atención por ser el más gordo del buque; inglés rubicundo, alto y
cuadrado, con un peso de 110 kilos. Al bajar en Batavia le picó una
mosca, sin que en el primer momento diese importancia alguna á este
incidente. En el trayecto de Java á Singapore la simple picadura se
enconó como si fuese de un reptil venenoso y anoche ha muerto
completamente desfigurado, con las facciones tumefactas y ennegrecidas.
Esto no es extraordinario. En los países tropicales, insectos en
apariencia inofensivos transmiten infecciones de muerte.
Este pobre _steward_ es el segundo que cae en nuestro viaje. El joven
americano que vino moribundo de Pekín á Shanghai ha conseguido salvarse
en la enfermería del buque. Aún está convaleciente y no baja á tierra.
Tal vez termine su viaje alrededor del mundo sin ver otra cosa que
puertos de ciudades lejanas y extensiones desiertas de Océano, pero
habrá conservado su vida. Este atleta rubicundo y alegre, que durante la
última guerra sirvió en varios buques que fueron torpedeados, salvándose
de la explosión mortal y de las llamas del incendio, ha caído finalmente
por obra de una mosca de Java y está abajo, negro como si su cadáver
fuese de carbón, putrefacto en breves horas, siendo una amenaza para la
existencia de los demás, un foco de contagios exóticos é inexplicables.
No quiere el comandante que se divulgue la noticia de tal defunción. La
vida ordinaria del paquebote debe continuar como todos los días. Los
pocos viajeros conocedores del suceso seguimos á las gentes del buque
que disimuladamente se dirigen hacia la popa por los corredores
destinados al servicio.
Hay en el _Franconia_ toda una parte que ignoran los pasajeros: galerías
por donde puede correr la marinería de popa á proa, sin necesidad de
atravesar los salones y escalinatas de lujo. Con estas galerías se
comunican los departamentos de máquinas, los depósitos de víveres, las
cocinas y otras dependencias. Son como los pasadizos y escaleras de
servicio que existen en los grandes hoteles.
Nos deslizamos por una puertecita generalmente inadvertida y caemos en
pleno movimiento de las gentes que sirven las múltiples necesidades de
este palacio flotante. Los _stewards_ marchan todos hacia la popa
rápidamente, deseosos de que no se percaten de su ausencia los señores
que están arriba. Llegamos á un amplio espacio descubierto por tres de
sus caras y con techo, situado sobre el timón, en la parte más saliente
de la popa. Cerca están los talleres de lavado, y las mujeres que
trabajan en ellos suspenden sus operaciones para unirse á la fúnebre
despedida.
Muchos pasajeros han comprado pájaros en los puertos del Extremo
Oriente, entregándolos á hombres de la tripulación para que los cuiden
fuera del ambiente de sus camarotes, y es en este lugar donde permanecen
guardados dentro de jaulas pendientes del techo. Surge de ellas un
continuo trino de canarios y calandrias que la paciencia china convirtió
en incansables cantores.
Se van agrupando en dicha parte del _Franconia_ unos trescientos
hombres. Todos llevan su uniforme azul de gala, con botones dorados,
ropa que les hace sudar en esta mañana cálida. El capitán llega seguido
del estado mayor del buque y se sitúa junto al féretro. Es un cajón de
madera blanca construído horas antes. Una bandera lo cubre por entero
con sus rayas de colores. Lo han depositado sobre una tabla colocada en
el mismo borde de un portalón abierto en la barandilla. No hay más que
hacer un movimiento de palanca, y el féretro, arrastrado por la pesadez
de los hierros encerrados en él, se irá á fondo inmediatamente.
Uno de los oficiales, encargado de las lecturas religiosas todos los
domingos, recita las oraciones propias del acto. Varios grumetes van
distribuyendo libros entre el compacto gentío: volúmenes de salmos,
encuadernados en chagrín negro.
Suena una música dulce y quejumbrosa. La orquesta del buque permanece
invisible en esta aglomeración de hombres que escuchan con la frente
baja. Todos abren su libro y se inicia un canto religioso, un coral de
numerosas estrofas, que se prolonga media hora. Ya dije que esta gente
canta bien, y la melancolía de sus voces, el lamento de los violines, el
féretro embanderado que cada vez se inclina más sobre el abismo, la
extensión azul y dorada del mar desierto, un cielo por cuyo horizonte
resbalan lentamente montañas de vedijas blancas, todo da un interés
emocionante al triste episodio de nuestro viaje.
Las aves que penden del techo, enardecidas por este coro de centenares
de voces se unen á él lanzando trinos ruidosos. Cantan con una energía
que eriza sus plumas é hincha sus gargantas como si fuesen á
desgarrarse.
De pronto un chapuzón en el mar, una pequeña columna de espuma que
asciende recta como un surtidor. Obedeciendo á un leve signo del
comandante, los marineros han dejado caer el féretro cuando menos lo
esperábamos. Nadie se mueve; continúa el cántico. El _Franconia_, que
había aminorado su marcha, vuelve á agitar las hélices á toda velocidad.
Ya debe estar el muerto muy lejos de nosotros, pero siguen los lamentos
musicales por su eterno reposo.
Cesa al fin el salmo fúnebre. Las trompetas lanzan un toque marcial
indicando que la energía y el trabajo diarios para vencer al peligro van
á reanudarse. Los grumetes recogen en cestos los libros de plegarias. El
capitán y sus oficiales saludan y se retiran. Todos van á despojarse
apresuradamente de sus uniformes azules para recobrar las prendas
blancas de diario. A los pocos minutos me veo solo en este lugar donde
se aglomeraban tantos hombres.
Vuelven á funcionar las máquinas del taller inmediato, exhalando un olor
de ropa mojada y lejía batida. Las mujeres de brazos arremangados mueven
otra vez sus planchas. Y los pájaros, dentro de sus cárceles
balanceantes, siguen cantando furiosamente, excitados aún por la música
humana que vino á interrumpir sus conciertos solitarios.
El mar es al día siguiente de un verde amarillento; horas después se
hace rojizo, y al final toma un color terroso tan denso, que nuestro
buque parece deslizarse por una llanura. Hemos entrado en el Irrawady,
río de Rangoon, y debemos remontarlo muchas millas hasta llegar al sitio
donde fondean los trasatlánticos de importancia, no pudiendo ir más
adelante. El canal navegable está marcado por dos filas de boyas y los
buques trazan grandes revueltas al seguirlo.
Las riberas son amarillas y bajas, con estrechas zonas de fresco verdor.
A largos trechos hay grupos de árboles que indican la existencia de
casas invisibles. Pasan cerca de nosotros barcas pintadas á cuadros
blancos y negros, y sus tripulantes, medio desnudos, mueven unos
canaletes terminados por paletas completamente redondas. Algunas veces
el grupo de árboles deja ver las techumbres de paja de un pueblo y sobre
ellas una pirámide en forma de campanilla, que es el adorno central de
todas las pagodas birmanas. En las ciudades esta misma pirámide se halla
cubierta de oro. Aquí es blanca, con una costra de cal cuidadosamente
mantenida.
Con el desplazamiento de su volumen dentro de esta agua canalizada,
levanta nuestro vapor grandes olas entre su casco y la orilla. Veleros
de arboladura mixta, medio asiática y medio europea, que se deslizan en
dirección opuesta, cabecean con violencia, cual si hiciesen frente á una
tempestad. Las olas cortas y continuas no les dan tiempo para levantarse
y volver á caer rítmicamente, como en el mar. Pero la marinería malaya
no presta atención á tales sacudidas, que hunden el extremo de su proa,
y acodándose en las bordas contempla inmóvil el paso de nuestro
trasatlántico.
Anclamos en el fondeadero de Hastings, lejos de Rangoon. Sus edificios
modernos y las cúpulas de oro de sus pagodas se ven algo esfumados por
encima de las arboledas de los jardines. Unos vaporcitos nos llevan á la
ciudad, navegando á través de numerosos paquebotes y veleros que han
podido avanzar más en el río, anclando según su calado.
Al saltar á tierra nos damos cuenta de que acabamos de entrar en un
mundo distinto á los que conocimos en anteriores escalas. Estamos en la
India; pero una India más colorinesca y alegre que la famosa y
tradicional que veremos semanas después.
Birmania es la última adquisición de los ingleses en el Oriente índico.
Hace unas decenas de años nada más aún existía un reino de Birmania. Al
anexionarse Inglaterra á este país, su capital, Mandalay, situada en el
interior, á veinticuatro horas de ferrocarril, ha perdido su antigua
importancia. Rangoon, puerto principal de todo el Este del golfo de
Bengala, absorbe la vida de los países inmediatos.
No se nota aquí el cosmopolitismo de Singapore. Los habitantes son
puramente birmanos. Pero la importancia religiosa de la ciudad, á causa
de la célebre pagoda llamada Shway Dagon, atrae numerosos peregrinos de
todos los países budistas, hasta de las provincias más interiores de la
China.
El budismo es una religión en decadencia. Posee aún centenares de
millones de adeptos porque la China y el Japón abrazaron las doctrinas
del innovador Gautama. Pero este sacro personaje, nacido en la India,
después de ver aceptados sus dogmas en su propia patria quedó vencido
por el brahmanismo, que se rehizo de su primera derrota, reconquistando
finalmente la mayor parte del país.
Hoy sólo quedan dos centros del budismo en toda la India: Ceilán y
Birmania. En Ceilán está la ciudad de Kandi con su pagoda, que guarda un
diente de Buda. En Birmania los peregrinos van á Rangoon para visitar la
Shway Dagon, edificada sobre tres cabellos del sacro personaje.
A pesar de que son muchísimos los peregrinos que llegan de la China, del
Tibet y otros países lejanos, apenas se nota su presencia, por quedar
como sumergidos en la gran masa birmana.
La muchedumbre de Rangoon agrupada en las calles es habladora,
comunicativa, y siente curiosidad por todo. Ama los colores vistosos y
los emplea con preferencia en sus trajes. Fanáticamente budista,
considera el estado sacerdotal como el más perfecto, y procediendo
lógicamente, todos los rangoneses procuran ser bonzos, aunque sólo sea
durante un corto período de su juventud. Los hombres antes de casarse se
agregan á cualquiera boncería, llevando una existencia semejante á la de
los novicios en un convento católico. Lo que les importa es poder
afeitarse la cabeza por entero, al modo sacerdotal, y llevar como
vestidura una tela de varios metros arrollada al cuerpo, lo mismo que la
antigua toga romana. Como este hábito tiene un tinte de azafrán fuerte
y vistoso, la enorme cantidad de bonzos perpetuos ó circunstanciales
refuerza el aspecto multicolor de las muchedumbres.
Los hijos de familia acomodada son pequeños bonzos de exterior pulcro,
con anteojos de concha los más de ellos y manto de azafrán muy amarillo,
que tiene de lejos el color del oro. Los bonzos mendicantes,
extremadamente delgados, ofrecen un aspecto grotesco por el abultamiento
de su vientre. Cuando pasan ante una tienda desenvuelven su manto
descolorido y revelan el misterio de su incomprensible obesidad sacando
á luz una olla de metal en la que van recogiendo las limosnas de los
devotos; su única comida.
Una particularidad del pueblo birmano, que no se repite en ningún otro
de Asia, es la supremacía que gozan las mujeres sobre los hombres. Esta
superioridad ha servido para que la birmana sea de inteligencia
despierta, con una gracia algo maligna y gran habilidad para el manejo
de los negocios.
Muchas de las tiendas de Rangoon están dirigidas por mujeres. En las
calles hablan á los hombres con voz fuerte y una expresión autoritaria.
La esposa marcha siempre delante, seguida del marido. Además, según me
dicen, son ellas muchas veces las únicas que ganan dinero para el
sostenimiento de la familia. Esto resulta extraordinario en Asia luego
de haber visto la japonesa y la china, criaturas supeditadas
completamente al hombre. En el resto de la India la mujer es tan esclava
del marido, que hace menos de un siglo todavía se quemaba sobre la pira
sepulcral de éste, por considerarse incapaz de continuar viviendo sin su
apoyo. Hoy seguiría quemándose lo mismo, si lo permitieran las
autoridades inglesas, pues la viudez representa para la indostánica el
más horrible y absoluto de los olvidos.
La mujer birmana es de ojos negros, algo oblicuos, pero más grandes y
saltones que los de otras asiáticas. Como puede expresarse libremente,
esto comunica á sus palabras y actitudes cierto atrevimiento incitante.
Todas ellas resultan un poco cabezonas, pero tal vez sea á consecuencia
de su tocado, que consiste en un gorrito redondo de terciopelo, con una
gran rosa blanca de perlas que cuelga por el lado derecho, y la
cabellera en bandós muy ahuecados. Además, todas son de pequeña
estatura, y sus miembros algo gráciles no armonizan bien con la amplitud
de su busto.
Su boca es más atractiva que las de muchas asiáticas--especialmente las
javanesas--, porque no masca el betel, que hincha los labios, ennegrece
los dientes y escoria las encías. En cambio, las birmanas se entregan á
otro vicio que hace apestante su aliento. Todas ellas son fumadoras,
terriblemente fumadoras, como no lo es ningún hombre.
Ignoran el cigarrillo y desconocen también el cigarro de forma elíptica
que usan los occidentales. Lo que ellas fuman á todas horas es un
cilindro de hojas de tabaco muy apretadas, igual por sus dos extremos,
largo más de un palmo y con el grueso de un barrote de silla. Tan enorme
es el diámetro de estos cigarros, que toda birmana, por grande que tenga
la boca, debe abrir mucho las mandíbulas y poner los labios en círculo
para abarcar con ellos su final, lo que da un aspecto cómico á las
chupadas de la fumadora. Y como son un poco enanas, según ya he dicho,
parece que vayan adheridas á sus enormes cigarros y que éstos tiren de
ellas.
Unas llevan arrolladas á sus piernas piezas de seda con flores pintadas;
otras usan pantalones anchos como las chinas. Su busto lo cubren con una
camiseta corta que deja visible por arriba el arranque de los pechos y
muestra por abajo, entre las dos prendas, un reborde de la carne del
talle. Su tocado consiste unas veces en el gorrito obscuro, con la rosa
de falsas perlas pendiente á la derecha, y otras en un rodete de adornos
blancos sobre el peinado, que huele á jazmín.
La libertad de que gozan va acompañada, según dicen, de excesos y
abusos. Como vieron desde pequeñas dentro del hogar la superioridad
autoritaria y algo despectiva de la madre sobre el padre, continúan
menospreciando al hombre, por creerlo inferior, y lo reemplazan con
demasiada frecuencia. Todas aman la música, la danza, los cantos, y la
ilusión de muchas de ellas es poder ingresar en las compañías de baile y
de juglares que circulan por el país.
Apenas damos unos cuantos pasos en un jardín vecino al desembarcadero,
salen á nuestro encuentro las especialidades animales de la India. Oímos
la estridencia de diversas gaitas surgiendo de los grupos de naturales
situados en las aceras inmediatas. Los domadores de serpientes,
acurrucados sobre el asfalto, hacen sonar sus plañideros instrumentos,
mientras del semicírculo de cestos que tienen ante ellos van surgiendo
reptiles de cuello hinchado.
Aquí los serpenteros son más numerosos que en Singapore. Los hay de
todas las edades. Unos adolescentes, gritones y confianzudos, agarran la
terrible cobra con sus dos manos y vienen hacia nosotros para que la
contemplemos de cerca. Estos novicios deben haber heredado de sus padres
la colección de reptiles que les proporciona el arroz.
Hay cobras que se agitan medio adormecidas, con el aire del que cumple
maquinalmente una obligación diaria. Otras parecen furiosas, y sus
dueños las tratan con visibles precauciones, rehuyendo los golpes que
les tiran á las manos con su boca silbante. Todos creen que estos
hombres arrancan á sus reptiles los colmillos venenosos y emplean además
con ellos otros procedimientos para dominarlos. Así será, pero los tales
medios no deben ser perfectos, ya que todas las semanas hablan los
periódicos de la muerte casi fulminante de alguno de estos encantadores
á consecuencia de un mordisco de sus pupilas.
Empleamos algún tiempo en presenciar tales danzas. El calor es sofocante
en las calles; las moscas pululan sobre las aceras, se suben por la piel
rugosa de las serpientes, picoteando sus escamas verdes, blancas y
rojizas, se pasean por la gorguera inflamada de su cuello hinchado y
luego vienen hacia nosotros. ¡No!... ¡Vámonos!
En el centro del jardín suenan gritos de regocijo y acude corriendo la
gente. Vemos sobre las cabezas de la muchedumbre el lomo gris y redondo,
el cráneo prehistórico, con rudas oquedades y aristas, de varios
elefantes.
Rangoon es la ciudad de los elefantes, y para nuestra diversión han sido
enviados al jardín los más célebres por su inteligencia.
Horas después, al visitar los alrededores, vemos los grandes depósitos
de madera, principal industria de la población. Es madera pesadísima,
troncos cortados en el interior de Birmania que tienen la dureza del
hierro. Los elefantes se encargan de acarrear estas piezas y colocarlas
en ordenados montones. No podrían realizar los hombres dicho trabajo con
la rapidez y la facilidad que lo ejecutan ellos. Todos llevan una
especie de cincha de la que pende una cadena rematada por un gancho. Así
toman los enormes maderos de la orilla del río y los arrastran hasta el
aserradero. Cuando deben colocarlos en pilas los levantan con su
trompa, y realizan tal labor sin vacilación alguna.
Se ha exagerado algo la inteligencia de este animal al querer igualarla
con la del hombre. Sin embargo la creo muy superior á la del resto de
los animales. Es un poco tarda, un poco espesa en su curso, pero se
desenvuelve indudablemente siguiendo un encadenamiento de raciocinios
lógicos.
Las dos parejas de elefantes que salen á nuestro encuentro en el jardín
del desembarcadero son cuatro celebridades, que muestran una
superioridad de artista sobre los cientos de camaradas empleados en los
depósitos de maderas. Cada uno de ellos sostiene sobre su lomo á un
indio que le habla cariñosamente y lleva las manos libres, sin emplear
el bastón de que se valen otros conductores para hacerse entender.
Han arrojado una pelota de fútbol en medio de la pradera, y los
elefantes se mueven con una ligereza extraordinaria, dada la pesadez de
su especie, enviándose aquélla con la trompa y recogiéndola igualmente
antes de que toque el césped. Las evoluciones de este juego nos hacen ir
de un lado á otro, deseosos de no perder detalle y evitando al mismo
tiempo que nos pille un pie cualquiera de estas patas redondas como
torres que dejan profundas huellas en la hierba.
Unos trabajadores de la ciudad traen pesados maderos, y estos animales
los manejan con su trompa á la voz de mando de sus conductores. Dos de
ellos agarran un largo tronco por sus extremos para subirlo y bajarlo
acompasadamente. Otros trabajan solos y un madero de varios quintales lo
hacen girar con la ligereza de un bastoncillo.
Llama mi atención la muchedumbre que se ha ido aglomerando en torno á la
pradera. Los naturales de Rangoon, siempre ociosos y callejeros,
sienten excitada su curiosidad por esta fiesta extraordinaria.
Las mujeres no muestran interés por los elefantes y siguen su camino,
dando chupadas al enorme cigarro. Los hombres miran tales juegos con un
entusiasmo infantil.
Casi todos estos varones son de gran belleza física. Aquí empieza á
verse el hombre blanco, perfectamente blanco, que existe en la India
entera, mezclado con otros indostánicos cobrizos y casi negros.
Representa el tipo ario ideal, que tal vez sólo existió en la
imaginación de algunos autores.
Vestidos con una especie de sábana blanca arrollada lo mismo que una
toga, recuerdan las figuras escultóricas de la antigüedad helénica.
Todos llevan pendientes, pero con una abundancia que no deja sin
aprovechamiento ninguna de las prominencias de su rostro. Empiezan por
colgarse dos de cada oreja: uno en el lóbulo y otro en lo alto del
pabellón auricular. Después de colocados estos cuatro adornos todavía
sitúan en su cara un quinto pendiente, colgándolo de una aleta de sus
narices ó de un agujero que perfora su tabique central. Además, estos
hombres, blancos y hermosos, que no tienen ningún aspecto femenino, y
cuyo perfil aguileño recuerda el de muchos héroes, llevan la cabellera
larga y enroscada en forma de rodete sobre la cúspide de su cráneo.
El ansia de ver mejor les hace avanzar, estrechando su círculo, quitando
terreno al escenario de la fiesta, y lo que es más grave, mezclándose,
no obstante su inferioridad de raza, con todos nosotros. Presiento que
esto va á acabar mal.
La autoridad anglo-india no puede tolerar un olvido tan insolente de la
diferencia de castas. Acompañando á nuestros grupos se mueven dentro
del jardín varios policías indostánicos, barbudos y con turbante.
Igualmente vienen con nosotros desde que desembarcamos, ciertos
individuos de casco blanco y vestimenta civil, que tienen la tez sucia
del mestizo y su aire vanidoso. Como bastón llevan un vergajo. Son de la
policía secreta.
De pronto se dan cuenta de este avance del público indígena y marchan
contra él dando gritos de cólera. Empujan á los grupos, y á pesar de que
retroceden obedientes, levantan sus vergajos para acelerar la retirada
general, repartiendo golpes á mansalva.
Los hombres más hermosos y esbeltos de la tierra huyen murmurando
protestas, cual si fuesen niños. Sus vestiduras blancas aletean
ridículamente con la precipitación del miedo. Un poco más allá vuelven á
detenerse con pueril indecisión, temiendo los garrotazos de sus
compatriotas al servicio de los ingleses, pero sin querer privarse de
presenciar los juegos de los elefantes.
Siento indignación ante tal atropello. Indios que pegan á los indios...
¡miserables!
Luego pienso en Europa, donde la policía blanca golpea igualmente á los
blancos.
XXI
LOS TRES CABELLOS DE BUDA
El aspecto de Rangoon.--Los Lagos Reales y sus peces
sagrados.--Europeos de Rangoon que no han visitado nunca la pagoda
de los tres cabellos de Buda.--Miedo á las muchedumbres de
peregrinos.--El orgullo británico y los pies desnudos.--Un entierro
de fanáticos de Madrás.--El templo más antiguo del mundo.--La
interminable escalera, su mercadillo y su basura.--La montaña de
oro, centro de la meseta sagrada.--Pagodas, pagodones y
pagodines.--Gran variedad de imágenes de Buda.--Mi amigo el joven
bonzo.--Cosas horripilantes y curiosas que me enseña.
Las calles de Rangoon ofrecen una novedad para el viajero que llega del
Extremo Oriente. No se ve en ellas ninguna _ricsha_. Después de
Singapore el hombre ya no sirve de bestia de tiro á sus semejantes.
Abundan los animales en la India, y el caballo ó el buey resultan más
baratos para la tracción que el brazo humano. El indostánico es de
musculatura débil, y se necesitan varios de ellos para hacer el mismo
trabajo que realiza fácilmente un chino ó un japonés. Como los
rangoneses son budistas, no existen aquí animales sagrados, y el buey
tira de los carromatos y hasta va enganchado en parejas á una especie de
tílburi ligero que usan las familias del país y tiene como toldo una
sombrilla de cartón pintado.
Empiezan á encontrarse carruajes de alquiler arrastrados por caballos,
lo mismo que en Europa; pero estos vehículos tienen un aspecto
indostánico. Son una especie de landós cerrados, y su madera guarda el
color natural bajo una capa de barniz. El cochero, sentado en un
pescante muy alto, lleva grandes barbas y usa el mismo gorro que los
policías sikis. Los haces de hierba para el pienso de sus dos bestias
los guarda previsoramente amontonados en el techo del carruaje. También
hay automóviles de alquiler, y estos vehículos los emplean con
preferencia los viajeros que no quieren encerrarse en coches birmaneses,
cuyos caballos marchan con soñolienta lentitud.
Visitamos la parte moderna de la ciudad, los barrios construídos por la
dominación británica, vaga copia de la metrópoli tal como puede
recordarse á una distancia de miles de leguas.