con que marcha. Parece que un enemigo invisible venga persiguiendo y
acosando á todos estos hombres. Caminan como una tropa fugitiva. La
gente abre paso para no ser atropellada, pegándose á los muros. Los
vehículos se apartan también, avisados por su canto melancólico y tenaz.
Todos los hombres repiten las mismas palabras, con un tonillo semejante
al de los muchachos cuando deletrean sus lecciones en las escuelas de
los pueblos: «_Bolo hari. Hari bolo._»
_Hari_, en sánscrito, es Dios, y lo que dicen con su monótona cantilena
los acompañantes del entierro es «¡Por Dios! ¡por Dios!»
Algo más allá pasa junto á nosotros un segundo cortejo fúnebre. Al salir
á la gran avenida, frente á las puertas de Nimtola, vemos muchos otros
que van llegando por todos lados y tienen que detenerse en este lugar
convergente, para ir pasando adelante por riguroso turno.
Los hay de séquito numeroso, como el de la niña cubierta de flores y
plantas. Otros son tristes, sin adorno alguno, y detrás de los dos
portadores de la camilla fúnebre sólo marchan unas pobres mujeres
envueltas en mantos blancos, que las cubren de la frente á los pies,
mostrando cada una de ellas un brazo y una pierna, delgados, rojizos,
con numerosos anillos de metal blanco.
El joven empleado me explica la preparación de estos cadáveres antes de
llegar al Quemadero. Algunos fueron ungidos por sus familias con manteca
sagrada; los más pobres no han recibido este embadurnamiento final.
Todos ellos, al salir por última vez de su vivienda, oyen la suprema
oración, dicha en sánscrito por el jefe de la familia, por un bracmán o
un amigo. (El sánscrito es lengua muerta y sagrada para los indostánicos
modernos; lo que el latín para nosotros.)
«¡Oh tú espíritu que te fuiste!... Vamos á quemar todas las partes de tu
cuerpo terrenal, que, por estar repleto de pasiones y de ignorancia,
unió á sus actos píos muchos otros que fueron impíos. Quiera el Supremo
Señor perdonar todas las acciones pecaminosas que cometiste á sabiendas
ó inconscientemente, dejándote ascender á las alturas celestiales.»
En una ciudad populosa como Calcuta sólo se permite llevar á orillas del
río á los enfermos cuando han muerto; pero en las poblaciones del
interior, muchas familias, si creen que uno de los suyos está en la
agonía, lo conducen preventivamente al borde del Ganges, con lo cual se
evitan las molestias y gastos de un cortejo fúnebre. Además, procuran
aumentar la purificación del moribundo tapándole la boca y los oídos con
limo del río sagrado, y luego lo abandonan para venir á quemarlo el día
siguiente.
Ocurre algunas veces que estos agonizantes, no examinados por un médico,
sólo sufren accidentes pasajeros, y al recobrar sus sentidos sienten el
imperativo de la conservación, que les impulsa á seguir viviendo, y se
escapan para que sus parientes no los asfixien llenándoles de nuevo los
orificios respiratorios con el barro gangético. Estos fugitivos caen en
la más extraordinaria y terrible de las existencias, pues viven sin
vivir. Su familia los da por muertos y reniega de ellos, considerándolos
como unos impíos que contravinieron las leyes divinas. Si los ven no los
reconocen. Nadie se les aproxima, temiendo su contagio. El paria, á
pesar de su miseria, resulta superior á él. Las gentes de castas
elevadas evitan al paria, pero saben que existe. Este hombre que huyó
de la muerte vive como una sombra, y aunque grite nadie le oye. Prolonga
su vida en los lugares desiertos, alimentándose con inmundicias que
disputa á los perros y los chacales. Acaba por ir completamente desnudo,
cubierto de pelo, como una fiera. Las bestias aúllan á su paso,
enfurecidas por su presencia, los niños huyen, las mujeres se cubren el
rostro, hasta que al fin muere en completo aislamiento, y su espíritu,
según los buenos creyentes, da un salto atrás, volviendo á encarnarse en
los animales más viles é inferiores.
Entro en el patio abierto de Nimtola donde son quemados los cadáveres, y
durante un par de horas creo vivir en el seno de una pesadilla
fuliginosa. Me avergüenzo en los días siguientes al pensar que encontré
interesante este espectáculo y me resistí á abandonarlo, á pesar del
ambiente caliginoso y los hedores de la materia quemada. Siempre ocurre
lo mismo con las sensaciones violentas que recibimos; nos parecen más
terribles las cosas recordadas á distancia que en el momento de verlas
directamente.
Se extiende el río á mi izquierda. Pasan por su centro rosarios de
barcazas de las que tiran remolcadores. De tarde en tarde corta sus
aguas un vapor blanco, un tranvía fluvial que conduce las gentes á la
gran estación de ferrocarril del Norte de la India. El puente de Howrah
corta en apariencia el curso de este gran camino acuático. En la orilla
de Nimtola veo numerosos búfalos de piel negruzca, que sólo elevan sobre
la corriente el dorso de su lomo y su cabeza chata y cornuda. Junto al
_ghat_ que se hunde en el río hay centenares de indostánicos con el agua
hasta el talle ó los pechos, inmóviles y en oración.
La llanura triangular del Quemadero tiene, cuando entro en ella, varios
hoyos largos y estrechos, cubiertos de tizones que humean ligeramente.
Son restos de las hogueras mortuorias que empezaron á arder en las
primeras horas de la mañana. En el fondo de una de estas hogueras
agonizantes adivino el contorno de un esqueleto. Veo como una bola de
cenizas y en mitad de ella dos estrellas rojas. La esfera cenicienta es
un cráneo quemado que aún conserva su forma. Las dos manchas ígneas, un
doble reflejo de la combustión del cerebro, que sigue ardiendo dentro de
su cápsula caliza... Un capricho del fuego ha respetado la forma del
cadáver, consumiendo su solidez interior.
Bastan unos cuantos golpes de bastón para que todo se desparrame en
cenizas, y así lo hace un enano de aspecto inquietante que parece el
dueño de este lugar. Recuerdo á Quasimodo y á otros personajes
extraordinarios inventados por la literatura romántica, habitantes de
bóvedas de catedrales, de cementerios y ruinas frecuentadas por
fantasmas.
Es un hombrecillo de cabeza enorme por las mechas de pelo lacio y sucio
que la cubren. Lleva el busto desnudo, surcado de cicatrices, lo mismo
que el rostro. Como es guardián de este lugar, nos imaginamos que las
tales cicatrices deben ser huellas de quemaduras. Un harapo anudado al
talle constituye toda su vestimenta. Su orgullo debe ser un collar hecho
de conchas que le cae sobre el pecho.
Este enano de ojos diabólicos y rictus feroz va de un lado á otro con
aire importante, hablando á las familias de los difuntos, señalando los
lugares donde pueden levantarse las nuevas piras. Con una habilidad
profesional y sin más herramienta que una horquilla corta, borra en
pocos instantes los restos de las cremaciones anteriores. Echa al río
los residuos de la leña consumida y las cenizas del esqueleto que
deshizo á palos minutos antes. Los devotos metidos en el agua no se
apartan al ver caer entre ellos estas migajas fúnebres. Continúan sus
pías gesticulaciones, cruzan las manos sobre el pecho, las elevan, beben
sorbos del líquido sagrado. Unos lo tragan; otros hacen buches con él y
vuelven á arrojarlo.
Según me explica el joven empleado, estas cremaciones de la mañana han
sido de muertos cuyas familias pudieron pagar leña abundante. El costo
de una pira modesta es de seis á ocho rupias, lo necesario nada más para
que el cuerpo quede totalmente consumido. Los pobres, cuyas familias
economizan la madera, sólo son quemados á medias. Doblan su cadáver para
que ocupe menos sitio dentro de la pira, lo rompen por la cintura,
pegando las piernas á la mitad superior, y aun así, se consume la leña
muchas veces antes de que el cuerpo esté totalmente carbonizado... Pero
el gnomo terrible, guardián de este lugar, no puede perder tiempo,
necesita espacio para los otros cadáveres que van llegando, y cuando ve
que una hoguera agonizante no puede dar más fuego, echa al río el montón
de cenizas. Y las entrañas solamente chamuscadas, así como los huesos á
medio carbonizar, caen en el santo Ganges junto á los devotos que
continúan sus oraciones y sus tragos rituales.
Este enano indostánico, que se muestra humilde é hipócrita con los que
él considera de casta superior, habla á nuestro acompañante al mismo
tiempo que nos sonríe manteniéndose á cierta distancia, pues sabe que no
debe tocar á los seres elevados ni con el aliento. El joven funcionario
nos explica sus chistes crueles. Clasifica á los muertos como si fuesen
viandas de cocina: en asados, á medio asar y crudos. Él solo respeta á
los bien asados, ó sea á los ricos, que consumen mucha leña. Como la
mayoría de sus correligionarios, este hombrecillo considera uno de los
espectáculos más interesantes que pueden presenciarse en esta vida la
cremación de un cadáver de rajá. Cuando muere alguno de éstos en la
ciudad de Benarés, llegan muchedumbres de largas distancias para
deleitarse con el perfume de la pira de sándalo y otras maderas
preciosas, que va consumiendo lentamente el cuerpo del príncipe,
mientras satura la atmósfera de bálsamos celestiales.
En realidad, este Quemadero de Calcuta no difunde hedores nauseabundos.
Hay en el ambiente un fuerte olor de madera quemada y sólo un lejano
tufillo de carne recién salida del asador. Tal vez sea esto por la
delgadez inaudita de los cadáveres indostánicos. Son esqueletos con
forro de piel. Causa asombro que el cuerpo humano pueda llegar á tal
consunción.
La pequeñez de los cadáveres nos reserva una sorpresa. La primera
cremación va á ser la de la niña cuyo entierro encontramos en una
calleja inmediata. El gnomo, ayudado por unos cuantos hombres de dicho
séquito, empieza á preparar la pira. Colocan, como si fuesen los
cimientos de un edificio, cuatro troncos gruesos que forman un
rectángulo. En el interior depositan simétricamente otros leños más
delgados, y así forman la base de la futura hoguera.
Se oye un graznido continuo de las bandas de cuervos alineados encima de
las arcadas ó que revolotean atrevidamente sobre nuestras cabezas. En
toda Asia abunda el cuervo, como he dicho repetidas veces, pero en
Calcuta resulta un personaje familiar y hay que convivir con él. Son las
once de la mañana y la luz del sol desciende casi verticalmente de un
cielo limpio de nubes. Al calor de su refracción se une el de algunas
hogueras que todavía arden en un extremo de la fúnebre explanada. Este
fuego se hace sentir y no se deja ver. El resplandor solar borra las
llamas. De sus lenguas rojas no se ve más que el hilillo humoso del
vértice.
Cada cortejo ha dejado en el suelo las angarillas de sus muertos,
sentándose en torno á ellas para esperar. Con el encogimiento y la
timidez de un rezagado pobre entra un último entierro. Dos portadores,
un anciano y un niño, sostienen una camilla hecha con ramas y sobre ella
va tendido un cadáver cubierto por un andrajo de hedionda suciedad, que
parece oler á cólera, á peste bubónica, á todas las enfermedades
contagiosas de la multitud indostánica. Tres mujeres marchan detrás del
muerto, envueltas en velos blancos, con los brazos y las piernas llenos
de ajorcas pesadas y de vil metal.
Recibe el enano con hostilidad á esta comitiva miserable. Es un «crudo»
el que llega. Discute con los portadores y les obliga á que esperen con
su muerto lejos de los otros cortejos. El viejo y el niño acaban por
abandonar su camilla y desaparecen. Las mujeres, sentadas en el suelo,
velan el cadáver. Por el borde del repugnante sudario asoma un pie
flaquísimo, y esta especie de garra inferior guarda aún en su tobillo el
envoltorio de un trapo, último vestigio de enfermedad y agonía.
Las tres mujeres, que llevan un adorno de metal en sus narices, tienen
fijas las miradas sobre el relieve del cadáver invisible. Toda su
emoción se denuncia en el agrandamiento de sus ojos. Nadie llora en este
lugar. No veo una sola lágrima. El indostánico ignora que el dolor debe
expresarse con un derramamiento de humores oculares.
Me voy fijando en una particularidad de los diversos cadáveres que
esperan su turno para la cremación. Se adivina su sexo por la envoltura
exterior. Las mujeres tienen depositado un manojo de flores en la
oquedad que se marca entre su vientre y el arranque de sus piernas. A
los cadáveres masculinos les han colocado una piedra en el mismo sitio.
Empieza la ceremonia de la purificación para la niña delgadísima, cuya
familia debe ser bien acomodada á juzgar por su acompañamiento. Y aquí
experimentamos la sorpresa de que hablé antes. Esta muchachita resulta
una hembra de más de treinta años; una madre de familia. Y sin embargo,
aun después de conocer su verdadera edad, ¡nos parece una cosa tan
insignificante bajo su envoltura de gasas y de flores!... ¡Abulta tan
poco su pobre cuerpo!...
El marido, cuya cabeza empieza á grisear, está procediendo á su
purificación. Nos lo muestran de lejos, mientras un barbero le afeita en
la bajada del _ghat_. Los dos se hallan en cuclillas, frente á frente.
Los barberos indostánicos trabajan así. Agarran al parroquiano por una
oreja ó le pellizcan una mejilla, mientras con la otra mano rasuran su
cara y su cráneo.
Este hombre de gesto grave y ojos dilatados y fijos que no saben llorar
paga al barbero su trabajo con unas moneditas de níquel é inmediatamente
se desnuda, quedando sólo con un cinturón que le pasa entre las piernas.
Debe purificarse en el río antes de prender fuego á la pira de su
esposa. Va descendiendo por el _ghat_ hasta quedar con el agua por
encima de los pechos. Ora, sumerge su cabeza, bebe, hace los buches
rituales, y vuelve á subir para vestirse una túnica blanca,
completamente nueva, que dejó en mitad de la escalinata.
Al lado de las angarillas de color rosa está sentado en el suelo un
muchacho como de doce años. Es el hijo de la difunta. Tiene una
expresión de perrito triste que sigue el entierro de su amo. Pero está
mudo; no puede aullar como el otro. Mira con fijeza, sin una lágrima en
las papilas, el cuerpecito de flaca adolescente que marca sus gráciles
contornos bajo el sudario color de rosa.
Una señora que está á mi lado rompe á llorar viendo este dolor
silencioso.
--¡Pobrecito!... ¡Pobrecito mío!
Él vuelve su cabeza, adivinando la compasión, la dolorosa ternura de
estas palabras que no puede comprender. Vemos su tez de canela
aterciopelada, sus ojos negros de antílope agrandados por el dolor. Nos
mira un momento sin expresión alguna. Luego, su vista se desliza,
volviendo otra vez á posarse en el cuerpecito de su madre.
No puede continuar dicha contemplación. Los amigos de la familia han
levantado las angarillas y llevan el cadáver hacia el Ganges, por el
graderío del _ghat_. Cuando á los portadores les llega el agua á la
cintura sumergen la camilla fúnebre. Se lleva la corriente de golpe las
coronas de flores, los manojos de verdura que adornaban el lecho de la
muerta. La gasa se destiñe, formando sobre el agua una gran mancha
purpúrea, como si fuese de sangre.
Esta inmersión hace que se marquen instantáneamente todos los contornos
del cadáver, lo mismo que si estuviese desnudo. Las gasas desteñidas
tienen ahora un color de carne y parecen no existir, adheridas al cuerpo
femenino. Pero este cuerpo ¡es tan poquita cosa!... Parece imposible que
haya podido salir de su interior el adolescente que continúa sentado en
el suelo, mirando con fijeza hipnótica el lugar donde poco antes estaba
la muerta.
Chorreando agua vuelve el cadáver á subir el _ghat_, mientras sus
conductores reanudan el cántico monótono de una hora antes: «_Bolo hari.
Hari bolo._» Lo colocan sobre la base de la pira. Luego el enano y sus
ayudantes van amontonando sobre la difunta nuevos leños, hasta que al
fin completan la pira en forma de edificio, rematándola con una especie
de techo de doble pendiente.
Pasa por el río uno de los vapores blancos. En sus cubiertas van
numerosas señoras rubias con trajes de fina batista y gentlemen de
aspecto elegante. Deben vivir en _bengalows_ de las afueras, con hermoso
jardín, y vienen á Calcuta para hacer sus compras ó para tomar el tren
en la estación inmediata de Howrah. Nadie mira hacia el Quemadero. El
esbelto barco levanta una sucesión de ondulaciones que mecen las
guirnaldas floridas arrancadas al cadáver y la mancha roja de sus velos
desteñidos. Estas ondulaciones chocan con el pecho inmóvil de los
devotos que se bañan en el Ganges; pasan en delgadas láminas sobre el
lomo de los búfalos hundidos en la ribera fangosa.
Contemplamos con angustia los preparativos para la cremación de esta
pobre indostánica, empequeñecida por el dolor y la muerte. No la
conocimos cuando vivía; nunca sabremos su nombre; pero el azar nos ha
unido á ella con un recuerdo sentimental que durará lo que dure nuestra
existencia.
El esposo, entorpecido por el dolor, no sabe cómo debe cumplir sus
funciones rituales. Tal vez no asistió nunca á un entierro en el que
tuviese que figurar como el primero de los acompañantes. A él le
corresponde prender fuego á la pira, dando vueltas en torno de ella para
que el fuego surja de todos lados al mismo tiempo. El horrible gnomo ha
puesto una antorcha en sus manos y le indica lo que debe hacer, con la
suficiencia de un sacristán que asiste á un entierro de primera clase en
las iglesias de Europa.
Se adivina que el pobre marido no ve. Avanza su antorcha y las más de
las veces su llama se pierde en el aire... Pero sus ojos continúan
secos. Al fin el montón de leña empieza á arder. Se escapa entre el
llamear crepitante de la madera tierna una nube de pavesas de las ropas
sutiles. A través de los troncos que se ennegrecen y se rajan vemos algo
semejante á unas ramas blanquecinas, los miembros gráciles de la muerta
que burbujean con el chirrido de la grasa. Arde el cadáver, y entre los
desgarrones de la carne abierta y retorcida por el fuego comienzan á
asomar las aristas rígidas de los huesos.
--¡Vámonos, vámonos!--dice alguien detrás de mí con voz desfalleciente.
Sí, debemos irnos... Y sin embargo, quedamos inmóviles, sin voluntad,
con los pies fijos en el suelo, como el que contempla la lumbre de una
chimenea en las noches invernales y á cada minuto se da á sí mismo la
orden de abandonar el asiento sin conseguir verse obedecido. Sentimos á
un tiempo la atracción de la llama, la terrible curiosidad de las
emociones violentas, el horror de la muerte.
Suena un estallido en el interior de la pira. Es la ruptura del vientre
agujereado por el fuego, el esparcimiento de las vísceras, la dilatación
de los vapores humanos, algo horrible que va más allá de los leños
ardientes y cae en el suelo. Pero el enano se mantiene cerca de las
llamas, con una previsión de técnico, y recoge velozmente todo lo que el
fuego expelió, volviendo á arrojarlo en la hoguera. Ha llegado la hora
de irnos. ¿Para qué seguir contemplando la cremación de los otros?...
¡Adiós, madre calcutana, pequeña como una niña, que nunca conocimos y
recordaremos siempre!
El gnomo, que sabe calcular el curso de las incineraciones, ha
abandonado esta pira, juzgando inútil su presencia, y se ocupa en
levantar otra, discutiendo con los acompañantes del difunto sobre la
clase y el precio de la leña.
En el patio exterior volvemos á encontrar las tres mujeres sentadas en
el suelo en torno á la camilla de la que surge el pie enjuto con su
vendaje de harapos.
Sus portadores, el viejo y el niño, aún no han vuelto. Buscan sin duda
en su barrio, inútilmente, almas piadosas capaces de darles una limosna.
No encuentran con qué pagar la leña que está esperando este infeliz
indostánico, pobre en el curso de toda su obscura historia, pobre hasta
más allá de la muerte.
La igualdad ante la nada final sólo existe físicamente. Los hombres se
han encargado de suprimir esta igualdad consoladora, prolongando basta
el interior del misterio de la muerte las desigualdades de nuestra
jerarquía social. En este pueblo se muere según la leña que se puede
comprar. En otros de Asia, según los objetos de cartón destinados á
embellecer la vida ultraterrena. En nuestros países civilizados, según
las ceremonias y pompas pagadas que se desarrollan ante las tumbas, con
un carácter de supuesta espiritualidad.
Dejo caer cinco rupias sobre el sudario hediondo y contagioso que cubre
á este cadáver.
Las tres mujeres levantan la cabeza y me miran con unos ojos secos,
dilatados por el asombro. ¡Un blanco preocupándose de un pobre
indostánico de casta inferior!... Mi acción inesperada, incomprensible,
parece impresionarlas más que la vecindad de la muerte.
FIN DEL TOMO SEGUNDO
ÍNDICE
_Págs._
I.--EN MUKDEN.--Caballitos manchures y perros siberianos.--Un
desierto de nieve por cuya posesión
se mataron 154.000 rusos y japoneses.--La dinastía
de «Los Muy Puros» y sus mausoleos.--El frío, maestro
de humildad.--Las escalinatas chinas y «el sendero
imperial».--La chiquillería pedigüeña de las estaciones.--Un
gendarme que pega.--Indignación patriótica.--La
incoherencia de los demonios blancos. 5
II.--LA LLEGADA Á PEKÍN.--Los bandidos chinos y
los trenes-fortalezas.--Una mala noche.--El imperio
del bambú soberano y de la paliza paternal.--5.000
años de historia conocida.--Recordando á Marco
Polo.--Los cuatro grandes héroes de la Geografía.--_Micer
Millones._--Cómo por obra de Marco Polo salieron
Colón y los navegantes españoles hacia Pekín,
para visitar al Gran Kan, y dieron con la ignorada
América.--El despertar en Tien-Tsin.--Los chinos
elegantes.--Agricultura sabia y campos de tumbas.--Una
puerta de diez siglos con telegrafía sin
hilos. 19
III.--LAS TRES CIUDADES DE PEKÍN.--La forma
geométrica de Pekín.--La ciudad china, la ciudad
tártara y la ciudad prohibida.--El edificio chino y la
tienda de campaña.--Los geomantes y sus adivinaciones.--Los
espíritus del Viento y del Agua.--La
cuarta ciudad.--El barrio de las Legaciones y sus
tropas visibles y ocultas.--La seguridad de las calles
de Pekín y la policía china. 32
IV.--SINGULARIDADES DE LA VIDA CHINA.--La
ciudad más grande del mundo.--Las antiguas calles
y sus muchedumbres.--Casas, muebles y gorros.--Los
casamientos.--Los pies de las chinas.--Vanidad
con que las mujeres á estilo antiguo aprecian
su deformación.--Las damas manchures.--La cocina
china y sus horripilantes picadillos.--Vinos de animales.--Los
cocineros chinos esparcidos por el mundo.--Sus
caprichos de artista.--Lo que vió una dama
al bajar á su cocina, y la respuesta del cocinero para
que todos quedasen contentos. 44
V.--TEMPLOS Y FILÓSOFOS.--El templo del Gran
Lama.--La capilla secreta.--Un milagro.--Doctores
y bachilleres en armas.--Laotsé y Confucio.--El templo
de Confucio y el Salón de los Clásicos.--Culto de
la República china á Confucio.--El templo del Cielo.--El
simbolismo del número 9.--La ceremonia imperial
en el solsticio de invierno.--El templo de la Agricultura.--Cómo
araba todos los años el Hijo del Cielo.--Progreso
de la agricultura china hace miles de
años.--Su abono predilecto y más precioso.--Cómo
se produce públicamente en calles y caminos. 57
VI.--LA CIUDAD PROHIBIDA.--Los mares y las montañas
de los jardines imperiales.--La «Montaña del
Carbón».--El árbol sentenciado á cadena perpetua
por lesa majestad.--Los guardianes de la República.--Los
grandes patios de mármol y sus ríos.--Los
tesoros del Hijo del Cielo.--Las recepciones solemnes
en la Sala de la Gran Reunión.--Todo Pekín
visto desde el trono.--Los dueños alados y definitivos
de la Ciudad Prohibida.--Robos de las tropas
civilizadoras.--Un museo formado con lo que dejaron
ó lo que devolvieron.--La ironía de los chinos.--«Nosotros
los salvajes». 72
VII.--EL PALACIO DE VERANO.--La retratista de la
emperatriz.--La mentalidad de una soberana china.--Los
hermosos camellos de Pekín.--Las murallas de
la capital y su antigua artillería.--Maravillas del Palacio
de Verano.--El «lago-mar».--El famoso Navío
de Mármol.--Un puerto de comercio improvisado,
para que el Hijo del Cielo se disfrazase de vagabundo.--Robo
de dos azulejos.--El feliz «triángulo» imperial.--El
joven ex emperador y el presidente de la
República. 86