el buque numerosos grupos de chinos. Un retén de policía regula su
avance, uno por uno, sobre la pasarela que junta al casco con el muelle.
Todos son registrados de cabeza á pies, y sólo pueden seguir adelante
cuando el agente indostánico queda convencido de que no llevan el más
pequeño cortaplumas. Como estos hombres amarillos se parecen todos por
su traje azul y sus rostros casi uniformes, es difícil establecer
distinciones entre un coolí pacífico que va por sus negocios á Macao y
un pirata que prepara con sus compañeros el ataque del buque en mitad
del viaje.
Este vapor-correo es igual á todos los que navegan en el estuario y los
ríos cercanos, pero después del asalto que presenció mi compatriota, se
han hecho en él grandes reformas defensivas. Verjas de gruesos barrotes,
semejantes á las de las cárceles, lo dividen en varias secciones. Un
gendarme indostánico, con uniforme azul, gorra blanca, carabina y
revólver, guarda la puerta abierta de cada una de dichas barreras
mientras dura el embarque. Cuando el buque empieza á navegar todas las
entradas de los jaulones se cierran interiormente y los centinelas
quedan detrás, apoyando sus carabinas sobre la cruz de los barrotes.
La cubierta superior también está interrumpida por fuertes enrejados que
cortan la comunicación entre las diversas clases del pasaje, y para
evitar que los asaltantes puedan deslizarse al otro lado de ellos,
sacando el cuerpo fuera de la borda, se han prolongado las verjas sobre
el mar con semicírculos exteriores de puntas agudas como lanzas. El
puente donde va el capitán está defendido con placas de acero
cromatizado, iguales á las mamparas que cubren á los artilleros en las
piezas modernas. De este modo los tiros de los piratas no pueden
alcanzar á los que dirigen el buque. Pero los que presenciaron el último
asalto no muestran gran fe en tales precauciones y creen que los chinos
inventarán algo inesperado para salvar estos obstáculos defensivos.
Antes del embarque nos hemos despojado de los relojes y joyas de uso
diario. Vienen conmigo dos señoras, acompañadas de sus doncellas. Una de
las mencionadas damas, muy hermosa y elegante, nació en Bombay, pero es
hija de español. Está casada con Mr. Stephan, director del Banco de
Hong-Kong y Shanghai, institución financiera la más importante de todo
el Extremo Oriente. Su director figura por derecho propio en el Consejo
de gobierno de Hong-Kong, siendo á modo de su ministro de Hacienda.
La señora de Stephan lleva muchos años deseando ir á Macao y nunca se
decidió á realizar tal viaje por miedo á los piratas. Prudencia
justificadísima. En realidad, no podrían imaginar los bandidos del
estuario un golpe más fructuoso que secuestrar á la esposa del director
del Banco de Hong-Kong y Shanghai. ¡Qué rescate de miles y miles de
libras esterlinas!... Mas al enterarse dicha señora de que yo voy á
Macao, se decide con repentina energía á realizar el mismo viaje, como
si mi presencia pudiera proporcionarle una seguridad extraordinaria.
Somos ocho, las dos señoras con sus doncellas, dos españoles residentes
en Hong-Kong, un amigo holandés que habla un sinnúmero de lenguas, y yo.
Va retrocediendo por la popa de nuestro buque la isla de Hong-Kong
envuelta en nieblas matinales rasguñeadas á trechos por el sol. Sobre la
cima del Pico, este turbante de brumas pierde por momentos su opacidad
gris, y empieza á brillar como un tejido de filamentos de oro.
Fuera de la bahía el mar del estuario muestra una tersura de lago, y su
color azul tiene la claridad láctea de la porcelana. Los juncos son
numerosísimos. Ya dije que en las costas de China la navegación forma
enjambres, pero aquí, cerca de la embocadura del río Perla, aún resulta
más densa, y nuestro buque tiene que rugir incesantemente para evitar
colisiones.
Estos juncos de construcción medioeval, á pesar de la tranquilidad de
las aguas navegan en una posición inestable para nuestros ojos, con la
proa casi hundida y la popa muy en alto, cual si fueran á sumergirse
definitivamente en cada uno de sus cabeceos. Los canales se ensanchan,
formando brazos de mar relucientes y tranquilos, como láminas de
espejo. Flotando en sus aguas adormecidas hay pequeños islotes de
basura, caída de los barcos ó arrancada de las riberas.
No disminuye la afluencia de embarcaciones según nos alejamos de
Hong-Kong; por el contrario, ésta parece aún mayor al meternos entre las
islas. Sobre las bordas de los juncos vemos marineras achaparradas y
fornidas: con bíceps de hombre, pechos colgantes y adornos verdes en la
cerdosa cabellera.
También las tierras insulares se muestran cada vez más numerosas. Por la
derecha nos deslizamos junto á la isla de Lantao, cuya longitud alcanza
á veinte millas. A babor, la ribera está cortada por incontables canales
y estrechos, que forman pequeños archipiélagos. En el horizonte empieza
á elevarse un grupo de cumbres, titulado por los descubridores
portugueses _Nove Illas_, las Nueve Islas. Antes de ser dueños de Macao,
los marinos de Portugal se establecieron en otra isla de este estuario
llamada Sancian, donde murió San Francisco Javier cuando se proponía
entrar en China como primer apóstol del cristianismo.
Mi compatriota Caballero me va mostrando los diversos lugares del buque
donde presenció el ataque de los piratas. Ésta es la mesa en que se
hallaba comiendo al sonar los primeros disparos. Aquí le robaron la
cartera, zarandeándole un poco. Más allá daba gritos de mando la
muchacha de los dos revólveres. Luego me lleva á visitar al capitán, que
es el mismo que mandaba el buque en aquella triste ocasión.
Los guardianes cobrizos no nos dejan entrar en el recinto acorazado del
puente y el capitán se decide á salir de su fortaleza. Es un inglés que
tiene paralizada la parte izquierda de su cuerpo á consecuencia de las
heridas que recibió en dicho asalto. Desde entonces se muestra
taciturno y repite el mismo deseo, como obsesionado por una idea tenaz.
Sonríe un poco al reconocer á mi compatriota, y cuando éste hace memoria
de los terribles episodios de aquella tarde, frunce el ceño, mira su
brazo inútil y murmura:
--Esto no puede quedar así. Es preciso que yo mate á un chino...
Necesito matar á un chino.
Se ve claro que no descansará hasta conseguir dicha compensación. Tal
vez se negó á aceptar el retiro á que tiene derecho y continúa mandando
el buque porque «necesita matar á un chino», y así tiene más
probabilidades de proporcionarse el citado gusto. Lo matará, estoy
seguro de ello; tal vez lo ha matado á estas horas. ¡Hay tantos chinos
para escoger!... Después de mi regreso á Europa, he leído todos los
meses noticias de nuevos asaltos de piratas en el estuario de Hong-Kong,
con secuestros de viajeros, combates y numerosos muertos y heridos. El
capitán debe haber matado á su chino, si es que los chinos no han
acabado definitivamente con él.
Todos los de nuestro grupo almorzamos en un salón de la cubierta más
alta, para evitarnos el roce con las familias que ocupan el comedor de
primera clase. Son gentes bien educadas, pero el olor especial de los
chinos resulta intolerable para muchos olfatos europeos. Ellos, por su
parte, declaran que nosotros expelemos un hedor de carne cruda, digna de
nuestra condición de bárbaros. Tal vez el hacernos comer aparte es
también para que no veamos los manjares favoritos de estos pasajeros.
Algunos son personajes importantes, vecinos de Hong-Kong, que van á
pasar unos días en sus casas de Macao. Visten ricas túnicas de seda azul
y ostentan botones de piedras preciosas. Uno de estos chinos opulentos
ha sido ennoblecido por el rey de la Gran Bretaña y goza el título de
baronet. La importancia financiera de todos ellos y su trato con los
blancos hacen que el populacho los considere traidores á su raza, y como
en Hong-Kong las asociaciones chinas son temibles por sus venganzas,
estos personajes viven encerrados en sus palacios, y cuando desean unos
días de esparcimiento se trasladan á Macao, donde el orden es más firme
y las autoridades portuguesas pueden ofrecerles mayores seguridades.
Dejamos de navegar entre islas, saliendo á dilatados espacios de mar
libre, y vemos en el horizonte un promontorio con un castillo y un faro
sobre su lomo. Mucho tiempo después, al dar vuelta á dicho promontorio,
aparece lentamente la vieja é interesante ciudad de Macao.
Tiene un aspecto, multicolor y ligero, de población del Extremo Oriente,
y al mismo tiempo una estabilidad sólida que revela el origen de sus
fundadores. Los edificios son obra de albañilería en su mayor parte, y
no de madera, como en las otras ciudades chinas. Los más tienen un piso
superior, con arcadas ó galerías cubiertas, y por encima de sus
techumbres se remontan los campanarios de las iglesias católicas.
Macao, que fué llamada primitivamente «Ciudad del Santo Nombre de Dios
en China» y luego vió sustituído dicho título por el de _Macau_, de
origen indígena, resultaría altamente exótica si se la pudiera trasladar
de pronto á las cercanías de Lisboa. Vista aquí, después de haber
visitado las principales ciudades del litoral chino, nos recuerda al
antiguo Portugal y parece venir de ella una respiración lejanísima de
nuestro mundo.
El puerto viejo es más chino que la ciudad. Puedo añadir que en ninguno
de los puertos del Extremo Oriente se consigue ver la marina mercante
que ancla en las aguas de Macao.
Nuestro vapor va pasando ante una fila de grandes juncos, galeones
panzudos que parecen imaginados por un artista en delirio más que por
hombres dedicados a la navegación. Tienen en su proa dragones enroscados
y dorados, amenazando con sus fauces ignívomas el azul del cielo y del
mar. El velamen de sus arboladuras se compone de esteras de bambú, en
forma de alas de murciélago. Las popas se remontan como alcázares, y á
lo largo de sus bordas avanzan los cuellos de una docena de cañones. Son
cortos y de un calibre enorme; piezas antiguas de hierro que se cargan
por la boca y deben enviar sus balas á poca distancia, pero con un
estrépito infernal, lo que suple para sus artilleros la mediocridad del
alcance.
La marinería tiene igualmente un aspecto arcaico y poco tranquilizador:
atletas amarillos y medio desnudos, guardando muchos de ellos en el
occipucio una trenza que parte su espalda sudorosa. De los castillos de
algunos galeones surgen columnitas de humo perfumado, revelando la
existencia de un altar en honor á la Diosa de las Aguas, ante cuyo ídolo
arden varillas de sándalo. Todas las proas tienen en ambas caras unos
agujeros redondos y pintados que imitan ojos. Los marineros chinos sólo
se embarcan confiadamente en un buque que tenga ojos. Saben que así,
mientras ellos duermen ó durante las lobregueces de la tormenta, el
junco, que á fuerza de existir adquiere una vida misteriosa como todos
los objetos, podrá ver arrecifes y escollos, desviándose de tales
peligros cual una bestia prudente.
Siento inquietud y repulsión al imaginar la posibilidad de que una
aventura de mi viaje me hiciese navegar en estos buques extraordinarios,
pocas veces vistos en Shanghai y Hong-Kong. Los que conocen el país me
explican las especialidades de esta marina mercante armada de cañones
que navega por los recovecos del gran estuario y remonta los ríos
cientos de leguas hasta las ciudades del interior. Conservan estos
barcos su vieja artillería con pretexto de hacer frente á los piratas,
pero en realidad son contrabandistas y vienen á cargar el opio que les
proporcionan los mercaderes chinos de Macao. Algunas veces se oye desde
la ciudad el cañoneo que sostienen con otros juncos del gobierno
encargados de perseguir á los traficantes de la citada droga. El
belicoso estruendo, agrandado por la sonoridad de los canales, no causa
ninguna emoción en los vecinos de este puerto libre. La mercancía ya ha
sido vendida y cobrada. ¡Que los chinos peleen á su gusto!...
Macao es una península semejante á Gibraltar, aunque su montaña tiene
menos altura. Un istmo la une al territorio del antiguo Imperio, y su
puerto era el mejor de todo el estuario antes de que los ingleses
fundasen á Hong-Kong, hace tres cuartos de siglo. En esta península se
ha ido extendiendo una ciudad de 80.000 habitantes, cifra extraordinaria
si se tiene en cuenta el espacio reducido de la colonia. El comercio ha
realizado tal milagro.
En el siglo XVI dió el gobierno chino á los portugueses este territorio
de unos pocos kilómetros como recompensa por haber auxiliado con sus
buques á las autoridades de Cantón en lucha contra unos piratas que
pretendían apoderarse de dicha capital. Los holandeses intentaron
hacerse dueños de la nueva colonia, pero fueron menos afortunados que en
Ceylán, en Java y otras posesiones del Extremo Oriente arrebatadas por
ellos á los portugueses. El vecindario repelió sus asaltos, derrotando
finalmente á la flota holandesa.
Llevó después Macao una existencia decadente, y en el siglo XIX su
guarnición sostuvo empeñados combates con los chinos, que pretendían
recobrar la península. Ahora adquiere cada año mayor importancia, y
dentro de poco rivalizará con Hong-Kong, gracias á su nuevo puerto.
El gobernador actual, doctor Rodrigo Rodrigues, es un médico que gozaba
de justo renombre en su patria antes de entrar en la vida política; un
republicano de los que combatieron desinteresadamente á la monarquía de
su país, y luego, al verse triunfantes, tuvieron que abandonar su
antigua profesión para servir á la joven República portuguesa.
Durante las horas pasadas en Macao pude apreciar lo que mi amigo
Rodrigues lleva hecho en varios años de gobierno. Una recaudación de los
impuestos, bien administrada, ha dado lo suficiente para la construcción
de un puerto grandioso, en el que podrán fondear trasatlánticos de gran
tonelaje. Macao pasará rápidamente del tranquilo canal en que anclan
ahora escuadrillas de juncos dedicados al cabotaje y al contrabando, á
la vida tumultuosa de un puerto moderno, con toda clase de facilidades
para la descarga y el transporte; y este puerto atraerá á todos los
buques que no sean ingleses, por estar más cerca de Cantón que el de
Hong-Kong.
Guiados por los ayudantes del gobernador, jóvenes de gran cultura
intelectual, vamos conociendo la ciudad, pintoresca mescolanza de
edificios chinos y caserones portugueses del siglo XVII. Una fachada de
piedra es lo único que resta de la antigua catedral de San Pablo y del
convento anexo, fundado por los jesuítas para descanso y preparación de
sus misioneros antes de que se lanzasen en el interior de la China. Este
templo se incendió en 1835, pero su enorme fachada se mantiene en pie,
con la piedra enrojecida por el sol más que por las llamas, y á través
de sus ventanales se ve el muro azul del cielo, que parece servirle de
apoyo.
El castillo guarda recuerdos del ataque de los holandeses en el siglo
XVII. Vemos en su capilla una losa sin nombre que cubre los restos de
los defensores de Macao. Como dice el doctor Rodrigues, el culto al
soldado desconocido creado por la última guerra lo inventaron los
defensores de Macao hace más de doscientos años...
En una explanada del castillo nos obsequian con un té abundante en
alfajores y otras pastelerías portuguesas, que recuerdan las de
Andalucía. ¡Panorama inolvidable!...
Frente á nosotros, por la parte del istmo, se levanta una cordillera que
ocupa gran parte del horizonte: las montañas de Catay. Rodrigues y yo
recordamos á Marco Polo. El nombre de Catay lo aplicó el célebre viajero
á la China entera, y durante siglos el mundo cristiano dió el título de
unas montañas del Sur á todo el vasto Imperio gobernado por el Gran Kan.
A nuestros pies extiende la ciudad la masa apretada de sus tejados,
obscuros como los de Europa. A trechos surgen de ellos techumbres
chinescas y remates de pagodas budistas. Muchas fachadas están pintadas
de rosa ó azul, colores tiernos que infunden una alegre juventud á las
construcciones vetustas.
Más allá de la ciudad, islas y canales se repiten hasta el infinito,
como si la tierra entera fuese una sucesión de brazos acuáticos
abarcando cumbres emergidas. En estos canales de riberas altas, que
tienen una mitad longitudinal de su faja líquida negra como el ébano y
la otra mitad dorada por el sol, cabecean bajo la brisa de la tarde
docenas y docenas de juncos de velamen ganchudo, como el techo de las
pagodas. Todos ellos vienen hacia Macao ó regresan á puertos cuyos
nombres enrevesados sólo sus tripulantes pueden pronunciar. Tropieza la
vista con el lomo obscuro de una montaña, creyendo que es el límite del
horizonte. Más allá de su línea oblicua hay algo que brilla como un
charco de metal en fusión. Es un nuevo canal del estuario, un estrecho
navegable por el que pasan otros juncos y sampanes empequeñecidos por la
distancia. Más allá una nueva montaña, que es otra isla; luego un
fragmento de canal, en tercer ó cuarto término; y nuevas tierras
insulares, hasta que todo este mundo sumergido y emergente se esfuma por
obra de la distancia, confundiéndose el azul de las montañas lejanas con
el azul de las aguas y del cielo.
Visitamos al fin lo más interesante para nosotros, lo que nos trajo á
Macao con el atractivo de la devoción literaria. El gobernador nos
muestra el jardín donde está la gruta en cuyo interior meditaba y
escribía Camoens durante las horas calurosas de este país casi tropical.
Dicho jardín tiene un atractivo comparable al de los muebles que
empiezan á envejecer. En sus arriates y arboledas se mezclan la
melancolía de los antiguos huertos chinos y la majestad de los jardines
portugueses de Cintra. Vemos estatuas de mandarines que tienen la cabeza
y las manos de loza. El resto de su cuerpo está formado con plantas á
las que dieron forma humana los jardineros con sus tijeras.
El retiro predilecto del poeta ha sido desfigurado y vulgarizado por una
admiración excesiva. La gruta no es más que un corredor entre grandes
piedras, ocupado ahora por el busto de Camoens. Todas las rocas próximas
desaparecen bajo lápidas que ostentan grabados fragmentos del autor de
_Os Lusiadas_ ó versos de autores célebres que le glorifican. Tantas
placas de mármol dan á este lugar, que con razón puede llamarse poético,
un aspecto antipático de cementerio.
Algunos vecinos de Macao, especialmente parejas jóvenes, vienen á
merendar en el histórico jardín, y al son de un gramófono ó un
organillo bailan ante el busto coronado de laureles. No importa; es
fácil suprimir con la imaginación estas fealdades de la realidad y ver
el antiguo huerto tal como fué, con sus arboledas pendientes, su breve
gruta limpia de adornos, y meditando bajo la fresca arcada el hidalgo
portugués tuerto en la guerra, soldado heroico como el manco Cervantes,
y desterrado de Goa á uno de los lugares más lejanos de la monarquía
lusitana, dueña entonces de colonias en las dos costas de África, en el
mar de las Indias y en los archipiélagos situados más allá del estrecho
de Malaca.
Al cerrar la noche abandonamos la calle principal de Macao, abundante en
bazares chinos, para correr las callejuelas adyacentes, que ofrecen á
dicha hora un aspecto interesante.
Macao no goza fama de ser un lugar de virtudes, mas no por eso debe
considerársele peor que los otros puertos del Extremo Oriente. Se
diferencia de ellos en que los defectos de la vida china están aquí
reglamentados, y por ello más á la vista que en las demás ciudades. Esta
reglamentación sirve para que el viajero pueda verlos más directamente y
con mayor seguridad al hallarse todos ellos bajo la vigilancia de la
policía.
La pequeña península de Macao, sin más tierra que la de sus paseos ni
otra industria que su puerto, sólo ha podido vivir imponiendo
contribuciones públicas á los vicios de la población china. Estos vicios
son inevitables. En Shanghai, en Hong-Kong, en todas las ciudades del
Extremo Oriente, existen en mayores proporciones y sus explotadores
pagan en secreto á las autoridades por su tolerancia, lo que sirve
únicamente para el aumento de la fortuna personal de éstas. En Macao
satisfacen un impuesto público, severamente administrado, y sus
productos no sirven para enriquecer á ningún funcionario, empleándose
por entero en grandes obras públicas, como la construcción del nuevo
puerto, que cambiará completamente la vida de la colonia.
El gran vicio chino es el juego, y en Macao es libre. Algunos llaman á
este pequeño país el «Monte-Carlo del Extremo Oriente», y lo sería en
realidad si tuviese más próximas las grandes ciudades de Cantón y
Hong-Kong. El juego favorito de los chinos se llama el «Fan-tan».
Entramos en una de las casas dedicadas á este vicio nacional. Hay tantas
de ellas que resulta difícil escoger. Todas tienen en sus fachadas
anuncios luminosos y rótulos chinescos en grandes bandas de tela
colgante. También se ven en las mismas calles fumaderos de opio con sus
lamparillas de luz fúnebre y sus duros lechos de asceta; pero ¿á quién
puede interesarle un fumadero de opio en esta ciudad que es el principal
depósito de dicho artículo?...
Los portugueses de Macao no merecen las censuras hipócritas que les
dedican otras colonias europeas de Asia. Nunca ha impuesto Portugal á
cañonazos el consumo de la citada droga, como Inglaterra, que hizo en
1842 la llamada «guerra del opio». Los mercaderes de Macao la venden á
los buques que vienen á buscarla, y esta operación comercial proporciona
un ingreso al Tesoro público. Lo mismo la pueden encontrar los chinos en
otras colonias gobernadas por europeos, pero de un modo oculto, y lo que
entregan por hacer tal negocio lo guardan en su bolsillo particular las
autoridades.
Resulta el juego del «Fan-tan» lento y de prolongada emoción, como al
chino le place que sean todas sus diversiones. La rapidez pugna con los
gustos de su vida. La enorme mesa de juego está en el piso bajo, y en
torno á ella se agrupan los «puntos» de clase ínfima, coolíes, marineros
y trabajadores del puerto.
Subimos por una escalera bien iluminada al piso superior. El suelo está
perforado por una gran abertura oval, que da exactamente sobre la mesa
colocada en el piso bajo. En torno á su barandilla se sientan en
banquetas de hule los jugadores de más distinción. Ciertas casas tienen
una segunda y una tercera galería en sus pisos superiores, lo que
triplica ó cuadruplica el número de las personas que intervienen en el
juego. Asomados á cada baranda, unos empleados reciben el dinero de los
jugadores de su piso y lo bajan hasta la mesa en pequeños cestos
pendientes de cordeles, indicando con unas vocecitas que suenan como
chillidos de gato el número y la cantidad de las apuestas.
Este público del primer piso resulta para mí de gran novedad. En ninguna
de las ciudades chinas había visto tales personajes. Me siento entre
algunos viejos con aire de mandarín venido á menos. Son letrados de
exquisitos modales que han perdido tal vez una carrera brillante por las
villanías propias del juego. A pesar de sus ojitos que no son más que
dos líneas negras entre párpados que parecen cosidos, de su faz amarilla
y arrugada y de sus bigotes colgantes, me recuerdan á muchos _gentlemen_
arruinados que conocí en Monte-Carlo.
También puedo examinar aquí de cerca á las mujeres chinas en plena
libertad. Van vestidas con pantalones y blusas de rica seda azul; llevan
un flequillo de pelo sobre la abultada frente; en su pecho y sus muñecas
centellea la pedrería de abundantes joyas; fuman sin parar cigarrillos
con perfume de opio, sosteniendo entre dos dedos una larguísima boquilla
de carey; ponen una pierna sobre otra, saliéndoles del ancho pantalón
unas pantorrillas delgadas que no se armonizan con la anchura de su
rostro; ríen con cierta insolencia, murmurando palabras ininteligibles,
mientras examinan fijamente á las señoras europeas que acaban de
entrar. Todas juegan sumas considerables, manejando el dinero con una
inconsciencia oriental. Las más de ellas son cocotas nacionales,
residentes en Hong-Kong y Cantón, y han venido á Macao para jugar al
«Fan-tan» con permiso de los opulentos comerciantes que las mantienen.