blancas, que desarrolla con una lentitud majestuosa la marcha del juego.
Tiene á su lado un gran montón de _sapeques_, piezas metálicas con un
agujero en el centro. Agarra sin mirar un puñado de tales monedas y las
coloca bajo una maceta de hojalata vuelta boca abajo. El juego consiste
en levantar dicho receptáculo cuando todos, en los diversos pisos, han
hecho ya sus puestas, y con una varilla muy larga, para que no haya
sospecha de trampa, va separando los _sapeques_ por grupos de á cuatro,
hasta que al final quedan unas piezas sueltas, que pueden ser cuatro,
tres, dos ó una, números á los que arriesgan su dinero los jugadores.
Esta separación de cuatro en cuatro la va haciendo con una lentitud
desesperante, pues así le gusta al público. El chino no conoce el valor
de las horas. Además, no hay miedo de que se cierre el establecimiento.
Las casas del «Fan-tan» carecen de puertas y las partidas se suceden día
y noche, renovándose el personal de la mesa. Hay «puntos» que se hacen
traer la comida de un figón inmediato, duermen sobre la banqueta de hule
cuando les rinde el sueño y no salen de la timba en varias semanas,
mientras les queda un peso mejicano.
Algunos de estos jugadores dan pruebas de una visualidad maravillosa.
Apenas el venerable personaje levanta el vaso y empieza á contar las
piezas, adivinan desde el piso superior con una mirada de águila
cuántas quedan en el confuso y enorme montón, anunciando por anticipado
el número ganancioso.
Mientras las señoras vuelven al palacio del gobernador, donde nos espera
un gran banquete, corro yo con uno de sus ayudantes, el teniente de
navío Sebastián Da Costa, notable escritor portugués, á conocer otra de
las singularidades del viejo Macao, la llamada «rua da Felicidade». Esta
calle de la Felicidad resulta semejante por su tráfico á las que existen
en todos los puertos de mar, pero aquí ofrece el interés de ser
únicamente chinos los que la frecuentan, empujados por el acuciamiento
de la lascivia.
Se compone de casas estrechas, cuyo piso bajo ocupa enteramente la
puerta. A través de su abertura se ve una especie de zaguán con el
arranque de la escalera que conduce á las habitaciones superiores, y
algunos asientos chinescos, ocupados por las dueñas y sus amigas. Son
mujeronas de cabeza voluminosa, miembros delgados y grueso tronco, con
una nariz tan aplastada que apenas si resulta visible cuando sitúan de
perfil su ancho rostro, amarillo como la cera. Estas hembras maduras,
retiradas de las peleas sexuales, fuman gruesos cigarros mientras
conversan lentamente. Otras se peinan entre ellas á la luz de una
lámpara colocada ante sus ídolos predilectos.
Las pensionistas de dichas casas juegan en medio de la calle, como un
colegio en asueto. Verdaderamente es la función que les corresponde, á
juzgar por sus pocos años. Todas ellas son chinitas apenas entradas en
la pubertad. Se persiguen como gatas traviesas, dando maullidos de
regocijo. Algunas se acercan á nosotros después de colocarse ante el
menudo rostro una careta de gesto monstruoso, una máscara espantable de
dragón ó de genio, como únicamente saben imaginarlas los artistas
chinos, y las pobrecitas rugen para infundirnos pavor, riendo á
continuación de su travesura.
Nos fijamos en los diversos altares de las casas. Todos ellos guardan
bajo marco imágenes de papel doradas y multicolores: dioses ó diosas de
las Aguas, del Viento, de la Felicidad, etc. En algunas de dichas
viviendas las huéspedas no tienen dinero para adquirir divinidades
protectoras, mas no por eso carecen de altar. Han colocado en la pared,
bajo doseles de colores, un anuncio de la Compañía Trasatlántica
Japonesa, con un vapor de cuatro chimeneas y un mar de grandes olas, y
le encienden todas las noches su lámpara, lo mismo que en las casas
vecinas. Tales improvisaciones no asombran á ningún chino.
Volvemos á atravesar la gran calle de Macao, que tiene en las primeras
horas de la noche un aspecto de capital de provincia. Pasean por sus
aceras numerosos sacerdotes y oficiales vestidos de paisano; jóvenes de
una elegancia marcial, con gran fieltro á lo mosquetero y chaleco
blanco.
Nos obsequia el gobernador Rodrigues con una magnífica comida en su
palacio. Admiro los salones de esta residencia, que no es vieja pero
empieza á adquirir el encanto de lo antiguo. Muchos de sus muebles
proceden de Cantón y tienen más de un siglo. En los rincones hay grandes
ánforas de porcelana multicolor, como las fabricaban los chinos en otros
tiempos.
Con el deseo de que viésemos Macao detenidamente, no ha querido el
doctor Rodrigues dejarnos partir á media tarde en el vapor de Hong-Kong.
Por miedo á los asaltos de los piratas, este vapor emprende su regreso
poco después de su llegada, para que no le sorprenda la noche en el
camino. Las aguas portuguesas son las más seguras. El vigía del castillo
de Macao sigue durante dos horas la marcha de los buques por el enorme
espacio de mar abierto ante la ciudad, y puede dar aviso á los cañoneros
portugueses si nota algo extraordinario. Lo peligroso es el dédalo de
canales é islas inmediato á Hong-Kong, y el vapor-correo procura pasarlo
antes que se oculte el sol.
Nosotros saldremos de aquí después del banquete. Un remolcador del
puerto se encargará de llevarnos á Hong-Kong. Hasta las once de la noche
estamos en la grata compañía del gobernador, su esposa é hijas y las
familias de sus ayudantes. Nos vemos tratados con la proverbial cortesía
de los hidalgos portugueses. Algunas damas cantan _fados_ y romanzas
sentimentales de la patria lejana. Cuando cesa la música hablamos de lo
que fueron los navegantes portugueses y españoles dentro de la historia
del progreso humano.
Salimos para Hong-Kong en el pequeño vapor. Va tripulado por media
docena de marineros que son chinos de Macao. Su patrón parece ser el
único portugués, pero acabo por creerle también mestizo, nacido en la
colonia. Todos ellos se entienden en lengua china para sus maniobras.
El barco tiene en la proa un cañoncito de tiro rápido cuidadosamente
enfundado, á causa de la humedad atmosférica. Creo además que los
tripulantes llevan algunas carabinas... pero ¡vamos encontrando en
nuestro camino tantos juncos! Pasamos al lado de buques que resultan
enormes si se les compara con nuestra pequeñez, y de su interior puede
desplomarse repentinamente sobre esta cubierta una cascada de diablos
amarillos y medio desnudos, que se apoderarían del barquito antes de que
nadie pudiese desenfundar el cañón ni tocar una carabina.
Pienso que si los tripulantes de algunos de los juncos de comercio
supiesen quién viene en este pequeño buque se sentirían inclinados á
intentar una aventura capaz de enriquecerlos. Por suerte, para todos los
navíos de forma arcaica y su marinería vagabunda que sólo se muestra
honesta cuando ve próximos los golpes, nuestra embarcación no es más que
un cañonero de Macao que se dirige á Hong-Kong en plena noche por un
asunto del servicio.
Sospechas ó inquietudes van desapareciendo según avanza nuestra
navegación sobre las aguas del estuario. El misterio de la noche nos
penetra y nos avasalla. Queremos gozar la belleza de la hora presente,
que tal vez no volveremos á conocer nunca en lo que nos resta de vivir.
Si me preguntan cuál es la sensación más honda y duradera de mi viaje
alrededor del mundo, tal vez afirme que el viaje de Macao á Hong-Kong,
sobre un mar dormido como una laguna, bajo la cúpula de una noche
esplendorosa, con el incentivo de marchar en el misterio, costeando
peligros y casi al ras de las aguas. El mar es muy distinto cuando se
navega por él pudiendo tocarlo con la mano á como se ve desde la última
cubierta de un trasatlántico, alta como la plataforma de una torre.
Ha surgido la luna sobre el lomo obscuro de una de tantas islas. Es
simplemente un cuarto creciente, pero la vagorosa luz traza un ancho
camino de lácteo resplandor sobre la llanura lóbrega moteada de rojo por
las lucecitas de los juncos. Las estrellas son tantas en este cielo
tibio, que al levantar la cabeza para verlas, parpadean los ojos cual si
lloviese sobre ellos polvo de luz. Detrás de la popa huye el camino
lunar, ondeado por el cabrilleo de las aguas. Este camino forma un
triángulo. Se estrecha hasta unir sus dos bordes en el límite del
horizonte y sobre este vértice asoma á intervalos un diamante rojo que
lanza contados centelleos, siempre los mismos, y vuelve á ocultarse en
momentáneo eclipse: el faro de Macao.
Ofrece la proa un espectáculo más extraordinario al deslizarse por sus
dos flancos el agua partida en espumas.
¡Las fosforescencias del mar chino!... En noches anteriores, al pasar la
bahía de Hong-Kong sobre los vaporcitos que van y vienen entre la ciudad
y la península de enfrente, llamó mi atención un resplandor verde de las
aguas próximas. Creí al principio en un reflejo de la luz de posición,
situada en el puente, y que corresponde al lado de estribor. Pero al ver
que en el costado opuesto no existía ninguna luz roja y las aguas
seguían brillando con la misma luminosidad verde, me di cuenta de que
era un reflejo fosforescente como no lo había visto nunca en otros
mares.
Ahora, al regresar de Macao, considero casi insignificante la
luminosidad extraordinaria de la bahía de Hong-Kong. Aquí, en pleno
estuario, donde el agua tranquila de los canales es una mezcla de la
salinidad de las mareas oceánicas y los aportes dulces del río Perla,
cargados de vida animal, la fosforescencia resulta algo inaudito, algo
que nunca pude concebir que existiese.
Brillan junto al buque, durante largos espacios de tiempo, las aguas que
nos rodean, con una luminosidad igual á la de Hong-Kong. Es el mismo
espejismo de ojos felinos que he visto tantas noches en mis travesías á
América... De pronto ocurren mudas explosiones de luz á flor de agua,
como si la proa, al avanzar, fuese rompiendo focos eléctricos. Parece
que en el seno del estuario se alumbren de pronto innumerables tubos de
mercurio, que revienten grandes bolsas luminosas, esparciendo un
resplandor verde semejante al de los teatros y los _cabarets_ de última
moda; y el buque entero queda envuelto por unos segundos en una aurora
inverosímil que parece de otro planeta.
Sentados en la proa unos junto á otros, viajamos á través de la
obscuridad sin poder vernos, y de repente nos contemplamos de cabeza á
pies, con un color de exhalación eléctrica que en el primer momento nos
hace inconocibles.
Menospreciamos el abrigo del único camarote del barco para no perder
este espectáculo ultraterreno, y seguimos en la cubierta, con las ropas
chorreando humedad, temblorosos de frío, mientras vamos pasando entre
islas de una temperatura tropical. Esperamos un nuevo reventón de
resplandores mágicos en el seno de las aguas.
Queremos ver una vez más, bajo esta luz de misteriosa apoteosis, el
deslizamiento de los peces despertados por nuestra proa, negros y
elípticos como manchas prolongadas de tinta china.
XIV
EL PUEBLO FILIPINO
La bahía de Manila.--Obsequios de filipinos y españoles.--Limpieza
y elegancia de la ciudad.--El traje gracioso y señorial de las
mujeres.--Los jardines.--Las escuelas y su profesorado
filipino.--Generosidad del gobierno americano para el sostenimiento
de la enseñanza.--Ansia del filipino por instruirse.--La
colonización española.--Su trabajo fundamental, penoso y mal
conocido.--Filipinas desea ser independiente.--Suavidad del régimen
americano.--Autonomía dada por Wilson.--Palabras de un tribuno
filipino.--El gobernador Wood.--Lo que dicen unos y otros.--Mi
opinión particular.
Dos días después, á la salida del sol, cruza el _Franconia_ un estrecho
entre la tierra firme y la llamada isla del Corregidor.
Se extiende ante nuestra proa un mar tranquilo, luminoso, como los lagos
cantados en odas y romanzas. Parece no tener límites, lo mismo que el
Océano, á causa de la neblina sutil que cubre el horizonte con sus
telones de gasas doradas. Es la famosa bahía de Manila.
Navegamos por ella mucho tiempo, viendo las blancuras de Cavite á
nuestra derecha. Enfrente van asomando, poco á poco, sobre la llanura
azul, los nuevos muelles de Manila, las techumbres de sus almacenes, las
arboledas de sus jardines y el caserío albo, amarillo y rosa, sobre
cuyos tejados se remontan las torres de las iglesias.
Ha quedado en mi memoria la capital de Filipinas como algo que vive
aparte de todas las sensaciones aglomeradas durante mi viaje. Sólo
permanecí en ella un par de días no completos y una noche, pero estas
docenas de horas valen como si fuesen meses; tantos fueron los nuevos
amigos que adquirí en dicho espacio de tiempo, las ideas que recibí de
ellos, las manifestaciones afectuosas de que me vi objeto.
Únicamente pude ver Manila, y aunque es ciudad hermosa, merecedora de
gran interés, su conocimiento no autoriza para poder hablar del
archipiélago filipino. Éste es casi un mundo; tiene más de doce millones
de habitantes y consta de 3.000 islas entre grandes y pequeñas, según me
afirman los que lo han explorado con detención.
Deseo volver sin prisa á este país, donde se mezclan en el momento
presente tres siglos de civilización española, el aporte continuo de los
Estados Unidos, nación la más progresiva de nuestros tiempos, y las
influencias que envían diversos pueblos de la tierra por encima del
Océano, como esos polen de larga fecundación capaces de reproducir
vegetaciones exóticas á distancias enormes. Siento interés por estudiar
y describir detenidamente la vida de esta antigua colonia española, que
es hoy un Estado autónomo y aspira con fe inquebrantable á convertirse
en una República independiente. Mas por ahora tendré que limitarme á
contar lo que vi, expresándolo con un juicio sereno, libre de
sugestiones.
Enumeraré con brevedad los honores que filipinos, españoles y
norteamericanos residentes en el archipiélago me dispensaron durante mi
breve permanencia en Manila. En los salones del Casino Español fuí
obsequiado con un banquete de más de trescientos cubiertos, al que
asistieron las primeras autoridades americanas y todos los individuos de
la Asamblea filipina, senadores y representantes. En la misma noche di
una conferencia en el teatro, y al día siguiente, otra de carácter
literario en la Escuela Normal. El Senado de Filipinas me recibió en
sesión solemne, con asistencia además de los diputados que forman la
Cámara de representantes, concediéndome el alto honor de ocupar un
asiento al lado de su presidente, y éste me saludó con las más
satisfactorias expresiones que puede recibir un escritor amigo de la
libertad. Finalmente, el general Wood, gobernador de Filipinas, me dió
un almuerzo en su palacio de Malacañang, antigua residencia de los
capitanes generales españoles.
Al anclar el _Franconia_, vi cerca de él á un vapor de la Trasatlántica
Española, el _Isla de Panay_, completamente empavesado, con aspecto de
gala. Creí que era este adorno por alguna festividad nacional. Luego
experimenté una de las mayores emociones de mi vida al saber que las
banderas y los gritos de la tripulación asomada á las bordas eran para
saludar mi llegada. Antes de dirigirme á la ciudad subí al _Isla de
Panay_, deseoso de responder á este saludo espontáneo. Bebí una copa de
champaña con el capitán y los oficiales, recibiendo los abrazos de la
marinería, que mostraba un gozo sincero al encontrarse con un español
conocido de todos ellos tan lejos de la madre patria.
Uno de los más afectuosos en sus manifestaciones fué el capellán del
_Isla de Panay_. Durante mi permanencia en Manila se mostraron
igualmente efusivos conmigo numerosos frailes españoles que asistieron á
mis dos conferencias; unos, profesores de la Universidad Católica de
Manila; otros, aficionados a las lecturas literarias. Estando á tres mil
leguas de la patria parecen empequeñecerse nuestras particulares
apreciaciones sobre los misterios que rodean la vida, y nos atrae con
repentino sentimiento de fraternidad la condición común de españoles.
Mi primera impresión al visitar Manila fué igual á la del que entra en
una casa pulcra y clara, después de haber atravesado varias calles
rebullentes de muchedumbre, luminosas, pero sucias. Creo que todos los
que lleguen á Filipinas, después de viajar por la China y otros países
del Extremo Oriente, experimentarán la misma impresión.
Tiene Manila un aire de estabilidad, de solidez y señorío, que contrasta
con el aspecto ligero y provisional de las ciudades del Extremo Oriente,
hechas de madera y tejidos de bambú. Los edificios, aunque de poca
elevación, son fuertes; los templos y los baluartes de la gran muralla,
estilo Vauban, construída por los españoles, dan á Manila una respetable
antigüedad. Hasta las cabañas, hechas sobre pilotes y con tejidos
vegetales, que sirven de vivienda al pueblo en los suburbios, están
alineadas con un método que parece revelar la cohesión de este país.
Digámoslo de una vez. Filipinas tiene un pasado histórico--el de su
infancia--, y quiere llegar á la completa virilidad sin perder su
fisonomía propia.
La limpieza de Manila se refleja en sus habitantes. De todas las
capitales de Asia, incluyendo las mejores colonias de origen europeo, es
Manila la ciudad más pulcra y elegante. Las mujeres van vestidas con el
traje nacional, que sorprende por su gracia y su distinción á las
viajeras de gustos más refinados. Todas llevan una falda de cola larga,
como si fuesen á entrar en un baile solemne, y se la recogen con gracia
señorial. Sobre esta falda de seda, que es de diverso color, según el
gusto de quien la usa, llevan todas ellas un corpiño hecho de encajes
filipinos, célebres por su artística sutilidad. La gorguera del escote
y unas puntas sobre los hombros parecen de lejos los extremos de unas
alas plegadas, dando á las filipinas cierto aspecto de mariposas, como
si fuesen á abrir de pronto unos brazos voladores, elevándose sobre el
suelo.
Los hombres son igualmente de una elegancia que puede llamarse tropical.
Nunca he visto muchedumbres tan blancas é inmaculadas. El calor hace
sudar copiosamente, pero los filipinos cambian varias veces de traje
durante el día, y es imposible sorprender en ellos la más leve mancha.
Mientras daba mi conferencia en la Escuela Normal, no pude menos de
admirar el hermoso golpe de vista que ofrecía un público de dos mil
hombres, todos vestidos de blanco, con corbata negra. Dentro de él se
destacaban lo mismo que arriates floridos los colores violeta, rosa ó
azul celeste de los grupos de damas llevando el traje nacional.
Al aspecto limpio de esta ciudad y á la elegancia de sus habitantes hay
que añadir la hermosura de su flora. En los jardines se ven árboles de
extrañas formas para los ojos europeos, cuyos nombres no tengo tiempo de
conocer. En los alrededores de Manila corre el automóvil á través de
campos sobre los que yerguen su aéreo surtidor de verdes plumajes
innumerables especies de palmeras. Atravesamos un jardín con unos
arbustos grandes como árboles y flores enormes de un rojo mágico, que
recuerdan el jardín encantado de Klingser en la leyenda wagneriana de
Parsifal. Algunos pasos más allá empiezo á ver tumbas entre esta
vegetación maravillosa, y me entero de que marchamos por un cementerio.
Creo que en ninguna parte de la tierra la fealdad de la muerte ha
logrado ocultarse bajo una envoltura tan seductora.
En la mesa, á la hora de los postres, es cuando se aprecia mejor la
dulce fecundidad de este suelo paradisíaco, saboreando frutos que
existen indudablemente en otros países tropicales, pero en ninguno de
ellos llegan á adquirir la sabrosa madurez que en Filipinas.
De todo cuanto me muestran en Manila lo más extraordinario son las
escuelas. Yo he viajado por la mayor parte de los Estados Unidos y
conozco el enorme desarrollo de su enseñanza pública. Por eso puedo
afirmar que las escuelas de filipinas son superiores á las de muchos
Estados de la gran República. Hay que añadir que su profesorado, tanto
masculino como femenino, está compuesto de hijos del archipiélago. Pude
conversar en varias escuelas con maestros y maestras. Ellos son unos
_gentlemen_ pulcramente vestidos con el traje de ceremonia del país,
_smoking_ blanco y corbata negra. Ellas llevan la falda de seda y el
corpiño de gasa, pues por nacionalismo consideran oportuno dar sus
lecciones vistiendo á la filipina.
Todos revelan en su conversación una gran cultura, un continuo estudio,
un ansia insaciable de saber. Esto último es lo que caracteriza á los
filipinos modernos. Maestros y discípulos desean siempre saber más;
sienten una verdadera hambre de conocimientos y prestan una atención
concentrada á toda novedad intelectual que les sorprende.
Las escuelas son muy grandes. El miedo á los temblores de tierra no
permite elevar los edificios, pero éstos compensan la escasez de pisos
superiores con la ocupación de vastos terrenos. A pesar de su amplitud
casi resultan estrechas, tanta es la población escolar que viene á
ocuparlas todas las mañanas. Los niños acuden gozosos á estos edificios,
como si fuesen lugares de placer infantil, tan atractiva y dulce resulta
en ellos la enseñanza. Llama inmediatamente la atención el gesto
reflexivo con que escuchan á sus maestros, la ansiedad que muestran por
no perder una palabra de sus explicaciones.
También es admirable la agilidad de sus manos al realizar en horas de
descanso algunas labores de tejido artístico. Esta ligereza manual es
una condición asiática. Ningún niño de los Estados Unidos ni de Europa
podría fabricar los cestos festoneados, las cajas redondas de colores
que tejen con el mayor desembarazo niños y niñas de ocho á diez años en
las escuelas de Manila.
Una visita á dichas escuelas sirve para adquirir la convicción de que
éste es un pueblo de gran inteligencia nativa y no menos facilidad para
aprender cuanto se le enseñe. Gracias á sus condiciones naturales no
perderá nunca su personalidad propia, resistiéndose á cuantas
influencias extrañas intenten arrebatársela.
Sería injusto olvidar que el ensanchamiento de la escuela en Filipinas y
la esplendidez con que se atiende á las necesidades de su enseñanza es
un resultado de la influencia de los Estados Unidos. Todos los
gobernadores americanos se han preocupado especialmente de la
instrucción pública. Con ello satisfacen el anhelo más ferviente del
pueblo filipino, deseoso de aprender, siguen al mismo tiempo la
tradición de los Estados Unidos, que siempre consideraron la enseñanza
como la primera función pública, y realizan un trabajo lento de
conquista espiritual, del que hablaré más adelante, y al que confían el
éxito definitivo de su dominación.
Igualmente sería enorme injusticia negar ú olvidar que España, durante
su época colonial, ilustró á este país como podía hacerse entonces. Tres
siglos de civilización española han quedado para siempre en la historia
de Filipinas, con las torpezas y errores propios de otros tiempos, pero
igualmente con todos sus adelantos espirituales. El cristianismo de los
filipinos es obra de los sacerdotes españoles. Ellos enseñaron á leer á
las masas indígenas. Las autoridades enviadas por la metrópoli lejana
fueron estableciendo aquí todos los progresos del resto del mundo,
teniendo que luchar para ello con las distancias, considerablemente más
grandes en aquella época de navegación á vela, cuando aún existía
intacta la muralla arenosa del istmo de Suez.
Sin la colonización española el filipino habría llegado á los tiempos
modernos en un estado de cultura embrionaria y paralizada, semejante al
de las tribus que todavía existen en muchos archipiélagos vecinos ó como
el de los pueblos mahometanos que tantas veces constituyeron un peligro
para Manila con sus piraterías.
A España le correspondió aquí el mismo trabajo que en las repúblicas
americanas que hablan su lengua. Echó los cimientos del edificio, lo más
pesado y menos agradecido, lo que exige mayores esfuerzos y queda oculto
á las miradas superficiales. Ella tuvo que luchar con la primitiva
barbarie, estableciendo las bases fundamentales de la civilización.
Luego llegan los pueblos modernos, los últimos que triunfaron, y al
encontrarse con la sólida y ruda obra sin terminar, se encargan de los
adornos de su fachada, columnas, capiteles, cornisas, todo lo que supone
refinamiento y atrae la admiración frívola del curioso; pero las paredes
maestras, los fundamentos ocultos bajo el suelo, son obra del albañil,
que sudó y se esforzó más que nadie, para ver finalmente su trabajo
olvidado ó menospreciado.