Barbarigo; hoy es en Ferrara, en casa de la divina princesa Negroni.
JEPPO.--El otro día era una historia lúgubre; hoy es una historia
alegre.
MAFFIO.--¡Una historia alegre, Jeppo! De cómo don Silicio, galante
caballero de treinta años, que había perdido su patrimonio, se casó
con la riquísima marquesa Calpurnia, que contaba cuarenta y ocho
primaveras. ¡Por Baco! ¡Eso os parece alegre!
GUBETTA.--Es triste y común. Un hombre arruinado que se casa con una
mujer caduca es cosa que se ve todos los días.
(_Sigue comiendo. De vez en cuando algunos se levantan y van á hablar
en el proscenio mientras continúa la orgía._)
LA PRINCESA NEGRONI (_Á Maffio, señalándole á Genaro._)--Señor conde
Orsini, tenéis ahí un amigo que me parece estar muy triste.
MAFFIO.--Siempre está así, señora. Me dispensaréis que lo haya traído
sin que le hubiéseis hecho la gracia de invitarle. Es mi hermano de
armas. Me ha salvado la vida en el asalto de Rímini; y en el ataque
del puente de Vicenza recibí una estocada que le iba dirigida. No
nos separamos nunca. Vivimos juntos. Un gitano nos ha predicho que
moriríamos el mismo día.
LA NEGRONI (_riendo_).--¿Os ha dicho si sería por la mañana ó por la
noche?
MAFFIO.--Nos ha dicho que sería por la mañana.
LA NEGRONI (_riendo más fuerte_).--Vuestro gitano no sabía lo que se
decía. ¿Y le queréis vos mucho á ese joven?
MAFFIO.--Tanto como un hombre puede querer á otro.
LA NEGRONI.--Vamos, os bastáis uno á otro. ¡Dichosos sois!
MAFFIO.--La amistad no llena todo el corazón, señora.
LA NEGRONI.--¡Dios mío! ¿Qué es lo que llena todo el corazón?
MAFFIO.--El amor.
LA NEGRONI.--Vos tenéis el amor en la boca.
MAFFIO.--Y vos en los ojos.
LA NEGRONI.--¡Sois singular!
MAFFIO.--¡Y vos cuán bella sois!
(_La coge del talle._)
LA NEGRONI.--Señor conde Orsini, dejadme.
MAFFIO.--¿Un beso en vuestra mano?
LA NEGRONI.--¡No!
(_Se le escapa._)
GUBETTA (_acercándose á Maffio_).--Vuestros asuntos con la princesa
llevan buena marcha.
MAFFIO.--Me dice siempre que no.
GUBETTA.--En boca de una mujer, _No_ es el hermano mayor de _Sí_.
JEPPO (_llegando de pronto á Maffio_).--¿Qué te parece la Princesa
Negroni?
MAFFIO.--Adorable. Aquí, para entre nosotros, comienza á interesarme
vivamente.
JEPPO.--¿Y su cena?
MAFFIO.--Una orgía perfecta.
JEPPO.--La princesa está viuda.
MAFFIO.--¡Bien se conoce por su alegría!
JEPPO.--Espero que ya no desconfiarás de su cena.
MAFFIO.--¡Yo! de ningún modo; estaba loco.
JEPPO (_á Gubetta_).--Señor de Belverana, ¿creeréis que Maffio temía
venir á cenar con la princesa?
GUBETTA.--¿Por qué?
JEPPO.--Porque el palacio Negroni está contiguo al de los Borgias.
GUBETTA.--¡Al diablo los Borgias y bebamos!
JEPPO (_en voz baja á Maffio_).--Lo que me place en ese Belverana es
que no aprecia á los Borgias.
MAFFIO (_en voz baja_).--En efecto, no deja nunca de enviarlos al
diablo con una gracia particular; pero, amigo Jeppo...
JEPPO.--¿Y bien?
MAFFIO.--Le observo desde que comenzó la cena, y me parece extraño que
no haya bebido aún más que agua.
JEPPO.--¡Vamos! ya vuelves á concebir sospechas, amigo mío; tienes un
vino muy monótono.
MAFFIO.--Tal vez tengas razón, estoy loco.
GUBETTA (_volviendo y mirando á Maffio de pies á cabeza_).--¿Sabéis,
caballero, que estáis dotado de una complexión muy propia
para vivir noventa años, y que por tal concepto os asemejáis
mucho á un abuelo mío que alcanzó esta edad, y que se llamaba
Gil-Basilio-Fernán-Ireneo-Frasco-Frasquito-Felipe, conde de Belverana?
JEPPO.--¡Vaya una letanía, señor de Belverana!
GUBETTA.--¡Ah! nuestros padres acostumbraban á darnos más nombres de
pila que escudos para casarnos. Pero... ¿quién ríe tanto allá abajo?
(_Aparte._) Será preciso que las mujeres tengan un pretexto para
marcharse. ¿Cómo lo haremos?
(_Vuelve á sentarse á la mesa._)
OLOFERNO (_bebiendo_).--¡Vive el cielo, señores, que jamás pasé una
noche tan deliciosa! Señoras, probad ese vino; es más dulce que el
Lácrima Cristi, y más ardiente que el de Chipre. ¡Es vino de Siracusa,
señores!
GUBETTA (_comiendo_).--Oloferno está beodo, según parece.
OLOFERNO.--Señoras, será preciso que os recite algunos versos que acabo
de componer. Quisiera ser más poeta de lo que soy para cantar tan
admirables festines.
GUBETTA.--Yo quisiera ser más rico de lo que soy para ofrecer otros á
mis amigos.
OLOFERNO.--Nada es tan dulce como cantar una hermosa mujer y disfrutar
de una buena comida.
GUBETTA.--Ó lo que es mejor, abrazar á la una y consumir la otra.
OLOFERNO.--Sí, quisiera ser poeta para elevarme al cielo; quisiera
tener alas...
GUBETTA.--De faisán en mi plato.
OLOFERNO.--Voy á recitaros mi soneto.
GUBETTA.--¡Voto al diablo! señor marqués de Vitellozzo, os dispenso el
soneto; dejadnos beber.
OLOFERNO.--¿Me dispensáis mi soneto?
GUBETTA.--Sí, como á los perros de morderme, al Papa de bendecirme, y á
los transeúntes de apedrearme.
OLOFERNO.--¡Vive Dios! creo que me insultáis, caballerito español.
GUBETTA.--No os insulto, gigantón italiano; pero no quiero oir vuestro
soneto; mi gaznate necesita más el vino de Chipre que mis oídos la
poesía.
OLOFERNO.--¡Pues os he de cortar las orejas para clavároslas en los
talones!
GUBETTA.--¡Sois un belitre! ¡Habráse visto otro mostrenco igual,
embriagado con vino de Siracusa, y que parece borracho de cerveza!
OLOFERNO.--¡Por vida del diablo!... ¡os voy á descuartizar!
GUBETTA (_trinchando un faisán_).--No os diré otro tanto, porque yo no
trincho volátiles como vos... ¿señoras, gustáis de un poco de faisán?
OLOFERNO (_precipitándose para coger un cuchillo_).--¡Pardiez! ¡quiero
abrir en canal á ese tunante, aunque sea más caballero que el emperador!
LAS MUJERES (_levantándose de la mesa_).--¡Cielos, van á batirse!
LOS HOMBRES.--¡Poco á poco, Oloferno!
(_Desarman á Oloferno, que quiere precipitarse sobre Gubetta, y entre
tanto las mujeres desaparecen por la puerta lateral._)
OLOFERNO (_forcejeando_).--¡Vive Dios!
GUBETTA.--Rimáis tan bien con esa palabra, mi querido poeta, que habéis
hecho huir á las damas. Sois un torpe.
JEPPO.--Eso es verdad. ¿Dónde diablos se habrán ido?
MAFFIO.--Habrán tenido miedo: cuchillo que reluce, mujer que huye.
ASCANIO.--¡Bah! ya volverán.
OLOFERNO (_amenazando á Gubetta_).--¡Ya te encontraré mañana, Belverana
del diablo!
GUBETTA.--Mañana no hay inconveniente. (_Oloferno se sienta vacilante y
con cólera; Gubetta suelta la carcajada._) ¡Qué imbécil, hacer huir así
á las más lindas mujeres de Ferrara con un cuchillo de mesa! ¡Enfadarse
por los versos! ¡Ahora creo que tiene alas; ese Oloferno no es un
hombre, sino un ganso!
JEPPO.--¡Haya paz, señores! Ya os cortaréis mañana el cuello como
es debido; batíos al menos como caballeros, con espadas, y no con
cuchillos.
ASCANIO.--Á propósito, ¿qué hemos hecho de nuestras espadas?
APÓSTOLO.--¿Olvidáis que nos han obligado á dejarlas en la antecámara?
GUBETTA.--¡Y la precaución ha sido buena, pues de lo contrario nos
habríamos batido delante de las damas, por lo cual se habrían sonrojado
hasta los flamencos de Flandes, ebrios de tabaco!
GENARO.--¡Buena precaución, en efecto!
MAFFIO.--¡Pardiez, hermano Genaro, he aquí la primera palabra que
pronuncias desde que comenzó la cena, y nunca bebes! ¿Piensas en
Lucrecia Borgia? Decididamente tienes algún amorío con ella: no lo
niegues.
GENARO.--¡Dame de beber, Maffio! No abandono á mis amigos ni en la mesa
ni en el juego.
UN PAJE NEGRO (_con dos frascos en la mano_).--Señores, ¿queréis vino
de Chipre ó de Siracusa?
MAFFIO.--De Siracusa; es el mejor.
(_El paje negro llena las copas._)
JEPPO.--¡Por vida de Oloferno! ¿No volverán esas damas? (_Se dirige
sucesivamente á las dos puertas._) ¡Están cerradas por fuera, señores!
MAFFIO.--¿Tendréis miedo á vuestra vez, Jeppo? No quieren que las
persigamos. Es muy natural.
GENARO.--¡Bebamos, señores!
(_Se oye el choque de las copas._)
MAFFIO.--¡Á tu salud, Genaro! Brindo por que halles pronto á tu madre.
GENARO.--¡Dios te oiga!
(_Todos beben, excepto Gubetta, que arroja el vino por encima del
hombro._)
MAFFIO (_en voz baja á Jeppo_).--Ahora sí que lo he visto, Jeppo.
JEPPO (_en voz baja_).--¿El qué?
MAFFIO.--Belverana no ha bebido.
JEPPO.--¡Cómo!
MAFFIO.--Le he visto arrojar el vino por encima del hombro.
JEPPO.--Está ebrio, y tú también.
MAFFIO.--Es posible.
GUBETTA.--¡Venga una canción báquica, señores! Voy á cantaros una que
valdrá más que el soneto de Oloferno, y juro por el cráneo de mi padre
que no la compuse yo, puesto que no soy poeta ni tengo bastante ingenio
para hacer que dos rimas se besen expresando una idea. He aquí mi
canción, cuyo asunto es muy delicado, pues tiende á demostrar que el
cielo pertenece á los borrachos.
JEPPO (_en voz baja á Maffio_).--Está más embriagado que borracho.
TODOS (_excepto Genaro_).--¡La canción, la canción!
GUBETTA (_cantando_):
Abre la puerta, San Pedro
al alegre bebedor,
que con voz robusta y fuerte
quiere cantar ¡_Gloria Domino_!
TODOS (_á coro, excepto Genaro_).--¡_Gloria Domino_!
(_Chocan las copas, riendo á carcajadas. De repente se oyen voces
lejanas que cantan con tono lúgubre._)
VOCES (_fuera_).--_Sanctum et terribile nomen ejus. Initium sapientiæ
timor Domini._
JEPPO (_riendo ruidosamente_).--¡Escuchad, señores! Mientras nosotros
entonamos la canción báquica, el eco canta vísperas.
TODOS.--¡Escuchemos!
VOCES (_fuera, y un poco más próximas_).--_Nisi Dominus custodierit
civitatem, frustra vigilat qui custodit eam._
(_Todos ríen á carcajadas._)
JEPPO.--Canto llano del más puro.
MAFFIO.--Alguna procesión que pasa.
GENARO.--¡Á media noche! Es un poco tarde.
JEPPO.--¡Bah! Continuad, caballero Belverana.
[Ilustración: JEPPO.--_¡Qué lazo tan espantoso!_]
VOCES (_fuera, y más próximas aún_).--_Oculos habent et non
videbunt. Nares habent et non odorabunt. Aures habent, et non audient._
(_Todos ríen cada vez con más fuerza._)
JEPPO.--¡Serán chillones esos frailes!
MAFFIO.--¡Mira, Genaro! las lámparas se apagan aquí, y nos quedamos á
oscuras.
(_Las lámparas palidecen, como si les faltara el aceite._)
VOCES (_fuera y más cerca_).--_Manus habent et non palpabunt; pedes
habent et non ambulabunt; non clamabunt in gutture suo._
GENARO.--Me parece que las voces se aproximan.
JEPPO.--Diríase que la procesión está ahora debajo de nuestras ventanas.
MAFFIO.--Son las oraciones de difuntos.
ASCANIO.--Será algún entierro.
JEPPO.--Bebamos á la salud del que van á enterrar.
GUBETTA.--¿Sabéis que no habrá más de uno?
JEPPO.--¡Pues bien, á la salud de todos!
APÓSTOLO (_á Gubetta_).--¡Bravo! continuemos por nuestra parte la
invocación de San Pedro.
GUBETTA.--Sed más cortés; se debe decir: al señor San Pedro, digno
portero del paraíso.
(_Canta._)
TODOS (_chocando sus copas y profiriendo carcajadas_):
¡_Gloria Domino_!
(_La gran puerta del fondo se abre silenciosamente de par en par y se
ve fuera una inmensa sala tapizada de negro, iluminada por algunas
antorchas y con una gran cruz de plata en el fondo. Una larga fila de
penitentes, blancos y negros, á los que sólo se les ven los ojos por
los agujeros de la capucha, avanza precedida de una cruz y llevando
cada monje un cirio en la mano. Entran por la puerta grande cantando
con acento lúgubre y en voz alta_):
¡_De profundis clamavi ad te, Domine_!
(_Se alinean silenciosamente en ambos lados de la sala, permaneciendo
inmóviles como estatuas; mientras que los jóvenes caballeros los
miran con estupor._)
MAFFIO.--¿Qué quiere decir eso?
JEPPO (_esforzándose para reirse_).--Es una broma. Apuesto mi caballo
contra un cerdo, y mi nombre de Liveretto contra el de Borgia, á que
son nuestras encantadoras condesas las que se han disfrazado de ese
modo para ponernos á prueba, y que si levantamos una de esas capuchas
veremos debajo el lindo rostro de una hermosa mujer. Mirad. (_Levanta
sonriendo una de las capuchas, y queda petrificado al ver el rostro
lívido de un monje, que permanece inmóvil con el cirio en la mano y la
vista baja. Deja caer la capucha y retrocede._) ¡Esto comienza á ser
extraño!
MAFFIO.--No sé por qué se me hiela la sangre en las venas.
LOS PENITENTES (_cantando con voz sonora_).--_¡Conquassabit capita in
terra multorum!_
JEPPO.--¡Qué lazo tan espantoso! ¡Nuestras espadas, vengan nuestras
espadas! ¡Señores, aquí estamos en casa del demonio!
ESCENA II
Los mismos, LUCRECIA
LUCRECIA (_apareciendo de repente, vestida de negro, en el umbral de la
puerta_).--¡Estáis en mi casa!
TODOS (_excepto Genaro que observa desde un rincón, donde Lucrecia no
le ve_).--¡Lucrecia Borgia!
LUCRECIA.--Hace pocos días, todos los que estáis aquí, pronunciabais
mi nombre con expresión de triunfo, y hoy lo hacéis con espanto. Sí,
ya podéis mirarme con esos ojos atónitos por el terror; soy yo,
señores, y vengo para deciros que todos estáis envenenados, y que á
ninguno de vosotros le queda una hora de vida. No os mováis, porque la
sala contigua está llena de soldados. ¡Á mi vez podré hablaros alto y
pisaros la cabeza! ¡Jeppo Liveretto, vé á reunirte con tu tío Vitelli,
á quien mandé dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano!
¡Ascanio Petrucci, vé á buscar á tu primo Pandolfo, á quien asesiné
para robarle su palacio! ¡Oloferno Vitellozzo, tu tío te espera, ya
sabes, Yago Appiani, á quien envenené en una fiesta! ¡Maffio Orsini,
pronto podrás hablar de mí en el otro mundo á tu hermano el de Gravina,
á quien mandé estrangular durante su sueño! ¡Apóstolo Gazella, yo hice
decapitar á tu padre Francisco Gazella, y asesinar á tu primo Alfonso
de Aragón, según tú dices: vé á reunirte con ellos! Me obsequiasteis
con un baile en Venecia, y os correspondo con una cena en Ferrara.
¡Fiesta por fiesta, señores!
JEPPO.--¡He aquí un triste despertar, Maffio!
MAFFIO.--¡Pensemos en Dios!
LUCRECIA.--¡Ah, amiguitos míos del último carnaval, ya sé que no
esperabais esto! Me parece que esto es vengarse bien. ¿Qué opináis,
señores? Creo que no está del todo mal para una mujer. (_Á los
monjes._) Padres míos, conducid á esos caballeros á la sala contigua,
que ya está preparada; confesadlos, y aprovechad los pocos instantes
que les quedan para salvar en ellos lo que aún sea posible. Señores,
aquellos que entre vosotros tengan alma, deben apresurarse. Estad
tranquilos; esos dignos padres son monjes de San Sixto, á quienes el
Padre santo ha permitido ayudarme en ocasiones como la presente. Y
si me he cuidado de vuestras almas, advertid que no he olvidado los
cuerpos. ¡Mirad! (_Á los monjes que están delante de la puerta del
fondo._) Apartad un poco para que estos señores vean. (_Los monjes se
desvían, y entonces se ven cinco ataúdes, cubierto cada cual con un
paño negro y alineados delante de la puerta._) Ya lo veis, hay cinco.
¡Ah caballeros! ¡Arrancáis la piel á una desgraciada mujer, creyendo
que ésta no se vengará! ¡Ved ahora vuestros ataúdes!
GENARO (_á quien no ha visto hasta entonces, da un paso_).--¡Se
necesita otro, señora!
LUCRECIA.--¡Cielos, Genaro!
GENARO.--El mismo.
LUCRECIA.--Que todo el mundo salga de aquí y nos dejen solos...
¡Gubetta, suceda lo que quiera, y aunque se oiga algo de lo que ha de
pasar aquí, que no éntre nadie!
GUBETTA.--Está bien.
(_Los monjes salen procesionalmente, conduciendo entre sus filas á
los cinco caballeros vacilantes y aturdidos._)
ESCENA III
GENARO, LUCRECIA
(_Sólo iluminan la sala algunas lámparas moribundas, y se han cerrado
las puertas. Lucrecia y Genaro, solos, se miran algunos instantes en
silencio, como no sabiendo por dónde comenzar._)
LUCRECIA (_hablándose á sí misma_).--¡Es Genaro!
CANTO DE LOS MONJES (_fuera_).--_Nisi Dominus ædificaverit domum, in
vanum laborant qui ædificant eam._
LUCRECIA.--¡Otra vez vos, Genaro! ¡Habréis de estar siempre allí donde
descargo mis golpes! ¡Santo cielo! ¿cómo os habéis mezclado en todo
esto?
GENARO.--Lo sospechaba.
LUCRECIA.--¡Otra vez estáis envenenado, y vais á morir!
GENARO.--Si quiero... tengo el antídoto.
LUCRECIA.--¡Ah! ¡Dios sea loado!
GENARO.--Una palabra, señora; vos sois experta en la materia, y podréis
decirme si hay bastante elíxir en este frasquito para salvar á los
caballeros que esos monjes conducen á la tumba.
LUCRECIA (_examinando el frasco_).--¡Apenas hay bastante para vos,
Genaro!
GENARO.--¿No podéis obtener más al punto?
LUCRECIA.--Os he dado cuanto tenía.
GENARO.--Está bien.
LUCRECIA.--¿Qué hacéis, Genaro? Despachad; no juguéis con cosas tan
terribles, pues nunca se bebe á tiempo un contra-veneno. ¡Apuradlo,
en nombre de Dios! ¡Qué imprudencia habéis cometido! Asegurad vuestra
vida, y yo os facilitaré la salida de palacio por una puerta oculta que
conozco. Todo se puede remediar aún; es de noche; muy pronto tendré dos
caballos ensillados, y mañana á primera hora estaréis lejos de Ferrara.
¿No es verdad que suceden cosas terribles? ¡Bebed y marchemos; es
preciso vivir; es forzoso salvaros!
GENARO (_tomando un cuchillo de la mesa_).--¡No; ahora vais á morir,
señora!
LUCRECIA.--¡Cómo! ¿Qué decís?
GENARO.--Digo que acabáis de envenenar traidoramente á cinco
caballeros, que eran mis mejores amigos, contándose entre ellos Maffio
Orsini, mi hermano de armas, que me salvó la vida una vez, y á quien
debo vengar, porque las injurias que recibimos son comunes. Digo que
habéis cometido un acto infame; que debo vengar á Maffio y á los demás,
y que vais á morir.
LUCRECIA.--¡Cielos!
GENARO.--Rezad vuestra última oración, y que sea corta, señora, porque
estoy envenenado y no puedo esperar.
LUCRECIA.--¡Bah! eso no puede ser. ¡Genaro matarme á mí! ¿Sería posible?
GENARO.--Es la pura verdad, señora, y juro por Dios que en vuestro
lugar ya estaría orando de rodillas... Ahí tenéis un sillón que os
servirá para el caso.
LUCRECIA.--No; os digo que es imposible. Entre las más terribles ideas
que cruzan mi espíritu, jamás me había ocurrido esta... ¡Pues bien, ya
que levantas el cuchillo, espera, Genaro! Debo decirte alguna cosa.
GENARO.--Pronto.
LUCRECIA.--¡Deja ese cuchillo, desgraciado, arrójale! ¡Si tú
supieras... Genaro! ¿Sabes quién eres, y quién soy? Tú ignoras hasta
qué punto me perteneces. ¿Será preciso decirlo todo? La misma sangre
circula por nuestras venas, Genaro; ¡tu padre fué Juan Borgia, duque de
Gandía!
GENARO.--¡Vuestro hermano! ¡Conque sois mi tía! ¡Ah, señora!
LUCRECIA (_aparte_).--¡Su tía!
GENARO.--¡Ah! soy vuestro sobrino. ¡Ah! ¡mi madre fué esa infeliz
duquesa de Gandía á quien todos los Borgias hicieron tan desgraciada!
Señora, mi madre se refería á vos en sus cartas; sois una de aquellas
parientas desnaturalizadas de quien me hablaba con horror, que mató
á mi padre, y que hizo llorar lágrimas de sangre á su esposa. ¡Ah!
¡ahora debo vengarlos á los dos! ¡Conque sois mi tía y yo un Borgia!
¡Es lo bastante para volverme loco! Escuchadme; habéis vivido demasiado
tiempo, y estáis tan cargada de crímenes, que debéis haber llegado
á ser odiosa y abominable para vos misma; sin duda estaréis cansada
de vivir, y será preciso acabar de una vez. En las familias como las
nuestras, en las que el crimen es hereditario y se transmite de padre
á hijo como el nombre, siempre sucede que esta fatalidad termina por
un asesinato, de ordinario en la misma familia, último crimen que lava
todos los demás. Jamás se censuró á un caballero por haber cortado
una mala rama del árbol de su casa. El español Mudarra mató á su tío,
Rodrigo de Lara, por menos de lo que habéis hecho, y todos elogiaron su
acto. ¿Me comprendéis, tía mía? ¡Vaya pues, ya hemos hablado bastante!
¡Recomendad vuestra alma á Dios, si creéis en Dios y en vuestra alma!
LUCRECIA.--¡Genaro, por piedad para ti! Aún eres inocente. ¡No cometas
tal crimen!
GENARO.--¡Un crimen! ¡Oh! mi tía se trastorna. ¡Será esto un crimen!
¡Pues bien! aunque le cometa, soy un Borgia, y nada tiene de
particular. ¡De rodillas os digo, tía, de rodillas!
LUCRECIA.--¿Dices verdaderamente lo que piensas, Genaro? ¿Es así cómo
pagas el amor que te profeso?
GENARO.--¡Amor!...
LUCRECIA.--Es imposible. Quiero salvarte; llamaré, gritaré...
GENARO.--No abriréis esa puerta, ni tampoco daréis un paso; y en cuanto
á vuestros gritos, no os salvarán. ¿No acabáis de ordenar vos misma que
no éntre nadie, oigan lo que quieran de lo que ha de pasar aquí?
LUCRECIA.--¡Pero eso es una cobardía, Genaro! ¡Matar á una mujer
indefensa! ¡Oh, los sentimientos de tu alma son más nobles! Escúchame;
me matarás después si quieres, pues no me importa la vida; pero es
preciso que mi pecho se desahogue, porque está lleno de angustia por
tu proceder. Tú eres un niño, y la juventud es siempre demasiado
severa. ¡Oh! si he de morir, no quiero que sea de tu mano; no sabes
hasta qué punto esto sería horrible. Por otra parte, Genaro, mi hora
no ha llegado aún. Cierto que he cometido muchas maldades, y que
soy una gran criminal; mas por lo mismo se me debe dejar tiempo para
reconocerlo y arrepentirme. Es indispensable, ¿lo oyes, Genaro?
GENARO.--Sois mi tía; sois la hermana de mi padre. ¿Qué habéis hecho de
mi madre?
LUCRECIA.--¡Espera, espera! Dios mío, no me es posible decirlo todo;
y aunque te lo dijese, tal vez fuera sólo para redoblar tu horror
y tu desprecio. ¡Escúchame un instante... yo deseo que me recibas
arrepentida á tus pies! Tú me perdonarás ¿no es cierto? Pues bien,
¿quieres que me retire á un claustro y me encierre para toda la vida?
Si te dijesen: «Esa desgraciada mujer se ha hecho rasar el cabello,
duerme sobre la ceniza, socava su propia fosa con las manos, y ruega
á Dios noche y día para que dejes caer sobre ella una mirada de
misericordia, para que viertas una lágrima sobre todas las llagas vivas
de su corazón y de su alma, y para que no le digas más, como acabas de
hacerlo, con esa voz tan severa como la del juicio final: “_¡Vos sois
Lucrecia Borgia!_”». Si te dijeran todo esto, Genaro, ¿tendrías corazón
para rechazarla? ¡Gracia, Genaro! Vivamos los dos, tú para perdonarme,
y yo para arrepentirme. ¡Compadécete de mí! No has de tratar sin
misericordia á una pobre mujer que sólo pide un poco de piedad.
¡Perdóname la vida!... Te lo digo, Genaro, por ti, porque tu acto sería
verdaderamente cobarde, y además un crimen espantoso, un asesinato. ¡Un
hombre matar á una mujer! ¡Oh, tú no harás eso!
GENARO (_vacilante_).--¡Señora!...
LUCRECIA.--¡Oh! ¡ya lo veo, me perdonas! Me parece leerlo en tus ojos.
¡Déjame llorar á tus pies!
UNA VOZ (_fuera_).--¡Genaro!
GENARO.--¿Quién me llama?
LA VOZ.--¡Hermano Genaro!
GENARO.--¡Es Maffio!
LA VOZ.--¡Genaro, me muero, véngame!
GENARO (_levantando el cuchillo_).--Está dicho. Ya no escucho nada.
¡Señora, es preciso morir!
LUCRECIA (_deteniéndole el brazo_).--¡Perdón! ¡Escúchame!
GENARO.--¡No!
LUCRECIA.--¡En nombre del cielo!
GENARO.--¡No!
(_La hiere._)
LUCRECIA.--¡Ah!... ¡me has muerto! ¡Genaro, soy tu madre!
[Ilustración]
MARÍA TUDOR
Drama en 3 jornadas, con un prefacio del autor
[Ilustración]
PREFACIO
Dos maneras hay de apasionar á la multitud en el teatro: por lo grande
y por lo verdadero; lo grande influye en las masas; lo verdadero en el
individuo.
El objeto del poeta dramático, cualquiera que fuere el conjunto de sus
ideas sobre el arte, debe ser siempre, ante todo, buscar lo grande,
como Corneille, ó lo verdadero, como Molière, ó lo que sería mejor,
alcanzar á la vez ambas cosas, lo grande en lo verdadero y lo verdadero
en lo grande, como Shakespeare.