Eduardo VII. También vemos un monumento en conmemoración del jubileo de
dicha soberana, primera emperatriz de las Indias. Pasamos ante diversos
palacios, que son del gobernador, de los secretarios de Estado, del
Tribunal Supremo, todos con fachadas de piedra negruzca é idéntica
arquitectura que si se reflejasen en las aguas del Támesis. Existen dos
catedrales, una protestante, otra católica, y la gran mezquita, elevadas
en los últimos años.
Dentro de las modernas avenidas, que tienen de cincuenta á cien metros
de anchura, como recuerdo de la antigua ciudad birmana, cuyos edificios
desaparecieron en gran parte, surgen á trechos algunas pagodas rodeadas
de un círculo de pagodines, elevando sobre los otros edificios el remate
de su cúpula de oro en forma de campanilla.
Fuera de la ciudad corremos por caminos polvorientos hacia un gran
parque formado sobre los antiguos jardines de los reyes de Birmania.
Como recuerdo de dicha época, que parece remotísima y está separada de
nosotros por menos de medio siglo, quedan dos lagos, que la gente llama
aún Lagos Reales. Uno de ellos tiene una isla con un sauce, un kiosko y
un puente, semejante á la del «Jardín del Mandarín» de Shanghai. En sus
aguas nadan unos animalejos negros y monstruosos que parecen grandes
sanguijuelas con aletas. Son los peces sagrados del antiguo reino de
Birmania, y en dicha época si alguien osaba pescarlos corría el riesgo
de que le cortasen la cabeza. Ahora, el guardián indígena, que echa al
agua unas semillas redondas para atraer sus interminables enjambres, nos
enseña un bocal vacío y nos propone en voz baja vendernos como recuerdo
algunos de dichos gusarapos.
Un deseo obsesionante nos acompaña, y deseamos terminar la visita de los
jardines para realizarlo cuanto antes. Queremos ver la célebre pagoda de
Shway Dagon.
Algunos europeos residentes en Rangoon muestran extrañeza al enterarse
de nuestro deseo. Los hay que llevan seis años viviendo en la capital de
Birmania y nunca se les ocurrió visitar esta pagoda, cuya cúpula
luminosa ven todos los días lejos de la ciudad, por encima de arboledas
y tejados, brillando como una montaña de oro. Sienten repugnancia al
pensar en las peregrinaciones miserables que llegan á este templo del
misterioso centro de Asia. Conocen por relatos de visitantes las
suciedades contagiosas de tales muchedumbres. Además repugna á su
orgullo de raza tener que aceptar ciertos preliminares molestos que
exigen los bonzos para permitir la entrada en su recinto.
Hablo con oficiales ingleses de la guarnición de Rangoon, y ninguno de
ellos ha estado en dicha pagoda. Otros compatriotas suyos, comerciantes
ó funcionarios civiles, se han abstenido igualmente de tal visita.
Tendrían que entrar descalzos en el templo, pero con los pies
completamente desnudos, pues los bonzos ignoran la invención europea de
los calcetines, y no quieren proporcionarles el gusto de poder infligir
á sus dominadores tal humillación.
Me hablan de tisis, lepra, peste bubónica y otras enfermedades de las
multitudes devotas que visitan la famosa pagoda y á veces se quedan en
ella por muchos días. Sólo algún viajero de gustos raros, algún artista
de los que buscan á todo trance espectáculos pintorescos, puede pasar
por las humillaciones y contagios que supone tal visita.
Voy á la pagoda Shway Dagon. Juzgo imperdonable haber venido á un país
tan alejado de la corriente general de viajeros, como es Birmania, haber
visto de lejos el cono luminoso de este templo célebre en lo alto de una
colina, y no subir á dicha plataforma, donde se agrupan innumerables
santuarios de caprichosa suntuosidad.
Al dirigirnos hacia el templo, otra vez por caminos abundantes en polvo,
nos cierra el paso un cortejo. Vemos hombres desnudos y completamente
blancos que saltan ante nuestro automóvil con los brazos abiertos para
indicar al chófer indostánico que debe hacer alto. Acostumbrados á la
vista de hombres amarillos, cobrizos ó achocolatados, nos causa
extrañeza la desnudez de estos blancos, iguales á nosotros, que sólo
llevan un andrajo entre las piernas.
Tienen en sus ojos un brillo inquietante. Sobre sus frentes se levanta
una cabellera que, anudada en el cogote, cae por la espalda como un
manojo de crines. Detrás de ellos suena el estrépito inarmónico de
varios bombos y címbalos. Otros hombres, igualmente blancos y desnudos,
danzan al son de esta música una especie de baile pírrico. Extienden al
mismo tiempo un brazo y una pierna ó los encogen, quedando en actitudes
semejantes á las que aparecen en los antiguos vasos griegos. Todos
tienen en sus ojos una luz malsana, como si se hallasen bajo la
influencia de drogas perturbadoras.
Dejamos pasar esta vanguardia de locos, y á continuación se desliza
junto á nuestro automóvil una carroza fúnebre, blanca y encristalada. En
el interior de su urna va el muerto, completamente visible, desnudo y
tendido sobre un lecho de hojas. Racimos de plátanos y haces de flores
adornan los cuatro lados del vehículo. Nuestro chófer nos explica que es
un entierro al estilo de Madrás, y todos estos diablos blancos que
acompañan al camarada difunto con su danza guerrera pertenecen á la
misma cofradía religiosa.
Se va alejando la música estridente y seguimos nuestro camino. La
entrada de la Shway Dagon se puede adivinar mucho antes de verla, por
los grupos de naturales que, viniendo de distintos puntos, se juntan
para seguir una misma dirección. En esta muchedumbre pintoresca las
manchas azafranadas de los bonzos son cada vez más numerosas.
Ocupa la célebre pagoda toda una colina, y su entrada empieza al pie de
esta eminencia, viéndose obligados los visitantes á subir una escalera
de ciento veinte peldaños para llegar á la plataforma donde se halla el
verdadero templo. Lo más molesto es tener que descalzarse al principio
de dicha escalinata y ascender por ella con los pies completamente
desnudos.
Unas familias inglesas miran con asombro nuestros preparativos desde lo
alto de sus automóviles. Han venido hasta aquí para ver de lejos una
parte de la escalinata cubierta y la muchedumbre indígena que sube por
ella. Solamente para satisfacer esta curiosidad traen todos ellos medio
rostro tapado con velos que sin duda fueron sumergidos previamente en
diversos líquidos antisépticos.
Confieso que la humanidad amarilla, blanca y cobriza que se roza con
nosotros no exhala perfumes agradables para un olfato europeo. Huele á
sándalo falsificado del que se quema en las pagodas, á sudor frío, á
fiebre. Pero ya es tarde para arrepentirse. ¡Arriba! Vamos á conocer la
ciudad religiosa que se ha ido amontonando en el transcurso de veintidós
siglos en torno á un cono gigantesco de mampostería construído sobre una
reliquia. Este templo es el más antiguo del mundo. Ninguna religión de
las que existen actualmente puede presentar otro que haya abierto sus
puertas por primera vez á los fieles hace dos mil cuatrocientos años.
Conozco su historia. Al morir Buda, dos discípulos suyos que eran
birmanos cortaron tres cabellos de la cabeza del santo maestro y los
trajeron á Rangoon, su patria, que existía entonces con distinto nombre
al pie de esta colina. Metidos en un relicario de oro, los enterraron
bajo los cimientos del cono central de la pagoda, que asciende á una
altura de ciento diez metros.
Este cono, que unos comparan por su forma á una campanilla y otros á un
quitasol asiático de boca estrecha y remate puntiagudo, tiene ocultos
sus ladrillos bajo una capa de hojas de oro. Su punta está enriquecida
con cuatro mil seiscientas piedras preciosas incrustadas en ella:
diamantes, rubíes, esmeraldas. Ningún humano puede verlas. Sólo las
conocen las aves de vuelo alto y los espíritus celestes. Pero los
devotos saben que existen, y esto les basta. El tributo al cielo no
puede ser más discreto y limpio de vanidosas ostentaciones.
Forma el pináculo de este macizo siete círculos antes de llegar á su
extremo final, y penden de ellos cien campanillas de oro y mil
cuatrocientas de plata. También representan un homenaje desinteresado á
la divinidad, pues nadie puede verlas de cerca. Mas cuando sopla la
brisa todas las campanillas se estremecen á la vez y desciende hasta los
fieles una música argentina y vagorosa que les hace pensar en el canto
de los _tomines_, ángeles del cielo budista.
Me siento en el primer peldaño de la escalinata del templo, y con ayuda
de un jovenzuelo rangonés que se ha diputado á sí mismo como mi guía y
traductor gesticulante, me quito los zapatos, luego los calcetines, y
quedo sin más que mi traje blanco, un casco de corcho del mismo color y
un bastoncito que me sirve de apoyo.
Los hombres civilizados cultivamos la finura y limpieza de nuestros pies
lo mismo que la de nuestras manos, y esto sirve para que nos
consideremos disminuídos y humillados por repentina debilidad al perder
los zapatos. Representa á veces cierto placer marchar descalzos por una
playa ó una habitación; pero sentimos acobardamiento al colocar nuestras
finas plantas sobre una tierra pedregosa que sólo puede ser hollada con
pies duros y primitivos, férreamente calzados por recias callosidades.
Empiezo á subir la escalinata con paso vacilante de ebrio. Noto desde
los primeros peldaños que este monumento religioso, como todos los de
Asia, es una mezcla confusa de antigüedad venerable y fragilidad
moderna. Hace más de dos mil años, en tiempos de Mario y de Julio César,
ya subían por esta escalera gentes devotas como las que se codean ahora
conmigo y tal vez curiosos escépticos iguales á mí. Pero las
construcciones asiáticas sólo tienen una parte sólida, que dura largos
siglos, y todo el resto se compone de materias frágiles y formas
graciosas, que es preciso renovar cada veinte años.
La escalinata, toda en línea directa, tiene, por suerte, varios rellanos
intermedios. De ser en escalones continuos, daría vértigos. Estos
peldaños aparecen desiguales y de materias diversas. Los hay de mármol
que aún guardan borrosos relieves de una escultura milenaria; otros más
recientes son de ladrillos, de asfalto ó de simple tierra apisonada, al
azar de las recomposiciones. Algunos, suaves y dúctiles, se dejan
dominar por el pie sin imponer fatiga alguna; los más se resisten á ser
montados, como las cabalgaduras bravas, y hay que elevar mucho la
rodilla para dominar su lomo.
Una techumbre de madera con pinturas religiosas cubre esta escalinata y
á los dos lados de su graderío se van elevando los puestos de un
mercado. Los rangoneses venden en él figurillas sagradas, juguetes
grotescos, cuadros de vidrio representando escenas de la vida de Buda,
telas bordadas con la imagen del hombre-dios é innumerables objetos de
metal, martilleado y repujado con la habilidad de los broncistas
indostánicos.
Muchos de estos pequeños comercios están dirigidos por mujeres. Todas
fuman tagarninas enormes, añadiendo el perfume acre de sus chorros de
humo al hedor asiático de la muchedumbre devota. Miran á los raros
blancos que se detienen ante sus puestos con unos ojos saltones, cuyas
pupilas negras tienen cierta expresión incitante y burlona á la vez.
Algunas están medio tendidas detrás de su mostrador en un diván rústico.
Veo á dos de ellas acostadas en una verdadera cama, en medio de su
tiendecita de cuadros religiosos. Se han pasado mutuamente un brazo por
detrás de la cabeza, y enlazadas así miran á lo alto. De vez en cuando
cruzan ojeadas afectuosas y se ofrecen el cigarrote desmesurado y único
que sirve para las dos. Se adivina que no las preocupa la prosperidad de
su comercio, y el comprador que ose interrumpirlas con sus demandas
recibirá malas respuestas.
Subo con lentitud los ciento veinte escalones, haciendo alto en los
rellanos para realizar algunas compras, que entrego á mi acompañante, y
porque así lo exigen mis pies. En estos peldaños hay piedrecitas
sueltas, granos de metal caídos de los objetos que adquieren los
devotos, pedazos de vidrio y numerosas expectoraciones de los mascadores
de betel. Por todas partes veo salivazos rojos como de sangre, y
necesito marchar en zigzag para no poner sobre ellos mis pies desnudos.
Salgo finalmente á cielo descubierto. Estoy en la meseta de la pagoda,
toda ella enlosada de mármol, lo que me permite caminar con más
seguridad. Continúan aquí las mismas suciedades de la escalera, pero hay
espacio más amplio para evitarlas.
El orden arquitectónico de la plataforma sagrada es muy sencillo. En el
centro está el santuario mayor, el cono macizo que guarda en sus
cimientos la divina reliquia, y en torno á él toda una ciudad de pagodas
secundarias, pagodones y pagodines, estatuas y columnatas.
La plataforma tiene medio kilómetro de circuito, y sin embargo cada día
resulta más estrecho el terreno reservado á la circulación de los
devotos. Nuevos santuarios hechos á expensas de los ricos de Birmania ó
por donativos de extranjeros invaden la santa meseta. No se guarda
ningún orden en las construcciones y éstas son derribadas con frecuencia
para darlas nueva forma. En el transcurso de unos cuantos años cambia el
aspecto de la Shway Dagon. Lo único inmutable es el cono esplendoroso
que ocupa su centro. En las vertientes de la colina hay varios elefantes
policromos, de doble tamaño natural, con una torre dorada sobre el lomo
que es una capilla.
Al ver una pequeña puerta en el sanctum sanctorum central, intento
entrar por ella creyendo que el enorme cono es hueco, á pesar de lo que
he leído, y guarda en su interior un templo misterioso. Pero retrocedo
al convencerme de que la tal puerta no es más que un angosto pasadizo
que lo atraviesa rectamente para que los servidores del templo no tengan
que rodear toda su base.
Mis dos acólitos ríen de mi error. Ahora son dos, por haberse unido á
nosotros un muchacho de familia acomodada, á juzgar por su vestimenta.
Está cumpliendo su noviciado de bonzo temporal, y lleva un magnífico
manto color de oro, la cabeza redonda pulcramente afeitada y anteojos de
concha.
Revela con su habilidad para expresarse una educación superior á la de
los otros bonzos. Muestra con cierto orgullo la altura de este
monumento, cuyo esplendor puede verse á una distancia de muchas leguas,
y me explica luego, con palabras inglesas sueltas y abundantes
gesticulaciones, que cada quince ó veinte años es recubierto de láminas
de oro para que guarde su magnificencia, lo que significa un trabajo
enorme. Además, su parte inferior recibe todos los días, á la altura de
las manos de los visitantes, un sinnúmero de pequeños papeles de oro.
Son presentes de míseros peregrinos, que algunas veces se quedan varios
días sin comer luego de haber pegado en el muro su piadosa ofrenda.
Puede afirmarse que en toda Asia no existe actualmente un templo que
goce la «universalidad» de la Shway Dagon. Cuantos pueblos adoran las
doctrinas de Buda han elevado un santuario en esta meseta. Los hay de
muchas provincias de la China, del Tibet, de las posesiones francesas de
la Indo-China, hasta de las tierras limítrofes con la Siberia y del
Japón. Todas estas capillas tienen columnas en sus fachadas y remates de
techos superpuestos que ascienden en disminución, finalizando con una
punta rutilante igual á la del céntrico macizo. Sus paredes son de
menuda labor, con ese tallado minucioso de los asiáticos, en el que
varias generaciones consumen su vida. La madera ó la piedra tienen sus
primorosos calados cubiertos de laca y oro.
Se extiende el oro por los santuarios, y los reflejos pálidos y
discretos de su materia tallada parecen un homenaje de humildad ante el
oro cegador y estrepitoso del cono central. Hay templos cuyo dorado
empieza á desconcharse con la viruela blanca de los siglos. Otros de
construcción reciente ofrecen el color gris de la albañilería, en espera
de generosos devotos que paguen los adornos que deben cubrirlos. Veo
santuarios completamente azules. Tienen sobre sus láminas de laca
celeste flores y hojas nacaradas que forman enrejados blancos con
reflejos de perla. Y todos estos templos, apoyados unos en otros para
disputarse un terreno cada vez más escaso, ofrecen el mismo aspecto de
amontonamiento que los panteones de las necrópolis occidentales.
En los espacios libres de pagodas secundarias vemos árboles dorados con
frutos de cristal, urnas en forma de flechas, columnas sueltas de
mosaico, imágenes de _Nats_, divinidades primitivas de los birmanos con
las que ha transigido el budismo para no molestar los sentimientos del
pueblo, «perros celestiales» semejantes á los leones de melenas
puntiagudas que adornan las pagodas de Kioto y de Pekín, estatuas de
elefantes con un templo sobre sus lomos.
Un estrépito de feria se esparce por la sagrada meseta. Los instrumentos
rituales del budismo son la campana y el tambor, y cada pagoda hace
sonar los suyos como los barracones de espectáculos cuando se disputan
la atención del público. Bonzos de diversas razas golpean á puño
cerrado los sagrados timbales ó dan con un mazo á las campanas. Niños y
mujeres se aproximan á nosotros para vendernos ristras de flores rojas y
amarillas, que parecen arrancadas de una tumba. Tales guirnaldas son
para ofrecerlas al hombre-dios que reina en este lugar.
Aletean los cuervos lanzando sus graznidos sobre los techos que les
sirven de refugio. Junto á estos eternos figurantes de todo cielo de
Asia vemos aletear bandas de palomas blancas. También están alojadas en
el templo, y entre dos especies volátiles tan antagónicas parece existir
una paz absoluta. Perros con grandes peladuras en sus lomos y el hocico
babeante, como si llorasen su propia miseria, corretean entre las
pantorrillas del gentío buscando algo que devorar. La mayor parte de los
fieles son mendigos devotos, que llegaron hasta aquí pidiendo limosna, y
continúan su industria dentro de la pagoda. Algunos tienen lepra. Otros
muestran al remover su manto llagas, sangrantes como heridas, en el
pecho ó bajo los brazos.
Dentro de algunos de los santuarios hay bonzos de rostro achinado y capa
parda, que acompañan su oración con movimientos rigurosamente mecánicos,
siempre iguales y sin término. Se inclinan hasta tocar el suelo con sus
manos y su cabeza, se yerguen poco á poco, repiten la misma inclinación
violenta y vuelven á empezar. Así continúan hasta que el cansancio los
vence y ruedan por el suelo insensibles como cadáveres.
Allí donde da el sol quema el mármol las plantas de los pies y nos
obliga á marchar rápidamente. En el interior de las capillas el
pavimento tiene una frialdad de tumba, de lugar cerrado hace siglos que
no conoció nunca la tibieza del calor celeste, y nos hace estornudar á
los que no estamos acostumbrados á ir descalzos.
Asombra la gran cantidad de Budas que pueblan estas pagodas. Los hay de
mármol, de oro, de alabastro, enormes como gigantes ó de simple talla
humana; derechos, en cuclillas y tendidos. Unos son dulces, humanos, de
expresión inteligente; tienen un rostro casi europeo. Otros se muestran
feroces, malignos, verdaderamente asiáticos, con unos ojitos oblicuos,
de párpados estirados y casi juntos, que parecen hostiles á todo el que
no mire del mismo modo que ellos.
Cada pueblo budista ha formado á su propia imagen la figura del
hombre-dios y le rinde culto con ceremonias litúrgicas diferentes. En
todos los santuarios se ven flores, luces y varillas humeantes de
sándalo. Fuera de él hay salivazos rojos sobre el suelo y una mezcla en
el ambiente de malos olores naturales, de perfumes pegajosos, de flores
marchitas. Por encima de esta variedad contradictoria, ruidosa, y
vibrante de contagios microbianos, continúa brillando el cono central
como una hoguera inmóvil de oro sobre los tres cabellos de Buda
recogidos por sus discípulos.
Mi nuevo amigo el bonzo tiene empeño en hacerme conocer todo lo
interesante de la Shway Dagon. No sería esta célebre pagoda un lugar
verdaderamente santo si le faltase la virtud de curar enfermedades y
realizar otros prodigios de los que trastornan el ritmo de la
Naturaleza.
El dolor humano necesita consoladoras ilusiones bajo todos los cielos de
nuestro planeta, sin distinción de castas ni dogmas. Las pobres gentes
que llegan hasta aquí, después de marchar en caravana meses y tal vez
años, esperan el milagro, y su esperanza inspira respeto. Deseo en este
momento que el santo Buda pueda complacer á todos los dolientes que le
imploran, pobre rebaño humano roído por las enfermedades y las miserias
asiáticas.
Nos detenemos ante un santuario que tiene junto á su puerta unos cuantos
hombres desnudos tendidos en el suelo. Todos ofrecen un aspecto
horrible. Los hay que son á modo de imágenes del hambre: esqueletos
limpios de músculos cubiertos simplemente por su epidermis, con los ojos
perdidos en la profundidad de unas órbitas como pozos y las mandíbulas
desencajadas. Otros están muertos y tienen el abdomen desgarrado. Un
cuervo les picotea las entrañas.
Solamente cuando el joven bonzo, ganoso de que admire su templo, me
aproxima á tales horrores, veo que son esculturas policromas, pero con
un realismo tan minucioso y exacto que resulta fácil el engaño. Ocurre
aquí en pleno sol lo que en ciertos museos de figuras de cera con el
auxilio de los juegos de luces. No se sabe ciertamente quién es
moribundo de madera pintada ó moribundo de carne y hueso. Según parece,
estas imágenes sirven para hacer ver á los pecadores cómo vivirán
después de la muerte si perseveran en sus vicios.
Un poco más allá hay tendidos varios pordioseros, igualmente desnudos,
igualmente esqueléticos por su flacura. Los horripilantes monigotes
brillan á causa de su barniz; los peregrinos casi agonizantes tienen un
charolado igual por el sudor con que barniza el sol sus cuerpos
escuálidos, como si extrajese de ellos los últimos jugos. Algunos son
ciegos y un enjambre de moscas voltea en torno á sus órbitas vacías.
Todos tienen al lado media corteza de coco que les sirve de plato para
recibir las limosnas. No se mueven, no se dan cuenta de lo que cae en
sus rústicos cuencos. Para ellos la limosna tal vez llega tarde.
Me hace entrar mi compañero azafranado en la más milagrosa de las
pagodas. No quiere privarme de ninguna de las maravillas de esta colina
santa. Avanzamos por el interior de un templo menos iluminado que los
otros, y á los pocos momentos deseo salir de él cuanto antes. Encuentro
tendidos en colchonetas ó simples mantas á varios hombres flacos, de tez
pálida, y una transparencia malsana en las orejas y la nariz. Su tos
cavernosa hace innecesarias las explicaciones. Son tísicos que vinieron
hasta aquí atraídos por la esperanza. Los bonzos de la pagoda afirman
haber presenciado muchas curaciones inauditas.
Sigo avanzando hasta el fondo, interesado por un grupo misterioso. Lo
componen varias mujeres que rodean á otra tendida en un lecho, blanca é
inmóvil, como si estuviese desmayada. Veo trapos ensangrentados. Un olor
de maternidad se une á la respiración de los tísicos. Suena un vagido
infantil, gangueante y tenaz.
Mi boncito sonríe y balbucea explicaciones... Entendido. Es una gloria
nacer en el famoso templo, y hay madres que vienen de muy lejos para que
sus hijos reciban tal santificación al entrar en la vida.
XXII
LA BAHÍA DEL DIAMANTE
Un brazo del Ganges.--La yungla y sus gentes.--El camino de
Calcuta.--Cañonazos de sus defensores.--Abandonamos el
«Franconia».--Invasión alada.--La marina fluvial de los
indostánicos.--El maquinismo inglés en las riberas del Ganges.--El
yute.--Fabricación de sacos para toda la tierra.--Los homenajes al
río sagrado.--Caimanes y flores.
Llevamos dos días navegando á través del golfo de Bengala, desde la
desembocadura del Irrawaddy, caudaloso río de Rangoon, á las bocas del
Ganges y el Brahmaputra.
En la madrugada del tercer día despierto con la alarma que produce la
inmovilidad, cuando se ha conciliado el sueño en pleno movimiento. El
Franconia ha cesado de marchar y en la calma de la noche suenan gritos.
Miro por un ventano de mi camarote y veo las luces de dos vaporcitos
deslizándose sobre un mar completamente horizontal y tranquilo como las
extensiones de agua dulce. Debemos estar cerca de las bocas del Ganges,
y estos vaporcitos pertenecen sin duda á los prácticos encargados de
dirigir el rumbo de los buques á través de unas tierras fangosas, por
canales cuya profundidad cambia con frecuencia.