Por suerte, este olvido no puede durar siempre. Un edificio, para

remontarse, necesita reforzar sus cimientos; y á causa de esto todos los

pueblos civilizados en otros siglos por España, si quieren hacerse más

grandes, tendrán que ahondar en su base, y al hacerlo encontrarán las

virtudes del primer constructor: la paciencia y la fe de España.

Nuestro país, que tantos errores cometió de carácter rudamente paternal

al extender su civilización sobre la mayor parte del planeta, dió

muestra al mismo tiempo de una virtud que no abunda en los dominadores

coloniales. Allá donde fué el español se unió con la mujer de la tierra,

constituyendo una familia. Entiéndase bien esto. Muchos colonizadores de

otras razas se unen también con la mujer del país, pero es tomándola por

concubina, y huyen luego, dejándola el presente abrumador de varios

bastardos. El español, por influencia cristiana ó por una predisposición

á igualarse con los indígenas, se casó en las colonias; mezcló su sangre

con la de los naturales, creó una familia legal, y en todas partes son

sus nobles y legítimos descendientes los mestizos que ostentan sus

apellidos.

Los hombres no viven únicamente de pan. Una metrópoli poderosa se engaña

si cree que dando á sus colonias los adelantos materiales se lo ha dado

todo. El hombre necesita el alimento moral de la consideración; y los

españoles, que en el terreno político fueron siempre poco propensos á la

igualdad, la practicaron como nadie en la vida moral y en la familia,

emparentando con los del país sin mantenerse en orgulloso aislamiento,

como lo hacen otros pueblos dominadores.

Durante mi visita á Manila encuentro á los filipinos en una gran

efervescencia política. Debo hablar de ella, pues el motivo de dicha

agitación es hondo y permanente. Tengo la certeza de que va á repetirse

durante años y años de un modo pacífico, y sólo tendrá término cuando se

realicen los deseos de todos. El pueblo filipino quiere ser

independiente. Antes de seguir adelante necesito hacer una aclaración.

Siento desde hace muchos años honda simpatía por los Estados Unidos de

América. Para mí, el régimen menos imperfecto, dentro de la imperfección

humana, es la República federal, tal como ellos la establecieron. Además

considero al pueblo norteamericano como la más ordenada y consciente de

todas las democracias que han existido en la Historia. Al mismo tiempo

me inspira un afecto fraternal el pueblo filipino. Después de mi paso

por Manila, admiro su fe y su tenacidad para conseguir una existencia

independiente, y deseo que obtenga todo lo que pueda favorecer su

bienestar y su progreso.

Encontrándome entre estos dos afectos que en ciertos puntos resultan

contradictorios, voy á mencionar con fría imparcialidad lo que dicen

unos y otros.

Se sublevó el pueblo filipino contra la dominación española

considerando, como todas las repúblicas hoy florecientes de América, que

era ya bastante crecido para marchar por sí solo. Procedió como los

hijos que por ley natural abandonan la casa paterna. Cuando los

acorazados de los Estados Unidos desembarcaron sus tropas en Cavite

existían una República filipina y un ejército filipino. Los Estados

Unidos les ayudaron en su guerra contra la monarquía española, y...

todavía no han abandonado el país.

La gran República americana no es un Imperio de rapiña, una nación sin

más ley que la fuerza, de esas que proceden en el curso de la Historia

lo mismo que un bandido actúa en una carretera, apoderándose de la

hacienda de los débiles porque son débiles. Muy al contrario, la

historia de esta gran democracia abunda en esfuerzos y hazañas á favor

de la libertad de los pueblos y la independencia de los humildes. Dicha

historia habrá tenido eclipses, como la de todas las naciones; pero es

indiscutible que los Estados Unidos arrostraron el peligro de morir

despedazados y sostuvieron la más terrible de las guerras por suprimir

la esclavitud de los negros, y hace pocos años vinieron

desinteresadamente á batirse en Europa, llamando á su cruzada generosa

«la guerra por la libertad del mundo».

El gobierno de Wáshington envió sus tropas á Filipinas para ayudar á los

naturales en su guerra contra la metrópoli y para proteger su

constitución futura de pueblo libre. A nadie se le puede ocurrir que la

generosa democracia americana hiciese tal intervención para apoderarse

simplemente de Filipinas y quedarse con el archipiélago, basándose en el

bandidesco principio de que el más fuerte puede apoderarse sin

escrúpulos de lo que pertenece á otros, aunque ellos no quieran. Esta

política cínica fué la del Imperio alemán, y levantó contra ella la

opinión de todo el mundo. Para seguir tan inmorales principios de

derecho no valía la pena destronar á Guillermo II.

Apresurémonos á decir que los Estados Unidos jamás han manifestado de un

modo preciso su voluntad de quedarse «para siempre» con Filipinas. Por

el contrario, muchos de sus gobernantes y sus directores de opinión han

reconocido á los filipinos la legitimidad de sus deseos en pro de la

independencia. Lo único que discuten es la oportunidad de tal

independencia, las condiciones actuales del archipiélago filipino para

disfrutarla, creyendo que aún no ha llegado el momento de que este país,

que tiene gran parte de su territorio en los albores de la civilización,

pueda llevar la existencia de un pueblo libre y sin tutela.

Hay que añadir lealmente que el régimen dulce y tolerante seguido aquí

por los Estados Unidos no se parece á la actitud que observan otras

naciones en los territorios que dominan. Después de la ocupación

militar, el gobierno de Wáshington dió al archipiélago un régimen

puramente civil, y en tiempo del presidente Wilson, este régimen, cada

vez más suave y transigente con los filipinos, se convirtió en una

verdadera autonomía. Hoy Filipinas tiene una Asamblea legislativa,

compuesta de un Senado y una Cámara de representantes, con ministros

hijos del país que trabajan á las órdenes del gobernador general, quien

es depositario absoluto del Poder ejecutivo. Pero con frecuencia surgen

conflictos entre estos dos poderes, y los legisladores se colocan en

actitud de protesta ante el gobernador enviado de Wáshington.

Un filipino ilustre, el gran orador Manuel Quezón, presidente actual del

Senado, expresó el verdadero sentimiento de su pueblo al decir en uno de

sus discursos: «No importa que sea suave el yugo de un poder extranjero;

no importa que pese ligeramente sobre los hombros; si no está impuesto

por la voz de su propia nación, el hombre no quiere, no puede ni cree

ser feliz bajo tal peso.»

Todo el pueblo filipino piensa del mismo modo con rara unanimidad.

Reconoce los beneficios de la dominación americana, agradece los

esfuerzos hechos por ella para difundir la enseñanza, las obras públicas

que lleva realizadas, la conducta benévola de las autoridades

extranjeras en muchos asuntos... pero quiere la independencia.

Algunos filipinos conservadores intentaron crear partidos transigentes,

poniéndose de acuerdo con las autoridades americanas; pero fracasaron

por completo, faltos de apoyo popular. La Asamblea filipina, aunque

compuesta de diversos grupos políticos, es en absoluto partidaria de la

independencia, pues todos sus individuos comulgan en el mismo ideal.

Cuando se realizan nuevas elecciones, únicamente triunfan los candidatos

nacionalistas, que son los sostenedores de la independencia del

archipiélago.

A los filipinos eminentes que trabajaron y murieron por la liberación de

su país han sucedido otros muy jóvenes, que luchan con no menos

entusiasmo, dentro de una política pacífica.

Pueden contarse á docenas los hombres notables de este movimiento.

Sergio Osmeña, talento organizador, sabe razonar con una lógica

avasalladora; Manuel Quezón, orador brillante, es el gran propagandista

del nacionalismo. Para servir mejor á su patria aprendió el inglés, de

tal modo, que puede pronunciar discursos en dicha lengua, y varias veces

ha hablado en Wáshington ante los representantes del gobierno y en otras

ciudades de los Estados Unidos, defendiendo la independencia filipina.

Es asombroso el espíritu liberal de la Constitución del pueblo

americano, respetuosa para el pensamiento y su emisión como la de ningún

otro país. Al amparo de ella los filipinos pueden abogar por su

independencia y arbitrar toda clase de medios y recursos para

conseguirla. Durante el gran banquete dado en mi honor por el Casino

Español estuvieron sentados cerca de mí, en la mesa presidencial, varios

almirantes y generales de los Estados Unidos que ejercen autoridad en

Manila. Estos militares de la más verdadera de las Repúblicas escucharon

con calma y respeto los razonados discursos de varios oradores filipinos

proclamando la necesidad de independencia que siente su patria y su

voluntad firmísima de trabajar por ella.

También son ardientes propagandistas el incansable Teodoro Kalaw,

presidente del Comité «Por la Independencia»; el enérgico senador

Alegre, que hizo sus estudios en España, y tantos otros que desisto de

nombrar, pues su mención resultaría larguísima.

El general Wood, actual gobernador de Filipinas y hombre de sólida

inteligencia, tiene un espíritu civil á pesar de su profesión de

soldado. Habla el español con facilidad, pues lo aprendió en su

juventud, y luego ha viajado mucho por la América de nuestra lengua y

por España. Le conozco desde que fué candidato en 1920 á la presidencia

de los Estados Unidos, y, como ya dije antes, me obsequió con un

almuerzo en su palacio, cuyos salones conservan aún los retratos de los

antiguos capitanes generales españoles. Sobre la puerta del palacio de

Malacañang queda también un gran escudo de España. Los gobernadores

americanos se han limitado á ensanchar el palacio, sin tocar un cuadro

ni un mueble de la antigua casa del gobierno español.

Hablo con Wood y otros personajes americanos residentes en el

archipiélago. Noto en todos ellos una simpatía sincera por los

filipinos. El gobernador no formula la menor queja contra los

partidarios de la independencia, á pesar de que en la actualidad, por la

pugna entre el Poder ejecutivo y el legislativo, algunos de aquéllos le

han atacado. Pero aquí los ataques no rebasan los límites de la política

y jamás resultan personalmente ofensivos, lo que prueba una vez más la

cultura de las costumbres.

Todos los americanos que trato en Manila muestran igual opinión. Nadie

niega rotundamente el derecho de los filipinos á su independencia. Sólo

discuten la oportunidad de esta independencia. No creen llegado el

momento de reconocerla.

--Si abandonamos Filipinas--dicen muchos de ellos--el pueblo no podrá

mantenerse independiente. Necesita un ejército, una gran marina, para

guardar sus tres mil islas. A las puertas vive el Japón, ansioso de

nuevas tierras para expansionarse. ¡Lo que tardaría á encontrar un

pretexto, á inventar un conflicto para dejarse caer sobre este

archipiélago!... Y si nosotros nos fuésemos, resultaría muy difícil que

pudiéramos repetir la visita. En los Estados Unidos todo lo dirige la

opinión, y es casi seguro que luego de habernos marchado, esta opinión

nos impediría volver, no queriendo arrostrar los peligros y gastos de

una guerra por un país abandonado antes.

Debo mencionar también lo que dicen los filipinos ansiosos de

independencia. Los más instruidos encogen los hombros cuando les hablan

de que una gran parte de su país está todavía á medio civilizar. Lo

mismo decían los ingleses cuando se declararon independientes las

colonias de América, teniendo á sus espaldas tres cuartas partes del

actual territorio de los Estados Unidos ocupadas por tribus enteramente

salvajes. El fantasma de la invasión japonesa no les impresiona gran

cosa. Con una arrogancia caballeresca, que revela su antigua educación

española, contestan simplemente:

--De ocurrir eso nos defenderíamos todos desesperadamente hasta morir.

Además, juzgan que no sería incompatible una completa independencia

filipina con el estacionamiento militar de los Estados Unidos en este

archipiélago, para tener una base fuerte cerca del Japón.

El argumento de que no están preparados para la independencia les hace

sonreir. ¿Dónde está el reloj que marca la hora justa para tal

reforma?... ¿Quién tiene el instrumento capaz de medir si un pueblo debe

ser independiente ó no merece serlo todavía?...

Esto lo considero cierto. Nadie puede probar que es nadador ó no lo es

mientras no se meta en el agua. Y para que un pueblo demuestre que

merece la independencia, lo primero es dársela.

Tengo mi opinión propia, formada después de oir á unos y á otros.

No niegan los Estados Unidos el derecho de Filipinas á su independencia,

ni lo negarán nunca de un modo terminante. Se oponen á ello sus nobles

tradiciones civiles. Existen dentro de la gran República imperialistas

que se muestran á veces cínicos y brutales en sus deseos, mas la inmensa

mayoría del pueblo americano es enemiga de guerras y dominaciones por la

fuerza, y cree generosamente que todo país debe gozar su libertad.

Pero no es menos cierto que el gobierno de Wáshington, teniendo en

cuenta los informes de las autoridades de Filipinas, aprecia cada vez

más el valor económico de este archipiélago y su situación estratégica,

deseando conservarlo á todo trance.

Para algunos americanos, nunca llegará el momento oportuno de dar á los

filipinos su independencia. Aunque todos los naturales del archipiélago

fuesen un portento de educación cívica, encontrarían siempre motivos

para decir que no era llegada la hora. ¡Es tan fácil inventar pretextos,

teniendo en cuenta la imperfección humana!... Confían en el tiempo y en

la escuela para que se adormezca poco á poco este sentimiento de

independencia, y acabe Filipinas por entrar mansamente en la

Confederación americana como un simple territorio.

La escuela de primera enseñanza emplea la lengua inglesa. Los profesores

filipinos dan sus lecciones en inglés, con arreglo á los métodos

oficiales. El español únicamente se estudia en la segunda enseñanza y en

la Universidad como una lengua extranjera.

El idioma moldea el alma; por eso la dominación americana ha creado aquí

escuelas verdaderamente maravillosas, y al dar al filipino más pobre una

educación brillante, procura hacer de él un futuro súbdito de los

Estados Unidos.

Los partidarios de la independencia velan á la parte de fuera de la

escuela. Jamás se ha hablado tanto en Filipinas la lengua española. En

tiempos de nuestra dominación, el pueblo, como señal de protesta,

hablaba el tagalo. Sólo los de una cultura superior conocían aquélla.

Ahora, como una afirmación de nacionalismo, los niños que hablan inglés

en la escuela aprenden el español en su casa, y esta es la lengua

espontánea muchas veces de sus juegos callejeros.

Después de extinguirse los apasionamientos propios de toda revolución,

los filipinos amantes de la independencia reconocen la parte de

beneficios que tuvo para ellos la civilización española, y adoptan

nuestra lengua como un arma de largo alcance. En todo el archipiélago,

según me afirman los conocedores, existen más de veinte lenguas

vernáculas, y el tagalo usado en Manila no es mas que una de ellas. En

cambio, el español tiene grupos parlantes en todas las islas. Además, es

la lengua de veinte naciones del Nuevo Mundo y de cien millones de

seres. Valiéndose de ella, los filipinos no quedan aislados en un

extremo del Pacífico y se ponen en comunicación espiritual con la mayor

parte de las naciones que acompañan á los Estados Unidos en el disfrute

del continente americano.

Yo veo la historia futura de Filipinas á modo de una carrera de jinetes.

La escuela oficial, magnífica y opulenta, fabrica americanos para el

porvenir. El nacionalismo filipino espera en la calle á las nuevas

generaciones y les inspira el amor á la independencia. El fuego sagrado

de la patria se va renovando así de pecho en pecho.

Es una obra de paciencia y de tenacidad. Esta lucha pacífica va á durar

muchos años; pero vencerán finalmente los filipinos si el entusiasmo que

muestran ahora no es una ráfaga estrepitosa y pasajera; si desafían al

cansancio, si no se desalientan ante lo largo del camino, y acaban por

convencer al pueblo americano de que son dignos de obtener su

independencia, provocando uno de esos arrolladores y generosos

movimientos de opinión tan frecuentes en la vida de los Estados Unidos.

Como dicen los cabalgadores de las llanuras sudamericanas: «Es asunto de

ver á quién de los dos se le cansará antes el caballo.»

XV

EN EL MAR DE LA INSULANDIA

Un guerrero del aire.--El paso de la Línea.--Desfile de oasis

montañosos sobre el desierto azul.--La historia del mundo

reproduciéndose en cada isla.--Epopeya de los descubridores

portugueses.--Lo que vieron un día en las Molucas.--Encuentro de

los dos pueblos ibéricos al otro lado del planeta.--Los últimos

héroes españoles del ciclo de los descubrimientos.--Mendaña y el

oro del rey Salomón.--Una flota mandada por una mujer.--La

almiranta doña Isabel.--El místico Quirós.--Llegada de la reina de

Saba á Manila.--Los elefantes don Pedro y don Fernando.--Los

descubridores de «Australia Ignota».--«Austrialia del Espíritu

Santo».--El piloto Torres, primer explorador de las costas

australianas.

Desde la barandilla de una cubierta saludo á los grupos de filipinos y

españoles que han venido á despedirnos. El muelle está repleto de

gentío. Los vendedores tagalos ofrecen pesados machetes, lanzas y

espadas flamígeras de los moros de Joló, primorosos encajes manileños,

cajitas fabricadas con fibras del país, y mis compañeros de viaje

adquieren estos recuerdos de su paso por la isla de Luzón.

Estrecho una vez más la mano de Potous, cónsul de España, que empezó su

carrera como magistrado, del conde de Paracamps, español de espíritu

progresivo y el más notable organizador que existe en Filipinas, del

ilustre periodista Romero Salas y otros amigos.

Unas señoritas vestidas de labradoras valencianas me entregan cestos de

flores. La colonia española, como recuerdo de mis dos conferencias, me

sorprende con un magnífico regalo. Recibo el saludo de varias damas

filipinas que llevan el traje nacional. Unas son directoras de colegio,

otras desempeñan cargos en la administración de justicia, lo que

demuestra la cultura de la mujer en este archipiélago.

Parte el _Franconia_ entre aclamaciones. Al mismo tiempo la atmósfera se

conmueve con un estrépito mecánico que parece ahogar los gritos de la

blanca muchedumbre agrupada en los muelles. Media docena de aeroplanos

militares evolucionan sobre nuestro buque, acompañándolo durante su

navegación por la bahía.

Viene con nosotros hasta Calcuta el general Mitchel, jefe de la aviación

americana, que en el último período de la guerra europea mandó las

fuerzas aéreas de todos los aliados. Es un hombre todavía joven y habla

correctamente el español por haber vivido en distintas repúblicas de

América. Luego de pasar varias semanas en Manila, continúa su viaje

alrededor del mundo, estudiando la aviación de las naciones y colonias

de Asia.

Este guerrero de la atmósfera me expone con voz dulce de poeta una serie

de «anticipaciones» capaces de asombrar á la imaginación mejor

preparada. Así me entero de cómo el avión ha cambiado completamente la

guerra, cómo acabará por hacerla imposible, cómo podrá igualar tal vez

un día su velocidad con la del curso del sol, dando las escuadrillas

voladoras la vuelta á nuestro planeta sin dejarse alcanzar por la noche.

Seis días va á durar nuestra navegación entre Manila y las costas de

Java. En esta travesía cortaremos la línea ecuatorial, y como son muchos

los viajeros que no han pasado dicha línea, los organizadores de

fiestas del _Franconia_ preparan su bautizo.

Conozco de sobra esta mascarada marítima que se desarrolla en los buques

al pasar el Ecuador. Siete veces he ido de Europa á la América del Sur y

otras tantas he hecho el viaje de vuelta. Como no me interesan los

desfiles de ondinas y tritones acompañados de estridentes músicas, el

cortejo burlesco de Neptuno, la inmersión de los neófitos en un estanque

improvisado y demás ceremonias burlescas que van á entretener á los

pasajeros durante un par de días, huyo de tales festejos, refugiándome

en la cubierta más alta, como lo hacen otros que también están cansados

del rito ecuatorial.

Compensa con exceso el espectáculo del mar la monotonía de nuestras

horas solitarias. Cruzamos una de las secciones del Pacífico más

hermosas y menos frecuentadas. La gran corriente de la navegación, al

venir de Hong-Kong ó Manila, tuerce hacia el Oeste buscando la puerta

del estrecho de Malaca, ó sea Singapore. Nosotros seguimos rectamente

hacia el Sur, cortando la línea ecuatorial por una ruta que únicamente

siguen los contados barcos que desde la China ó el Japón van á Java.

El mar es de un azul intenso, como si fuese sólido. Las nubes, bogando

aisladas en el cielo esplendoroso, también son de una blancura tan

espesa que parecen talladas en mármol, como las que figuran en los

altares. Saltan ante la proa enjambres de peces voladores. Agitan sus

alas unos momentos, y al volver á caer, parece que forcejean para

introducirse en el agua, como si la taladrasen. A un lado del buque, el

mar es de un azul compacto y mate; en el opuesto centellea como una

llanura sembrada de espejos rotos. La atmósfera, cada vez más caliente,

da un aspecto de solidez á la materia líquida y la materia gaseosa.

Transcurren los dos primeros días sin que veamos en el inmenso redondel,

del que somos eterno centro, una blancura de vela, un hilillo de vapor.

El Océano parece de una majestad sin objeto dentro de esta calma

desierta.

Pienso que nunca volveré á pasar por aquí. La líquida llanura ecuatorial

parece creada únicamente para los que permanecemos horas y horas en la

solitaria cubierta con un codo en la barandilla y el rostro sobre una

mano, embriagándonos de azul, de sol y de silencio. Pero nosotros

desapareceremos y las olas seguirán hinchándose en aristas infinitas, y

los peces continuarán sus saltos voladores, y se repetirán las albas y

los ocasos. Y cuando, transcurridos los siglos, no quede un hueso ni tal

vez dos moléculas juntas de la materia que forma ahora nuestros cuerpos,

se reproducirá igualmente este espectáculo que nuestra vanidad humana se

imagina fabricado expresamente para admiración y recreo de los

animalillos razonantes que pasamos metidos en una especie de dedal.

El día antes de la fiesta de la Línea y los días siguientes navegamos

entre islas. En estos parajes de la Oceanía próximos al macizo asiático

las hay á cientos y á miles. Unas pocas alcanzamos á verlas con nuestros

ojos. Detrás de ellas adivinamos con la imaginación toda la infinita

variedad del continente esporádico de la Malasia.

Algunas son picos de sombrío rosa, que emergen del mar con gorgueras de

espuma. Otras extienden una sucesión horizontal de montañas y playas.

Estas últimas no se ven á cierta distancia y las montañas parecerían

islas sueltas á no ser por las filas de cocoteros que surgen de la

orilla arenosa. Sus troncos delgados se disuelven en el azul del cielo;

sus copas robustas parecen hileras de embarcaciones negras flotando

sobre el mar.

Más adentro de las costas y empalidecida por la distancia, hay siempre

alguna montaña envuelta en nubes que aún parece más enorme por su

aislamiento; cono de volcán dormido hace miles de años. Los naturales de

la isla han poblado seguramente esta altura inaccesible con dioses y

demonios, dedicándoles sacrificios humanos desde el principio de su

historia. Siglos de guerras y matanzas han venido desarrollándose sobre

estos fragmentos de tierra, por los consejos y mandatos de los

habitantes de la Montaña Sagrada. Es todo un mundo igual al nuestro,

pero dentro de marco más reducido.

La isla queda atrás. Sólo es ya una mancha sombría, una nube á flor de

las aguas azules; luego se borra para siempre. Vienen al encuentro de

nuestra proa nuevas montañas con su cúspide envuelta en vapores, nuevas

arboledas bajas que parecen flotar sobre el horizonte, nuevas bocanadas

de perfume vegetal, caldeado por el sol y salado por la respiración

oceánica.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 14 / 24 段