En este cortejo fúnebre lo primero que llama la atención es la velocidad

con que marcha. Parece que un enemigo invisible venga persiguiendo y

acosando á todos estos hombres. Caminan como una tropa fugitiva. La

gente abre paso para no ser atropellada, pegándose á los muros. Los

vehículos se apartan también, avisados por su canto melancólico y tenaz.

Todos los hombres repiten las mismas palabras, con un tonillo semejante

al de los muchachos cuando deletrean sus lecciones en las escuelas de

los pueblos: «_Bolo hari. Hari bolo._»

_Hari_, en sánscrito, es Dios, y lo que dicen con su monótona cantilena

los acompañantes del entierro es «¡Por Dios! ¡por Dios!»

Algo más allá pasa junto á nosotros un segundo cortejo fúnebre. Al salir

á la gran avenida, frente á las puertas de Nimtola, vemos muchos otros

que van llegando por todos lados y tienen que detenerse en este lugar

convergente, para ir pasando adelante por riguroso turno.

Los hay de séquito numeroso, como el de la niña cubierta de flores y

plantas. Otros son tristes, sin adorno alguno, y detrás de los dos

portadores de la camilla fúnebre sólo marchan unas pobres mujeres

envueltas en mantos blancos, que las cubren de la frente á los pies,

mostrando cada una de ellas un brazo y una pierna, delgados, rojizos,

con numerosos anillos de metal blanco.

El joven empleado me explica la preparación de estos cadáveres antes de

llegar al Quemadero. Algunos fueron ungidos por sus familias con manteca

sagrada; los más pobres no han recibido este embadurnamiento final.

Todos ellos, al salir por última vez de su vivienda, oyen la suprema

oración, dicha en sánscrito por el jefe de la familia, por un bracmán o

un amigo. (El sánscrito es lengua muerta y sagrada para los indostánicos

modernos; lo que el latín para nosotros.)

«¡Oh tú espíritu que te fuiste!... Vamos á quemar todas las partes de tu

cuerpo terrenal, que, por estar repleto de pasiones y de ignorancia,

unió á sus actos píos muchos otros que fueron impíos. Quiera el Supremo

Señor perdonar todas las acciones pecaminosas que cometiste á sabiendas

ó inconscientemente, dejándote ascender á las alturas celestiales.»

En una ciudad populosa como Calcuta sólo se permite llevar á orillas del

río á los enfermos cuando han muerto; pero en las poblaciones del

interior, muchas familias, si creen que uno de los suyos está en la

agonía, lo conducen preventivamente al borde del Ganges, con lo cual se

evitan las molestias y gastos de un cortejo fúnebre. Además, procuran

aumentar la purificación del moribundo tapándole la boca y los oídos con

limo del río sagrado, y luego lo abandonan para venir á quemarlo el día

siguiente.

Ocurre algunas veces que estos agonizantes, no examinados por un médico,

sólo sufren accidentes pasajeros, y al recobrar sus sentidos sienten el

imperativo de la conservación, que les impulsa á seguir viviendo, y se

escapan para que sus parientes no los asfixien llenándoles de nuevo los

orificios respiratorios con el barro gangético. Estos fugitivos caen en

la más extraordinaria y terrible de las existencias, pues viven sin

vivir. Su familia los da por muertos y reniega de ellos, considerándolos

como unos impíos que contravinieron las leyes divinas. Si los ven no los

reconocen. Nadie se les aproxima, temiendo su contagio. El paria, á

pesar de su miseria, resulta superior á él. Las gentes de castas

elevadas evitan al paria, pero saben que existe. Este hombre que huyó

de la muerte vive como una sombra, y aunque grite nadie le oye. Prolonga

su vida en los lugares desiertos, alimentándose con inmundicias que

disputa á los perros y los chacales. Acaba por ir completamente desnudo,

cubierto de pelo, como una fiera. Las bestias aúllan á su paso,

enfurecidas por su presencia, los niños huyen, las mujeres se cubren el

rostro, hasta que al fin muere en completo aislamiento, y su espíritu,

según los buenos creyentes, da un salto atrás, volviendo á encarnarse en

los animales más viles é inferiores.

Entro en el patio abierto de Nimtola donde son quemados los cadáveres, y

durante un par de horas creo vivir en el seno de una pesadilla

fuliginosa. Me avergüenzo en los días siguientes al pensar que encontré

interesante este espectáculo y me resistí á abandonarlo, á pesar del

ambiente caliginoso y los hedores de la materia quemada. Siempre ocurre

lo mismo con las sensaciones violentas que recibimos; nos parecen más

terribles las cosas recordadas á distancia que en el momento de verlas

directamente.

Se extiende el río á mi izquierda. Pasan por su centro rosarios de

barcazas de las que tiran remolcadores. De tarde en tarde corta sus

aguas un vapor blanco, un tranvía fluvial que conduce las gentes á la

gran estación de ferrocarril del Norte de la India. El puente de Howrah

corta en apariencia el curso de este gran camino acuático. En la orilla

de Nimtola veo numerosos búfalos de piel negruzca, que sólo elevan sobre

la corriente el dorso de su lomo y su cabeza chata y cornuda. Junto al

_ghat_ que se hunde en el río hay centenares de indostánicos con el agua

hasta el talle ó los pechos, inmóviles y en oración.

La llanura triangular del Quemadero tiene, cuando entro en ella, varios

hoyos largos y estrechos, cubiertos de tizones que humean ligeramente.

Son restos de las hogueras mortuorias que empezaron á arder en las

primeras horas de la mañana. En el fondo de una de estas hogueras

agonizantes adivino el contorno de un esqueleto. Veo como una bola de

cenizas y en mitad de ella dos estrellas rojas. La esfera cenicienta es

un cráneo quemado que aún conserva su forma. Las dos manchas ígneas, un

doble reflejo de la combustión del cerebro, que sigue ardiendo dentro de

su cápsula caliza... Un capricho del fuego ha respetado la forma del

cadáver, consumiendo su solidez interior.

Bastan unos cuantos golpes de bastón para que todo se desparrame en

cenizas, y así lo hace un enano de aspecto inquietante que parece el

dueño de este lugar. Recuerdo á Quasimodo y á otros personajes

extraordinarios inventados por la literatura romántica, habitantes de

bóvedas de catedrales, de cementerios y ruinas frecuentadas por

fantasmas.

Es un hombrecillo de cabeza enorme por las mechas de pelo lacio y sucio

que la cubren. Lleva el busto desnudo, surcado de cicatrices, lo mismo

que el rostro. Como es guardián de este lugar, nos imaginamos que las

tales cicatrices deben ser huellas de quemaduras. Un harapo anudado al

talle constituye toda su vestimenta. Su orgullo debe ser un collar hecho

de conchas que le cae sobre el pecho.

Este enano de ojos diabólicos y rictus feroz va de un lado á otro con

aire importante, hablando á las familias de los difuntos, señalando los

lugares donde pueden levantarse las nuevas piras. Con una habilidad

profesional y sin más herramienta que una horquilla corta, borra en

pocos instantes los restos de las cremaciones anteriores. Echa al río

los residuos de la leña consumida y las cenizas del esqueleto que

deshizo á palos minutos antes. Los devotos metidos en el agua no se

apartan al ver caer entre ellos estas migajas fúnebres. Continúan sus

pías gesticulaciones, cruzan las manos sobre el pecho, las elevan, beben

sorbos del líquido sagrado. Unos lo tragan; otros hacen buches con él y

vuelven á arrojarlo.

Según me explica el joven empleado, estas cremaciones de la mañana han

sido de muertos cuyas familias pudieron pagar leña abundante. El costo

de una pira modesta es de seis á ocho rupias, lo necesario nada más para

que el cuerpo quede totalmente consumido. Los pobres, cuyas familias

economizan la madera, sólo son quemados á medias. Doblan su cadáver para

que ocupe menos sitio dentro de la pira, lo rompen por la cintura,

pegando las piernas á la mitad superior, y aun así, se consume la leña

muchas veces antes de que el cuerpo esté totalmente carbonizado... Pero

el gnomo terrible, guardián de este lugar, no puede perder tiempo,

necesita espacio para los otros cadáveres que van llegando, y cuando ve

que una hoguera agonizante no puede dar más fuego, echa al río el montón

de cenizas. Y las entrañas solamente chamuscadas, así como los huesos á

medio carbonizar, caen en el santo Ganges junto á los devotos que

continúan sus oraciones y sus tragos rituales.

Este enano indostánico, que se muestra humilde é hipócrita con los que

él considera de casta superior, habla á nuestro acompañante al mismo

tiempo que nos sonríe manteniéndose á cierta distancia, pues sabe que no

debe tocar á los seres elevados ni con el aliento. El joven funcionario

nos explica sus chistes crueles. Clasifica á los muertos como si fuesen

viandas de cocina: en asados, á medio asar y crudos. Él solo respeta á

los bien asados, ó sea á los ricos, que consumen mucha leña. Como la

mayoría de sus correligionarios, este hombrecillo considera uno de los

espectáculos más interesantes que pueden presenciarse en esta vida la

cremación de un cadáver de rajá. Cuando muere alguno de éstos en la

ciudad de Benarés, llegan muchedumbres de largas distancias para

deleitarse con el perfume de la pira de sándalo y otras maderas

preciosas, que va consumiendo lentamente el cuerpo del príncipe,

mientras satura la atmósfera de bálsamos celestiales.

En realidad, este Quemadero de Calcuta no difunde hedores nauseabundos.

Hay en el ambiente un fuerte olor de madera quemada y sólo un lejano

tufillo de carne recién salida del asador. Tal vez sea esto por la

delgadez inaudita de los cadáveres indostánicos. Son esqueletos con

forro de piel. Causa asombro que el cuerpo humano pueda llegar á tal

consunción.

La pequeñez de los cadáveres nos reserva una sorpresa. La primera

cremación va á ser la de la niña cuyo entierro encontramos en una

calleja inmediata. El gnomo, ayudado por unos cuantos hombres de dicho

séquito, empieza á preparar la pira. Colocan, como si fuesen los

cimientos de un edificio, cuatro troncos gruesos que forman un

rectángulo. En el interior depositan simétricamente otros leños más

delgados, y así forman la base de la futura hoguera.

Se oye un graznido continuo de las bandas de cuervos alineados encima de

las arcadas ó que revolotean atrevidamente sobre nuestras cabezas. En

toda Asia abunda el cuervo, como he dicho repetidas veces, pero en

Calcuta resulta un personaje familiar y hay que convivir con él. Son las

once de la mañana y la luz del sol desciende casi verticalmente de un

cielo limpio de nubes. Al calor de su refracción se une el de algunas

hogueras que todavía arden en un extremo de la fúnebre explanada. Este

fuego se hace sentir y no se deja ver. El resplandor solar borra las

llamas. De sus lenguas rojas no se ve más que el hilillo humoso del

vértice.

Cada cortejo ha dejado en el suelo las angarillas de sus muertos,

sentándose en torno á ellas para esperar. Con el encogimiento y la

timidez de un rezagado pobre entra un último entierro. Dos portadores,

un anciano y un niño, sostienen una camilla hecha con ramas y sobre ella

va tendido un cadáver cubierto por un andrajo de hedionda suciedad, que

parece oler á cólera, á peste bubónica, á todas las enfermedades

contagiosas de la multitud indostánica. Tres mujeres marchan detrás del

muerto, envueltas en velos blancos, con los brazos y las piernas llenos

de ajorcas pesadas y de vil metal.

Recibe el enano con hostilidad á esta comitiva miserable. Es un «crudo»

el que llega. Discute con los portadores y les obliga á que esperen con

su muerto lejos de los otros cortejos. El viejo y el niño acaban por

abandonar su camilla y desaparecen. Las mujeres, sentadas en el suelo,

velan el cadáver. Por el borde del repugnante sudario asoma un pie

flaquísimo, y esta especie de garra inferior guarda aún en su tobillo el

envoltorio de un trapo, último vestigio de enfermedad y agonía.

Las tres mujeres, que llevan un adorno de metal en sus narices, tienen

fijas las miradas sobre el relieve del cadáver invisible. Toda su

emoción se denuncia en el agrandamiento de sus ojos. Nadie llora en este

lugar. No veo una sola lágrima. El indostánico ignora que el dolor debe

expresarse con un derramamiento de humores oculares.

Me voy fijando en una particularidad de los diversos cadáveres que

esperan su turno para la cremación. Se adivina su sexo por la envoltura

exterior. Las mujeres tienen depositado un manojo de flores en la

oquedad que se marca entre su vientre y el arranque de sus piernas. A

los cadáveres masculinos les han colocado una piedra en el mismo sitio.

Empieza la ceremonia de la purificación para la niña delgadísima, cuya

familia debe ser bien acomodada á juzgar por su acompañamiento. Y aquí

experimentamos la sorpresa de que hablé antes. Esta muchachita resulta

una hembra de más de treinta años; una madre de familia. Y sin embargo,

aun después de conocer su verdadera edad, ¡nos parece una cosa tan

insignificante bajo su envoltura de gasas y de flores!... ¡Abulta tan

poco su pobre cuerpo!...

El marido, cuya cabeza empieza á grisear, está procediendo á su

purificación. Nos lo muestran de lejos, mientras un barbero le afeita en

la bajada del _ghat_. Los dos se hallan en cuclillas, frente á frente.

Los barberos indostánicos trabajan así. Agarran al parroquiano por una

oreja ó le pellizcan una mejilla, mientras con la otra mano rasuran su

cara y su cráneo.

Este hombre de gesto grave y ojos dilatados y fijos que no saben llorar

paga al barbero su trabajo con unas moneditas de níquel é inmediatamente

se desnuda, quedando sólo con un cinturón que le pasa entre las piernas.

Debe purificarse en el río antes de prender fuego á la pira de su

esposa. Va descendiendo por el _ghat_ hasta quedar con el agua por

encima de los pechos. Ora, sumerge su cabeza, bebe, hace los buches

rituales, y vuelve á subir para vestirse una túnica blanca,

completamente nueva, que dejó en mitad de la escalinata.

Al lado de las angarillas de color rosa está sentado en el suelo un

muchacho como de doce años. Es el hijo de la difunta. Tiene una

expresión de perrito triste que sigue el entierro de su amo. Pero está

mudo; no puede aullar como el otro. Mira con fijeza, sin una lágrima en

las papilas, el cuerpecito de flaca adolescente que marca sus gráciles

contornos bajo el sudario color de rosa.

Una señora que está á mi lado rompe á llorar viendo este dolor

silencioso.

--¡Pobrecito!... ¡Pobrecito mío!

Él vuelve su cabeza, adivinando la compasión, la dolorosa ternura de

estas palabras que no puede comprender. Vemos su tez de canela

aterciopelada, sus ojos negros de antílope agrandados por el dolor. Nos

mira un momento sin expresión alguna. Luego, su vista se desliza,

volviendo otra vez á posarse en el cuerpecito de su madre.

No puede continuar dicha contemplación. Los amigos de la familia han

levantado las angarillas y llevan el cadáver hacia el Ganges, por el

graderío del _ghat_. Cuando á los portadores les llega el agua á la

cintura sumergen la camilla fúnebre. Se lleva la corriente de golpe las

coronas de flores, los manojos de verdura que adornaban el lecho de la

muerta. La gasa se destiñe, formando sobre el agua una gran mancha

purpúrea, como si fuese de sangre.

Esta inmersión hace que se marquen instantáneamente todos los contornos

del cadáver, lo mismo que si estuviese desnudo. Las gasas desteñidas

tienen ahora un color de carne y parecen no existir, adheridas al cuerpo

femenino. Pero este cuerpo ¡es tan poquita cosa!... Parece imposible que

haya podido salir de su interior el adolescente que continúa sentado en

el suelo, mirando con fijeza hipnótica el lugar donde poco antes estaba

la muerta.

Chorreando agua vuelve el cadáver á subir el _ghat_, mientras sus

conductores reanudan el cántico monótono de una hora antes: «_Bolo hari.

Hari bolo._» Lo colocan sobre la base de la pira. Luego el enano y sus

ayudantes van amontonando sobre la difunta nuevos leños, hasta que al

fin completan la pira en forma de edificio, rematándola con una especie

de techo de doble pendiente.

Pasa por el río uno de los vapores blancos. En sus cubiertas van

numerosas señoras rubias con trajes de fina batista y gentlemen de

aspecto elegante. Deben vivir en _bengalows_ de las afueras, con hermoso

jardín, y vienen á Calcuta para hacer sus compras ó para tomar el tren

en la estación inmediata de Howrah. Nadie mira hacia el Quemadero. El

esbelto barco levanta una sucesión de ondulaciones que mecen las

guirnaldas floridas arrancadas al cadáver y la mancha roja de sus velos

desteñidos. Estas ondulaciones chocan con el pecho inmóvil de los

devotos que se bañan en el Ganges; pasan en delgadas láminas sobre el

lomo de los búfalos hundidos en la ribera fangosa.

Contemplamos con angustia los preparativos para la cremación de esta

pobre indostánica, empequeñecida por el dolor y la muerte. No la

conocimos cuando vivía; nunca sabremos su nombre; pero el azar nos ha

unido á ella con un recuerdo sentimental que durará lo que dure nuestra

existencia.

El esposo, entorpecido por el dolor, no sabe cómo debe cumplir sus

funciones rituales. Tal vez no asistió nunca á un entierro en el que

tuviese que figurar como el primero de los acompañantes. A él le

corresponde prender fuego á la pira, dando vueltas en torno de ella para

que el fuego surja de todos lados al mismo tiempo. El horrible gnomo ha

puesto una antorcha en sus manos y le indica lo que debe hacer, con la

suficiencia de un sacristán que asiste á un entierro de primera clase en

las iglesias de Europa.

Se adivina que el pobre marido no ve. Avanza su antorcha y las más de

las veces su llama se pierde en el aire... Pero sus ojos continúan

secos. Al fin el montón de leña empieza á arder. Se escapa entre el

llamear crepitante de la madera tierna una nube de pavesas de las ropas

sutiles. A través de los troncos que se ennegrecen y se rajan vemos algo

semejante á unas ramas blanquecinas, los miembros gráciles de la muerta

que burbujean con el chirrido de la grasa. Arde el cadáver, y entre los

desgarrones de la carne abierta y retorcida por el fuego comienzan á

asomar las aristas rígidas de los huesos.

--¡Vámonos, vámonos!--dice alguien detrás de mí con voz desfalleciente.

Sí, debemos irnos... Y sin embargo, quedamos inmóviles, sin voluntad,

con los pies fijos en el suelo, como el que contempla la lumbre de una

chimenea en las noches invernales y á cada minuto se da á sí mismo la

orden de abandonar el asiento sin conseguir verse obedecido. Sentimos á

un tiempo la atracción de la llama, la terrible curiosidad de las

emociones violentas, el horror de la muerte.

Suena un estallido en el interior de la pira. Es la ruptura del vientre

agujereado por el fuego, el esparcimiento de las vísceras, la dilatación

de los vapores humanos, algo horrible que va más allá de los leños

ardientes y cae en el suelo. Pero el enano se mantiene cerca de las

llamas, con una previsión de técnico, y recoge velozmente todo lo que el

fuego expelió, volviendo á arrojarlo en la hoguera. Ha llegado la hora

de irnos. ¿Para qué seguir contemplando la cremación de los otros?...

¡Adiós, madre calcutana, pequeña como una niña, que nunca conocimos y

recordaremos siempre!

El gnomo, que sabe calcular el curso de las incineraciones, ha

abandonado esta pira, juzgando inútil su presencia, y se ocupa en

levantar otra, discutiendo con los acompañantes del difunto sobre la

clase y el precio de la leña.

En el patio exterior volvemos á encontrar las tres mujeres sentadas en

el suelo en torno á la camilla de la que surge el pie enjuto con su

vendaje de harapos.

Sus portadores, el viejo y el niño, aún no han vuelto. Buscan sin duda

en su barrio, inútilmente, almas piadosas capaces de darles una limosna.

No encuentran con qué pagar la leña que está esperando este infeliz

indostánico, pobre en el curso de toda su obscura historia, pobre hasta

más allá de la muerte.

La igualdad ante la nada final sólo existe físicamente. Los hombres se

han encargado de suprimir esta igualdad consoladora, prolongando basta

el interior del misterio de la muerte las desigualdades de nuestra

jerarquía social. En este pueblo se muere según la leña que se puede

comprar. En otros de Asia, según los objetos de cartón destinados á

embellecer la vida ultraterrena. En nuestros países civilizados, según

las ceremonias y pompas pagadas que se desarrollan ante las tumbas, con

un carácter de supuesta espiritualidad.

Dejo caer cinco rupias sobre el sudario hediondo y contagioso que cubre

á este cadáver.

Las tres mujeres levantan la cabeza y me miran con unos ojos secos,

dilatados por el asombro. ¡Un blanco preocupándose de un pobre

indostánico de casta inferior!... Mi acción inesperada, incomprensible,

parece impresionarlas más que la vecindad de la muerte.

FIN DEL TOMO SEGUNDO

ÍNDICE

_Págs._

I.--EN MUKDEN.--Caballitos manchures y perros siberianos.--Un

desierto de nieve por cuya posesión

se mataron 154.000 rusos y japoneses.--La dinastía

de «Los Muy Puros» y sus mausoleos.--El frío, maestro

de humildad.--Las escalinatas chinas y «el sendero

imperial».--La chiquillería pedigüeña de las estaciones.--Un

gendarme que pega.--Indignación patriótica.--La

incoherencia de los demonios blancos. 5

II.--LA LLEGADA Á PEKÍN.--Los bandidos chinos y

los trenes-fortalezas.--Una mala noche.--El imperio

del bambú soberano y de la paliza paternal.--5.000

años de historia conocida.--Recordando á Marco

Polo.--Los cuatro grandes héroes de la Geografía.--_Micer

Millones._--Cómo por obra de Marco Polo salieron

Colón y los navegantes españoles hacia Pekín,

para visitar al Gran Kan, y dieron con la ignorada

América.--El despertar en Tien-Tsin.--Los chinos

elegantes.--Agricultura sabia y campos de tumbas.--Una

puerta de diez siglos con telegrafía sin

hilos. 19

III.--LAS TRES CIUDADES DE PEKÍN.--La forma

geométrica de Pekín.--La ciudad china, la ciudad

tártara y la ciudad prohibida.--El edificio chino y la

tienda de campaña.--Los geomantes y sus adivinaciones.--Los

espíritus del Viento y del Agua.--La

cuarta ciudad.--El barrio de las Legaciones y sus

tropas visibles y ocultas.--La seguridad de las calles

de Pekín y la policía china. 32

IV.--SINGULARIDADES DE LA VIDA CHINA.--La

ciudad más grande del mundo.--Las antiguas calles

y sus muchedumbres.--Casas, muebles y gorros.--Los

casamientos.--Los pies de las chinas.--Vanidad

con que las mujeres á estilo antiguo aprecian

su deformación.--Las damas manchures.--La cocina

china y sus horripilantes picadillos.--Vinos de animales.--Los

cocineros chinos esparcidos por el mundo.--Sus

caprichos de artista.--Lo que vió una dama

al bajar á su cocina, y la respuesta del cocinero para

que todos quedasen contentos. 44

V.--TEMPLOS Y FILÓSOFOS.--El templo del Gran

Lama.--La capilla secreta.--Un milagro.--Doctores

y bachilleres en armas.--Laotsé y Confucio.--El templo

de Confucio y el Salón de los Clásicos.--Culto de

la República china á Confucio.--El templo del Cielo.--El

simbolismo del número 9.--La ceremonia imperial

en el solsticio de invierno.--El templo de la Agricultura.--Cómo

araba todos los años el Hijo del Cielo.--Progreso

de la agricultura china hace miles de

años.--Su abono predilecto y más precioso.--Cómo

se produce públicamente en calles y caminos. 57

VI.--LA CIUDAD PROHIBIDA.--Los mares y las montañas

de los jardines imperiales.--La «Montaña del

Carbón».--El árbol sentenciado á cadena perpetua

por lesa majestad.--Los guardianes de la República.--Los

grandes patios de mármol y sus ríos.--Los

tesoros del Hijo del Cielo.--Las recepciones solemnes

en la Sala de la Gran Reunión.--Todo Pekín

visto desde el trono.--Los dueños alados y definitivos

de la Ciudad Prohibida.--Robos de las tropas

civilizadoras.--Un museo formado con lo que dejaron

ó lo que devolvieron.--La ironía de los chinos.--«Nosotros

los salvajes». 72

VII.--EL PALACIO DE VERANO.--La retratista de la

emperatriz.--La mentalidad de una soberana china.--Los

hermosos camellos de Pekín.--Las murallas de

la capital y su antigua artillería.--Maravillas del Palacio

de Verano.--El «lago-mar».--El famoso Navío

de Mármol.--Un puerto de comercio improvisado,

para que el Hijo del Cielo se disfrazase de vagabundo.--Robo

de dos azulejos.--El feliz «triángulo» imperial.--El

joven ex emperador y el presidente de la

República. 86

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 23 / 24 段