En todo el Extremo Oriente se nota una idolatría monetaria que puede

titularse la «superstición del dólar». En China, en Java, en la India,

hasta en el Japón, cuyos habitantes no sienten gran amor hacia los

Estados Unidos, lo mismo los tenderos que los míseros vendedores

instalados en plena calle ó á la puerta de los templos muestran un

respeto casi místico por el dólar americano. Aun en los países de

dominación inglesa, la libra esterlina representa poco comparada con

aquél. Cuando se desea comprar un objeto, el vendedor, en mitad de sus

regateos, hace una rebaja considerable si le pagan en dólares. Pero ha

de ser en moneda, nada de cheque; en billetes de los Estados Unidos; y

después de contemplarlos con devoción los oculta apresuradamente.

Es la única moneda que inspira fe, y por adquirirla lo dan todo más

barato. Debo añadir que los demás billetes que circulan por el Extremo

Oriente merecen con razón menos respeto por su falta de fijeza

monetaria, incluyendo los de la India inglesa. Los Bancos de toda ciudad

importante emiten papel, y cuando se llega á otra capital con dicha

moneda hay que cambiarla por la del nuevo país, sufriendo un descuento.

El prestigio monetario de la más rica de las naciones ha llegado hasta

este rincón de Java, y los niños y niñas que intentan hacer sus ventas

valiéndose de señas, repiten á coro al mostrar sus mercancías:

«_¡Dollar! ¡dollar!_»

Se nota en esta muchedumbre infantil las diferencias étnicas de la dos

razas que componen la población de la isla: javaneses y malayos. Los

javaneses, pasivos y laboriosos, sirvieron siempre á los dominadores de

la isla, plegándose con humilde fatalismo á sus órdenes. En el curso de

veinte siglos han sido brahmanistas, budistas y musulmanes. De seguir

los portugueses en Java, todos serían ahora católicos. Si continúan

mahometanos, es porque la Compañía de las Indias, que tuvo á sueldo á

los santones javaneses, más traficantes que fanáticos, jamás sintió la

necesidad de evangelizar á sus nuevos súbditos.

Esta ductilidad para cambiar de creencias no significa en los javaneses

excepticismo religioso. Al contrario, como todos los humildes que se ven

eternamente oprimidos y no tienen esperanza alguna de liberación, su

único consuelo lo encuentran en el ejercicio de sus devociones y en la

certeza de otra vida que será más dichosa. Necesitan una religión y

toman la que les permiten sus dominadores.

Los malayos resultan más ingobernables y menos religiosos que el

javanés, cultivador de la tierra, eterno siervo del campo de arroz que

empezaron á formar sus ascendientes hace siglos. Nietos de piratas y

audaces navegantes, los malayos poblaron las costas, lanzándose á la

pesca y al cabotaje, ó se esparcieron por el interior de las islas para

ejercer industrias manuales ó llevar una existencia vagabunda. Estos

habitantes belicosos de Java formaron en otros siglos una casta militar

y noble, siendo los únicos que hicieron guerra á los invasores,

dificultando la colonización portuguesa y alterando el régimen de

explotación mercantil de la Compañía de las Indias con sus frecuentes

revueltas.

Aun hoy el malayo resulta el más inquietante de los javaneses. Si el

blanco le ofende, espera una ocasión propicia para vengarse de él,

asesinándolo. Los más pobres procuran ser empleados del gobierno,

ingresando en la policía ó en los trabajos públicos. Otros se hacen

soldados y abrazan el cristianismo, para considerarse de este modo

iguales á los militares holandeses.

La belicosidad de la raza, los instintos sanguinarios, herencia de

largos siglos de piraterías y matanzas, despiertan de pronto en ellos.

Cuando un malayo se considera ofendido por un blanco, ó siente odio

contra la organización social que le rodea, una mortífera embriaguez lo

enloquece, y armándose de un _kris_ se lanza á la calle para matar á

todo el que se pone á su alcance, dando golpes á ciegas, hasta que lo

matan á él. Es una demencia semejante á la de los moros de Filipinas

conocidos con el nombre de «juramentados».

En Java esta locura homicida es llamada el _amock_, y cuando sale uno de

dichos furiosos por el centro de la población esparciendo muertes hasta

que le hacen caer sus perseguidores, llaman á tan horrible episodio

«correr el _amock_». La autoridad tiene establecidos puestos de

vigilancia para cortar inmediatamente los efectos de esta locura

nacional. Son casi siempre policías malayos los que acuden para «correr

el _amock_». Tienen en sus cuerpos de guardia un tronco vacío, de madera

sonora, que tocan con el puño, y esta campana avisa á las gentes para

que se refugien en las casas. De todas las puertas arrojan sillas,

taburetes y otros objetos á los pies del terrible _amock_ para hacerlo

caer, pero éste sigue corriendo las más de las veces llevando en alto su

machete amenazador. Los policías cuentan con un arma especial para

sujetarle, que nunca yerra. Es una gran horquilla, entre cuyos dos

dientes meten al fugitivo, clavándolo contra una pared ó un árbol. De

este modo lo inmovilizan y lo matan, pues es inútil esperar que se

rinda.

Los malayos son en el campo grandes cazadores de bestias feroces. En

otro tiempo su mayor diversión era presenciar luchas de hombres con

panteras y tigres. También, hasta hace poco, en las poblaciones del

interior celebraban torneos á caballo, terminados muchas veces por botes

de lanza mortales. Eran fiestas originarias de la época en que los

conquistadores musulmanes se apoderaron de Java.

Se nota en estos pequeños indígenas que tengo sentados á mis pies la

diferencia de razas. El niño malayo domina á su compañero de puro origen

isleño, impide sus negocios, le amenaza, y acaba finalmente por

obligarlo á que le ceda su mercancía, vendiéndola él por su cuenta.

Vuelvo otra vez al centro del hotel arrostrando la lluvia, ya que el

hombre de la cúpula portátil no acude á mis gritos. Bajo los pórticos

del comedor encuentro á los primeros compañeros de viaje que acaban de

llegar. Luego, en el curso del atardecer, van presentándose los otros

vehículos llenos de gentes desfiguradas por la lluvia. Pero todos nos

hemos resignado á esta humedad irremediable. Ha sido inútil emplear las

contadas prendas de recambio que guardábamos en nuestros pequeños

equipajes. Dentro de este hotel-jardín la lluvia las moja en seguida.

Además, nos acostumbramos fácilmente á ir con los pies húmedos y el

cuerpo impregnado de agua y sudor, en esta tierra donde los aguaceros

son tibios.

Una orquesta rara pero agradable suena incesantemente en otro pórtico

del hotel. Es una melodía bucólica, un susurro de suaves flautas, una

música eoliana y vagorosa, sin la energía del soplido humano. Voy hacia

ella y encuentro sentados en el suelo á varios adolescentes que hacen

sonar el instrumento típico de esta parte de Java: una lira hecha con

cañas.

Un grueso bambú horizontal sostiene cinco, más delgados, en forma de

peine. Las cinco varillas están metidas en otras tantas cañas huecas,

que al moverse chocan sus paredes con el espigón central. Cada una de

las cañas emite una nota diferente, y en esto consiste el secreto de los

fabricantes del rústico instrumento. Los pequeños músicos tienen en sus

manos dos liras, ó sea diez notas, y agitándolas con rítmico movimiento

producen una melodía indeterminada y soñolienta, dentro de la cual se

forman al azar grupos de notas bizarras como las combinaciones

caprichosas de los vidrios sueltos en el interior de un caleidoscopio.

Al son de esta melopea danzan varios muchachitos moviendo el vientre y

las caderas lo mismo que las odaliscas. Todos ellos llevan el _saroc_ de

colorines arrollado sobre las piernas, tienen un rostro aterciopelado de

chocolate con leche, y sus ojos grandes y un poco oblicuos parecen de

mujer. Muestran la gracia equívoca del efebo asiático, que hace imaginar

repugnantes vicios. También es posible que estos pequeños bailarines no

hagan más que seguir una tradición, repitiendo danzas que vieron desde

pequeños, sin sospechar su malicia ni las suposiciones del blanco

escandalizado.

Mientras las liras de cañas susurran su melodía sin regla y siguen

danzando los javanesitos, expelen las canales del tejado el agua á

plenos chorros, los relámpagos iluminan otra vez con exhalaciones verdes

la tarde color de ámbar, y rueda el carro de los truenos sobre edificios

y arboledas.

A las nueve de la noche, después de la comida, asistimos á un gran baile

javanés, para el cual han venido los mejores danzarines y la orquesta

más famosa de toda la región.

La servidumbre descalza aparta las mesas, y todo el comedor queda

convertido en una sala de espectáculos. Este comedor se halla abierto

por tres de sus caras; es una techumbre sostenida por numerosos arcos

blancos. Más allá hace brillar el jardín sus hojas de charol bajo unos

focos de luz eléctrica, cuyas lunas se muestran rayadas incesantemente

por hilos de cristal. Continúa la lluvia del Trópico, una lluvia sin

medida en el volumen y la duración. Todo está impregnado de humedad:

nuestras ropas, las servilletas, los manteles. Luego, en los

dormitorios, encontraremos igualmente húmedas sábanas y toallas. Debajo

de los techos la atmósfera, vibrante de perfumes vegetales, parece

compuesta de agua flúida.

Este baile debe ser algo extraordinario, pues van llegando en sus

automóviles los javaneses más opulentos de las inmediaciones. La mayor

parte de la propiedad de la isla continúa en poder de los antiguos

nobles y los comerciantes enriquecidos. Conservan sus trajes por un

sentimiento oculto de nacionalismo, pero se apropian las comodidades más

costosas de sus dominadores.

Los instrumentos de la orquesta del baile son tan originales como las

liras de cañas. Los músicos, sentados en el suelo, hacen sonar una

especie de violines, apoyándolos verticalmente en una rodilla como si

fuesen violoncelos. Otros golpean con sus manos tambores y discos

metálicos. Un viejo hiere con sus palillos un teclado de tablitas, cada

una de las cuales emite una nota distinta. El más importante de los

instrumentos es una especie de banco con grandes orificios, y en cada

uno de ellos una vasija de metal semejante á los cántaros que emplean

los lecheros. El músico golpea estos vasos con mazas forradas de piel,

arrancándoles largas vibraciones.

Tocan una especie de preludio que en los primeros instantes parece

arañar los oídos con sus discordancias. Poco á poco surge del

enmarañamiento acústico algo concreto que podría llamarse la «Sinfonía

de la selva». Los instrumentos reproducen la risa luminosa del arroyo,

el murmullo de las hojas, el rebullir de la vida animal en los

matorrales. Indudablemente, los instrumentos de cuerda imitan el zumbido

tenaz de los insectos. El músico ha copiado con ingenuidad los vagidos

de la Naturaleza, como en los albores de toda civilización los artistas

primitivos reprodujeron á su modo las plantas y los seres que les

rodeaban.

Sentados en el suelo, sobre esteras de junco, hay varios danzarines,

hombres y mujeres. Ellas son las únicas que cantan, con una voz chillona

y discordante que recuerda el cacareo de la gallina. En el espacio

libre, ante la orquesta, un hombre y una mujer bailan esta danza

coreada. En realidad permanecen inmóviles; sus pies no se separan del

suelo. Son los brazos los que se agitan, y más aún las manos,

acompañando con lentas dilataciones el ritmo de la música.

Entre las gentes del país acudidas para presenciar este baile hay cuatro

jóvenes nobles que llaman la atención por la elegancia híbrida de sus

trajes. Son javaneses por sus cabezas; del cuello á la cintura son

europeos; luego recobran su nacionalidad hasta los pies. Me explicaré

con más detalles. Van tocados con el pequeño turbante de _batik_ negro y

dorado, que forma un lacito de dos pequeños cuernos sobre la frente.

Visten _smoking_ y chaleco blanco. La pechera de su camisa es de

encajes, y dos botones de diamantes centellean debajo de su corbata

negra. A continuación llevan las piernas envueltas en una rica tela de

_batik_ obscura, con anchas rayas de oro. Por debajo asoman los pies

pequeños, metidos en calcetines de seda calada y escarpines de charol.

Los cuatro, como signo de su categoría, llevan un _kris_ antiguo, una

espadita dorada puesta oblicuamente sobre sus riñones, cuya empuñadura

despega el _smoking_ de su espalda.

Han venido en sus automóviles, atraídos por esta fiesta á la que asisten

muchas viajeras americanas, hermosas y elegantes. Guardan una gravedad

de próceres musulmanes. Ocupan una mesa, bebiendo simples limonadas, y

miran con sus ojos negros y ardientes á tantas mujeres blancas, que

parecen traer en su perfume las seducciones de un mundo lejanísimo. Los

cuatro llevan el bigote recortado, según la moda actual, y revelan en

todos sus gestos una educación á la europea.

El gerente del hotel va contando á los viajeros que estos jóvenes son

ricos, de antigua nobleza, y viven además, como amigos y acompañantes,

cerca del regente de la provincia. (El regente es el gobernador

indígena, poderoso personaje que ha venido á sustituir á los antiguos

reyezuelos.) El mismo gerente se hace lenguas de lo que son los cuatro

jóvenes como bailarines. Por espíritu de tradición han sabido guardar

fielmente las antiguas danzas de la isla. Los profesionales del baile

javanés que están presentes reconocen y admiran la superioridad de estos

señores.

--¡Ay!... ¡Si ellos quisieran bailar!...

Basta que el hotelero exponga esta posibilidad hipotética, para que

varias señoritas americanas, con la intrepidez propia de su pueblo,

deseen una inmediata realización. Algunas de ellas piden á los cuatro

_gentlemen_ de la espadita dorada que salgan á bailar, y ellos,

respetuosos y algo avergonzados al verse objeto de la atención general,

acaban por ceder, aunque ninguno quiere ser el primero.

Al fin, uno de ellos se desprende de los escarpines de charol y su

chófer indígena surge de la masa de javaneses agrupada al pie de las

escalinatas del jardín, para quitarle los calcetines. Avanza con los

pies desnudos, color chocolate claro, que asoman por el borde de la rica

falda de _batik_. Sus dedos se encorvan y se dilatan como si recobrasen

la agilidad de los remotos ascendientes. Se ha puesto un gran velo verde

sobre sus hombros, con las puntas caídas atrás y la amplia curva

delantera más abajo de su pecho. Este velo va á resultar en el curso de

la danza tan importante como su persona.

La primera de las bailarinas se coloca de pie ante él y empieza á

cantar. El joven señor inicia su danza sin moverse del sitio que ocupa,

expresándolo todo con las manos, con los balanceos lentos de sus brazos,

con las posturas fijas que adopta luego su cuerpo. En realidad, la mujer

no hace más que acompañar con su canto los gestos del bailarín. Algunas

veces refleja los movimientos elegantes de éste, pero con una modestia

de espejo pobre y turbio. Se nota su voluntad de no rivalizar con el

hombre en unas actitudes que pueden llamarse escultóricas. Éste imita

los contoneos soberbios y dominadores de los animales machos en la vida

libre de la Naturaleza. Es una danza monótona, y sin embargo, pocas

veces he visto un cuerpo humano en tan nobles posturas.

Los cuatro _gentlemen_ van saliendo por turno. Cada uno de ellos

interpreta de modo diferente danzas de miles de años que expresan la

superioridad absoluta del hombre y la humilde servidumbre de la mujer en

las sociedades primitivas.

Hablo valiéndome de un intérprete con el primero de los jóvenes que

salió á bailar. Me mira con extraordinario interés al saber que soy un

blanco de los que fabrican libros y alguna vez escribiré lo que he

presenciado esta noche. Él ama los cantos de su isla, las

representaciones teatrales. Tal vez compone versos, aunque protesta

apresuradamente cuando el traductor se lo pregunta en mi nombre.

Luego muestra una generosidad de gran señor. Quiere que me lleve un

recuerdo de él, y desprendiéndose de su espadita dorada me la entrega.

Para que aprecie más el regalo me hace ver la hoja, roída por el óxido

de los años. Es un arma honorífica, uno de los muchos _kris_ legados por

sus abuelos, que él usa únicamente por su antigüedad. Me explica que la

hoja, llena de rugosidades como la piel de la serpiente, está compuesta

de numerosas piececitas fundidas unas sobre otras, como si fuesen

escamas, y las pequeñas grietas en semicírculo de dichas escamas

contuvieron un veneno casi fulminante, capaz de acabar á un herido en

pocos segundos. ¡Pero han pasado tantos años desde entonces!... Ahora el

terrible _kris_ no es más que un arma de museo roída por la herrumbre y

que puede romperse como el cristal.

Siguiendo un largo corredor y varias escalinatas cubiertas que nos

libran de la lluvia, vamos á una especie de Guiñol establecido dentro

del hotel.

Tienen los javaneses un verdadero teatro en el que figuran actores de

carne y hueso, pero su espectáculo preferido es la representación por

medio de muñecos. Tal vez estos autómatas, al ser más irreales, dejan

mayor espacio á la imaginación del público.

El teatro es un salón sin ningún asiento. Gran parte de los espectadores

están en el suelo. Un lado lo ocupa la orquesta. Son músicos iguales á

los del baile, aunque todos ellos ofrecen la particularidad de que

actúan con cierto cansancio, teniendo los ojos cerrados. Parece que

estén dormidos, pero cuando le toca á cada uno hacer sonar su

instrumento, cumple dicha función sin entreabrir los párpados y vuelve á

inmovilizarse en su actitud soñolienta. Luego, pienso que adoptan este

gesto por refinamiento artístico, para concentrar mejor sus facultades y

aislarse de la realidad, viendo más intensamente en su imaginación las

peripecias del drama.

Delante de los músicos y de espaldas á ellos está sentado en el suelo un

viejo de voz lenta que habla sin mirar al público. Ante sus rodillas se

extiende un tabladillo de escasa altura. A ambos lados tiene dos vasijas

de porcelana, y dentro de ellas, en aparente desorden, están los

personajes de la obra, monigotes de cabezas monstruosas, verdes ó

purpúreas; vistiendo túnicas de floreado _batik_ y con brazos

articulados semejantes á las antenas de las langostas. Estos autómatas,

que representan príncipes, guerreros, bellas damas ó humildes siervos,

tienen al final de sus brazos dos altos bastones que recuerdan los que

usaban las señoras de la corte de Versalles.

El viejo director constituye por sí solo todo el teatro. Unos muñecos

los fija en los agujeros del tablado y quedan inmóviles como un coro que

intervendrá oportunamente. Otros los mantiene en sus manos, agarrando al

mismo tiempo el espigón central y los dos bastones terminales de los

brazos, lo que le permite con una simple frotación de los dedos, ocultos

bajo la falda, poner en movimiento su cabeza y las otras extremidades

articuladas.

Los directores de estos espectáculos tienen el nombre de _dálang_ y

gozan de gran respeto. Guardan desde hace siglos una autoridad

tradicional semejante á la del sacerdote ó el bardo. Todos ellos son

poetas y grandes improvisadores. Estos _dálang_ dirigen algunas veces

representaciones con actores enmascarados, siendo los únicos que pueden

hablar en ellas. Los comediantes no hacen más que una pantomima,

acompañando con sus gestos la declamación del director. Las piezas se

llaman _topeng_ (lo mismo las representadas por seres vivos que las de

monigotes), y sus argumentos están sacados de la mitología ó la historia

heroica de Java. La música no cesa un momento y sirve de eterno fondo á

los lentos recitados del _dálang_.

Me explican el drama: una lucha de paladines por el amor de una

princesa; batallas, conquistas, raptos, persecuciones, y sobre todo

muchos golpes. Existe un argumento, un cañamazo dramático, pero no hay

nada escrito, y el viejo _dálang_ va bordando sobre la materia

tradicional todas las flores repentinas de su imaginación.

Esto no es un teatro. Para serlo tendría que ajustarse á los límites del

espacio y del tiempo, á la estrechez de un escenario, á las murallas

aisladoras de una decoración. En realidad es una novela contada todos

los días con nuevas variaciones y ayudada por medio de los monigotes y

la música.

Miro al viejo cuentista con un interés confraternal. Mantiene su cabeza

baja, hablando y moviendo los personajes con el aire abstraído y

concentrado del que se entrega á una improvisación.

La orquesta dormida colabora incesantemente con él á pesar de sus ojos

cerrados. El _dálang_ está de espaldas á los músicos, no existe entre

ellos ninguna relación directa, y sin embargo los instrumentos me hacen

ver los episodios de esta novela javanesa más que las acciones de los

monigotes.

Dos personajes se mueven al extremo de las manos del improvisador, se

aproximan y se apartan sin chocarse, pues esto podría deteriorar sus

frágiles cuerpos, y no obstante sé que acaban de entablar un combate

encarnizado. Nunca he oído á una música expresar mejor los golpes. Estos

instrumentistas soñolientos lanzan acordes secos, de una precisión

matemática, sin mirarse entre ellos.

Poco después abren todos la boca, viejos, adolescentes y niños, lanzando

un rugido con cierta sordina. Es el rumor lejano de una muchedumbre que

interviene en el curso de la historia.

Yo cierro también los ojos para no ver las filas de monigotes inmóviles

sobre el tabladillo que representan grotescamente á dicha multitud. Y al

quedar en voluntaria ceguera lo mismo que los músicos, contemplo el

pueblo evocado por el novelista javanés. Es una masa de hombres

cobrizos, medio desnudos, que aclama á los héroes triunfantes, malayos

de armaduras doradas, héroes anteriores al desembarco de portugueses y

holandeses, cuando los habitantes de esta isla no conocían aún la

existencia de Mahoma y alzaban en el interior de ella imágenes colosales

de Buda, templos ciclópeos que la vegetación invasora del Trópico guardó

durante muchos siglos en el misterio de su noche verde.

XIX

LA PUERTA DEL EXTREMO ORIENTE

El jardín de Buitenzorg.--Flores que parecen insectos é insectos

iguales á pedazos de madera.--El estrecho de Gaspar.--Los fenicios

del Pacífico y sus portentosas navegaciones.--Verdadera patria de

Simbad el Marino.--La cosmopolita ciudad de Singapore.--El

gobernador Raffles.--Mezcla de pueblos y religiones.--Mi primera

visita á un templo brahmanista.--El cultivo actual del

caucho.--Rutina inglesa de los futbolistas de

Singapore.--Degradación de los blancos que van en

tranvía.--Juglares y domadores de serpientes.--El «smoking»

blanco.--Los maravillosos sastres chinos.--Cuatro trajes en dos

horas.

Buitenzorg es la residencia veraniega del gobernador de Java. El

palacio, reconstruido varias veces á consecuencia de los temblores de

tierra, no ofrece nada de extraordinario. Lo que ha hecho famoso el

nombre de Buitenzorg es su Jardín Botánico, anexo á la vivienda

gubernamental. Como el terreno es más alto que en Batavia y la atmósfera

menos densa y caliginosa, la vegetación se desarrolla en este lugar con

toda magnificencia.

Antes de marcharnos de Java queremos ver las especialidades más célebres

de dicho jardín. Atravesamos una ancha avenida que es un túnel de

verdura, pues los ramajes laterales se tocan, formando una bóveda

compacta. En realidad, esta galería vegetal se compone únicamente de dos

higueras banianos, árboles que tienen la particularidad de reproducirse

invadiendo las tierras próximas, de convertir sus ramas cuando tocan el

suelo en otros tantos troncos con raíces, que á su vez producen nuevos

soportes. En el Jardín Botánico de Calcuta, uno sólo de estos banianos

ocupa un espacio considerable y desde lejos ofrece el aspecto de un

macizo de arboleda.

En los pequeños lagos de Buitenzorg admiramos la Victoria Regia, planta

acuática de corola blanca cuyas hojas, de dos metros de diámetro, flotan

como escudos sobre las aguas, y tal es su aspecto de estabilidad, que

tientan á poner el pie en ellas como si fuesen de piedra verde.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 18 / 24 段