más leve soplo de la brisa y parecen conversar entre ellos con el
frotamiento de sus menudas hojas. Estas cañas enormes son de diversos
colores: amarillas, negras, moteadas. Todas las variedades de la palmera
existen aquí igualmente, desde las de fuste grácil y ligero surtidor de
ramas, que se inclinan con una gracia infantil, hasta las de tronco
redondo y alto como una torre, que desafían erguidas los huracanes del
tornado. Vemos también una gran variedad de lianas semejantes á madejas
de reptiles adormecidos.
Una colección célebre de orquídeas nos desorienta á causa de sus
bizarras formas, y no sabemos finalmente con certeza si son flores ó
parásitos monstruosos. En cambio, vemos en una sección zoológica pedazos
de madera en apariencia medio podridos, hojas secas, grumos de detritus
vegetal que son en realidad insectos. Estos seres vivos, de admirable
mimetismo, adoptan la forma de la basura de la selva y permanecen
inmóviles para no alarmar á sus presas, sorprendiéndolas mortalmente.
Al abandonar Java nos damos cuenta de la incongruencia que existe entre
la fealdad del puerto de Tandjong-Priok y las bellezas interiores de la
isla. Viendo estos muelles tostados por el sol y su continuación de
terrenos pantanosos y selvas bajas, que son como nidos de la fiebre,
nadie puede sospechar los paisajes paradisíacos que empiezan á
desarrollarse cuando se penetra una docena de millas tierra adentro.
Entre Java y Singapore la travesía resulta tan plácida como si
navegásemos por un río. El _Franconia_ va partiendo aguas verdes, con
islotes de vegetaciones flotantes.
Avanzamos teniendo á la derecha la isla de Banka y á la izquierda la
enorme Sumatra, que figura con Borneo como las dos posesiones más
extensas de Holanda. Tan grandes son estos macizos insulares, que una
parte de su interior se halla en estado salvaje y los holandeses tienen
que mantener una actitud defensiva ante muchas de sus tribus. Siempre
que estos indígenas irreductibles encuentran ocasión, le cortan la
cabeza al blanco para guardarla como el mejor de los trofeos. También se
repiten los casos de canibalismo, á pesar de los esfuerzos de las
autoridades para extender las costumbres civilizadas. En estos países,
situados bajo la línea ecuatorial, el europeo colonizador no hace más
que pasar, siéndole imposible vivir muchos años á causa del clima y las
enfermedades. En realidad son factorías más que colonias, ya que el
blanco no puede reproducirse en ellas ni crear una familia estable.
En el llamado estrecho de Gaspar, las dos costas de Banka y Sumatra se
aproximan de tal modo, que el mar parece un río. Entre ambas riberas se
extienden fajas de baba amarillenta, espuma sucia de un canal en el que
permanecen como enredadas las inmundicias traídas por las corrientes del
Océano libre.
Nuestro paquebote marcha con cierta precaución, á causa de la escasa
profundidad. Cuando salimos de un estrecho es para entrar en otro ó ir
pasando á través de islas é islotes de pequeños archipiélagos. El mar
tiene un verde claro de pradera que denuncia el poco fondo de sus aguas.
A trechos se esparcen sobre este color verde grandes manchas de un
blanco lácteo, reflejo de los campos de arena submarinos.
Singapore es la puerta del Extremo Oriente. Al pasarla habremos dejado á
nuestras espaldas la parte del mundo más distinta á Europa. Al otro lado
del estrecho de Malaca vamos á encontrar la India, mas esta tierra ya no
pertenece al Extremo Oriente y debe llamársela simplemente Oriente.
Es cierto que sus diversos pueblos se diferencian en costumbres y
religiones de los países europeos; pero no han vivido miles y miles de
años ignorados de nosotros como el Japón, la China y las agrupaciones
malayas. Alejandro llevó la cultura griega á este Oriente indostánico.
Los hombres de nuestra antigüedad conocieron la India y tuvieron
noticias de las diversas civilizaciones desarrolladas á orillas del
Ganges. Los nautas árabes mantuvieron durante la Edad Media la
comunicación de Europa con el citado Oriente indostánico, aunque ésta no
resultase directa. Fué á partir del estrecho de Malaca, ó sea del
presente Singapore, donde empezaba la noche y la ignorancia para
nuestros pueblos. Nadie sabía nada cierto sobre Catay y Cipango, el
actual Extremo Oriente.
Al aproximarnos á Singapore vemos en estrechos y canales un enjambre de
pequeños buques de cabotaje, pertenecientes á la marina malaya. Estos
navegantes tradicionalistas han copiado en sus barcos las arboladuras de
la marina de los occidentales, pero sus cascos, aunque construídos
igualmente por un procedimiento moderno, conservan siempre la popa más
alta que la proa, lo que les da cierto aire de carabelas, disfrazadas de
bergantines y goletas.
Como nuestro mundo ha vivido docenas de siglos prestando sólo atención á
los grupos humanos de la vertiente atlántica, sin sospechar siquiera lo
que ocurría en la vertiente del Pacífico, la mayoría de las gentes que
merecen el título de ilustradas ignoran en la actualidad lo que fueron
los malayos como marinos y sus servicios á la civilización. Cuando Vasco
de Gama, después de navegar solitariamente por las costas de África, fué
avanzando en el mar de las Indias, quedó asombrado de la cantidad de
buques asiáticos que pasaban á su vista. Estos argonautas de un mundo
distinto al nuestro tenían sobrado espacio para comerciar sin salirse de
sus mares, y si alguna vez llegaban á deslizarse por las estrechuras del
mar Rojo, una barrera sólida les cerraba el paso, repeliéndolos hacia
otros rumbos.
Los malayos fueron los fenicios del Pacífico. De conocerse la historia
de sus periplos podrían haberse escrito, basándose en ellos, numerosas
odiseas. Según varios autores que estudiaron á fondo las tradiciones de
esta raza de mercaderes y corsarios, la _Historia de Simbad el Marino_ y
otras muchas aventuras marítimas que figuran en _Las mil y una noches_
no son más que relatos de proezas de malayos adoptadas por los
navegantes árabes, discípulos y continuadores de aquéllos.
A falta de una historia detallada y sólida, nos sirve para adivinar los
antiguos viajes de los navegantes malayos la actual existencia de grupos
de su misma raza en los lugares más distantes del Pacífico. Los
argonautas amarillos construyeron sus primitivas flotas en estas riberas
de Sumatra que vamos costeando. De aquí se lanzaron á piratear y
comerciar por toda la inmensidad marítima que se ofrecía á las proas de
sus barcos con ojos, cuando aún vivían la mayor parte de los europeos en
pleno salvajismo.
Los habitantes de Madagascar son malayos de origen, lo que demuestra que
por el Este llegaron éstos hasta las costas de África. Una gran parte de
los pobladores del Japón actual son igualmente de origen malayo, lo que
marca sus navegaciones hacia el Norte. Los indígenas del archipiélago de
Hawai y otras islas oceánicas, situadas más allá de la mitad del camino
entre Asia y América, también son malayos. ¿Por qué razón estos
vagabundos del mayor de los Océanos, que realizaron la parte más grande
y difícil de su travesía llegando á dichas islas y estableciéndose en
ellas, no pudieron continuarla desembarcando en América, como uno de los
varios pueblos que según las tradiciones americanas se extendieron de
Norte á Sur, miles de años antes de la llegada de los conquistadores
españoles?...
Estos malayos de ahora que pasan en sus buquecitos anticuados junto á
nuestro paquebote ignoran completamente las hazañas de sus antecesores.
Hasta hace medio siglo eran piratas, pero una continua persecución les
ha obligado á llevar la existencia de pobres marineros de cabotaje, sin
audacias y sin ambiciones.
Singapore es la obra de sir Stamford Raffles, funcionario enérgico que á
principios del siglo XIX se apoderó de todas las islas holandesas,
gobernando en Batavia á nombre de Inglaterra. En el Jardín Botánico de
Buitenzorg está la tumba de su esposa.
Cuando después de la caída de Napoleón tuvo que entregar, por acuerdos
diplomáticos de Europa, las ricas posesiones holandesas al gobierno de
La Haya, no quiso que su patria abandonase estos parajes y fundó la
ciudad de Singapore, que domina el estrecho de Malaca. Dos siglos antes
que Raffles, el gran Alburquerque había visto la importancia del
estrecho de Malaca, y pretendió fundar en él una colonia portuguesa para
obtener de tal modo el monopolio del Extremo Oriente.
Paseando por las calles de Singapore aprecia el viajero su valor
comercial y estratégico. Dos mundos se encuentran y confunden en ella;
dos Orientes completamente distintos. Hoy tiene más de 300.000
habitantes y es una ciudad con barrios modernos y edificios altísimos.
Posee igualmente plazas extensas y puentes colgantes sobre pequeños ríos
navegables. Estos cursos de agua casi resultan invisibles; tantos son
los barcos indígenas que flotan en ellos, borda contra borda.
La estatua del gobernador Raffles se alza en el centro de la parte
europea de Singapore. En los barrios que no ocupan los blancos, vive
separado por razas y creencias todo el vecindario cosmopolita. Éste
únicamente se deja ver mezclado en las grandes avenidas centrales. La
ciudad inglesa de Singapore es ante todo una ciudad china, por la
superioridad numérica de tal raza. Más de la mitad de su población se
compone de chinos. Lo mismo que en Batavia, estos trabajadores
infatigables acaparan todos los oficios manuales. Además, como son
grandes ahorradores de dinero, se dedican al préstamo. El chino, fuera
de su país, es igual al judío por su actividad inteligente y ávida, y se
ve tan odiado como éste.
En las calles de Singapore es donde empezamos á ver indostánicos con el
busto de bronce completamente desnudo y largas cabelleras sueltas ó
anudadas á estilo femenil; cingaleses con los ojos pintados, la cabeza
rematada por una peineta y cierto aspecto intolerable de afeminamiento;
árabes con alquiceles flotantes que marchan lentos y majestuosos;
mujeres del Malabar llevando en sus narices botones de pedrería y
numerosos anillos de plata en los dedos de los pies. También pasa por
las aceras, con trote menudo, la china de zapatillas silenciosas, más
enana y más gorda de lo que es en realidad, á causa de su ancha blusa y
sus holgados pantalones de lustrina negra.
Dentro de las avenidas céntricas los comercios son europeos, pero en las
vías laterales se nota la misma confusión de ciudad cosmopolita. Los
chinos y los malayos poseen numerosas tiendas, é interpolados entre
ellas figuran templos de diversas religiones: pagodas budistas,
santuarios brahmanistas, iglesias católicas, capillas protestantes.
--En este puerto de paso--me dice un amigo que hace años vive en
Singapore--han venido á juntarse todas las religiones. Brahma, Buda,
Confucio, Cristo y Mahoma se rozan á todas horas, acaban por mezclarse y
algunas veces hasta se confunden.
Aquí visito el primer templo brahmanista. Ocupa el centro de un patio,
rodeado de una muralla blanca con pilastras. Sobre estas pilastras, á
guisa de capiteles, hay unas cabras de yeso cuyo tamaño es doble del
natural. Están sentadas sobre las cuatro patas encogidas, y sus cuerpos
son blancos, pero con ojos azules y los hocicos de un rojo sangriento.
Dentro del patio, y al amparo de un cobertizo, veo algunos carros con
imágenes de ídolos pintarrajeadas. Estos vehículos de ruedas macizas
salen en las procesiones organizadas por los bracmanes.
Tengo que descalzarme para entrar en el santuario, aunque todo él puede
verse desde el patio por estar descubierta su parte delantera. Sobre los
altares hay ofrendas de cirios, cocos y plátanos.
Van saliendo poco á poco de las boncerías próximas los sacerdotes y sus
ayudantes, atraídos por esta visita inesperada. Son unos hombres de
color obscuro, casi negros, pero con nariz aguileña, y su delgadez
resulta extraordinaria. No tienen sobre su esqueleto más que la grasa
precisa para rellenar las oquedades de los huesos, y aun así se les ven
las aristas del costillaje, de las clavículas y las rótulas. Su
vestidura es una simple tela roja anudada á la cintura. Todos llevan
cabelleras largas, á estilo de mujer, sujetas por un peine de concha.
Hay un niño entre ellos, hijo de alguno de los sacerdotes, al que todos
acarician con esa ternura paternal que los indostánicos muestran por la
infancia. Este sacristancito, espigado y esbelto, va completamente
desnudo. Lleva cabellera larga y peineta como los hombres. Sus partes
genitales las tiene ocultas en una bolsita blanca, única vestimenta que
conoce su cuerpo.
Singapore está en pleno _boom_, como los otros mercados del Extremo
Oriente. Aquí existe un motivo especial para la prosperidad de los
negocios. El cultivo del caucho, que es uno de los descubrimientos más
importantes de la agricultura moderna, tiene su principal centro en esta
tierra.
Hace unos cuantos años nada más, el caucho era una materia preciosa que
se producía naturalmente y los aventureros iban á buscar en las selvas
vírgenes de los países situados bajo el Ecuador. Viajando por la América
del Sur conocí á muchos varones enérgicos, de existencia novelesca, que
se lanzaban á través de los bosques inexplorados de Bolivia y el Brasil
en busca de grupos de árboles productores del caucho, llevando una vida
llena de peligros, teniendo que batirse con las fieras, con los hombres
y las enfermedades. La invención del automóvil y otros descubrimientos
recientes, al aumentar de un modo ilimitado el consumo del caucho,
hicieron necesaria la busca de nuevos medios de producción, y el árbol
natural, perdido en las selvas, ha pasado á ser un cultivo
científicamente ordenado y explotado en los países ecuatoriales de Asia.
Singapore es ciudad inglesa, pero sólo ocupa una punta de la extensa
península de Malaca. Detrás de ella existen el Estado independiente del
sultán de Johore y otros países autónomos, que forman agrupados la
llamada Federación de Estados Malayos, bajo el protectorado de
Inglaterra.
Visitamos en la ciudad de Johore una parte del palacio del sultán, una
mezquita y el Casino, donde funciona la ruleta. A Johore la llaman el
«Monte-Carlo de Asia», pero cuando nosotros pasamos por ella se notaba
gran falta de jugadores y la ruleta permanecía inactiva á pesar del
_boom_ de los negocios.
En otras excursiones por cerca de Singapore vamos viendo los campos
plantados de caucho y las fábricas donde se prepara y solidifica esta
materia tan preciosa para las industrias de nuestro tiempo. La
vegetación tropical embellece dichos alrededores, cubriendo con su
exuberante verdor llanuras, barrancos y montañas. El baniano, de ramas
multiplicadoras, cubre espacios enormes; hay campos extensos plantados
de mandioca, principal alimento de la gente popular, y bosques de
cocoteros á lo largo de las playas.
Dentro de Singapore se muestra el tradicionalismo británico con una
rutina que hace sonreir. Los empleados ingleses, muchos negociantes
jóvenes y los hijos de europeos nacidos en la ciudad se dedican al juego
del fútbol ó del _tennis_ en las praderas de césped que existen dentro
de las plazas. Pero como en Inglaterra estos juegos son por la tarde, en
Singapore se desarrollan á la misma hora, con una temperatura de más de
40 grados, bajo una atmósfera pesada que cubre de sudor hasta á los que
contemplan simplemente la partida.
El calor de Singapore hace ansiar al viajero una pronta vuelta al buque
y que éste salga cuanto antes á los espacios dilatados del Océano, donde
siempre sopla alguna brisa. La ciudad es atrayente y bella; su
vecindario inspira interés á causa de sus variedades pintorescas, ¡pero
el calor!... No debe olvidarse que Singapore está á menos de dos grados
de la línea ecuatorial.
Toda su vida europea se concentra en un par de hoteles enormes. El más
antiguo, ó sea el llamado Raffles, figura entre los ochenta grandes
hoteles que conoce invariablemente todo el que da la vuelta al mundo.
Como en él se concentran las diversiones elegantes de Singapore y
cuantos pasan por la puerta del Extremo Oriente vienen á sentarse en las
mesas de su comedor, los mercaderes de la ciudad han establecido puestos
de venta en su piso bajo y el hotel es á modo de un pueblo en eterno
movimiento.
Vendedores obesos con el rostro de color canela y ojos profundamente
negros ofrecen las famosas cañas de Malaca convertidas en bastones,
elefantes de ébano y marfil, aves del Paraíso traídas de las Molucas,
jarrones de porcelana, telas finísimas con dibujos indostánicos. Las
riquezas de la India se juntan aquí con las de la China y el Japón.
Encuentro en Singapore á dos damas que hablan nuestro idioma; dos
chilenas distinguidas, la señora Eltin y su hermana, casadas con dos
hombres de negocios del país. Asisto con ellas á un baile en el Hotel
Raffles, que se repite tres veces por semana, y es el centro de reunión
de los blancos.
Ir á pie es considerado en toda Asia como función deshonrosa. El tranvía
sólo lo emplean las gentes de color. Un blanco se vería desconsiderado
si montase en él, y los mismos que lo ocupan habitualmente mostrarían
extrañeza por tal desconocimiento de las categorías sociales. La
_ricsha_ se acepta como algo medianamente tolerable nada más. El blanco
sólo empieza á contar en las colonias europeas de Asia cuando tiene
automóvil. Durante el baile en el Hotel Raffles, una nube de lacayos,
descalzos, con levita blanca y turbante, se agitan para hacer pasar ante
la escalinata los centenares de automóviles que han ido aglomerándose en
las cercanías.
Las damas visten como en Europa. El descote y los brazos desnudos les
permiten soportar los trajes de etiqueta de otros climas. Los hombres
van de blanco, con telas ligerísimas fabricadas en China. Todos llevan
_smoking_, pero cortado en este género sutil. Me apresuro á usar por
comodidad tal innovación en mi indumento de ceremonia.
Durante la tarde he presenciado en los jardines del Hotel Raffles la
primera fiesta de juglares indostánicos, maravillosos escamoteadores que
sacan pajarillos vivos de diversos lugares de sus cuerpos casi desnudos,
hacen crecer plantas á la vista, y después de introducir á un colega
suyo en un pequeño serón, atraviesan éste con una espada repetidas veces
y luego el compañero vuelve á surgir, incólume y sonriente. Todo esto lo
han hecho sin ningún aparato escénico que se preste á trampas, en pleno
jardín, á las cuatro de la tarde, sobre el césped de una pradera.
Además, nos encontramos por primera vez con algo que nos acompañará por
toda la India. Los encantadores de reptiles colocan sus cestos redondos
de junco rojizo sobre la misma pradera, lanzan los sones plañideros de
una pequeña gaita, é inmediatamente se alzan las tapas de los cestos y
empiezan á remontarse varias serpientes, balanceándose al compás de la
triste música.
Son completamente distintas á las que se ven en África y América, de
cabeza triangular y cuello delgado. Aquí es la terrible cobra, cuyo
veneno mata en unos segundos, la «naja» de pescuezo hinchado, que parece
llevar una gorguera y encorva cuello y cabeza, considerablemente
dilatados, como si fuesen la hoja de un platanero. En mitad de sus
ejercicios algunas de ellas, seducidas por la frescura del césped, se
deslizan hacia un lado del extenso corro de señoras y caballeros que
presencian el espectáculo. Chillidos femeninos, espectadores que
abandonan los asientos y hacen unos pasos atrás; pero el encantador
agarra á las fugitivas por la cola y tira de ellas, haciéndolas volver
para que sigan danzando... ¡Mas tantas veces he de hablar de este
espectáculo! ¡Lo encontraré con tanta frecuencia durante mi viaje por la
India!...
Siento miedo al pensar en el suplicio de vestir un _smoking_ negro para
el baile de la noche. En Singapore significa algo así como enfundarse en
una armadura antigua de hierro. Me aconsejan que busque á uno cualquiera
de los sastres chinos que trabajan en los edificios anexos al hotel.
Adopto tal indicación sin ninguna esperanza de éxito. Son las cinco de
la tarde y el baile empezará á las nueve de la noche, después de la
comida. ¡Qué puede hacer un sastre en tan pocas horas!...
Entro en la tienda. Una docena de chinitos sentados en el suelo cosen y
cosen con pequeñas máquinas. Al mismo tiempo cantan, ríen ó conversan
lanzando una serie de chillidos iguales á los de una banda de gorriones
descarados.
El dueño, obeso, carilleno, jovial, acoge mi demanda con una sonrisa
protectora y parpadea sus ojitos apenas abiertos. Sabe perfectamente lo
que es la prisa de un europeo llegado á estos países de calor sin la
indumentaria conveniente. Él está aquí para remediar tales olvidos.
--¿Cuántos trajes desea?--acaba por decirme.
Me extraña su pregunta. Con uno tengo de sobra, pero debe fijarse antes
de aceptar mi encargo. Lo necesito para esta misma noche, para dentro de
unas horas, y reconozco que el plazo es muy corto.
--¿Le parece bien que haga cuatro?--sigue diciendo--. Lo difícil es el
primero. Después, lo mismo me cuesta hacer uno que media docena. En
estos países se suda mucho y nunca se tiene bastante ropa.
Lo que yo deseo saber es el tiempo que necesitará para proporcionarme un
traje blanco, uno nada más, y él contesta:
--Si me da un traje suyo como modelo le haré los cuatro en una hora; si
es por medida, pido dos horas.
Dejo que tome mis medidas este maestro jactancioso y jocundo. Mientras
apunta los resultados dice palabras ininteligibles á su personal y toda
la chinería ríe igualmente. Deben estar burlándose de mí.
Me voy un poco amoscado, seguro además de que todo lo prometido
resultará mentira. Ni cuatro trajes, ni uno siquiera. De recibirlos, lo
más pronto será mañana.
Vuelvo dos ó tres veces al azar de mis paseos ante la tienda del sastre.
El maestro, detrás de su mostrador, corta y corta en una pieza enorme de
tela blanca; los chinitos, acurrucados en el suelo, cosen y cosen, entre
una algarabía de jaula revuelta. Me reconocen al pasar, ríen, me hacen
señas incomprensibles. Sin duda siguen burlándose del cliente
extranjero.
Transcurren dos horas. A las siete, poco antes de la comida, vuelvo
lentamente hacia la tienda del chino. Reflexiono sobre la conveniencia
de dar un bastonazo oportuno para suprimir este regocijo chinesco que
se permiten á costa de mi persona... Encuentro cerrada la puerta. Lo
que yo temía. Volveré mañana, para ver si el «maestro» piensa seguir
fisgándose de mí.
Al entrar en el Hotel Raffles me llama el conserje y veo á un muchacho
con dos ligeros paquetes; uno de los mismos chinitos que cosía en el
suelo con las piernas cruzadas. El empleado del hotel me traduce el
mensaje del sastre:
--Aquí tiene los cuatro trajes. Hace media hora que está el _boy_
esperando para entregárselos, ¡pero como no sabía el nombre de su
cliente!... No se los pague al chico. Ya se los pagará usted al sastre
cuando le parezca.
Y á las nueve de la noche me visto uno de los _smokings_ blancos, sin
defecto alguno, igual á todos los que usan los elegantes de Singapore.
XX
LA CIUDAD DE LOS ELEFANTES
La muerte del más gordo de los «stewards».--Una mosca
javanesa.--Cadáver al agua.--El río de Rangoon.--La famosa pagoda
de Shway Dagon.--Todos bonzos.--La superioridad de la mujer
birmana.--Sus enormes cigarros.--Los serpenteros de Rangoon y sus
pupilas.--Abundancia de elefantes.--Su inteligencia y sus
trabajos.--Hombres con pendientes y peinado de mujer.--La policía
pega.
Seguimos el extenso callejón marítimo del estrecho de Malaca--el más
largo de nuestro planeta--, y al final entramos en el mar de las Indias
y su prolongación el golfo de Bengala.
Vamos á Birmania, en la ribera Este de dicho golfo, y el _Franconia_
costea durante tres días la dilatadísima península malaya, pasando junto
á los archipiélagos tendidos ante ella.
Dos días después de nuestra salida de Singapore me dicen en secreto que
alguien ha muerto en el buque y á las diez de la mañana arrojarán su
cadáver. Nos faltan veinticuatro horas para llegar á Rangoon, pero el
desembarco en dicho puerto no es fácil. Los grandes vapores quedan
anclados en el río á gran distancia de la ciudad. Además, por exigencias
sanitarias, conviene desembarazarse cuanto antes de dicho cadáver.