La vieja Batavia, tan hiperbólicamente descrita por los viajeros de hace

un siglo, resulta pobre y decadente en la actualidad. Establecida sobre

terrenos bajos próximos al mar y cortada por las acequias naturales de

su desagüe, todavía los holandeses, con la nostalgia del colono que

recuerda á todas horas la patria lejana, abrieron canales artificiales

en sus vías más céntricas, á semejanza de los de Amsterdam. Inútil es

decir lo que representan estas vías acuáticas en el interior de una

ciudad, y bajo una temperatura extremadamente cálida, para la

reproducción de los mosquitos. Con motivo fué reputada Batavia como una

de las ciudades más insalubres del mundo. Los holandeses se enriquecían

en ella con rapidez, pero morían no menos aprisa.

A principios del pasado siglo un gobernador trasladó su vivienda algunas

millas más lejos del mar, donde se halla ahora Weltevreden, y la mayor

parte de los habitantes de Batavia le siguieron, creándose la nueva

ciudad. Pero la nostalgia patriótica les hizo volver á abrir grandes

canales en las avenidas de Weltevreden, y el mosquito se enseñoreó

igualmente de la segunda capital.

Al entrar en la vieja Batavia se pasa por una especie de arco de

triunfo, levantado en tiempos de la Compañía de las Grandes Indias. Es

de mampostería blanca, con hornacinas que cobijan varias estatuas

simbólicas pintadas de negro. A un lado de este monumento casi fúnebre

puede verse una de las curiosidades tradicionales del pueblo javanés.

Caído en el suelo hay un cañón de bronce verdoso, desmontado hace

siglos, y en torno se extiende un prado de flores de papel ofrecidas por

los devotos de dicho ídolo. Un indígena establecido cerca del cañón

vende varillas de sándalo, que las mujeres queman con los ojos puestos

en el cilindro de bronce ornado de relieves. Todos saben en Java que la

mujer que se sienta sobre este cañón y le dedica flores é incienso queda

en estado de tener un hijo á los nueve meses justos.

Al borde del canal más grande se extiende una fila de caserones de dos

pisos--altura extraordinaria en este país--, que ostentan fachadas algo

ruinosas, con galerías cubiertas, columnatas y remates ondulados al

gusto del siglo XVIII. Estos palacios de los ricos de otros tiempos,

cuyos descendientes se trasladaron á Weltevreden, están ahora ocupados

por oficinas comerciales y por bancos. Los negocios se hacen todavía en

Batavia, y al caer la tarde jefes y empleados regresan á sus _bengalows_

floridos de Weltevreden, por ser peligroso para la salud pasar la noche

en la vieja ciudad.

Los chinos forman la mayoría del vecindario de Batavia, y todo el

movimiento nocturno se concentra en sus calles tortuosas, cuyas fachadas

tienen celosías con dragones de oro y de cuyas ventanas penden rótulos

sobre telas ondeantes.

Después del recogimiento constructivo de Batavia, que aglomeró sus casas

como todas las ciudades antiguas, sorprende la extensión inaudita de

Weltevreden. Todas las calles importantes tienen kilómetros y

kilómetros.

Atravesar alguna de sus plazas á las horas de sol es todo un viaje. Se

sabe la existencia de la plaza porque lo afirman los guías, pero el

visitante, al separarse de una hilera de edificios, ve enfrente un

jardín, marcha por él hasta sentir cansancio, y cuando cree hallarse en

plena selva tropical, lejos de la ciudad, columbra á través de los

troncos las techumbres de otros pabellones rodeados de jardines. Es la

acera de enfrente.

En el centro de Weltevreden está la llamada plaza del Rey, que tiene un

kilómetro de longitud por cada uno de sus lados. Es la plaza más grande

del mundo dentro de una ciudad. En la parte central de este kilómetro

cuadrado, verde como una pradera, galopan soldados amaestrando sus

caballos y pastan finas vacas holandesas. Todo en ella tiene un aspecto

de campo libre á pesar de la arboleda urbana que orla sus cuatro lados

frente á los jardines de los particulares.

Viendo las casas de las gentes acomodadas de Weltevreden se adivinan su

dinero, su escrupulosa limpieza y sus comodidades; pero en otros países,

y sin el marco esplendoroso que les proporciona la vegetación de sus

jardines, estas construcciones se verían tal vez menospreciadas. Son

ligeras y frágiles. No tienen la estabilidad señorial de los caserones

de Batavia ocupados ahora por el comercio, que aún guardan sus

pavimentos y sus grandes zócalos á la altura de un hombre hechos con

losas de mármol blanquísimo.

Los _bengalows_ elegantes de Weltevreden ofrecen una particularidad que

aún parece hacerlos más inestables. Todos ellos carecen de fachada;

únicamente las piezas interiores que sirven para dormir tienen tabiques

y puertas. El techo está sostenido en su parte delantera por ligeras

columnas, y el comedor, el gran salón para recibir visitas, el gabinete

íntimo donde la familia lee, se hallan descubiertos, á la vista del que

pasa. Los árboles del jardín sirven de movible cortina, y bajo los

aleros de estas piezas sin pared se balancean macetas colgantes de

alabastro con chorros de flores. Hasta las casas de los empleados más

modestos tienen en torno un jardín y las habitaciones principales sin

más abrigo que el techo.

A un lado de Weltevreden se ha ido formando durante el siglo XIX la

tercera ciudad, ó sea Micer Cornelius. Dicho personaje fué un holandés

que se defendió heroicamente cuando los ingleses desembarcaron en Java,

ocupando la isla. Esto ocurrió en la época de Napoleón. Como el

emperador francés se anexionó á Holanda, acabando por dar la corona de

este país á uno de sus hermanos, el gobernador inglés Raffles, fundador

de Singapore, organizó una expedición desde dicha colonia, apoderándose

de todas las Indias holandesas, y Java no fué devuelta á sus antiguos

poseedores hasta 1816.

Micer Cornelius fué al principio una barriada indígena á la que acudían

los javaneses en días de fiesta para sus diversiones un poco libres. Las

principales viviendas estaban dedicadas á industrias vergonzosas. Este

suburbio es hoy una ciudad-jardín como Weltevreden, urbanizada por las

gentes de la clase media que desean crearse un hogar propio.

Puede afirmarse que lo más extraordinario en Java es el aspecto de las

muchedumbres y su belleza corporal. La vegetación maravillosa de esta

isla puede encontrarse igualmente en las inmediaciones de Singapore ó en

Ceilán. Pero los habitantes de dichos lugares no son comparables á los

javaneses por el color de su epidermis ni por la infinita variedad de

sus vestiduras.

Ya dije en otro lugar cómo es la tez metálica de los javaneses y

especialmente de sus mujeres. Resulta exacto compararla con el bronce,

pero un bronce recién frotado, limpio, que brilla como el oro. Parece

que la piel de estas gentes tenga una luz interior. Sus cuerpos, lo

mismo en hombres que en mujeres, son de una esbeltez que deja al

viajero, algunas veces, absorto por la admiración.

El lector debe estar enterado de que Java es el país del _batik_. Aquí

se fabrica esta tela, pintada con toda clase de colores y puesta en uso

por la moda hace poco tiempo, que las fábricas europeas falsifican a

causa de su alto precio. Hasta los mendigos van en Java vestidos de

batik.

En realidad el traje nacional consiste en una pieza de dicho tejido, el

_sarog_, que hombres y mujeres llevan arrollada sobre sus piernas, como

una falda de corto paso. Los varones añaden una camisa y las mujeres

también, pero tan corta la de éstas, que deja al descubierto una gran

faja de carne desnuda entre su borde y el _sarog_. Muchas hembras

prescinden en el campo ó dentro de sus casas de esta breve camiseta, y

van desnudas de cintura arriba, mostrando unas abundancias mamilares que

también parecen ser algo especial de esta isla paradisíaca.

Los pechos de las javanesas se sostienen macizos y erguidos hasta

después de las majestuosas amplificaciones que trae la maternidad.

Avanzan rigurosamente horizontales, no obstante su volumen, y algunas

veces, tal es su dura soberbia, que, abandonando la línea recta, elevan

hacia el rostro de su portadora los dos agudos botones de sus vértices.

Están pintadas las faldas de _batik_ con los colores innúmeros de una

primavera fantástica, y á estas flores inverosímiles, que muchas veces

son de oro, se agregan tigres de perfil heráldico, reptiles vomitando

fuego, leones de melena verde. Una muchedumbre javanesa recuerda á los

pueblos de la Edad Media, vestidos con ropas blasonadas y de violentos

colores. Los chinos, siempre trajeados de azul, resultan humildes y

obscuros al lado de los naturales de la isla.

Empieza aquí el uso del turbante, tocado que seguiremos encontrando en

los otros pueblos de Asia. Creo oportuno advertir que el pueblo de Java

es por entero musulmán. Este país lo catequizaron los bracmanes

indostánicos en remotos siglos; luego fué budista, y aún quedan de tal

época maravillosa ruinas de templos en su interior. Pero mucho antes que

los portugueses, llegaron á Java los malayos y otros pueblos que habían

recibido de los marinos árabes el mahometismo, y todos los habitantes de

la isla profesan actualmente dicha religión.

Es un mahometismo especial, suave y dulce. En Java sólo pueden ser así

las cosas. Los santones no tienen la influencia que en otros países

musulmanes; se ven pocas mezquitas y todas ellas son pobres. Las mujeres

javanesas gozan de absoluta libertad y no se limitan á ir con la cara

destapada á todas partes. Fácilmente se desnudan de cabeza a pies, con

una sencillez paradisíaca. Los hombres toman toda clase de bebidas

alcohólicas, si se las ofrecen gratuitamente.

Los más llevan el pequeño turbante característico de Java, que consiste

en un pañuelo obscuro y dorado de _batik_ enroscado sobre la cabeza y

con dos cuernecitos en la frente que indican el nudo terminal. He visto

en las calles de Weltevreden ricos personajes javaneses que se dirigían

á los clubs más lujosos vistiendo uniforme por ser oficiales del

ejército colonial. A todos ellos, por detrás del kepis holandés les

asomaba la torta del turbante. Sin embargo, éste no es obligatorio. Los

javaneses de la capital que se dedican á oficios manuales y los

comerciantes de los pueblos llevan un gorrito redondo de terciopelo con

bordados, semejante al que usan en las oficinas de Europa algunos

funcionarios viejos.

A partir de Java, empiezan también para nosotros los pies descalzos y la

marcha silenciosa. Los japoneses van montados sobre banquitos que á

cada paso lanzan el chacoloteo de la madera. Los chinos usan zapatillas

y su marcha afieltrada les permite aproximarse como fantasmas. El

javanés va descalzo, y á partir del lujoso y célebre «Hotel de las

Indias» de Weltevreden, vamos á ser servidos en los hoteles de

Singapore, de Birmania y de toda la India por camareros elegantemente

vestidos, pero sin zapatos.

La parte más grande del Asia desconoce el calzado. Este tormento queda

para los blancos. Los camareros que en el inmenso comedor del citado

«Hotel de las Indias» nos sirven platos javaneses rociados de salsas

infernales van todos vestidos de blanco, con levitas inmaculadas y

pantalones cortos, en la cabeza el pequeño turbante de _batik_ y los

pies completamente desnudos.

A ciertas horas del día, en los canales de las calles más importantes,

que son de cierta profundidad, se ven numerosos grupos de mujeres

descendiendo con lentitud las escaleras de piedra para meterse en el

agua, sin más traje que una de esas telas asiáticas, extremadamente

sutiles, que tienen además el tono rosa de la carne. Apenas se

encuclillan en los últimos escalones para que el agua les llegue al

cuello, dicha tela desaparece, pegándose á todas las curvas entrantes y

salientes de estas buenas mozas de piel de oro. Luego remontan con paso

tranquilo la escalera, hasta el lugar donde dejaron sus ropas secas.

Tal baño en las calles no llama la atención de ningún habitante blanco

de la ciudad. Lo ven todos los días. Además tiene por base un motivo

religioso, respetado por las autoridades. Como estas mujeres son

musulmanas, hacen sus abluciones rituales en el canal. La temperatura de

Java, que algunos llaman «la isla del sudor», convierte en voluptuoso

placer tal acto de devoción. De aquí la facilidad de las javanesas para

desnudarse, su amor al agua y su odio al vestido... cuando no es muy

rico.

Las más de estas mujeres resultarían de una belleza apreciable, á pesar

de sus facciones exóticas, si no fuese por su costumbre de mascar betel,

materia que desfigura sus bocas y les hace escupir una saliva del mismo

color de la sangre. En las calles se encuentran con frecuencia

preparadores de esta materia que tanto repugna á los europeos.

Hay también numerosos vendedores de comestibles que libran á las

javanesas de la necesidad de encender fuego para la preparación de sus

alimentos. Los que ofrecen melones, plátanos, mangos y otros frutos del

país, condimentan igualmente arroz guisado con _cary_, entregándolo

envuelto en hojas de platanero que sirven de platos. Sólo las gentes del

país pueden comer este guiso popular, que despierta en la boca los

ardores de un incendio. También, sentadas al pie de los árboles, hay

mujeres que venden té y otras bebidas refrescantes.

Los hombres mostraron en tiempo de la Compañía de las Grandes Indias

ciertas preocupaciones supersticiosas, que ésta hubo de respetar para

que no ocurriese una sublevación general. La justicia de la citada

Compañía, tremendamente severa, castigaba con suplicios rigurosos hasta

ciertas faltas de poca gravedad entre los blancos. La constancia de los

naturales en el sufrimiento de penas bárbaras pareció increíble á muchos

viajeros de entonces. El javanés recibía tranquilamente la muerte, pero

á condición de que lo matasen llevando calzoncillos blancos y no le

cortaran la cabeza. Los tribunales tuvieron siempre con sus reos esta

complacencia. Para un javanés, lo terrible no era morir, sino llegar al

otro mundo con la cabeza bajo el brazo y sin calzoncillos blancos, por

tener la certeza de que en tal forma no lo recibirían en el cielo.

Todo esto es muy antiguo y con razón empieza á olvidarse. El régimen

actual resulta muy distinto al de la antigua Compañía, pero aún queda en

Batavia, intacto y con frescura de obra cuidadosamente renovada, un

monumento de la crueldad de los antiguos colonizadores.

Pocos son los viajeros que no van á visitar, junto á la iglesia vieja de

Batavia, la lápida del «traidor» Erberfeld. Ésta consiste en una gran

piedra vertical incrustada en el muro de un jardín con la siguiente

inscripción, primero en holandés y luego en javanés:

CENTER

PARA PERPETUAR EL NOMBRE EXECRABLE DEL TRAIDOR

PIETER ERBERFELD

QUEDA PROHIBIDO PARA SIEMPRE

CONSTRUIR Ó PLANTAR EN ESTE SITIO.

BATAVIA, 14 ABRIL 1722.

El mencionado Erberfeld fué un mestizo rico, hijo de un colono alemán y

de una javanesa, que intentó en el siglo XVIII una revolución para echar

fuera de su país á los europeos. Él y catorce personajes javaneses, sus

compañeros de conjura, fueron condenados á muerte como traidores, aunque

muchos sospechan que la tal conspiración no representaba ningún peligro

serio, y el principal delito de Erberfeld consistió en las tentaciones

que inspiraban sus ricas propiedades á muchos de los dominadores.

Erberfeld y el javanés Catadia, reputado también como jefe, merecieron

un suplicio aparte, consignado así en su sentencia: «Serán extendidos y

atados cada uno sobre una cruz y se les cortará la mano derecha. Luego

serán atenaceados en los brazos, las piernas y los pechos, de modo que

las tenazas ardientes se lleven pedazos de su carne. Después se les

abrirá el vientre y el pecho de abajo á arriba, se les arrancará el

corazón y se les echará al rostro. La cabeza cortada puesta sobre una

estaca y el cuerpo hecho cuartos, quedarán expuestos fuera de la ciudad,

para que sean comidos por las aves de presa.»

Encima de la lápida que execra la memoria del «traidor» hay una cabeza

de yeso atravesada por un largo clavo ó hierro de lanza. Es una cabeza

de difunto con los ojos cerrados. Algunos dicen que dentro del yeso está

el verdadero cráneo de Erberfeld.

Por detrás de este monumento se abren las ramas de un jardín tropical.

Los plataneros extienden como un dosel sus anchas hojas barnizadas sobre

la cabeza del martirizado.

¡Y pensar que fué en la vieja Holanda protestante donde se imprimieron y

editaron la mayor parte de los libros, algunas veces fantásticos, sobre

las crueldades de los españoles en América, más de un siglo antes de la

ejecución horrible de Erberfeld y sus catorce compañeros javaneses!...

Suplicios parecidos se encuentran en la historia de todos los pueblos:

es cierto. Francia repitió con Damiens las crueldades horripilantes

sufridas por Erberfeld, algunos años después del martirio de éste.

Son barbaries del pasado... Conformes. Pero que las vergüenzas de ese

pasado se repartan con equidad entre todos los países, sin distinciones

injustas y fanáticas para aplicárselas á España solamente.

XVII

EL PARAÍSO JAVANÉS

Enorme población de Java.--Sus arrozales en escalones.--Exuberancia

vegetal.--Las chozas y sus habitantes.--Duchas naturales al aire

libre.--Adán y Eva como antes del pecado.--Llegada á Garoet.--Nos

extraviamos en sus alrededores.--Una tempestad ecuatorial.--El

refugio de los veinte javaneses misteriosos.--Fuga bajo la

tormenta.--Lo que vi á las puertas de Garoet y no olvidaré nunca.

Vamos á Garoet, hermoso valle del interior de Java, situado á gran

altura, lo que le hace ser deseado por los que sufren el clima abrumador

de los terrenos bajos próximos al mar. Hasta de Singapore vienen muchas

gentes quebrantadas por la temperatura ecuatorial para vivir unos meses

en sus sanatorios y hoteles. Seis horas de ferrocarril necesitamos para

llegar á dicha población, y durante su trayecto cambian los paisajes á

medida que el tren va ganando altura de valle en valle.

Isla estrecha y larga, tendida exactamente de Este á Oeste, tiene Java

una cordillera de volcanes muertos que es como su espina dorsal; pero

esta barrera montuosa nunca fué un obstáculo para la vida de los

naturales. Cortada casi simétricamente por numerosos pasos, les resultó

fácil á los primitivos javaneses y á los navegantes malayos que se

esparcieron por sus costas trasladarse de la ribera Norte á la del Sur

para la explotación de sus terrenos feraces. Merced á esta facilidad

topográfica, á la fecundidad del suelo y la dulzura del ambiente, Java

ha sido en todo tiempo el país más poblado de la tierra. Tiene hoy 35

millones de seres, y en muchos de sus distritos se cuentan más de 600

habitantes por kilómetro cuadrado, cifra que no alcanza ninguna de las

naciones de Europa.

Todas las colonias actuales holandesas que fueron antiguamente de la

Compañía de las Grandes Indias representan una población de más de 50

millones de seres. Esto da á Holanda, que aparece en Europa

mediocremente representada por la extensión de su territorio y la

cantidad de sus habitantes, un aumento enorme de poder, económico y

político.

La exuberancia de población la nota el viajero, especialmente, fuera de

las ciudades. En otros países los campos están casi siempre solitarios,

y hay que preguntarse quién pudo abrir los surcos y sembrar las llanuras

que se muestran cultivadas. Sólo de tarde en tarde llega á verse algún

hombre que trabaja, encorvado sobre la tierra, ó guía bestias de labor.

En Java los caminos parecen calles, y sobre algunos campos se aglomera

la gente lo mismo que si fuesen plazas.

No hay estación de ferrocarril, por modesta que sea, que no tenga en sus

muelles una muchedumbre. La moderna colonización holandesa ha trazado

una red de líneas férreas, excelentemente construidas, por las que

circulan numerosos trenes. Son ferrocarriles como los de Europa por su

material y su servicio. Sólo el gentío que llena los vagones nos hace

recordar que estamos en Java; multitudes vestidas de _batik_ con una

riqueza colorinesca, semejante á la de las flores de sus jardines, y una

parte considerable de sus cuerpos en tranquila desnudez.

El viaje á Garoet nos permite apreciar directamente la riqueza de Java

y el trabajo de las muchedumbres laboriosas que surgen de todas partes,

como las procesiones de un hormiguero.

Son arrozales los más de los campos, lagunas fangosas de una

horizontalidad que se pierde de vista. Parejas de carabaos labran esta

tierra medio líquida. Tienen los cuernos blancos y casi rectos. Su piel

es obscura y lustrosa, como la del elefante y el hipopótamo. Avanzan con

un esfuerzo tenaz, sudorosos bajo el sol tórrido, y cuando se detienen

junto á una charca, sus dueños meten un cubo en el agua rojiza y bañan

sus lomos y flancos, lo que los hace brillar por unos segundos como si

fuesen tallados en azabache.

Los hombres van desnudos, con sólo un trapo entre las piernas. Sus

espaldas son de bronce dorado. En la cabeza llevan un sombrero de paja

del tamaño y la forma de una sombrilla japonesa. Formando largas hileras

se encorvan y se alzan á un mismo tiempo cavando el barro. Las hembras

se unen á ellos para realizar la misma operación, y desde lejos el grupo

laborioso toma el aspecto de una orla de flores por sus pañales de

_batik_ rosa, azul, rojo ó azafrán.

Muchos han llamado á Java la Isla del Paraíso, y no resulta hiperbólico

tal título en los valles situados á cierta altura sobre el mar, donde el

clima es más dulce que en las tierras vecinas al Océano.

Tienen los caminos un color rojo obscuro de sangre coagulada. Ríos y

arroyos son de un rojo más brillante y claro, igual al de la sangre

fresca. Estos colores ardientes contrastan con el verde temblón de las

plantas de arroz, el verde charolado de los plataneros y otros árboles

frutales en torno á las viviendas, y el verde amarillento con reflejos

metálicos de los matorrales y palmeras que cubren los terrenos sin

cultivar. En otros países tropicales los bosques son leñosos, de escaso

follaje, con las ramas atormentadas, torcidas, recias. Aquí se muestran

siempre frescos y tiernos. Las hojas están impregnadas de humedad y bajo

su sombra conserva la tierra una blandura rezumante de esponja. Las

prolíficas fuerzas de este clima no dejan libre de germinación una

pulgada del suelo. La verdura lo invade todo, agitando sus penachos de

flores naturales. Solamente los caminos y las vías férreas dejan ver el

color de la corteza terrestre, mas para esto es preciso que los limpien

casi todos los días.

Alcanzan los bambúes proporciones colosales. Las chozas están siempre al

amparo de un grupo de estas cañas que se remontan majestuosas en el

espacio. Junto á las viviendas hay bosquecillos de cocoteros y plátanos

para las necesidades de la casa. Frente á cada puerta se alza un mástil

que parece destinado á sostener una bandera; pero lo que izan en su

parte más alta es una jaula con uno ó varios pájaros. Vistos de lejos

parecen loros de brillantes colores. Tal vez son otras aves de rico

plumaje, y las colocan á esta altura para librarlas de las bestias de

presa que vagan por los bosques y bajan á beber en los arrozales.

Este es el país de la célebre pantera negra de Java y otras fieras no

menos temibles. Aún abundan en el centro de la isla, descendiendo en

determinadas épocas á los lugares poblados. En otro tiempo la diversión

de los javaneses era organizar combates de hombres con tigres y

panteras. Las autoridades holandesas suprimieron esta fiesta, y el

javanés sólo puede imitar á sus abuelos cuando circula la noticia de que

un felino enorme caza en la comarca, armándose entonces para salir con

sus convecinos á matarlo.

El terreno va elevándose. Se nota en la atmósfera y en el aspecto de

los campos que nuestro tren asciende de meseta en meseta. Hemos dejado

atrás la grandiosa estación de Bandoeng, ciudad de modernas

construcciones que rivaliza con Weltevreden y va á convertirse en

capital de la isla. Vemos campos de té compuestos de filas de arbolitos

con la copa redonda, semejantes á pequeños naranjos; plantaciones de

cacao y de tapioca; vastas extensiones de caña de azúcar. También vemos

montones de cocos y grupos de mujeres sentadas en el suelo que extraen

la pulpa de dichos frutos para las fábricas productoras del llamado

aceite de copra.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 16 / 24 段