Habitación en la cámara de la reina.--Un evangelio abierto sobre un

reclinatorio; la corona real en un escabel; puertas laterales, y

una más grande en el fondo; una parte de éste queda oculta por una

tapicería magnífica.

PERSONAJES

FABIANO FABIANI.

LA REINA.

GILBERTO.

SIMÓN RENARD.

JUANA.

LOS NOBLES. EL VERDUGO.

ESCENA I

LA REINA, lujosamente vestida, y echada en un diván; FABIANO FABIANI,

sentado junto á ella en un escabel, luciendo un magnífico traje y la

orden de la Jarretera, tiene un bandolín entre las manos y canta.

FABIANI (_dejando su bandolín en el suelo_).--¡Oh! os amo más de cuanto

podáis imaginaros, señora; pero á ese Simón Renard, tan poderoso como

vos misma, le odio con toda mi alma.

LA REINA.--Ya sabéis que no puedo nada contra él, milord; es aquí el

representante del príncipe de España, mi futuro esposo.

FABIANI.--¡Vuestro futuro esposo!

LA REINA.--Vamos, milord, no hablemos de eso. Yo os amo. ¿Qué más

queréis? Por ahora, os recordaré que ya es hora de retiraros.

FABIANI.--¡María, un momento más!

LA REINA.--Ved que es hora de reunirse el consejo. Hasta ahora no ha

habido aquí más que la mujer, y es preciso dejar paso á la reina.

FABIANI.--Yo quisiera que la mujer hiciese esperar á la reina á la

puerta.

LA REINA.--¡Vos lo queréis! Miradme, milord. ¡Tienes una hermosa

cabeza, Fabiano!

FABIANI.--¡Vos sí que sois hermosa, señora! No necesitaríais más que

vuestra belleza para ser poderosa; hay en vos algo que dice que sois

la reina; pero lo lleváis escrito en la frente más bien que en vuestra

corona.

LA REINA.--Me lisonjeáis.

FABIANI.--Te amo.

LA REINA.--¿Me amas de veras, y sólo á mí? Vuelve á decírmelo con tu

expresiva mirada. ¡Ay! nosotras las mujeres no sabemos nunca á punto

fijo lo que pasa en el corazón de un hombre, y debemos creer por los

ojos; pero los más hermosos son á veces los más engañadores. En los

tuyos, sin embargo, hay tanta lealtad, tanto candor y buena fe, que no

pueden mentir; tu mirada es cándida y sincera, bello paje. ¡Oh! valerse

de ojos celestiales para engañar, sería un crimen. Ó tus ojos son los

de un ángel, ó los de un demonio.

FABIANI.--Ni demonio ni ángel; sólo soy un hombre que os ama.

LA REINA.--¿Que ama á la reina?

FABIANI.--Que ama á María.

LA REINA.--Escucha, Fabiano; yo te amo también; pero eres joven; hay

muchas bellas damas que te miran con ternura, y una reina puede cansar

al fin, lo mismo que otra mujer. No me interrumpas: si alguna vez te

enamoras de cualquiera dama, quiero que me lo digas, y haciéndolo así,

tal vez te perdone. Tú no sabes hasta qué punto te amo, pues ni yo

misma lo sé; pero hay momentos en que mejor quisiera verte muerto, que

feliz con otra. ¡Dios mío! yo no sé por qué se me quiere representar

siempre como una mujer maligna.

FABIANI.--Yo no puedo ser feliz más que á tu lado, María; solo á ti te

amo.

LA REINA.--¿De veras? Mírame bien para decírmelo. Estoy tan celosa,

que á veces me figuro--¿cuál es la mujer que no tiene estas ideas?--me

figuro que me engañas. Quisiera ser invisible para poder seguirte y

saber siempre qué haces, qué dices y dónde estás. En los cuentos de

hadas se habla de una sortija que hace invisible; yo daría mi corona

por esa sortija. Imagínome sin cesar que vas á ver á otras mujeres

jóvenes y hermosas, y á fe mía que fuera una indignidad engañarme.

FABIANI.--¡Desechad esas ideas, señora! ¡Yo engañaros, á vos que sois

mi reina y mi amor! Para esto debería ser el más ingrato y miserable

de los hombres; y seguramente no os he dado motivo alguno para que lo

creáis así. ¡Yo te amo, María, te adoro, y no podría ni siquiera mirar

á otra mujer! ¿No estás leyéndolo en mis ojos? ¡Dios mío! debería haber

un acento de verdad para persuadir. ¡Vamos, mírame bien! ¿Tengo yo el

aspecto de un hombre que engaña? ¿No se reconoce pronto al hombre que

miente á una mujer? Ninguna se suele engañar en este punto. ¡Y qué

momento has elegido, María, para decirme semejantes cosas! Precisamente

aquel en que más te amo. Paréceme que nunca te adoré tanto como hoy.

Ahora no hablo á la reina, de la cual me burlo, pues ¿qué podría

hacerme? Mandar que me cortasen la cabeza, y esto me importa poco;

mientras que tú, María, puedes destrozarme el corazón. No es á Vuestra

Majestad á quien amo; es á ti; tu blanca y delicada mano es la que beso

y adoro, no vuestro cetro, señora.

LA REINA.--Gracias, Fabiano mío; adiós. ¡Pero milord, qué joven sois!

¡Qué hermoso es el cabello de vuestra encantadora cabeza! Volved dentro

de una hora.

FABIANI.--¡Lo que llamáis una hora es para mí un siglo!

(_Sale._)

(_Apenas desaparece, la Reina corre presurosa hacia una puertecilla

oculta en la pared, ábrela é introduce á Simón Renard._)

ESCENA II

LA REINA, SIMÓN RENARD

LA REINA.--Entrad, caballero. Y bien ¿estabais ahí? ¿Lo habéis oído

todo?

SIMÓN RENARD.--Sí, señora.

LA REINA.--¿Y qué os parece? ¡Oh! es el más redomado y el más falso de

los hombres. ¿Qué opináis?

SIMÓN RENARD.--No en vano termina en _i_ el apellido de ese hombre.

LA REINA.--¿Estáis seguro que va por la noche á casa de esa mujer? ¿le

habéis visto?

SIMÓN RENARD.--No sólo yo, sino también Chandos, Clinton, Montagu, y

otros diez testigos.

LA REINA.--¡Eso es verdaderamente una infamia!

SIMÓN RENARD.--Ahora mismo podréis tener una prueba más patente, pues

la joven se halla aquí. Según he dicho á Vuestra Majestad, mandé

prenderla en su casa anoche.

LA REINA.--Pero ¿no hay ya crimen suficiente para mandar que corten la

cabeza á ese hombre, caballero?

SIMÓN RENARD.--El haber visitado á una joven de noche no basta, señora.

Vuestra Majestad mandó juzgar á Trogmorton por un hecho análogo, y

Trogmorton fué absuelto.

LA REINA.--Por eso castigué á sus jueces.

SIMÓN RENARD.--Procurad no veros obligada á proceder lo mismo con los

de Fabiani.

LA REINA.--¡Oh! ¿cómo me vengaré de ese traidor?

SIMÓN RENARD.--Supongo que Vuestra Majestad sólo quiere vengarse de

cierta manera.

LA REINA.--De la única que sea digna de mí.

SIMÓN RENARD.--Trogmorton fué absuelto, señora; sólo hay un medio, y ya

le he indicado á Vuestra Majestad. El hombre está ahí.

LA REINA.--¿Hará cuanto yo quiera?

SIMÓN RENARD.--Sí, con tal que hagáis lo que él desea.

LA REINA.--¿Dará su vida?

SIMÓN RENARD.--Sí, pero poniendo ciertas condiciones.

LA REINA.--¿Sabéis lo que quiere?

SIMÓN RENARD.--Lo mismo que vos: vengarse.

LA REINA.--Decidle que éntre, y permaneced al alcance de mi voz... ¡Ah!

escuchad.

SIMÓN RENARD (_volviendo_).--¿Qué desea Vuestra Majestad?

LA REINA.--Decid á milord Chandos que esté en la cámara inmediata con

seis hombres de mi servicio dispuestos á entrar... y la mujer también.

Id. (_Simón Renard sale._) ¡Oh! ¡será cosa terrible!

(_Ábrese una de las puertas laterales y entran Simón Renard y

Gilberto._)

ESCENA III

LA REINA, GILBERTO, SIMÓN RENARD

GILBERTO.--¿Ante quién estoy?

SIMÓN RENARD.--Ante la reina.

GILBERTO.--¿Ante la reina?

LA REINA.--Sí, yo soy la reina, y no hay motivo para asombraros. Vos

sois Gilberto, obrero, de oficio cincelador; vivís cerca del Támesis,

no sé dónde, con una que llaman Juana, de quien sois el prometido, y

que os engaña, pues tiene por amante á un tal Fabiano, que me engaña

á mí á su vez. Queréis vengaros, y yo también, y para esto necesito

disponer de vuestra vida á mi antojo. Me conviene que digáis lo que

yo os mandaré decir, sea lo que fuere, sin que haya para vos nada

falso ni verdadero, ni bueno ni malo, ni justo ni injusto; sólo debéis

ver mi venganza y mi voluntad. Es indispensable que me dejéis obrar,

sometiéndoos á todo. ¿Consentís en ello?

GILBERTO.--Señora...

LA REINA.--Quedarás vengado, pero te prevengo que habrás de morir: esto

es todo. Ahora, fija tus condiciones; si tienes una madre anciana y es

necesario llenar su mesa de oro, habla, que no le faltará: vende tu

vida al más alto precio que te sea posible.

GILBERTO.--Ya no estoy resuelto á morir, señora.

LA REINA.--¿Cómo?

GILBERTO.--He reflexionado toda la noche, y nada veo aún claro en este

asunto. Un hombre se ha jactado de ser amante de Juana; pero ¿quién me

asegura que no ha mentido? He visto una llave; pero bien mirado, podría

ser robada. He visto un billete; pero ¿quién me dice que no se ha

escrito por fuerza? Por otra parte, tampoco sé si la letra es de Juana,

pues era de noche y yo estaba turbado. No puedo dar mi vida, que es la

suya, sin reflexionarlo antes. No creo nada; ni de nada estoy seguro,

porque no he visto á Juana.

LA REINA.--¡Bien se ve que estás enamorado! Eres como yo; resistes á

todas las pruebas. ¿Y si ves á esa Juana y la oyes confesar su falta,

harás lo que yo quiera?

GILBERTO.--Sí, con una condición.

LA REINA.--Ya me la dirás más tarde. (_Á Simón Renard._) ¡Que éntre esa

mujer al punto! (_Simón Renard sale; la reina oculta á Gilberto detrás

de un cortinaje que ocupa parte de la habitación._) Quédate ahí.

(_Entra Juana pálida y temblorosa._)

ESCENA IV

LA REINA, JUANA, GILBERTO detrás del cortinaje

LA REINA.--Acércate, joven; ¿sabes quién somos?

JUANA.--Sí, señora.

LA REINA.--¿Sabes quién es el hombre que te ha seducido?

JUANA.--Sí, señora.

LA REINA.--¿Te había engañado diciéndote que era el caballero Amyas

Pawlett?

JUANA.--Sí, señora.

LA REINA.--¿Sabes ahora que es Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil?

JUANA.--Sí, señora.

LA REINA.--Anoche, cuando te prendieron en tu casa, ¿le habías dado

cita y le esperabas?

JUANA (_juntando las manos_).--¡Dios mío, señora!

LA REINA.--Responde.

JUANA (_con voz desfallecida_).--Sí.

LA REINA.--Debes suponer que ya no puedes esperar nada, ni para él, ni

para ti.

JUANA.--Sólo la muerte. Siempre es una esperanza.

LA REINA.--Cuéntame la historia. ¿Dónde encontraste á ese hombre por

primera vez?

JUANA.--La primera vez en... pero ¿á qué decirlo? Una desgraciada hija

del pueblo, pobre y vanidosa, loca y coqueta, enamorada de los adornos,

y que se deslumbra ante el gallardo aspecto de un gran señor, nada

tiene de particular. Me han seducido y deshonrado, y estoy perdida;

nada tengo que añadir á esto. ¡Dios mío! ¿no veis cuánto me aflige cada

palabra que digo, señora?

LA REINA.--Está bien.

JUANA.--¡Oh! ya sé cuán terrible es vuestra cólera, señora; mi cabeza

se dobla de antemano bajo el castigo que me preparáis.

LA REINA.--¡Yo castigarte! ¿Piensas que me ocupo de ti, loca? ¿Quién

eres tú, infeliz criatura, para que me importen tus cosas? No; yo

sólo tengo que ver con Fabiano. En cuanto á ti, otro se encargará de

castigarte.

JUANA.--¡Pues bien! señora, cualquiera que sea el castigo y la persona

encargada de él, todo lo sufriré sin quejarme, y hasta os daré gracias

si atendéis á la súplica que voy á dirigiros. Hay un hombre que me

recogió huérfana en la cuna, y me adoptó y educó, amándome después,

y que aún me ama; bien indigna soy de ese hombre, á quien he faltado

gravemente, y cuya imagen, sin embargo, grabada en el fondo de mi

corazón, es para mí tan sagrada como la de Dios; ese hombre, que sin

duda habrá encontrado su casa desierta y abandonada, no se explica lo

que ocurre, y tal vez se halle entregado á la desesperación. ¡Pues

bien! lo que yo pido á Vuestra Majestad es que no se le dé á entender

nada, y que se me haga desaparecer, sin que sepa jamás lo que de mí

ha sido. Ignoro si se me comprenderá bien; pero seguramente no se os

oculta que ese hombre es un amigo, un noble y generoso amigo... ¡pobre

Gilberto!... que me ama y me cree pura. No quiero que me odie y me

desprecie... Ya conoceréis, señora, que la estimación de ese hombre

es para mí más que la vida. Mi falta le causará un profundo pesar, y

tanta será su sorpresa, que tal vez no dé crédito á sus oídos. ¡Pobre

Gilberto! ¡Oh señora, compadeceos de mí! ¡En nombre del cielo, que no

sepa nada de esto; que no sepa que soy culpable, pues se mataría, y

moriría si averiguase que ya no existo!

LA REINA.--El hombre de quien habláis os escucha en este momento, os

juzga, y os castigará.

(_Aparece Gilberto._)

JUANA.--¡Cielos, Gilberto!

GILBERTO (_á la Reina_).--Mi vida es vuestra, señora.

LA REINA.--Bien. ¿Tenéis que imponer algunas condiciones?

GILBERTO.--Sí, señora.

LA REINA.--¿Cuáles? Os damos nuestra palabra de reina de aceptarlas de

antemano.

GILBERTO.--El caso es muy sencillo, señora. Se trata de una deuda de

agradecimiento contraída con un caballero de vuestra corte que me ha

hecho trabajar mucho en mi oficio de cincelador.

LA REINA.--Hablad.

GILBERTO.--Ese caballero mantiene relaciones secretas con una mujer con

quien no puede unirse, porque ella pertenece á una familia desterrada;

esta mujer, que ha vivido oculta hasta ahora, es hija única y heredera

del último lord Talbot, decapitado en tiempo de Enrique VIII.

LA REINA.--¡Cómo! ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Será cierto que el

buen lord católico, el leal defensor de mi madre, dejó una hija? Si

esto es verdad, juro por mi corona que esa niña es mía; y lo que Juan

Talbot hizo por la madre de María de Inglaterra, ésta lo hará por la

hija de Juan Talbot.

GILBERTO.--Entonces, será sin duda una dicha para Vuestra Majestad

devolver á la hija de lord Talbot los bienes de su difunto padre...

LA REINA.--Seguramente que sí, y para esto obligaré á Fabiano á

renunciar á ellos; pero ¿hay pruebas de que esa heredera exista?

GILBERTO.--Las tenemos.

LA REINA.--Y si no tuviéramos pruebas, las haríamos. No en balde soy

reina.

GILBERTO.--Vuestra Majestad devolverá á la hija de lord Talbot los

bienes, los títulos, la jerarquía, el nombre y el blasón de su padre;

la eximirá de toda proscripción y asegurará su vida; y por último,

Vuestra Majestad la unirá con ese caballero, único hombre á quien debe

dar su mano. Mediante estas condiciones, señora, podréis disponer de

mí, de mi libertad y de mi vida como mejor os plazca.

LA REINA.--Bien; haré lo que acabas de decir.

GILBERTO.--La reina de Inglaterra debe jurarlo, á mí, Gilberto, el

obrero cincelador, por su corona y por el Evangelio abierto.

LA REINA.--¡Por mi corona y por el Evangelio lo juro!

GILBERTO.--Pacto concluído, señora. Haced preparar una tumba para mí

y un lecho nupcial para los esposos. El caballero de quien hablo es

Fabiani, conde de Clanbrassil; y aquí tenéis á la heredera de Talbot.

JUANA.--¿Qué dice?

LA REINA.--¿Estaré hablando con un loco? ¿Qué significa esto? ¿Os

atreveríais á burlaros de la reina de Inglaterra? Recordad que en las

cámaras reales se han de pesar las palabras, y que hay casos en que la

lengua derriba la cabeza.

GILBERTO.--Mi cabeza está á vuestra disposición, señora; pero tengo

vuestro juramento.

LA REINA.--¿Habláis con formalidad? ¡Ese Fabiani, esa Juana... vamos!

GILBERTO.--Esa Juana es hija y heredera de Talbot.

LA REINA.--¡Bah! ¡visión, quimera, locura! ¿Tenéis las pruebas?

GILBERTO.--Completas. (_Saca un paquete del pecho._) Dignaos leer esos

papeles.

LA REINA.--¿Creéis que yo tengo tiempo de leer vuestros papelotes?

¿Os los he pedido yo por ventura? ¿Para qué los quiero yo? Si prueban

alguna cosa, á fe mía que los arrojaré al fuego.

GILBERTO.--Siempre me quedará vuestro juramento.

LA REINA.--¡Mi juramento, mi juramento!

GILBERTO.--Sí, señora, por la corona y el Evangelio, es decir, por

vuestra cabeza y vuestra alma, por vuestra vida en este mundo y en el

otro.

LA REINA.--Pero ¿qué quieres? ¡Tú estás verdaderamente loco!

GILBERTO.--Voy á deciros lo que quiero. Juana ha perdido su categoría;

devolvédsela; proclamadla hija de lord Talbot y esposa de lord

Clanbrassil, y tomad después mi vida.

LA REINA.--¡Tu vida! ¿Qué haría yo con ella? Sólo podría quererla

para vengarme de ese hombre, de Fabiani. Tú no comprendes nada, ni

yo te entiendo á ti tampoco. Hablabas de venganza... ¿es así cómo te

vengas? Esta gente del pueblo es muy estúpida. ¿Cómo puedo creer yo

en la ridícula historia de una heredera de Talbot? ¡Me enseñas los

papeles! Ni siquiera los miraré. ¡Ah! Una mujer te vende y te la echas

de generoso... Pues yo no lo soy, porque mi corazón rebosa de cólera y

de odio; me vengaré, y tú me ayudarás. Pero ¿qué digo? Ese hombre es un

loco, y loco rematado. ¿Para qué le necesito yo? ¡Dios mío, qué triste

es tener que tratar con semejantes personas en asuntos formales!

GILBERTO.--Tengo vuestra palabra de reina católica. Lord Clanbrassil ha

seducido á Juana y debe unirse con ella.

LA REINA.--¿Y si rehusa?

GILBERTO.--Le obligaréis, señora.

JUANA.--¡Oh, no, compadeceos de mí!

GILBERTO.--Pues bien, si ese infame rehusa, Vuestra Majestad dispondrá

de nosotros como lo tenga por conveniente.

LA REINA (_con alegría_).--¡Ah! eso es todo cuanto yo deseo.

GILBERTO.--Si llegase ese caso, con tal que Vuestra Majestad ciña la

frente sagrada é inviolable de Juana Talbot con la corona de condesa de

Waterford, yo haré todo lo que la reina me ordene.

LA REINA.--¿Todo?

GILBERTO.--Todo.

LA REINA.--¿Dirás cuanto convenga decir? ¿Morirás de la muerte que te

impongan?

GILBERTO.--Como Vuestra Majestad ordene.

JUANA.--¡Oh Dios mío!

LA REINA.--¿Lo juras?

GILBERTO.--Lo juro.

LA REINA.--Entonces, se podrá arreglar el asunto. Esto basta; tengo tu

palabra y tienes la mía. Está dicho. (_Parece reflexionar un momento. Á

Juana._) No sois necesaria aquí; salid; ya os llamaré.

JUANA.--¡Oh Gilberto! ¿Qué habéis hecho? Soy una miserable, y no me

atrevo á miraros; mientras que vos sois un ángel, pues tenéis á la vez

las virtudes de éste y las pasiones de un hombre.

(_Sale._)

ESCENA V

LA REINA, GILBERTO; después SIMÓN RENARD, LORD CHANDOS y los guardias

LA REINA (_á Gilberto_).--¿Llevas algún arma, un puñal, un cuchillo ó

cualquiera cosa?

GILBERTO (_sacando del pecho el puñal de lord Clanbrassil_).--¿Un

puñal? Sí, señora.

LA REINA.--Bien; empúñale. (_Le coge con fuerza el brazo._) ¡Señor

Baile de Amont... lord Chandos! (_Entra Simón Renard, lord Chandos y

los guardias._) ¡Aseguraos de ese hombre; ha levantado el puñal contra

mí! Le he cogido el brazo en el momento en que iba á descargar el

golpe. ¡Es un asesino!

GILBERTO.--¡Señora!...

LA REINA (_en voz baja á Gilberto_).--¿Olvidas ya nuestro convenio? ¿Es

así cómo te sometes? (_En voz alta._) Todos sois testigos, señores,

de que aún tenía el puñal en la mano. Señor Baile, ¿cómo se llama el

verdugo de la Torre de Londres?

SIMÓN RENARD.--Mac Dermoti, natural de Irlanda.

LA REINA.--Que le conduzcan á mi presencia; quiero hablarle.

SIMÓN RENARD.--¿Vos misma?

LA REINA.--Yo misma.

SIMÓN RENARD.--¡La reina hablar al verdugo!

LA REINA.--Sí; la cabeza hablará al brazo... ¡Vamos! (_Sale un

guardia._) Milord Chandos y vosotros, señores, me respondéis de ese

hombre; custodiadle sin perderle de vista, pues aquí van á suceder

cosas que él debe ver... Señor de Amont, ¿está en palacio lord

Clanbrassil?

SIMÓN RENARD.--Se halla en la cámara pintada, esperando que Vuestra

Majestad se digne recibirle.

LA REINA.--¿No sospecha nada?

SIMÓN RENARD.--Nada.

LA REINA (_á lord Chandos_).--Que éntre.

SIMÓN RENARD.--También está ahí toda la corte. ¿No ha de entrar nadie

con lord Clanbrassil?

LA REINA.--¿Cuál de nuestros señores y caballeros es el que más odia á

Fabiani?

SIMÓN RENARD.--Todos.

LA REINA.--Quiero decir los que le odian más.

SIMÓN RENARD.--Clinton, Montagu, Somerset, el conde de Derby, Gerard

Fitz-Gerard, lord Paget y el lord Canciller.

LA REINA (_á lord Chandos_).--Introducid á todos esos señores, excepto

al lord Canciller. (_Chandos sale.--Dirigiéndose á Simón Renard:_)

El digno obispo canciller es tan enemigo de Fabiani como los otros;

pero tiene escrúpulos. (_Fijando la vista en los papeles que Gilberto

ha dejado sobre la mesa._) ¡Ah! bueno será examinar rápidamente esos

papeles.

(_Mientras se ocupa en este examen, ábrese la puerta del fondo y

entran los señores designados por la reina, haciendo profundas

reverencias._)

ESCENA VI

Los mismos, LORD CLINTON y los demás señores

LA REINA.--Dios os guarde, señores. (_Á lord Montagu._) Antonino Brown,

no olvido nunca que hicisteis frente con valor á Juan de Montmorency y

al señor de Tolosa en mis negociaciones con el emperador mi tío.--Lord

Paget, hoy recibiréis vuestros títulos de barón de Beaudesert en

Stafford.--¡He aquí á nuestro antiguo amigo, lord Clinton! Somos

siempre vuestra buena amiga, milord; ya recuerdo que vos sois quien

exterminó á Tomas Wyat en la llanura de San Jaime. Es preciso tener á

todos presentes. Aquel día, la corona de Inglaterra fué salvada por un

puente que permitió á mis tropas llegar hasta los revoltosos, y por un

muro que impidió á éstos acercarse á mí. El puente es el de Londres; el

muro es lord Clinton.

LORD CLINTON (_en voz baja á Simón Renard_).--Hacía seis meses que la

reina no me hablaba. ¡Qué amable está hoy!

SIMÓN RENARD (_en voz baja á lord Clinton_).--Paciencia, milord; aún os

parecerá más amable después.

LA REINA (_á lord Chandos_).--El conde de Clanbrassil puede entrar. (_Á

Simón Renard._) Cuando haya estado aquí algunos minutos...

(_Le habla al oído, señalándole la puerta por donde Juana ha salido._)

SIMÓN RENARD.--¡Basta, señora!

(_Entra Fabiani._)

ESCENA VII

Los mismos, FABIANI

LA REINA.--¡Ah, hele aquí!...

(_Sigue hablando con Simón Renard._)

FABIANI (_aparte, saludado por todo el mundo, y mirando á su

alrededor_).--¿Qué quiere decir esto? Sólo veo aquí enemigos hoy. La

reina habla en voz baja á Simón Renard... y ella se ríe. ¡Diablo, mala

señal!

LA REINA (_con aire risueño á Fabiani_).--¡Guárdeos Dios, milord!

FABIANI (_tomándole la mano y besándola_).--Señora... (_Aparte._) Me ha

sonreído. El peligro no es para mí.

LA REINA (_siempre risueña_).--He de hablaros.

(_Se adelanta con él hasta el proscenio._)

FABIANI.--Yo también deseo hablaros, señora; tengo que daros quejas.

¡Alejarme, desterrarme durante tanto tiempo! ¡Ah! no sucedería esto si

en las horas de ausencia pensarais en mí como yo en vos.

LA REINA.--Sois injusto; desde que os separasteis de mí sólo me he

ocupado de vos.

FABIANI.--¿De veras he tenido esa dicha? Repetídmelo.

LA REINA (_siempre risueña_).--Os lo juro.

FABIANI.--¿Me amáis, pues, como yo os amo?

LA REINA.--Sí, milord, os aseguro que sólo he pensado en vos, tanto que

os preparo una sorpresa muy agradable.

FABIANI.--¡Cómo! ¿Qué sorpresa?

LA REINA.--Un encuentro que os agradará.

FABIANI.--¿Con quién?

LA REINA.--Adivinadlo... ¿No lo adivináis?

FABIANI.--No, señora.

LA REINA.--Pues volved la cabeza.

(_Al obedecer ve á Juana en el umbral de la puertecilla

entreabierta._)

FABIANI (_aparte_).--¡Juana!

JUANA (_aparte_).--¡Es él!

LA REINA (_sonriendo_).--Milord, ¿conocéis á esa joven?

FABIANI.--No, señora.

LA REINA.--Joven ¿conocéis á milord?

JUANA.--La verdad antes que la vida. Sí, señora.

LA REINA.--¿Conque no conocéis á esa mujer, milord?

FABIANI.--¡Señora! quieren perderme. Estoy rodeado de enemigos. Esa

mujer se ha unido con ellos sin duda; yo no la conozco ni sé quién es.

LA REINA (_levantándose y cruzándole el rostro con su guante_).--¡Ah!

¡eres un cobarde... vendes á la una y reniegas de la otra! ¡Conque

no sabes quién es! ¿Quieres que yo te lo diga? ¡Esa mujer es Juana

Talbot, hija de Juan Talbot, el buen caballero católico que murió en el

cadalso por mi madre; esa mujer es Juana Talbot, mi prima, condesa de

Shrewsbury, de Wexford y de Waterford! Lord Paget, vos sois comisario

del sello privado, y tomaréis nota de nuestras palabras. La reina de

Inglaterra reconoce solemnemente á la joven Juana como hija única y

heredera del último conde de Waterford. (_Mostrando los papeles._) He

ahí los títulos y las pruebas, que mandaréis legalizar con nuestro gran

sello. Es nuestra voluntad. (_Á Fabiani._) Sí, condesa de Waterford, y

esto se halla suficientemente probado. ¡Tú le devolverás sus bienes,

miserable!... ¡Ah, conque no conocías á esa mujer, ni sabías quién

era! ¡Pues yo te lo digo; es Juana Talbot! ¿Deseas saber algo más?

(_Mirándole de frente, y en voz baja:_) ¡Cobarde, es tu querida!

FABIANI.--Señora...

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