ESCENA VI

Los mismos, menos LA REINA

JUANA (_á Maese Eneas_).--Ya habéis oído cuál es la voluntad de la

reina: una barca al pie de la Torre, las llaves de los pasadizos

secretos, un sombrero y una capa.

MAESE ENEAS.--No es posible tener todo eso antes de la noche; dentro de

una hora, señora.

JUANA.--Está bien; retiraos y dejadme con este hombre.

(_Maese Eneas sale; Juana le sigue con la vista._)

JOSHUA (_aparte, en el proscenio_).--¡Ese hombre! Es muy sencillo;

quien ha olvidado á Gilberto no reconoce á Joshua.

(_Se dirige hacia la puerta del calabozo de Fabiani, y prepárase á

abrir._)

JUANA.--¿Qué hacéis ahí?

JOSHUA.--Me anticipo á vuestros deseos, señora; abro esta puerta.

JUANA.--¿Quién está ahí?

JOSHUA.--Es la puerta del calabozo de milord Fabiani.

JUANA.--¿Y esa?

JOSHUA.--Es la del calabozo de otro.

JUANA.--¿De quién?

JOSHUA.--De otro condenado á muerte, de uno que sin duda no conocéis.

Es un obrero llamado Gilberto.

JUANA.--¡Abrid esa puerta!

JOSHUA (_después de abrir la puerta_).--¡Gilberto!

ESCENA VII

JUANA, GILBERTO, JOSHUA

GILBERTO (_en el interior del calabozo_).--¿Qué me quieren? (_Aparece

en el umbral, ve á Juana, y apóyase vacilante contra la pared._)

¡Juana!... ¡Juana Talbot!

JUANA (_de rodillas, sin levantar la vista_).--¡Gilberto, vengo á

salvaros!

GILBERTO.--¡Á salvarme!

JUANA.--Escuchad: compadeceos de mí, y no me agobiéis con vuestras

quejas, pues sé todo lo que vais á decirme. Es preciso que yo os salve;

todo está preparado, y la evasión es segura; dejadme hacer á mí lo que

permitiríais á otra; sólo os pido esto; después, sea yo desconocida

para vos; ya no sabréis quién soy; no me perdonéis; pero dejadme

salvaros.

GILBERTO.--¡Gracias! es inútil. ¿Para qué quiero salvar mi vida, Juana,

si ya no me amáis?

JUANA (_con alegría_).--¡Oh, Gilberto! ¿Os dignáis aún ocuparos de lo

que siente el corazón de la pobre muchacha? ¿Es posible que el amor que

pueda profesar á otro os interese hasta el punto de pareceros que vale

la pena informaros sobre él? Yo creía que ya os era igual, y que me

despreciabais demasiado para cuidaros de mí. ¿Si supiérais, Gilberto,

qué impresión me producen las palabras que acabáis de dirigirme? ¡Es

un rayo de sol inesperado en una noche oscura! Escuchad: si yo me

atreviese aún á acercarme á vos, á tocar vuestra ropa, á estrecharos

la mano; si osase levantar la vista para miraros, como en otro tiempo,

¿sabéis lo que os diría, prosternada, llorando á vuestros pies, con

sollozos en la boca y la alegría en el corazón? Os diría: ¡Gilberto, yo

te amo!

GILBERTO (_estrechándola entre sus brazos con arrebato_).--¡Tú me amas!

JUANA.--¡Sí, te amo!

GILBERTO.--¡Tú me amas! ¡Dios mío, será verdad! ¿Es ella la que me lo

dice, es su boca la que habla?

JUANA.--¡Gilberto mío!

GILBERTO.--¿Dices que lo has preparado todo para mi evasión? ¡Pronto,

pronto, la vida! ¡Quiero vivir, porque Juana me ama! Parece que esa

bóveda se apoya en mi cabeza y me aplasta. ¡Necesito aire... aquí me

muero; huyamos pronto, Juana! ¡Quiero vivir, porque soy amado!

JUANA.--Aún no; es preciso tener un barco, y para ello se ha de esperar

la noche; pero puedes estar tranquilo, porque te salvarás. Antes de

una hora saldremos de aquí; la reina no volverá por lo pronto, y entre

tanto yo soy quien manda. Más tarde te explicaré esto.

GILBERTO.--¡Una hora de espera! ¡Qué larga me parecerá! Ya ansío

recobrar la vida y la dicha. ¡Juana, Juana, yo viviré y tú me amarás;

reiré y cantaré; detenme para que no cometa alguna locura!

JUANA.--¡Sí, te amo, Gilberto, y esto es tan verdad como si te lo

dijera en mi lecho de muerte; jamás amé sino á ti, ni aun cuando te

faltaba, pues entonces te quería en el fondo de mi corazón! ¡Apenas

caída en brazos del demonio que me ha perdido, he llorado á mi ángel!

GILBERTO.--¡Olvidar, perdonar! No hables de eso, Juana. ¡Oh! ¿qué me

importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí, todo te lo

perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las

lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí

eres la única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras

amortigua más mi dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta

la cabeza y mírame!

JUANA.--¡Siempre generoso, amado Gilberto!

GILBERTO.--¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos de aquí, libre

contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos sin

detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia,

porque los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío,

estoy loco... olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana!

JUANA.--¿Qué quieres decir?

GILBERTO.--Eres hija de lord Talbot.

JUANA.--Conozco otro nombre más hermoso.

GILBERTO.--¿Cuál?

JUANA.--Esposa del obrero Gilberto.

GILBERTO.--¡Juana!...

JUANA.--¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé muy bien que

soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta, ni

abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se

unirá desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te seguiré

y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus

pies, y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te

daré cuanto necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana

y algo más que un perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios

permitirá que acabes por encontrar una mujer pura y sin mancha, digna

de ti, entonces, si ella es buena, y si quiere, seré la sirvienta de

tu esposa; si no le place, iré á morir donde pueda. Sólo en este caso

me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu lado, mostrándome

siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva contigo,

nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven

abandonada.

GILBERTO (_cayendo á sus pies_).--¡Eres un ángel; eres mi esposa!

JUANA.--¡Tu esposa! ¿Perdonas solo como Dios, purificando? ¡Ah!

¡bendito seas, Gilberto, por ceñirme con esa corona la frente!

(_Gilberto se levanta y la estrecha en sus brazos; mientras que se

hallan en esta actitud, Joshua coge de la mano á Juana._)

JOSHUA.--Es Joshua, señora Juana.

GILBERTO.--¡Mi buen Joshua!

JOSHUA.--Antes no me habíais reconocido.

JUANA.--¡Ah! es que debí haber comenzado por él.

(_Joshua le besa la mano._)

GILBERTO (_estrechándole en sus brazos_).--¡Qué felicidad! ¿Puede ser

cierta tanta dicha?

(_Desde hace algunos instantes se oye fuera un ruido lejano, gritos

confusos y tumulto: el día comienza á declinar._)

JOSHUA.--¿Qué ruido es ese?

(_Se acerca á la ventana que da á la calle._)

JUANA.--¡Dios mío! con tal que no suceda nada...

JOSHUA.--La multitud se agolpa en la calle; se ven picas y hachas; los

pensionarios de la Reina están á caballo y en orden de batalla; todos

vienen por aquí... ¡Qué gritos! ¡Ah diablo! diríase que es un motín

popular.

JUANA.--¡Con tal que no sea contra Gilberto!

GRITOS LEJANOS.--¡Muera Fabiani!

JUANA.--¿Oís?

JOSHUA.--Sí.

JUANA.--¿Qué dicen?

JOSHUA.--No lo entiendo bien.

JUANA.--¡Dios mío! ¿qué será?

(_Entran precipitadamente por la puerta secreta maese Eneas y un

barquero._)

ESCENA VIII

Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero

MAESE ENEAS.--¡Milord Fabiani, no hay que perder un instante! Se ha

sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se ha

sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho

pedazos. Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las

llaves; ese hombre conducirá la barca, y tened presente que á mí es á

quien debéis todo esto. Daos prisa. (_En voz baja al barquero._) No te

apresures.

JUANA.--(_Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la capa._) (_En voz

baja á Joshua._) ¡Cielos! con tal que ese hombre no reconozca...

MAESE ENEAS (_mirando á Gilberto con fijeza_).--¡Cómo! ¡ese no es lord

Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita; facilitáis

la fuga de otro.

JUANA.--¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por Dios, amigo mío,

tened compasión; ya sé que es verdad!...

MAESE ENEAS (_en voz baja á Juana_).--¡Silencio! Haced lo que deseáis;

yo no he dicho nada ni visto nada.

(_Se retira al fondo del teatro con aire indiferente._)

JUANA.--¿Qué dice?... ¡Ah! la Providencia está por nosotros. ¡Todo el

mundo quiere salvar á Gilberto!

JOSHUA.--No, señorita Juana, todo el mundo quiere perder á Fabiani.

(_Durante esta escena redoblan fuera los gritos._)

JUANA.--¡Apresurémonos, Gilberto! ¡Pronto, pronto!

JOSHUA.--Dejadle salir solo.

JUANA.--¡Abandonarle!

JOSHUA.--Sólo por un instante: no debe ir una mujer en la barca si

queréis que llegue á buen puerto, porque aún es de día y vais vestida

de blanco. Una vez pasado el peligro, volveréis á veros. Venid conmigo

por aquí, y dejadle salir por allá.

JUANA.--Joshua tiene razón. ¿Dónde te encontraré, Gilberto?

GILBERTO.--Debajo del primer arco del puente de Londres.

JUANA.--¡Bien; véte pronto; el ruido redobla, y quisiera que ya

estuvieses lejos!

JOSHUA.--He aquí las llaves: se han de abrir doce puertas antes de

llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto de hora

largo.

JUANA.--¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es horrible!

GILBERTO (_abrazándola_).--Adiós, Juana; algunos instantes más de

separación y nos uniremos para toda la vida.

JUANA.--¡Por toda la eternidad! (_Al barquero._) Buen hombre, os lo

recomiendo.

MAESE ENEAS (_en voz baja al barquero_).--Por si ocurre un accidente,

no te apresures.

(_Gilberto sale con el barquero._)

JOSHUA.--¡Está salvado! Ahora, nosotros; es preciso cerrar ese

calabozo. (_Cierra el calabozo de Gilberto._) Ya está hecho. Venid

pronto por aquí.

(_Sale con Juana por la otra puerta oculta._)

MAESE ENEAS (_solo_).--Fabiani ha quedado en la ratonera. He ahí una

jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard hubiera pagado á peso de

oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no recaiga la culpa

sobre mí...

(_Entran lentamente por la galería Simón Renard y la Reina. El

tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar; óyense

gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de

armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en

mano, acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra

Clarence, llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la

Jarretera con la banda de la misma._)

ESCENA IX

LA REINA, SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS, LORD CLINTON, los dos HERALDOS,

Caballeros, pajes, etc.

LA REINA (_en voz baja á Maese Eneas_).--¿Se ha evadido Fabiani?

MAESE ENEAS.--Aún no.

LA REINA.--¡Aún no!

(_Le mira fijamente con expresión amenazadora._)

MAESE ENEAS (_aparte_).--¡Diablo!

GRITOS DEL PUEBLO (_fuera_).--¡Muera Fabiani!

SIMÓN RENARD.--Es preciso que Vuestra Majestad tome un partido al

punto, pues el pueblo quiere la muerte de ese hombre, y en todo Londres

reina la mayor efervescencia; la Torre está bloqueada; el motín es

formidable, y varios nobles han sido arrastrados en el puente. Los

guardias de Vuestra Majestad se sostienen aún; mas no por eso habéis

sido menos acosada de calle en calle, desde la casa Ayuntamiento hasta

la Torre. Los partidarios de Isabel se han mezclado con el pueblo, y

esto se comprende por la malignidad del motín. Lo veo todo muy oscuro.

¿Qué ordena Vuestra Majestad?

GRITOS DEL PUEBLO.--¡Fabiani! ¡Muera Fabiani!

(_Van en aumento y acércanse cada vez más._)

LA REINA.--¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo que grita? Es

preciso darle un hombre; el populacho quiere comer.

SIMÓN RENARD.--¿Qué ordena Vuestra Majestad?

LA REINA.--Señores, paréceme que todos tembláis alrededor de mí. ¡Por

el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser caballeros?

¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por ventura?

¿Temerán las espadas á los palos?

SIMÓN RENARD.--No permitáis que las cosas vayan más lejos, señora;

ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de aquí á

una hora diréis «el pueblo».

(_Los gritos redoblan; el ruido se acerca._)

LA REINA.--¡Dentro de una hora!

SIMÓN RENARD (_se dirige á la galería y vuelve_).--Dentro de un cuarto

de hora, señora. Han forzado ya el primer recinto de la Torre; un paso

más y el pueblo estará dentro.

EL PUEBLO.--¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani, muera Fabiani!

LA REINA.--¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa horrible! ¡Fabiani!

SIMÓN RENARD.--¿Queréis ver cómo le despedazan á vuestra vista en pocos

momentos?

LA REINA.--¡Verdaderamente es una infamia que ninguno de vosotros se

mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme!

LORD CLINTON.--Á vos sí, señora; á Fabiani, no.

LA REINA.--¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero no importa, tanto

peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen por el

cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado

y combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor

embajador? ¿Y no le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que

es inocente? ¡Por mi Dios, por mi corona y por el alma de mi madre,

juro que es inocente del crimen de que se le acusa! ¡Defendedle, mi

bravo Clinton; exterminad á estos como lo hicisteis con Tomás Wyat! Os

juro que es falso que Fabiani haya querido asesinar á la reina.

LORD CLINTON.--Á otra reina ha querido asesinar, que es la Inglaterra.

(_Los gritos continúan fuera._)

LA REINA.--¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero probar yo misma al

pueblo que no es culpable!

SIMÓN RENARD.--¡Probad al pueblo que no es italiano!

LA REINA.--¡Cuando pienso que un Simón Renard, una hechura del cardenal

de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid esa puerta,

abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero hablarle!

SIMÓN RENARD.--¿Qué hacéis? Por su propio interés sería inútil dar á

conocer á todo el mundo dónde se halla.

EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!

SIMÓN RENARD.--¿Oís lo que gritan?

LA REINA.--¡Dios mío, Dios mío!

SIMÓN RENARD.--Elegid, señora: (_Señala con una mano la puerta del

calabozo._) Ó esa cabeza al pueblo, (_Señala con la otra mano la corona

de la reina._) ó esa corona á la princesa Isabel.

EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!

(_Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina._)

SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad se pierde sin salvarle; ya han forzado

el segundo patio. ¿Qué dispone la reina?

LA REINA.--Todos sois unos cobardes, y Clinton el primero. ¡Ah,

Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío!

SIMÓN RENARD.--¿Qué dispone la reina?

LA REINA.--¡Oh, verme abandonada así, haberlo confesado todo y no poder

conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos caballeros? El pueblo

es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay, pues, casos en que

la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis juntas, señores!

SIMÓN RENARD.--¿Qué dispone la reina?

LA REINA (_agobiada_).--Lo que vos queráis; haced lo que os plazca.

¡Sois un asesino! (_Aparte._) ¡Oh Fabiani!

SIMÓN RENARD.--¡Heraldos, á mí! Maese Eneas, abrid el balcón grande de

la galería.

(_El balcón del fondo se abre; Simón Renard se asoma, con un heraldo

á la izquierda y otro á la derecha; se oye inmenso rumor._)

EL PUEBLO.--¡Fabiani, Fabiani!

SIMÓN RENARD (_en el balcón, de cara al pueblo_).--¡En nombre de la

Reina!

LOS HERALDOS.--¡En nombre de la Reina!

(_Profundo silencio fuera._)

SIMÓN RENARD.--¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina! Hoy, esta

misma noche, una hora después de la queda, Fabiano Fabiani, conde de

Clanbrassil, cubierto con un velo negro desde la cabeza á los pies,

amordazado con mordaza de hierro, con un hacha de cera amarilla de tres

libras de peso en la mano, será conducido desde la Torre de Londres,

por Charing-Cross, al Mercado Viejo de la Cité, para ser decapitado

públicamente, en castigo de sus crímenes de alta traición, y por su

conato de regicidio en la sagrada persona de Su Majestad.

(_Óyense fuera ruidosos aplausos._)

[Ilustración: SIMÓN RENARD.--_¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la

Reina!_]

EL PUEBLO.--¡Viva la Reina! ¡Muera Fabiani!

SIMÓN RENARD (_continuando_).--Y para que nadie lo ignore en esta

ciudad, oíd lo que la Reina ordena: durante todo el trayecto que el

condenado debe recorrer desde la Torre de Londres al lugar de la

ejecución, se hará tocar la gran campana de la Torre, disparándose tres

cañonazos, el primero cuando el reo suba al cadalso, el segundo cuando

se arrodille sobre el paño negro, y el tercero cuando caiga su cabeza.

(_Aplausos._)

EL PUEBLO.--¡Luces, luces!

SIMÓN RENARD.--Esta noche, la Torre y la Cité de Londres se iluminarán

con hogueras y hachas en señal de regocijo. He dicho. (_Aplausos._)

¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!

LOS DOS HERALDOS.--¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!

EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva María! ¡Viva la Reina!

(_Ciérrase el balcón; Simón Renard se acerca á la Reina._)

SIMÓN RENARD.--Jamás me perdonará la princesa Isabel lo que acabo de

hacer ahora.

LA REINA.--¡Ni tampoco la reina María!... ¡Dejadme ahora, caballero!

(_Despide con un ademán á todos los presentes._)

SIMÓN RENARD (_en voz baja á Maese Eneas_).--Cuidaos de la ejecución.

MAESE ENEAS.--Confiad en mí.

(_Simón Renard sale; en el momento en que maese Eneas se dispone á

seguirle, la Reina corre hacia él, cógele por un brazo y le conduce

vivamente al proscenio._)

ESCENA X

LA REINA, MAESE ENEAS

GRITOS FUERA.--¡Muera Fabiani!

LA REINA.--¿Cuál de las dos cabezas crees tú que vale más en este

momento, la de Fabiani ó la tuya?

MAESE ENEAS.--Señora...

LA REINA.--¡Eres un traidor!

MAESE ENEAS.--Señora... (_aparte_).--¡Diablo!

LA REINA.--Pocas explicaciones. Juro por mi madre que si Fabiano muere,

tú morirás también.

MAESE ENEAS.--Pero, señora...

LA REINA.--Salva á Fabiano y te salvarás; de lo contrario, has de morir.

GRITOS.--¡Muera Fabiani!

MAESE ENEAS.--¡Salvar á lord Clanbrassil! El pueblo está ahí... es

imposible. ¿Por qué medio?...

LA REINA.--Busca.

MAESE ENEAS.--¿Cómo hacerlo, Dios mío?

LA REINA.--Como si fuera para ti.

MAESE ENEAS.--Pero, ved que el pueblo permanecerá armado hasta después

de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á uno ú otro.

LA REINA.--Á quien tú quieras.

MAESE ENEAS.--¿Á quien yo quiera? Esperad, señora... La ejecución se

efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá cubierto

con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta

distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es

posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que

no se apresurase. (_Se dirige á la ventana que da al Támesis._) ¡Aún

está ahí; pero ya era tiempo! (_Se inclina hacia fuera, con un hacha

en la mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina._) Está

bien; os respondo de milord Fabiani, señora.

LA REINA.--¿Por tu cabeza?

MAESE ENEAS.--Por mi cabeza.

[Ilustración]

[Ilustración]

PARTE SEGUNDA

Una especie de sala, en la cual desembocan dos escaleras, una para

subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte del fondo

del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el

foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen.

La sala está tendida de negro de una manera particular: la pared de la

derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos con un paño negro

cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador es blanco

con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista

en las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de

negro y blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún

sacerdote; de las bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que

alumbran débilmente la sala y las escaleras; lo que las ilumina en

realidad es el paño blanco del fondo, á través del cual se distingue

un resplandor rojizo, cual si hubiese detrás una inmensa hoguera.

Las baldosas de la sala son tumulares. Al levantarse el telón se ve

dibujarse en negro sobre el paño transparente la sombra inmóvil de la

Reina.

ESCENA I

JUANA y JOSHUA entran con precaución, levantando una de las colgaduras

negras, por una puertecilla disimulada

JUANA.--¿Dónde estamos, Joshua?

JOSHUA.--En el descanso de la escalera por donde bajan los condenados

que van al suplicio.

JUANA.--¿No hay medio de escapar de la Torre?

JOSHUA.--El pueblo guarda todas las salidas; quiere estar seguro esta

vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá franquear las

puertas antes de la ejecución.

JUANA.--La arenga que se ha pronunciado desde ese balcón resuena aún en

mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua.

JOSHUA.--¡Otras muchas escenas he visto como ésta!

JUANA.--¡Con tal que Gilberto haya conseguido evadirse! ¿Le crees

salvado, Joshua?

JOSHUA.--Estoy seguro de ello.

JUANA.--¿Bien seguro?

JOSHUA.--La Torre no estaba guardada por la parte del río, y además,

cuando debió salir, el motín no era lo que fué después. ¿Sabéis que es

imponente?

JUANA.--¿Estáis seguro de que se habrá salvado?

JOSHUA.--Ahora os espera seguramente en el primer arco del puente de

Londres, donde os reuniréis con él á media noche.

JUANA.--¡Dios mío! ¡qué inquieto estará! (_Divisando la sombra de la

Reina._) ¡Cielos! ¿Qué es eso, Joshua?

JOSHUA (_en voz baja, cogiéndole la mano_).--¡Silencio!... Es la leona

que acecha.

(_Mientras que Juana contempla aquella silueta negra con terror,

óyese una voz lejana que parece proceder de arriba, y la cual

pronuncia distintamente estas palabras:_)

VOZ.--El que me sigue, cubierto con un velo negro, es el muy alto

y poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de

Dinasmonddy, barón de Darmouth en Devonshire, que será decapitado en el

mercado de Londres por crimen de regicidio y de alta traición. ¡Dios

tenga misericordia de su alma!

OTRA VOZ.--¡Rogad por él!

JUANA (_temblando_).--¡Joshua! ¿Oís?

JOSHUA.--Sí; yo oigo esas cosas todos los días.

(_En lo alto de la escalera aparece un cortejo fúnebre que se

desarrolla lentamente á medida que baja. Á la cabeza va un hombre

vestido de negro, que lleva una bandera blanca con cruz negra; sigue

maese Eneas Dulverton, revestido de manto negro, con su bastón de

condestable en la mano; un grupo de soldados con partesanas y traje

rojo, y el verdugo con su hacha al hombro y el filo vuelto hacia el

que va detrás, que es un hombre cubierto completamente con un gran

velo negro, cuyas puntas se arrastran bajo sus pies. De este hombre

no se ve sino un brazo que pasa por una abertura del velo, empuñando

la mano un blandón de cera amarilla. Á su lado va un sacerdote, y

detrás otro grupo de soldados con partesanas, un hombre vestido

de blanco, que lleva bandera negra con cruz blanca; y á derecha é

izquierda dos filas de alabarderos, alumbrando con hachas._)

JUANA.--¡Joshua! ¿No veis?

JOSHUA.--Todos los días veo esas cosas.

(_En el momento de desembocar en el escenario, el cortejo se

detiene._)

[Ilustración: JUANA.--_¡Joshua! ¿No veis?_]

MAESE ENEAS.--El que va detrás de mí, cubierto con un velo negro, es

el muy alto y muy poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil,

barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth, en Devonshire, que será

decapitado en el mercado de Londres, por crimen de regicidio y alta

traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!

LOS DOS HERALDOS.--¡Rogad por él!

(_El cortejo cruza lentamente por el fondo del teatro._)

JUANA.--Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua, esto me hiela la

sangre.

JOSHUA.--¡Ese miserable Fabiani!

JUANA.--¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy desgraciado.

(_El cortejo llega á la otra escalera. Simón Renard, que desde

hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de aquella,

observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo

penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco.

Juana le sigue con la vista, poseída de terror._)

SIMÓN RENARD (_después de haber desaparecido el cortejo_).--¿Qué

significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo. ¿Será que maese

Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento... Veamos

lo que hay.

(_Desaparece en la escalera en pos del cortejo._)

JOSHUA.--La campana grande anunciará muy pronto su salida de la Torre,

y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar los medios;

esperadme hasta que vuelva.

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 9 / 19 段