LA ESMERALDA.--¡El sacerdote! ¡Dios mío, él es! ¡Esa es su frente de

hielo, esos sus ojos, que brillan como carbunclos; es el mismo, el que

me persigue sin tregua noche y día, el que ha dado muerte á mi Febo, á

mi amor! ¡Monstruo, yo te maldigo en esta hora suprema! Pero ¿qué te he

hecho? ¿Cuál es tu propósito? ¿Qué quieres de mí, vil asesino? ¿Es que

me aborreces tanto que tratas de atraerme hasta el borde de la tumba?

CLAUDIO FROLLO.--¡Es que te amo!

¡Sí, te amo! Será infame mi amor, pero raya en locura; es mi alma y

mi sangre. Sí, mírame á tus pies; te juro que prefiero tu tumba al

paraíso. ¡Compadécete de mí!... ¡Yo muero y tú me maldices!

LA ESMERALDA.--¡Me ama! ¡Qué horror! ¡Y estoy en poder de este demonio!

CLAUDIO FROLLO.--En mí ya no vive más que mi pasión y mi dolor.

¡Horrible desdicha! ¿Por qué extremas tu rigor? ¡Cuánto te amo! ¡Qué

espantosa noche!

LA ESMERALDA.--¡Oh instante supremo! ¡Tiembla, corazón mío! Ese

miserable me ama. ¡Qué noche de horrores!

CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--La siento estremecerse entre mis brazos.

¡Al fin ha llegado mi hora! Yo, que la he sepultado en las tinieblas,

la conduciré á la luz del sol; pero la muerte que de mí viene en pos no

la dejará sino para entregarla al amor.

LA ESMERALDA.--¡Dejadme por piedad! Muerto Febo, también yo debo

morir. Vuestro horrible amor me espanta, como al pájaro la mirada del

buitre.

CLAUDIO FROLLO.--No me rechaces; te amo y te conjuro á seguirme.

¡Piedad para mí, y para ti misma! ¡Huyamos! La ocasión es propicia.

LA ESMERALDA.--¡Vuestra proposición es una injuria!

CLAUDIO FROLLO.--¿Prefieres morir?

LA ESMERALDA.--Cuando el cuerpo muere, el alma queda libre.

CLAUDIO FROLLO.--¡Pero la muerte es horrible!

LA ESMERALDA.--¡Sellad el impuro labio! Comparada con vuestro amor, la

muerte es un bien.

CLAUDIO FROLLO.--¡Elige, elige entre la tumba ó mi amor!

(_Claudio Frollo cae á los pies de la Esmeralda, y ésta le rechaza._)

LA ESMERALDA.--¡Calla, infame asesino! Tu amor es una ofensa; prefiero

la tumba. ¡Maldito seas entre los malditos!

CLAUDIO FROLLO.--¡Tiembla! El cadalso te espera. Tú no sabes que en

mi alma germinan proyectos de sangre y fuego, que Satanás aplaude

en sus antros infernales. Pero no, yo te adoro; dame tu mano, y aún

podrás vivir. ¡Oh noche de emociones y de remordimientos! ¡Para mí las

lágrimas, para ti la muerte! Dime que me amas, y para ti brillará una

nueva aurora. ¡Ah! puesto que en vano te imploro, puesto que tu odio no

se aplaca ¡adiós! ¡Tras el día de mañana vendrá para ti la eterna noche!

LA ESMERALDA.--¡Véte, yo te aborrezco, vil sacerdote! Todavía están

manchadas tus manos con la sangre de tu víctima. ¡Oh noche de lágrimas

y de angustias! Basta ya de llanto; quiero morir. Hasta en la prisión

te resistiré, y en ella te maldigo. ¡Véte! tu crimen será tu castigo.

Febo y yo nos reuniremos en el cielo, y tú bajarás á los negros abismos.

(_Aparece un carcelero; Claudio Frollo le hace seña para que se lleve

á la Esmeralda y sale._)

ESCENA II

El atrio de Nuestra Señora; se ve la fachada de la iglesia; óyese ruido

de campanas

CUASIMODO.--Amo todo cuanto hay aquí, excepto á mí mismo: el aire que

circula y refresca mi frente; la fiel golondrina que anida en los

carcomidos aleros, las capillas con sus cruces; las rosas que florecen,

todo, en fin, lo que sonríe, menos yo, porque soy contrahecho y feo,

aunque no tengo envidia de otros. Acepto la vida tal como es, pues sé

que las penas y alegrías, las noches oscuras ó el cielo azul, todo

puede conducirme á Dios. Mi cuerpo es feo, pero tengo el alma hermosa;

soy un buen acero guardado en tosca vaina.

¡Campanas grandes y pequeñas, tocad! Confundid vuestros penetrantes

tañidos con vuestros sordos murmullos; cantad en las torrecillas y

zumbad en las torres; que os oiga yo noche y día. Con vuestro auxilio

las fiestas serán espléndidas; voltead rápidamente, agitando los aires,

que al oiros la gente estúpida acudirá ansiosa, cruzando los puentes.

¡Tocad sin tregua día y noche, que sin ruido no hay fiesta completa!

(_Se vuelve hacia la fachada de la iglesia._) ¡Veo la capilla enlutada!

¡Ay! ¿será que van á traer aquí á algún desgraciado? ¡Cielos, qué

horrible presentimiento!... ¡No, no quiero creerlo! (_Entran Claudio

Frollo y Clopin, sin ver á Cuasimodo._) Es mi amo... observemos. ¡Qué

sombrío viene! (_Se oculta en un ángulo oscuro del pórtico._)--¡Oh,

Santa Virgen, tomad mi vida, pero salvad mi alma!

ESCENA III

CUASIMODO (oculto), CLAUDIO FROLLO, CLOPIN

CLAUDIO FROLLO.--¿Conque Febo está en Monforte?

CLOPIN.--Sí, señor, y vive.

CLAUDIO FROLLO.--¡Con tal que no venga por aquí!

CLOPIN.--¡Bah! no hay cuidado; está demasiado débil aún para emprender

tan larga jornada; si viniese, su muerte sería segura, pues á cada paso

que diera se le volvería á abrir la herida. Nada temáis por ahora.

CLAUDIO FROLLO.--¡Ah, téngala por lo menos hoy en mi poder, para que

por mí viva ó muera! ¡Infierno, sólo por este día te doy toda la

eternidad! (_Á Clopin._) Pronto van á traer aquí á la gitana. Acuérdate

de todo; tú has de estar en la plaza con los tuyos.

CLOPIN.--Muy bien.

CLAUDIO FROLLO.--Permanecerás oculto en la sombra, y si yo grito: «Á

mí,» acudirás al punto.

CLOPIN.--Entendido.

CLAUDIO FROLLO.--Es preciso que haya bastante gente.

CLOPIN.--Bueno. Conque si vos gritáis «Á mí»...

CLAUDIO FROLLO.--Eso es.

CLOPIN.--Corro hacia ella y la arrebato de manos de los soldados...

CLAUDIO FROLLO.--Precisamente.

CLOPIN.--Y os la entrego.

CLAUDIO FROLLO.--Sí. Tal vez conseguiré ablandar su corazón. Confúndete

entre el gentío, y si logro mi objeto acudirás con los tuyos apenas

haga la señal.

CLOPIN.--Está bien, señor.

CLAUDIO FROLLO.--Permaneced siempre reunidos.

CLOPIN.--Así se hará.

CLAUDIO FROLLO.--Llevad ocultas vuestras armas á fin de no excitar

sospechas.

CLOPIN.--Seréis obedecido.

CLAUDIO FROLLO.--Pero si esa mujer comete la locura de no escuchar

mi voz, llévesela el diablo. Mas no, creo que no será así, y cuento

contigo para que me ayudes á realizar mi última esperanza.

CLOPIN.--No temáis, contad conmigo, y no dudo que se conseguirá el

objeto.

(_Salen ambos con precaución. El pueblo comienza á llenar la plaza._)

ESCENA IV

EL PUEBLO, CUASIMODO, después LA ESMERALDA y su acompañamiento, CLAUDIO

FROLLO, FEBO y CLOPIN. Sacerdotes, arqueros y ministros de justicia.

CLOPIN.--Acudamos todos á Nuestra Señora para ver á la joven que hoy ha

de morir, á la gitana que asesinó, según dicen, al capitán de arqueros

más gallardo de todo el reino. ¡Parece mentira que una mujer tan

hermosa sea tan cruel, y que su dulce mirada oculte un alma tan negra!

¡Es horrible!

¡Venid, corred todos á Nuestra Señora para ver á la joven que ha de

morir esta tarde!

(_Aumenta la multitud, óyense rumores y comienza la fúnebre comitiva

á desembocar en la plaza. Hileras de penitentes negros, estandartes

de la Misericordia, hachas, arqueros, gente de justicia y guardias.

Los soldados apartan la multitud y aparece Esmeralda en camisa, con

una cuerda al cuello, descalza y cubierta con un largo crespón negro.

Á su lado va un fraile con un crucifijo; detrás, los verdugos y la

escolta. Cuasimodo, apoyado en el estribo del pórtico, observa con

atención. En el momento en que la gitana llega ante la iglesia, óyese

en el interior de ésta un canto solemne y lejano: las puertas están

cerradas._)

CORO (_dentro de la iglesia_):

_Omnes fluctus fluminis_

_Transierunt super me_

_In imo voraginis_

_Ubi plorant animæ._

(_El canto se acerca lentamente y resuena al fin junto á las puertas,

que se abren de pronto, dejando ver el interior de la iglesia,

ocupado por una larga procesión de sacerdotes, precedidos de

estandarte. Claudio Frollo, con hábito sacerdotal, figura á la cabeza

y se dirige hacia la gitana._)

EL PUEBLO.--¡Viva hoy; muerta mañana! ¡Dulce Jesús, recibidla en

vuestro seno!

LA ESMERALDA.--Mi Febo me llama á la morada eterna, donde Dios nos

cobijará bajo sus alas. ¡Bendito sea mi cruel destino, pues en medio de

tanta desdicha, mi corazón quebrantado abriga todavía una esperanza!

¡Voy á morir para la tierra, pero renaceré en el cielo!

CLAUDIO FROLLO.--¡Morir tan joven y hermosa! ¡Ay de mí! el sacerdote

impuro está más condenado que ella, porque mi suplicio será eterno.

¡Pobre niña infeliz, cogida entre mis garras, vas á morir para el

mundo; mas yo he muerto para el cielo!

EL PUEBLO.--¡Es una infiel! El cielo que á todos llama, no la abrirá

sus puertas, y su suplicio será eterno. La parca inexorable la estrecha

entre sus brazos; ha muerto ya para el mundo, y para el cielo también.

[Ilustración: CORO.--_¡Venid, corred todos á Nuestra Señora...!_]

(_La procesión se aproxima; Claudio se acerca á la Esmeralda._)

LA ESMERALDA (_sobrecogida de terror_).--¡El sacerdote!

CLAUDIO FROLLO (_en voz baja_).--¡Sí, soy yo, que amo y te suplico! ¡Dí

una sola palabra, y aún podré salvarte! ¡Dime que me amas!

LA ESMERALDA.--¡Te aborrezco! ¡Véte!

CLAUDIO FROLLO.--¡Entonces muere! Ya iré á buscarte. (_Volviéndose

hacia la multitud._) ¡Pueblo, en este supremo instante entregamos esa

mujer al brazo secular! ¡Permita el cielo que hasta su pobre alma

llegue el soplo del Señor!

(_En el momento en que los agentes de justicia ponen mano sobre la

Esmeralda, Cuasimodo salta á la plaza, rechaza á los arqueros, coge á

la joven en sus brazos y precipítase en la iglesia._)

CUASIMODO.--¡Asilo, asilo, asilo!

EL PUEBLO.--¡Asilo, asilo, asilo! ¡Albricias, albricias! ¡Viva el buen

compañero! La condenada es del Señor; derribemos el cadalso, que el

Eterno la acogerá en su altar, librándola de la tumba. ¡Atrás, verdugos

y arqueros! La ley no puede traspasar esa sagrada barrera. Todo cambia

en la casa del Señor, donde los ángeles protegen á la condenada.

CLAUDIO FROLLO (_imponiendo silencio con un ademán_).--No creáis que

está libre; es egipcia, y Nuestra Señora no puede salvar más que á una

cristiana. Aunque el altar abrazasen, los paganos no podrían obtener

gracia. (_Á los agentes de justicia._) En nombre de Monseñor, obispo de

París, os entrego á esa mujer impura.

CUASIMODO (_á los arqueros_).--¡Juro defenderla! ¡No os acerquéis!

CLAUDIO FROLLO (_á los arqueros_).--¡Vaciláis! Obedeced al punto;

arrancad del santo lugar á esa gitana.

(_Los arqueros se adelantan. Cuasimodo se coloca entre ellos y la

Esmeralda._)

CUASIMODO.--¡Jamás!

(_Se oye el galope de un caballo, y una voz que grita_:)

--¡Deteneos!

(_La multitud se aparta._) (_Febo aparece á caballo, pálido,

anhelante, fatigado, como hombre que acaba de recorrer una larga

distancia._)

--¡Deteneos!

LA ESMERALDA.--¡Febo!

CLAUDIO FROLLO (_aparte y aterrado_).--¡La trama se descubre!

FEBO (_apeándose del caballo_).--¡Dios sea loado, á tiempo llego y al

fin respiro! ¡Esa mujer es inocente; he aquí mi asesino!

(_Señala á Claudio Frollo._)

TODOS.--¡Cielos, el sacerdote!

FEBO.--Ese es el único culpable, y lo probaré. ¡Que le prendan!

EL PUEBLO.--¡Oh sorpresa!

(_Los arqueros rodean á Claudio Frollo._)

CLAUDIO FROLLO.--¡Ah! ¡Dios es omnipotente!

LA ESMERALDA.--¡Febo!

FEBO.--¡Esmeralda!

(_Se abrazan._)

LA ESMERALDA.--¡Febo adorado, viviremos!

FEBO.--Tú vivirás.

LA ESMERALDA.--La felicidad nos sonríe.

EL PUEBLO.--¡Vivan los dos!

LA ESMERALDA.--¿Oyes esas alegres aclamaciones? Á tus pies recibe á la

humilde joven. ¡Cielos! palideces. ¿Qué tienes?

FEBO (_vacilando_).--¡Me muero! (_Le recibe en sus brazos; ansiedad en

la multitud._) Á cada paso que daba hacia ti, amada mía, abríase mi

herida, mal cerrada aún. Yo bajo á la tumba y te dejo á la luz del sol.

El destino te venga; voy á ver, pobre ángel mío, si el cielo me hace

olvidar tu amor. ¡Adiós!

(_Espira._)

LA ESMERALDA.--Febo muere; ¡en un instante todo cambia! (_Cae sobre su

cuerpo._) ¡Yo te sigo á la tumba!

CLAUDIO FROLLO.--¡Fatalidad!

EL PUEBLO.--¡Fatalidad!

[Ilustración]

RUY BLAS

Drama en 5 actos, con un prólogo del autor

[Ilustración]

PRÓLOGO

Tres clases de espectadores componen lo que se ha convenido en llamar

público: primera, las mujeres; segunda, los pensadores; y tercera, la

multitud propiamente dicha. Lo que esta última pide casi exclusivamente

en la obra dramática es la acción; lo que las mujeres quieren ante

todo es la pasión; y lo que más en particular buscan los pensadores

son los caracteres. Si se estudian atentamente esas tres clases de

espectadores, he aquí lo que se observa: la muchedumbre se enamora de

tal modo de la acción, que á ser necesario prescinde de los caracteres

y de las pasiones[1]; las mujeres, á quienes interesa por otra parte la

acción, quedan tan absortas por el desarrollo de las pasiones, que se

preocupan poco de los caracteres; y en cuanto á los pensadores, tienen

tal afición á ver caracteres, es decir hombres vivos en la escena,

que acogiendo con gusto la pasión como incidente natural en la obra

dramática, paréceles casi importuna la acción. En esto consiste que la

multitud pida sobre todo en el teatro sensaciones; la mujer, emociones;

el pensador, ideas: todos quieren un placer; estos, el de los ojos;

aquellos, el del corazón; los otros el del espíritu. Á esto se debe que

haya en nuestra escena tres clases de obras muy diferentes: una vulgar

é inferior, y las otras dos ilustres y superiores; pero todas tres

satisfacen una necesidad: el melodrama es para la multitud; para las

mujeres, la tragedia, que analiza la pasión; y para los pensadores, la

comedia, que pinta la humanidad.

[1] Es decir del estilo, pues si la acción puede expresarse en muchos

casos por ella misma, las pasiones y los caracteres, con muy pocas

excepciones, sólo se expresan por medio de la palabra; y la palabra

fija y no vaga es en el teatro el estilo.

Que el personaje hable como debe hablar, _sibi constet_, dice

Horacio. En esto consiste todo.

Digamos de paso que no pretendemos establecer aquí nada de riguroso,

y rogaremos al lector que introduzca de por sí las restricciones que

nuestro pensamiento pueda concebir. Las generalidades admiten siempre

excepciones: sabemos muy bien que la multitud es una gran cosa, en la

cual se encuentra todo, así el instinto de lo bello como el gusto á lo

mediano, así el amor á lo ideal, como la afición á lo común; también

sabemos que todo pensador completo ha de ser mujer en los puntos

delicados del corazón; y no ignoramos que, gracias á esa ley misteriosa

que une los sexos, así espiritual como físicamente, muy á menudo se

halla en la mujer un pensador. Sentado esto, y después de rogar de

nuevo al lector que no dé un sentido demasiado absoluto á las pocas

palabras que nos resta decir, continuemos.

Para todo hombre que se fije con detención en las tres clases de

espectadores de que acabamos de hablar, es evidente que todos tienen

razón: las mujeres, al pretender que se las conmueva; los pensadores

por querer que se les ilustre; y la multitud porque está en su derecho

al exigir que se la divierta. De esta evidencia se deduce la ley del

drama. En efecto, más allá de esa barrera de fuego que se llama la

rampa del teatro, la escena, y que separa el mundo verdadero del mundo

ideal, el objeto del drama es crear y hacer vivir, en las condiciones

combinadas del arte y de la naturaleza, caracteres diversos, es decir

hombres; crear en estos pasiones que desarrollan los unos y modifican

los otros; y por último, del choque de estos caracteres y pasiones

con las grandes leyes providenciales, hacer que surja la vida humana,

es decir acontecimientos grandes y pequeños, dolorosos, grotescos

ó terribles, que ofrezcan al corazón ese placer llamado interés, y

al espíritu la lección moral. Según vemos, el drama participa de la

tragedia por la expresión de las pasiones, y de la comedia por la

pintura de los caracteres; el drama, que es la tercera y grandiosa

forma del arte, comprende, estrecha y fecunda las dos primeras.

Corneille y Molière existirían independientemente uno de otro, si entre

ellos no estuviese Shakespeare, dando á Corneille la mano izquierda y á

Molière la derecha. De este modo, las dos electricidades opuestas de la

comedia y la tragedia chocan, y la chispa que se produce es el drama.

Al explicar, como los entiende y los ha indicado ya varias veces, el

principio, la ley y el objeto del drama, el autor no se oculta la

exigüidad de sus fuerzas y la limitación de su espíritu. Define aquí,

y no se suponga otra cosa, no lo que ha hecho, sino lo que ha querido

hacer, señalando lo que para él fué su punto de partida, y nada más.

Con pocas líneas hemos de encabezar este libro, pues fáltanos el

espacio para hacer las aclaraciones necesarias; y por lo tanto

permítasenos pasar sin transición desde las ideas generales expuestas,

y que á nuestro juicio dominan el arte si mantienen todas las

condiciones del ideal, á varias ideas particulares que el drama _Ruy

Blas_ podría despertar en los espíritus reflexivos.

Ante todo, y no considerando la cuestión más que por uno de sus lados,

bajo el punto de vista de la filosofía de la historia, ¿cuál es el

sentido de este drama?--Expliquémonos.

En el momento en que una monarquía está próxima á hundirse, se

pueden observar varios fenómenos: por lo pronto, la nobleza tiende á

disolverse, y cuando se disuelve, he aquí cómo se divide:

El trono vacila, la dinastía se extingue, la ley cae por tierra; la

unidad política queda socavada por los embates de la intriga; lo

más elevado de la sociedad se bastardea y degenera; así exterior

como interiormente, siéntese un desfallecimiento mortal; los grandes

intereses del Estado se pierden, subsistiendo sólo los pequeños, triste

espectáculo público; ya no hay policía, ni ejército, ni hacienda; y

todos adivinan que se acerca el fin. De aquí resulta en todos los

ánimos el tedio de la víspera, la inquietud del mañana, la desconfianza

general, el desaliento y el profundo disgusto. Como la enfermedad del

Estado ataca la cabeza, la aristocracia es la primera víctima. ¿Qué

sucede entonces con ella? Una parte de los nobles, la menos honrada

y generosa, permanece en la corte: todo será devorado, el tiempo

apremia, es preciso apresurarse para enriquecerse y aprovechar las

circunstancias. Cada cual piensa sólo en sí, y sin compadecer al país

realiza una pequeña fortuna particular en un rincón del infortunio

público. Después de ser cortesano ó ministro es preciso darse prisa

para alcanzar la felicidad y el poderío; y el que tiene talento se

prostituye y triunfa. Las órdenes del Estado, las dignidades, los

empleos, el dinero, todo se toma, todo se quiere y todo se saquea;

no se vive más que para satisfacer la ambición y la codicia; y

ocúltanse bajo mucha gravedad exterior los secretos desórdenes que

pueden engendrar las flaquezas humanas. Y como este género de vida,

en el cieno de las vanidades y de los goces del orgullo, tiene por

primera condición el olvido de todos los sentimientos naturales, al

fin se acaba por ser feroz. Cuando llega el día de la desgracia, en el

cortesano caído desarróllase algo monstruoso, y el hombre se convierte

en demonio.

La situación desesperada del reino impulsa á la otra mitad de la

nobleza, la más digna y mejor nacida, á seguir otro camino. Vuelve á

sus casas, á sus palacios, á sus castillos ó señoríos; disgústanle

los asuntos públicos, porque nada puede hacer; y aproximándose el fin

del mundo, no sabe qué partido tomar. Mas ¿para qué contristarse? Es

preciso aturdirse, cerrar los ojos, vivir, beber, amar y gozar. ¿Quién

sabe si vivirán un año más? Dicho esto, ó sólo pensado, el noble

toma la cosa á lo vivo; multiplica su servidumbre, compra caballos,

enriquece á mujeres, organiza fiestas, costea orgías, despilfarra,

vende, compra, hipoteca, empeña, devora, entrégase á los usureros, é

incendia su fortuna por los cuatro costados. El día menos pensado le

ocurre una desgracia; y es que, por más que la monarquía se encamine á

su ruina rápidamente, el noble llega antes á ella. Todo ha concluído,

todo se ha quemado; de aquella vida tan bella y brillante, ni siquiera

queda el humo; sólo se hallan cenizas. Olvidado y abandonado de todos,

excepto de sus acreedores, el pobre hidalgo se convierte entonces en lo

único que puede ser, en aventurero, espadachín, y algo gitano; húndese

y desaparece en la multitud, enorme masa, negra y sin brillo, que

hasta entonces apenas había entrevisto de lejos á sus pies. En ella se

sumerge y se refugia; ya no tiene oro, pero le queda el sol, riqueza de

aquellos que nada poseen. Ha vivido al principio en las altas regiones

de la sociedad; ahora se refugia en las más bajas y acomódase en ellas,

burlándose de algún pariente ambicioso y rico; se hace filósofo, y

compara á los ladrones con los cortesanos. Por lo demás, es bueno,

valeroso, leal é inteligente, mezcla singular de poeta, de mendigo y

de príncipe; se ríe de todos, é induce á sus compañeros á apalear á

los corchetes, como lo hacían en otro tiempo sus lacayos; pero sin

tomar parte en el asunto. En su persona se mezclan, no sin gracia, la

impudencia del marqués con la desvergüenza del gitano; manchado por

fuera, consérvase limpio interiormente; y nada tiene del caballero más

que el honor, que conserva en salvo, el nombre que oculta, y la espada

dispuesta.

Si el doble cuadro que acabamos de trazar es el que se ofrece á la

vista en la historia de todas las monarquías en un momento dado, en

España es donde se produjo particularmente de una manera notable á

fines del siglo XVII. Si el autor hubiese podido realizar esta parte

de su pensamiento, lo cual está muy lejos de suponer, la primera mitad

de la nobleza española en aquella época y en el presente drama se

resumiría en D. Salustio, y la otra mitad en D. César, ambos primos,

como conviene.

Se entiende que aquí, como en todas partes, al trazar este bosquejo de

la nobleza española hacia 1695, nos reservamos, por supuesto, hacer

raras y respetables excepciones.--Sentado esto, prosigamos.

Continuando el examen de esa monarquía y de su época, por debajo

de la nobleza así distribuída, y que hasta cierto punto se podría

personificar en los dos hombres citados, vemos agitarse en la sombra

algo grande, sombrío y desconocido.

Es el pueblo, que tiene el porvenir por suyo, sin poseer el presente;

es el pueblo huérfano, pobre, dotado de inteligencia y vigor, y que

hallándose muy bajo aspira á elevarse á las alturas, llevando en la

espalda el sello de la esclavitud y en el corazón las premeditaciones

del genio; es el pueblo, lacayo de los grandes señores, y enamorado,

en medio de su miseria y abyección, de la única figura que en esa

sociedad carcomida representa á sus ojos, en divina radiación, la

autoridad, la caridad y la fecundidad. El pueblo sería Ruy Blas.

Ahora bien, sobre esos tres hombres que, así considerados, harían vivir

y andar á la vista de los espectadores tres hechos, y en ellos toda la

monarquía española del siglo XVII; sobre esos tres hombres, repetimos,

descuella una casta y hermosa joven, una mujer, una reina. Desgraciada

como mujer, porque, aunque casada, es como si no tuviese esposo;

infeliz como reina, porque para ella no existe el rey; inclinada á sus

inferiores por piedad real y por instinto; y mirando abajo mientras que

Ruy Blas, el pueblo, mira hacia arriba.

Á los ojos del autor, y sin perjuicio de lo que los personajes

accesorios puedan prestar á la verdad del conjunto, esas cuatro

cabezas, así agrupadas, resumirían los principales caracteres que

presentaba á la vista del filósofo historiador la monarquía española

hace ciento cuarenta años. Á estas cuatro figuras podría agregarse, al

parecer, una quinta, la del rey Carlos II; pero así en la historia como

en el drama, este soberano no es una figura, sino una sombra.

Apresurémonos ahora á decir que lo que se acaba de leer no es la

explicación de _Ruy Blas_, y sí solamente uno de sus aspectos: es la

impresión particular que podría dejar este drama, si valiese la pena

estudiarle, en el espíritu grave y concienzudo que lo examinara, por

ejemplo bajo el punto de vista de la filosofía de la historia.

Pero por poco que este drama valga, tiene, como todas las cosas de este

mundo, otros varios aspectos, y se podría considerar de muy distintas

maneras, porque nos es dado tomar diversos puntos de vista de una

idea, lo mismo que de una montaña; esto depende del sitio donde el

observador se coloca. Permítasenos, sólo para aclarar nuestra idea,

una comparación por demás ambiciosa: el Mont Blanc, visto desde la

Croix-de-Fléchères, no parece el mismo cuando se mira desde Sallenches;

y no obstante, siempre es el Mont Blanc.

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 12 / 19 段