ALFONSO.--Si pudiéseis leer la firme resolución que tengo formada en mi

ánimo, me hablaríais de ello como si estuviese ya muerto.

LUCRECIA (_levantándose_).--¡Ah! ¡Tened cuidado, don Alfonso de

Ferrara, mi cuarto marido!

ALFONSO.--¡Oh, no os hagáis la terrible, señora! En mi alma no os

temo. Sé vuestras costumbres. ¡No me dejaré envenenar como vuestro

primer esposo, aquel pobre caballero español, cuyo nombre no sé, ni vos

tampoco! ¡No me dejaré echar como vuestro segundo marido Juan Sforza,

señor de Pésaro, ese imbécil! ¡No me dejaré matar á golpes de pica, en

no importa qué escalera, como el tercero, don Alfonso de Aragón, débil

niño, cuya sangre ha manchado las losas de otra suerte que si fuese

agua pura! ¡Ah, no reza eso conmigo! Yo soy hombre, señora, y el nombre

de Hércules se lleva á menudo en mi familia. ¡Vive el cielo! tengo

llena de soldados mi ciudad y mi señorío, y yo mismo lo soy y no he

vendido aún, como ese pobre rey de Nápoles, mis buenos cañones al papa,

vuestro santo padre.

LUCRECIA.--Os arrepentiréis de esas palabras, señor. Olvidáis que soy...

ALFONSO.--Sé muy bien quién sois, pero sé muy bien dónde os halláis.

Sois la hija del papa, pero no estáis en Roma, y sois la gobernadora

de Spoletto, pero no estáis en Spoletto; sois la mujer, la vasalla

y la sierva de Alfonso, duque de Ferrara, y estáis en Ferrara.

(_Lucrecia, pálida de terror y de cólera, mira fijamente al duque y

retrocede lentamente ante él, hasta un sillón donde viene á caer como

desfallecida._) ¡Ah! Eso os sorprende, tenéis miedo de mí, señora.

Hasta ahora he sido yo quien ha tenido miedo de vos, y entiendo que

no será así de hoy en adelante. Para empezar, he aquí al primero de

vuestros amantes cogido y condenado á muerte.

LUCRECIA (_con voz débil_).--Razonemos un poco, don Alfonso. Si este

hombre es el mismo que ha cometido para conmigo el crimen de lesa

majestad, no puede ser al mismo tiempo mi amante...

ALFONSO.--¿Por qué no? ¡En un acceso de despecho, de cólera, de celos!

Porque puede estar celoso él, también. Por otra parte ¿yo qué sé?

Quiero que este hombre muera. Es mi voluntad. Este palacio está lleno

de soldados que me son leales y no conocen á nadie más que á mí. No

puede escapar. Nada impediréis, señora. He dejado á Vuestra Alteza la

elección del género de muerte. Decidid.

LUCRECIA (_retorciéndose las manos_).--¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh

Dios mío!

ALFONSO.--¿No respondéis? Voy á ordenar que le maten en la antecámara á

estocadas.

(_Se dispone á salir; Lucrecia le coge por el brazo._)

LUCRECIA.--¡Deteneos!

ALFONSO.--¿Preferís servirle vos misma un vaso de vino de Siracusa?

LUCRECIA.--¡Genaro!

ALFONSO.--Es menester que muera.

LUCRECIA.--No á estocadas.

ALFONSO.--Poco me importa la manera. ¿Qué elegís?

LUCRECIA.--Lo otro.

ALFONSO.--¿Tendréis cuidado de no equivocaros y de darle vos misma el

contenido del frasco de oro que sabéis? Por lo demás, yo estaré allí.

No os figuréis que vaya á dejaros.

LUCRECIA.--Haré lo que queráis.

ALFONSO.--¡Bautista! (_El hujier reaparece._) Traed al preso.

LUCRECIA.--Sois un hombre terrible, monseñor.

ESCENA V

Los mismos, GENARO, los guardias

ALFONSO.--¿Qué es lo que he oído decir, señor Genaro? ¿Que lo que

habéis hecho esta mañana sólo ha sido por aturdimiento y bravata, y

sin mala intención; que la señora duquesa os perdona, y que por otra

parte sois un valiente? Por mi madre, si es así, podéis volveros sano y

salvo á Venecia. Á Dios no plazca que prive yo á la magnífica república

de Venecia de un buen servidor, y á la cristiandad de un brazo fiel

que lleva una fiel espada cuando hay allende las aguas de Chipre y de

Candía idólatras y sarracenos.

GENARO.--Enhorabuena, monseñor. No me esperaba, lo confieso, este

desenlace. Pero doy las gracias á Vuestra Alteza. La clemencia es una

virtud de raza real, y Dios perdonará allá arriba al que perdona aquí

abajo.

ALFONSO.--Capitán, ¿es buen servicio el de la república? ¿Cuánto ganáis

un año con otro?

GENARO.--Tengo una compañía de cincuenta lanzas, monseñor, que pago y

visto. La serenísima república, sin contar los gajes y las presas, me

da dos mil cequíes de oro por año.

ALFONSO.--¿Y si yo os ofreciese cuatro mil, me serviríais á mí?

GENARO.--No podría. Debo servir aún cinco años á la república. Estoy

ligado.

ALFONSO.--¿Cómo ligado?

GENARO.--Por juramento.

ALFONSO (_bajo á Lucrecia_).--Parece que esa gente cumple los suyos,

señora. (_Alto._) No hablemos más de ello, señor Genaro.

GENARO.--No he cometido ninguna cobardía para salvar la vida, pero

puesto que Vuestra Alteza me la deja, he aquí lo que puedo decir ahora.

Vuestra Alteza se acordará de que en el asalto de Faenza, hace dos

años, monseñor el duque Hércules de Este, vuestro padre, corrió gran

peligro de perecer á manos de dos arcabuceros del Valentinois que iban

á matarle. Un soldado aventurero le salvó la vida.

ALFONSO.--Sí, y nunca se ha podido encontrar á ese soldado.

GENARO.--Era yo.

ALFONSO.--Pardiez, capitán, esto merece recompensa. ¿No aceptaríais por

acaso esta bolsa llena de cequíes de oro?

GENARO.--Hacemos juramento cuando entramos al servicio de la república

de no recibir dinero alguno de los soberanos extranjeros. Con todo, si

Vuestra Alteza me lo permite, tomaré esta bolsa y la distribuiré en mi

nombre á los bravos soldados que veo aquí.

(_Muestra los guardias._)

ALFONSO.--Hacedlo. (_Genaro toma la bolsa._) Pero, entonces, beberéis

conmigo, siguiendo la misma costumbre que mis antepasados, á fuer de

buenos amigos como somos, un vaso de mi vino de Siracusa.

GENARO.--De muy buena gana, señor.

ALFONSO.--Y para honrar á quien ha salvado nada menos que á mi padre,

quiero que sea la señora duquesa en persona quien os escancie el vino.

(_Genaro se inclina y se vuelve para ir á distribuir el dinero á los

soldados en el fondo del teatro. El duque llama_): ¡Rustighello!

(_Rustighello aparece con la bandeja._) Pon la bandeja ahí, sobre esa

mesa. Bien. (_Cogiendo á Lucrecia por la mano._) Señora, escuchad lo

que voy á decirle á ese hombre. Rustighello, vuelve á colocarte detrás

de esa puerta con tu espada desnuda en la mano; si oyes el sonido

de esta campanilla, entrarás. Anda. (_Rustighello sale, y se ve cómo

vuelve á colocarse detrás de la puerta._) Señora, le echaréis vos misma

de beber al joven, y tendréis cuidado de escanciarle lo que hay en el

frasco de oro.

[Ilustración: D. ALFONSO (aparte).--_Ya está..._]

LUCRECIA (_pálida, con voz débil_).--Si supiéseis lo que hacéis

en este momento, y cuán horrible cosa es, os estremeceríais, por

desnaturalizado que seáis, monseñor.

ALFONSO.--Tened cuidado con no equivocar el frasco. Vamos, capitán.

(_Genaro, que ha terminado su distribución del dinero, vuelve al

proscenio. El duque se sirve de beber en una de las dos copas

esmaltadas con el frasco de plata, y toma la suya, llevándola á sus

labios._)

GENARO.--Estoy confuso con tantas bondades, señor.

ALFONSO.--Señora, escanciadle vino al señor Genaro. ¿Qué edad tenéis,

capitán?

GENARO (_tomando la otra copa y presentándola á la duquesa_).--Veinte

años.

ALFONSO (_bajo, á la duquesa, que trata de coger el frasco de

plata_).--El frasco de oro, señora. (_Lucrecia le toma temblando._)

¡Bravo! ¿Y andaréis enamorado?...

GENARO.--¿Quién no lo está un poco, monseñor?

ALFONSO.--¿Sabéis, señora, que hubiera sido una crueldad privar al

capitán de la vida, del amor, del sol de Italia, de las ilusiones de

los veinte años, de su gloriosa carrera de soldado y de aventurero

por la cual han empezado todas las casas reales, de las fiestas, de

los bailes de máscaras, de los alegres carnavales de Venecia donde

se engaña á tantos maridos, y de las hermosas mujeres que ese joven

puede amar y que deben amarle? ¿No es verdad, señora? Dad de beber al

capitán. (_Por lo bajo._) Si vaciláis, hago entrar á Rustighello.

GENARO.--Os doy gracias, monseñor, por dejarme vivir para mi pobre

madre.

LUCRECIA (_aparte_).--¡Oh, qué horror!

ALFONSO (_bebiendo_).--¡Á vuestra salud, capitán Genaro; que viváis

muchos años!

GENARO.--¡Monseñor, Dios os conserve!

(_Bebe._)

LUCRECIA (_aparte_).--¡Cielos!

ALFONSO (_aparte_).--Ya está. (_Alto._) Y con esto, os dejo, capitán.

Partiréis para Venecia cuando queráis. (_Bajo, á Lucrecia._) Dadme las

gracias, señora, os dejo á solas con él. Debéis tener que despediros.

Vivid con él, si así os parece, su último cuarto de hora.

ESCENA VI

LUCRECIA, GENARO

(_Vese siempre en el compartimiento á Rustighello, inmóvil detrás de

la puerta secreta._)

LUCRECIA.--¡Genaro! ¡Estáis envenenado!

GENARO.--¡Envenenado, señora!

LUCRECIA.--¡Envenenado!

GENARO.--Habría debido conocerlo, habiéndome escanciado vos el vino.

LUCRECIA.--¡Oh, no me agobiéis, Genaro! No me quitéis las pocas fuerzas

que me quedan, de las cuales tengo necesidad aún por algunos instantes.

Oídme: el duque está celoso de vos; el duque os cree mi amante, y no

me ha dejado otra alternativa que la de veros dar de puñaladas delante

de mí por Rustighello ó daros yo misma el veneno. Un veneno terrible,

Genaro, un veneno cuyo solo nombre hace palidecer á todo italiano que

sabe la historia de los últimos veinte años.

GENARO.--Sí, los venenos de los Borgias.

LUCRECIA.--De él habéis bebido. Nadie en el mundo conoce el antídoto

de esta composición terrible, nadie, excepto el papa, el señor de

Valentinois y yo. Tomad, ved esta redomilla que llevo oculta siempre

en mi seno. Esta redomilla, Genaro, es la vida, es la salud, es la

salvación. Una sola gota en vuestros labios y estáis salvado.

(_Quiere aproximar la redoma á los labios de Genaro, que retrocede._)

GENARO (_mirándola fijamente_).--Señora, ¿quién me dice que no sea ese

el veneno?

LUCRECIA (_cayendo aniquilada en el sillón_).--¡Dios mío! ¡Dios mío!

GENARO.--¿No os llamáis Lucrecia Borgia? ¿Creéis que no me acuerdo del

hermano de Bayaceto? Sí; sé un poco de historia... Hiciéronle creer,

á él también, que estaba envenenado por Carlos VIII y se le dió un

antídoto del cual murió. Y la mano que le presentó el antídoto es la

que tiene ahora esa redoma. ¡Y la boca que le dijo que bebiera, hela

aquí, me habla!

LUCRECIA.--¡Miserable de mí!

GENARO.--Oíd, señora, no me engañan vuestras apariencias de amor.

Abrigáis algún siniestro designio sobre mí. Esto se ve. Debéis saber

quién soy. En este momento se lee en vuestro rostro que lo sabéis;

fácil es conocer que alguna razón poderosa tendréis para no decírmelo

nunca. Vuestra familia debe conocer á la mía, y quizás á estas horas no

es de mí de quien os vengáis envenenándome, sino, ¿quién sabe?, de mi

madre...

LUCRECIA.--¡Vuestra madre, Genaro! Quizás la veis distinta de lo que

es. ¿Qué diríais si no fuese más que una mujer criminal como yo?

GENARO.--No la calumniéis. ¡Oh, no, mi madre no es una mujer como vos,

doña Lucrecia! ¡Oh! la siento en mi corazón y la sueño en mi alma tal

como es; tengo su imagen aquí, nacida conmigo; no la amaría como la

amo si no fuese digna de mí. El corazón de un hijo no se engaña sobre

su madre. La aborrecería si pudiese parecerse á vos. Pero, no, no; hay

algo en mí que me dice muy alto que mi madre no es una de esas infames

culpables de incesto, de lujuria y de envenenamiento como vosotras, las

hermosas mujeres de este tiempo. ¡Oh Dios! Estoy bien seguro de ello;

¡si hay bajo el cielo una mujer inocente, una mujer virtuosa, una mujer

santa, es mi madre! ¡Oh! Así es ella y no de otra manera. La conocéis

sin duda, doña Lucrecia, y no me desmentiréis.

LUCRECIA.--¡No, á esa mujer, Genaro, á esa madre, no la conozco!

GENARO.--Pero ¿ante quién estoy hablando así? ¿Qué os importan á vos,

Lucrecia Borgia, las alegrías ó los dolores de una madre? No habéis

tenido hijos nunca, dicen, y debéis sentiros bien venturosa. Porque

vuestros hijos, si los tuviéseis, ¿sabéis que renegarían de vos,

señora? ¿Qué desdichado, bastante dejado de la mano del cielo, quisiera

una madre semejante? ¡Ser hijo de Lucrecia Borgia! ¡Llamar madre á

Lucrecia Borgia! ¡Oh!...

LUCRECIA.--Genaro, estáis envenenado; el duque, que os cree muerto,

puede llegar de un momento á otro. No debería pensar yo más que en

vuestra salvación y en vuestra fuga, pero me decís cosas tan terribles,

que no me queda más que permanecer ahí, petrificada, oyéndolas.

GENARO.--Señora...

LUCRECIA.--Veamos; se ha de acabar. Maltratadme, agobiadme con vuestro

desprecio; pero, estáis envenenado; bebed esto en seguida.

GENARO.--¿Qué debo creer yo, señora? El duque es leal; he salvado la

vida á su padre. Vos, no; os he ofendido y tenéis que vengaros de mí.

LUCRECIA.--¡Vengarme de ti, Genaro! Si fuera menester dar toda mi vida

para añadir una hora á la tuya, derramar toda mi sangre para impedir

que vertieses una lágrima, sentarme en la picota para colocarte sobre

un trono, pagar con una tortura del infierno cada uno de tus menores

placeres, no vacilaría yo, no murmuraría, sería feliz y besaríate los

pies, Genaro. ¡Oh, no sabrás tú nunca nada de mi pobre corazón sino

que está lleno de ti! Genaro, el tiempo urge, el veneno corre, de un

momento á otro lo sentirás... un poco más y no será ya tiempo. La vida

abre en este momento dos espacios oscuros delante de ti, pero el uno

tiene menos minutos que años el otro. La elección es terrible. Deja que

yo te guíe. Ten piedad de ti y de mí, Genaro. ¡Bebe pronto, en nombre

del cielo!

GENARO.--Bueno; está bien. Si hay un crimen en esto, caiga sobre

vuestra cabeza. Después de todo, digáis ó no verdad, no vale mi vida la

pena de ser tan disputada. Dadme.

(_Toma la redomilla y bebe._)

LUCRECIA.--¡Salvado! Ahora es menester partir para Venecia á caballo y

á escape. ¿Tienes dinero?

GENARO.--Tengo.

LUCRECIA.--El duque te cree muerto. Fácil será ocultarle tu fuga.

Espera; guarda ese frasco y llévalo siempre encima. En tiempos como los

que vivimos, el veneno figura en todos los convites. Tú, sobre todo,

estás expuesto. Ahora, parte pronto. (_Mostrándole la puerta secreta

que entreabre._) Baja por esta escalera que comunica con uno de los

patios del palacio Negroni. Fácil te será evadirte por allí. No esperes

hasta mañana, no esperes la puesta de sol, no esperes una hora, ni

siquiera media. Abandona á Ferrara en seguida, abandona á Ferrara como

si fuese Sodoma que arde, y no vuelvas la vista atrás. ¡Adiós! espera

un instante. ¡Tengo una última palabra que decirte, Genaro mío!

GENARO.--Hablad, señora.

LUCRECIA.--Te digo adiós en este momento, Genaro, para no volver á

verte jamás. No has de pensar ya encontrarte alguna vez en mi camino.

Es la sola dicha que tendría yo en el mundo; pero sería arriesgar tu

cabeza. Henos aquí separados para siempre en esta vida; ¡ay! ¡harto

segura estoy también de que lo mismo estaremos separados en la otra!

Genaro, ¿no me dirás una sola palabra de cariño antes de abandonarme

así por una eternidad?

GENARO (_bajando los ojos_).--Señora...

LUCRECIA.--¡Acabo de salvarte la vida, en fin!...

GENARO.--Así lo decís. Todo esto me parece lleno de tinieblas. No sé

qué pensar. Ved, señora, todo puedo perdonároslo excepto una cosa.

LUCRECIA.--¿Cuál?

GENARO.--Juradme por todo cuanto os es caro, por mi propia cabeza,

puesto que me amáis, por la salvación eterna de mi alma, que vuestros

crímenes no tienen que ver nada con las desgracias de mi madre.

LUCRECIA.--Todas las palabras son formales en vos, Genaro. No puedo

juraros eso.

GENARO.--¡Oh madre! ¡madre mía! He aquí la espantosa mujer que ha

causado tu desgracia.

LUCRECIA.--Genaro...

GENARO.--Lo habéis confesado, señora. ¡Adiós! ¡Maldita seáis!

LUCRECIA.--Y tú, Genaro, ¡bendito seas!

(_Sale. Lucrecia cae desvanecida en el sillón._)

[Ilustración]

[Ilustración]

PARTE SEGUNDA

La segunda decoración. La plaza de Ferrara con el balcón ducal á un

lado y la casa de Genaro al otro. Es de noche.

ESCENA I

D. ALFONSO, RUSTIGHELLO, embozados en sus capas

RUSTIGHELLO.--Sí, monseñor, así ha pasado esto. Con no sé qué filtro le

ha vuelto á la vida y le ha hecho huir por el patio del palacio Negroni.

ALFONSO.--¿Y tú has sufrido eso?

RUSTIGHELLO.--¿Cómo estorbarlo? Había corrido el cerrojo de la puerta.

Yo estaba encerrado.

ALFONSO.--Era menester echar la puerta abajo.

RUSTIGHELLO.--Una puerta de encina; un cerrojo de hierro. ¡Fácil cosa!

ALFONSO.--¡No importa! Era preciso romper el cerrojo, entrar y matar á

ese hombre.

RUSTIGHELLO.--En primer lugar, suponiendo que yo hubiese podido

derribar la puerta, doña Lucrecia le habría cubierto con su cuerpo. Me

hubiese sido forzoso también matar á doña Lucrecia.

ALFONSO.--¿Y qué?

RUSTIGHELLO.--Yo no tenía orden para ello.

ALFONSO.--Rustighello, los buenos servidores son los que comprenden á

los príncipes sin ocasionarles la molestia de decirlo todo.

RUSTIGHELLO.--Y luego, habría temido indisponer á Vuestra Alteza con el

papa.

ALFONSO.--¡Imbécil!

RUSTIGHELLO.--Era muy delicado, monseñor. ¡Matar á la hija del Padre

Santo!

ALFONSO.--Y sin matarla ¿no podías acaso gritar, llamarme, advertirme,

impedir al amante que se escapase?

RUSTIGHELLO.--Sí, y luego, al día siguiente Vuestra Alteza se habría

reconciliado con doña Lucrecia, y al otro doña Lucrecia me hubiera

mandado ahorcar.

ALFONSO.--Basta. Me has dicho que aún no se había perdido nada.

RUSTIGHELLO.--No. Ved: hay una luz en esa ventana. Genaro no ha partido

aún. Su criado, á quien sobornó antes la duquesa, lo he sobornado yo

á mi vez, y me lo ha revelado todo. En este momento aguarda á su amo

junto á la ciudadela con dos caballos ensillados. Genaro va á salir,

para reunirse con él ahora mismo.

ALFONSO.--En este caso, embosquémonos detrás del ángulo de su casa. La

noche es oscura. Le mataremos cuando pase.

RUSTIGHELLO.--Como vos lo ordenéis.

ALFONSO.--¿Es buena tu espada?

RUSTIGHELLO.--Sí.

ALFONSO.--¿Traes puñal?

RUSTIGHELLO.--Dos cosas hay bajo el cielo difíciles de encontrar: un

italiano sin puñal, y una italiana sin amante.

ALFONSO.--Está bien. Herirás con ambas manos.

RUSTIGHELLO.--Monseñor, ¿por qué no dais orden de arrestarle

simplemente, y que lo ahorquen luego por sentencia del fiscal?

ALFONSO.--Es súbdito de Venecia y sería declarar la guerra á la

república. No. Una puñalada viene de no se sabe dónde y no compromete á

nadie. El envenenamiento valdría más aún, pero ha fracasado.

RUSTIGHELLO.--Entonces, ¿queréis, monseñor, que vaya á buscar cuatro

esbirros para despacharle, sin que tengáis la molestia de mezclaros en

ello?

ALFONSO.--No. Maquiavelo me ha dicho á menudo que en estos casos lo

mejor era que los príncipes hiciesen las cosas por sí mismos.

RUSTIGHELLO.--Monseñor, oigo que alguien se acerca.

ALFONSO.--Coloquémonos junto á esta pared.

(_Ocúltanse en la sombra, bajo el balcón. Aparece Maffio en traje de

fiesta, que llega tarareando y va á llamar á la puerta de Genaro._)

ESCENA II

D. ALFONSO y RUSTIGHELLO ocultos; MAFFIO y GENARO

MAFFIO.--¡Genaro!

(_Abren la puerta, apareciendo Genaro._)

GENARO.--¿Eres tú, Maffio? ¿Quieres entrar?

MAFFIO.--No. Vengo sólo á decirte dos palabras. ¿Decididamente no

vienes á cenar con nosotros á casa de la princesa Negroni?

GENARO.--No estoy invitado.

MAFFIO.--Yo te presentaré.

GENARO.--Hay otra razón que debo decirte. Me marcho.

MAFFIO.--¿Cómo, partes?

GENARO.--Dentro de un cuarto de hora.

MAFFIO.--¿Por qué?

GENARO.--Te lo diré en Venecia.

MAFFIO.--¿Cuestión de amores?

GENARO.--Sí, cuestión de amor.

MAFFIO.--Te portas mal conmigo, Genaro. Habíamos jurado no abandonarnos

nunca, ser inseparables, ser hermanos, y ahora partes sin mí.

GENARO.--¡Vente conmigo!

MAFFIO.--¡No: ven conmigo tú! Vale más pasar la noche á la mesa con

lindas mujeres y alegres convidados, que no en la carretera, entre

bandidos y barrancos.

GENARO.--No estabas muy seguro esta mañana de tu princesa Negroni.

MAFFIO.--Me he informado. Jeppo tenía razón. Es una mujer encantadora

y de excelente humor, que gusta de versos y de música. Esto es todo.

Vamos, ven conmigo.

GENARO.--No puedo.

MAFFIO.--¡Partir de noche! Vas á morir asesinado.

GENARO.--Tranquilízate. Adiós. Que te diviertas mucho.

MAFFIO.--Genaro, me da mala espina tu viaje.

GENARO.--Maffio, me da mala espina tu cena.

MAFFIO.--¡Si te sucediese alguna desgracia sin estar yo allí!

GENARO.--¿Quién sabe si no tendré que acusarme mañana de haberte

abandonado esta noche?

MAFFIO.--Vamos, decididamente no nos separamos. Cedamos algo cada uno

por su parte. Ven esta noche conmigo á casa de la Negroni, y mañana, al

rayar el alba, partiremos juntos. ¿Te avienes?

GENARO.--Preciso será que te cuente, Maffio, los motivos de mi

repentina partida. Vas á ver si tengo razón.

(_Se lleva á Maffio aparte y le habla al oído._)

RUSTIGHELLO (_bajo el balcón, en voz baja á don Alfonso_).--¿Atacamos,

monseñor?

ALFONSO.--Veamos el final de esto.

MAFFIO (_echándose á reir después de la relación de Genaro_).--¿Quieres

que te lo diga, Genaro? Estás equivocado. No hay en todo ese negocio ni

veneno ni contra-veneno. Pura comedia. La Lucrecia está perdidamente

enamorada de ti y ha querido hacerte creer que te salvaba la vida,

esperando convertir suavemente la gratitud en amor. El duque es un buen

hombre, incapaz de envenenar ó asesinar á nadie. Has salvado la vida

á su padre, por otra parte, y lo sabe. La duquesa quiere que partas.

Está muy bien. Sus amoríos serían, en efecto, más fáciles en Venecia

que no en Ferrara. El marido la estorba siempre un poco. En cuanto á

la cena de la princesa Negroni será altamente deliciosa. Tú vendrás.

¡Qué diablo, hay que razonar un poco y no exagerar nada! Sabes que

soy presidente y que doy buenos consejos. Porque haya habido dos ó

tres cenas famosas en las que los Borgias han envenenado, con muy buen

vino, á algunos de sus mejores amigos, no se deduce que no deba cenarse

absolutamente. No se sigue de aquí que deba verse siempre veneno en el

admirable vino de Siracusa; y detrás de todas las bellas princesas de

Italia á Lucrecia Borgia. ¡Espectros y cuentos de vieja! Según esto,

solamente los niños de pecho estarían seguros de lo que beben y podrían

cenar sin inquietud. ¡Por Hércules, Genaro, sé niño ó sé hombre! Vuelve

á tomar ama de cría ó ven á cenar.

GENARO.--Á la verdad, es algo extraño huir de noche. Parezco un hombre

que tiene miedo. Por otra parte, si hay peligro en cenar, no debo dejar

á Maffio solo. Suceda lo que quiera. Es un albur como cualquier otro.

Lo dicho. Me presentarás á la princesa Negroni. Me voy contigo.

MAFFIO (_cogiéndole la mano_).--¡Dios de verdad! Este es un amigo.

(_Salen. Se les ve alejarse hacia el fondo de la plaza. Don Alfonso y

Rustighello salen de su escondrijo._)

RUSTIGHELLO (_con la espada desnuda_).--Ea, ¿qué esperáis, monseñor? No

son más que dos. Encargaos de vuestro hombre y yo me encargo del otro.

ALFONSO.--No, Rustighello. Van á cenar á casa de la princesa Negroni.

Si estoy bien informado... (_Se interrumpe y parece meditar un

instante, dejando escapar después una carcajada._) ¡Pardiez! Esto

favorecería todavía más mi asunto, y sería una divertida aventura.

Esperemos á mañana.

(_Entran en palacio._)

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO III

EMBRIAGUEZ MORTAL

Una sala magnífica del palacio Negroni. Á la derecha una puerta de

escape.--En el fondo se abre una gran puerta de dos hojas. En el centro

una mesa soberbiamente servida á la moda del siglo XVI. Pajecillos

negros vestidos de brocado de oro, circulan en torno.--En el momento

de levantarse el telón hay catorce convidados en la mesa, Jeppo,

Maffio, Ascanio, Oloferno, Apóstolo, Genaro y Gubetta, y siete mujeres

jóvenes, lindas, lujosamente engalanadas. Todos beben ó comen, ó ríen

á carcajadas con sus vecinas, excepto Genaro, que está pensativo y

silencioso.

PERSONAJES

LUCRECIA BORGIA.

GENARO.

GUBETTA.

MAFFIO ORSINI.

JEPPO LIVERETTO.

APÓSTOLO GAZELLA.

ASCANIO PETRUCCI.

OLOFERNO VITELLOZZO.

LA PRINCESA NEGRONI.

DAMAS, PAJES, FRAILES.

ESCENA I

JEPPO, MAFFIO, ASCANIO, OLOFERNO, APÓSTOLO, GUBETTA, GENARO, mujeres,

pajes

OLOFERNO (_con el vaso en la mano_).--¡Viva el vino de Jerez! Jerez de

la Frontera es una ciudad del paraíso.

MAFFIO (_con el vaso en la mano_).--El vino que bebemos vale más que

las historias que contáis, Jeppo.

ASCANIO.--Jeppo tiene la manía de contar historias cuando ha bebido.

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 3 / 19 段