serán los de los grandes mamíferos ya encontrados en la isla de Cuba; y
lo que es hoy una verdad científica respecto á la gran Antilla se
comprobará con relación á Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico, según
vayan adelantando los estudios de investigación. Y, al fin, esta ciencia
dará la mano á la Geognosia para afirmar la unidad geológica del
_Continente Antillano_.
CAPITULO III.
Prehistoria y protohistoria.--Indeterminación de fechas.--Thomsen: ley
cronológica de la industria humana.—Mortillet: edad de la
piedra y sus períodos eolítico, paleolítico y neolítico.—
Colecciones etnológicas de Puerto Rico: Látimer, Acosta, Los
Jesuitas, Stahl, Neumann, Nazario.—Nuestra colección
prehistórica boriqueña.—Restos humanos en yacimientos del
interior y de la costa de la Isla.—Fijación social del
autóctono boriqueño en el período de la _piedra pulimentada_.—
Opinión contraria de algunos autores.—El taller de piedra de
la gruta de _Miraflores_, en Arecibo.—Pérdida del lenguaje
indo-antillano.—Conservación de los idiomas indios del
Continente.—El boriqueño trabajaba también la arcilla.—
Utilizaba los huesos de pescado.—Conocía el oro é ignoraba el
uso de los demás metales.—Desconocía el uso doméstico de la
sal.—Collares de piedra.—Los siete collares del tesoro de
Caonabó.—Su significación.—La muerte y el olvido tras la
Conquista.—Las tribus boriqueñas.—Sus jefes.—El _dujo_.—El
boriqueño no había llegado en su civilización al último grado
del período neolítico.—Carencia de túmulos.—_Tal vez_ se
encuentren algún día.
La naturaleza es un libro abierto al investigador y en ella escudriña el
hombre las huellas de la raza extinguida con el afán que le domina por
conocer los orígenes de la humanidad.
Hace veinte y cinco años se usaba la palabra _ante historia_ para
caracterizar los tiempos que han precedido á las anotaciones de los
primeros cronistas; pero hoy usamos el vocablo _prehistoria_; y cuando
nos acercamos á los períodos más modernos y de alguna documentación,
aunque nebulosa, usamos de la dicción _proto-historia_.
[Illustration: Dujo. Mano do mortero. Cáratula Frente y perfil. Zemi,
imitando un pez—Dos lados.]
El punto en el cual los tiempos prehistóricos terminan es variable,
según los países. Por ejemplo, para Europa, en lo que se refiere á
España, Francia y Alemania, pertenece á la raza de Canstad, á la de
Cro-Magnon y á la de Furfooz; viniendo además el cráneo de Neanderthal,
exhumado en 1856, y la bóveda craneana de Eguisheim, en 1867, á dar
mayor base científica paleo-etnológica á estos estudios; pues la
mandíbula de Moulin-Quignon resultó un _engaño_ de los obreros de
Abbeville, según el parecer de la célebre comisión de sabios, presidida
por Milne-Edwards, que averiguó que dichos obreros pretendieron ganar
200 francos á Mr. Boucher de Perthes. Así, pues, mientras para Grecia y
Roma la historia bien conocida de griegos y romanos determina en ellos
la cesación de los tiempos prehistóricos; para los franceses vienen á
terminar con los celtas; para los españoles con los celtíberos; y para
los alemanes con la introducción del cristianismo en la época germánica.
De manera que para los griegos la época de los pelasgos sería su
protohistoria[42]; para los romanos la época etrusca[43]; para los
franceses la época céltica[44]; para los españoles, la celtíbera[45] y
para los alemanes la germánica.[46] Lo que revela la variabilidad é
indeterminación de fechas cronológicas sobre este particular, en
correlación únicamente con el desenvolvimiento civilizador histórico.
Thomsen[47], de Copenhague, en 1836, formuló la ley cronológica del
desarrollo de la industria humana, y dividió los tiempos prehistóricos
en tres edades: _edad de la piedra_, en la cual el hombre no conocía los
metales y explotó el _sílex_ y las piedras calcáreas; _edad de bronce_,
que vino á sustituir á la piedra en las armas y en los utensilios
domésticos; _y edad de hierro_, que sustituyó á la anterior con la
explotación de este utilísimo metal. Y Mortillet[48] dividió la _edad de
la piedra_ en otros tres períodos sucesivos: eolítico, paleolítico y
neolítico. Tres palabras de origen griego, para designar respectivamente
el origen de la piedra, la antiguedad de la piedra y las nuevas piedras
en las manos del hombre como utensilios. El _eolítico_ es para el
período geológico terciario; el _paleolítico_ es para el cuaternario; y
el _neolítico_ para el período cuaternario reciente. El primero, por lo
tanto, corresponde al origen de la humanidad, y los otros dos á su
desarrollo en la nebulosidad de la prehistoria. En la América, la
clasificación de Thomsen hay que modificarla, poniendo en lugar de la
edad de bronce la edad del _cobre_, pues este metal fué el qué empezó á
sustituir á la _piedra_ en el Continente Americano.
En Puerto Rico pocas personas se han dedicado á recolectar objetos
arqueológicos para el estudio del hombre prehistórico. Las primeras
colecciones podemos referirlas á la primera Exposición que hubo en el
país, el año de 1854.[49] En ese primer Certamen de nuestra actividad
humana expuso don Jorge Látimer, distinguido comerciante de esta ciudad,
entre una variedad de objetos, los siguientes, interesantes para el
estudio del hombre indo-antillano:
=Un ídolo= de mármol negro, jaspeado de verde, encontrado en una cueva
de la isla de Santo Domingo.
=Tres ídolos= de piedra, encontrados en una gruta del interior de esta
Isla: dos blancos y el otro negro. Además, un pedazo blanco de un ídolo
roto.
=Dos cráneos= y un pedazo de tinaja de barro cocido, hallados en un
cementerio de indios.
=Una piedra=, figurando la cabeza de una higuana, con cuatro patas, cola
y alas.
=Cuatro hachas= de piedra.
=Dos pedrezuelas= agujereadas, para colgar al cuello.
Posteriormente, don Jorge Látimer siguió enriqueciendo su colección
arqueológica, habiéndola regalado después á _Smithsonian Institution_,
museo nacional de los Estados Unidos.
En 1876, Otis T. Mason hizo un estudio especial de esta Colección[50],
la que en 1903 tuvimos el gusto de ver detenidamente en aquel hermoso
centro de Prehistoria antropológica.
En esa misma Exposición y según la citada Memoria descriptiva del señor
Viña, presentó don José Julián Acosta varios objetos, pertenecientes á
muchos indígenas puertorriqueños, y fueron:
=Dos ídolos= de piedra, afectando la forma de serpiente enroscada, sobre
la cual se adapta una especie de cara con ciertos rasgos de fisonomía
humana. Encontrados en Yauco.
=Un ídolo= de piedra, que representa una figura extraña, porque en su
conjunto participa de la del hombre y de la del mono. Se encontró en
tierras de un ingenio de Ponce.
=Un hacha= de piedra.
Los Jesuitas tenían, allá por los años de 1865, en el museo del
Seminario-Colegio de la calle del Cristo, en San Juan, una colección de
collares, ídolos, hachas y otros objetos de piedra, pertenecientes á los
indígenas. Entre todos estos objetos recordamos, por haber estudiado
nuestro Bachillerato en dicho Colegio, que llamaban la atención las
bandas ó collares pétreos de tres tamaños.
El doctor don Agustín Stahl[51] poseía en el inmediato pueblo de
Bayamón, una variada colección arqueológica, que ha cedido al museo de
New York. El señor don Eduardo Neumann[52] ha cedido también los
valiosos objetos prehistóricos que poseía, á Smithsonian Institución de
Washington.
El presbítero don José Nazario[53] tiene reunida una brillante colección
de objetos prehistóricos indo-antillanos. Es de sentir que el padre
Nazario no la hubiese descrito al final de su libro, como tan
acertamente lo hizo el doctor Stahl en su citada obra. Nuestro sabio
amigo da á conocer primero una bellísima variedad de hachas, que el
indio utilizaba enclavándolas á la extremidad de un fuerte mango de
madera. Pasa luego el autor á los ídolos y anota las piedras mamiformes
con cara humana, ó de reptil y pies de hombre. Y finalmente detalla las
figurillas grotescas de barro cocido.
Los demás _amateurs_ de objetos arqueológicos, hallados en Puerto Rico,
los han enviado á los museos de Europa ó Estados Unidos; ó no los han
dado á conocer sus dueños.
Nuestra colección prehistórica indo-antillana se compone de:
=Dos collares ó bandas.= Uno tiene los trabajos de ornamentación del
cincel á la derecha, el otro á la izquierda. Son de roca granítica, como
la que se usa para el baldosado de las calles. Encontrados en el barrio
_Bayaney_, jurisdicción de Hatillo, en dos cuevas distintas. Largo, 42
centímetros; ancho, 30 centímetros; grueso, 8 centímetros arriba y 10
centímetros abajo, entrambos. Cedimos uno al doctor Velazco de Madrid,
en 1877, para su museo.
=Un dujo.= De piedra de asperón gris. Largo, 40 centímetros; ancho, 11
centímetros. Cuatro patas de 4 centímetros de diámetro y 6 centímetros
de alto. El respaldo figura la cola de una tortuga. Esta sillica de
piedra fué hallada en Utuado. Es de suponer perteneciera al célebre
cacique Guarionex, régulo del _Otoao_, que ocupaba aquella comarca, en
la época de la conquista española, de 1508 á 1511. Este _dujo_ es un
objeto indo-antillano simbólico de soberanía cacical. El jefe, puesto en
cuclillas sobre esta pétrea sillica, presidía las asambleas de
_nitaynos_ para deliberar.
=Un mortero.= De asperón gris. Imita un _dujo_. Ha tenido mucho uso á
juzgar por el hueco que tiene en el centro. Largo 35 centímetros; ancho
16 centímetros; alto 10 centímetros. Cuatro patas gruesas de 6
centímetros de diámetro. Hallado en Arecibo. Opinamos, que este mortero
lo usaba el boriqueño para moler _bija_ (el grano que conocemos nosotros
con el nombre de _achiote_), y preparar con aceite vegetal del _carapa_
el unguento con el cual se embadurnaba todo el cuerpo para preservarse
de las picaduras de los mosquitos; y también para el _tatuaje_ ó
caprichoso pintado de la piel.
=Una mano de mortero.= De asperón gris. Es el complemento del almirez de
piedra, anteriormente descrito. Esta mano de mortero está ornamentada en
su terminación superior con una cara humana grotesca. Largo, 11
centímetros; ancho, 7 centímetros. Hallada en Arecibo.
=Una máscara= de piedra. De roca arenisca. Largo, 17 centímetros; ancho,
13 centímetros. Interesante objeto arqueológico indígena, por tener
trabajados _oblícuamente_ los ojos, al figurar una cara, que prueba la
mezcla mogólica de la raza americana. Hallada en Barros.
=Un ídolo raro.= Muy cincelado, figurando un pez. De roca granítica.
Largo, 7 centímetros; ancho, 6 centímetros. Encontrado en Utuado. Muy
original é interesante ejemplar.
=Un ídolo mamiforme.= De mármol blanco. Largo, 13 centímetros; ancho, 6
centímetros; alto, 3 centímetros. Figura un cono sobre un animal.
Opinamos, que simboliza la montaña _Luquillo_, el monte más alto de la
Isla, reposando sobre un batracio. Es _Yukiyú_, el dios protector de
Boriquén, que concedía la _blanca yuca_ al indio, para su alimenticio
pan _casabí_. Encontrado en Arecibo.
=Un ídolo mamiforme.= Como el anterior. De asperón. Largo, 16
centímetros; alto, 11 centímetros; ancho, 9 centímetros. Hallado en
Barros.
=Una piedra plana=, con el dibujo de un rostro circular, con ojos, nariz
y boca. Opinamos simboliza la luna. De asperón gris. Largo, 15
centímetros; ancho, 10 centímetros. Hallado en Arecibo.
=Un punzón=, de piedra pulimentada, figurando un cincel. De pedernal.
Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrado en la cueva de
_Miraflores_, de Arecibo. Opinamos sería para trabajar en aquella gruta
los _pillar-stones_, ó piedras pilares, que servían á los boriqueños
para limitar sus juegos de pelotas. Interesante objeto, por lo raro en
las colecciones arqueológicas indo-antillanas.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De asperón gris. Largo, 25
centímetros; ancho, 8 centímetros. Encontrada en Arecibo. Opinamos que
es de la clase que destinaba el boriqueño á la tumba de árboles.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De serpentina. Largo, 21 centímetros;
ancho, 8 centímetros. Con señales de mucho uso en el encaje del mango de
madera. Encontrada en Gurabo.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 9 centímetros;
ancho, 4 centímetros. Bello ejemplar, matizado de puntos rojos. Hallada
en Arecibo.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De diorita. Largo, 12 centímetros;
ancho, 4 centímetros. Encontrada en Lares.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 10 centímetros;
ancho, 4 centímetros. Hallada en Arecibo. Este ejemplar tiene la
particularidad de tener un brillo tan acentuado, que parece barnizada.
Este _barniz_ es debido á la acción del medio _arenisco_, donde ha
estado durante tantos años esta piedra enterrada.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De pedernal. Largo, 9 centímetros;
ancho, 4 centímetros. Encontrada en Ponce.
=Un hacha=, de piedra pulimentada. De roca cuarzosa. Largo, 9
centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en _Arenalejos_, Arecibo.
Esta hacha tiene figura distinta de las demás descritas anteriormente:
la manera de terminar la parte destinada al corte es diferente á las
otras.
=Un hacha=, de piedra no muy pulimentada. De pedernal. Largo, 5
centímetros; ancho, 3 centímetros. Hallada en _Bayaney_, Hatillo.
=Un collar=, de piedras pequeñas. Son diez y ocho pedrezuelas, como
cuentas. Están taladradas en dos direcciones. Opinamos, que estos
agujeritos han sido hechos para colocar en ellos plumas de colores. Dos
cuentas son turquesas, seis son de mármol blanco y diez de mármol
jaspeado. Este collar fué encontrado en los campos de Utuado, por el
farmacéutico don Federico Legrand. Estaban las pedrezuelas dentro de una
ollita de barro cocido, en unión de una pequeña vértebra de pescado, y
tapada con una concha de almeja. En nuestro Repertorio Histórico de
Puerto Rico[54] dedicamos un artículo á este interesante hallazgo.
=Una ollita=, de arcilla roja, cocida. Muy bien trabajados sus bordes
con ornamentación de líneas circulares y verticales, guardando cierto
paralelismo. Opinamos, que era el joyerito de una india, pues dentro de
esta ollita fué que el licenciado Legrand encontró el collar de piedras
y la vértebra de pescado, descritos anteriormente.
=Un mortero=, de piedra. De arenisca. Muy usado, por los desgastes que
presenta al examen. Largo, 17 centímetros; ancho 15 centímetros; alto, 8
centímetros. Puesto al revés tiene la figura de la bóveda superior de un
cráneo humano. Encontrado por el doctor Curvelo en una finca de su
propiedad en las montañas de Arecibo.
=Una mano de mortero.= De arenisca. Muy usada. Corresponde al mortero,
anteriormente descrito. Largo, 13 centímetros; ancho, en la base, 6
centímetros; en el vértice, 3 centímetros.
=Una cazuela=, de piedra. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho
23 centímetros; alto 10 centímetros. También revela haber prestado mucho
uso. Hallada en Arecibo.
=Una piedra plana=, figurando una cara. De asperón grís. Largo, 9
centímetros; ancho 7 centímetros. Procedente de Lares.
=Una bola=, de piedra. De granito. Largo 11 centímetros; ancho 9
centímetros; alto 7 centímetros. Encontrada en Hatillo.
=Una piedra=, de diorita, empezada á tallar. Largo 20 centímetros; ancho
14 centímetros; alto 17 centímetros. Procedente de Barros.
=Una figurilla=, de arcilla roja, figurando una cara grotesca. Largo, 5
centímetros; ancho 3 centímetros. Amuleto indígena. Encontrada en
Arecibo.
=Una figurilla=, de arcilla cocida, imitando una rana. Largo, 4
centímetros; ancho, 3 centímetros. Amuleto indígena. Hallada en Arecibo.
Entre estos despojos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, hay que
tener en cuenta, que algunos son exóticos, traidos á Boriquén en la
época indo-antillana: ya mediante las relaciones comerciales que
sostenía el indígena boriqueño con sus vecinos los quisqueyanos, por
reducido que fuera comercio era al fin, ó ya dejados en esta isla por
los Caribes de Barlovento, en algunas de sus piráticas incursiones. De
nuestra colección prehistórica nos parece _caribeña_ el hacha de
_Arenalejos_ (Arecibo). Y el idolito figurando un pez, hallado en
Utuado, nos inclinamos á creer que no es de origen boriqueño.
En varias partes de la Isla existen lugares designados con el nombre de
_cementerios de indios_; y hay cavernas como la _cueva de los muertos_
de Utuado, á las que se les atribuye el haber servido para el sepelio de
cadáveres en la época indo-antillana. De la investigación de estos
sitios se han obtenido despojos de huesos humanos, amuletos de arcilla,
alguno que otro objeto de piedra y restos de potería. El explorador
doctor Pinart, de París, recogió algunos cráneos en una de las cuevas de
Arecibo. Nosotros poseemos uno, indudablemente boriqueño, dadas sus
condiciones craniológicas de reducida capacidad (1,420 cm), método de
Broca, índice mesaticefálico (77.78), aplastamiento natural del frontal
y del occipital, las órbitas cuadrangulares y megasemas y el esqueleto
de la nariz mesorriniano.
El encontrarse estos yacimientos de restos humanos lo mismo en las
playas que en el interior del país, presupone desde luego, que el pueblo
boriqueño, en la fijación de sus poblados, utilizaba los centros de la
Isla y también las costas. En aquellos se refugiaba de las piraterías
caribes que eran muy frecuentes al E. y al S.; y en éstos utilizaba la
buena pesca marítima de algunos puntos de la Isla.
No se han encontrado en nuestras costas, esos sitios llamados en la
arqueología prehistórica _kjockkenmoedings_, es decir, despojos de
cocina: montículo de conchas marinas, situado sobre los bordes del mar,
indicando una estación de pueblo primitivo, que vivía en dicho sitio,
sobre todo, de la abundancia de mariscos. Mezclado con las conchas se
encuentran cenizas, carbón, huesos, objetos de piedra y restos de
potería. Se han encontrado estos _joquemodingos_ (castellanizando el
vocablo) en Chicago, California, Méjico, Brasil, Guayana y otros puntos
de América. En Europa son comunes en Dinamarca, Irlanda y Portugal.
Existen también en el Japón y Nueva Zelandia. Revelan una civilización
muy rudimentaria. Le corresponden las piedras talladas en bruto, sin
pulimento. Empezaban sus moradores á idear el hacha, usando un pedazo de
_silex_ con corte en la punta ó en un costado.
Los restos arqueológicos, que tenemos coleccionados, y los que han ido á
nutrir los Museos extranjeros, son focos de potente luz para alumbrarnos
en la ruta que emprendemos á fin de conocer al hombre prehistórico de
Puerto Rico. La meditación sobre estos restos pertenecientes á un pueblo
colombino que ya no existe, haciendo abstracción de la referencia de los
Cronistas que estuvieron en contacto con él, nos revela el estado del
hombre primitivo en el período de la _piedra pulimentada_. El boriqueño
hacía uso de la piedra arenisca, de la diorita, del pórfido, de la
piedra de toque, del feldespato, de la serpentina, del mármol y del
barro cocido para trabajar sus hachas, sus ídolos, sus distintivos de
mando y sus utensilios domésticos; y después los cincelaba y pulía
cuidadosamente.
No faltan escritores que opinan, que los indo-antillanos usaban estas
piedras porque las encontraban al paso, pero que no sabían trabajarlas;
y suponen que estos objetos pétreos pertenecían á otros pueblos. Este es
un error craso. Los que pretenden encontrar en los indo-antillanos los
restos degenerados de otro pueblo y de una civilización perdida no van
por el camino de la verdad prehistórica. No solamente tallaba el
boriqueño la piedra, sino la cincelaba, pulía y ornamentaba con paciente
labor. La cueva de _Miraflores_, en la jurisdicción de Arecibo, era un
taller de piedra de los indígenas. La hemos explorado cuidadosamente.
Tenemos en nuestra colección un buril de pedernal, obtenido en ella por
Mr. Denton, propietario de la finca donde radica esta gruta. Todavía se
encuentran allí iniciados los trabajos de algunos _pillar-stones_, de
las columnitas que servían á los indígenas para limitar sus juegos de
pelotas, tan bien descritos por Las Casas. Aquellas caras esculpidas en
los paredones no son _zemís_ ó dioses, sino los remates superiores de
los pilares ó columnitas, no acabados de desprender del bloque de
arenisca del paredón. Sorprendió al artista, ó á los artistas, la
invasión colonizadora europea que introdujo en la Isla otra vida y otros
usos y costumbres.
Al llegar los españoles al Archipiélago, la vida indo-antillana se
perturbó por completo y no podemos exigir á los cronicones detalles
minuciosos de toda ella. Ni siquiera se pudo recoger el lenguaje. Ni el
más sencillo vocabulario. El que poseemos lo hemos formado con suma
paciencia, recogiendo las palabras perdidas en las narraciones. ¿Cómo
iban á continuar los infelices isleños en sus difíciles trabajos
pétreos, que requerían tan paciente brega, al caerles encima la terrible
irrupción extranjera? ¡Cuántas cosas se tragó la conquista de las islas,
que en la invasión del continente se pudieron conservar con la ayuda de
los misioneros franciscos y domínicos! Entre ellas, los idiomas. Empero,
no faltó explorador que viese al antillano afilando su hacha, pues Pedro
Mártir de Anglería en su correspondencia á Pomponio Leto[55] le dice
entre otras cosas: “Hierro no tienen, pero de ciertas piedras de río
forman instrumentos fabriles.”
El boriqueño manejaba también la arcilla hasta someterla cuidadosamente
al fuego como cualquier moderno alfarero. Fabricaba vasijas, cazuelas,
tinajones y grandes platos, de dos dedos de grueso, llamado _burén_,
para coser al fuego las tortas de casabe. De barro cocido hacía también
sus amuletos ó dioses penates, figurillas que abundantemente se
encuentran en los cementerios de indios. En cuestión de alfarería
llegaba al refinamiento artístico de adornar las abrazaderas de las
cazuelas con grotescas caras, y hacer ollitas para guardar las indias
sus collares, á estilo de un modesto joyel.
Nuestro indígena utilizaba los huesos de pescado. Las pequeñas vértebras
para clavar en éllas fácilmente plumas de colores; y atar la vértebra á
la cabellera, á modo de horquilla. Y los dientes de algunos peces para
fijarlos en las puntas de sus azagayas, después de afilarlos bien.
El boriqueño conocía el oro, porque este metal se encuentra en estado
natural en los placeres auríferos de nuestra Isla. El oro, por su
brillantez, ha sido fácil de hallar y utilizar, desde los primeros
comienzos de la humanidad. Estos datos sobre el oro lo debemos á las
narraciones de los conquistadores; pues no tenemos en nuestra colección
ningún objeto indígena de éste metal. Desconocía el boriqueño el cobre,
el bronce y demás metales. Los objetos de _cobre_ que tenían los
indo-antillanos, especialmente algun _guanín_, procedían del inmediato
continente donde el indio conocía ya este metal y empezaba a trabajarlo.
Aunque en las grandes Antillas hay buenas minas de cobre no supo el
indígena explotarlas. También le era desconocida la sal para usos
domésticos, aderezando siempre sus comidas con _ají_.
Si no se han encontrado objetos indios de oro, en el país, se han
hallado bastante número de _collares_ de piedra, diseminados por las
grutas de la Isla. Y sobre el uso de estas _bandas pétreas_ guardan
profundo silencio los cronistas. Unicamente, en una Relación de objetos
pertenecientes al cacique Caonabó encontramos haberse recogido entre sus
despojos _siete collares de piedra_; pero sin indicar el anotador el uso
que tuvieran entre los indígenas.[56]