primitivo de todos los pueblos ha considerado las enfermedades como
enviadas por un poder sobrenatural. Ha creido entonces que era su deber
aplacar á la divinidad ofendida. Y de ese amalgama imaginario de
espíritus maléficos y enfermedades nació la idea de hermanar y fundir en
una sola las dos facultades, la del médico y la del sacerdote. Por eso
el _bohique_ era curandero augur. Cuando sus auxilios eran solicitados
para un paciente, empezaba el _bohique_ por _sugestionar_ al enfermo,
haciendo una invocación á los espíritus, como lo hacen hoy los _mediums_
espiritistas, que se dedican al arte de curar. Hecha la invocación al
_zemí_—algún muñeco de piedra, barro, madera ó algodón, que no faltaba
como _dios penate_ en la choza indo-antillana—empezaba el _bohique_ á
reconocer al enfermo. Entre las maneras que tenía de curar á los
enfermos descollaba el _masaje_. Empezaba por los hombros y brazos,
continuaba por todo el cuerpo y terminaba por las piernas, estregándolo
siempre y soplando.[161] Si consideraban al enfermo muy malo daban orden
á los parientes que lo sacaran del _bohío_ y lo llevaran al monte. Allí
lo acomodaban, le dejaban algunas vasijas con agua fresca y algunas
cosas de comer. Y de cuando en cuando iban á lavarlo con agua fría, por
lo adicto que eran á las abluciones corporales.[162] El _bohique_
purgaba á sus enfermos con la semilla del _tau-túa_, ó ben purgativo; y
probablemente también con la semilla del _tártago_, llamado hoy en Cuba
y Santo Domingo _piñón_, y cuyo nombre primitivo hemos perdido. Estos
arbolitos medicinales los cultivaba el indígena junto á su choza.[163]
El boriqueño enterraba sus muertos lejos de la casa, en simples
sepulturas, colocando los cadáveres sentados. Al indo-antillano le
acompañaba su amuleto, ó dios tutelar, hasta la fosa. Con el cacique
difunto solía algunas veces enterrarse espontáneamente alguna de sus
mujeres. Era el amor ciego y consecuente más allá de la tumba. Era la
hembra fiel, siguiendo á su macho hacia lo desconocido. El amor violento
y brutal arrostrando toda clase de peligros. Hoy pasa lo mismo con
distinta morfología. La mujer, más sensible que el hombre, siempre está
dispuesta al sacrificio.
Estrañará á algunos, que hayamos concedido civilización y un estado
político-social-religioso al pueblo indio _boriqueño_, que vivía en
completa desnudez, los hombres con un simple taparrabo, las mujeres
casadas con un faldellín de algodón, la _nagua_[164], desde la cintura
hasta los tobillos, y las doncellas como sus madres las parieron. Mas,
esta sorpresa desaparece tan pronto tengamos en cuenta, que era un
pueblo primitivo, morando en una zona tropical. El hombre de los países
fríos, aunque sea salvaje, es el que procura satisfacer como una de sus
principales necesidades el cubrir sus carnes, para resguardarlas de la
inclemencia de las estaciones. El pueblo ario, que procedía de una zona
cálida, al invadir la Europa, llevaba únicamente como vestido un mandil
de cuero.[165]
Y respecto á civilización, nosotros opinamos, que desde el momento en
que el hombre empezó á trabajar el _silex_ para procurarse armas y
utensilios, rompió la cadena que le ataba á la vida nivelada de los
demás animales y comenzó para él la civilización, lenta y trabajosa,
pero progresiva, que ha llevado á la humanidad al estado actual de
cultura y civismo.
[Illustration: Zemi. Amuletos. Bohio.]
CAPITULO VII.
El indo-antillano tenía religión.—Los tres frailes Pane, El Bermejo y
Tisím.—Dos grandes agrupaciones de cultos religiosos: el
animismo difuso y el condensado.—¿Qué culto correspondía al
indígena boriqueño?—Sitio religioso del indo-antillano en el
animismo difuso.—Amuletos ó dioses penates.—Los _zemis_.—El
totemismo.—Zoolatría.—Fitolatría.—Antropomorfismo.—Idolos para
proteger las sementeras, obtener la lluvia, facilitar los
partos, conseguir caza, pesca y ayuda en los combates.—El
espíritu benéfico morador de Luquillo.—_Yucajú_, convertido en
_Yukiyu_, dios bienhechor de _Boriquén_.—Los dioses penates, ó
_zemis_, eran irradiaciones de _Yucajú_.—El espíritu maléfico
de _Boriquén_ venía de fuera.—_Juracán._—Los fantasmas
nocturnos, ó _maboyas_, eran irradiaciones de _Juracán_.—Los
adoratorios.—El _bohique_ ó augur curandero.—Ofrendas.—El
_cojoba_.—Consejo de jefes y toma del _cojibá_.—Stahl niega
religión á los boriqueños.—García les concede astrolatría á
los haytianos.—Parecer de Colón, Mártir de Anglería, Pane, Las
Casas y Oviedo respecto á la astrolatría indo-antillana.—
Nuestra opinión.—Nebulosa concepción de ultratumba entre
nuestros aborígenes.—Idea del bien y del mal.—No podían
comprender en su estado _neolítico_, ó de la piedra
pulimentada, la unidad absoluta de Dios.
El indio boriqueño rendía culto á la Divinidad en las rudimentarias
formas de un pueblo _neolítico_. Las ideas religiosas de los pueblos
primitivos vienen á ser á las ideas religiosas modernas lo que la
alquimia á la química y la astrología á la astronomía. No podemos, por
ende, exigir al indígena boriqueño una religión á la moderna. Entonces,
les negaríamos el culto religioso y les llamariamos _ateos_, como
calificaban los griegos á los primeros cristianos. La fe del hombre
salvaje en un poder sobrenatural es el alborear del sentimiento
religioso bajo la honda impresión de un miedo cerval á lo Desconocido.
La ignorancia supina de las leyes físicoquímicas, que rigen el cosmos,
le sugestiona de contínuo ante cualquier fenómeno de la naturaleza, del
cual no puede darse explicación alguna. En este sentido el salvaje está
al nivel del niño; es pueril en sus concepciones.
Hubo tres frailes que se dedicaron al principio del Descubrimiento de
las Indias al estudio de las ideas religiosas de los indios. Fray Román
Pane, que vino con Cristóbal Colón en el segundo viaje, y á quien el
Almirante encargó inquiriese lo más que pudiera saber de los ritos y
religión de los haytianos; por lo que Fray Román dejó el _Macorix_
abajo, donde vivía y se marchó á _Maguá_, el cacicazgo del valiente
_Guarionex_, quien tenía á sus órdenes veinte y un _nitaynos_ ó caciques
subalternos, que gobernaban los territorios de _Batey_, _Sabanacóa_,
_Corojay_, _Cotuí_, _Cibao_, _Ciguay_, _Tuna_, _Guaybamoca_, _Goacoa_,
_Janique_, _Marien_, _Maymón_, _Majagua_, _Macorix_ arriba, _Moca_,
_Mayonix_, _Maguey_, _Manicú_, _Samaná_, _Yaguax_ y _Yaguahayucú_. Entre
la gente de estos sitios de La Española fué que el decidido eremita
benedictino hizo sus investigaciones religiosas. Su trabajo lo tituló
_Creencia é idolatría de los indios é cómo observaban sus dioses_. El
informe original, dado al Almirante en latín, se ha perdido y no se
conserva de él más que una mala traducción al castellano, tomada de una
hecha al italiano.[166]
Los otros dos frailes eran Fray Juan Borgoñón, el Bermejo, y Fray Juan
de Tisím, ambos de la orden de San Francisco, que vinieron con el
comendador Ovando, en 1502, cuando por vez primera arribaron los
franciscos á La Española. Uno de ellos, el _Bermejo_, acompañó á Fray
Román Pane á _Maguá_: cuya misión duró dos años, ayudados de un buen
intérprete indio llamado _Guay Sabána_, que les fué muy adicto. Las
Casas trató, íntimamente á estos tres frailes y tomó de ellos
suficientes noticias; por lo tanto, el obispo de Chiapa es una buena
fuente de información histórica sobre estos asuntos.
Todos los cultos religiosos pueden comprenderse en dos grandes
agrupaciones. La primera abraza el _animismo difuso_ con sus
correspondientes zoolatría, fitolatría, litolatría, falismo, cultos del
agua, de la atmósfera, de los cuerpos celestes, de la tierra y el cielo,
de instrumentos é industrias, de circunstancias y accidentes de la vida,
de facultades, de cualidades y conceptos, de las representaciones
figuradas, de los espíritus y de la vida de ultratumba. La segunda
agrupación comprende el _animismo condensado_ con sus correspondiente
naturalismo, politeismo, simbolismo, misticismo, sincretismo y
monoteismo.
El animismo condensado representa ya un gran progreso religioso de la
humanidad. Tenemos, por consiguiente, que buscar sitio para nuestro
indo-antillano en el seno de la primera agrupación, ó sea en el animismo
difuso. En los cementerios de nuestros indígenas se encuentran con
profusión unas _figurillas_ de arcilla roja, cocida, que semejan
animaluchos, como el sapo, ó una cara humana grotesca. Estos objetos,
ocupando las fosas sepulcrales, demuestran patentemente, á parte los
datos suministrados por los Cronistas, que el boriqueño tenía una
creencia supersticiosa en estas figurillas. Es verdad que las
encontramos también en las asas de algunas vasijas y platos; pero en
estos recipientes tienen entonces más carácter de ornamentación que
simbólico. El indio era enterrado con su amuleto ó _dios penate_; y
teniendo el idolillo unas veces aspecto de animal y otras forma humana,
la interpretación á esta variedad de figuras no puede ser indiferente.
El _totemismo_ es el culto de la naturaleza, que se manifiesta de varios
modos. El vocablo viene de _totem_, blasón, y tiene por fundamento el
aplicar nombres de animales á jefes de tribu; cuyos nombres, con la
acción de la leyenda pasa á la tribu misma y termina por convertirse en
_mito religioso_ con el tiempo. La cara de _sapo_ en el idolito indígena
es la conservación del _totemismo_ en el período de zoolatría; cuyo
culto, al tener el amuleto cara humana, había pasado lentamente de la
_zoolatría_ al _antropomorfismo_, ó idolatría, en la que el _dios
penate_ adquiere completamente naturaleza humana. Aún vemos estos
tránsitos religiosos en nuestra actual sociedad, desde el trozo de
_coral_ (litolatría) al cuello del niño, para ampararle del _mal de
ojo_, hasta las imágenes y escapularios de los católicos. Los generales
romanos más valientes solían llevar al cuello figurillas de sus dioses
al marchar á la guerra, creyendo ciegamente en la protección y ayuda de
ellos en los combates.[167] En el _totemismo_ se tienen ideas confusas
de un poder sobrenatural, al cual se le tiene más miedo que amor, y cuya
influencia directa se admite en todos los sucesos de la vida. De ahí
surge el _dios penate_. La fe por teoría y la adoración por práctica.
Apenas alborea entonces el elemento moral.
Refiere Las Casas, que “cuando algún indio iba caminando é veía algún
árbol que con el viento, más que otro, se movía, de lo cual el indio
tenía miedo, llegaba á él é le preguntaba: Tú, ¿quién eres? é respondía
el árbol: Llámate aquí á un _bohique_ y él te dirá quien yo soy.”[168]
Venía entonces el augur, practicaba unas cuantas ceremonias, cortaba el
árbol, hacía fabricar á los artistas de la tribu una grotesca estatua
del tronco y le consagraban una casa y sus ofrendas. La explicación de
esto es bien sencilla: el pobre indio, sugestionado por el miedo, había
oido todas esas voces, y era explotado por otro indio, el _bohique_, un
embaucador, más listo que él. Generalmente el augur marchaba de acuerdo
con el jefe de la tribu, el _cacique_. La historia de todos los tiempos.
El culto de los árboles ha existido en Asiria, Grecia, Polonia, Francia,
Vizcaya, Alemania, Inglaterra y otros muchos países, bajo otras formas,
y hasta prestándole veneración profunda al mismo árbol.
En los ídolos _mamiformes_, de piedra, se encuentran muchos con la faz
de múcaro, lagarto, ú otro reptil ó ave; y también algunos con pies
humanos, los que comprueban el pase lento de la zoolatría al
antropomorfismo. Luego vienen ídolos con cara y pies humanos, que
confirman la completa transición mitológica. Había, pues, tres clases
fundamentales de estas piedras _cónicas_. Describiendo el historiador
Las Casas[169] los dioses de piedra de los indo antillanos dice, que
unos eran para favorecer sus sementeras. Creemos nosotros, que estos
serían los que tienen cara de lagarto, sabandija que anda siempre por
los campos entre los sembrados. Otros ídolos eran para impetrar la
lluvia y el buen tiempo. Opinamos, serían los que tienen faz de pájaro
porque el ave cruza la atmósfera y se pierde á veces con su alto vuelo
entre las nubes. Y los terceros eran para que las indias tuvieran buena
dicha en parir. Estos ídolos corresponderían á los que tienen cara y
pies humanos. Aunque el obispo de Chiapa no cita más que estas tres
clases, nosotros, por inducción lógica, nos inclinamos á creer que los
ídolos con figura de tortuga, ó de pez, serían para obtener buena pesca.
Los de cara de múcaro para la buena caza. Y los que les recordaban sus
valientes jefes los invocarían al emprender sus guerrillas.[170] Vése,
empero, en toda esta morfología la variedad en la unidad religiosa.
Adelantemos más aún en nuestras apreciaciones. El indio de Boriquén
creía desde luego en un _espíritu benéfico_, al tener en sus piedras
cónicas determinadas aspiraciones religiosas á su favor: creencias que
nos ha conservado el venerable Las Casas, observadas personalmente por
él mismo y corroboradas con los informes precisos de sus cofrades, los
otros tres religiosos citados. La cordillera central de la Isla, con su
abrupto monte _Luquillo_, tuvo que impresionar vivamente la infantil
imaginación de nuestros indígenas. En el _totemismo_, ó culto de la
naturaleza, obsérvase la adoración de las montañas; pues bien, nosotros
creemos que el artista boriqueño figuraba en sus ídolos _mamiformes_
pétreos el monte _Luquillo_, donde moraba para ellos el _espíritu
benefactor_ de su país, representado en animal (zoolatría); en animal
con pies humanos (período de transición mitológica); y en ídolo completo
humano (antropomorfismo); llevando siempre á cuestas la Isla.
Una de las grandes preocupaciones de los pueblos primitivos ha sido
idear cómo fué la creación de cielo y tierra. No hay que olvidar nunca,
dice Lubbock[171], que la idea de los salvajes sobre la Divinidad es
esencialmente diferente de la que profesan las razas superiores. Para
ellos, el dios forma parte del cosmos. Así, pues, para nuestro boriqueño
su benéfica divinidad formaba parte de la naturaleza de su Isla.
Ahondemos algo más en esta tesis religiosa. Fray Román Pane nos asevera,
que los haytianos creían que su dios les daba y conservaba la _yuca_.
Según Las Casas el dios de Hayti se llamaba _Yucahú Bagua Maorocotí_;
manifestando el ingenuo cronista que no sabía lo que por este nombre los
haytianos querían significar. Estudiemos filológicamente estas palabras.
_Yucajú_ (Las Casas escribe _Yucahú_) palabra compuesta de _Yuca_ y
_jú_. Ya sabemos que _yuca_ ó _yuka_ es el utilísimo tubérculo farináceo
del cual hacían los indo-antillanos su pan _casabí_. El sufijo _hú_,
_jú_ ó _yú_ significa _blanco_, según Rafinesque.[172] El segundo
vocablo es _Bagua_, que en el habla indo-antillana equivale á la _mar_.
En la palabra _Maorocotí_ hay aglutinación de raices. Ya sabemos que las
lenguas americanas son polisintéticas. (Duponceau, Lucien Adams, etc.)
Descompongamos, pues, este vocablo, _Ma-o-roco-tí_. En esta palabra, es
nuestro parecer, están condensados los atributos de la divinidad
haytiana. _Ma_, grande; _ti_, alto, elevado, poderoso; _o_, montaña;
_roco_, el verbo, que da á conocer (_roco_ significa _conocer_) dichos
atributos. Es decir, que _Yucajú Bagua Maorocotí_ equivale á _Yuca
Blanca_; _grande y poderosa, como el mar y la montaña_. Este era para
los haytianos su dios bienhechor. Robertson[173] incurre en un error, al
afirmar que los habitantes de estas islas admitían seres, á quienes
llamaban _Cemís_, y que los tenían por autores de todos los males que
aflijían á la especie humana.
Reflexionemos un poco sobre las dificultades primeras de los
indo-antillanos para poder extraer de un tubérculo venenoso, como la
_yuca_, su alimenticio pan; y no nos extrañará su adoración simbólica
(Fitolatría) á la bienhechora y misteriosa planta que los sustentaba.
¡Qué sorpresa, cuando manipulándola bien, por vez primera obtuvieron la
buena harina! ¡Qué terror, cuando los mataba rápidamente, sin saber
extraerle el farináceo producto! ¡Terrible misterio para la infantil
imaginación de aquellos hombres primitivos! ¡Cuántos tanteos debieron
haber tenido para llegar á la realidad conveniente de separar el
_venenoso_ jugo de la _útil_ harina! Así como el hombre primitivo, al
ver hervir el agua y percibir el rumor que se desprendía de la vasija,
el movimiento contínuo de las burbujas de aire, y la agitación creciente
del hirviente líquido, creyó que _allí_, en el fondo de la marmita,
había un _espíritu supremo_, que de repente se le manifestaba, de igual
modo el indo-antillano creyó que en la misteriosa acción de vida y
muerte que se encierra en la _yuca_, existía un _poderoso espíritu_, que
le convenía acatar y venerar para tenerle propicio, á fin de que le
favoreciera siempre con la parte bienhechora de la misteriosa planta.
Corrobora nuestro aserto el valor que le daban ciertos pueblos indios al
vocablo _yuca_. En el lenguaje _tupí-guaraní_ significa _matar_. De
_yuká_, matar, derivaron los _tupí-guaraní_ el vocablo _tupá_, dirigido
á la Divinidad, y que equivale á _quién es_, significando _qué espíritu_
residiría en _aquella_ planta, la _manioca_ ó _yuca_, que producía á
veces la _muerte_, y también daba la _vida_, mediante su alimenticia
harina. Y nosotros opinamos, que esta lengua, la tupí-guaraní, ha sido
la madre de la _caribe_ y de la _aruaca_. Todavía encontramos la palabra
_yuca_, con igual significación, _matar_, entre los Oyampis del
Brasil[174] y los Cumanagotos[175] y Tamanacos de Venezuela.[176]
Pasemos á _Boriquén_. La misma unidad religiosa tenían los boriqueños.
Solamente que á nosotros no ha llegado más que el primer vocablo
_Yucahú_, conservado en el nombre que se le asigna hoy al monte
_Luquillo_, el más alto de la Isla. Los primeros españoles que vinieron
al Boriquén oyeron á los indios decir _Yuquiyú_, y sin precisar la
difícil fonética de una lengua desconocida, juzgaron que se trataba de
algún cacique _loco_; adjudicándole desde luego, sin más reflexión, el
diminutivo de esa palabra. Los indios de la isla _Yucayú_, de las
Bahamas, han pasado á la historia con el nombre de _Lucayos_,
trastocando los cronistas la _Y_ en _L_, y la _u_ final en _o_, para
castellanizar la palabra. Lo mismo ha pasado, con otros muchos vocablos
indo-antillanos, cambiando, suprimiendo ó agregando letras y sílabas.
De _Luquillo_ tenemos, depurando la palabra filológicamente, _Yuquiyu_—
_Yukiyu_—_Yukayu_—_Yucajú_. La aspiración fonética, que tenían los
indo-antillanos como los árabes[177], la fijaban los cronistas en sus
notas, indistintamente, con una _h_, una _y_ griega ó una jota. De
manera que los boriqueños y los haytianos veneraban el fruto que les
producía su _blanco pan_, su _casabí_, bajo un simbólico _dios_,
protector de sus sementeras. El culto de las plantas útiles, ó dañinas,
forma parte de las mitologías. La palmera, el árbol del pan, la higuera,
el trigo, la viña, etc., han sido adorados en la antigüedad. Es el
efecto del animismo difuso. En la virtud íntima de las plantas el hombre
primitivo creyó que residía _un espíritu_ que le concedía aquel don. De
ahí nos ha quedado el simbolismo litúrgico del trigo y de la uva, que de
los misterios eleusianos ha pasado á la eucaristía de los católicos. De
Brosses[178] dice: “Los primeros hombres consagraron las plantas que
brotan de la tierra y las tuvieron por _dioses_ y las adoraron, aunque
vivían de ellas.” Una gran verdad, que vemos comprobada con el
desenvolvimiento mitológico que hemos explicado en el indo-antillano.
En ese pedrusco _cónico_ ó mamiforme, figurando una montaña, que
descansa sobre un animal, pájaro ó ser humano, y que parece que la lleva
á cuestas, hay toda una leyenda religiosa. Tras el _totemismo_ de los
boriquenses adorando la planta _yuca_ (fitolatría) y venerando animales
y pájaros (zoolatría) surge la figura humana de otros ídolos
(antropomorfismo); pero en esta variedad de formas está la unidad
fundamental de la Divinidad, radicando en el espíritu bienhechor
_Yucajú_, que moraba en la alta montaña, formando parte de ella, y á
quien los boriqueños invocaban para todas sus necesidades; siendo los
_zemís_, ó dioses tutelares, unas irradiaciones del gran _Yucajú_,
convertido en _Yukiyu_ el dios protector de _Boriquén_.[179]
El espíritu maléfico de los indo-antillanos era _Juracán_, cuyo vocablo
ha pasado á nosotros conservado en _Huracán_: palabra con que se
designan esos violentos ciclones, que periódicamente visitan las islas
de nuestro Archipiélago, produciendo grandes estragos y destruyendo
vidas y haciendas. Natural era que estos terribles meteoros
impresionaran hondamente las sencillas imaginaciones de nuestros
indígenas; y á juzgar por el destrozo de sus sementeras, derrumbamiento
de sus bohíos, caida de las corpulentas ceibas y demás árboles,
arrancados de raíz, desbordamiento de los ríos, y daños por todas
partes, concibieran la idea de un _espíritu perverso_, dirigiendo la
trayectoria del ciclón y encarnado, por decirlo así, en el mismo
dañífico meteoro. Y, como una prueba más fehaciente de lo que
aseveramos, véase que para designar al _espíritu maligno_ los Chaymas
dicen _Yorocián_, los Tamanacos _Yolokiamo_, los Cumanagotos _Yroklamo_,
los Galibis _Yurakán_, los Caribes _Yoroko_, los Apalay _Yoloco_, los
Guayanenses _Yoloc_ y los Ypurocotes _Yucreca_.[180] El mismo vocablo,
designando al _espíritu maléfico_, en fermentación fonética, ha sufrido
alteraciones de letras ó sílabas y ha cristalizado por fin con algunas
variantes, más ó menos acentuadas, en todos estos dialectos indios.[181]
_Jurakán_ era, pues, el espíritu maligno de los indo-antillanos.
Llamaban _Maboyas_ á los fantasmas nocturnos, que creían ellos rondaban
por sus sementeras, atribuyéndoles los pequeños daños ocurridos en sus
labranzas, los perjuicios en sus casas y las enfermedades de sus hijos y
mujeres. Los _Maboyas_ eran irradiaciones de _Jurakán_. Como los
indígenas tenían gran miedo á los fantasmas de noche, creían en las
apariciones de las ánimas de los difuntos, las que llamaban _jupias_, y
de lo cual daban cuenta inmediatamente al _bohique_, quien tenía buen
cuidado de atemorizarlos por la tal aparición y les pronosticaba algún
mal.[182]
El _bohique_ tenía su puesto social en el pueblo boriqueño,
completamente independiente del _cacique_. Este era el jefe de la tribu,
aquel el curandero y el augur, intermediario con la divinidad indígena.
En la época de la recolección de las mieses se llevaban ofrendas de
casabe, boniatos, batatas y maíz al _zemí_, que estaba en la casa grande
de los caciques, llamada _caney_; y también llevaban ofrendas á la choza
del _bohique_. Los niños consumían estas viandas. No había templos
públicos, pero sí alguno que otro _adoratorio_, llamado _ku_, que era
una casa de pajas, como las otras comunes, _algo apartada_ de las demás,
según Las Casas. También solían utilizar algunas cavernas para adorar
sus _zemis_.[183] Pasemos á la liturgia. Cuando el _bohique_ iba á
consultar al ídolo, antes hacía la ceremonia llamada _cojoba_, que era
absorver por las narices el _cojibá_, tabaco en polvo, tomado de un
plato redondo, hecho de madera negra, muy lisa y pulimentada. Esta
ceremonia la hacía el _bohique_ mediante un instrumento, también de
madera negra, en forma de una Y griega mayúscula, según Oviedo, ó dos
tubillos de cañas huecas, pareadas, según otros autores. Estimulado el
augur por el narcotismo del tabaco, como un poseido, empezaba á
profetizar. Igual ceremonia solían practicar juntos _bohique_, _cacique_
y _nitaynos_ cuando había que resolver, en consejo de jefes, alguna
cuestión ardua, como sus guerrillas, que eran muy frecuentes por motivo
de los límites de sus cacicazgos. Dato importantísimo, anotado por Las
Casas, y que desvirtúa por completo el consignado por Mártir de
Anglería, de que los indo-antillanos no conocían _lo mío_ y _lo tuyo_, ó
sea que no tenían los rudimentos principales del derecho de propiedad.