No puedo dormir el resto de la noche. El vapor ha reanudado su marcha

lentamente, y sólo pienso en la masa acuática que va pasando debajo de

nuestros pies. ¡El Ganges!... ¡Estamos en el Ganges! Las aguas que

cortamos proceden en su mayor parte del río sagrado.

Apenas amanece subo á la cubierta, ansioso de contemplar las primeras

tierras de la India. Sólo veo un mar amarillo. Las verdaderas bocas del

Ganges quedan á nuestra derecha y cubren el golfo de Bengala, en una

extensión de muchas leguas, con su aporte líquido, dulce y terroso.

Nosotros vamos á penetrar por el río Hooghly, en cuyas riberas está la

ciudad de Calcuta.

Este curso fluvial que hasta tiene nombre propio no es más que un brazo

del Ganges desprendido de él á cierta distancia del golfo de Bengala

para desarrollarse por su propia cuenta. Los indostánicos que viven en

sus orillas le tributan sin embargo los mismos honores que al río padre,

venerado como un dios, cuando se desliza ante los templos y palacios de

la santa ciudad de Benarés.

Dos orillas bajas van surgiendo del horizonte rojizo, con anchos

intervalos de agua libre. Son las islas avanzadas de la desembocadura de

este retoño gangético. Vamos á navegar todo el día por él: primeramente

sobre el _Franconia_, luego en un vapor más pequeño, á través de los

aluviones del vasto estuario cubiertos de eterna vegetación.

Al deslizarnos entre las primeras islas vemos en sus orillas chozas de

techo cónico, bosquecillos de cocoteros y palmeras. No está bien

determinado el límite entre la tierra y el agua. Hay espacios que nos

parecen sólidos y firmes á causa del verdor de sus plantas, y de pronto

los vemos atravesados por una piragua que se abre paso entre aquéllas.

Otros los creemos de gran profundidad acuática y son prados medio

líquidos, en los que rumian los bueyes, hundidos hasta el vientre.

Hombres de color de chocolate, con turbante blanco y un andrajo lumbar

del mismo color por toda vestimenta, cuidan estos rebaños ó trepan por

los gráciles troncos de los árboles que les proporcionan su alimento.

Avanzan las tierras unas hacia otras, como si se buscasen, y navegamos

por un canal que parece de barro líquido, siguiendo dos líneas de boyas

indicadoras de nuestro rumbo.

Ya estamos dentro del Hooghly. Sus riberas tienen en primer término

campos de plátanos, cuyas hojas son de un verde charolado y amarillento.

Es la única tierra que trabajan sus habitantes. Más allá de la estrecha

faja cultivada se extiende la yungla famosa, la _jungle_, tantas veces

descrita por los autores ingleses, llanura interminable cubierta de una

vegetación relativamente baja, de la que surgen á largos trechos grupos

naturales de cocoteros y palmeras. Vuelan á la vez muchas gaviotas y

muchos cuervos, sin que se note entre ellos ningún intento agresivo,

pues se comparten amigablemente el dominio de la atmósfera. Del

misterioso verdor de la yungla vemos elevarse nubes volantes,

triangulares y negras. Los pájaros aletean en tribu, trasladándose de

una parte á otra de la interminable selva, asustados tal vez por las

bestias carnívoras que cazan en sus espesuras.

Un estrépito seco y ensordecedor corta el aire. Son tiros de cañón.

Luego nos enteramos de que numerosas baterías de campaña guarnecen la

bahía del Diamante, donde nosotros vamos á anclar, defendiendo la

entrada de esta vía fluvial que es el camino más directo de Calcuta.

Ahora lo vemos solitario, con orillas de río salvaje. Avanzamos contra

su corriente lo mismo que un buque explorador, pero sabemos que por aquí

pasan cuantas naves de comercio y de guerra desean llegar á la ciudad

más importante del Imperio de las Indias.

Vemos en la orilla izquierda todo un regimiento de artillería

ejercitándose en el tiro. Tiene para campo de experiencias la soledad de

la yungla. Sus cañones repiten los disparos con la rapidez de las armas

modernas. Es un estrépito que enardece y entusiasma, lo mismo que una

música belicosa, cuando se le oye á espaldas de las piezas. Escuchándolo

de frente gusta menos.

Examinamos con anteojos marítimos el uniforme de campaña que usan los

ingleses en la India. Parecen niños. Llevan borceguíes y gruesas medias

atadas debajo de las rodillas. Éstas quedan completamente al

descubierto, pues el pantalón no es más que un simple calzoncillo hasta

la mitad del muslo. Su camisa carece de mangas y de cuello. Un casco es

lo único de carácter militar que usan estos guerreros, obligados á vivir

en plena yungla bajo el asfixiante calor de las horas meridianas.

Cerca de nuestro anclaje empezamos á encontrar la navegación indostánica

del río: largas piraguas con bogadores obscuros y sudorosos, que sueltan

sus remos terminados por una paleta redonda y quedan inmóviles

contemplando nuestro buque. El agua es tan densa, que las pequeñas

rompientes de su oleaje en las orillas parecen ribazos de tierra

carmesí.

Se ensancha de pronto la corriente, formando un vasto circo acuático. El

redondel de la vegetación aparece cortado en varios lugares por manchas

rojas y blancas de edificios. Son los pabellones de las tropas de

artillería y algunas viviendas de particulares que empiezan á desmontar

la yungla, estableciendo explotaciones agrícolas. Nos detenemos en la

llamada bahía del Diamante. El _Franconia_, por su calado, no puede ir

más allá. Sólo los vapores de 6.000 ú 8.000 toneladas siguen remontando

el río, en horas de gran marea, hasta llegar á los muelles de Calcuta.

Quedamos anclados en esta bahía fluvial de aguas rojas, que únicamente á

la salida ó la puesta del sol toman un esplendor blanco y luminoso capaz

de recordar el del diamante. Es aquí donde el _Franconia_ va á sufrir

una de las mayores transformaciones de su viaje. Permanecerá varios días

como si fuese un barco abandonado, guardando solamente la tripulación

necesaria para su limpieza. Todos los viajeros se trasladan á Calcuta y

con ellos gran parte de la dotación del buque, que ha podido conseguir

la licencia necesaria.

Dos grandes vapores fluviales con triple cubierta, elegante restorán y

numerosa servidumbre van á llevarnos hasta la metrópoli de las Indias,

navegando seis horas por el río. Unos viajeros quedarán en Calcuta tres

días, volviendo inmediatamente al buque. Otros piensan seguir adelante

hasta Benarés, regresando al _Franconia_ á tiempo para ir á Ceilán y de

esta isla á Bombay, dando la vuelta á toda la península indostánica.

Algunos renuncian á ver Ceilán y continúan su viaje á través de toda la

India, no volviendo á encontrar el _Franconia_ hasta el puerto de

Bombay.

Yo voy á Benarés, y volveré al buque para ir luego á Ceilán y Bombay.

Desde este último puerto subiré á Delhi, Agra y otras ciudades célebres

de la Rajputana. De tal modo conoceré lo más interesante que puedan ver

los que hacen la travesía directa de Calcuta á Bombay, y no me privaré,

como ellos, de visitar Ceilán.

Al echar sus anclas el _Franconia_ en esta bahía, donde no hay otro

buque, toda la yungla parece estremecerse y levantar la cabeza,

interesada por su presencia. Vienen de tierra nubes de mariposas blancas

y rojizas, introduciéndose por los ventanos de los camarotes. Se alzan

sobre la selva nuevos triángulos negros de aves. Los pájaros de presa

empiezan su ronda aleteante en torno al buque, espiando la caída de

basuras y desperdicios para desplomarse sobre estos islotes de

nutrición.

Mientras estamos en Calcuta y Benarés, los oficiales del campamento

visitan el _Franconia_ y se llevan á sus viviendas á los marinos que

permanecieron en el vapor para que conozcan un poco la vida en la

yungla. A mi regreso me cuenta un joven piloto sus excursiones por una

pequeña parte de esta selva baja, interminable y poco explorada, que

refresca el Ganges antes de perderse en el mar. Ha visto serpientes boas

de grandes dimensiones y torpe arrastre. Un tigre trae alarmados hace

meses á los pobladores de la bahía del Diamante. Mata todas las noches

animales en los nuevos establecimientos agrícolas, y nunca lo pueden

descubrir. Todavía hay en la yungla gentes que llevan una vida salvaje.

Dos mujeres huyeron á todo correr viendo al marino y á varios

artilleros. La presencia de los blancos las infunde pavor.

A las dos de la tarde abandonamos el _Franconia_. Cuando los dos vapores

fluviales se despegan de su casco, ocurre algo extraordinario que

demuestra el instinto de los habitantes alados de la yungla. Mientras

hemos permanecido en el paquebote, las bandas de cuervos, milanos y

gaviotas se limitaron á volar á gran altura sobre sus cubiertas. Apenas

nos alejamos, los muros de verdura que rodean la vasta copa de la bahía

empiezan á vomitar nubes de estos pájaros sobre el buque,

desparramándose en él como si estuviese desierto.

No osan descender á las cubiertas bajas, por estar en ellas los hombres

de guardia. Forman filas agarrados al cordaje de los mástiles, se

alinean lo mismo que los pingüinos en las barandillas, se sostienen

aleteantes, como animales de cimera heráldica, sobre los bordes de la

chimenea. Hasta ocupan el nido del vigía en el mástil de proa, y los que

no encuentran espacio donde posar sus patas, forman un anillo

revoloteante que abarca el buque entero. A los pocos minutos tiene éste

engruesados todos sus contornos por una línea de vida animal negra y

palpitante.

Se inicia nuestra navegación aguas arriba, cruzándonos á cada minuto con

una muestra curiosa de la marina de cabotaje indostánica. Hombres

esbeltos y cobrizos reman de pie sobre las cubiertas de unos barcos

relativamente grandes, con vela rectangular y popa alterosa, llevando en

ella una enorme pala que sirve de timón. Lo mismo debieron ser las naves

que surcaban estas aguas hace dos mil años. En otras de arquitectura

semejante, los remeros ocupan una plataforma yuxtapuesta á la proa,

mucho más baja que el alcázar posterior. Estos bogadores, que manejan

unos remos larguísimos, retroceden varios pasos al dar su palada, y

luego avanzan hacia la popa otro tanto para clavar su remo y repetir la

operación. Algunos barcos más veloces por la estrechez de su casco

tienen una cámara baja, una vela cuadrada con pequeños rectángulos

negros y blancos, y cuatro bogadores que se agitan incansables, como

duendes, moviendo en la proa sus remos de paleta.

Pasan barcos cargados de tinajas, estivadas verticalmente, con los

vientres juntos. De lejos parecen enormes huevos rojos cuidadosamente

colocados en un cesto flotante. Otros llevan láminas de mármol puestas

de canto en la cubierta, como las hojas de un libro. Los más transportan

pirámides de sacos apilados en torno á sus mástiles. Y todos estos

buques de forma primitiva cabecean violentamente con el oleaje que

levantan las ruedas de nuestros dos vapores.

Al atardecer, el río de aguas bermejas va tomando un color de perla.

Según avanzamos ofrecen sus orillas un aspecto de actividad civilizada,

intensa y productora. Vemos fábricas grandes como pueblos;

construcciones bajas que ocupan vastísimos espacios. Surgen sobre sus

techumbres chimeneas esbeltas de ladrillo y extienden además sobre las

aguas numerosos tentáculos de muelles y vías férreas. En algunas de

estas fábricas, aparte de los talleres y el chocerío, ocupado por los

jornaleros indígenas, hay edificios elegantes rodeados de jardines.

Grandes piraguas pasan de una orilla á otra las muchedumbres

multicolores que han acabado su trabajo.

Se van multiplicando las chimeneas. Ya no se elevan, como al principio,

en una sola de las orillas. Surgen igualmente de la ribera opuesta y del

fondo del horizonte, siempre cerrado por la lengua de tierra de una

revuelta inmediata.

Adivinamos la proximidad de Calcuta. La bruma que exhala el río á estas

horas se une al humo de las fábricas, envolviendo el ocaso en una

opacidad impropia de este clima. Parece que nos acerquemos á Londres,

pero un Londres de nieblas doradas y multitudes colorinescas.

Desfilan por las dos orillas miles de hombres y mujeres, rosarios

interminables de cuentas blancas, rojas, violetas, amarillas,

azafranadas y verdes. Todos marchan en fila, poniendo cada uno su pie

sobre la huella del que le precede. Es una particularidad que noto desde

mi entrada en la India y he seguido viendo en todas mis excursiones á

través del país. Rara vez marchan juntos dos indostánicos por un camino.

Hasta la familia avanza longitudinalmente, por amplia que sea la vía: el

padre delante, la madre detrás con fardos en la cabeza, y á continuación

la prole, casi siempre por orden de estatura. Es la «fila india», de que

se ha hablado tantas veces. También en la salida de las fábricas se nota

esta tendencia á la marcha separada y silenciosa. La muchedumbre se

desgrana en la misma puerta, se esparce como los hilillos de un líquido

derramado, alejándose en luengas y multicolores filas.

Todas estas fábricas son para preparar y tejer el yute, la gran

producción de la provincia de Bengala. Casi todos los sacos que usa la

agricultura de Europa y América proceden de estos centros industriales,

cada vez más enormes, que llenan las orillas del Ganges. Aquí se

utilizan las fibras de la citada planta, creándose piezas de ruda tela,

que luego corta y cose en forma de sacos el país importador. La riqueza

de Calcuta, su importancia comercial, el movimiento de su puerto,

dependen de esta exportación que abarca el mundo entero.

En días sucesivos, hablando con varios cónsules residentes en Calcuta,

me doy cuenta de que las funciones de los más de ellos tienen por única

base la producción del yute. Todos los sacos que sirven de envase al

trigo y el maíz de la Argentina ó al azúcar de Cuba fueron tejidos en

las fábricas de Bengala.

Esta industria no deja de ofrecer cierta exterioridad pintoresca á causa

de las masas indígenas que trabajan en sus talleres; mas esto no impide

que el viajero sienta la amargura de la decepción al ver el maquinismo

inglés establecido en uno de los brazos del Ganges, vaciando sobre su

corriente las cenizas y carbonillas de sus máquinas de vapor, mezclando

el humo de la hulla con las brumas vesperales del río sagrado. Pero la

India antigua, inmutable y misteriosa resurge siempre, rompiendo la

envoltura moderna en que la encierran sus nuevos amos.

Vemos á trechos, flotando sobre el río, luengas guirnaldas de flores. El

indostánico necesita hacer todos los días un presente florido al padre

Ganges.

En el restorán de nuestro vapor hay una especie de _maître d’hôtel_

vestido á la inglesa y con zapatos de charol, la mayor distinción á que

puede aspirar un mestizo. Dirige con aire de superioridad, como si fuese

un europeo, á los otros servidores, que van descalzos, con levita

blanca, faja roja y un abultado turbante de este último color.

Poco antes del anochecer, este indio con _smoking_, que se agita dando

órdenes á la servidumbre para que recoja la vajilla del té, mira á un

lado y á otro para convencerse de que todos los viajeros se han ido del

comedor á las cubiertas superiores, toma varios manojos de rosas que

adornan las mesas, y dirigiéndose á un ventano las va arrojando con

lenta solemnidad sobre las aguas nacaradas por la luz del ocaso.

Veo que las dos orillas tienen una faja ondeante de flores rojas y

doradas. El manso oleaje arranca estas masas de pétalos, las balancea

unos segundos y vuelve á pegarlas á las riberas.

De tarde en tarde, la corriente, teñida de rosa pálido por la agonía del

sol, se corta de abajo á arriba, dejando ver el avance de un lomo

dentado como una sierra: un caparazón de bestia antediluviana.

Es el caimán, venerable y respetado habitante de este río, al que echan

sus devotos flores y cadáveres.

XXIII

EL QUEMADERO DE CALCUTA

Caras europeas y vestiduras exóticas.--Los «ghats» del Ganges.--Las

estadísticas médicas de la India.--Un cortejo fúnebre.--La última

oración.--Los fugitivos de la muerte convertidos en animales.--Las

hogueras de la mañana.--El horrible enano del Quemadero y sus

clasificaciones.--Cremación de una madre que parece una niña.--Las

purificaciones preliminares.--Cadáver de pobre esperando que

alguien pague su leña.

Calcuta es la segunda capital del Imperio británico. Birmingham, ciudad

de Inglaterra que figura por su población después de Londres, resulta

muy inferior á Calcuta, pues ésta tiene un millón trescientos mil

habitantes. El setenta por ciento de ellos son de religión brahmanista y

un veinticinco por ciento mahometanos indostánicos.

Hasta 1911 Calcuta fué la capital de la India, pero como las conquistas

y anexiones de los ingleses han ido extendiendo su imperio hacia el

Norte, hubo que trasladar en dicha fecha el centro del gobierno á la

ciudad de Delhi. Estos cambios no resultan extraordinarios en la vida

política de la India. Durante dos mil años de historia conocida, un

movimiento de exacta repetición ha desplazado cada cinco siglos la

capitalidad de la India, pasándola de unas ciudades á otras, y

devolviéndola más de una vez á alguna que la tuvo en otro tiempo. Delhi

fué capital del poderoso Gran Mogol y ha vuelto á serlo ahora del virrey

enviado por el gobierno de Londres.

Actualmente sólo figura Calcuta como capital de la Presidencia de

Bengala, pero conserva los palacios y museos con que la embellecieron

los anteriores virreyes. Sus calles están á todas horas del día tan

llenas de gentío, que el viajero la supone una población todavía mayor

que la mencionada.

Ofrece esta muchedumbre para el europeo una novedad extraordinaria,

después de haber viajado por el Extremo Oriente. En el Japón, en China,

en las islas de Malasia, no causan extrañeza las vestimentas originales

y multicolores, por ser las personas que las usan de razas distintas á

la nuestra. Sus rostros amarillos ó cobrizos, sus ojos oblicuos apenas

abiertos, parecen armonizarse con sus trajes extraordinarios. Pero el

indostánico es de nuestra raza. Pertenecemos á distintas subdivisiones

étnicas que tienen un tronco común. Numerosos habitantes de la India son

casi negros, otros de color cobrizo, los hay rigurosamente blancos, más

blancos que muchos europeos, pero todos son nuestros parientes por los

rasgos fisonómicos y jamás han conocido la tentación de usar zapatos,

llevando una simple tela arrollada á su cuerpo y mostrándose, apenas lo

permite la temperatura, en una desnudez casi completa.

Con frecuencia se encuentran indostánicos que ofrecen una rara semejanza

con personas que conocimos en Europa y América. Y este parecido resulta

cómico al contemplar cómo el respetable señor que tratamos bajo otros

cielos, se pasea ahora por una calle de la India ligero de ropa y

descalzo. He visto en Calcuta jóvenes bracmanes, de tez blanca, gruesos,

lustrosos, el pelo retinto y brillante partido por una raya en el lado

izquierdo y las dos crenchas alisadas con aceite de jazmín. Todos

ellos, á pesar de llevar los pies descalzos y una especie de toga alba

pasada bajo el brazo derecho y descansando su extremo en el hombro

opuesto, tienen un gran parecido con ciertos sacerdotes romanos que usan

garbosamente hábitos de rica seda.

El primer día de mi permanencia en Calcuta procuro satisfacer, sin

pérdida de tiempo, una curiosidad algo malsana que me agita desde que

empezamos á navegar sobre las aguas del Ganges. Dejo para los días

siguientes mi visita á los monumentos y jardines, el estudio de las

muchedumbres que circulan por sus avenidas y se aglomeran en sus

bazares. Quiero ver cuanto antes lo que llaman los indostánicos el campo

de Nimtola y los ingleses el «Burning Ghat».

Esta palabra _ghat_ debo usarla frecuentemente al hablar de la India. Un

_ghat_ es una escalinata, un graderío, muchas veces una rampa de piedra

con rebordes salientes á cierta distancia, para afirmar mejor el pie

descalzo, y que desciende por la ribera del Ganges hasta cierta

profundidad de sus aguas. De este modo las multitudes devotas puedan

permanecer sumergidas hasta los hombros, mientras hacen inmóviles sus

oraciones.

Los _ghat_ de Benarés son famosos. La santa ciudad, situada toda ella á

la derecha del río sagrado, tiene una sucesión de rampas y escalinatas,

sobre las cuales se agrupan en días de fiesta más de cien mil

peregrinos. Pero olvidemos estos _ghat_ de Benarés, de los que hablaré

en lugar oportuno, para circunscribirnos al «Burning Ghat» de Calcuta, ó

sea al «Ghat del Quemadero».

El Municipio de Calcuta ha construído en el lugar llamado Nimtola un

edificio donde son quemados los muertos, con arreglo á la religión

indostánica. Este campo de Nimtola está más arriba del Howrah Bridge,

único puente de Calcuta que atraviesa el río Hooghly, y aparece siempre

como obstruído por la enorme aglomeración de vehículos y viandantes.

Junto al Quemadero pasa la ancha y populosa avenida que costea el río,

siempre llena de tranvías, camiones automóviles y carretas tiradas por

bueyes. Por ella se desliza la mayor parte de la actividad del puerto y

de la estación del ferrocarril que va al Norte de la India. Hace años se

hallaba lejos de Calcuta; pero ésta se ha estirado rápidamente á lo

largo del río, envolviendo á Nimtola en los tentáculos de su

crecimiento.

Los quemaderos célebres de la India están en las orillas del Ganges. Los

príncipes y los ricos se hacen llevar moribundos á Benarés para que los

incineren en la orilla del río sagrado, pues éste parece concentrar su

importancia divina al lamer con ondulaciones cargadas de flores y

podredumbres las murallas de dicha ciudad. En las poblaciones lejanas

del Ganges el _ghat_ de las quemas se construye al lado de un río, de un

lago o un pequeño estanque. Lo que importa para la ceremonia es que el

cadáver pueda recibir una inmersión antes de que lo consuma el fuego. El

río de Calcuta es un brazo del Ganges, y los nacidos en la capital de

Bengala consideran esto como un regalo precioso que los dioses han hecho

á su ciudad.

El campo estrecho de Nimtola se prolonga entre el declive del río y la

avenida Strand Road North, por donde pasa, como ya dije, toda la ruidosa

circulación del comercio fluvial. Unos muros con arcadas separan la

calle del Quemadero. Cerca de la puerta hay un pequeño santuario

dedicado á Siva, el más terrible, y tal vez por esto el más admirado, de

los personajes de la trinidad Indostánica. Junto al templo existe una

oficina, donde varios funcionarios mestizos inscriben en libros las

enfermedades que dieron término á la existencia de los que van á ser

quemados.

Uno de estos funcionarios, joven indostánico de educación europea,

sonríe al hablarme de la utilidad de sus funciones. La inmensa mayoría

de las familias que acompañan á sus muertos ignoran qué enfermedad fué

la que acabó con ellos. En los barrios indígenas de Calcuta temen á los

médicos y prescinden de ellos. No hay quien pueda contestar á los

empleados del registro; sólo saben que el muerto ha muerto, y dejan que

el representante de la ley ponga en su libro la enfermedad que le

parezca preferible para el caso. Luego, con arreglo á tales registros,

se forman estadísticas que sirven para estudio y guía de los sabios de

Europa y América.

Nos aproximamos á Nimtola por las estrechas callejuelas de los barrios

inmediatos, procurando evitar la ancha avenida paralela al río,

demasiado abundante en vehículos, de un suelo desigual, donde las ruedas

se enganchan en los rieles salientes y cuyos charcos negros salpican con

pestífera hediondez.

Nuestro automóvil tiene que hacer alto, pegándose á uno de los muros,

para dejar paso á una muchedumbre que avanza á nuestra espalda y se

anuncia con cierta salmodia monótona. Se desliza, rozando nuestro

vehículo, una doble fila de indostánicos, todos con vestiduras blancas.

Cuatro de éstos llevan en hombros unas angarillas hechas con ramas de

árboles y forradas de gasa color de rosa. Encima de este lecho portátil

vemos manojos de flores amarillas y rojas y varias plantas verdes.

Debajo del sudario vegetal va un pequeño cadáver: el flaco cuerpo de una

niña que no debe tener más de doce años. Los que lo llevan en hombros,

así como los que le preceden y le siguen, son todos de tipo

europeo--únicamente su tez tiene un color trigueño algo subido--, y su

aspecto físico de occidentales contrasta con el manto de gasa ó de lino

arrollado á su cuerpo por toda vestimenta.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 22 / 24 段