Fray Iñigo Abbad comete el error de escribir, que el indio boriqueño era

de color _cobrizo_ y de narices _chatas_.[130] El benedictino escribía

de referencia, como nosotros, y al terminar el párrafo de su capítulo,

dedicado á este asunto, puso una llamada y anotó como cita, á Oviedo,

libro 3º folio 25, con esta letra (f). Pues bien, he aquí la prueba de

que hay que beber en fuentes puras para no caer en equivocaciones.

Oviedo no dice tal cosa. Véase la edición de la Academia Española de la

obra de Oviedo, publicada en Madrid en 1851, tomo 1º página 68, línea

23, y se verá, que el Cronista dice: “La color de esta gente es _lora_.”

Este vocablo viene del adjetivo latino _luridus_, cetrino. En castellano

es sinónimo de color amulatado, _moreno_, lo que concuerda con la nota

de Las Casas. Algunos escritores puertorriqueños han caido en error, por

seguir á Iñigo Abbad. Y respecto á la nariz, confundió nuestro primer

historiador la nariz _corta_ con ventanas dilatadas del indo-antillano

con la nariz _chata_ de la raza africana. En el lenguaje antropológico

la nariz de nuestro indio era _mesorrina_ y la del africano es

_platirrina_.

Las facultades mentales del boriqueño correspondían á las del hombre

natural en el período _neolítico_; con la inferioridad comprobada de la

raza roja ante la raza blanca; más, la influencia deprimente de los

trópicos sobre un organismo, que no tenía las ventajas positivas del

cruzamiento étnico. El _mestizaje_ es favorable á ciertas razas. El

desarrollo intelectual del boriqueño era escaso, la voluntad tardía,

pero la memoria feliz, porque la cultivaba para la recitación de sus

historitos _areytos_.

Refiere Las Casas, que de veinte á treinta pliegos de papel, escritos

sobre doctrina cristiana, el indígena los conservaba todos en la memoria

y los repetía sin tropezones.[131]

En la numeración el boriqueño llegaba hasta 20. Se conservan los nombres

de los cuatro primeros números. El indo-antillano tenía vocablos hasta

diez. De once en adelante hasta veinte recurría á los dedos.[132] Entre

los caribes la palabra usada para decir _diez_ significa los dedos de

ambas manos, y para decir _veinte_ la voz equivale á los dedos de pies y

manos. Según el padre Gumilla, los indios del Orinoco se servían también

de los pies y de las manos juntos para indicar veinte.[133] Según

Dobritzhofer, el _guaraní_ no tenía palabras más que hasta _cuatro_, y

de ese número en adelante decía _incontable_. Si ésto es cierto, el

_Caribe_ y el _Aruaca_ habían adelantado á su progenitor, pues llegaban

hasta 10 con palabras y hasta 20 con signos. No es de extrañar tan

penosos avances en el cálculo, porque nada hay más abstracto que la idea

del número.

El boriqueño no tenía ideas cronológicas. El tiempo corría para él

impensadamente. Sólo procuraba retener en sus históricos _areytos_ los

sucesos más memorables de su pueblo, ó los que más herían su imaginación

pueril. El tiempo para él se concretaba á la división patente del día y

la noche. Estaba lejos de poder utilizar los cuartos de luna como los

peruanos; y mucho menos la marcha del sol como los mejicanos.

Cuando los conquistadores pusieron el pie en _Boriquén_, los naturales

vivían ya en clans ó tribus, diseminadas por varios puntos de la

Isla.[134] El gobierno de estas agrupaciones era patriarcal, tratando

los régulos á sus súbditos como si fueran sus propios hijos: palabras

textuales del obispo de Chiapa.[135] Amor que fué correspondido

fielmente por los indígenas, cuando el triste período para ellos de la

Conquista, en el que procuraron ocultar cuidadosamente á sus jefes de la

activa persecución de los invasores, que tendían siempre á apoderarse de

los caudillos para sofocar las iniciativas guerreras en contra de la

colonización española.

Lo que podríamos llamar la constitución política del boriqueño, era

monárquica, con su soberano, el _cacique_; el gobierno paternal con los

subjefes ó _nitaynos_, y la casta sacerdotal de _bohiques_.

Naturalmente, con todos los defectos de una sociedad humana incipiente:

como que era el hombre de la edad de la piedra. En Boriquén había un

jefe principal, que en la época de Ponce de León (1508) era _Agüeybana_,

á quien los otros caciques de la Isla veían como más potente. _La

Española_, ó sea _Haytí_, estaba dividida en cinco cacicazgos

principales, con sus correspondientes reyezuelos _Guarionex_,

_Guacanagarí_, _Bojekio_[136], _Caonabó_ é _Higuanamá_.

La división social de los indios de Boriquén era: el _cacique_, ó jefe

de la tribu; el _bohique_, ó augur curandero, como si dijéramos

médico-sacerdote; el _nitayno_, subjefe ó lugarteniente á las órdenes

del cacique; y el _naborí_, ó miembre de la tribu. Esta sencilla

agrupación tenía desde luego su plan administrativo y la división del

trabajo con arreglo á su limitada civilización y reducidas necesidades.

Correspondía al _cacique_, como jefe supremo de la aldehuela y su

comarca, cuidar de los aprestos guerreros y de la defensa general del

poblejo, mantener las buenas relaciones con los régulos vecinos y

obedecer las órdenes del jefe más fuerte de la Isla, que vivía al Sur.

El _nitayno_, ó sub-jefe, venía á ser el lugarteniente sustituto del

cacique. Eran varios: uno cuidaba de los límites del cacicazgo; otro

atendía á los cultivos y recolección de frutos; otro á la caza; otro á

la pesca; otro á la confección del _casabí_; etc. Disponía cada

_nitayno_ de un pelotón de _naborís_, que trabajando en cuadrillas

podían cumplir con sus faenas. Las mujeres no eran agenas á algunas de

estas labores. Es indudable, por lo tanto, que las incipientes

industrias de alfarería, tallado y pulimento de hachas y demás

utensilios de piedra ó madera, tejido de algodón y cordelería de

_majagua_ y _maguey_ para hamacas, redes de pescar, taparrabos y

faldellines, construcción de arcos, flechas, azagayas y macanas, estaban

regularizadas de algún modo; pero era una reglamentación al fin. Así

estaría también el comercio de estos objetos entre las aldehuelas é

islas vecinas.

Los jefes indo-antillanos tenían tres categorías, como si dijéramos las

de capitán, teniente y alferez que venían á corresponder á los vocablos

_Matunjerí_, _Bajarí_ y _Guaojerí_.[137] No eran títulos de nobleza, ni

mucho menos; pero, sí expresiones de aprecio y distinción para

establecer cierta distinción social de personas entre ellos. La

humanidad en sus procedimientos, se repite con frecuencia en distintas

zonas, porque el hombre ha tenido que pasar por fases muy parecidas en

todas las partes del planeta.

El _bohique_, curandero augur, cuidaba como agorero de los ritos y

ceremonias religiosas; y como médico de la salud de los miembros de la

tribu. Atendía también á la educación de los indiezuelos en lo

correspondiente á enseñarles los _areytos_ ó romances históricos, para

que conservaran en sus memorias las hazañas de sus antepasados y la

sucesión de las cosas. Era ayudado en esta labor, de la música, que

siempre atrae sobremanera al hombre natural y sencillo. Un recitado

monótono con alguna nota discordante y su obligado estribillo era la

canción _boríqueña_. Acompañaba al _areyto_ el ritmo cadencioso del

tamboril de madera, llamado _magüey_, y el ruido acompasado de la

sonajera hecha con una _higüera_ pequeña y vacía, con pedrezuelas

dentro, la _maraca_, que ha llegado hasta nosotros, conservada por

tradición entre nuestros campesinos. A la recitación del _aretyo_ se

unía la danza ó _araguaco_. Estos espectáculos no sólo tenían carácter

histórico, sino algunas veces religioso ó guerrero. También era

costumbre del _bohique_ preparar á los jóvenes indios, que habían de

sustituirle en el ejercicio de la hechicería y curandería.

Y, finalmente, el último miembro de la tribu era el _naborí_, el hombre

más inferior del clan, dedicado á labriego, sirviente, cazador, pescador

ó guerrero, según las necesidades de la agrupación. El _naborí_ venía á

ser como el vasallo pechero de la antigüedad.

Este era el orden correlativo social de nuestro indígena, que atravesaba

en la época del Descubrimiento, el tercer período de la edad de la

piedra, ó sea el _neolítico_; no conociendo aún el uso de los metales

útiles; pero si utilizando la madera y la roca pulimentada, y viviendo

en pacífico consorcio, sujeto á un método civil patriarcal; rindiendo

culto á sus ideas religiosas de pueblo primitivo, y desenvolviéndose en

la agricultura, la industria y el comercio, en harmonía con su

rudimentaria civilización.

Hemos dicho, que el aduar de _Agüeybana_, el régulo principal de

_Boriquén_, demoraba al Sur de la Isla. Opinamos, que se llamaba

_Guaynía_, vocablo indio, alterado en los cronicones con el cambio de la

_n_ en _d_ (Guaydia). Era el mejor caserío indígena; y estaba junto al

río de su mismo nombre, que naciendo en las alturas de _Macaná_, vierte

sus aguas en el mar Caribe.[138] Fué visitado _Guaynia_ por el

conquistador Juan Ponce de León, en 1508, cuando practicó la primera

exploración del _Boriquén_. En el repartimiento de indios, que hizo Juan

Cerón, en Noviembre de 1509, adjudicó _Agüeybana_ con su ranchería y

trescientos súbditos á don Cristóbal de Sotomayor, hijo de la condesa de

Caminar, que trajo á las Indias una Real Cédula, en la que se le hacía

merced, como poblador, del _mejor_ cacique de esta Isla.[139]

Las otras aldehuelas principales de _Boriquén_ radicaban en valles

apropiados: la del cacique _Caguax_ junto al río _Turabo_; la del

cacique _Mabó_ en Guaynabo; la del cacique _Majagua_ en Bayamón; la del

cacique _Guacabo_ junto al _Sibuco_, río de Vega Baja; la del cacique

_Guaraca_ junto al _Guayaney_, en Yabucoa; la del cacique _Guamaní_ en

los territorios de Guayama; la del cacique _Canóbana_ junto al

_Cayniabón_, en los campos de la actual Carolina; la del cacique

_Orocobix_ en las alturas del _Jatibonicu_, hoy Aybonito, Barranquitas y

Barros; y la del cacique _Aramaná_ en las márgenes costeras del río

_Toa_. Cuando la conjura general de indígenas, contra los

conquistadores, aparecieron otros caciques, no pacificados, que se

pusieron al frente del alzamiento, y que también tenían sus

correspondientes aldehuelas. La de _Guaybana_ era la misma de su hermano

_Agüeybana_, cuyo cacicazgo había heredado, no inclinándose á ser

_guaitiao_ de los españoles; y fué puesto este valiente indio, uno de

los primeros jefes instigadores de la rebelión de 1511. La ranchería de

_Urayoán_ estaba junto al _Guaorabo_, en _Yagüeca_, comprendiendo los

territorios de Añasco y Mayaguez; la de _Aymamón_ en las riberas del

_Coalibina_, por la Aguada; la de _Mabodamaca_, en el Guajataca,

comprendiendo los llanos de Quebradillas é Isabela; y la del valiente

_Guarionex_, destructor del fortín de Sotomayor, en el _Otoao_.

Posteriores al alzamiento de 1511, aparecieron alzados en armas los

caciques _Jumacao_, de _Macao_ y _Yuquibo_ del _Daguao_, siendo éste el

último cacique que hizo frente á los españoles.

Indudablemente habría algunas otras aldehuelas en el _Boriquén_; así

como las de segundo orden, correspondientes á los _nitaynos_ ó

sub-jefes; pero sus rastros no hemos podido encontrarlos con fijeza en

los cronicones del Archivo de Indias.

La historia nos conserva detallada la descripción del poblejo, que

creemos perteneciera al cacique _Aymamón_. Hé aquí como nos lo pinta el

hijo de Colón, narrando el segundo viaje de su padre: “Después aportó

(el Almirante) á la isla que llamó _San Juan Bautista_, que los indios

llamaban _Boriquén_. Y surgió con la armada en una canal de ella á

Occidente; donde pescaron muchos peces, algunos como los nuestros, y

vieron halcones[140], y parras silvestres[141] y más hacia Levante

fueron unos cristianos á ciertas casas de indios, que según su costumbre

estaban bien fabricadas, las quales tenían la plaza[142] y la salida

hasta el mar, y la calle muy larga, con torres[143] de caña á ambas

partes, y lo alto estaba tejido con bellísimas labores de plantas y

yerbas como están en Valencia los jardines, y lo último hacia el mar era

un tablado en que cabían diez ó doce personas, alto y bien

labrado.”[144]

En todas estas aldehuelas la casa del jefe se diferenciaba en

construcción de la de sus súbditos. El _bohío_ del régulo, llamado

_caney_, tenía configuración cuadrilonga con un pequeño pórtico, frente

al _batey_ ó plazoleta; las de los demás indígenas eran circulares, y

procuraban construirlas dejando un callejón entre ellas y dos calles

principales. Cualquiera población se llamaba _yucayeque_ y cada una

tenía su nombre propio para diferenciarlas. Algunos nombres se

conservan, adjudicados hoy á lugares ó ríos. Otros se han perdido. Hemos

podido salvar del olvido diez y ocho: _Guaynía_, de Agüeybana; _Aymaco_,

de Aymamón; _Yagiieca_, de Urayoán; _Guajataca_, de Mabodamaca;

_Abacoa_, de Arasibo; _Otoao_, de Guarionex; _Sibuco_, de Guacabo;

_Toa_, de Aramaná; _Guaynabo_, de Mabó; _Bayamón_, de Majagua;

_Haymanio_, de la cacica Yuisa: _Cayniabón_, de Canóbana; _Turabo_, de

Caguax; _Guayaney_, de Guaraca; _Guayama_, de Guamaní; _Jatibonicu_, de

Orocobix; _Macao_, de Jumacao; y _Daguao_, de Yuquibo.

El descubrimiento del fuego y su uso en el hogar ha sido uno de los

pases de avance de la humanidad. Antes de la invención de sacar chispas

de un trozo de cuarzo y de las pajuelas de azufre, parece inverosímil

creer las grandes dificultades del hombre antiguo, de todos los paises,

para procurarse lumbre. De estos contratiempos se originó en algunos

pueblos primitivos el dedicar ciertas personas á conservar el fuego;

después se castigó con extremado rigor á sus guardadores, si dejaban que

se apagara. Tal ha debido ser el origen de las _vestales_, que trajo la

santidad y culto del fuego. El boriqueño, en la época colombina, contaba

ya con este progreso humano. Lo obtenía por el frotamiento sostenido de

maderas apropiadas. Sobre la juntura de dos troncos, muy secos, pareados

y atados con un fuerte _bejuco_, hacía jirar perpendicularmente un recio

palo, de punta, dándole el movimiento de vaivén, que se suele imprimir

al molinillo de madera de una chocolatera. ¡Con qué regocijo vería el

indígena brotar el ansiado _guatú_ (el fuego) y con qué solicitud

procuraría conservarlo! Refiere Pigafetta, en la relación del viaje de

Magallanes, que en algunas de las islas Marianas no se conocía el fuego.

Este viaje fué en 1521. De manera, que nuestro indígena, en 1493, estaba

más adelantado que los naturales de algunas islas del Pacífico. En

cambio, en otras le superaban en todo.[145]

La aptitud afectiva se desarrolla en el hombre al par de la

inteligencia: primero imperan las necesidades animales; y satisfecho el

incentivo del hambre y apagada la sed surge el deseo bestial. Estos han

debido ser los primeros móviles del salvaje; y luego, al constituir

familia y cultivar el suelo, pasando el hombre de la _horda_ á la

_tribu_, ha desenvuelto ya los sentimientos afectivos del amor. El

boriqueño, en la relación de sexos y vida doméstica practicaba la

poligamia, principalmente los caciques. Adquiría muchas veces su mujer

mediante el _dote_ de un collar de cuentas marmóreas, llamado

_colesibí_, á cuya prenda daba extremado valor y estimación. Entre los

jefes solía obtenerse la hija de un cacique ó de un nitayno mediante la

dote de un _guanín_. Naturalmente, que no ocurriría esto con el infeliz

_naborí_, que se procuraría su mujer á más bajo precio, ó aceptando los

despojos de sus jefes. La compra de la mujer la encontramos en todos los

pueblos. Entre los boriqueños el matrimonio no tenía carácter religioso.

Lo mismo sucedía en la América del Norte.[146] Los _Aruacas_ de la

América meridional, de cuyo tronco procedían nuestros indígenas, no

observaban ninguna ceremonia para el casamiento.[147] Igual costumbre

tenían los _Guaranís_ del Brasil[148], generadores de los _Aruacas_. El

pueblo romano, en la noche de los tiempos, tenía la poligamia

jurídicamente permitida[149], y tuvo el matrimonio por compra

(_coemptio_), que llegó hasta la época de las Doce Tablas, donde fué

elevado á una especie de matrimonio civil.[150] Los babilonios vendían

las mujeres para el casamiento, en pública subasta, mediante un

pregonero y al mejor postor; y con el dinero que producía la venta de

las hermosas se dotaban las feas, para que pudieran colocarse

maritalmente.[151]

Empero, el amor entre nuestros aborígenes era algo más que el deseo de

posesión de la hembra; y aunque cada cacique retenía para sí dos, tres ó

más mujeres, al capricho, siempre había una predilecta; conservando

respecto á las herencias el _matriarcado_, por lo que los hijos de las

hermanas sucedían á los caciques en el gobierno de los cacicazgos.[152]

Los hijos de _Agiieybana_ no heredaron de su padre el gobierno de

_Guaynía_ y la supremacía de _Boriquén_, sino su hermano _Guaybana_. Las

delicadezas y sentimientos morales del verdadero amor era natural fueran

desconocidos á nuestros indígenas, dado el estado de cultura inferior en

que se encontraban; pero, á pesar de esta poligamia no había adulterio

entre ellos, ni ningún indio forzaba á mujer alguna.[153]

El boriqueño, al levantarse por las mañanas solía bañarse en el río ó la

quebrada; y después, ayudado de la india hacía su _tatuaje_

correspondiente, el _embijamiento_ de la piel. El indo-antillano era muy

afecto á las abluciones y se lavaba con frecuencia noche y día.[154]

Usaba el _tatuaje_ para preservarse de las inclemencias del tiempo y de

la molesta acción de los insectos, principalmente de las picaduras del

mosquito grande, el _corasí_, y del mosquito pequeño, el _jején_.

Preparaba sus adobes y cosméticos con el grano del achiote, la

_bija_[155], el cual reducido á polvo en el pétreo morterillo y mezclado

con aceite vegetal, quedaba hecho un ungüento para el _embijamiento_ de

todo el cuerpo, después del matutino baño. Cuando los jefes se

preparaban para una guerrilla, ó cuando el _bohique_ iba á impetrar los

augurios de la divinidad, solían hacerse grandes fajas, alternas, con el

teñido del negruzco jugo de la _jagua_.[156] La guerrilla, ó

_guasábara_, era provocada generalmente porque el vecino invadía el

territorio en busca de pesca ó caza, ó por haber hecho la petición de la

hija de un cacique inmediato para casamiento y recibir una negativa de

parte del otro régulo, ó dársela á otro cacique.

Respecto á la idea de la propiedad, Pedro Mártir de Anglería cayó en el

error de anotar, que los indo-antillanos no conocían lo _mío_ y lo

_tuyo_. El célebre cronista escribía sobre este punto bajo la impresión

de los informes del primer viaje del Almirante, limitado á las islas

Lucayas y á una exigua parte de Cuba y Haytí. El boriqueño, en la época

colombina, tenía ya idea rudimentaria de la propiedad y de la división

del trabajo; y era leal á sus vecinos no practicando el hurto de los

objetos particulares. Refiere Las Casas,[157] que en los primeros

tiempos de la colonización de La Española, no usaban los pobladores

llaves ni cerraduras en las arcas, y que jamás faltó un granillo de oro

en las casas, ni una ropilla, ni objeto alguno.

El boriqueño era en sus comidas muy frugal. Su alimento común era la

batata ó el boniato, asados, é impregnados del picante _ají_. Su pan, el

_casabí_. Utilizaba las frutas silvestres, que no cultivaba. El maíz lo

comía crudo ó tostado. Pescado, ave ó reptil era plato extraordinario,

en cuyo guiso usaba el vinagre de yuca. No conocía el uso de la sal en

confecciones culinarias. El indígena de Cuba y Santo Domingo tenía

varios animalillos, como la _jutía_, que aprovechaba en su alimentación,

el boriqueño carecía de ellos, ó si los tuvo fueron muy escasos. Por

bebida común tenía el agua, aunque sabía sacar partido del casabe y del

maíz, fermentados, para preparar una bebida excitante. Tomaba su

alimento por la mañana y por la noche. Después de la cena fumaba su

_tabaco_. Y como no todos eran fuertes á la acción de la _nicotina_, y

habría también sus novicios, algunos solían vomitar la comida: lo que

indujo á creer que el indio usaba la _nicociana_ planta como vomitivo. Y

el error fué más grande aún al anotar, que el curandero tomaba siempre

de la _misma medicina_ que su doliente clientela, cuando vieron los

primeros invasores que el indígena enfermo y el _bohique_ fumaban

_juntos_ los informes cigarros y quedaban envueltos en bocanadas de

humo. No hubiera sido entonces muy socorrido el oficio de médico; ni,

aceptada la disparada noticia, puede concebirse organismo humano que la

resistiera. En este punto el ermitaño Pane y el cronista Oviedo cayeron

en error craso.

Existen en determinados puntos de la Isla unos estadios ó palenques, que

los actuales habitantes del país designan con el impropio nombre de

_juegos de bolas_. Indudablemente el _boriqueño_ trabajó y preparó estos

sitios para congregarse en ellos con algún fin. Estos palenques están

limitados por bloques pétreos de diversos tamaños. Las piedras mayores

no exceden de una vara; y vienen á determinar un espacio de seiscientos

á mil pies cuadrados, en forma rectangular.

Estas plazoletas servían para juegos de pelota, danzas y cantares (los

_areytos_) y ejercicios guerreros. Pobres esbozos del estadio griego y

del circo romano. En ellos tendrían también los caciques, bohiques y

nitaynos sus asambleas para resolver sus algaradas bélicas, ó

_guasábaras_, á fin de defenderse de las invasiones caribeñas y también

para tomar consejo sobre sus luchas internas, por límites de cacicazgos.

El doctor Stahl partió de ligera, al aceptar la leyenda de nuestros

campesinos, de que esos sitios eran _juegos de bolas_.[158] He aquí como

Las Casas describe estos estadios, que en Santo Domingo llaman _corrales

de indios_ y nuestros jíbaros les han dado el impropio nombre de _juegos

de bolas_: “Tenían los indígenas una plaza, comunmente ante la puerta

del señor, muy barrida, tres veces más longua que ancha, cercada de unos

lomillos de un palmo ó dos de alto; y el salir de los quales la pelota

era falta. Poníanse veynte ó treinta indios de cada parte, á lo largo de

la plaza. Cada uno ponía lo que tenía... Echaba uno la pelota é

rebatíala el que se hallaba más á mano. Si la pelota venía por alto, la

rechazaba con el hombro; si venía por lo bajo, con la mano derecha. De

la misma manera la tornaban hasta que alguno caía en falta. Era alegría

verlos jugar cuando encendidos andaban, é mucho más cuando las mujeres

unas con otras jugaban é rebatían la pelota con las rodillas é con los

puños cerrados.”[159].

El boriqueño hacía la pelota con motas de algodón, fibras de palmera y

la pez del fruto del árbol _cupey_. Cerca de algunos ríos y quebradas se

encuentran los restos pétreos de estos palenques, llamados _batey_, y

radicaban cerca de alguna corriente de agua, por la sencilla razón de

que los boriqueños, después de sus agitados juegos, se bañaban con

placer. El vocablo _batey_ se ha conservado entre nosotros pasando á

designar la plazoleta que hay frente á las casas de campo, y en los

ingenios azucareros frente á la fábrica ó trapiche. En la aldehuela

indígena no había _batey_ más que frente á la casa del jefe.

Si aficionado era el boriqueño al juego de pelotas no lo era menos al

baile. Al son de sus roncos atabales y tarareando una coplilla danzaban

alegremente y bailaban su _araguaco_. Colocaban los brazos de unos sobre

los hombros de otros, formando hileras. Las indias, por su parte,

bailaban con el mismo compás, tono y orden que los hombres. La

cancioncilla iba al tenor de sus sencillos instrumentos.[160] Todavía

conservamos de ellos la alborotadora _maraca_, y el áspero _güiro_; y al

seco tamboril ó _magüey_, se le ha agregado el retumbante cuero para

hacerlo más sonoro.

Prehistoria de Puerto-Rico · 第 6 / 20 段