LA REINA.--Ya sabes quién es Juana, y ahora te diré quién eres tú.

¡Eres un desalmado, un hombre sin corazón ni talento, un bribón, un

miserable!... Eres... señores, no es necesario que os alejéis, pues

poco me importa que oigáis lo que debo decir á este hombre; me parece

que no hablo en voz baja. Fabiano, para mí eres un traidor, y para ella

un vil lacayo, el más miserable de los hombres. ¡Y yo que te había

hecho conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy y barón de Darmouth en

Devonshire! ¡Estaba loca! Os pido perdón, señores, por haber sido causa

de que os codeárais con ese hombre. ¡Tú caballero, tú noble, tú señor!

¡Qué absurdo! ¡Compárate con esos que están ahí, miserable, y verás

que ellos son verdaderamente caballeros! ¡Ahí tienes á Bridges, barón

de Chandos; á Seymur, duque de Somerset; á los Stanley, que son condes

de Derby desde el año 1425; á los Clinton, que son barones de Clinton

desde el año 1298! ¿Te parece á ti que te asemejas á esos nobles? ¡Te

titulas aliado de la familia española de Peñalver, pero esto es una

falsedad; tú no eres más que un mal italiano, menos que nada, hijo de

un zapatero de viejo del pueblo de Larino!... Sí, señores, hijo de

un zapatero de viejo; yo lo sabía y no quise decirlo; ocultábalo, y

aparentaba creer á este hombre cuando hablaba de su nobleza. ¡Oh Dios

mío, qué débiles somos las mujeres! Quisiera que hubiese otras aquí

para que aprendieran con esta lección. ¡Ese miserable engaña á una y

reniega de la otra! ¡Seguramente eres muy villano! ¿Cómo es que desde

que te dirijo la palabra no has doblado la rodilla? ¡Arrodíllate al

punto, Fabiani! ¡Señores, obligadle á obedecer!

FABIANI.--Vuestra Majestad...

LA REINA.--¡Ese infame, á quien he colmado de beneficios, ese lacayo

napolitano, á quien hice caballero y conde libre de Inglaterra! ¡Ah!

debía esperármelo, pues ya me habían dicho que esto acabaría así; pero

yo soy siempre lo mismo; me empeño en una cosa y veo después que

he cometido un error. Todo es culpa mía. Italiano significa para mí

bribón, y napolitano, cobarde. Siempre que mi padre se sirvió de un

hombre de esa nación hubo de arrepentirse. ¡Ese es Fabiani! Bien ves,

Juana, á qué hombre te has entregado. ¡Desgraciada niña, yo te vengaré!

¡Oh! debías saberlo ya; del bolsillo de un italiano sólo se puede sacar

un puñal, y de su alma una traición.

FABIANI.--Señora, os juro...

LA REINA.--¡Sólo os falta ahora eso! ¿Llevaríais vuestra vileza

hasta el punto de jurar? ¡Al fin me haréis ruborizar delante de esos

caballeros, cuando ni siquiera podéis levantar la cabeza!

FABIANI.--Sí, señora, la levantaré, aunque vea que estoy perdido y que

se ha resuelto mi muerte. Emplearéis todos los medios, el puñal, el

veneno...

LA REINA (_cogiéndole de la mano y conduciéndole vivamente al

proscenio_).--¡El puñal, el veneno! ¿Qué dices, italiano? ¡La venganza

traidora, la venganza vil, la venganza de los hombres de tu nación!

¡No, señor Fabiani, ni puñal ni veneno! ¿Necesito yo por ventura

ocultarme, buscar la esquina de las calles por la noche, y hacerme

pequeña cuando me vengo? ¡No, yo lo quiero todo á la luz del día, á la

luz del sol, en la plaza pública; el hacha y el tajo; la multitud en

calles, ventanas y tejados, y cien mil testigos del acto! Quiero que

se tenga miedo, que se vea un aparato imponente, magnífico y espantoso

á la vez; quiero que se diga: «¡Es una mujer ultrajada, pero también

una reina que se venga!» Á ese favorito tan envidiado, á ese gallardo

joven insolente, á quien he cubierto de terciopelo y seda, quiero verle

ahora espantado, tembloroso y de rodillas sobre un paño negro, con los

pies descalzos y las manos atadas, silbado por el pueblo y en manos del

verdugo. En ese blanco cuello que yo adorné con un collar de oro voy á

poner ahora una cuerda; he visto el efecto que Fabiani producía en un

trono; veremos qué aspecto tiene en el cadalso.

FABIANI.--Señora...

LA REINA.--¡Ni una palabra más, porque estás verdaderamente perdido!

Has de subir al cadalso como Suffolk y Northumberland, y con esto

proporcionaré una fiesta á mi buena ciudad de Londres; ya sabes cuánto

te aborrece, y por lo tanto mayor será su satisfacción. ¡Ah! ¡gran

cosa es ser María, reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII, y dueña

de los cuatro mares, cuando se quiere tomar venganza! Una vez en el

patíbulo, Fabiani, podrás dirigir un largo discurso al pueblo como lo

hizo Northumberland, ó una ferviente oración á Dios, como Suffolk, para

que la gracia tenga tiempo de llegar; pero eres un traidor, y yo te

aseguro que no habrá perdón. ¿Quién diría que ese miserable bergante me

hablaba de amor esta mañana? ¡Dios mío, señores, parecéis admirados de

que hable así ante vosotros; pero os repito que no me importa! (_Á lord

Somerset._) Milord duque, sois condestable de la Torre; pedid su espada

á ese hombre.

FABIANI.--Hela aquí; pero protesto. Aun admitiendo que esté probado que

engañé ó seduje á una mujer...

LA REINA.--¡Y qué me importa que hayas seducido á una mujer! Esos

señores comprenderán que á mí me es igual.

FABIANI.--Seducir á una mujer no es un crimen capital, señora. Vuestra

Majestad no pudo conseguir que condenasen á Trogmorton por una

acusación análoga.

LA REINA.--¡Creo, Dios me perdone, que ese hombre se atreve á retarme!

El gusano se convierte en serpiente. ¿Y quién te dice que se te acusa

de eso?

FABIANI.--¿Pues de qué sería? Yo no soy inglés, ni tampoco súbdito de

Vuestra Majestad; lo soy del rey de Nápoles, y vasallo del Padre santo.

Apelaré á su legado, el eminentísimo cardenal Polus, para que me

reclame; me defenderé, y además, soy extranjero; á mí no se me puede

encausar sin que haya cometido un crimen, un verdadero crimen. ¿Cuál es

el mío?

LA REINA.--Todos oís la pregunta que ese hombre me dirige; escuchad

ahora la respuesta; y tened todos cuidado, porque vais á ver que

me basta golpear con el pie para hacer salir de tierra un cadalso.

¡Chandos, abrid de par en par esas puertas, y que éntre aquí toda la

corte; dejad paso á todo el mundo!

ESCENA VIII

Los mismos, EL LORD CANCILLER, toda la corte

LA REINA.--Entrad, señores, entrad, que hoy me complace verdaderamente

veros á todos... Bien, bien; los hombres de justicia, por aquí... más

cerca, más cerca... ¿Dónde están los reyes de armas de la Cámara de los

lores, Harriot y Llanerillo? ¡Ah! ya os veo, señores; sed bien venidos;

desenvainad vuestros aceros y colocaos á derecha é izquierda de ese

hombre, que es vuestro prisionero.

FABIANI.--¿Cuál es mi crimen, señora?

LA REINA.--Milord Gardiner, mi sabio amigo, sois canciller de

Inglaterra, y os hacemos saber que debéis reuniros cuanto antes con

los doce lores comisarios de la Cámara estrellada, á los cuales siento

mucho no ver aquí, pues ocurren cosas extrañas en este palacio.

Escuchad, señores, Isabel ha suscitado ya más de un enemigo de nuestra

corona: hemos tenido la conspiración de Pietro Caro, que produjo el

movimiento de Exeter, y que se correspondía secretamente con Isabel

por medio de una cifra trazada en un bandolín; después, la traición de

Tomás Wyat, que sublevó al condado de Kent; y por último, la rebelión

del duque de Suffolk, que fué cogido en el hueco de un árbol después de

la derrota de los suyos. Hoy tenemos un nuevo atentado: escuchad todos.

Hoy, esta misma mañana, un hombre se ha presentado á mi audiencia, y

después de algunas palabras ha levantado un puñal contra mí; pero he

detenido su brazo á tiempo. Lord Chandos y el baile de Amont se han

apoderado del hombre, y éste declara que lord Clanbrassil es quien le

ha impelido al crimen.

FABIANI.--¡Yo! Eso no es verdad. ¡Oh! ¡qué cosa tan horrible! Ese

hombre no existe, no se le encontrará. ¿Quién es? ¿Dónde se halla?

LA REINA.--Está aquí.

GILBERTO (_saliendo de entre los soldados que le ocultaban_).--Soy yo.

LA REINA.--En vista de las declaraciones de ese hombre, Nos, María,

reina de Inglaterra, acusamos ante la Cámara á ese hombre, Fabiano

Fabiani, conde de Clanbrassil, del delito de alta traición y conato de

regicidio en nuestra persona imperial y sagrada.

FABIANI.--¡Regicida yo! ¡Esto es monstruoso! ¡Oh! mi cabeza se

trastorna, mi vista se turba... ¿Quién me tiende este lazo? Quien

quiera que seas, miserable, ¿osarás afirmar que es verdad cuanto ha

dicho la reina?

GILBERTO.--Sí.

FABIANI.--¿Yo te he impelido al regicidio?

GILBERTO.--Sí.

FABIANI.--¡Maldición! ¡Señores, no podéis imaginar hasta qué punto

eso es falso! ¡Desgraciado, quieres perderme, pero ignoras que tú te

pierdes al mismo tiempo; el crimen de que me acusas recae sobre ti! Por

tu causa moriré, pero tú perecerás también. ¡Insensato, con una sola

palabra haces caer dos cabezas, la mía y la tuya!

GILBERTO.--Ya lo sé.

FABIANI.--Señores, ese hombre está pagado...

GILBERTO.--Por vos: he aquí la bolsa de oro que me disteis para cometer

el crimen; en ella están bordados vuestro blasón y vuestra cifra.

FABIANI.--¡Justo cielo!... Pero ¿dónde está el puñal con que ese hombre

quería, según dicen, herir á la reina? ¿Dónde está?

LORD CHANDOS.--Hele aquí.

GILBERTO (_á Fabiani_).--Es el vuestro; me le disteis para descargar el

golpe; en vuestra casa encontrarán la vaina.

EL LORD CANCILLER.--Conde de Clanbrassil, ¿qué tenéis que contestar?

¿Reconocéis á ese hombre?

FABIANI.--No.

GILBERTO.--Á decir verdad, sólo me ha visto de noche. Permitidme

hablarle dos palabras al oído, señora, porque así le ayudaré á

recordar. (_Se acerca á Fabiani y le habla en voz baja._) Hoy no

reconoces á nadie, milord, ni al hombre ultrajado ni á la mujer

seducida. ¡Ah! la reina se venga, pero el hombre del pueblo también;

tú me habías retado, según creo; mas hete aquí cogido entre las dos

venganzas. ¿Qué te parece, conde?... Yo soy Gilberto el cincelador.

FABIANI.--¡Sí, te reconozco!... Señores, reconozco á este hombre, y una

vez que se trata de él, nada tengo que añadir.

LA REINA.--¡Confiesa!

EL LORD CANCILLER (_á Gilberto_).--Según la ley normanda y el estatuto

veinticinco del rey Enrique VIII, en los casos de lesa Majestad la

confesión no salva al cómplice. No olvidéis que se trata de un caso en

que la reina no tiene derecho de perdonar, y que moriréis en el cadalso

lo mismo que aquel á quien acusáis. ¿Os ratificaréis en todo lo dicho?

GILBERTO.--No ignoro que moriré; pero confirmo mis palabras.

JUANA (_aparte_).--¡Dios mío, si esto es un sueño, es bien horrible!

EL LORD CANCILLER (_á Gilberto_).--¿Consentís en reiterar vuestras

declaraciones con la mano sobre el Evangelio?

(_Presenta el Evangelio á Gilberto, que pone la mano._)

GILBERTO.--Juro por el Evangelio que ese hombre es un asesino; que ese

puñal, que es suyo, ha servido para el crimen; y que esta bolsa, suya

también, me fué entregada por él para cometerle. Esta es la verdad.

¡Que Dios me asista!

EL LORD CANCILLER (_á Fabiani_).--¿Qué tenéis que decir?

FABIANI.--Nada... ¡Estoy perdido!

SIMÓN RENARD (_en voz baja á la Reina_).--Vuestra Majestad ha enviado á

buscar el verdugo; ahí está.

LA REINA.--Bueno, que éntre.

(_Los caballeros se desvían, y se ve aparecer al verdugo vestido de

rojo y negro, llevando sobre el hombro una espada envainada._)

ESCENA IX

Los mismos, EL VERDUGO

LA REINA.--¡Duque de Somerset, esos dos hombres á la Torre! ¡Canciller

Gardiner, comenzaréis á instruir el proceso mañana mismo ante los doce

pares; y que Dios asista á la vieja Inglaterra! Entendemos que esos

hombres serán juzgados ambos antes de nuestra marcha á Oxford, donde

abriremos el Parlamento; poco después nos trasladaremos á Windsor para

pasar la Pascua. (_Al verdugo._) ¡Acércate! Me alegro de verte, porque

eres un buen servidor, y ya viejo, que ha visto tres reinados. Es

costumbre que los soberanos de esta nación te hagan un regalo, el más

rico que sea posible, el día de su advenimiento: mi padre, Enrique

VIII, te dió el broche de diamantes de su manto; mi hermano, Eduardo

VI, te regaló un anillo de oro cincelado; y ahora me toca á mí. Nada te

he dado aún; quiero hacerte también un presente: acércate. (_Señalando

á Fabiani._) ¿Ves esa cabeza, esa hermosa cabeza, que aun esta mañana

era lo que yo tenía por lo más bello y querido en el mundo? ¡Pues bien,

esa cabeza que ves, yo te la doy!

[Ilustración]

[Ilustración]

JORNADA TERCERA

¿CUÁL DE LOS DOS?

PARTE PRIMERA

Sala del interior de la Torre de Londres; bóveda ojival sostenida

por gruesos pilares; á derecha é izquierda las dos puertas bajas de

dos calabozos; en un lado una claraboya que se figura situada sobre

el Támesis, y en el opuesto otra que da á la calle; en ambos hay

una puertecilla secreta en el muro. En el fondo, una galería con

una especie de balcón cerrado por cristales, y que da á los patios

exteriores de la Torre.

PERSONAJES

LA REINA.

GILBERTO.

JUANA.

SIMÓN RENARD.

JOSHUA FARNABY.

MAESE ENEAS DULVERTON.

LORD CLINTON.

UN CARCELERO.

ESCENA I

GILBERTO, JOSHUA

GILBERTO.--¿Qué hay?

JOSHUA.--¡Ay de mí!

GILBERTO.--¿No hay esperanza?

JOSHUA.--¡Ninguna! (_Gilberto se acerca á la ventana._) ¡Oh! no verás

nada desde ahí.

GILBERTO.--¿Te has informado bien?

JOSHUA.--Estoy seguro de ello.

GILBERTO.--¿Es para Fabiani?

JOSHUA.--Sí.

GILBERTO.--¡Qué feliz es ese hombre!

JOSHUA.--¡Pobre Gilberto! ya llegará tu vez; hoy él; mañana tú.

GILBERTO.--¿Qué quieres decir? No nos entendemos. ¿De qué me hablas?

JOSHUA.--Del cadalso que levantan en este momento.

GILBERTO.--Y yo te hablo de Juana.

JOSHUA.--¡De Juana!

GILBERTO.--Sí, sólo de Juana, ¿qué me importa lo demás? ¿Has olvidado

que desde hace más de un mes, con el rostro pegado á los barrotes de

mi ventana, que da á la calle, la veo rondar de continuo, pálida y de

luto, al pie de esta torrecilla que nos sirve de calabozo á Fabiani y

á mí? ¿No recuerdas ya mis angustias, mis dudas y mis incertidumbres?

¿Por cuál de los dos viene ella? Me dirijo esta pregunta noche y día,

y á ti también, Joshua; ayer noche me prometiste hacer lo posible por

verla y hablarla. ¿Sabes algo? ¿Sabes si viene por mí ó por Fabiani?

JOSHUA.--He sabido que Fabiani debía ser decapitado hoy mismo, y mañana

tú; y confieso que estoy como loco, amigo mío. El cadalso me ha hecho

olvidar á Juana. Tu muerte...

GILBERTO.--¡Mi muerte! ¿Qué entiendes tú por esta palabra? Mi muerte

es que Juana no me ama ya; desde el día en que ya no fuí amado dejé

de vivir; lo que ha sobrevivido en mí no vale ya la pena de que me lo

quiten mañana. ¡Oh! tú no puedes imaginarte lo que es un hombre que

ama. Si me hubieran dicho hace dos meses que Juana, esa Juana tan pura,

mi amor, mi orgullo y mi tesoro, se entregaría á otro, y preguntado si

la querría después, hubiera contestado que no, y que preferiría mil

veces la muerte para los dos. ¡Pues bien! hoy sí la quisiera; Juana

no es ya la mujer sin tacha á quien yo adoraba, y cuya frente apenas

me atrevía á tocar con los labios; Juana se ha entregado á otro, á un

miserable; ya lo sé; pero yo la amo siempre; besaría sus pies, y la

pediría perdón si me quisiera. Aunque la encontrara en la calle con

otras de mala nota, me la llevaría á casa para estrecharla contra mi

corazón. Joshua, yo daría no cien años de vida, porque sólo me quedan

algunas horas; pero sí la eternidad por ver sonreir una sola vez á

Juana, una sola vez antes de mi muerte, y porque me dijera esa palabra

que pronunciaba en otro tiempo: «¡Yo te amo!» Hete aquí, Joshua, lo

que es el corazón de un hombre; no creas que se puede matar á la mujer

que se adora; muy por el contrario, se acaba por arrodillarse á sus

pies como un esclavo. Á ti te parece que soy débil; pero ¿qué hubiera

adelantado yo con matar á Juana? ¡Oh! si ella me amase aún, nada me

importaría todo lo que ha hecho; pero ella ama á Fabiani, y por él

viene aquí. ¡Quisiera morir pronto, Joshua!

JOSHUA.--Fabiani será ejecutado hoy.

GILBERTO.--Y yo mañana.

JOSHUA.--Siempre está Dios al fin de todo.

GILBERTO.--Hoy quedaré vengado de él; mañana quedará vengado de mí.

JOSHUA.--Hermano, ahí viene el segundo condestable de la Torre, maese

Eneas Dulverton; es preciso entrar; esta noche te veré, amigo mío.

GILBERTO.--¡Oh! ¡morir sin ser amado, ni llorado! ¡Juana... Juana...

Juana...!

(_Entra en su calabozo._)

JOSHUA.--¡Pobre Gilberto! ¡Dios mío! ¿quién hubiera dicho nunca que

debía llegar semejante caso?

(_Sale.--Entran Simón Renard y maese Eneas Dulverton._)

ESCENA II

SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS DULVERTON

SIMÓN RENARD.--Es muy singular, como vos decís; pero ¿qué se le ha de

hacer? La reina está loca y no sabe lo que quiere; no se puede confiar

en nada, porque es una mujer. ¿Podríais decirme para qué viene aquí?

¡Vamos! el corazón de la mujer es un enigma, que el rey Francisco I

descifró en los cristales de Chambord: «Voluble es la mujer, y loco el

hombre que en ella fía.» Escuchad, maese Eneas, nosotros somos antiguos

amigos, y por lo tanto os diré que es preciso que esto concluya hoy. De

vos depende todo aquí; si os encargan... (_Le habla al oído._) Alargad

el asunto cuanto sea posible, para que el plan aborte después. Sólo

puedo disponer de dos horas, y esta noche se ha de hacer lo que yo

quiero. Mañana no ha de haber favorito; y como soy poderoso aquí, al

día siguiente seréis barón y oficial de la Torre. ¿Está entendido?

MAESE ENEAS.--Perfectamente.

SIMÓN RENARD.--Bien... alguien viene, y no quiero que nos vean juntos;

salid por ahí; yo voy á recibir á la reina.

(_Sepáranse._)

ESCENA III

UN CARCELERO entra con precaución y después introduce á JUANA

EL CARCELERO.--Habéis llegado al sitio que deseabais, señora; ahí

tenéis las puertas de los dos calabozos; si lo tenéis á bien, dadme mi

recompensa.

JUANA (_se quita su brazalete de diamantes y lo entrega_).--Ahí la

tenéis.

EL CARCELERO.--Gracias; no me comprometáis.

(_Sale._)

JUANA (_sola_).--¡Dios mío! ¿cómo lo haré? Yo soy quien le ha perdido,

y mi deber es salvarle; pero no lo conseguiré, porque nada puede hacer

una mujer sola en semejante caso. ¡El cadalso, el cadalso... esto es

horrible! ¡Vamos, menos lágrimas y más obras!... Pero ¿cómo he de

hacerlo? ¡Compadeceos de mí, Dios mío! Alguien viene... ¿quién habla?

Reconozco esa voz; es la de la reina... ¡Ah, todo se ha perdido!

(_Se oculta detrás de un pilar.--Entran la reina y Simón Renard._)

ESCENA IV

LA REINA, SIMÓN RENARD, JUANA, oculta

LA REINA.--¡Ah! el cambio os extraña; no me parezco á mí misma. ¡Pues

bien! ¿qué me importa? Ahora no quiero ya que muera.

SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad ordenó ayer, sin embargo, que la

ejecución se efectuase hoy.

LA REINA.--También ordené el domingo que se verificara el lunes, y hoy

mando que se efectúe mañana.

SIMÓN RENARD.--En efecto, desde que la Cámara pronunció la sentencia,

hace ya tres semanas, Vuestra Majestad aplaza la ejecución de un día

para otro.

LA REINA.--¡Pues bien! ¿no comprendéis lo que esto significa,

caballero? ¿Será preciso decíroslo todo, y que una débil mujer os abra

su corazón, porque la infeliz es reina, y vos representáis aquí al

príncipe de España, mi futuro esposo? ¡Dios mío! vosotros no sabéis

esto; en las mujeres, el corazón tiene su pudor como el cuerpo; y

en fin, puesto que deseáis saberlo, aparentando no comprender nada,

os diré que aplazo la ejecución de Fabiani porque todas las mañanas

me falta la fuerza al pensar que la campana de la Torre de Londres

anunciará la muerte de ese hombre. Desfallezco al reflexionar que se

afila el hacha para Fabiani, y que se ha de abrir una tumba para ese

hombre; porque soy débil, porque estoy loca y porque le amo... ¿Estáis

ya satisfecho? ¿Me comprendéis ahora? ¡Oh! ya encontraré medio de

vengarme algún día por lo que me hacéis decir ahora.

SIMÓN RENARD.--Sin embargo, ya es tiempo de acabar con ese Fabiani;

vais á uniros con mi señor el príncipe de España, señora.

LA REINA.--Si el príncipe de España no está conforme, que me lo diga;

ya buscaremos otro esposo, pues no faltan pretendientes. El hijo del

rey de los romanos, el príncipe del Piamonte, el infante de Portugal,

el rey de Dinamarca y lord Courtenay son tan buenos caballeros como él.

SIMÓN RENARD.--¡Lord Courtenay!

LA REINA.--Un barón inglés es tan noble como un príncipe; y además,

lord Courtenay desciende de los emperadores de Oriente.

SIMÓN RENARD.--Fabiani se ha hecho aborrecer de todo Londres.

LA REINA.--Excepto de mí.

SIMÓN RENARD.--Los menestrales piensan como los nobles. Si no se

efectúa la ejecución hoy mismo, como lo ha prometido Vuestra Majestad...

LA REINA.--¿Qué más?

SIMÓN RENARD.--Habrá un motín popular.

LA REINA.--Tengo mis lansquenetes.

SIMÓN RENARD.--Habrá complot de nobles.

LA REINA.--Tengo el verdugo.

SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad ha jurado por el devocionario de su

madre que no concedería perdón.

LA REINA.--He aquí una firma en blanco que me ha remitido, y en la cual

juro por mi corona imperial que concederé la gracia pedida. La corona

de mi padre vale tanto como el devocionario de mi madre; un juramento

anula el otro; y además, ¿quién os dice que le perdonaré?

SIMÓN RENARD.--¡Os ha vendido traidoramente!

LA REINA.--¿Qué me importa? Todos los hombres hacen otro tanto. Yo no

quiero que muera. Escuchad, milord... quiero decir embajador... estoy

tan perturbada, que no sé ya á quién hablo. Ya sé todo lo que me vais

á decir: que es un hombre vil, un cobarde, un miserable; lo reconozco,

y me ruborizo de ello; pero le amo. ¿Qué queréis que haga? Tal vez

amaré menos á un hombre honrado. Por otra parte, ¿quién sois vos que

os dais tanta importancia? ¿Valéis más que él? Vais á decirme que es

un favorito, y que á la nación inglesa no le agrada ninguno; pero ¿no

sé yo acaso que trabajáis para derribarle y poner en su lugar al conde

de Kildare, ese fatuo irlandés? Aunque haga cortar veinte cabezas

diarias, nada tenéis que ver con ello. Y no me habléis más del príncipe

de España, pues poco caso hacéis de él. No quiero oir hablar tampoco

del descontento del señor de Noailles, el embajador de Francia, porque

es un necio, y se lo diré yo misma. Además, yo soy mujer, quiero y no

quiero, y me falta algo... necesito la vida de ese hombre para vivir.

¡Vamos! no toméis ese aire de candor virginal y de buena fe, porque

harto conozco todas vuestras intrigas. Sabéis tan bien como yo que no

ha cometido el crimen por que se le condena. Quedamos convenidos; no

quiero que Fabiani muera: ¿soy yo el ama ó no? ¡Vaya, hablemos de otra

cosa!

SIMÓN RENARD.--Me retiro, señora. Toda la nobleza os ha hablado por mi

voz.

LA REINA.--¡Qué me importa la nobleza!

SIMÓN RENARD (_aparte_).--Probemos con el pueblo.

(_Sale haciendo una profunda reverencia._)

LA REINA (_sola_).--Ha salido con un aire singular. Ese hombre es capaz

de promover algún motín. Será preciso que vaya al Ayuntamiento...

¡Hola, aquí alguno!

(_Preséntanse maese Eneas y Joshua._)

ESCENA V

Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA

LA REINA.--¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que vos y ese hombre os

encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil.

MAESE ENEAS.--Señora...

LA REINA.--¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues recuerdo que sois uno

de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean aborrecen al hombre

que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco, le aborrece

también.

JOSHUA.--Es verdad, señora.

LA REINA.--¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey que yo reina. ¡Cómo!

¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona alguna plenos

poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani?

JUANA (_saliendo de su escondite_).--¡Sí, señora, á mí!

JOSHUA (_aparte_).--¡Juana!

LA REINA.--¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que te hallas aquí?

¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería

aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para

ello; pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber

ya envidia ni celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo

veo; los hombres no comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos.

¿No es cierto que ambas somos muy desgraciadas? Es preciso conseguir

la evasión de Fabiani, y sólo puedo contar con vos; de modo que debo

aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis con interés. Encargaos

de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo cuanto os

ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas de la

ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana!

JUANA.--El Támesis baña el pie de la Torre por aquel lado, y he visto

que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la evasión se

efectuaría por el río; es lo más seguro.

MAESE ENEAS.--Es imposible conducir hasta ahí un barco en menos de una

hora.

JUANA.--Es mucho tiempo.

MAESE ENEAS.--Pronto pasará, y además, habrá cerrado la noche, que será

favorable, si Su Majestad se empeña en que se lleve á cabo la evasión.

LA REINA.--En efecto, tal vez sea más conveniente; queda convenido,

pues, para dentro de una hora. Yo me retiro, Juana, y sólo os encargo

que salvéis á Fabiani.

JUANA.--Estad tranquila, señora.

(_La reina sale, siguiéndola Juana con la vista._)

JOSHUA (_en el proscenio_).--¡Gilberto tenía razón, todo es para

Fabiani!

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 8 / 19 段