Porque, observémoslo de paso, á Shakespeare le fué dado, y á esto debió

la soberanía de su genio, conciliar, unir y amalgamar de continuo en

su obra esas dos cualidades, la verdad y la grandeza, cualidades casi

contrarias, ó por lo menos tan diferentes, que la falta de cada una de

ellas constituye lo inverso de la otra. El escollo de lo verdadero es

lo pequeño; el escollo de lo grande es lo falso. En todas las obras de

Shakespeare hay algo grande que es verdadero y viceversa; en el centro

de todas sus creaciones se encuentra el punto de intersección de lo

grandioso y de lo verdadero; y allí donde se cruzan las cosas grandes

y las verdaderas, el arte es completo. Shakespeare, así como Miguel

Ángel, parece haber sido creado para resolver este problema extraño,

cuya simple enunciación parece absurda:--mantenerse siempre en la

naturaleza, saliendo de ella algunas veces.--Shakespeare exagera las

proporciones, pero conserva la relación. ¡Admirable omnipotencia del

poeta! Hace cosas más elevadas que nosotros, que viven como nosotros.

Hamlet, por ejemplo, es tan verdadero como cualquiera de nosotros, y

más grande; Hamlet es colosal, y sin embargo, verdadero; Hamlet no es

como uno de vosotros ó como yo; es como todos; Hamlet no es un hombre,

es el hombre.

Separar continuamente lo grande á través de lo verdadero, y esto á

través de aquello, es, según el autor de este drama, el objeto del

poeta en el teatro, manteniendo todas las demás ideas que ha podido

desarrollar sobre estas materias. En dos palabras, lo _grande_ y lo

_verdadero_ lo encierran todo; la verdad contiene la moralidad; en lo

grandioso está lo bello.

Nadie supondrá que el autor haya tenido la presunción de creer que

jamás alcanzó ese objeto, ni que podrá alcanzarla nunca; pero se le

permitirá declarar públicamente que jamás buscó otro en el teatro hasta

hoy día. El nuevo drama que ha hecho representar es un esfuerzo más

hacia ese brillante fin. ¿Cuál es, en efecto, la idea que ha tratado de

realizar en _María Tudor_? Hela aquí: una reina que sea mujer; grande

como soberana, verdadera como mujer.

El autor lo ha dicho ya en otra parte: el drama, tal como le comprende,

el drama, tal como quisiera verle creado por un hombre de genio, el

drama según el siglo XIX, no es la tragicomedia altiva, desmesurada,

española y sublime de Corneille; no es la tragedia abstracta, amorosa,

ideal y divinamente elegíaca de Racine; no es la comedia profunda,

sagaz, penetrante y demasiado irónica de Molière; no es la tragedia

de intención filosófica de Voltaire; no es la comedia de acción

revolucionaria de Beaumarchais; no es más que todo eso, pero lo es

todo á la vez; ó mejor dicho, no es nada de eso. No es, como en los

grandes hombres que acabamos de citar, un solo lado de las cosas,

sistemático y continuamente sacado á luz; es el conjunto considerado

á la vez bajo todas sus fases. Si hubiera hoy un hombre que pudiese

realizar el drama tal como le comprendemos, este drama sería el corazón

humano, la cabeza humana, la pasión humana, la voluntad humana; sería

el pasado resucitado en provecho del presente; sería la historia que

nuestros padres hicieron, confrontada con la que nosotros hacemos;

sería mezclar en la escena todo lo que se mezcla en la vida; sería un

motín allá y un diálogo de amor aquí; en este último una lección para

el pueblo, y en el otro un grito para el corazón; sería la risa, y

también las lágrimas; sería el bien, el mal, lo superior, lo inferior,

la fatalidad, la providencia, el genio, la casualidad, la sociedad, el

mundo, la naturaleza, la vida; y algo grande cerniéndose sobre todo

esto.

Á este drama, que constituiría para la multitud una enseñanza perpetua,

le sería permitido todo, porque estaría en su esencia no abusar de

nada. Llegaría á ser tan notorio por su lealtad, elevación, utilidad

y recta conciencia, que no se le acusaría nunca de buscar el efecto y

el ruido allí donde sólo hubiera deseado obtener una lección moral.

Podría llevar á Francisco I á casa de Magalona sin hacerse sospechoso;

producir en el corazón de Didier un sentimiento compasivo para Marion;

y sin que se le tachase de enfático y exagerado, como al autor de

_María Tudor_, presentar ampliamente en la escena, con toda su terrible

realidad, ese formidable triángulo que tan á menudo aparece en la

historia: una reina, un valido y un verdugo.

El hombre que crease este drama debería tener dos cualidades:

conciencia y genio. El autor que habla aquí, sabe ya que sólo tiene

la primera; mas no por eso dejará de continuar lo que ha comenzado,

deseando que otros lo hagan mejor. Hoy día, un numeroso público, cada

vez más inteligente, acoge con favor todas las tentativas formales del

arte; y todo lo que ahora hay de elevado en la crítica ayuda y estimula

al poeta. ¡Venga, pues, el poeta! En cuanto al autor de este drama,

seguro del porvenir, que progresa, y de que, á falta de talento, se le

tendrá algún día en cuenta su perseverancia, fija una mirada serena,

confiada y tranquila en la multitud que todas las noches dispensa aún

á esta obra incompleta tanta curiosidad, interés y atención. Ante esa

multitud comprende la responsabilidad que sobre él pesa, y acéptala

tranquilo. Jamás pierde un instante de vista en sus trabajos al pueblo

que el teatro civiliza, la historia que el teatro explica, y el corazón

humano que el teatro aconseja. Mañana dejará la obra terminada por

la que se ha de hacer; y saldrá de esa multitud para retirarse á su

soledad, soledad profunda donde no llega ninguna influencia perniciosa

del mundo exterior; donde la juventud, su amiga, se presenta algunas

veces para estrecharle la mano, donde está solo con su pensamiento, su

independencia y su voluntad. La soledad le será más que nunca grata,

porque sólo en ella se puede trabajar para la multitud; y más que

nunca tendrá su espíritu, su obra y su pensamiento alejados de toda

camarilla, pues conoce algo más grande que ésta: los partidos; algo

más grande que los partidos: el pueblo; y algo superior al pueblo: la

humanidad.

17 Noviembre 1833.

MARÍA TUDOR

PERSONAJES

MARÍA, reina.

JUANA.

GILBERTO.

FABIANO FABIANI.

SIMÓN RENARD.

JOSHUA FARNABY.

UN JUDÍO.

LORD CLINTON.

LORD CHANDOS.

LORD MONTAGU.

MAESE ENEAS DULVERTON.

LORD GARDINER.

UN CARCELERO.

CABALLEROS, PAJES, GUARDIAS, EL VERDUGO.

Londres, 1553.

[Ilustración]

JORNADA PRIMERA

EL HOMBRE DEL PUEBLO

Playa desierta á orillas del Támesis, en parte oculta por un antiguo

parapeto ruinoso. Á la derecha una casa de mísero aspecto, en uno de

cuyos ángulos se ve una pequeña estatua de la Virgen, iluminada por una

mecha de estopa que arde en un enrejado de hierro. En el fondo, más

allá del Támesis, la ciudad. Divísanse dos altos edificios, la Torre de

Londres y la Abadía de Westminster.--El día comienza á declinar.

PERSONAJES

GILBERTO.

FABIANO FABIANI.

SIMÓN RENARD.

LORD CHANDOS.

LORD CLINTON.

LORD MONTAGU.

JOSHUA FARNABY.

JUANA.

UN JUDÍO.

ESCENA I

Varios hombres agrupados acá y allá en la playa, entre los cuales se

hallan SIMÓN RENARD; JUAN BRIDGES, barón de CHANDOS; ROBERTO CLINTON,

barón de CLINTON, y ANTONIO BROWN, vizconde de MONTAGU

LORD CHANDOS.--Tenéis razón, milord; es preciso que ese condenado

italiano haya hechizado á la reina, porque ésta no puede prescindir de

él; sólo por él vive, no está alegre sino en su presencia, y sólo á él

escucha. Si pasa un día sin verle, sus ojos languidecen, como en aquel

tiempo en que amaba al cardenal Polus. ¿Os acordáis?

SIMÓN RENARD.--Muy enamorada está ciertamente, y por lo tanto muy

celosa.

LORD CHANDOS.--¡Ese italiano la tiene hechizada!

LORD MONTAGU.--Á decir verdad, asegúrase que los de su nación tienen

filtros para ese objeto.

LORD CLINTON.--Los árabes saben confeccionar sutiles venenos que matan,

y los italianos conocen los que hacen amar.

LORD CHANDOS.--La reina está enamorada y enferma á la vez; debe haber

bebido las dos clases de veneno.

LORD MONTAGU.--¿Pero es ese hombre realmente italiano?

LORD CHANDOS.--Parece haber nacido en Italia; pero pretende tener

relaciones de parentesco con una distinguida familia española.

LORD CLINTON.--Es un aventurero, de no sé qué país. Esos hombres que

son cosmopolitas no tienen compasión en ninguna parte cuando llegan al

poder.

LORD MONTAGU.--¿No decíais que la reina está enferma, Chandos? esto no

le impide vivir alegremente con su valido.

LORD CLINTON.--¡Alegremente! Mientras que la reina ríe, el pueblo

llora y el favorito se enriquece; ese hombre come plata y bebe oro. La

reina le ha cedido los bienes del gran lord Talbot, le ha hecho conde

de Clanbrassil y barón de Dinasmonddy. Como si esto no bastara, el

tal Fabiano Fabiani es también par de Inglaterra, como vos, Montagu,

como vos, Chandos, como Stanley, Norfolk y yo, y como el rey. Tiene

la orden de la Jarretera, lo mismo que el infante de Portugal, el rey

de Dinamarca y Tomás Percy, séptimo conde de Northumberland. ¡Y qué

duro es ese tirano que nos gobierna desde su lecho! Nunca pesó otro

semejante sobre Inglaterra. ¡Y eso que he visto muchos déspotas, pues

ya soy viejo! Setenta horcas hay en Tyburn; y el hacha del verdugo,

afilada por las mañanas, se mella todas las noches. Cada día se inmola

á algún caballero; anteayer fué Blantyre; ayer le tocó el turno á

Northcurry, hoy á South-Reppo, y mañana á Tyrconnel. La semana próxima

os llegará el turno, Chandos, y el mes entrante seré yo la víctima.

¡Señores, señores, es una vergüenza y una iniquidad que tantas cabezas

inglesas caigan por el capricho de no sé qué miserable aventurero,

que no es hijo de nuestro país! ¡Es insoportable y espantoso que

un favorito napolitano pueda sacar tantos tajos como quiere de la

habitación de esa reina! Los dos viven alegremente, según decís; mas

¡vive el cielo que esto es una infamia! ¡Ah! ¡los dos enamorados se

divierten, mientras que el verdugo, siempre á su puerta, hace viudas y

huérfanos! ¡Oh! ¡Su guitarra italiana va demasiado acompañada del ruido

de las cadenas! ¡Señora reina, hacéis venir cantantes de la capilla de

Avignon, y todos los días se representan en vuestro palacio comedias, y

los estrados están llenos de músicos! ¡Pardiez, señora, menos alegría

en vuestra casa, si os place, y menos duelo entre nosotros; menos

víctimas aquí y menos verdugos allá; menos tumbas en Westminster, y no

tantos cadalsos en Tyburn!

LORD MONTAGU.--Cuidado con lo que decís, porque nosotros somos súbditos

leales. Hablad cuanto queráis de Fabiani; mas no de la reina.

SIMÓN RENARD (_poniendo la mano en el hombro de lord

Clinton_).--¡Paciencia!

LORD CLINTON.--¡Paciencia! Fácil es decir eso, señor Simón Renard.

Sois baile de Amont en el Franco Condado, súbdito del Emperador, y su

legado en Londres; representáis aquí al príncipe de España, futuro

esposo de la reina, y vuestra persona es sagrada para el favorito; pero

tratándose de nosotros, es otra cosa. Fabiani es para vos el pastor, y

para nosotros el verdugo.

(_Ha cerrado la noche._)

SIMÓN RENARD.--Ese hombre no me molesta menos que á vosotros, pues si

teméis por vuestra vida, yo temo por mi honor, que es mucho más. No

hablo, pero obro; no me anima tanta cólera como á vos, milord; mas en

cambio, mi odio excede al vuestro. Yo aniquilaré al favorito.

LORD MONTAGU.--¡Oh! ¿cómo hacerlo? Todos los días pienso en ello.

SIMÓN RENARD.--No se hacen ni deshacen de día los favoritos de la

reina, sino de noche.

LORD CHANDOS.--La de hoy es bien negra y pavorosa.

SIMÓN RENARD.--Á mí me parece magnífica para lo que trato de hacer.

LORD CHANDOS.--¿Qué es ello?

SIMÓN RENARD.--Ya lo veréis... Milord Chandos, cuando una mujer reina,

el capricho gobierna; entonces, la política no es ya cuestión de

cálculo, sino de casualidad; no se puede contar sobre nada, y el día de

hoy no trae lógicamente el de mañana. Los negocios no se juegan ya al

ajedrez, sino á los naipes.

LORD CLINTON.--Todo eso está muy bien; pero vamos al hecho. Señor

baile, ¿cuándo nos entregaréis al favorito? Es cosa urgente, porque

mañana decapitan á Tyrconnel.

SIMÓN RENARD.--Si encuentro esta noche un hombre como el que busco,

Tyrconnel cenará con vos mañana.

LORD CLINTON.--¿Qué queréis decir? ¿Qué sucederá con Fabiani?

SIMÓN RENARD.--¿Tenéis buena vista, milord?

LORD CLINTON.--Sí, aunque sea viejo y la noche esté negra, veo bastante.

SIMÓN RENARD.--¿Divisáis la ciudad de Londres al otro lado del río?

LORD CLINTON.--Sí. ¿Por qué?

SIMÓN RENARD.--Mirad bien. Desde aquí se ve la subida y la bajada de

todo favorito: Westminster y la Torre de Londres.

LORD CLINTON.--¿Y bien?

SIMÓN RENARD.--Si Dios me ayuda, en este momento hay allí un hombre...

(_Señala la abadía de Westminster._) que mañana á la misma hora estará

aquí.

(_Señala la Torre._)

LORD CLINTON.--¡Que el Señor os preste su ayuda!

LORD MONTAGU.--El pueblo no le odia menos que nosotros. ¡Qué fiesta

habrá en Londres el día de su caída!

LORD CHANDOS.--Nos hemos puesto en vuestras manos, señor baile, y por

lo tanto disponed de nosotros. ¿Qué se ha de hacer?

SIMÓN RENARD (_mostrando la casa situada junto á la orilla)_.--¿Veis

todos esa casa? Es la de Gilberto, el cincelador; no la perdáis de

vista, y dispersaos con vuestra gente, aunque sin alejaros mucho. Sobre

todo, no hagáis nada sin mí.

LORD CHANDOS.--Está bien.

(_Todos se alejan por diversos lados._)

SIMÓN RENARD (_solo_).--No es fácil encontrar un hombre como el que

necesito.

(_Vase. Llegan Juana y Gilberto cogidos del brazo y se dirigen hacia

la casa; acompáñales Joshua Farnaby, embozado en su capa._)

ESCENA II

JUANA, GILBERTO Y JOSHUA FARNABY

JOSHUA.--Aquí os dejo, amigos míos, porque ya es de noche y he de ir

á prestar mi servicio en la Torre de Londres. ¡Ah! yo no estoy libre

como vosotros; el carcelero no es más que una especie de preso. Vamos,

adiós, Juana, adiós, Gilberto; me alegro mucho de que seáis felices.

¡Ah! dime tú, Gilberto, ¿cuándo es la boda?

GILBERTO.--De aquí á ocho días. ¿No es verdad, Juana?

JOSHUA.--Ahora recuerdo que pasado mañana es Navidad, día de

felicitaciones; pero yo no tengo ninguna que daros, puesto que es

imposible desear más belleza en la novia y más amor en el novio. ¡Sois

dichosos!

GILBERTO.--¿No lo eres tú también, buen Joshua?

JOSHUA.--Ni feliz ni desgraciado, pues renuncié á todo hace tiempo.

(_Entreabre su capa y deja ver un manojo de llaves que pende de su

cintura._) He aquí, Gilberto, algunas llaves de la prisión, cuyo sonido

me acompaña de continuo, induciéndome á muchas reflexiones filosóficas.

Cuando joven, era como los demás; estaba enamorado un día, acosábame

la ambición durante un mes, y la locura todo el año. Era en tiempo de

Enrique VIII, rey verdaderamente singular, rey que cambiaba de mujeres

como éstas de vestidos; repudió á la primera, mandó cortar la cabeza

á la segunda, dispuso que abrieran el vientre á la tercera; perdonó á

la cuarta, aunque expulsándola; pero en cambio ordenó que decapitaran

á la quinta. No creáis que os refiero el cuento de Barba-Azul, porque

es la verdadera historia de Enrique VIII. En aquel tiempo ocupábame en

la guerra y en cuestiones de religión, batiéndome por una y por otra;

y eso era lo mejor que se podía hacer entonces, aunque el asunto era

espinoso. Tratábase de ir en favor ó en contra del papa; la gente del

rey ahorcaba á los que no le defendían; pero quemaban á cuantos se

declaraban en contra; y la misma suerte sufrían los indiferentes, es

decir los que no estaban por el rey ni por el papa. Cada cual salía

del paso como podía, hallándose amenazado siempre por la cuerda ó la

hoguera. Á mí me han chamuscado más de cuatro veces, y creo que me

descolgaron de la horca dos ó tres un momento antes de efectuarse la

ejecución. ¡Buen tiempo era aquel, poco más ó menos como éste! Sí, yo

me batía por todo eso; pero lléveme el diablo si sé ahora por qué y

para qué me batía. Cuando me hablan del maestro Lutero y del papa Pablo

III me encojo de hombros. Mira, Gilberto, cuando se tiene el cabello

gris no se deben profesar las opiniones por las cuales nos batíamos

antes, ni tratar á las mujeres á quienes se hacía el amor á los veinte

años, pues unas y otras parecen ya muy feas y viejas, raquíticas,

llenas de arrugas y estúpidas. Esa es mi historia. Ya me he retirado de

los negocios, y ya no soy soldado del rey ni del papa, sino carcelero

de la Torre de Londres; no me bato por nadie, y encierro bajo llave á

todo el mundo. Carcelero y viejo, tengo un pie en la prisión y el otro

en la fosa. Yo soy quien recoge los restos de todos los ministros y

favoritos que se prenden en palacio, lo cual es muy divertido. Además

tengo un hijo á quien amo mucho, y vosotros dos, que merecéis todo mi

cariño. Si sois felices, ya estoy contento.

GILBERTO.--En tal caso, sé dichoso, Joshua.

JOSHUA.--Yo no puedo hacer nada por tu felicidad; pero Juana lo

hará todo, porque la amas; y tampoco me será dado prestarte ningún

servicio en mi vida, porque felizmente no eres bastante gran señor

para necesitar nunca al llavero de la Torre de Londres. Juana pagará

mi deuda al mismo tiempo que la suya, pues ella y yo te lo debemos

todo; tú la recogiste y educaste cuando era una pobre niña huérfana y

abandonada; y á mí me salvaste un día que me ahogaba en el Támesis.

GILBERTO.--¿Á qué hablar siempre de eso, Joshua?

JOSHUA.--Para decirte que nuestro deber es amarte, yo como un hermano,

y ella... como otra cosa.

JUANA.--Como una esposa fiel; ya comprendo, Joshua.

(_Entrégase á una profunda meditación._)

GILBERTO (_en voz baja á Joshua_).--¡Mírala, Joshua! ¿No te parece que

es hermosa y encantadora, y digna de un rey? No puedes imaginar cuánto

la amo.

JOSHUA.--¡Cuidado! es imprudente amar tanto á una mujer. Tratándose de

un niño, es otra cosa.

GILBERTO.--¿Qué quieres decir?

JOSHUA.--Nada... De aquí á ocho días asistiré á vuestra boda. Espero

que entonces me dejarán alguna libertad los asuntos del Estado, y que

todo se acabará.

GILBERTO.--¿Qué se acabará?

JOSHUA.--¡Ah! tú no debes ocuparte de estas cosas, porque estás

enamorado. Tú eres del pueblo, y poco pueden importarte las intrigas

de altas regiones, siendo tan feliz aquí abajo; pero puesto que me

preguntas, te diré que se espera que de aquí á ocho días, ó tal vez

dentro de veinticuatro horas, Fabiano Fabiani será sustituído por otro

cerca de la reina.

GILBERTO.--¿Quién es ese Fabiano Fabiani?

JOSHUA.--Es el amante de la reina, un favorito muy célebre y

encantador, un favorito que tarda menos en hacer cortar la cabeza á un

hombre, cuando le desagrada, que un burgomaestre flamenco en comerse

una cucharada de sopa; es el mejor favorito que el verdugo de la Torre

de Londres ha tenido hace diez años, pues ya sabes que el ejecutor

recibe por cada cabeza de noble diez escudos de plata, y á veces

cuarenta, si la cabeza es de importancia. Se desea mucho la caída de

ese Fabiani, aunque á decir verdad, en mis funciones de carcelero sólo

oigo hablar de él á los descontentos, á hombres á quienes se ha de

cortar la cabeza dentro de un mes.

GILBERTO.--¡Devórense los lobos entre sí! ¿Qué nos importan á nosotros

la reina y su favorito? ¿No es verdad, Juana?

JOSHUA.--¡Oh! se está fraguando una tremenda conspiración contra

Fabiani, y no tendrá poca suerte si sale bien de ella. No extrañaría

que se intentase algún golpe esta noche, pues acabo de ver á maese

Simón Renard rondando por ahí y muy meditabundo.

GILBERTO.--¿Quién es ese Simón Renard?

JOSHUA.--¡Cómo! ¿no lo sabes? Es el brazo derecho del emperador en

Londres. La reina debe casarse con el príncipe de España, cuyo

representante es Simón Renard; la soberana le odia, pero le teme, y

nada puede contra él. Ha destronado ya dos ó tres favoritos, pues

su instinto le induce á dar en tierra con todos, y por esto hace

una limpia en palacio de vez en cuando. Simón Renard es hombre muy

sagaz y malicioso, que sabe cuanto pasa, y que socava siempre las

intrigas subterráneas en todos los acontecimientos. En cuanto á

lord Paget... ¿no me has preguntado también quién era? Pues te diré

que es un caballero muy audaz, que ha entendido en los negocios en

tiempo de Enrique VIII; es individuo del Consejo secreto, y tiene tal

ascendiente, que los demás ministros no osan decir palabra delante de

él, exceptuando, no obstante, el canciller, milord Gardiner, que le

aborrece. Este lord Gardiner tiene un carácter muy violento, pero es de

muy buena cuna; mientras que Paget tuvo por padre á un zapatero. Paget

obtendrá muy pronto el título de barón de Beaudesert en Stafford.

GILBERTO.--¡Qué enterado está Joshua de todas estas cosas!

JOSHUA.--¡Pardiez! de algo sirve oir hablar á los prisioneros de

Estado. (_Simón Renard aparece en el fondo del teatro._) Te aseguro,

Gilberto, que el hombre que mejor sabe la historia de estos tiempos es

el carcelero de la Torre de Londres.

SIMÓN RENARD (_que ha oído las últimas palabras_).--Os engañáis, maese,

es el verdugo.

JOSHUA (_en voz baja á Juana y á Gilberto_).--Retirémonos un poco.

(_Simón Renard se aleja lentamente, desapareciendo después._) Ahí

tenéis á Simón Renard.

GILBERTO.--No me gustan esos hombres que rondan alrededor de mi casa.

JOSHUA.--¿Qué diablos buscará por aquí? Bueno será marcharme pronto,

pues tal vez me prepare algún trabajo. ¡Adiós, Gilberto, adiós, hermosa

Juana!

GILBERTO.--¡Adiós, Joshua!... Pero dime ¿qué llevas oculto debajo de la

capa?

JOSHUA.--¡Ah! yo también tengo mi complot.

GILBERTO.--¿Qué complot?

JOSHUA.--Vosotros los enamorados lo olvidáis todo. Acabo de recordaros

que pasado mañana es día de Navidad. Los señores preparan una sorpresa

á Fabiani, y yo conspiro por mi cuenta. La reina tendrá tal vez un

favorito nuevo, y yo voy á dar una muñeca á mi niña. (_Saca una muñeca

que lleva debajo de la capa._) También es nueva; veremos cuál dura más,

si el favorito ó ella. ¡Dios os guarde, amigos míos!

GILBERTO.--Hasta más ver, Joshua.

(_Joshua se aleja; Gilberto toma la mano de Juana y la besa con

pasión._)

JOSHUA (_en el fondo del teatro_).--¡Qué grande es la Providencia! ¡Á

cada cual le da su juguete, la muñeca á la niña, la niña al hombre, el

hombre á la mujer y la mujer al diablo!

ESCENA III

GILBERTO, JUANA

GILBERTO.--También debo separarme de ti. Adiós, Juana, duerme en paz.

JUANA.--¿No queréis entrar esta noche, Gilberto?

GILBERTO.--No me es posible. Ya te he dicho que debo concluir un

trabajo en el taller esta noche; he de cincelar la empuñadura de una

daga para no sé qué lord Clanbrassil, á quien no he visto nunca, y que

la necesita para mañana.

JUANA.--Pues entonces buenas noches, Gilberto.

GILBERTO.--¡Un momento más, Juana! ¡Cuánto me cuesta separarme de

ti, aunque sólo sea por algunas horas! ¡Tú eres mi vida y mi alegría,

pero es preciso que vaya á trabajar, pues somos muy pobres! No quiero

entrar, porque me quedaría, y debo marcharme. Mira, sentémonos algunos

minutos á la puerta de tu casa, en ese banco; me parece que así me será

menos difícil irme. Dame la mano. (_Se sienta y le coge ambas manos,

mientras Juana permanece de pie._) ¿Me amas, Juana?

JUANA.--¡Oh! todo os lo debo, Gilberto, ya lo sé, aunque durante largo

tiempo me lo hayáis ocultado. Muy pequeña, cuando apenas había dejado

la cuna, mis padres me abandonaron, y vos me recogisteis. Hace diez y

seis años habéis trabajado para mí como un padre, y vuestros ojos me

han vigilado como los de una madre. ¿Qué sería yo sin vos, Dios mío?

Todo lo que tengo me lo habéis dado; todo lo que soy, á vos lo debo.

GILBERTO.--Juana, ¿me amas?

JUANA.--¡Qué abnegación la vuestra, Gilberto! Día y noche trabajabais

para mí sin tregua ni reposo, y aun hoy pasáis la noche en vela por

mi causa. Sin embargo, jamás oí de vuestros labios una reprensión ni

una palabra dura; nunca os dejáis llevar de la cólera; y aunque sois

tan pobre, procuráis satisfacer mis caprichos de coqueta. Gilberto,

sólo pienso en vos con las lágrimas en los ojos; algunas veces habéis

carecido de pan, y á mí no me han faltado nunca cintas.

GILBERTO.--¿Me amas, Juana?

JUANA.--Gilberto, os besaría hasta los pies.

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 5 / 19 段