LUCRECIA.--¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en Italia, en e

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se

han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las

variantes a la grafía más frecuente.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan y se

ha completado el emparejamiento de los signos de interrogación y

exclamación.

* Se ha ampliado el Índice para que mencione los Actos y Partes de

cada drama.

* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no

interrumpir un párrafo.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

DRAMAS DE VÍCTOR HUGO

ES PROPIEDAD

DRAMAS

DE

VÍCTOR HUGO

LUCRECIA BORGIA

MARÍA TUDOR -- LA ESMERALDA -- RUY BLAS

TRADUCCIÓN DE

A. BLANCO PRIETO

ILUSTRACIÓN DE

F. GÓMEZ SOLER

[Ilustración]

BARCELONA

BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»

DANIEL CORTEZO y C.ª--Calle de Pallars (Salón de S. Juan)

1887

[Ilustración]

Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª

LUCRECIA BORGIA

Drama en 3 actos, con un prefacio de su autor

[Ilustración]

PREFACIO

Cuando estaba escribiendo el prefacio de su último drama, el autor

volvió á la ocupación de toda su vida, al arte; y continuó sus trabajos

predilectos, aun antes de acabar del todo con los adversarios políticos

que fueron á distraerle hace dos meses. Por otra parte, dar á luz un

nuevo drama seis semanas después del que se había prohibido, era, en

cierto modo, censurar al gobierno por su acto; era demostrarle que

perdía el tiempo, probándole que el arte y la libertad podían renacer

en una noche bajo el torpe pie que los hollaba. Así es que el autor

confía sostener de aquí en adelante la lucha política, mientras fuere

necesario, sin dejar la obra literaria. Se puede cumplir con los

propios deberes y llevar á cabo una misión al mismo tiempo, sin que lo

uno perjudique á lo otro: el hombre tiene dos manos.

El _Rey se divierte_ y _Lucrecia Borgia_ no se asemejan por el

fondo ni por la forma, y estas dos obras tienen, cada cual por su

parte, un destino tan diverso, que la una será tal vez algún día la

principal fecha política, y la otra la principal fecha literaria de

la vida del autor. Sin embargo, cree de su deber decir que estas dos

composiciones tan diferentes en el fondo, en la forma y en el destino,

se relacionan íntimamente en su pensamiento. La idea que produjo el

_Rey se divierte_, y la que dió origen á _Lucrecia Borgia_ nacieron

en el mismo instante y en el mismo punto del corazón. ¿Cuál es, en

efecto, el pensamiento íntimo oculto bajo estas tres ó cuatro cortezas

concéntricas en la primera de dichas producciones? Hele aquí: tomemos

la deformidad _física_ más hedionda, la más repugnante y completa;

coloquémosla allí donde más resalte, en el piso más bajo y en el más

despreciado del edificio social; iluminemos por todos lados, con la

siniestra luz de los contrastes, ese mísero sér; y después démosle

un alma y póngase en ésta el sentimiento más puro que se concede al

hombre: el de la paternidad. ¿Qué sucederá? Que este sentimiento

sublime, excitado, según ciertas condiciones, transformará á vuestros

ojos el sér envilecido, el cual, pequeño al principio, llegará á ser

grande, y su deformidad se convertirá en belleza. En el fondo, he

aquí lo que es el _Rey se divierte_. Ahora bien, ¿qué es _Lucrecia

Borgia_? Tómese la deformidad _moral_ más hedionda, la más repugnante y

completa; colóquese allí donde más resalte, en el corazón de una mujer,

con todas las condiciones de la belleza física y de la grandiosidad

regia, que ponen más en relieve el crimen; y ahora mézclese con toda

esta deformidad moral un sentimiento puro, el más puro que á la mujer

le es dado experimentar, el sentimiento materno; en el monstruo poned

una madre, y desde luego interesará y hará llorar; y ese sér que

inspiraba temor, infundirá lástima; y esa alma deforme se hará casi

hermosa á vuestros ojos. Así, pues, la paternidad santificando la

deformidad física es el _Rey se divierte_; y la maternidad, purificando

la deformidad moral, es _Lucrecia Borgia_. Si en el pensamiento del

autor no fuese bárbara la palabra _biología_, esas dos producciones no

formarían más que una biología _sui generis_, que pudiera titularse:

_El Padre_ y _la Madre_. La suerte les ha separado; pero ¿qué importa?

La una prosperó; la otra ha sido condenada; la idea que constituye el

fondo de la primera se mantendrá tal vez encubierta aún, á causa de

mil prevenciones, para muchas miradas; la idea que engendró la segunda

parece ser comprendida y aceptada todas las noches por una multitud

inteligente y simpática, si no nos ciega alguna ilusión: _Habent sua

fata_. Pero sea lo que fuere de esas dos composiciones, que por lo

demás no tienen otro mérito que la atención con que el público ha

tenido á bien escucharlas, son hermanas gemelas, que se han tocado

en germen, la coronada y la proscrita, como Luís XIV y el Máscara de

Hierro.

Corneille y Molière tenían por costumbre contestar en detalle á las

críticas que sus obras suscitaban, y no deja de ser curioso hoy ver

á esos gigantes del teatro debatir en _prefacios_ y _advertencias

al lector_, entre la inextricable red de objeciones que la crítica

contemporánea urdía sin descanso á su alrededor. El autor de este drama

no se cree digno de seguir tan grandes ejemplos, y por lo tanto callará

ante la crítica: lo que sienta bien en hombres vestidos de autoridad,

como Molière y Corneille, no sería oportuno en otros. Por lo demás,

tal vez sólo Corneille en todo el mundo podría conservarse grande y

sublime en el momento mismo en que, de rodillas, hace poner un prefacio

ante Scudery ó Chapelain. El autor dista mucho de ser Corneille, y está

muy lejos de tener nada que ver con Chapelain ó Scudery. La crítica,

salvo algunas raras excepciones, ha sido generalmente leal y benévola

para él; pero sin duda podría contestar á más de una objeción. Á

los que opinan, por ejemplo, que Genaro se deja envenenar demasiado

cándidamente por el duque en el segundo acto, podría preguntarles

si Genaro, personaje creado por la fantasía del poeta, había de ser

más _verosímil_ y más desconfiado que el histórico Druso de Tácito,

_ignarum et juveniliter hauriens_; y á los que le censuran por haber

exagerado los crímenes de Lucrecia Borgia, les diría: «Leed á Tomasi,

á Guicciardini y sobre todo el _Diarium_»; á los que le vituperan por

haber aceptado ciertos rumores populares semifabulosos sobre la muerte

de los maridos de Lucrecia, les contestaría que con frecuencia las

fábulas del pueblo constituyen la verdad del poeta; y además citaría de

nuevo á Tácito, historiador más obligado á criticarse sobre la realidad

de los hechos que no el poeta dramático: _Quamvis fabulosa et immania

credebantur, atrociore semper fama erga dominantius exitus_. El autor

podría detallar estas explicaciones mucho más, examinando una por una

con la crítica todas las piezas de la armazón de su obra; pero prefiere

dar gracias al crítico en vez de contradecirle; y por otra parte,

complácele más que el lector halle en el drama, y no en el prefacio,

las respuestas que podría dar á las objeciones del crítico.

Se le dispensará que no insista sobre la parte puramente estética de

su obra. Hay todo un orden de ideas muy distinto, no menos elevado en

su opinión, que quisiera tener tiempo de remover y profundizar en la

_Lucrecia Borgia_. Á su modo de ver, en las cuestiones literarias hay

otras muchas sociales, y toda obra es una acción. He aquí el asunto

sobre el cual se extendería de buena gana si no le faltasen el tiempo

y el espacio. El teatro, nunca lo repetiremos en demasía, tiene en

nuestra época una inmensa importancia que tiende á desarrollarse sin

cesar con la civilización misma. El teatro es una tribuna, una cátedra;

el teatro habla muy alto. Cuando Corneille dice:

_Porque eres más que un rey, te crees ya ser algo_,

Corneille es Mirabeau; y cuando Shakespeare dice: _To die, to sleep_,

Shakespeare es Bossuet.

El autor sabe hasta qué punto el teatro es algo muy grande y formal;

sabe que el drama, sin salir de los límites imparciales del arte, tiene

una misión nacional, una misión social, una misión humana. Cuando ve

todas las noches, él, pobre poeta, á ese pueblo tan inteligente y

adelantado, que convierte á París en la ciudad central del progreso,

extasiarse en masa ante un telón que se levantará un momento después

por su pensamiento, se juzga muy poca cosa para excitar tanta atención

y curiosidad; comprende que si su talento no es nada, es preciso que

su honradez lo sea todo; y se interroga severamente sobre el alcance

filosófico de su obra, porque se considera responsable, y no quiere que

esa multitud pueda pedirle cuenta un día de lo que le enseñó. El poeta

ha de cuidar también de las almas; es preciso que el público no salga

del teatro sin llevar consigo alguna moralidad austera y profunda;

y por eso espera, Dios mediante, no desarrollar jamás en la escena

(por lo menos mientras duren los tiempos críticos en que estamos)

sino asuntos llenos de lecciones y de consejos; presentará siempre

el ataúd en la sala del festín, la oración de difuntos mezclándose

con los cantos de la orgía, y la cogulla junto á la careta. Algunas

veces dejará al carnaval cantar desordenado y desaforadamente en el

proscenio, pero le gritará desde el fondo de la escena: _Memento quia

pulvis es_. Sabe que el arte solo, el arte puro, el arte propiamente

dicho, no exige todo esto del poeta; pero piensa que en el teatro,

sobre todo, no basta llenar solamente las condiciones del arte. Y

en cuanto á las llagas y miserias de la humanidad, siempre que las

presente en el drama, tratará de encubrir con el velo de una idea

consoladora y grave todo lo que esas desnudeces tengan de odioso en

demasía. No pondrá á Marion de Lorme en la escena sin purificar á la

cortesana con un poco de amor; dará á Triboulet, el deforme, un corazón

de padre; á la monstruosa Lucrecia, entrañas de madre; y de este modo,

su conciencia reposará al menos tranquila y serena en su obra. El drama

que sueña y que se propone realizar podrá tocarlo todo sin manchar

nada. Hágase circular en el conjunto un pensamiento moral y compasivo,

y no habrá nada deforme ni repugnante. Con la cosa más hedionda

mézclese una idea religiosa, y será santa y pura. Sujetad á Dios al

palo y tendréis la cruz.

12 de Febrero de 1833.

LUCRECIA BORGIA

PERSONAJES

LUCRECIA BORGIA.

ALFONSO DE ESTE.

GENARO.

GUBETTA.

MAFFIO ORSINI.

JEPPO LIVERETTO.

APÓSTOLO GAZELLA.

ASCANIO PETRUCCI.

OLOFERNO VITELLOZZO.

RUSTIGHELLO.

ASTOLFO.

LA PRINCESA NEGRONI.

UN HUJIER.

FRAILES.

Caballeros, pajes y guardias.

[Ilustración]

ACTO PRIMERO

AFRENTA SOBRE AFRENTA

PARTE PRIMERA

Un terrado del palacio Barbarigo, en Venecia. Fiesta nocturna; varias

máscaras cruzan á cada instante; en ambos lados del mismo, el palacio

presenta una iluminación espléndida, y se oyen acordes musicales. El

terrado está cubierto de sombra y de verde; en el fondo se figura que

al pie se halla el canal de la Zueca, por el cual se ven pasar, á

intervalos, entre las tinieblas, góndolas cargadas de máscaras; en cada

una de ellas se oye música cuando cruza por el fondo del teatro, tan

pronto alegre como lúgubre, y se extingue gradualmente en lontananza. Á

lo lejos se divisa Venecia, iluminada por la luz de la luna.

PERSONAJES

LUCRECIA BORGIA.

GENARO.

GUBETTA.

MAFFIO ORSINI.

JEPPO LIVERETTO.

APÓSTOLO GAZELLA.

ASCANIO PETRUCCI.

OLOFERNO VITELLOZZO.

ALFONSO DE ESTE.

RUSTIGHELLO.

ASTOLFO.

ESCENA I

GUBETTA, GENARO (vestido de capitán), APÓSTOLO GAZELLA, MAFFIO ORSINI,

ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, LIVERETTO

(_Jóvenes caballeros, magníficamente vestidos, con sus antifaces en

la mano, conversan en el terrado._)

OLOFERNO.--Vivimos en una época en que los hombres consuman tantos

actos horribles, que ya no se habla de ese; pero seguro es que jamás se

ha conocido un hecho tan siniestro y misterioso.

ASCANIO.--Un acto tenebroso, por hombres que lo son también.

JEPPO.--Yo conozco bien los hechos, señores, pues me los ha referido

mi primo, el cardenal Carriale, que es la persona mejor informada...

ya conocéis al cardenal, aquel que tuvo tan empeñada disputa con el

cardenal Riario sobre la guerra contra Carlos VIII de Francia.

GENARO (_bostezando_).--¡Ah! hete aquí que Jeppo comienza con sus

historias... Por mi parte no quiero escuchar, porque ya estoy cansado

de oir.

MAFFIO.--Esas cosas no te interesan, Genaro, y me parece muy natural.

Tú eres un bravo capitán aventurero, que lleva un nombre de capricho;

no conoces á tu padre ni á tu madre, aunque no se duda seas caballero,

á juzgar por tu modo de manejar la espada; pero todo cuanto se sabe de

tu nobleza es que te bates como un león. Á fe mía, somos compañeros de

armas, y lo que te digo no es para ofenderte. Si me salvaste la vida en

Rímini, yo te la salvé en el puente de Vicencio; nos hemos jurado mutuo

auxilio así en guerra como en amor; vengarnos juntos cuando necesario

sea y tener por enemigos, yo los tuyos, y tú los míos. Un astrólogo nos

predijo que moriríamos el mismo día, y dímosle diez cequíes de oro por

su pronóstico. No somos amigos, sino hermanos. En fin, tú tienes la

suerte de llamarte simplemente Genaro, de no conocer pariente alguno,

y de que no te persiga ninguna de esas fatalidades inherentes á los

nombres históricos. ¡Eres feliz! ¿Qué te importa lo que pasa ni lo que

ha pasado, con tal que haya siempre hombres para la guerra y mujeres

para el placer? ¿Qué te importa la historia de las familias ni de las

ciudades, á ti que no tienes patria ni familia? Para nosotros, amigo

Genaro, es diferente; tenemos derecho á interesarnos en las catástrofes

de nuestra época; nuestros padres y nuestras madres han intervenido en

esa tragedia; y casi todas nuestras familias visten de luto aún.--Dinos

cuanto sepas, Jeppo.

GENARO. (_Déjase caer en un sillón, en la actitud del que se propone

dormir._)--Me despertaréis cuando Jeppo haya concluído.

JEPPO.--Comienzo. En el año mil cuatrocientos noventa...

GUBETTA (_Desde un rincón._)--Noventa y siete.

JEPPO.--Eso es, noventa y siete. Era cierta noche de un miércoles á

jueves...

GUBETTA.--No, de un martes á miércoles.

JEPPO.--Tenéis razón.--Aquella noche, pues, un barquero del Tíber, que

estaba echado en su barca, custodiando sus mercancías, presenció algo

espantoso; hallábase un poco más abajo de la iglesia de San Jerónimo,

y serían como las cinco de la madrugada. El buen hombre vió avanzar

en la oscuridad, por el camino que hay á la izquierda del templo, dos

hombres á pie, mirando á un lado y otro, cual si estuvieran inquietos;

después aparecieron otros dos, y luego un tercero, hasta que se

reunieron siete; sólo uno de ellos iba montado. La noche estaba muy

oscura, y en todas las casas que dan al Tíber veíase sólo una ventana

iluminada. Los siete hombres se aproximaron á la orilla del río; el

jinete hizo dar media vuelta á su caballo, y entonces el barquero vió

claramente en la grupa unas piernas que pendían por un lado, mientras

que la cabeza y los brazos colgaban por el otro: era el cadáver de

un hombre. Mientras sus compañeros vigilaban en los ángulos de las

calles, dos hombres cogieron el cuerpo, balanceáronle dos ó tres veces

con fuerza y arrojáronle en medio del Tíber. Apenas el cadáver tocó el

agua, el jinete hizo una pregunta, á la que los otros dos contestaron:

«Sí, Excelencia.» Entonces el caballero se volvió hacia el Tíber, y

como viese alguna cosa negra que flotaba en el agua, preguntó qué era

aquello. «Señor, le contestaron, es la capa del difunto.» Uno de los

hombres arrojó entonces algunas piedras sobre la capa, hasta que se

hundió; y hecho esto alejáronse todos, tomando el camino que conduce á

San Jaime. He aquí lo que el barquero vió.

MAFFIO.--¡Lúgubre aventura! ¿Sería algún personaje el que esos hombres

echaron al agua? Ese jinete me da mucho que pensar. ¡El asesino montado

y el muerto en la grupa del cuadrúpedo! ¡Es cosa rara!

GUBETTA.--En ese caballo iban los dos hermanos.

JEPPO.--Vos lo habéis dicho, caballero Belverana: el cadáver era el de

Juan Borgia, y el jinete era César Borgia.

MAFFIO.--¡Familia de diablos es la de los Borgias! Y decidme, Jeppo,

¿por qué el hermano cometió aquel fratricidio?

JEPPO.--No os lo diré, pues la causa del asesinato es tan abominable,

que debe ser un pecado mortal hasta el hablar de ello.

GUBETTA.--Pues yo os lo diré: César, cardenal entonces, mató á Juan,

duque de Gandía, porque los dos hermanos amaban á la misma mujer.

MAFFIO.--¿Y quién era esa mujer?

GUBETTA.--Su hermana.

JEPPO.--Basta, señor de Belverana; no pronunciéis ante nosotros el

nombre de esa mujer monstruosa; ni una sola de nuestras familias ha

dejado de ser objeto de sus iniquidades.

MAFFIO.--¿No había de por medio alguna criatura?

JEPPO.--Sí, un niño, hijo de Juan Borgia.

MAFFIO.--Ese niño sería ahora un hombre.

OLOFERNO.--Ha desaparecido.

JEPPO.--¿Fué César Borgia quien consiguió sustraerlo á la madre, ó

fué ésta quien se lo quitó á César? Nadie ha sabido contestar á esta

pregunta.

APÓSTOLO.--Si es la madre quien oculta al hijo, hace bien. Desde que

César Borgia llegó á ser duque de Valentinois, ha mandado dar muerte,

como ya sabéis, sin contar á su hermano Juan, á sus dos sobrinos, á los

hijos del príncipe de Esquilache, y á su primo, el cardenal Francisco

Borgia: ese hombre tiene la fiebre de matar á sus parientes.

JEPPO.--¡Pardiez! quiere ser el único Borgia, á fin de heredar todos

los bienes del papa.

ASCANIO.--Esa hermana que no queréis nombrar, Jeppo, emprendió en la

misma época, según creo, una peregrinación secreta al monasterio de San

Sixto para encerrarse allí, sin que se supiera por qué.

JEPPO.--Creo que sí. Sin duda fué para separarse del señor Juan Sforza,

su segundo marido.

MAFFIO.--¿Y cómo se llamaba el barquero que vió todo eso?

JEPPO.--Lo ignoro.

GUBETTA.--Se llamaba Jorge Schiavone, y ocupábase en conducir leña á

Ripetta por el Tíber.

MAFFIO (_en voz baja á Ascanio_).--He ahí á un extranjero que parece

mejor enterado de nuestros asuntos que nosotros mismos.

ASCANIO (_en voz baja_).--Yo desconfío de ese caballero de Belverana;

mas no profundicemos la cuestión porque tal vez habría en esto algún

peligro.

JEPPO.--¡Ah, señores! ¡En qué tiempos vivimos! ¿Conocéis algún sér

humano que pueda confiar hoy en vivir mañana en esta pobre Italia,

asolada por la guerra y por los Borgias?

APÓSTOLO.--Hablando de otra cosa, señores, creo que todos debemos

formar parte de la embajada que la república de Venecia envía al duque

de Ferrara, para felicitarle por haber recobrado á Rímini de los

Malatesta. ¿Cuándo iremos á Ferrara?

OLOFERNO.--Decididamente será pasado mañana. Sin duda sabréis que ya

están nombrados los dos embajadores, que son el senador Tiópolo y el

general Grimani.

APÓSTOLO.--¿Vendrá con nosotros el capitán Genaro?

MAFFIO.--¡Indudablemente! Genaro y yo no nos separamos nunca.

ASCANIO.--Debo hacer una observación importante, señores, y es que se

bebe el vino de España mientras estamos aquí.

MAFFIO.--Volvamos al palacio. ¡Eh! Genaro. (_Á Jeppo._) ¡Calle! se ha

dormido de veras cuando referíais vuestra historia.

JEPPO.--Que duerma.

(_Salen todos excepto Gubetta._)

ESCENA II

GUBETTA, GENARO, durmiendo

GUBETTA (_solo_).--Sí, yo sé más que ellos; se lo decían en voz baja;

pero Lucrecia sabe más que yo; el caballero Valentinois está mejor

enterado aún que ella; el diablo sabe más que ese caballero; y el

papa Alejandro VI aventaja en este punto al mismo diablo. (_Mirando á

Genaro._) ¡Cómo duermen esos jóvenes!

(_Entra Lucrecia, con antifaz; ve á Genaro dormido, acércase á él y

le contempla con una especie de gozo y de respeto._)

ESCENA III

GUBETTA, LUCRECIA, GENARO, dormido

LUCRECIA.--¡Duerme! Sin duda le ha cansado la fiesta... ¡Qué hermoso

es! (_Volviéndose._) ¡Gubetta!

GUBETTA.--No habléis alto, señora... No me llamo aquí Gubetta, sino

conde de Belverana, caballero castellano; y vos sois la señora marquesa

de Pontequadrato, dama napolitana. No debemos aparentar que somos

conocidos. ¿No es eso lo que ha dispuesto Vuestra Alteza? Aquí no

estáis en vuestra casa; os halláis en Venecia.

LUCRECIA.--Es justo, Gubetta; pero en este terrado no hay más que ese

joven dormido ahora, y podremos hablar un instante.

GUBETTA.--Como Vuestra Alteza guste; pero réstame aún daros un consejo,

y es que no os descubráis, porque podrían reconoceros.

LUCRECIA.--¿Qué me importa? Si no saben quién soy, nada tengo que

temer; y si lo saben, ellos son los que deben guardarse.

GUBETTA.--Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis muchos enemigos,

pero enemigos libres. Sin duda la República no toleraría que se

atentase contra vuestra persona; pero podrían insultaros.

LUCRECIA.--¡Ah! tienes razón; mi nombre infunde horror.

GUBETTA.--Aquí no hay tan sólo venecianos, sino también romanos,

napolitanos, italianos de todo el país.

LUCRECIA.--¡Y toda Italia me odia; tienes razón! Sin embargo, es

preciso que todo esto cambie; yo no había nacido para hacer daño, y

lo conozco ahora más que nunca. El ejemplo de mi familia es el que me

arrastra... ¡Gubetta!

GUBETTA.--Señora.

LUCRECIA.--Dispón que se lleven á nuestro gobierno de Spoletto las

órdenes que vamos á dar.

GUBETTA.--Mandad, señora; siempre tengo cuatro mulas ensilladas y otros

tantos correos dispuestos á marchar.

LUCRECIA.--¿Qué se ha hecho de Galeas Accaioli?

GUBETTA.--Sigue en la prisión, esperando á que Vuestra Alteza mande

ahorcarle.

LUCRECIA.--¿Y Buondelmonte?

GUBETTA.--En el calabozo; aún no habéis dado la orden para que le

estrangulen.

LUCRECIA.--¿Y Manfredo de Curzola?

GUBETTA.--Esperando también la hora de la ejecución.

LUCRECIA.--¿Y Spadacappa?

GUBETTA.--Todavía es obispo de Pésaro y regente de la Cancillería;

pero antes de un mes quedará reducido á un poco de polvo, pues le han

prendido á causa de vuestras quejas, y está bien vigilado en las

cámaras bajas del Vaticano.

LUCRECIA.--Gubetta, escribe al punto al Padre Santo pidiéndole gracia

para Pedro Capra; y que se ponga en libertad á Accaioli, Manfredo de

Curzola, Buondelmonte y Spadacappa.

GUBETTA.--¡Esperad, señora, esperad, dejadme respirar! ¡Cuántas órdenes

me dais á un tiempo! ¡Ahora llueven perdones y misericordia! ¡Estoy

sumergido en la clemencia, y no podré librarme nunca de este diluvio de

buenas acciones!

LUCRECIA.--Buenas ó malas ¿qué te importa, con tal que te las pague?

GUBETTA.--¡Ah! es que una buena acción es mucho más difícil de hacer

que una mala. ¡Pobre de mí! Ahora que imagináis ser misericordiosa ¿qué

llegaré á ser yo?

LUCRECIA.--Escucha, Gubetta; tú eres mi más antiguo y mi más fiel

confidente...

GUBETTA.--Sí; hace quince años que tengo el honor de colaborar con vos.

LUCRECIA.--Pues bien, amigo mío, mi fiel cómplice, ¿no comienzas á

comprender la necesidad de que cambiemos de género de vida? ¿No tienes

sed de que nos bendigan á ti y á mí tanto como nos han maldecido? ¿No

se cuentan ya bastantes crímenes?

GUBETTA.--Veo que estáis en camino de llegar á ser la princesa más

virtuosa del mundo.

LUCRECIA.--¿No te comienza á pesar esa reputación de infames, de

asesinos y de envenenadores, común á los dos?

GUBETTA.--Nada de eso. Cuando paso por las calles de Spoletto, suelo

oir á veces á los plebeyos que murmuran á mi alrededor: «¡Hum! ese es

Gubetta, Gubetta veneno, Gubetta cuchillo, Gubetta dogal», pues me han

puesto una infinidad de motes de los más brillantes; pero á mí no me

importa. Se dice todo eso, y cuando no se emplea la palabra, los ojos

lo expresan. Esto no me hace mella, porque estoy acostumbrado á mi mala

reputación, como el soldado del Papa á servir la misa.

LUCRECIA.--Pero ¿no comprendes que todos los nombres odiosos con que

te designan, y á mí también, podrían despertar el desprecio y el odio

en un corazón en que quisieras hallar cariño? ¿No amas á nadie en el

mundo, Gubetta?

GUBETTA.--¡Yo quisiera saber á quién amáis vos, señora!

LUCRECIA.--¿Qué sabes tú? Yo soy franca contigo; no te hablaré de mi

padre, ni de mi hermano, ni de mi esposo, ni de mis amantes.

GUBETTA.--No comprendo que se pueda amar otra cosa.

LUCRECIA.--Pues hay otra, Gubetta.

GUBETTA.--¡Hola! ¿os haréis virtuosa por amor de Dios?

LUCRECIA.--¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en Italia, en esta fatal y

criminal Italia, un corazón noble y puro, un corazón dotado de elevadas

y varoniles virtudes, un corazón de ángel bajo la coraza del guerrero;

si no me quedase á mí, pobre mujer odiada, despreciada y aborrecida,

maldita de los hombres y condenada del cielo, mísera aunque poderosa;

si no me quedase, en el estado aflictivo en que mi alma agoniza

dolorosamente, más que una idea, una esperanza, la de merecer y obtener

antes de mi muerte un poco de ternura y de cariño en un corazón tan

intrépido como puro; si no tuviera más pensamiento que la ambición de

sentirle latir un día alegre y libremente sobre el mío, ¿comprenderías

entonces, Gubetta, por qué me urge purificar mi pasado y mi reputación,

lavar las manchas que por todas partes tengo, y convertir en una idea

de gloria, de penitencia y de virtud, la idea infame y sanguinaria que

Italia tiene de mi nombre?

GUBETTA.--¡Señora! ¿En qué ermita habéis estado hoy?

LUCRECIA.--No te rías. Hace ya largo tiempo que tengo estas ideas y

nada te digo; el que se ve arrastrado por una corriente de crímenes no

se detiene cuando quiere; los dos ángeles luchaban en mí, el bueno y el

malo, y paréceme que el primero triunfará al fin.

GUBETTA.--Entonces, ¡_te Deum laudamus, magnificat anima mea Dominum_!

¿Sabéis, señora, que no os comprendo, y que desde hace algún tiempo

sois del todo indescifrable para mí? En el espacio de un mes, Vuestra

Alteza anuncia su marcha á Spoletto, se despide de don Alfonso de

Este, vuestro esposo, que tiene la candidez de enamorarse de vos como

un tortolillo, mostrándose celoso como un tigre; Vuestra Alteza sale

de Ferrara y va secretamente á Venecia, casi sin séquito, tomando un

nombre supuesto napolitano, y yo otro español. Llegada á Venecia,

Vuestra Alteza tiene á bien separarse de mí, dándome orden de no

conocerla, y después asiste á todas las fiestas, á las serenatas y á

las reuniones, aprovechándose del Carnaval para ir siempre enmascarada,

ocultándose á las miradas de todos, y sin hablarme nunca más que dos

palabras entre puertas todas las noches. ¡Y ahora que todos esos

regocijos terminen con un sermón para mí! ¡Un sermón de vos, señora!

¿No os parece esto prodigioso? Habéis metamorfoseado vuestro nombre,

después vuestro traje y ahora vuestra alma. ¡Esto sí que es un Carnaval

llevado hasta el último extremo! Yo me confundo. ¿Dónde está la causa

de esa conducta por parte de Vuestra Alteza?

LUCRECIA (_cogiéndole vivamente el brazo, y acercándose á Genaro

dormido_).--¿Ves ese joven?

GUBETTA.--Ese joven no es nada nuevo para mí; ya sé que vais en su

seguimiento con vuestro disfraz desde que estáis en Venecia.

LUCRECIA.--¿Qué dices?

GUBETTA.--Digo que es un joven que duerme echado en este momento, y que

dormiría de pie si hubiera oído la conversación moral y edificante que

acabo de tener con Vuestra Alteza.

LUCRECIA.--¿No te parece hermoso?

GUBETTA.--Más lo sería si no tuviese los ojos cerrados; una cara sin

ojos es un palacio sin ventanas.

LUCRECIA.--¡Si supieras cuánto le amo!

GUBETTA.--Esa es cuestión de don Alfonso, vuestro real esposo; pero

debo advertir á Vuestra Alteza que pierde el tiempo, porque ese joven,

según me han dicho, está enamorado de una hermosa doncella llamada

Fiametta.

LUCRECIA.--¿Y le ama ella?

GUBETTA.--Dicen que sí.

LUCRECIA.--¡Mejor! Quisiera verlos felices.

GUBETTA.--Cosa singular, y que no se aviene con vuestro proceder. Yo

creía que erais más celosa.

LUCRECIA (_contemplando á Genaro_).--¡Qué figura tan noble!

GUBETTA.--Yo creo que se parece á...

LUCRECIA.--No digas á quién... déjame.

(_Sale Gubetta. Lucrecia permanece algunos instantes como extasiada

ante Genaro, sin ver dos hombres disfrazados que acaban de entrar por

el fondo y que la observan._)

LUCRECIA (_creyéndose sola_).--¡Es él! ¡Al fin me ha sido dado

contemplarle un momento sin peligros! ¡No, jamás le soñé tan hermoso!

¡Oh, Dios mío, no me castiguéis con la angustia de verme jamás

aborrecida y despreciada de él, pues ya sabéis que es lo único que amo

en este mundo!... No me atrevo á quitarme la careta, y sin embargo es

preciso enjugar mis lágrimas.

(_Se quita la careta para secarse los ojos. Los dos hombres

enmascarados hablan en voz baja, mientras que ella besa la mano de

Genaro dormido._)

1.er ENMASCARADO.--Eso basta; ahora puedo ya volver á Ferrara. No he

venido á Venecia sino para asegurarme de su infidelidad, y he visto lo

suficiente. No puedo prolongar más mi ausencia. Ese joven es su amante.

¿Cómo se llama, Rustighello?

2.º ENMASCARADO.--Se llama Genaro; es un capitán aventurero, pero muy

intrépido; no tiene padre ni madre ni se conoce su vida. Ahora está al

servicio de la República de Venecia.

1.er ENMASCARADO.--Arréglate para que vaya á Ferrara.

2.º ENMASCARADO.--Esto se hará de por sí, Excelencia, porque pasado

mañana marchará á dicho punto con varios de sus amigos que forman parte

de la embajada de los senadores Tiópolo y Grimani.

1.er ENMASCARADO.--Está bien. Los informes que he recibido eran

exactos; y como ya he visto lo suficiente, podemos marchar.

(_Salen._)

LUCRECIA (_uniendo las manos y casi arrodillada ante Genaro_).--¡Oh

Dios mío, que haya tanta felicidad para él como desgracia para mí!

(_Besa la frente de Genaro, que se despierta sobresaltado._)

GENARO (_cogiendo por los dos brazos á Lucrecia asustada_).--¡Un beso,

una mujer! ¡Por vida mía, señora, que si fuérais reina y yo poeta

tendríamos aquí verdaderamente la aventura de Alain Chartier, el vate

francés!... Pero ignoro quién sois, y yo no soy más que un soldado.

LUCRECIA.--¡Dejadme, caballero Genaro!

GENARO.--De ningún modo, señora.

LUCRECIA.--¡Alguien viene!

(_Huye; Genaro la sigue._)

ESCENA IV

JEPPO y después MAFFIO

JEPPO (_entrando por el lado opuesto_).--¿Quién es esa? ¡Es ella! ¡Esa

mujer en Venecia!... ¡Oye, Maffio!

MAFFIO (_entrando_).--¿Qué ocurre?

JEPPO.--Un encuentro inesperado.

(_Habla al oído de Maffio_).

MAFFIO.--¿Estás seguro?

JEPPO.--Tanto como lo estoy de que nos hallamos en el palacio Barbarigo

y no en el de Labbia.

MAFFIO.--¿Hablaba amorosamente con Genaro?

JEPPO.--Sí.

MAFFIO.--Será preciso librar á mi hermano Genaro de esa araña.

JEPPO.--Avisemos á nuestros amigos.

(_Salen.--Durante algunos momentos no aparece nadie en escena; sólo

se ven pasar de vez en cuando por el fondo algunas góndolas con

música.--Vuelven á entrar Genaro y Lucrecia con antifaz._)

ESCENA V

GENARO y LUCRECIA

LUCRECIA.--Este terrado está oscuro y desierto; aquí puedo quitarme la

careta, y quiero que veáis mi rostro, Genaro.

(_Se descubre._)

GENARO.--¡Sois muy hermosa!

LUCRECIA.--¡Mírame bien, Genaro, y dime que no te causo horror!

GENARO.--¡Causarme horror, señora! ¿Y por qué? Muy por el contrario,

siento en el fondo del corazón algo que me atrae á vos.

LUCRECIA.--¿Crees que podrías amarme, Genaro?

GENARO.--¿Por qué no? Sin embargo, señora, quiero ser franco; siempre

habrá una mujer á quien amaré más que á vos.

LUCRECIA (_sonriendo_).--Ya lo sé, la linda Fiametta.

GENARO.--No.

LUCRECIA.--¿Pues quién?

GENARO.--Mi madre.

LUCRECIA.--¡Tu madre! ¡Oh Genaro mío! ¿La amas mucho?

GENARO.--Sí; y eso que jamás la he visto. ¿No os parece esto muy

singular? Mirad, no sé por qué siento una inclinación á confiarme á

vos, y voy á revelaros un secreto que aún no he comunicado á nadie, ni

siquiera á mi hermano de armas, á Maffio Orsini. Es extraño descubrirse

así al primero que llega; pero me parece que vos no sois para mí una

desconocida.--Capitán aventurero, que ignora cuál es su familia, fuí

educado en Calabria por un pescador de quien me creía hijo. El día

que cumplí diez y seis años, el buen hombre me dijo que no era mi

padre, y algún tiempo después, presentóse un gran señor que, después

de armarme de caballero, se marchó sin levantar siquiera la visera de

su casco. Más tarde, llegó un hombre vestido de negro, y entregóme una

carta; abríla y supe que era de mi madre, á quien no conocía; pero

que á mi entender era buena, benigna, tierna, hermosa como vos; mi

madre, á quien adoraba con toda mi alma. En aquella misiva, sin darme

á conocer nombre alguno, manifestábaseme que era noble, de una familia

distinguida, y que mi madre era muy desgraciada.

LUCRECIA.--¡Buen Genaro!

GENARO.--Desde aquel día me hice aventurero, pues siendo algo por mi

cuna, quería serlo también por mi espada. He corrido toda la Italia;

pero el primer día de cada mes, hálleme donde quiera, veo llegar

siempre al mismo mensajero, quien me entrega una carta de mi madre,

recibe la contestación y se va; nada me dice, ni yo tampoco, porque es

sordo-mudo.

LUCRECIA.--¿Conque no sabes nada de tu familia?

GENARO.--Sé que tengo madre, y que es desgraciada, y que yo daría mi

vida en este mundo por verla llorar, y en el otro por verla sonreir.

Esto es todo.

LUCRECIA.--¿Qué haces con sus cartas?

GENARO.--Todas las tengo sobre el corazón. Nosotros, los hombres de

guerra, arriesgamos siempre la piel, presentando el pecho á la punta de

las espadas, y las cartas de una madre son una buena coraza.

LUCRECIA.--¡Noble corazón!

GENARO.--¿Queréis ver su escritura? He aquí una de sus cartas. (_Saca

del pecho un papel, lo besa y entrégaselo á Lucrecia._) Leed.

LUCRECIA (_leyendo_):

«... No trates de conocerme, Genaro mío, antes del día que yo te

señale. Soy muy digna de compasión; estoy rodeada de parientes sin

piedad, que te matarían, como mataron á tu padre. El secreto de tu

nacimiento, hijo mío, quiero ser yo la única en conocerlo. Si tú lo

supieses, es cosa tan triste al par que tan ilustre, que no podrías

callarlo; la juventud es confiada; no conoces, como yo, los peligros

que te rodean; ¿quién sabe? querrías arrostrarlos por bravata de

joven, hablarías ó dejarías que lo adivinasen y no vivirías ya dos

días. ¡Oh, no! conténtate con saber que tienes una madre que te

adora, y que día y noche vela por tu vida. Genaro mío, hijo mío,

tú eres todo lo que amo en la tierra; mi corazón se deshace cuando

pienso en ti.»

(_Interrúmpese para enjugar una lágrima._)

GENARO.--¡Cuán tiernamente leéis eso! Diríase, no que leéis, sino que

estáis hablando.--¡Ah! ¡Lloráis!--Sois buena, señora, y os agradezco

que lloréis de lo que me escribe mi madre. (_Vuelve á tomar la carta,

la besa de nuevo y la vuelve á poner en su pecho._) Sí; ya veis, ha

habido muchos crímenes en torno de mi cuna. ¡Pobre madre mía! ¿No es

verdad que ya comprendéis ahora que me entretengo poco en galanteos

y amoríos porque no tengo más que un pensamiento en el corazón, mi

madre? ¡Oh! ¡Librar á mi madre! ¡Servirla, vengarla, consolarla,

qué felicidad! Ya pensaré después en el amor. Todo lo que hago, es

para hacerme digno de mi madre. Hay muchos aventureros que no son

escrupulosos y se batirían por Satanás después de haberse batido por

San Miguel; yo, no; no sirvo más que causas justas; quiero poder

depositar un día á los pies de mi madre una espada limpia y leal como

la de un emperador. Ved, señora; me han ofrecido un ventajoso cargo al

servicio de esa infame Lucrecia Borgia y he rehusado.

LUCRECIA.--¡Genaro! ¡Genaro! ¡Tened piedad de los malos! No sabéis lo

que pasa en su corazón.

GENARO.--No tengo piedad de la que sin piedad se muestra. Pero, dejemos

eso, señora, y ahora que os he dicho quién soy, haced vos lo mismo, y

decidme á vuestra vez quién sois.

LUCRECIA.--Una mujer que os ama, Genaro.

GENARO.--Pero ¿vuestro nombre?...

LUCRECIA.--No me preguntéis más.

(_Antorchas. Entran con estruendo Jeppo y Maffio. Lucrecia vuelve á

ponerse el antifaz precipitadamente._)

ESCENA VI

Los mismos, MAFFIO ORSINI, JEPPO LIVERETTO, ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO

VITELLOZZO, APÓSTOLO GAZELLA. Señores, damas, pajes llevando antorchas.

MAFFIO (_con una antorcha en la mano_).--Genaro, ¿quieres saber quién

es la mujer á quien hablas de amor?

LUCRECIA (_aparte, bajo su careta_).--¡Justo cielo!

GENARO.--Todos sois amigos míos, pero juro á Dios que el que toque á la

máscara de esta mujer será mozo atrevido. La máscara de una mujer es

sagrada como la cara de un hombre.

MAFFIO.--¡Precisa antes que la mujer sea una mujer, Genaro! No queremos

insultar á esa; queremos tan solamente decirle nuestros nombres.

(_Dando un paso hacia Lucrecia._) Señora, soy Maffio Orsini, hermano

del duque de Gravina, al que vuestros esbirros han asesinado de noche

mientras dormía.

JEPPO.--Señora, soy Jeppo Liveretto, sobrino de Liveretto Vitelli, á

quien habéis hecho dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano.

ASCANIO.--Señora, soy Ascanio Petrucci, primo de Pandolfo Petrucci,

señor de Siena, al que habéis asesinado para quitarle más fácilmente su

ciudad.

OLOFERNO.--Señora, me llamo Oloferno Vitellozzo, sobrino de Iago

d’Appiani, á quien habéis envenenado en una fiesta después de haberle

traidoramente robado su buena ciudadela señorial de Piombino.

APÓSTOLO.--Señora, habéis condenado á muerte en el patíbulo á Francisco

Gazella, tío materno de don Alfonso de Aragón, vuestro tercer marido,

á quien habéis hecho matar á golpes de alabarda en la meseta de la

escalera de San Pedro. Soy Apóstolo Gazella, primo del uno é hijo del

otro.

LUCRECIA.--¡Oh Dios!

GENARO.--¿Quién es esta mujer?

MAFFIO.--Y ahora que os hemos dicho nuestros nombres, señora, ¿nos

permitís que digamos el vuestro?

LUCRECIA.--¡No, no! ¡Tened piedad, señores! ¡No delante de él!

MAFFIO (_desenmascarándola_).--Quitaos vuestra máscara, señora, que se

vea si podéis aún ruborizaros.

APÓSTOLO.--Genaro, esa mujer á quien hablabas de amor, es envenenadora

y adúltera.

JEPPO.--Incesto en todos grados. Incesto con sus dos hermanos que se

han dado muerte uno á otro por amor á ella.

LUCRECIA.--¡Perdón!

ASCANIO.--¡Incesto con su padre, que es papa!

LUCRECIA.--¡Piedad!

OLOFERNO.--Incesto con sus hijos, si los tuviese, pero el cielo los

rehusa á los monstruos.

LUCRECIA.--¡Basta! ¡Basta!

MAFFIO.--¿Quieres saber su nombre, Genaro?

LUCRECIA.--¡Perdón! ¡Perdón, señores!

MAFFIO.--Genaro, ¿quieres saber su nombre?

LUCRECIA (_Arrástrase á los pies de Genaro._)--¡No escuches, Genaro mío!

MAFFIO (_extendiendo el brazo_).--¡Es Lucrecia Borgia!

GENARO (_rechazándola_).--¡Oh!...

TODOS.--¡Lucrecia Borgia!

(_Cae desmayada á los pies de Genaro._)

[Ilustración]

[Ilustración]

PARTE SEGUNDA

Una plaza de Ferrara. Á la derecha un palacio con balcón guarnecido de

celosías, y una puerta baja. Sobre el balcón un gran escudo de piedra

cargado de blasones con esta palabra en gruesas letras en relieve

sobredoradas: BORGIA. Á la izquierda una casita con puerta á la plaza.

En el fondo casas y campanarios.

ESCENA I

LUCRECIA, GUBETTA

LUCRECIA.--¿Está dispuesto todo para esta noche, Gubetta?

GUBETTA.--Sí, señora.

LUCRECIA.--¿Estarán los cinco?

GUBETTA.--Todos cinco.

LUCRECIA.--Me han ultrajado muy cruelmente, Gubetta.

GUBETTA.--No estaba yo allí, señora.

LUCRECIA.--No han tenido compasión.

GUBETTA.--¿Os han dicho vuestro nombre, alto y claro?

LUCRECIA.--No me han dicho mi nombre, Gubetta; me lo han escupido al

rostro.

GUBETTA.--¿En pleno baile?

LUCRECIA.--Delante de Genaro.

GUBETTA.--¡Vaya unos atolondrados! ¡Salir de Venecia para venirse

á Ferrara! Verdad es que no les quedaba otro remedio habiendo sido

designados por el Senado para formar parte de la embajada que llegó la

otra semana.

LUCRECIA.--¡Oh! Me aborrece y me desprecia ahora, y es por culpa suya.

¡Ah, Gubetta! ¡Me vengaré de ellos!

GUBETTA.--En hora buena; esto es hablar. Habéis abandonado vuestras

fantasías de misericordia; ¡alabado sea Dios! Estoy mucho más á mis

anchas con Vuestra Alteza cuando es natural, como en este caso.

Por lo menos, me reconozco mejor. Entended, señora, que un lago es

lo contrario de una isla; una torre, lo contrario de un pozo; un

acueducto, lo contrario de un puente, y yo tengo el honor de ser lo

contrario de un personaje virtuoso.

LUCRECIA.--Genaro está con ellos. Cuidado que le suceda nada.

GUBETTA.--Si nos convirtiéramos, vos en buena mujer y yo en hombre de

bien, sería cosa monstruosa.

LUCRECIA.--Cuida de que no le suceda nada á Genaro, te digo.

GUBETTA.--Estad tranquila.

LUCRECIA.--¡Quisiera sin embargo verle todavía una vez más!

GUBETTA.--¡Vive Dios, señora, Vuestra Alteza le ve todos los días!

Habéis ganado á su criado para que determinase á su amo á alojarse

ahí, en esa bicoca, frente á frente de vuestro balcón, y desde vuestra

ventana enrejada tenéis todos los días el inefable goce de ver entrar y

salir al susodicho gentil-hombre.

LUCRECIA.--Digo que quisiera hablarle, Gubetta.

GUBETTA.--Nada más sencillo. Enviadle á decir por vuestro porta-manto

Astolfo, que Vuestra Alteza lo espera hoy á tal hora en palacio.

LUCRECIA.--Lo haré, Gubetta; ¿pero querrá venir?

GUBETTA.--Retiraos, señora, creo que va á pasar por aquí dentro un

momento con los estorninos en cuestión.

LUCRECIA.--¿Te toman siempre por el conde de Belverana?

GUBETTA.--Me creen español desde los talones hasta las cejas. Soy uno

de sus mejores amigos. Les pido dinero á préstamo.

LUCRECIA.--¡Dinero! ¿Para qué?

GUBETTA.--¡Pardiez! para tenerlo. Por otra parte, nada más provechoso

que hacer de mendigo y tirarle de la cola al diablo.

LUCRECIA (_aparte_).--¡Dios mío! ¡Haced que no le suceda nada á mi

Genaro!

GUBETTA.--Y á propósito, señora; se me ocurre una reflexión.

LUCRECIA.--¿Cuál?

GUBETTA.--Que es menester que la cola del diablo esté soldada,

enclavijada y atornillada en la espalda con extraordinaria solidez

para que resista á la innumerable multitud de gentes que tiran de ella

perpetuamente.

LUCRECIA.--Todo te mueve á risa, Gubetta.

GUBETTA.--Es una manía como cualquier otra.

LUCRECIA.--Creo que están aquí.--Piensa en todo.

(_Entra en palacio por la puertecilla bajo el balcón._)

ESCENA II

GUBETTA, solo

¿Quién es ese Genaro? ¿Ó qué diablos quiere hacer ella con él? No

sé todos los secretos de la dama ni con mucho, pero éste excita mi

curiosidad. Á fe que no ha tenido confianza conmigo esta vez, y no

creo vaya á imaginarse que le sirva en esta ocasión; saldrá de la

intriga con ese Genaro como pueda. Pero ¡qué extraña manera de amar á

un hombre cuando se es hija de Rodrigo Borgia y de la Vanozza, cuando

se es una mujer que tiene en las venas sangre de cortesano y sangre

de papa! ¡Lucrecia haciéndose platónica! ¡No me sorprendería ya, aun

cuando me dijesen que el papa Alejandro Sexto cree en Dios! (_Mira á la

calle vecina._) Vamos, he aquí á nuestros jóvenes locos del carnaval

de Venecia. ¡Bonita idea han tenido de abandonar una tierra neutral

y libre para venir aquí después de haber ofendido mortalmente á la

duquesa de Ferrara! En su lugar, hubiérame yo abstenido, ciertamente,

de formar parte de la cabalgata de los embajadores venecianos. Pero los

jóvenes son así. Las fauces del lobo son de todas las cosas sublunares

aquella en que de mejor gana se precipitan.

(_Entran los jóvenes señores sin ver al principio á Gubetta, que se

ha colocado en observación bajo uno de los pilares que sostienen el

balcón. Hablan en voz baja y con aire de inquietud._)

ESCENA III

GUBETTA.--GENARO, MAFFIO, JEPPO, ASCANIO, APÓSTOLO, OLOFERNO.

MAFFIO (_en voz baja_).--Diréis lo que os parezca, señores; pero podía

uno dispensarse de venir á Ferrara cuando se ha herido en el corazón á

Lucrecia Borgia.

APÓSTOLO.--¿Qué podíamos hacer? El Senado nos envía aquí. ¿Hay manera

acaso de eludir las órdenes del serenísimo senado de Venecia? Una vez

designados, menester era partir. No se me oculta, sin embargo, Maffio,

que Lucrecia Borgia es una formidable enemiga. Aquí es la dueña.

JEPPO.--¿Qué quieres que nos haga, Apóstolo? ¿No estamos al servicio de

la república de Venecia? ¿No formamos parte de la embajada? Tocar á un

cabello de nuestra cabeza sería declarar la guerra al Dux, y Ferrara no

se indispone así como así con Venecia.

GENARO (_meditando en un rincón del teatro, sin mezclarse en la

conversación_).--¡Oh, madre! ¡madre mía! ¡Quién me dijera lo que podría

hacer yo por mi buena madre!

MAFFIO.--Pueden extenderte en el sepulcro, Jeppo, sin tocar á un

cabello de tu cabeza. Hay venenos que resuelven los asuntos de los

Borgias sin aparato ni estruendo, mucho mejor que con el hacha y el

puñal. Recuerdo cómo Alejandro Sexto ha hecho desaparecer del mundo al

Sultán Zizimí, hermano de Bayaceto.

OLOFERNO.--Y á tantos otros.

APÓSTOLO.--En cuanto al hermano de Bayaceto, su historia es curiosa

y no de las menos siniestras. El papa le persuadió que Carlos de

Francia le había envenenado el día que hicieron colación juntos; Zizimí

se lo creyó todo y recibió de las bellas manos de Lucrecia Borgia

un titulado contra-veneno, que en dos horas despachó al hermano de

Bayaceto.

JEPPO.--Parece que ese bravo turco no entendía nada la política.

MAFFIO.--Sí; los Borgias tienen venenos que matan en un día, ó en un

año, á su antojo. Son venenos infames que vuelven mejor el vino y hacen

vaciar el frasco con más placer. Os creéis ebrio y estáis muerto. Ó

bien un hombre siente de pronto languidez, su piel se arruga, sus ojos

se hunden, sus cabellos blanquean, los dientes se rompen como vidrio

al contacto del pan; no anda ya, se arrastra; no respira, estertorea;

no ríe, no duerme, tirita al sol en pleno mediodía; joven, tiene el

aspecto de un anciano; agoniza así algún tiempo, y muere. Muere, y

entonces recuerda que hace seis meses ó un año bebió un vaso de vino

de Chipre en casa de un Borgia. (_Volviéndose._) Ved, señores; he ahí

justamente á Montefeltro, á quien conocíais quizás, que es de esta

ciudad, y á quien le sucede actualmente lo que digo. Pasa por allí, en

el fondo de la plaza. Miradle.

(_Vese pasar en el fondo del teatro un hombre con el cabello blanco,

flaco, vacilante, cojeando, apoyado en un bastón y embozado en una

capa._)

ASCANIO.--¡Pobre Montefeltro!

APÓSTOLO.--¿Qué edad tiene?

MAFFIO.--Mi edad: veintinueve años.

OLOFERNO.--Le he visto el año pasado, sonrosado y fresco como vos.

MAFFIO.--Hace tres meses cenó en casa de nuestro Santísimo Padre el

Papa, en su viña de Belvedere.

ASCANIO.--¡Esto es horrible!

MAFFIO.--¡Oh! Se cuentan cosas muy extrañas de esas cenas de los

Borgias.

ASCANIO.--Son bacanales desenfrenadas, sazonadas con envenenamientos.

MAFFIO.--Ved, señores, cuán desierta está la plaza á nuestro

alrededor. El pueblo no se aventura tan cerca como nosotros del palacio

ducal; tiene miedo de que los venenos que se elaboran en él día y noche

no transpiren á través de las paredes.

ASCANIO.--Señores, bien mirado, los embajadores han obtenido ayer su

audiencia del duque. Nuestra misión está casi terminada. El séquito de

la embajada se compone de cincuenta caballeros y nuestra desaparición

no se notará en este número. Creo que obraríamos cuerdamente en

abandonar á Ferrara.

MAFFIO.--¡Hoy mismo!

JEPPO.--Señores, mañana será tiempo. Estoy invitado á cenar esta noche

en casa de la princesa Negroni, de la cual ando perdidamente enamorado,

y no quisiera dar á entender que huyo ante la mujer más linda de

Ferrara.

OLOFERNO.--¿Estás invitado á cenar esta noche en casa de la princesa

Negroni?

JEPPO.--Sí.

OLOFERNO.--Pues yo también.

ASCANIO.--Y yo también.

APÓSTOLO.--Y yo también.

MAFFIO.--Y yo también.

GUBETTA (_saliendo de la sombra del pilar_).--Y yo también, señores.

JEPPO.--¡Toma, he ahí al señor de Belverana! Perfectamente: iremos

todos juntos; será una alegre velada. Buenos días, señor de Belverana.

GUBETTA.--Largos años os guarde Dios, señores.

MAFFIO (_por lo bajo á Jeppo_).--Te voy á parecer muy tímido, Jeppo;

pues bien: si quisiérais creerme, no iríamos á esa cena. El palacio

Negroni está contiguo al palacio ducal y no tengo gran confianza en la

amabilidad de ese señor Belverana.

JEPPO (_por lo bajo_).--Estáis loco, Maffio. La Negroni es una mujer

encantadora; os digo que estoy enamorado de ella, y Belverana es un

excelente sujeto. Me he enterado de él y de los suyos. Mi padre estuvo

con su padre en el sitio de Granada, en mil cuatrocientos ochenta y

tantos.

MAFFIO.--Eso no prueba que éste sea hijo del padre con quien estaba el

vuestro.

JEPPO.--Libre sois de no venir á cenar, Maffio.

MAFFIO.--Iré, si vais vos, Jeppo.

JEPPO.--¡Viva Júpiter, entonces! Y tú, Genaro, ¿no quieres ser de los

nuestros esta noche?

Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas · 第 1 / 19 段