JOSHUA.--No podríais recorrer toda la Torre conmigo sin riesgo, y es
preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera.
JUANA.--¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (_Joshua sale._) ¡Oh! ¡qué
espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo habría sido
para Gilberto! (_Se arrodilla al pie de uno de los altares._) ¡Oh!
¡gracias; sois el Dios salvador! (_El paño del fondo se entreabre,
apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio, sin ver
á Juana._) ¡Dios mío, la Reina!
ESCENA II
JUANA, LA REINA
(_Juana se oprime contra el altar, y fija en la Reina una mirada de
estupor y de espanto._)
LA REINA (_permanece algunos instantes silenciosa en el proscenio, con
la mirada fija, pálido el rostro, y como absorta en sombría meditación;
al fin deja escapar un profundo suspiro_).--¡Oh, el pueblo! (_Pasea á
su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana._) ¿Quién está ahí? ¡Ah,
eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no temas nada. Ya
sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que no has
de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú
amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el
corazón así; ambas le amamos; somos hermanas.
JUANA.--Señora...
LA REINA.--Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su favor; todo lo
demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en masa,
todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está
triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos
de lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca,
mientras que maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado
y victorioso, manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas
de hombres que llenan las calles, profiriendo gritos de muerte y de
alegría: soberbio y todopoderoso, ese odio ilumina toda una ciudad
alrededor de un cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos
mujeres vestidas de luto en una tumba; el odio está allí! (_Separa
violentamente el paño blanco del fondo, que al desviarse deja ver un
balcón, por el cual se divisa, en una noche oscura, toda la ciudad de
Londres espléndidamente iluminada, como también lo está lo que se ve
de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo
deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario._) ¡Oh ciudad
infame, rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de
fiesta en la sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te
infunde pavor ¿no es verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa
multitud se burla cobardemente de nosotras, y que nos mira con sus cien
mil ojos de fuego, á nosotras, débiles mujeres abandonadas, perdidas y
solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana, reirse y gritar? ¡Oh, daría
la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres! ¡Cuánto daría por
trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar de fuego!
(_Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos y gritos confusos
que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!--La gran campana de
la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la
Reina profiere una carcajada terrible._)
JUANA.--¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os reís, señora?
LA REINA.--Sí, me río; y tú vas á reirte también; pero antes será
preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos solas,
y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (_Corre la cortina blanca
y vuelve._) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo
decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe
sangre. ¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes
reirte conmigo y estar tranquila. El hombre que se llevan, el hombre
que morirá, el que toman por Fabiano, no es él.
(_Se ríe._)
JUANA.--¡Que no es Fabiano!
LA REINA.--¡No!
JUANA.--¿Pues quién es?
LA REINA.--Es el otro.
JUANA.--¿Qué otro?
LA REINA.--Ya le conoces, es aquel obrero, aquel hombre... Pero ¿qué
importa?
JUANA (_temblando_).--¿Gilberto?
LA REINA.--Sí; ese es su nombre.
JUANA.--¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no es cierto! ¡Esto
sería demasiado horrible! Gilberto huyó.
LA REINA.--Sí, huía cuando le cogieron, y le han puesto en lugar de
Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el pueblo no
verá nada; no tengas cuidado.
JUANA (_profiriendo un grito espantoso_).--¡Ah, señora, aquel que yo
amo es Gilberto!
LA REINA.--¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me engañabas tú también?
¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien, qué me importa!
JUANA.--(_Desfallecida, á los pies de la Reina, solloza y se arrastra
de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran campana no
ha dejado de tocar durante esta escena._) ¡Señora, por compasión...
en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por los
ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es
mi vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora;
bien veis, sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa
conmigo. Lo que acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible,
que apenas sé cómo me queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis
suspender la ejecución al punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo
necesario para que se reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar
hasta mañana, y después veremos lo que se ha de hacer. No, no mováis
la cabeza; no hay peligro para vuestro Fabiano; yo me pondré en su
lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de ver por la noche;
pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto más
cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa
campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y
parece que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no
hay peligro alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no
os lo había dicho, porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras
hermosas manos. ¡Oh! dadme la orden para suspender la ejecución, pues
aún es tiempo, porque van muy despacio y hay mucho camino desde la
Torre al Mercado Viejo. El hombre del balcón me dijo que pasarían por
Charing-Cross, y como hay un camino más corto, un mensajero llegaría á
tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos! Suponed que yo soy
la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría.
¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar.
Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni
peligro para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que
yo digo?
LA REINA (_enternecida y levantando á Juana_).--Bien lo quisiera,
infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo
sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también
yo lloro! Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran
podido tomar otro para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es
demasiado conocido; se necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más
que ese á mano. Te explico esto para que comprendas bien. ¡Dios mío,
verdaderamente hay fatalidades que no se pueden evitar!
JUANA.--Os escucho, señora; yo también tendría muchas cosas que
deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la ejecución, para
que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar mejor. ¡Oh,
esa campana, siempre esa campana!
LA REINA.--Lo que tú quieres no es posible, Juana.
JUANA.--Sí, es posible. Un mensajero montado puede llegar á tiempo por
el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis que os
hablo con dulzura.
LA REINA.--Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á la Torre, destruiría
cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se halla aquí. Tú
tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar, y
comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en
Gilberto, Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído!
JUANA.--¡No, mientras esa campana resuene, no habrá concluído!
¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir así?
¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha,
el pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de
él, y aunque después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña,
y que aquel á quien conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero.
LA REINA.--¡Detente, miserable! (_La coge de un brazo y mírala
fijamente con aire amenazador._) ¡Ah, conque lo tomas así! ¡Soy buena,
lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande
como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí
tu amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á
pedirme cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de
cualquiera. ¡Cuidad de los vuestros!
JUANA.--¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna!
LA REINA.--¡Silencio!
JUANA.--No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea de que no es
Gilberto quien va á morir.
LA REINA.--¿Qué dices?
JUANA.--No lo sé; pero le he visto pasar con el velo negro, y paréceme
que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el corazón; creo
que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido así.
LA REINA.--¡Dios mío! eso que dices no deja de ser un absurdo, y sin
embargo, me espanta, porque has despertado una de las más secretas
inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por
mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano?
Maese Eneas es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard.
¡Dios quiera que no me hayan hecho una segunda traición los enemigos de
Fabiano! ¡Venga aquí alguno, pronto! (_Preséntanse dos carceleros._)
(_Al primero._) ¡Corred, y decid que se suspenda la ejecución: he aquí
mi anillo real! Se ha de ir al Mercado Viejo... ¿No dices que hay un
camino más corto, Juana?
JUANA.--Por el muelle.
LA REINA (_al carcelero_).--Por el muelle. ¡Toma un caballo, y á
escape! (_El carcelero sale._) (_Al segundo carcelero._) Corred
á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos calabozos de los
condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle aquí
al punto. (_Sale el carcelero._) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no
tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan
desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el
hombre tiempo de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada;
todo se perturba en mi espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será
por Gilberto ó por Fabiani?
JUANA.--La campana ha dejado de tocar.
LA REINA.--Porque el cortejo estará en el sitio de la ejecución; el
hombre no habrá tenido tiempo de llegar.
(_Óyese un cañonazo lejano._)
JUANA.--¡Cielos!
LA REINA.--Ahora sube al patíbulo. (_Segundo cañonazo._) Se arrodilla.
JUANA.--¡Esto es horrible!
(_Tercer cañonazo._)
LAS DOS.--¡Ah!...
LA REINA.--¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un instante sabremos
cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva!
JUANA.--¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (_Se corre la cortina del
fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de la mano._)
¡Gilberto!
(_Se precipita en sus brazos._)
LA REINA.--¿Y Fabiano?
SIMÓN RENARD.--Muerto.
LA REINA.--¡Muerto! ¿Quién ha osado?...
SIMÓN RENARD.--Yo; he salvado á la reina y á Inglaterra.
[Ilustración]
LA ESMERALDA
Libreto de ópera en 4 actos con un prefacio del autor
[Ilustración]
PREFACIO
Por si acaso alguno recordase una novela al escuchar una ópera, el
autor cree de su deber anunciar al público que para introducir en la
perspectiva particular de una escena lírica alguna cosa del drama
que sirve de base al libro titulado _Nuestra Señora de París_, ha
sido necesario modificar diversamente tan pronto la acción como los
caracteres. El de Febo de Châteaupers, por ejemplo, es uno de aquellos
que han debido alterarse, haciéndose necesario también otro desenlace.
Por lo demás, aunque el autor se haya desviado lo menos posible, y sólo
cuando la música lo exigía, de ciertas condiciones indispensables, á
su modo de ver, en toda obra pequeña ó grande, no entiende ofrecer
aquí á los lectores, ó mejor dicho á los oyentes, sino un bosquejo de
ópera más ó menos bien dispuesto para que la obra musical se sobreponga
felizmente, un _libreto_ puro y sencillo, cuya publicación se explica
por un uso imperioso. En esto no puede ver más que una trama de
aquellas que siempre ganarán ocultándose bajo ese rico y deslumbrador
bordado que llaman la música.
El autor supone, pues, si por casualidad se ocupan de este libreto, que
un opúsculo tan especial no se podría juzgar en ningún caso de por sí,
abstracción hecha de las necesidades musicales á que el poeta ha debido
someterse, y que en la ópera tienen siempre derecho de prevalecer.
Prescindiendo de todo lo demás, ruega con instancia al lector que no
vea en estas líneas sino lo que contienen, es decir, su pensamiento
personal en este libreto en particular, y no un desdén injusto y de
mal género á esa especie de poemas en general, y al establecimiento
magnífico en que se representan. El autor, que no es nada, recordaría,
en caso necesario, á los que ocupan más alta posición, que nadie tiene
derecho para despreciar, aunque fuese bajo el punto de vista literario,
una escena como ésta. No olvidemos que, sin contar los poetas, este
Real Teatro ha recibido en ciertas ocasiones ilustres visitantes.
En 1671 se representó con toda la pompa de la escena lírica una
tragedia-baile titulada «Psiquis», cuyo libreto era de dos autores: el
uno se llamaba Poquelin de Molière y el otro Pedro Corneille.
14 Noviembre 1835.
LA ESMERALDA
[Ilustración]
ACTO PRIMERO
La escena representa la Corte de los Milagros. Es de noche. Una
multitud de truhanes se entrega á ruidosas danzas. Mendigos y mendigas
en actitudes diversas y propias del oficio. El rey de la Truhanería
encima de un tonel. Fuegos, antorchas, hogueras. En el fondo y entre la
sombra, casas de mísero aspecto.
ESCENA I
CLAUDIO FROLLO, CLOPIN, luego LA ESMERALDA, después
CUASIMODO.--TRUHANES.
CORO DE TRUHANES.--¡Viva Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los
mendigos de París! ¡Trabajemos de noche cuando todos los gatos son
pardos! ¡Bailemos! ¡Comamos! ¡Burlémonos de las lluvias de Abril y del
ardiente sol de Julio!
Aprendamos á olfatear la espada del arquero para huir de ella, y el
saco de oro que lleva el viajero para hacerlo nuestro.
Iremos á bailar con los espíritus, á la claridad de la luna. ¡Viva
Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París!
CLAUDIO FROLLO (_aparte detrás de un pilar; lleva una ancha capa que
oculta sus hábitos sacerdotales_).--Los ayes de mi alma dolorida se
pierden entre el tumulto de esta infame bacanal. ¡Cuánto sufro! Jamás
lava tan ardiente como la que abrasa mi pecho ha circulado por la
chimenea de un volcán.
(_Entra Esmeralda bailando._)
CORO.--¡Aquí está! ¡Aquí está Esmeralda!
CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Es ella. ¡Sí! ¿Por qué cruel destino has
hecho tan hermosa á esa criatura, á esa criatura tan desgraciada?
(_Esmeralda llega hasta el centro del escenario. Los Truhanes forman
corro en torno suyo y dan muestras de admiración mientras ella
baila._)
[Ilustración: CORO.--_¡Baila, muchacha, baila!_]
LA ESMERALDA.--Soy la huérfana hija del dolor, que arroja flores en
vuestro camino. Mi delirante alegría encubre muchos suspiros; os
muestro mis sonrisas y oculto mis lágrimas. Bailo y canto como el
pajarillo salta y trina á orillas de un arroyo. Soy palma herida que
cae inerte á tierra. La noche de la tumba es el dosel de mi cuna.
CORO.--¡Baila, muchacha, baila! Tú suavizas nuestro áspero carácter.
Considéranos como tu familia y juega con nosotros como la golondrina
juguetea con las olas del mar. Esta es la pobre niña, hija de la
desgracia. Cuando centellea su mirada, desaparece el dolor. Todos nos
reímos para oir su canto. Desde lejos, parece, por lo graciosa, la
abeja que se columpia en el cáliz de una flor.
¡Baila, muchacha! Tú suavizas nuestro carácter. Considéranos como tu
familia y juega con nosotros.
CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Tiembla, muchacha! Los celos me devoran.
(_Trata de aproximarse á Esmeralda, que se aparta de él casi
con espanto. Entra la procesión del papa de los locos, llevando
antorchas, linternas y músicas. En medio del cortejo va Cuasimodo
sobre unas angarillas rodeado de luces y con la cabeza cubierta por
una mitra._)
CORO.--Saludad.
¡Saludad todos! Aquí tenéis al papa de los locos.
CLAUDIO FROLLO (_que al ver á Cuasimodo, se dirige hacia él con ademán
colérico_).--¡Cuasimodo! ¿Qué significa esta indigna mascarada? ¡Oh
profanación! ¡Aquí, Cuasimodo, aquí!
CUASIMODO.--¡Dios mío! ¡Qué oigo!
CLAUDIO FROLLO.--Que vengas aquí he dicho.
CUASIMODO (_bajando de las angarillas_).--Aquí estoy.
CLAUDIO FROLLO.--¡Sé anatema!
CUASIMODO.--¡Gran Dios! Es él.
CLAUDIO FROLLO.--¡Qué audacia!
CUASIMODO.--¡Horrible situación!
CLAUDIO FROLLO.--¡De rodillas, traidor!
CUASIMODO.--¡Perdón, señor!
CLAUDIO FROLLO.--El amo acaso podrá perdonarte; el sacerdote no.
CUASIMODO.--¡Perdón! ¡perdón!
(_Claudio Frollo arranca á Cuasimodo los burlescos ornamentos
pontificales de que va revestido y los pisotea. Los Truhanes, á
quienes dirige miradas de cólera Claudio, comienzan á murmurar y
forman en torno de éste varios grupos en actitud amenazadora._)
CORO.--¡Compañeros! Se atreve á amenazarnos en nuestra misma casa.
CUASIMODO.--¿Qué pretenden esos audaces ladrones? Amenazan á mi amo;
pero ya veremos quién lleva el gato al agua.
CLAUDIO FROLLO.--¡Raza impura de judíos y ladrones! ¡Os atrevéis á
amenazarme! ¡Pues ya veremos!
(_La cólera de los Truhanes estalla._)
CORO.--¡Basta, basta! ¡Muera el que turba nuestra fiesta! ¡Que pague
con la cabeza su atrevimiento! ¡Su resistencia será inútil!
CUASIMODO.--¡Deteneos! ¡No le toquéis, ó va á convertirse la fiesta en
sangriento combate!
CLAUDIO FROLLO.--Estoy intranquilo, pero no es por el peligro que puede
correr mi cabeza. (_Poniéndose la mano sobre el pecho._) ¡Aquí es donde
se libra un verdadero combate! ¡Aquí está la tempestad!
(_En el momento de llegar al colmo el furor de los Truhanes, aparece
en el fondo Clopin Trouillefou._)
CLOPIN.--¿Quién se atreve á atacar en esta infame madriguera, á mi
señor el Arcediano y á Cuasimodo, el campanero de Nuestra Señora?
LOS TRUHANES (_conteniéndose_).--¡Es Clopin! ¡Es nuestro rey!
CLOPIN.--¡Retiraos, miserables!
LOS TRUHANES.--¡Fuerza es obedecer!
CLOPIN.--Dejadnos.
(_Los Truhanes se retiran. La Corte de los Milagros queda desierta.
Clopin se aproxima misteriosamente á Claudio._)
ESCENA II
CLAUDIO FROLLO, CUASIMODO, CLOPIN TROUILLEFOU
CLOPIN.--¿Qué motivo os ha impulsado á venir á esta orgía? ¿Tenéis
alguna orden que darme? Sois mi maestro de magia y podéis hablar con
libertad; estoy dispuesto á obedeceros en todo.
CLAUDIO FROLLO (_cogiendo vivamente por un brazo á Clopin y llevándole
hacia el proscenio_).--Vengo á concluir. Oye.
CLOPIN.--Ya escucho.
CLAUDIO FROLLO.--¡La amo más que nunca! Por eso muero devorado por la
pasión y el pesar. Es preciso que sea mía esta misma noche.
CLOPIN.--Este es el camino de su casa y por aquí pasará dentro de un
instante.
CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Oh! ¡El infierno triunfa! (_En voz alta._)
¿Dices que pasará pronto?
CLOPIN.--Inmediatamente.
CLAUDIO FROLLO.--¿Sola?
CLOPIN.--Sola.
CLAUDIO FROLLO.--Está bien.
CLOPIN.--¿Pensáis esperarla?
CLAUDIO FROLLO.--Sí; estoy resuelto á que sea mía ó á morir.
CLOPIN.--¿Puedo ayudaros?
CLAUDIO FROLLO.--No. (_Entrega su bolsa á Clopin y le hace seña de que
se vaya. Quédase solo con Cuasimodo á quien lleva hacia el proscenio._)
Ven. Necesito de ti.
CUASIMODO.--Mandad.
CLAUDIO FROLLO.--Se trata de una cosa impía, horrible, abominable.
CUASIMODO.--Sois mi amo y estoy dispuesto á obedecer.
CLAUDIO FROLLO.--Arriesgamos la libertad, la vida, todo...
CUASIMODO.--Á todo estoy resuelto.
CLAUDIO FROLLO (_con impetuosidad_).--¡Quiero apoderarme de la gitana!
CUASIMODO.--Podéis disponer de mi sangre, sin decirme el porqué.
(_Á una seña de Claudio Frollo se retira hacia el fondo, dejando solo
á su amo en el proscenio._)
CLAUDIO FROLLO.--¡Oh cielos! ¡Haber sepultado mi inteligencia en los
abismos del mal! ¡Haber ensayado todos los criminales artificios de la
magia! ¡Haber caído en profundidades más hondas que el mismo infierno!
¡Ser sacerdote! ¡Espiar en las tinieblas de la noche á una mujer! ¡Y
pensar que cuando mi alma se halla en semejante situación, está Dios
mirándome desde el Empíreo!...
Pero ¡bah! no importa. El destino fatal me empuja con tan ruda mano,
que no puedo detenerme en la pendiente. Mi suerte se decide hoy. El
sacerdote loco ya no tiene esperanza de salvarse, pero tampoco miedo á
la condenación eterna.
¡Demonio que me dominas y á quien evocan mis libros cabalísticos; si me
concedes esa mujer, te entrego mi alma! ¡Cobija bajo tus malditas alas
al sacerdote infiel! ¡El infierno, con ella, me parecerá un paraíso!
¡Ven, mujer, ven! ¡Te espero! ¡Ya que Dios, cuya mirada penetra
constantemente en nuestros corazones, ha tenido el capricho de que
elija entre el cielo y el amor, quiero satisfacer éste enseguida!
CUASIMODO (_adelantándose_).--Señor, se acerca el instante crítico.
CLAUDIO FROLLO.--Sí; el momento es solemne; va á decidirse mi suerte.
Calla.
CLAUDIO FROLLO Y CUASIMODO (_á dúo_).--La noche está oscura. Oigo
pasos. ¿Quién vendrá?
LA RONDA (_pasando por detrás de las casas_).--¡Paz y vigilancia!
Tengamos el oído alerta y procuremos sondear con la mirada las
tinieblas de la noche.
CLAUDIO Y CUASIMODO (_á dúo_).--Alguien se adelanta en la oscuridad sin
hacer ruido. Callemos. ¡Ah! Es la ronda nocturna.
(_Se aleja la ronda._)
CUASIMODO.--Ya se va la ronda.
CLAUDIO FROLLO.--Y con ella nuestro miedo.
(_Claudio Frollo y Cuasimodo miran con ansiedad hacia la calle por
donde ha de venir la Esmeralda._)
CUASIMODO.--Consejos del amor recibe, y siente fortalecer su esperanza
quien vela mientras todo duerme. ¡La oigo venir!... es ella... Niña
divina; ven sin temor.
CLAUDIO FROLLO.--La oigo venir; es ella... ¡Es mía!
(_Sale la Esmeralda. Ambos se arrojan sobre ella y quieren
llevársela; pero se resiste._)
LA ESMERALDA.--¡Socorro! ¡Socorro! ¡Á mí!
CLAUDIO FROLLO Y CUASIMODO.--¡Calla! ¡Calla!
ESCENA III
LA ESMERALDA, CUASIMODO, FEBO DE CHÂTEAUPERS, los arqueros de la ronda
FEBO (_entrando á la cabeza de los arqueros_).--¡Alto, en nombre del
rey!
(_Claudio se escapa aprovechando el tumulto. Los arqueros se
apoderan de Cuasimodo.--Febo á los arqueros, señalando al jorobado_:)
¡Sujetadle y apretad firme, sea noble ó plebeyo! Llevémosle á las
prisiones del Châtelet.
(_Los arqueros conducen á Cuasimodo al fondo del escenario. La
Esmeralda, repuesta del susto que ha recibido, se aproxima á Febo
á quien mira con curiosidad y admiración, llevándole luego al
proscenio._)
DÚO
LA ESMERALDA (_á Febo_).--Señor, ¿queréis decirme vuestro nombre?
FEBO.--Me llamo Febo de Châteaupers.
LA ESMERALDA.--¿Sois capitán?
FEBO.--¡Sí, reina mía!
LA ESMERALDA.--¡Oh! ¡Yo no soy reina!
FEBO.--¡Cuánto candor y cuánta gracia!
LA ESMERALDA.--¡Febo! Me gusta mucho vuestro nombre.
FEBO.--Más me gusta á mí.
LA ESMERALDA (_á Febo_).--Muchas veces, un apuesto capitán, un gallardo
oficial de bizarro continente y corazón de acero, se apodera del
corazón de una pobre muchacha y luego se ríe de su llanto.
FEBO (_aparte_).--El amor de un militar apenas puede vivir un día. Todo
soldado desea hallar flores sin espinas, placeres sin pesares, amor sin
dolor. (_Á La Esmeralda._) ¿Sabes que tienes unos ojos encantadores?
LA ESMERALDA.--Acaso valdría más no tenerlos en ciertas ocasiones, pues
cuando se ve á un caballero como vos, luego se está pensando en él
largo tiempo.
FEBO (_aparte_).--La obligación del buen soldado es cortejar á todas
las mujeres que halle en su camino.
LA ESMERALDA (_colocándose delante del capitán y examinándole con
admiración_).--Cuanto más os contemplo más os admiro. ¡Oh! ¡qué
hermosa banda de seda con franjas de oro!
(_Febo se quita la banda y se la entrega á Esmeralda._)
FEBO.--¿Te gusta? Pues tuya es.