has contestado; una sola palabra es la que yo necesito, Juana.
¡Agradecimiento, siempre agradecimiento! ¡Oh! eso es cosa muy frívola;
lo que yo quiero es amor ó nada. Juana, desde hace diez y seis años
eres mi hija, y ahora vas á ser mi esposa; te había adoptado; quiero
unirme contigo. De aquí á ocho días, pues tú has consentido en ello, se
efectuará nuestro enlace. ¡Oh Juana! ¿me amabas cuando te comprometiste
á esto? Hubo un tiempo, recuérdalo bien, en que me decías, mirando
al cielo con tus hermosos ojos: «¡Te amo!» Así es cómo yo te quiero.
Desde hace algunos meses, paréceme que algo ha cambiado en ti, sobre
todo en estas tres últimas semanas en que el trabajo me obliga á estar
ausente algunas noches. ¡Oh Juana! quiero que tú me ames, porque me
has acostumbrado á ello. Tú, tan alegre en otro tiempo, siempre estás
triste y preocupada ahora, por más que te esfuerzas para disimularlo; y
yo conozco que las palabras de cariño no son en ti naturales como otras
veces. ¿Qué tienes? ¿Es que no me amas ya? Soy seguramente un hombre
honrado, un buen obrero; pero quisiera ser un ladrón ó un asesino con
tal que me amases... ¡Juana, tú no sabes cuánto te adoro!
JUANA.--Ya lo sé, Gilberto, y por eso lloro.
GILBERTO.--¡De alegría! ¿No es cierto? Dime que es de alegría, porque
necesito creerlo. En el mundo no hay nada como ser amado. Yo no soy
más que un oscuro obrero; pero es preciso que mi Juana me ame. ¿Por
qué me has de hablar siempre de lo que hice por ti? Deja todo tu
agradecimiento á un lado y dime una sola palabra de amor. Por ti soy
capaz de condenarme y de cometer un crimen si tú lo quisieras. Tú serás
mi esposa ¿no es cierto? ¡Juana, por una mirada tuya daría cuanto
tengo, por una de tus sonrisas mi vida, y por un beso mi alma!
JUANA.--¡Qué noble corazón tenéis, Gilberto!
GILBERTO.--Escucha, Juana, aunque te rías, te diré que estoy loco y
celoso. No te ofendas... hace largo tiempo me parece ver á muchos
jóvenes caballeros rondar por aquí. Ya sabes que yo tengo treinta y
cuatro años, y sin duda comprendes que es una desgracia que un pobre
obrero, mal vestido como yo, que ya no es joven ni buen mozo, ame á una
encantadora muchacha de diez y siete abriles que llama la atención de
apuestos y gallardos caballeros, dorados y brillantes como la luz que
atrae á las mariposas. ¡Oh! yo sufro mucho; pero jamás te ofendo en mi
pensamiento, á ti, tan casta y pura, á ti, cuya frente no han tocado
aún mis labios. Sin embargo, paréceme á veces que te agrada en demasía
ver pasar el séquito y el acompañamiento de la Reina, y á todos esos
señores lujosamente vestidos de seda y terciopelo, pero que carecen de
alma y corazón. ¡Perdóname!... no sé lo que me digo. Mas ¿por qué pasan
por aquí tantos jóvenes caballeros? ¿Por qué no seré yo también noble
y rico como ellos? ¡Ay, sólo soy Gilberto el cincelador! Lord Chandos,
lord Fitz-Gerard, el conde de Arundel, el duque de Norfolk... ¡Oh!
¡cuánto aborrezco á esos nobles! Paso la vida cincelando para ellos
empuñaduras de espadas, con las cuales quisiera atravesarles el pecho.
JUANA.--¡Gilberto!
GILBERTO.--Dispénsame, Juana. ¿No es verdad que el amor puede hacer al
hombre muy malo?
JUANA.--No, muy bueno. Vos lo sois, Gilberto.
GILBERTO.--¡Oh! cada día te amo más, y quisiera morir por ti. Bien me
correspondas ó no, yo seré tu esclavo. Estoy loco... Perdóname cuanto
te he dicho. Ya es tarde, y debo retirarme. Adiós. ¡Dios mío, qué
triste es separarme de ti! Entra en casa. ¿No tienes la llave?
JUANA.--No, hace días que no sé lo que ha sido de ella.
GILBERTO.--Aquí tienes la mía... Hasta mañana... No olvides que si
ahora soy tu padre, dentro de ocho días seré tu esposo.
(_La besa en la frente y vase._)
JUANA (_sola_).--¡Mi esposo! ¡Oh! no; de ningún modo cometeré ese
crimen. ¡Pobre Gilberto, él sí que me ama; mientras que el otro!...
¡Con tal que no haya preferido la vanidad al amor, infeliz de mí!...
¿De quién dependo yo ahora? ¡Oh, soy tan ingrata como culpable!... Oigo
pasos, entremos pronto.
(_Entra en la casa._)
ESCENA IV
GILBERTO, UN HOMBRE embozado en su capa, y cubierta la cabeza con un
bonete amarillo.--El hombre tiene cogida una mano de Gilberto.
GILBERTO.--Sí, te reconozco, tú eres el mendigo judío que ronda hace
días esta casa. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has cogido de la mano para
conducirme hasta aquí?
EL HOMBRE.--Porque lo que debo deciros, sólo aquí puede decirse.
GILBERTO.--Pues bien, habla y despáchate, porque voy de prisa.
EL HOMBRE.--Escucha, joven. Hace diez y seis años, en la misma noche
en que lord Talbot, conde de Waterford, fué decapitado á la luz de
las antorchas por cuestión de papismo y de rebeldía, sus partidarios
murieron destrozados en las calles de Londres por la gente de Enrique
VIII. El tiroteo duró algunas horas, y aquella noche, un joven obrero,
mucho más ocupado en su oficio que en la guerra, trabajaba en su
tiendecilla, que es la primera que se encuentra al entrar en el puente
de Londres. Serían las dos de la madrugada, poco más ó menos, y cerca
de allí arreciaba la lucha, oyéndose cómo silbaban las balas al cruzar
el Támesis. De repente llamaron á la puerta de la tiendecilla, á través
de cuya cerradura veíase el resplandor de la luz; el artesano abrió,
y al punto entró un hombre á quien no conocía, llevando en los brazos
una criatura en mantillas, que gritaba y lloraba. El hombre la depositó
sobre la mesa y dijo: «He aquí una niña que ya no tiene padre ni
madre». Después salió lentamente, cerrando la puerta tras sí. Gilberto,
el obrero, era también huérfano, y aceptó la criatura; cuidó de ella,
vistióla, quiso educarla, y al fin la amó. Consagróse del todo á la
pobre criatura, conducida allí por la guerra civil; olvidó por ella su
juventud, sus amoríos y placeres, y desde entonces ella fué el objeto
único de su cariño y afecto. Esto ha durado diez y seis años. Gilberto,
el obrero erais vos; la niña...
GILBERTO.--Era Juana. Todo cuanto me habéis dicho es verdad; pero ¿por
qué me explicáis esto?
EL HOMBRE.--Se me ha olvidado deciros que en los pañales de la criatura
había un papel sujeto con un alfiler, y en el que se leían las
siguientes palabras: _Compadeceos de Juana_.
GILBERTO.--Estaban escritas con sangre; he conservado ese papel, y
le llevo siempre conmigo. Pero me estáis mortificando... ¿veamos la
conclusión?
EL HOMBRE.--Es muy sencilla. Ya veis que conozco vuestros asuntos, y
por lo mismo vengo á deciros: ¡Gilberto, vigilad vuestra casa esta
noche!
GILBERTO.--¿Qué queréis decir?
EL HOMBRE.--Ni una palabra más. Os aconsejo que no vayáis á trabajar;
permaneced en los alrededores de esta casa y vigilad. No soy amigo ni
enemigo vuestro; pero pláceme daros este aviso. Ahora, á fin de no
perjudicaros, dejadme; idos por ese lado, y acudid si me oís gritar.
GILBERTO.--¿Qué significa todo esto?
(_Aléjase lentamente._)
ESCENA V
EL HOMBRE, solo
La cosa está bien arreglada así. Yo necesitaba algún hombre joven y
fuerte que me prestase auxilio en caso necesario. Ese Gilberto es lo
que me conviene... Me parece que oigo rumor de remos y los acordes
de un bandolín en el río... Sí. (_Se dirige al parapeto.--Óyense los
sonidos de dicho instrumento y una voz lejana que canta._) Es él.
(_La voz se aproxima._) ¡Ya desembarca... bien... ahora despide al
barquero... magnífico! (_Volviendo al proscenio._) ¡Hele aquí!
(_Entra Fabiano Fabiani embozado en su capa y se dirige hacia la
puerta de la casa._)
ESCENA VI
EL HOMBRE, FABIANO FABIANI
EL HOMBRE (_deteniendo á Fabiani_).--Una palabra, si os place.
FABIANI.--Creo que me hablan. ¿Quién será este bergante?
EL HOMBRE.--Lo que gustéis que sea.
FABIANI.--Esta linterna alumbra mal; pero veo que llevas un bonete
amarillo, al parecer de judío. ¿Eres hebreo?
EL HOMBRE.--Sí. Deseo deciros dos palabras.
FABIANI.--¿Cómo te llamas?
EL HOMBRE.--Sé vuestro nombre, y no conocéis el mío; de modo que por
esta parte llevo la ventaja. Permitidme que la conserve.
FABIANI.--¿Tú sabes mi nombre? No es verdad.
EL HOMBRE.--Sí. En Nápoles os llamaban _signor_ Fabiani; en Madrid, don
Fabiano; en Londres os tituláis Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil.
FABIANI.--¡Llévete el diablo!
EL HOMBRE.--¡Que Dios os guarde!
FABIANI.--Mandaré apalearte. No quiero que sepan mi nombre cuando paseo
por la noche.
EL HOMBRE.--Sobre todo cuando vais al sitio en que os esperan.
FABIANI.--¿Qué quieres decir?
EL HOMBRE.--¡Si la reina lo supiese!
FABIANI.--No voy á ninguna parte.
EL HOMBRE.--Sí, milord; vais á casa de la hermosa Juana, la prometida
de Gilberto el cincelador.
FABIANI (_aparte_).--¡Diablo! ¡éste es un hombre peligroso!
EL HOMBRE.--¿Queréis que os diga algo más? Habéis seducido á esa joven,
y desde hace un mes os ha recibido dos veces en su casa por la noche;
ésta es la tercera. La hermosa debe estar esperando.
FABIANI.--¡Cállate! ¿Quieres dinero por callarte? ¿Cuánto deseas?
EL HOMBRE.--Ahora lo veremos. Por lo pronto, milord, ¿queréis que os
diga por qué sedujisteis á esa muchacha?
FABIANI.--¡Pardiez! porque estaba enamorado.
EL HOMBRE.--No; eso no es cierto.
FABIANI.--¿No estaba yo enamorado de Juana?
EL HOMBRE.--Lo mismo que de la reina... En vos no hay amor, sino
cálculo.
FABIANI.--¡Ah diablo! ¡Tú no eres un hombre; eres mi conciencia vestida
de judío!
EL HOMBRE.--Pues os hablaré como vuestra conciencia, milord; escuchad.
Sois favorito de la reina, que os ha otorgado la Jarretera, el condado
y el señorío, á la verdad cosas huecas, pues la una es un trapo,
la otra una palabra, y la última el derecho de morir decapitado.
Necesitabais algo mejor; os hacían falta buenas tierras, castillos y
rentas considerables; y como el rey Enrique VIII confiscó los bienes
de lord Talbot, decapitado hace diez y seis años, os arreglasteis
de modo que la reina María os los diera. Sin embargo, para que la
donación fuese valedera, necesitábase que el lord hubiese muerto sin
posteridad; si existía un heredero ó heredera, como Talbot murió por
la reina María y por su madre Catalina de Aragón, y atendido que era
papista, como aquella soberana, no debía dudarse que esta última os
retiraría los bienes, por muy favorito que fuéseis, para devolverlos,
por deber, por agradecimiento y por religión, al heredero ó á la
heredera. Por este lado estabais bastante tranquilo, pues lord Talbot
tenía sólo una niña que desapareció de la cuna el día en que ejecutaron
á su padre: llegaron á creer en toda Inglaterra que había muerto.
Vuestros espías, sin embargo, descubrieron últimamente que en la noche
en que lord Talbot y su partido fueron exterminados por Enrique VIII,
se había depositado misteriosamente una niña en casa de un obrero
cincelador que vive en el puente de Londres, y que era probable que
esta niña, educada bajo el nombre de Juana, fuese realmente Juana
Talbot, la niña desaparecida. Cierto que faltaban las pruebas escritas
de su nacimiento, pero se podrían encontrar el día menos pensado. El
inconveniente era grave; veros obligado á devolver algún día á una
niña, Shrewsbury, Wexford y el magnífico condado de Waterford, os
pareció muy duro. ¿Qué hacer? Buscasteis el medio de aniquilar ó anular
la joven: un hombre honrado se habría valido de un asesino; pero vos,
milord, lo hicisteis mejor: la deshonrasteis.
FABIANI.--¡Insolente!
EL HOMBRE.--Vuestra conciencia es la que habla, milord; otro
hubiera quitado la vida á la joven; vos la robasteis el honor, y de
consiguiente el porvenir. La reina María es orgullosa, aunque tenga
amantes.
FABIANI (_aparte_).--Este hombre llega al fondo de todo.
EL HOMBRE.--La reina no goza de buena salud; puede morir pronto, y
entonces vos, su favorito, caeríais arruinado sobre su tumba. Las
pruebas materiales del estado civil de la joven, que darían á conocer
su categoría, se pueden hallar cuando menos se espere, y entonces, si
la reina ha muerto, Juana, por deshonrada que esté, será reconocida
como heredera de Talbot. ¡Pues bien! vos habéis previsto este caso;
sois un caballero joven, de buen aspecto, os habéis hecho amar de
ella, y la pobre muchacha se ha entregado á vos: en el peor caso, os
casaríais con ella. No me neguéis que tal es vuestro plan; á mí me
parece sublime; y si no fuera quien soy, quisiera ser vos.
FABIANI.--¡Gracias!
EL HOMBRE.--Habéis conducido el asunto con mucha destreza, ocultando
vuestro nombre; de modo que estáis á cubierto en lo que se refiere á la
reina. La pobre muchacha cree haber sido seducida por un caballero del
país de Somerset, llamado Amyas Pawlett.
FABIANI.--¡Todo lo sabe! En fin, vamos al hecho. ¿Qué quieres?
EL HOMBRE.--Milord, si alguno tuviera en su poder los papeles que
prueban el nacimiento, la existencia y el derecho de la heredera de
Talbot, vos quedaríais más pobre que mi antecesor Job, no conservando
más castillos que los que hagáis en el aire, lo cual os disgustaría
mucho.
FABIANI.--Sí; pero nadie tiene esos papeles.
EL HOMBRE.--Os engañáis.
FABIANI.--¿Quién?
EL HOMBRE.--Yo.
FABIANI.--¡Bah, un miserable como tú! No es cierto; judío que habla,
hombre que miente.
EL HOMBRE.--Tengo esos papeles.
FABIANI.--¡Mientes! ¿Dónde están?
EL HOMBRE.--En mi bolsillo.
FABIANI.--No lo creo. ¿Están en regla? ¿No falta nada?
EL HOMBRE.--Nada.
FABIANI.--Si es así, los necesito.
EL HOMBRE.--Poco á poco.
FABIANI.--¡Judío, dame esos papeles!
EL HOMBRE.--¡Muy bien!... ¡Judío dices! Y tú, miserable mendigo, dame
la ciudad de Shrewsbury, dame la de Wexford, y también el Condado de
Waterford... Un poco de caridad, si os place.
FABIANI.--Esos papeles son todo para mí, y nada valen para ti.
EL HOMBRE.--Simón Renard y lord Chandos me los pagarían á buen precio.
FABIANI.--Simón Renard y lord Chandos son dos perros entre los cuales
mandaré que te ahorquen.
EL HOMBRE.--Si no tenéis otra cosa que proponerme, adiós.
FABIANI.--¡Aquí, judío! ¿Qué quieres por esos papeles?
EL HOMBRE.--Una cosa que tienes encima.
FABIANI.--¡Mi bolsa!
EL HOMBRE.--¡Ca, nada de eso! ¿Queréis la mía?
FABIANI.--¿Pues qué deseas?
EL HOMBRE.--Siempre lleváis encima un pergamino; es una firma en blanco
que la reina os ha dado, y en la que jura por su corona católica
conceder á quien se la presente la gracia que solicite, sea cual fuere.
Dadme esa firma en blanco, y os entregaré los papeles de Juana Talbot;
papel por papel.
FABIANI.--¿Y qué quieres hacer con esa firma en blanco?
EL HOMBRE.--¡Vaya, juguemos limpio! Os he dicho cuáles son vuestros
asuntos, y ahora voy á daros cuenta de los míos. Soy uno de los
principales plateros judíos de la calle de Kantersten en Bruselas;
presto dinero al cincuenta por ciento á todo el mundo, y prestaría
aunque fuese al diablo ó al papa. Hace dos meses uno de mis deudores
murió sin haberme pagado; era un antiguo servidor de la familia Talbot,
y el pobre hombre, desterrado hacía tiempo, sólo dejó algunos harapos;
la justicia los puso en mi poder, y en ellos encontré una caja que
contenía varios papeles. Eran los de Juana Talbot, milord, con toda
su minuciosa historia, y probada con documentos en regla. La reina de
Inglaterra acababa de daros precisamente los bienes de Juana Talbot;
y como yo necesitaba también á la soberana para negociar un préstamo
de diez mil marcos de oro, comprendí que podría hacer negocio con vos.
Vine á Inglaterra con este disfraz, espié á Juana Talbot, y todo lo he
hecho por mí mismo. De esta manera he averiguado cuánto me convenía,
y heme aquí. Tendréis los papeles de Juana Talbot si me dais la firma
en blanco de la reina: yo escribiré en el documento que se me conceden
diez mil marcos de oro; aquí me deben todavía alguna cosa, pero no
quiero regatear. ¡Diez mil marcos de oro, nada más! No os pido la suma,
porque sólo una testa coronada puede pagármela. Esto es hablaros con
franqueza, pues supongo que dos hombres tan diestros como nosotros no
ganarían nada engañándose. Si la franqueza se desterrase de la tierra,
debería reaparecer en la entrevista de dos bribones.
FABIANI.--Imposible; no puedo dar esa firma en blanco. ¡Diez mil marcos
de oro! ¿Qué diría la reina? Además, mañana podría caer en desgracia, y
esa firma en blanco sería la salvación para mí: es mi cabeza.
[Ilustración: GILBERTO.--_¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo...!_]
EL HOMBRE.--¿Qué me importa á mí?
FABIANI.--Pedidme otra cosa.
EL HOMBRE.--Quiero eso.
FABIANI.--Judío, dame los papeles de Juana Talbot.
EL HOMBRE.--Dadme la firma en blanco de la reina.
FABIANI.--¡Vamos, maldito judío, será preciso ceder!
(_Saca un papel del bolsillo._)
EL HOMBRE.--Enseñadme la firma en blanco de la reina.
FABIANI.--Muéstrame los papeles de Talbot.
EL HOMBRE.--Ahora los veréis. (_Se acercan á la linterna; Fabiani,
colocado detrás del judío, le pone el papel ante los ojos, y el hombre
le examina._) «Nos, María, reina...»--Está bien. Ya veis que soy como
vos, milord; todo lo he calculado y previsto.
FABIANI (_desenvaina un puñal con la mano derecha y se lo hunde en la
garganta_).--Exceptuando esto.
EL HOMBRE.--¡Ah traidor!... ¡Á mí... socorro!
(_Cae, y en el mismo instante arroja en la sombra tras sí, sin que
Fabiani lo note, un pliego sellado._)
FABIANI (_inclinándose sobre el cuerpo_).--¡Á fe mía, creo que ya
está muerto!... ¡Cojamos ahora esos papeles! (_Registra al judío._)
¡Maldición, no lleva nada, ni un solo papel! ¡El bribón me engañaba,
quería robarme! ¡Maldito judío, le he matado inútilmente! Todos lo
mismo; la mentira y el robo son propios de su raza. ¡Vamos, será
preciso quitar de ahí ese cadáver, y no dejarle delante de la puerta!
(_Dirigiéndose al fondo del teatro._) Si el barquero está aún allí, él
me ayudará á tirar el cuerpo al agua.
(_Desaparece detrás del parapeto._)
GILBERTO (_entrando por el lado opuesto_).--Me parece haber oído un
grito. (_Ve el cuerpo tendido en tierra junto á la linterna._) ¡Un
hombre asesinado!... ¡El mendigo!
EL HOMBRE (_incorporándose á medias_).--¡Ah!... Llegáis demasiado
tarde, Gilberto. (_Señala con el dedo el sitio donde acaba de arrojar
el pliego sellado._) Recoged eso; son los papeles que prueban que
Juana, vuestra prometida, es hija y heredera del último lord Talbot.
Mi asesino es lord de Clanbrassil, el favorito de la reina... ¡Ah! me
ahogo... ¡Gilberto, véngame y véngate!
(_Muere._)
GILBERTO.--¡Muerto!... Que me vengue... ¿Qué quiere decir? ¡Juana hija
de lord Talbot! ¡Lord de Clanbrassil, favorito de la reina! ¡Oh! Yo me
confundo... (_Sacudiendo el cadáver._) ¡Habla, una palabra más!... ¡Ah!
está bien muerto...
ESCENA VII
GILBERTO, FABIANI
FABIANI (_volviendo_).--¿Quién va?
GILBERTO.--Acaban de asesinar á un hombre.
FABIANI.--No, es un judío.
GILBERTO.--¿Quién le ha dado muerte?
FABIANI.--¡Pardiez! vos ó yo.
GILBERTO.--¡Caballero!...
FABIANI.--No hay testigos. Aquí no se ve más que un cadáver y dos
hombres á su lado. ¿Quién asesinó á ese hombre? Nada prueba que sea yo
más bien que vos.
GILBERTO.--¡Miserable! Sois el asesino.
FABIANI.--Pues bien, es verdad. ¿Qué tenemos con eso?
GILBERTO.--Voy á llamar á la justicia.
FABIANI.--Lo que haréis es ayudarme á lanzar ese cuerpo al agua.
GILBERTO.--Haré que os prendan y castiguen.
FABIANI.--He dicho que me ayudaréis.
GILBERTO.--Sois muy insolente.
FABIANI.--Creedme, borremos todas las huellas de esto, pues os interesa
más que á mí.
GILBERTO.--¡Esto es demasiado!
FABIANI.--Uno de los dos ha dado el golpe: yo soy un gran señor, un
noble, y vos un transeúnte, un plebeyo, un hombre del pueblo. El
caballero que mata á un judío paga cuatro sueldos de multa; el hombre
del pueblo paga su delito con la vida.
GILBERTO.--¡Osaríais...!
FABIANI.--Si me denunciáis os denuncio, y yo seré más digno de crédito
que vos. Con todo esto, las probabilidades son desiguales; para mí la
multa; para vos la horca.
GILBERTO.--¡Y no haber testigo ni pruebas! ¡Oh! mi cabeza se
extravía... ¡Y el miserable tiene razón!
FABIANI.--¿Queréis que os ayude á arrojar ese cadáver al agua?
GILBERTO.--¡Sois un infame!
FABIANI (_Gilberto coge el cuerpo por la cabeza, Fabiani por los pies,
y le llevan al parapeto_).--Sí, amigo mío; no sé con seguridad quién de
los dos ha dado muerte á este hombre.
(_Desaparecen detrás del parapeto._)
FABIANI (_volviendo_).--Ya está hecho, compañero. Buenas noches; ya
podéis marcharos. (_Se dirige hacia la casa, y al volver la cabeza,
nota que Gilberto le sigue._) ¡Qué se os ofrece! ¿Es que deseáis
algún dinero por vuestro trabajo? En conciencia, nada os debo; pero
tomad. (_Entrega su bolsa á Gilberto, que al pronto hace un ademán
de negativa, aceptando después, como hombre que de pronto cambia de
parecer._) Ahora, idos. ¡Vamos! ¿qué esperáis aún?
GILBERTO.--Nada.
FABIANI.--Á fe mía, podéis quedaros ahí si bien os parece. Estaréis al
sereno, y yo con mi dama. ¡Dios os guarde!
(_Se dirige hacia la puerta de la casa y hace ademán de abrir._)
GILBERTO.--¿Adónde vais así?
FABIANI.--¡Pardiez! á mi casa.
GILBERTO.--¿Cómo á vuestra casa?
FABIANI.--Sí.
GILBERTO.--¿Quién de los dos es el que sueña? Antes me dijisteis que el
asesino del judío era yo, y ahora me aseguráis que esa es vuestra casa.
FABIANI.--Ó la de mi querida, que es lo mismo.
GILBERTO.--Repetidme lo que acabáis de decir.
FABIANI.--Digo, ya que os empeñáis en saberlo, que esa casa es la de
una hermosa joven, que es mi querida.
GILBERTO.--¡Yo digo, milord, que mientes! ¡Digo que eres un falsario
y un asesino; que tu madre fué azotada por el verdugo en una plaza
pública; y que voy á sujetar tu cabeza entre mis manos y á oprimirla
hasta que te cortes la lengua con tus propios dientes!
FABIANI.--¡Hola! ¿Quién es este diablo de hombre?
GILBERTO.--Soy Gilberto el cincelador, y Juana es mi prometida.
FABIANI.--Pues yo soy el caballero Amyas Pawlett, el querido de Juana.
GILBERTO.--¡Te digo que mientes! Tú eres lord Clanbrassil, el favorito
de la reina. ¡Imbécil! ¡Creías que lo ignoraba!
FABIANI.--¡Está visto que todo el mundo me conoce esta noche!... He
aquí otro hombre peligroso, y del cual será preciso deshacerse cuanto
antes.
GILBERTO.--Dime en el acto que has mentido como un bellaco, y que Juana
no es tu querida.
FABIANI.--¿Conoces su letra? (_Saca un billete del bolsillo._) Lee eso.
(_Aparte, mientras que Gilberto desdobla convulsivamente el papel._)
Importa que éntre en su casa para reñir con Juana, pues así mi gente
tendrá tiempo de llegar.
GILBERTO (_leyendo_).--«Estaré sola esta noche; podéis venir...»
¡Maldición, milord, tú has deshonrado á mi prometida, y eres un infame!
¡Vas á darme satisfacción al punto!
FABIANI (_echando mano á la espada_).--No hay inconveniente. ¿Dónde
está tu acero?
GILBERTO.--¡Oh rabia! ¡Ser hijo del pueblo y no tener espada ni puñal!
¡No importa; te esperaré en la esquina de una calle y te asesinaré,
miserable!
FABIANI.--Eres muy violento, amigo mío.
GILBERTO.--¡Oh! ya me vengaré de ti.
FABIANI.--¡Vengarte de mí! Estás demasiado bajo, y yo muy alto.
GILBERTO.--¿Me desafías?
FABIANI.--Sí.
GILBERTO.--¡Ya nos veremos!
FABIANI (_aparte_).--Es preciso que el sol de mañana no salga para ese
hombre. (_En voz alta._) Créeme, amigo mío, entra en tu casa. Siento
mucho que hayas descubierto lo que acabas de averiguar; pero te dejo la
dama. Mi intención no era ir más lejos en estos amoríos. ¡Vamos, véte
á dormir! (_Arroja una llave á los pies de Gilberto._) Si no tienes
llave, toma esa, ó si lo prefieres, da tres golpes en la ventana; la
muchacha creerá que soy yo, y te abrirá. Buenas noches.
(_Vase._)
ESCENA VIII
GILBERTO, solo
¡Se ha marchado, sin que pudiese despedazarle entre mis manos! ¡Ha
sido forzoso dejarle escapar! ¡No tengo arma ninguna! (_Ve en tierra
el puñal con que lord Clanbrassil ha dado muerte al judío, y recoge el
arma con precipitación._) ¡Ah, llegas demasiado tarde! Ya no podría
servir sino para mí; pero es igual; bien hayas caído del cielo ó vengas
del infierno, yo te bendigo. ¡Oh! Juana me ha vendido; Juana se ha
entregado á ese infame; ¡Juana es la heredera de lord Talbot; Juana
está perdida para mí! ¡Oh Dios mío! ¡he aquí en una hora desgracias
demasiado dolorosas para que yo las resista! (_Simón Renard aparece en
la oscuridad, en el fondo del teatro._) ¡Oh, vengarme de ese hombre,
vengarme de ese lord Clanbrassil! Si voy al palacio de la reina, los
lacayos me arrojarán á puntapiés como si fuese un perro. ¡Estoy loco,
mi cabeza arde! ¡Me es igual morir, mas antes quisiera vengarme, y
para conseguirlo daría hasta mi sangre! ¿No hay nadie en el mundo que
quiera hacer este pacto conmigo? ¿Quién se ofrece á vengarme de lord
Clanbrassil, tomando en cambio mi vida?
ESCENA IX
GILBERTO, SIMÓN RENARD
SIMÓN RENARD (_dando un paso_).--Yo.
GILBERTO.--¿Tú? ¿Quién eres tú?
SIMÓN RENARD.--Soy el hombre que deseas.
GILBERTO.--¿Sabes quién soy yo?
SIMÓN RENARD.--Eres el hombre que necesito.
GILBERTO.--No tengo más que una idea, la de vengarme de lord
Clanbrassil y morir.
SIMÓN RENARD.--Quedarás vengado y morirás.
GILBERTO.--Quien quiera que seas, gracias.
SIMÓN RENARD.--Sí, tendrás la venganza que deseas; pero no olvides con
qué condición. Necesito tu vida.
GILBERTO.--Tómala.
SIMÓN RENARD.--¿Queda convenido?
GILBERTO.--Sí.
SIMÓN RENARD.--Sígueme.
GILBERTO.--¿Adónde?
SIMÓN RENARD.--Ya lo sabrás.
GILBERTO.--No olvides que me has prometido vengarme.
SIMÓN RENARD.--Piensa que te comprometes á morir.
[Ilustración]
[Ilustración]
Jornada Segunda
LA REINA