que pasan sus días pensativos y ociosos,

contemplando algún palacio donde rebosan las riquezas, para ver entrar

y salir á las elegantes damas. Así me sucedió un día en que, hambriento

y moribundo, recogí el pan donde le encontré, en medio del ocio y la

ignominia. ¡Oh! cuando yo tenía veinte años confiaba en mi genio,

mientras me perdía, recorriendo descalzo los caminos y entregado á mis

meditaciones sobre la suerte de los humanos. Había trazado planes

sobre todo, una verdadera montaña de proyectos; condolíame la desgracia

de España, y, pobre de espíritu, pensé que el mundo necesitaba de mí.

Ya ves el resultado, amigo mío: ¡un lacayo!

D. CÉSAR.--Sí, ya lo sé; el hambre es puerta muy baja, y cuando se ha

de pasar por ella, el más grande es aquel que más se encorva; pero la

suerte tiene su flujo y reflujo. Espera.

RUY BLAS.--El marqués de Finlas es mi amo.

D. CÉSAR.--Ya le conozco. ¿Y vives en este palacio?

RUY BLAS.--No, esta mañana pisé el umbral por primera vez.

D. CÉSAR.--¿De veras? Tu amo, no obstante, debe habitar aquí á causa

del cargo que desempeña.

RUY BLAS.--Sí, porque la corte le necesita á cada momento; pero tiene

una casa desconocida, donde tal vez no ha entrado nunca en pleno día,

aunque sólo dista cien pasos del palacio; es modesta y misteriosa, y

en ella vivo yo. Por la puerta secreta, cuya llave sólo tiene mi amo,

el marqués entra á veces por la noche seguido de hombres enmascarados

que hablan en voz baja y se encierran, sin que nadie sepa lo que allí

sucede luego. Por compañeros tengo dos negros mudos que, ignorando mi

nombre, tal vez me toman por su amo.

D. CÉSAR.--Sí; allí recibe sin duda á sus espías, allí es donde tiende

sus emboscadas. Es un hombre profundo y poderoso.

RUY BLAS.--Ayer me dijo: «Es preciso que mañana estés en palacio antes

de rayar la aurora: entrarás por la verja dorada.» Al llegar me mandó

ponerme esta librea, que hoy llevo por primera vez.

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 13 / 19 段