GENARO.--Así es. Le habré parecido á la princesa mediano gentil-hombre.
MAFFIO (_sonriendo_).--Entonces, hermano, irás por tu parte á alguna
cita amorosa, ¿no es eso?
JEPPO.--Á propósito, cuéntanos algo de lo que te decía Lucrecia la
otra noche. Parece que anda loca por ti. Largo debió de hablarte. La
libertad del baile era una buena ocasión para ella. Las mujeres no
disfrazan su persona más que para desnudar más audazmente su alma.
Rostro tapado, corazón desnudo.
(_Desde algunos instantes Lucrecia está en el balcón cuya celosía ha
entreabierto. Escucha._)
MAFFIO.--¡Ah! Has venido precisamente á alojarte delante de su balcón.
¡Genaro! ¡Genaro!
APÓSTOLO.--Lo cual no deja de ser algo peligroso, camarada, pues se
dice que este digno duque de Ferrara anda muy celoso de su señora
esposa.
OLOFERNO.--Vamos, Genaro, cuéntanos á qué alturas te encuentras en tus
amoríos con Lucrecia Borgia.
GENARO.--Señores, si volvéis á hablarme de esa horrible mujer, habrá
espadas que saldrán á relucir al sol.
LUCRECIA (_en el balcón, aparte_).--¡Ay!
MAFFIO.--Es pura broma, Genaro. Pero me parece que bien se te puede
hablar de esa dama, puesto que llevas sus colores.
GENARO.--¿Qué quieres decir?
MAFFIO (_mostrándole la banda que lleva_).--Esta banda.
JEPPO.--Son, en efecto, los colores de Lucrecia Borgia.
GENARO.--Fiametta es quien me la ha enviado.
MAFFIO.--Así lo crees tú. Lucrecia te lo ha enviado á decir; pero
Lucrecia en persona es la que ha bordado la banda con sus propias manos
para ti.
GENARO.--¿Estás seguro de ello, Maffio? ¿Por quién lo sabes?
MAFFIO.--Por tu criado, que te entregó la banda, y á quien ella sobornó.
GENARO.--¡Condenación!
(_Arráncase la banda, la destroza y la pisotea._)
LUCRECIA (_aparte_).--¡Ay!
(_Cierra la celosía y se retira._)
MAFFIO.--Es una mujer hermosa, con todo.
JEPPO.--Sí, pero hay algo de siniestro impreso en su belleza.
MAFFIO.--Es un ducado de oro con la efigie de Satanás.
[Ilustración: MAFFIO.--_¿Qué diablos hace?_]
GENARO.--¡Oh! ¡Maldita sea esa Lucrecia Borgia! ¡Decís que esa mujer
me ama! Pues bien: tanto mejor; sea este su castigo: ¡me horroriza!
¡Sí, me horroriza! Ya lo sabes, Maffio, siempre ha sido así; no hay
manera de ser indiferente hacia una mujer que nos ama. Hay que amarla ó
aborrecerla. ¿Y cómo amar á esa? Sucede que, cuando más perseguido se
ve uno por el amor de esas mujeres, más las aborrece. Esta me persigue,
me embiste, me tiene sitiado. ¿Por qué he podido merecer yo el amor de
una Lucrecia Borgia? ¿No es eso acaso una vergüenza y una calamidad?
Desde aquella noche en que de tan ruidosa manera me habéis dicho su
nombre, no podéis creer hasta qué punto me es odioso el pensamiento
de esa mujer malvada. En otro tiempo no veía yo á Lucrecia más que de
lejos, á través de mil intervalos, como un fantasma terrible de pie
sobre Italia, como el espectro de todo el mundo. Ahora este espectro es
el mío, viene á sentarse á mi cabecera; me ama y quiere acostarse en
mi lecho. ¡Por mi madre, esto es espantoso! ¡Ah, Maffio, ha matado al
señor de Gravina, ha matado á tu hermano! Pues bien, ¡yo reemplazaré á
tu hermano para contigo, y yo le vengaré para con ella!--¡He ahí, pues,
su execrable palacio! ¡Palacio de la lujuria, palacio de la traición,
palacio del asesinato, palacio del adulterio, palacio del incesto,
palacio de todos los crímenes, palacio de Lucrecia Borgia! ¡Oh! el
sello de infamia que no puedo poner sobre la frente de esa mujer,
¡quiero ponerle al menos en la fachada de su palacio!
(_Sube sobre el banco de piedra que está debajo del balcón, y con su
puñal hace saltar la primera letra del nombre de Borgia grabado en el
muro, de manera que no queda más que la palabra_: ORGIA.)
MAFFIO.--¿Qué diablos hace?
JEPPO.--Genaro, esta letra de menos en el nombre de Lucrecia, es tu
cabeza de menos sobre tus espaldas.
GUBETTA.--Señor Genaro, he aquí un retruécano que someterá mañana á
media ciudad al tormento.
GENARO.--Si buscan al culpable, yo me presentaré.
GUBETTA (_aparte_).--¡Me alegraría, pardiez! ¡Eso pondría en grande
apuro á Lucrecia!
(_Desde algunos instantes, dos hombres vestidos de negro se pasean
por la plaza. Observan._)
MAFFIO.--Señores, he aquí unos individuos de mala catadura que nos
miran algo curiosamente. Creo que será juicioso separarnos. No hagas
nuevas locuras, hermano Genaro.
GENARO.--Anda tranquilo, Maffio. ¿Tu mano? Señores, divertíos mucho
esta noche.
(_Entra en su casa; los otros se dispersan._)
ESCENA IV
LOS DOS HOMBRES, vestidos de negro
HOMBRE 1.º--¿Qué diablos haces tú por ahí, Rustighello?
HOMBRE 2.º--Espero á que te largues, Astolfo.
HOMBRE 1.º--¿De veras?
HOMBRE 2.º--¿Y tú, qué haces ahí, Astolfo?
HOMBRE 1.º--Espero á que te largues, Rustighello.
HOMBRE 2.º--¿Con quién tienes que ver, Astolfo?
HOMBRE 1.º--Con el hombre que acaba de entrar ahí. ¿Y tú, con quién te
las tienes?
HOMBRE 2.º--Con el mismo.
HOMBRE 1.º--¡Diablo!
HOMBRE 2.º--¿Qué piensas hacer con él?
HOMBRE 1.º--Llevárselo á la duquesa. ¿Y tú?
HOMBRE 2.º--Quiero llevárselo al duque.
HOMBRE 1.º--¡Diantre!
HOMBRE 2.º--¿Qué le espera en casa la duquesa?
HOMBRE 1.º--El amor sin duda. ¿Y en casa el duque?
HOMBRE 2.º--Probablemente la horca.
HOMBRE 1.º--¿Cómo componérnoslas? No debe hallarse á la vez en casa del
duque y de la duquesa, amante feliz y ahorcado.
HOMBRE 2.º--Ahí va un ducado. Juguemos á cara ó cruz quien de nosotros
se llevará el hombre.
HOMBRE 1.º--Lo dicho.
HOMBRE 2.º--Á fe mía, si pierdo le diré buenamente al duque que el
pájaro había volado. ¿Qué me importan á mí los negocios del duque?
(_Echa su ducado al aire._)
HOMBRE 1.º--Cruz.
HOMBRE 2.º (_mirando á tierra_).--Es cara.
HOMBRE 1.º--El hombre será ahorcado. Tómale. Adiós.
HOMBRE 2.º--Buenas noches.
(_Cuando ha desaparecido el otro, abre la puerta baja que está cabe
el balcón, entra y reaparece un momento después acompañado de cuatro
esbirros, con los cuales va á llamar á la puerta de la casa donde ha
entrado Genaro. Cae el telón._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO II
LA PAREJA
PARTE PRIMERA
Una sala del palacio ducal de Ferrara. Tapices de cuero de Hungría
incrustados de arabescos de oro. Mobiliario magnífico, según el gusto
de fines del siglo XV en Italia. El sillón ducal de terciopelo rojo,
bordado con las armas de la casa de Este. Al lado, una mesa cubierta
de terciopelo rojo. En el fondo, una gran puerta. Á la derecha una
puertecilla, y á la izquierda otra secreta. Detrás de ésta se ve, en
un compartimento practicado en el teatro, el principio de una escalera
en espiral que se hunde en el suelo y está iluminada por una larga y
estrecha ventana enrejada.
PERSONAJES
LUCRECIA.
ALFONSO DE ESTE.
GENARO.
MAFFIO.
RUSTIGHELLO.
UN HUJIER.
ESCENA I
D. ALFONSO DE ESTE, con traje de colores magnífico; RUSTIGHELLO,
vestido con los mismos colores, pero de tela más sencilla
RUSTIGHELLO.--Monseñor, quedan ejecutadas vuestras primeras órdenes.
Espero otras.
ALFONSO.--Toma esta llave y vé á la galería de Numa. Cuenta todos los
entrepaños de la ensambladura, comenzando en la grande figura pintada,
que está cerca de la puerta y representa á Hércules, hijo de Júpiter,
uno de mis antepasados. Cuando llegues al vigésimo tercero, verás una
pequeña abertura, oculta en las fauces de una serpiente dorada, que es
una serpiente de Milon. Mandó hacer el tal entrepaño Ludovico el Moro.
Introduce la llave en esta abertura y aquel girará sobre sus goznes
como una puerta. En el armario secreto que recubre verás, sobre una
bandeja de cristal, un frasco de oro y otro de plata con dos copas
esmaltadas. En el frasco de plata hay agua pura. En el frasco de oro
hay vino preparado. Llevarás la bandeja, sin tocar á nada, al gabinete
contiguo á esta cámara, Rustighello; y si nunca has oído á aquellos
cuyos dientes castañeteaban de terror, hablar del famoso veneno de los
Borgias, que en polvo es blanco y centelleante como polvo de mármol de
Carrara, y que, mezclado con el vino, cambia el de Romorantino en vino
de Siracusa, te guardarás bien de tocar al frasco.
RUSTIGHELLO.--¿Es esto todo, monseñor?
ALFONSO.--No; tomarás tu mejor espada, te estarás en el gabinete, de
pie, detrás de la puerta, de manera que oigas cuanto aquí se diga
y para que puedas entrar á la primera señal que te haga con esta
campanilla de plata, cuyo sonido conoces. (_Muestra una campanilla
sobre la mesa._) Si digo sencillamente: ¡Rustighello! entrarás con la
bandeja. Si toco la campanilla, entrarás con la espada.
RUSTIGHELLO.--Basta, monseñor.
ALFONSO.--Tendrás la espada desnuda en la mano, á fin de no tomarte la
molestia de desenvainarla.
RUSTIGHELLO.--Bien.
ALFONSO.--Rustighello, toma dos espadas. Una podría romperse. Anda.
(_Rustighello sale por la puertecilla._)
UN HUJIER (_entrando por la puerta del fondo_).--Nuestra señora la
duquesa desea hablar á nuestro señor el duque.
ALFONSO.--Haced entrar á mi señora.
ESCENA II
ALFONSO y LUCRECIA
LUCRECIA (_entrando con impetuosidad_).--Señor, señor, esto es indigno,
esto es odioso, esto es infame. Algún hombre del pueblo, ¿sabéis
eso, don Alfonso? acaba de mutilar el nombre de vuestra esposa,
grabado debajo de mis armas de familia, en la fachada de vuestro
propio palacio. La cosa se ha hecho en pleno día, públicamente, ¿por
quién? lo ignoro, pero es harto injurioso y temerario. Se ha hecho
de mi nombre un padrón de ignominia, y vuestro populacho de Ferrara,
que es, á no dudarlo, el más infame de toda Italia, monseñor, está
allí mofándose alrededor de mi blasón como si fuera una picota. ¿Os
imagináis acaso, don Alfonso, que me resigno á esto y que no preferiría
mil veces más morir de una puñalada, más bien que de la picadura
envenenada del sarcasmo y de la befa? ¡Pardiez, señor, que me tratan
extrañamente en vuestro señorío de Ferrara! Esto empieza á cansarme, y
os encuentro demasiado tranquilo, mientras arrastran por los arroyos
de vuestra ciudad la reputación de vuestra esposa, despedazada por la
injuria y la calumnia. Me es menester una reparación ruidosa de esto,
os lo prevengo, señor duque. Preparaos á hacer justicia porque es
un acontecimiento grave el que acaba de acaecer ¿sabéis? ¿Creeríais
acaso que no tengo en nada la estimación de nadie en el mundo y que mi
marido puede dispensarse de ser mi caballero? No, no, monseñor; quien
se casa, protege; quien da la mano, da el brazo. Cuento con ello.
Cada día recibo una nueva injuria y nunca veo que os alteréis. ¿Acaso
ese cieno de que me cubren no os salpica, don Alfonso? ¡Vaya, por mi
alma, enfadaos un poco, que os vea una vez en la vida enojaros por mí,
señor! Que estáis enamorado de mí, me decís algunas veces; estadlo,
pues, de mi gloria; que estáis celoso, estadlo de mi reputación. Si he
doblado con mi dote vuestros dominios hereditarios; si os he traído
en matrimonio, no solamente la Rosa de oro y la bendición del Padre
Santo sino lo que ocupa más lugar en la superficie del globo, Siena,
Rímini, Cesena, Spoletto y Piombino, y más ciudades que castillos
tenéis, y más ducados que baronías teníais; si he hecho de vos el más
poderoso caballero de Italia, no es esto una razón para que dejéis que
vuestro pueblo me escarnezca, me denigre y me insulte; para que dejéis
á vuestra Ferrara señalar con el dedo á toda Europa á vuestra mujer,
más despreciada y más bajamente puesta que la sirvienta de los criados
de vuestros palafreneros; no es una razón, digo, para que vuestros
vasallos no puedan verme pasar entre ellos sin decir: «¡Anda! ¡Esa
mujer!...» Pues bien: os lo declaro, señor; quiero que el crimen de hoy
sea perseguido y ejemplarmente castigado, ó bien me quejaré al papa, me
quejaré al de Valentinois, que está en Forli con quince mil hombres de
guerra; ved ahora si vale esto la pena de que os levantéis de vuestro
sillón.
ALFONSO.--Señora, el crimen de que os quejáis me es conocido.
LUCRECIA.--¡Cómo, señor! ¡Os es conocido el crimen y no está
descubierto todavía el criminal!
ALFONSO.--El criminal está descubierto.
LUCRECIA.--¡Vive Dios! Si está descubierto ¿cómo es que no está ya
detenido?
ALFONSO.--Está detenido, señora.
LUCRECIA.--Por mi alma, si está detenido, ¿por qué motivo no está
todavía castigado?
ALFONSO.--Lo estará. He querido antes saber vuestra opinión sobre el
castigo.
LUCRECIA.--Habéis hecho bien, monseñor. ¿Dónde está?
ALFONSO.--Aquí.
LUCRECIA.--¡Ah! ¡aquí! He de hacer un ejemplar, ¿entendéis, señor? Esto
es un crimen de lesa majestad, y esos crímenes hacen caer siempre la
cabeza que los concibe y la mano que los ejecuta. ¿Conque está aquí?
Quiero verle.
ALFONSO.--Es fácil. (_Llamando._) ¡Bautista!
(_El hujier reaparece._)
LUCRECIA.--Una palabra aún, señor, antes de que el culpable sea
introducido. Quien quiera que fuere ese hombre, aunque fuese de nuestra
ciudad, aunque fuese de nuestra casa, don Alfonso, dadme vuestra
palabra de duque coronado de que no saldrá vivo de aquí.
ALFONSO.--Os la doy. Os la doy, ¿lo entendéis bien, señora?
LUCRECIA.--Bien está; sin duda que lo entiendo. Traedle ahora; quiero
interrogarle yo misma. ¡Dios mío! ¿qué habré hecho yo á esa gente de
Ferrara para que me persiga de este modo?
ALFONSO (_al hujier_).--Haced entrar al preso.
(_Ábrese la puerta del fondo. Vese aparecer á Genaro desarmado entre
dos partesaneros. En el mismo momento se ve á Rustighello subir la
escalera en el pequeño compartimiento de la izquierda, detrás de la
puerta secreta; lleva en la mano una bandeja en la cual hay un frasco
dorado, otro plateado y dos copas. Pone la bandeja en el alféizar de
la ventana, saca su espada y se coloca detrás de la puerta._)
ESCENA III
Los mismos, GENARO
LUCRECIA (_aparte_).--¡Genaro!
ALFONSO (_aproximándose á ella, bajo y con una sonrisa_).--¿Conocíais
acaso á ese hombre?
LUCRECIA (_aparte_).--¡Es Genaro! ¡Qué fatalidad, Dios mío!
(_Le mira con angustia; él aparta la vista._)
GENARO.--Señor duque, soy un simple capitán y os hablo con el respeto
que conviene. Vuestra Alteza me ha hecho prender en mi alojamiento esta
mañana: ¿qué me queréis?
ALFONSO.--Señor capitán, se ha cometido esta mañana un crimen de lesa
majestad frente á frente de la casa que habitáis. El nombre de nuestra
bien amada esposa y prima doña Lucrecia Borgia ha sido insolentemente
mutilado en la fachada de nuestro palacio ducal. Buscamos al culpable.
LUCRECIA.--No es él; hay un error, don Alfonso. No es ese joven.
ALFONSO.--¿Cómo lo sabéis?
LUCRECIA.--Estoy segura de ello. Este joven es de Venecia y no de
Ferrara. Así...
ALFONSO.--¿Y qué prueba eso?
LUCRECIA.--El hecho ha ocurrido esta mañana y yo sé que él ha pasado
aquellas horas en casa de una joven llamada Fiametta.
GENARO.--No, señora.
ALFONSO.--Ya ve Vuestra Alteza que ha sido mal informada. Dejadme que
le interrogue. Capitán Genaro, ¿sois vos quien ha cometido el crimen?
LUCRECIA (_desesperada_).--¡Me ahogo aquí! ¡Aire! ¡aire! ¡tengo
necesidad de respirar un poco! (_Se dirige á una ventana, y pasando al
lado de Genaro le dice en voz baja y rápidamente_): Dí que no eres tú.
ALFONSO (_aparte_).--Le ha hablado en voz baja.
GENARO.--Duque Alfonso, los pescadores de Calabria que me criaron y que
me han templado muy joven en el mar para hacerme fuerte y atrevido,
me han enseñado esta máxima con la cual se puede arriesgar á menudo
la vida, nunca el honor: «Haz lo que dices, dí lo que haces.» Duque
Alfonso, yo soy el hombre á quien buscáis.
ALFONSO (_volviéndose á Lucrecia_).--Tenéis mi palabra de duque
coronado, señora.
LUCRECIA.--Tengo que deciros dos palabras en particular, monseñor.
(_El duque hace seña al hujier y á los guardias de retirarse con el
prisionero á la sala contigua_).
ESCENA IV
LUCRECIA, ALFONSO
ALFONSO.--¿Qué me queréis, señora?
LUCRECIA.--Lo que yo os quiero, don Alfonso, es que no quiero que ese
joven muera.
ALFONSO.--Hace apenas un instante habéis venido á mi encuentro como la
tempestad, irritada y llorosa; os habéis quejado de un ultraje que se
os había inferido; habéis reclamado con injurias y gritos la cabeza del
culpable; me habéis pedido mi palabra ducal de que no saldría vivo de
aquí; os la he lealmente concedido, ¡y ahora no queréis que muera! ¡Por
Cristo, señora, que esto es extraño!
LUCRECIA.--No quiero que ese joven muera, señor duque.
ALFONSO.--Señora, los caballeros tan probados como yo no tienen
costumbre de dejar su fe en prenda. Tenéis mi palabra y es menester que
la retire. He jurado que el culpable moriría y morirá. Por mi alma, que
podéis escoger vos misma el género de muerte.
LUCRECIA (_con aire risueño y lleno de dulzura_).--Don Alfonso, don
Alfonso, en verdad que no hacemos más que decir locuras vos y yo.
Es cierto que soy una mujer caprichosa; mi padre me ha consentido
demasiado ¡qué queréis! Desde mi infancia se ha obedecido á todos mis
caprichos. Lo que yo quería hace un cuarto de hora, no lo quiero ya en
este momento. Ya sabéis, don Alfonso, que siempre he sido así. Vamos,
sentaos ahí, cerca de mí, y hablemos un poco, tierna y cordialmente,
como marido y mujer, como dos buenos amigos.
ALFONSO (_tomando por su parte cierto aire de galantería_).--Doña
Lucrecia, sois mi señora y me considero harto dichoso con que os plazca
tenerme un momento á vuestros pies.
(_Siéntase cerca de ella._)
LUCRECIA.--¡Qué bueno es entenderse! ¿Sabéis, Alfonso, que os amo
como el primer día de mi matrimonio, aquel día en que hicisteis tan
deslumbradora entrada en Roma, entre el señor de Valentinois, mi
hermano, y el señor cardenal Hipólito de Este, que lo es vuestro? Yo
estaba en el balcón de las gradas de San Pedro. ¡Recuerdo aún vuestro
hermoso caballo blanco cargado de guarniciones de oro y el noble
aspecto de rey que teníais!
ALFONSO.--Erais también muy bella vos, señora, y aparecíais bien
resplandeciente bajo vuestro dosel de brocado de plata.
LUCRECIA.--¡Oh, no me habléis de mí, monseñor, cuando os hablo de vos!
Cierto que todas las princesas de Europa me envidian el haberme casado
con el mejor caballero de la Cristiandad. Y yo os amo verdaderamente,
como si tuviese diez y ocho años. ¿Sabéis que os amo, no es verdad,
Alfonso? ¿No lo habéis dudado nunca, á lo menos? Soy fría algunas
veces, y distraída; esto proviene de mi carácter y no de mi corazón.
Escuchad, Alfonso: si Vuestra Alteza me riñese por ello suavemente,
yo me corregiría bien pronto. ¡Qué cosa tan buena es amarnos como lo
hacemos! ¡Dadme vuestra mano, dadme un beso, don Alfonso! Á la verdad,
pienso ahora en ello, es muy ridículo que un príncipe y una princesa
como vos y yo, que están sentados uno al lado de otro en el más bello
trono ducal que haya en el mundo, y que se aman, hayan estado á punto
de disputar por un miserable capitanete aventurero veneciano. Dad orden
para arrojar de aquí á ese hombre y no hablemos más de ello. Que vaya
donde le plazca ese pícaro ¿no es verdad, Alfonso? El león y la leona
no van á irritarse por un pulgón. ¿Sabéis, monseñor, que si la corona
ducal fuese otorgada en certamen al más hermoso caballero de vuestro
ducado de Ferrara, seríais vos, también, quien la tendría? Esperad á
que vaya á decirle á Bautista de parte vuestra que se ha de expulsar
cuanto antes de Ferrara á ese Genaro.
ALFONSO.--No corre prisa.
LUCRECIA (_con aire juguetón_).--Quisiera no tener que pensar más en el
asunto. Vamos, monseñor, dejadme terminar esta cuestión á mi manera.
ALFONSO.--Es menester que termine según la mía.
LUCRECIA.--Pero, en fin, Alfonso mío, ¿no tenéis razón alguna para
querer la muerte de ese hombre?
ALFONSO.--¿Y la palabra que os he dado? El juramento de un rey es
sagrado.
LUCRECIA.--Esto es bueno para decírselo al pueblo. Pero de vos á mí,
Alfonso, ya sabemos lo que es eso. El Padre Santo había prometido á
Carlos VIII de Francia la vida de Zizimí, y Su Santidad no por eso
dejó de matar á Zizimí. El señor de Valentinois se había constituído
bajo palabra en rehenes del mismo niño Carlos VIII, y el señor de
Valentinois no por eso dejó de evadirse del campo francés así que
pudo. Vos mismo habíais prometido á los Petrucci devolverles Siena. No
lo habéis hecho ni debido hacer. ¡Eh! La historia de los países está
llena de estas cosas. Ni reyes ni naciones podrían vivir un día con la
rigidez de los juramentos que se guardaran. Entre nosotros, Alfonso,
una palabra jurada no es una necesidad sino cuando no se presenta otra.
ALFONSO.--Sin embargo, doña Lucrecia, un juramento...
LUCRECIA.--No me deis esas malas razones. No soy ninguna tonta. Decidme
más bien, mi caro Alfonso, si tenéis algún motivo de queja contra ese
Genaro. ¿No? Pues bien, concededme su vida. Bien me habéis concedido
su muerte. ¿Qué os importa que me plazca perdonarle? Yo soy la ofendida.
ALFONSO.--Justamente porque os ha ofendido, amor mío, no quiero
concederle mi perdón.
LUCRECIA.--Si me amáis, Alfonso, no os opondréis por más tiempo á mis
deseos. ¿Y si me place ensayarme en la clemencia? Es un medio para
hacerme querer de vuestro pueblo. Quiero que vuestro pueblo me ame.
La misericordia, Alfonso, hace asemejar un rey á Jesucristo. Seamos
soberanos misericordiosos. Esta pobre Italia tiene bastantes tiranos
sin nosotros, desde el barón, vicario del Papa, hasta el Papa, vicario
de Dios. Acabemos con esto, querido Alfonso. Poned á ese Genaro en
libertad. Es un capricho, si queréis; pero algo tiene de sagrado y de
augusto el capricho de una mujer cuando salva la cabeza de un hombre.
ALFONSO.--No puedo, querida Lucrecia.
LUCRECIA.--¿No podéis? Pero en fin, ¿por qué no podéis concederme una
cosa tan insignificante como la vida de ese capitán?
ALFONSO.--¿Me preguntáis por qué, amor mío?
LUCRECIA.--Sí; ¿por qué?
ALFONSO.--Porque ese capitán es vuestro amante, señora.
LUCRECIA.--¡Cielos!
ALFONSO.--¡Porque le habéis ido á buscar á Venecia! ¡Porque le iríais á
buscar al infierno! ¡Porque os he seguido mientras le seguíais! ¡Porque
os he visto, enmascarada y palpitante, correr tras él como la loba en
pos de su presa! ¡Porque ahora mismo le cubríais con una mirada llena
de lágrimas y de fuego! ¡Porque os habéis prostituído á él, sin duda
alguna, señora! ¡Porque hay ya bastante vergüenza é infamia y adulterio
en todo eso! ¡Porque es tiempo de que vengue mi honor y haga correr
alrededor de mi lecho un río de sangre, entendedlo bien, señora!
LUCRECIA.--Don Alfonso...
ALFONSO.--¡Callad! ¡Velad por vuestros amantes desde ahora, Lucrecia!
Poned en la puerta por donde se entra á vuestra cámara nocturna al
hujier que queráis; pero en la puerta por donde se sale habrá ahora un
portero de mi elección, el verdugo.
LUCRECIA.--Monseñor, os juro...
ALFONSO.--No juréis. Eso de los juramentos es bueno para el pueblo. No
me deis tan malas razones.
LUCRECIA.--Si supiérais...
ALFONSO.--¡Ved, señora, que aborrezco á toda vuestra abominable familia
de los Borgias, y vos la primera, á quien tan locamente he amado!
Es menester que os lo diga; es una cosa vergonzosa, sorprendente é
inaudita ver aliadas en nuestras dos personas la casa de Este, que vale
más que la de Valois y la casa de Tudor, la casa de Este, digo, y la
familia Borgia, que ni siquiera se llama Borgia, que se llama Lenzuoli,
ó Lenzolio, ¡qué sé yo! ¡Cáusame horror vuestro hermano César, que
ha matado á su hermano Juan! ¡Me inspira horror vuestra madre Rosa
Vanozza, la vieja ramera, que escandaliza á Roma después de haber
escandalizado á Valencia! Y en cuanto á vuestros pretendidos sobrinos
los duques de Sermoneto y de Nepi... ¡buenos duques son á fe mía!
¡duques de ayer! ¡duques hechos con ducados robados! Dejadme acabar. Me
causa horror vuestro padre, que es papa, y tiene un serrallo de mujeres
como el Gran Turco Bayaceto; vuestro padre, que es el Anti-Cristo;
vuestro padre, que llena el presidio de personas ilustres y el sacro
colegio de bandidos, de tal suerte, que viendo vestidos de rojo á
galeotes y cardenales, se pregunta uno quiénes son los unos y quiénes
los otros. Idos, ahora.
LUCRECIA.--¡Monseñor! ¡monseñor! os pido de rodillas y con las manos
juntas, por Jesús y María, por vuestro padre y vuestra madre,
monseñor, os pido la vida de ese capitán.
ALFONSO.--¡En esto pára el amor! Podréis hacer de su cadáver lo que os
plazca, señora, y quiero que sea esto antes de haber pasado una hora.
LUCRECIA.--¡Perdón para Genaro!