una profundidad que da vértigos. En el fondo de tales cortes se ven los
hombres como puntos movedizos. Estos trayectos montañosos son de corta
duración. Inmediatamente entramos en un nuevo valle paradisíaco, con
armoniosos grupos de arboleda y extensiones acuáticas plantadas de arroz
que brillan como espejos.
En todas las estaciones pequeñas encontramos la misma gente de tez
dorada y ojos negros que parecen absorber la luz sin devolverla. Sus
pupilas, á causa de esta opacidad, brillan con un resplandor blanco y
mate. Los hombres que desempeñan oficios prescinden del pañal llamado
sarong y usan calzoncillos blancos y el birrete redondo de viejo
oficinista; pero la mayoría de los javaneses, fieles á la vestimenta
tradicional, llevan envueltas sus piernas con telas multicolores. Las
mujeres, según vamos avanzando por el interior de la isla, muestran cada
vez más su desnudez de cintura arriba.
Ahora los arrozales ya no se extienden en línea horizontal. Se escalonan
formando bancales en las vertientes de las montañas, todos con ribazos
curvos. Parecen tazones superpuestos de una fuente interminable.
El agua va pasando de arrozal en arrozal; se desploma en gruesos chorros
de un tazón á otro. Como el javanés gusta mucho de bañarse y su
condición de musulmán le permite apreciar este placer como un acto
devoto, no hay chorro de agua roja que no tenga debajo á un mocetón
cobrizo enteramente desnudo. Al pasar el tren junto á él sonríe y mira á
los viajeros, sin ocurrírsele que está enseñando algo más que su
dentadura brillante. A veces es una pareja la que toma esta ducha
natural: Adán y Eva, completamente en cueros, rodeados de los
esplendores del paraíso javanés.
Los arrozales son de una continua producción. En unos la planta apenas
surge del agua, en otros es alta y verde, más allá ya tiene las espigas
maduras y la siegan. Estos campos en escalera ofrecen un aspecto
elegante; parecen el esbozo de un jardín. A trechos hay islas de chozas
sobre el espejo acuático de los arrozales, con huertecitos de plátanos y
cocoteros. También existen muchos sombrajes de techos cónicos,
semejantes á kioscos, y en ellos se reúne la gente para conversar medio
desnuda ó con vestiduras de variadas tintas.
No puedo comprender cómo los javaneses pasan su vida entre arrozales y
se recrean al borde de aguas de lento curso. En otros países la
abundancia de mosquitos haría penosa su existencia. Pero en esta época
del año no se ven en Java tales insectos, y me afirman que en los meses
restantes tampoco resultan extraordinariamente molestos por su número.
Tal vez se debe esto á que en realidad no existen aguas que sean
totalmente estancadas.
Por los caminos vemos pasar algunas javanesas guapetonas, montadas en
bicicleta y con una vestimenta en la que se confunden el gusto europeo y
el del país. También circulan automóviles; pero lo que más abunda es el
carruaje, de dos ruedas tirado por unos caballitos inquietos, tan
pequeños, que parecen corresponder por su talla á otra humanidad
distinta de la nuestra.
Llegamos á Garoet. Antes de instalarnos en esta población, donde
pasaremos la noche, vamos á correr un espacio de treinta kilómetros
alrededor de ella para visitar sus lagos, que son antiguos cráteres de
considerable profundidad acuática.
Varios automóviles nos llevan en fila veloz por unos caminos anchos y
orlados de árboles gigantescos. Nos detenemos algunas veces en pequeñas
aldeas para ver sus viviendas, con tabiques de fibras trenzadas y el
piso á dos metros del suelo, montado sobre pilotes. Todas las casas
javanesas se hallan en alto, á causa de la humedad del suelo y para
defensa de los reptiles é insectos que tanto abundan en estos países
cálidos de vida animal exuberante.
La gente sale á las puertas de sus chozas con una desnudez paradisíaca.
Hombres esbeltos, de fuerte musculatura, miran con timidez casi infantil
á las extranjeras que los examinan desde lo alto de sus automóviles.
Algunas les hacen señas para que permanezcan quietos mientras preparan
su máquina fotográfica.
Numerosas madres de familia se han despojado de su corta blusa y llevan
por toda vestimenta un pañal colorinesco, que las cubre del bajo vientre
á la mitad de las piernas. Hasta el ombligo todo es cara en ellas, y al
hablar al extranjero casi lo tocan con sus exageraciones pectorales,
firmes y puntiagudas. Muchas jovencitas van á estilo de muchacho, sin
otra ropa que un simple calzoncillo, conmoviendo inconscientemente á los
mirones con su desnudez dorada de Tanagra.
Ocupo uno de los automóviles, con una señora y su doncella, y los tres
nos aburrimos de seguir á los demás vehículos que marchan en fila por
los bordes monótonos de un lago. Con gestos más que con palabras,
expresamos el deseo de volver á Garoet á nuestro chófer, javanés de unos
diez y siete años, descalzo, con birrete redondo y pantalones blancos. A
su lado lleva un ayudante de la misma edad é igual pergenio. Ninguno de
los dos sabe expresarse más que en el idioma de la isla.
Los antiguos holandeses tuvieron buen cuidado en no enseñar su idioma á
los naturales. Es más, consideraron delito el conocimiento de la lengua
neerlandesa, mirando como sospechoso á todo indígena que la aprendía.
¡Quién sabe si con esta bárbara precaución, que estableció un abismo
profundo entre gobernantes y naturales, impidieron el crecimiento de ese
espíritu separatista que surge en todas las colonias, cuando el mestizo
aprende lo mismo que el blanco y se considera igual á él!... Sólo hace
pocos años permitieron los dominadores de la isla que los javaneses
aprendiesen el holandés.
No conocen los dos muchachos del automóvil otra lengua que la de su
provincia. Al fin nos entienden cuando repetimos muchas veces la palabra
«Garoet» señalando el horizonte, y contentos de marchar con
independencia se apartan del grupo de automóviles. Empezamos á correr
solos, por caminos cada vez más arbolados y más solitarios. Noto que
nuestra pareja indígena habla como si discutiese y mira en torno con
cierta duda, sin refrenar por ello la marcha del vehículo. A la media
hora de carrera veloz, nos detenemos cerca de una pequeña estación de
ferrocarril. Los dos javaneses leen con sorpresa su rótulo. Vuelven á
discutir, se enardecen como si se echasen en cara un mutuo error, y
viran el carruaje, para retroceder por donde hemos venido. Sus sonrisas
humildes nos revelan el misterio de sus palabras. Se han extraviado; es
otra la dirección que debemos seguir. Y lo peor es que continúan
discutiendo, dándonos á entender con esto que no saben por dónde van y
marchan enteramente al azar.
Empezamos á reconocer la imprudencia de habernos separado de los guías é
intérpretes de nuestro grupo, lanzándonos por el interior de Java como
si fuese el Bosque de Bolonia en París, con dos muchachos cobrizos á los
que no entendemos.
Al salir de los túneles verdes que forma la arboleda, notamos que el sol
se ha ocultado y el cielo es cada vez más sombrío. Esto no significa que
lo veamos obscuro. En Java no es posible la obscuridad, y hasta las
noches más lóbregas son de un azul fosforescente. Pero la tarde parece
de ámbar rojizo, y agrandado por el eco de las próximas montañas suena
un estrépito creciente. Es la sucesión de truenos de toda tormenta en el
Trópico, tan frecuentes é inmediatos que se juntan, formando una
detonación única. Vemos también á través de la columnata interminable de
los árboles el zig-zag de unos rayos que caen por grupos, culebreando al
mismo tiempo en el cielo.
Se aproxima la tempestad de los países calientes con su rapidez casi
instantánea. En unos cuantos minutos se ha aglomerado en el horizonte y
va á descargar sobre nosotros. He visto muchas tempestades en América.
Su lluvia abrumadora no parece caer á raudales, sino en masas compactas,
como si el azul celeste fuese el lecho de una laguna que se desfondase
de golpe. Creía imposible presenciar mayores violencias atmosféricas,
pero la tempestad de Java sobrepasa todo lo que llevo visto y lo que
podía imaginar.
El espacio está impregnado de vibraciones eléctricas. Respiramos con
cierta angustia en una atmósfera que parece muerta por su calma
absoluta. A pesar de la velocidad del vehículo, sentimos correr por
nuestro rostro gotas de sudor. Los árboles se alzan inmóviles, sin el
más leve estremecimiento. Como si hubiesen encontrado ya su ruta, los
dos muchachos no se hablan y miran ávidamente el pedazo de camino
visible ante ellos.
Se doblegan de pronto los árboles más fuertes, se acuesta la vegetación
entera bajo una ráfaga aulladora, suena un estallido de catástrofe, el
ámbar de la tarde se hace verde bajo la luz de un rayo que acaba de caer
cerca de nosotros, y en el mismo momento una especie de mazazo hace
temblar la capota del vehículo, como si la demoliese. Es simplemente la
lluvia que empieza, la inundación aérea, la cascada celeste que mantiene
la fertilidad de este paraíso, pero en el momento de su derrumbe tiene
la violencia de una catástrofe.
En unos instantes cambia todo el paisaje. Los árboles convulsionados
lanzan chorros por todas sus hojas, los campos se convierten en lagunas,
el camino brilla como si fuese de metal, empiezan á caer gotas del techo
del carruaje.
Es de cuero un poco viejo, pero en otro país resistiría perfectamente la
lluvia. Aquí empiezo á creer que aunque fuese de metal representaría
poca cosa para cubrirnos del aguacero feroz. Empieza á llover á través
del techo, y á los pocos minutos chorreamos agua lo mismo que los
árboles. Corre el automóvil fustigado por la tormenta; mejor dicho,
huye, como si su fuga pudiera salvarnos de la lluvia. Nos cubrimos los
ojos deslumbrados por unos relámpagos que inflaman el paisaje. El trueno
ensordecedor contrae nuestros rostros con muecas de suplicio nervioso.
Patinan las ruedas sobre un camino convertido en arroyo; trazan ángulos
violentos rozando los árboles de las orillas.
Nos detenemos unos instantes, pero nuestra inmovilidad resulta peor. La
lluvia pasa con más violencia a través del techo fijo ahora. Estamos al
pie de árboles gigantescos que atraen el rayo. Cae una exhalación en las
inmediaciones y emprendemos otra vez la peligrosa carrera, como si esto
pudiera librarnos igualmente del mortal lanzazo eléctrico.
Vemos á un lado del camino una especie de kiosco como los que existen
dentro de los arrozales. No es una vivienda; sirve simplemente de lugar
de reunión. ¡Nos hemos salvado!
Ayudo á mis dos compañeras de infortunio á echar pie al suelo, y en el
breve espacio entre el automóvil y la choza, una docena de pasos nada
más, sentimos cómo la lluvia se desliza por dentro de nuestras ropas, á
lo largo de las espaldas.
El refugio está lleno. Es una techumbre de paja sostenida por tabiques
de troncos y esteras. En su interior, sentados en el suelo, hay unos
veinte javaneses. Al vernos entrar hablan entre ellos y sonríen con una
expresión intraducible. La sonrisa puede ser de burla; puede ser de
lástima y simpatía.
Nos hallamos en un camino poco frecuentado. Esta gente no tiene la menor
noticia de que un grupo de viajeros llegó horas antes á Garoet y visita
el país. Nos ven entrar en su refugio como si nos hubiese vomitado la
tempestad. Ignoran de dónde pueden venir unas gentes que no hablan el
holandés y tienen un aspecto físico distinto al de sus dominadores.
Todos ellos van casi desnudos y esparcen en este recinto cerrado un
fuerte olor de carne masculina húmeda. Muchos llevan metido en la parte
trasera de su faldellín un _kris_ malayo, puñal de hoja flamígera que
les sirve para su defensa.
Yo llevo un revólver en mi viaje, pero lo dejé en el bolso de mano que
los mozos de la estación de Garoet trasladaron al hotel. No tengo ni un
bastón, y estoy metido dentro de una choza, entre dos mujeres, inquietas
y asustadizas, con sobrado motivo, y veinte hombres que representan
otros tantos misterios.
Siguen conversando y mirándonos. Algunos de ellos mascan betel y arrojan
en el suelo salivazos rojos que parecen de sangre. La señora que
acompaño se sube el pecho del vestido para ocultar su collar de perlas y
da vuelta á sus sortijas de modo que las piedras queden invisibles
dentro de sus manos cerradas.
Un vejete desdentado, semejante á un fauno, sonríe al ver estas acciones
que pasaron inadvertidas para los otros... Y siguen hablando; y nosotros
no entendemos nada, y fuera de este refugio continúan el trueno, el
rayo, el diluvio tropical...
¡Ah, no!... ¡vámonos! Es una imprudencia continuar aquí. Nuestros dos
muchachos parecen alegrarse al ver que volvemos al automóvil. Tal vez
han pensado lo mismo que nosotros. Puede ser también que juzguen
preferible correr á estar aguantando la tempestad dentro de un carruaje
en el que entra la lluvia por todas partes.
Volvemos á rodar por los caminos inundados, bajo el martilleo de la
tormenta. El chófer y su acólito conocen ya el terreno por donde
corremos y señalan el horizonte amarillo de lluvia y surcado de
relámpagos, repitiendo: «_¡Garut!... ¡Garut!_»
Adivino que aún estamos lejos de la ciudad, y como el aguacero continúa
asaltándonos, descendemos otra vez en una casa de buen aspecto, rodeada
de cocoteros y plataneros: una vivienda, al parecer, de campesinos
acomodados. La habitación está en alto, y una docena de escalones de
madera nos permiten subir hasta su plataforma, cubierta de esterilla
fina y limpia. Los tabiques son de una estera más fuerte y encima de
ellos hay un espacio libre que permite la ventilación de todas las
piezas y está cubierto por la techumbre de troncos y paja. En este
desván aéreo se han refugiado varios loros y otros pájaros domésticos,
asustados por la tormenta. Vemos los ojitos brillantes de dos monos que
marchan á cuatro patas en la penumbra, saltando de un tronco á otro.
En la pieza delantera, completamente descubierta, que sirve de salón y
comedor, nos recibe sonriente el patriarca de la casa, un viejo, desnudo
de cintura arriba. Otros hombres más jóvenes, que deben ser sus hijos,
van aún con menos ropas que él. Las mujeres de la familia, sin más que
su pañal de _batik_, nos hablan con una verbosidad inútil, sonriendo al
mismo tiempo á los hombres de su casa y hasta á los dos muchachuelos del
automóvil. Como es natural, se burlan un poco de los tres extranjeros
que no pueden entenderlas, que intentan expresarse por señas, y mojados
de cabeza á pies ofrecen un aspecto lamentable. Es la ropa chorreante lo
que nos proporciona un aspecto ridículo. Los javaneses, por el
contrario, parecen hermoseados por la lluvia, que da jugo y brillo á su
desnudez.
Como empieza á decrecer la tormenta volvemos al automóvil. Las mujeres,
más expresivas y habladoras que los hombres, consiguen hacernos entender
por señas que la ciudad no está lejos. Los dos muchachos, con sus
chillidos y gesticulaciones simiescas, nos repiten lo mismo.
Corre el vehículo por caminos cada vez más amplios, cuyos alrededores
revelan la proximidad de un grupo de civilización. Al mismo tiempo la
lluvia empieza á hilarse, pasando de la tromba compacta al filamento de
gotas separadas. Se alejan los truenos; el rayo no es más que un
resplandor temblón en el horizonte. Comienzan á subir del suelo los
perfumes de ruda embriaguez que exhala la tierra mojada. Lanza de golpe
la flora tropical todos sus olores contenidos durante la tormenta.
Dilatamos nuestros pechos con una aspiración amplia y voluptuosa,
saboreando de nuevo la belleza paradisíaca que nos rodea.
Una impresión de calma se esparce por nuestro interior. Nos sentimos en
un estado de placidez, semejante al del que escucha la «Sinfonía
Pastoral» de Beethoven, cuando se aleja la tormenta y la dulce
tranquilidad del campo empieza á restablecerse.
Sigue cayendo la lluvia, una lluvia que parece luminosa y perfumada. Sus
gotas son de ámbar y resbalan con suavidad sobre el cristal de la tarde.
Los huertecillos se convierten gradualmente en jardines y las chozas en
casitas de aspecto europeo. El camino es ahora una avenida urbanizada
que va salvando sobre el lomo de los puentes varios arroyos y barrancos.
Ya estamos en las afueras de Garoet... Y es aquí, á las puertas de la
ciudad, donde presencio uno de los espectáculos más inolvidables de mi
vida.
La lluvia, que sigue cayendo con una insistencia dulce, representa un
placer para los naturales. El hormiguero humano ha empezado á surgir de
todos sus refugios. Los javaneses marchan en lentas filas por los
senderos. Niños completamente desnudos se colocan debajo de los
canalones para prolongar el deleite de la mojadura. La tormenta es un
baño más para este pueblo que sufre calores tórridos.
Vemos venir hacia nosotros una muchedumbre de mujeres que nos parece
interminable. Todas ellas son jóvenes. Deben volver de trabajar en los
talleres de Garoet que fabrican el _batik_. ¿Cuántas son?... Difícil
calcularlo. Van en grupos escalonados y llenan toda la extensión
visible del camino.
Brillan de cintura arriba sus carnes mojadas. Las cabelleras, formando
rodete sobre la cúspide de sus cabezas, tienen adornos de diamantes
naturales con el chorreo de las gotas que se desprenden de ellas. La
caricia fría de la lluvia las cosquillea al deslizarse por la piel
dorada y fina de sus pechos y espaldas. Marchan abrazadas unas con
otras, cantan y gritan excitadas por la electricidad de la atmósfera y
los besos húmedos del aguacero.
Llevan como falda una pieza de _batik_. Pero esta tela de colorines
puede ensuciarse en los charcos del camino y todas ellas,
tranquilamente, se la han subido más arriba de las caderas, marchando
con desembarazo sin preocuparse de su desnudez inferior, tan absoluta
como la de arriba. Les basta para sus escrúpulos pudorosos llevar
arrugado sobre el talle este fino pañal que abulta menos que una faja.
El primer grupo, al pasar junto al automóvil, nos saluda con gritos y
risas, sin echar abajo su faldamenta. Creen innecesaria tal molestia...
¡Pasamos tan aprisa!
No es impudor. Para que lo fuese resultaría preciso que estas muchachas
conociesen los escrúpulos de las gentes vestidas, y creyeran inmoral el
desnudo. Pero saben que los blancos nos asombramos ante ciertas partes
del cuerpo descubiertas, y como ellas marchan casi en cueros para sentir
mejor la caricia de la lluvia, les place conmovernos un poco con su
inocente exhibición. Algunos hombres que van entre ellas y son tal vez
de sus familias ríen igualmente de esta broma juvenil.
Y así van pasando y pasando las muchachas, con su falda recogida en el
talle... Son más de doscientas; tal vez trescientas.
Continúa mucho tiempo el desfile de caras sonrientes, de piernas
desnudas, de triángulos sexuales, que asoman, se eclipsan y vuelven á
surgir con los movimientos del paso. En algunas corre la lluvia sin
obstáculos, lo mismo que si resbalase sobre la piedra lisa. En las más
de ellas se detiene unos momentos, cautiva antes de caer, de igual modo
que cuando se enreda en las marañas de una vegetación naciente.
XVIII
BAJO LA LLUVIA ECUATORIAL
Mi cama y mis compañeros de alcoba.--Los vendedores de Garoet.--La
superstición del dólar.--Javaneses y malayos.--Locura homicida de
los que «corren el amok».--La lira de cañas.--El baile en el
hotel.--La «Sinfonía de la selva».--Los cuatro jóvenes nobles y sus
danzas.--Regalo de un «kris» del antepasado.--El Guiñol
javanés.--Una novela caballeresca con monigotes y música.
Nuestro hotel de Garoet es un jardín con numerosos edificios de un solo
piso esparcidos en sus frondosidades. Nos refugiamos al bajar del
automóvil en el más importante de ellos, donde están los salones
comunes, los comedores y la oficina del gerente.
Me entero de que mi pequeño equipaje me espera en una habitación situada
al otro extremo del hotel. Hay que buscarla bajo la lluvia por avenidas
que deben ser interesantes á las horas de sol, á causa de sus arriates
de flores y sus arboledas umbrosas, pero en este momento corren por
ellas verdaderos arroyos, y cada rama deja caer un chorro continuo.
Silba el gerente y viene á buscarme un portero javanés, con turbante de
_batik_, levita blanca y descalzo. Sostiene un paraguas con ambas manos,
mejor dicho, una cúpula de cartón barnizado, debajo de la cual pueden
marchar varias personas sin mojarse. Es tan enorme este techo portátil,
que el javanés hace esfuerzos para sostenerlo, á pesar de que ha caído
el viento y la lluvia desciende copiosa, pero mansa, á través de una
atmósfera dormida. Como el porta-paraguas va descalzo y sólo se preocupa
de mantener su cúpula, avanza rectamente, sin reparar en charcos.
Nosotros le seguimos pegados á él, y esto libra nuestras cabezas de la
lluvia, pero nos hundimos á cada instante en las charcas rojizas y los
regueros serpenteantes del jardín.
Es mi habitación una pieza de grandes proporciones, con muebles
holandeses, solemnes y viejos, que datan sin dada de la Compañía de las
Grandes Indias. La cama se muestra tan ancha como larga; pero esta
amplitud, que en el primer momento representa un motivo de agrado, queda
olvidada á causa de su dureza. Tiene sin duda alguna un colchón, pero la
materia que le sirve de relleno ha adquirido una densidad igual á la de
las cortezas de los árboles. Las gentes del país afirman que en un lecho
duro se siente menos el calor. Además, el mismo calor justifica la
escasez de sábanas. La cama sólo tiene una, la que cubre el colchón. El
viajero debe dormir sin taparse, y para el caso de que sienta frío, una
manta ligera, á cuadros blancos y azules, está plegada á los pies.
En cambio abundan las almohadas, algunas de ellas de aspecto raro y uso
desconocido para mí. Una, larga y dura como un madero, sirve
indudablemente para apoyar la cabeza; otra es para colocársela entre las
piernas, y dos más pequeñas se acoplan entre los brazos y el tronco. Hay
que dormir con los miembros abiertos en cruz de San Andrés, la misma
postura de los reos de otros siglos condenados á ser hechos cuartos por
la dislocación. De este modo parece que se siente menos la caliginosidad
de la noche ecuatorial, que hace correr sobre el cuerpo regueros de
sudor.
Al inclinarme sobre mi pequeña maleta noto que el cuarto está ocupado
por varios camaradas que me acompañarán toda la noche. Saltan sobre el
suelo unos animalillos verdes. Las ranas invaden tranquilamente estas
viviendas de un solo piso. Por las paredes y el techo corren lagartos
rugosos y negruzcos. El servidor javanés, que ha dejado su paraguas á la
parte de afuera, ríe de mi asombro y me habla, sabiendo que no puedo
entenderle. Conozco sin embargo lo que me dice por haberlo oído en otros
hoteles de países cálidos. Hay que respetar á estos compañeros de
habitación para no privarse de sus buenos servicios. La rana se come los
insectos que reptan y saltan sobre el suelo, bestias prolíficas que
pueden depositar sus innumerables huevecillos debajo de nuestras uñas si
descendemos de la cama con los pies descalzos. El lagarto se come los
mosquitos.
Me falta tiempo para seguir examinando mi dormitorio. Éste tiene, como
todas las casas de los javaneses acomodados, un salón exterior y
abierto. El pórtico que extiende su techumbre sobre el frente del
edificio se halla dividido por tabiques, y cada uno de tales espacios
guarda sillones, una lámpara en el centro y macetas de flores que penden
del alero.
Mi pequeño salón, al que se llega subiendo tres escalones, está ya medio
invadido por una multitud infantil que se aprieta para quedar á
cubierto, librando de la lluvia los objetos sostenidos por sus manos.
Todo Garoet sabe que ha llegado un grupo de viajeros, y como el
vecindario vive de los visitantes, aguarda con impaciencia el regreso de
los automóviles que la tempestad ha sorprendido en pleno campo.
Nosotros somos los primeros en volver y recibimos el empuje de todos los
vendedores de Garoet. Hombres y mujeres se mantienen al acecho en las
inmediaciones del edificio central, pero han destacado contra nosotros
sus numerosas proles cargadas de telas de _batik_ y polichinelas del
teatro javanés, á los que dan movimientos y posturas cómicas, imitando
sus voces gangueantes. Se sientan á nuestras plantas para ofrecernos sus
mercancías, marcando el precio con los dedos. Al principio usan la
palabra _guilder_, que es el florín holandés, pero inmediatamente la
abandonan para repetir con insistencia: «_¡Dollar! ¡dollar!_»