otros puertos del Sur y desean agregarse á nuestro viaje, se forman
finalmente dos trenes especiales. Cada uno de ellos lleva enormes
proyectores eléctricos, como los que usa la marina de guerra, y á la
cabeza y la cola vagones blindados con una compañía de infantería y
varias ametralladoras. Además, el Ministerio de la Guerra ha hecho
concentrar tropas en las estaciones estratégicas, dentro de la vasta
zona montañosa donde se mueven las partidas de bandidos.
Creemos que con tantas precauciones nos será posible llegar sin tropiezo
á Shanghai, realizando el viaje en treinta y seis horas. Los dos trenes
están compuestos de vagones-dormitorios, vagones-comedores y
vagones-salones con balconaje exterior para contemplar el paisaje.
Nunca he visto en Europa algo semejante por sus comodidades y su lujo.
Únicamente los llamados «trenes de millonarios», que van de Nueva York á
Los Ángeles durante el invierno, pueden compararse con estos dos,
organizados por el gobierno chino. El material rodante es el mismo, pues
los vagones de Pekín fueron comprados en la América del Norte.
La estación se llena de gente blanca poco antes de nuestra salida;
habitantes del Barrio de las Legaciones que ven en esto un motivo para
pasar el tiempo; familias de origen europeo y americano venidas para
despedir á padres y maridos.
Un joven pálido, envuelto en mantas, que parece moribundo, llega hasta
el tren en un palanquín, escoltado por un médico, una _nurse_ americana
y varios servidores chinos. Es un compañero nuestro, enfermo de una
pulmonía aguda. Prefiere ser llevado al _Franconia_ á quedarse en un
hospital de Pekín, y corre el riesgo de morir en el vagón durante tan
largo viaje. Su madre y su hermana lo acompañan, haciendo esfuerzos por
ocultar su inquietud. Se interrumpe el regocijo de la despedida; cesan
los comentarios jactanciosos sobre un probable ataque al tren. Todos
pensamos en la posibilidad de que este joven sea una de las víctimas
exigidas por la Aventura á nuestro viaje perigeo.
De los que salimos de Nueva York ya cayó uno. La Nochebuena, estando en
Yokohama, la policía japonesa trajo al _Franconia_ un fogonero
encontrado inánime en los muelles. Le creían simplemente ebrio, por
haber bebido con exceso en honor de la cristiana festividad, y al
examinarlo el médico de á bordo se convenció de que estaba muerto desde
muchas horas antes. Ahora, este joven, al que he visto bailar muchas
veces en los salones del _Franconia_, viene en nuestro tren como un
moribundo. Parece milagroso que no seamos más los que hayamos caído con
una congestión en los pulmones después de tanto paseo nocturno en
_ricsha_ descubierta por las calles glaciales de Pekín ó de la visita á
la Gran Muralla, bajo el viento mongólico de una tarde de Enero.
Empieza nuestro viaje. Vemos tropas en todas las estaciones, pero esto
ya es para nosotros un espectáculo ordinario. Nos interesa más el
aspecto de la campiña, que se va repitiendo, siempre igual, durante el
primer día de viaje, y se reproducirá á la mañana siguiente, aunque con
las variaciones propias de un cambio de clima, pues vamos en línea recta
del Norte al Sur.
Todo el suelo está arado. Fuera de las secciones ocupadas por las tumbas
no hay un solo palmo de tierra falto de cultivo. Sin embargo, como
estamos en invierno, la llanura es amarilla. No se ven más que surcos,
terrones sueltos y rastrojos á los que arranca el viento columnas de
polvo. En primavera y verano estas llanuras deben ser verdes y cobrizas.
Una vida animal exuberante se desarrolla sobre la campiña cuidadosamente
trabajada. Corren por los campos manadas de aves domésticas,
persiguiendo á los parásitos de la tierra, en cantidades incalculables.
Sólo aquí pueden verse unas bandas tan numerosas. El suelo parece haber
adquirido una vida extraordinaria: se mueve, ondea; tantas son las
gallinas que marchan sobre él. En torno á estanques y canales ó
cubriendo sus aguas en largos trechos, aletean tropas de ánades y patos.
Esta China inmensa es la mayor productora de huevos que existe. En
algunas estaciones vemos grandes conos de metal, semejantes á los que
emplean los ferrocarriles europeos para el envase de vinos y aceites.
Los gigantescos cilindros contienen una pasta espesa, formada por
millones de huevos, crudos y revueltos, que esparce una intolerable
hediondez. Los confiteros la adquieren en los puertos de Europa para que
sirva de base á sus dulces y perfumadas combinaciones. Vemos también
fábricas que utilizan la gran producción de huevos para secarlos y
triturarlos, enviándolos á otros países en forma de polvo.
En todos los pueblos, hasta en los más pobres, grupos de hembras
vociferantes ofrecen comestibles á los viajeros; platos guisados por
ellas que tienen como principal componente el pollo ó el faisán. Este
último animal, tan apreciado en Europa, es vulgarísimo en los pueblos
chinos. Se le ve tanto como la gallina en todos los corrales.
Muchas de las estaciones, con sus vendedoras de cara redonda, tez
amarilla y ojos oblicuos, me recuerdan las de Méjico, donde se aglomeran
igualmente numerosas mujeres ofreciendo empanadas y trozos de ave
espolvoreados de rojo. Aquí los comestibles también son del mismo color.
Veo faisanes guisados, cubiertos con una capa purpúrea y charolada; pero
no está compuesta, como en Méjico, del pimiento extremadamente picante
llamado «chile». Los chinos, con objeto de dar mayor ostentación á las
aves asadas las rebocan con laca roja, la misma que emplean en el
barnizamiento de un vaso ó un mueble.
Pasan por los caminos polvorientos muchos jinetes que tienen aspecto de
labriegos ricos y van hacia sus propiedades montados en una mula
encaparazonada de seda con penacho de plumas. Recuerdo un encuentro de
hace pocos días, al visitar la tumba de los Ming. Cuando nos dirigíamos
á dichos mausoleos montados en unos caballejos alquilones, se unió á
nosotros por algunos minutos un jinete interesante.
Era una mujer, vestida con pantalones y blusa de seda azul, un azul
verdoso, igual al de la chispa eléctrica, secreto tradicional de los
tintoreros del país. Esta hembra, grande y arrogante, se sostenía
montada sin estribos, avanzando hacia el pecho de la bestia sus largas
piernas y sus pies enteros, metidos en zapatitos de fieltro, sin la
deformación que sufren las más de sus compatriotas. El delantero de su
blusa desaparecía bajo numerosos collares y amuletos de múltiples
colores. La cabeza la llevaba destocada, ostentando el peinado del país,
una cortinilla de pelo lacio sobre la frente y el resto de la cabellera
anudado sobre la nuca. En cambio, su mula, nerviosa y trotadora, agitaba
entre las orejas un penacho de plumas azules y sus flancos iban
cubiertos con una gualdrapa de borlas de seda.
Así marchaba, completamente sola, á través de unas tierras desiertas. De
todo lo que he visto en China, su encuentro resulta tal vez lo más
novelesco. Nuestros guías é intérpretes parecieron no menos extrañados
por su presencia. No diré que fuese hermosa. Nosotros no podemos
apreciar el atractivo de una cara de pómulos anchos y nariz algo
aplastada, por más que los ojos tengan una expresión graciosamente
diabólica. Pero era una hembra de estatura arrogante y esbelto vigor;
una criatura sana, de miembros gimnásticos, é iba sola por campos
despoblados, en un país donde las mujeres únicamente salen de casa
acompañadas por domésticos ó buscándose entre ellas para formar grupo.
Tal vez era una labradora rica y viuda que iba varonilmente hacia una de
sus propiedades. Me acordé de muchas novelas chinas escritas hace miles
de años que tienen por tema hazañas de piratas y bandidos. Siempre en
estas bandas de aventureros hay una mujer extraordinaria, una walkyria
de ojos oblicuos y cuerpo arrogante, capitana que se hace obedecer
puñal en mano por los más terribles desalmados.
Trotó unos instantes junto á nosotros, como si no nos viese. Al examinar
su perfil achatado de Diana amarilla, sorprendí el rabillo de uno de sus
ojos mirándonos disimuladamente con fría curiosidad. Luego, cansada de
ver á los «demonios blancos», taconeó su mula, desapareciendo entre las
primeras arboledas de las tumbas de los Ming.
Tan extraordinario me pareció este encuentro en los linderos del inmenso
bosque fúnebre, que llegué á imaginar la absurda hipótesis de que una de
las antiguas emperatrices hubiese abandonado su sepulcro por unas horas
para correr la China del presente, constituida en República... Y no la
vimos más. Ahora pasan mujeres á caballo cerca del tren, pero son
labriegas de aspecto zafio. Avanzan con el trotecito de sus asnos en pos
del marido, ó van acompañadas por jornaleros que las escoltan á pie.
Durante la noche pasamos el sector más peligroso de nuestro viaje, país
de montañas donde las partidas de rebeldes pueden enriscarse con
facilidad después de un atentado contra el tren. Vemos correr sobre el
paisaje inquietos resplandores de incendio. Son las mangas luminosas de
los reflectores que exploran nuestro camino, haciendo surgir los rieles
de la nocturna lobreguez, como dos barras de plata. En todas las
estaciones hay grupos de oficiales que suben al tren arrastrando sus
sables para dar noticias y tomar órdenes.
Algunas damas empiezan á mostrar cierto desaliento al ver que
transcurren las horas nocturnas sin que nos ataquen los bandidos. Como
viajan para adquirir «experiencia en la vida», sienten no conocer las
emociones de un secuestro armado. Vamos á pasar á través de una China
en pleno desorden sin ningún incidente digno de ser contado, como el que
viaja en un tren de lujo entre Nueva York y Boston.
Después de media noche los viajeros se encierran en sus camarotes para
dormir y únicamente quedan despiertos los centinelas situados en las
plataformas y sus relevos, que fuman y conversan á gritos en los
pasillos. Mientras espero la llegada del sueño tendido en mi litera,
reflexiono sobre la situación actual de la China para concretar mis
opiniones.
Indudablemente la joven República vive en un estado anárquico. El
gobierno de Pekín apenas si se ve obedecido en una menguada parte del
territorio nacional, y sería menospreciado generalmente de faltarle el
apoyo que le conceden los Estados Unidos é Inglaterra. Existen dos
Repúblicas: la del Norte, que es donde estamos, y la del Sur, ó sea la
de Cantón, dirigida por el doctor Sun Yat Sen.
Se nota además en la China revolucionaria una innovación fatal, una
verdadera regresión política que por suerte no resultará permanente,
pues es á modo de una enfermedad que sufren todas las Repúblicas
jóvenes. Al desaparecer el Imperio, los militares chinos han alcanzado
una importancia que nunca tuvieron. Ya dije cómo durante miles de años
el mandarín letrado fué más importante que el «doctor en armas»,
monopolizando como función propia el gobierno del país. Ahora China,
bajo el régimen republicano, es una especie de Méjico. El Presidente
(sea quien sea) aparece siempre en los retratos con numerosos
entorchados y un kepis, del que cuelga un manojo de plumas con el
desmayo del sauce llorón. Este general-presidente es en realidad un
personaje decorativo, pues se sostiene en Pekín gracias á la protección
de otros generales que dominan las provincias con la cruel rapacidad de
los procónsules, y á los que llaman _tou-kiuns_.
Pero la anarquía actual no pondrá en peligro de muerte á esta vastísima
nación. China ha pasado en su historia de cincuenta siglos por períodos
más tremendos, en los que estuvo próxima á perecer despedazada--guerras
civiles que duraron cien años, hambres exterminadoras, etcétera--, y sin
embargo su prodigioso vigor interno la hizo surgir de tales conflictos
con una salud renovada, continuando su existencia.
Las cosas no son simples y uniformes como se las imaginan los espíritus
dados á la generalización. En nuestra vida todo resulta complejo, y las
más de las veces contradictorio é inexplicable para nuestros sentidos.
La China no es un pueblo uniforme; existen dos Chinas: una la
tradicional, que todos conocen, la China milenaria de los biombos, con
ceremonias enrevesadas hasta la puerilidad y supersticiones distintas á
las nuestras. La otra es el inmenso pueblo chino, agrupación humana la
más dispuesta al trabajo, que soporta alegremente la fatiga y siente en
todo momento el ansia de saber.
El deseo del chino es ganarse la subsistencia, aunque sea trabajando
catorce ó diez y seis horas al día, y apenas queda libre aprovechar su
descanso para aprender. Ningún comerciante del mundo puede compararse
con él por su inteligencia despierta, ávida de novedades y ágil para
salvar obstáculos. Ningún obrero supera al de aquí en habilidad manual y
tenacidad sonriente para el trabajo. Como en esta tierra pudieron los
pobres, durante 5.000 años, subir á los más altos puestos del Estado
gracias al estudio, las biografías de sus letrados más célebres
contienen ejemplos de una tenacidad heroica para adquirir la
instrucción. Algunos, después de trabajar en su juventud manualmente el
día entero, estudiaban de noche al resplandor de la luna. Otros abrían
un orificio en la pared del vecino para aprovechar su luz, y bajo este
reflejo débil aprendían sus complicadas lecciones.
Esta ansia de saber y la facilidad para asimilarse lo que otros
estudiaron, han producido la actual República. Los jóvenes chinos
educados en la América del Norte y en Europa acabaron por vencer con sus
predicaciones el más viejo, el más absoluto y carcomido de los Imperios,
intentando organizar sobre sus ruinas lo que ellos llaman «la gran
democracia amarilla».
Existe un abismo entre las ilusiones generosas de estos apóstoles
inexpertos y el ambiente que los rodea, todo corrupción, rutina y vejez.
Los generales fabricados por la República roban lo mismo que los
antiguos virreyes nombrados por el emperador. El gran vicio de la China
consistió siempre en que los funcionarios consideran los dineros
públicos como algo propio, quedándose la mayor parte de ellos y enviando
sólo un pequeño tributo al ser lejano é invisible que gobierna en Pekín.
La inmoralidad administrativa y la falta de solidaridad entre los
hombres son las dos enfermedades mayores de la nueva República. En
realidad, los chinos se ignoran entre ellos. Es tan vasto el antiguo
Imperio, que cada uno conoce su provincia nada más, y aun dentro de ella
sólo se siente ligado al pueblo en que nació.
Anatolio France ha dicho que «la China empezará á existir cuando los
chinos se enteren de que existe una China».
Se esfuerza la República por hacérselo saber, pero son pocos aún los que
se han enterado en este país de centenares de millones de seres. Antes
tenían noticia de la existencia de un emperador en Pekín. Ahora no
saben nada, y en algunas regiones tal vez creen que la llamada República
es una emperatriz semejante á la que gobernó hasta pocos años antes de
la revolución.
Mas iguales situaciones, confusas y anárquicas, se han visto en países
europeos, y aún pueden verse en algunos de América, sin que por ello ose
nadie profetizar su muerte. La China saldrá de esta crisis. Es un país
antiquísimo y al mismo tiempo eternamente joven, pues tiene el poder de
renovarse gracias á la vitalidad de sus muchedumbres. Hasta los mayores
detractores del chino reconocen su sobriedad, su valor para sobrellevar
las privaciones de la pobreza, su entusiasmo en el trabajo. Ningún
pueblo de la tierra está mejor dotado para amoldarse á los climas más
extremos, soportando lo mismo los fríos de Siberia que los ardores del
Trópico. El gran geógrafo Reclús veía en los chinos y en los españoles
los dos únicos pueblos aptos naturalmente para la colonización, á causa
de la variedad geográfica de sus respectivos países, que les permite
adaptarse á las diversas temperaturas del globo.
El chino, primer comerciante de la tierra, se extiende por todos los
continentes, instalándose en ellos como si estuviese en su casa. No hay
trabajo que le intimide. Se entrega á su labor como si ésta fuese para
él una finalidad desinteresada y no un medio de vivir. Produce
sonriendo, cual si experimentase un placer. Yo he sentido asombro muchas
veces viendo la alegre facilidad de su producción. Más adelante contaré
lo que me ocurrió con un sastre chino de Singapore.
Los republicanos de Pekín muestran una justa cólera ante las críticas de
algunos viajeros que se imaginan haber estudiado su país.
--Que nos den tiempo--dicen--para realizar nuestras reformas. El Japón
no hizo más que copiar la fuerza guerrera é industrial de Europa, y para
ello necesitó cincuenta años... Y á nosotros nos exigen que en doce ó
catorce hayamos dado la perfección de una República como los Estados
Unidos de América á este país que por ser el más viejo de la tierra está
saturado cual ninguno de prejuicios y rutinas.
Las potencias de Europa han puesto sus ojos en la China para
apropiársela. Pero cada una de ellas desea la mejor parte, sus
rivalidades neutralizan toda agresión, y mientras tanto la nueva
República va viviendo. Lo importante para ella es que tan peligroso
equilibrio se prolongue muchos años, lo que la permitirá realizar
lentamente su evolución, que no puede ser obra instantánea.
Observan los Estados Unidos con la China una política en la que van
mezclados el egoísmo comercial y cierto romanticismo democrático. Su
industria ve un inmenso mercado de exportación en este país de
quinientos millones de seres. Su gobierno procura atraérselo por medio
de la gratitud, y para ello le proteje abiertamente de las ambiciones
conquistadoras del Japón. Los políticos de Wáshington creen de buena fe
en la posibilidad de una gran República amarilla. Están convencidos de
que si los demás países dejan á la China desarrollarse por sí misma, en
completa paz, soportará las enfermedades propias de una democracia
joven, y antes de medio siglo podrá ser una verdadera República,
sólidamente cimentada y ordenada, algo que tendría derecho á titularse
los Estados Unidos de Asia.
Muchos consideran esto un ensueño generoso é inconsistente, una ilusión
que se verán obligados á abandonar los gobernantes de los Estados Unidos
y bien pudiera ser causa de la temida guerra del Pacífico. Pero nadie
posee los secretos del porvenir, y muchas veces la realidad se complace
en buscar lo que todos creen ilusión, con preferencia á las deducciones
frías del raciocinio.
--¿Por qué no podemos hacer nosotros--dicen los republicanos chinos--lo
mismo que hicieron las democracias de Europa y América?... Nuestro
pueblo llevaba inventados muchos de los actuales progresos de la
civilización blanca cuando los europeos vivían aún en hordas ó alojados
en cavernas.
Yo siento por el pueblo chino el respeto que merece un glorioso
antepasado. Recuerdo la emoción de Goethe, á los ochenta años de edad,
leyendo en su retiro de Weimar una novela china de fábula sana, con
descripciones tan frescas y vivientes como las de una obra moderna.
--¡Y pensar--decía asombrado el poeta--que esta novela fué escrita hace
3.000 años, cuando muchos de los hombres de Europa acampaban aún en los
bosques!
Digamos como resumen que la China actual es un organismo enorme y
fuerte, pero falto de sistema nervioso, lo que le obliga á permanecer
caído. El Japón sueña con llegar á ser su cerebro director. Quinientos
millones de chinos, sobrios, inteligentes, incansables, organizados por
los japoneses... ¡qué amenaza para el resto de la tierra!
Los Estados Unidos, para evitar el tan famoso «peligro amarillo» y al
mismo tiempo por el romanticismo democrático mencionado antes, procuran
que las demás potencias dejen en paz á la República china y ésta se vaya
reformando lentamente por sí sola, hasta crearse, sin ingerencias
extranjeras, el alma moderna que aún no posee.
Al despertar en la mañana siguiente vemos desde el tren una China
nueva. Nos aproximamos á la parte tropical del país. Empezamos á sentir
calor y nos desprendemos de nuestros trajes á la moda de Pekín.
En el Barrio de las Legaciones todos llevan durante el invierno ricos
abrigos de pieles y un costoso gorro de marta á estilo siberiano. Me
desprendo de mi pelliza y de un gorro de esta clase, que tal vez no
usaré más. Ha terminado el frío. En adelante nuestro viaje será por
tierras cálidas, á un lado y á otro de la línea ecuatorial.
Nos aproximamos al río Yang-Tsé, el famoso río Azul. Todo el terreno que
estamos cruzando desde Pekín á Shanghai lo componen la cuenca de dos
cursos fluviales dignos por su enormidad de la fama que gozan: el
Hoang-Ho (río Amarillo) y el Yang-Tsé (río Azul). En realidad estas dos
cuencas son la verdadera China, y hasta los tiempos de la antigua
República romana el pueblo chino se desarrolló entre ellas sin ir más
allá. Después, el Imperio de los Hijos del Cielo fué realizando
conquistas ó sufriendo invasiones de bárbaros que le aportaron sus
propios territorios, y hoy comprende, además de la antigua China, la
Mongolia, la Manchuria, el Turquestán y el Tibet.
Hemos atravesado durante la noche la cuenca del caudaloso río Amarillo,
que cambia con frecuencia de curso, inundando provincias enteras,
convirtiendo otras en terrenos pantanosos, condenando al suplicio del
hambre millones de seres, y haciendo emigrar á ciudades en masa. Ahora
estamos en la vertiente septentrional del río Azul.
Vemos desde el balconaje del coche-salón lagunas cultivadas, arrozales
que se pierden de vista, con bandas de patos blancos y rojizos. Ésta es
la China productora de arroz. A trechos encontramos un ancho río
artificial, cuyas riberas están tiradas á cordel, y enormes plazas
acuáticas que sirven de puertos. Centenares de juncos, tocándose por sus
bordas, alzan en el aire un bosque de mástiles.
El Imperio realizó hace muchos siglos una obra tan enorme como la Gran
Muralla, aunque menos famosa que ésta. Es el Gran Canal, que atraviesa
la mayor parte de la China, yendo desde los puertos del Sur hasta Pekín.
Para abrirlo se necesitaron largos años de trabajo y varios millones de
hombres.
Está ahora el Gran Canal roto en algunos puntos de su enorme trayecto,
pero todavía puede navegarse miles de kilómetros dentro de él y la
numerosa marina mercante del país lo utiliza para sus viajes interiores.
Varios lagos alimentan con sus reservas este curso de agua artificial,
el más grande que se conoce. Los Hijos del Cielo lo abrieron para que
llegasen por él todos los tributos en arroz pagados por las provincias
del Sur, envíos de insustituíble necesidad para el mantenimiento de
Pekín y las muchedumbres del Norte.
Los arrozales del Japón, pequeños y tan escrupulosamente limpios como
los estanques de un paseo, no son comparables con estas llanuras
acuáticas que atravesamos durante horas y horas, camino de Nankín,
antigua capital de la China á orillas del río Azul.
Indudablemente el mundo está dividido en dos civilizaciones, la del
trigo y la del arroz; mas el europeo se equivoca al imaginarse el arroz
como un alimento asiático, abundantísimo. Representa la más seductora de
las nutriciones para los hombres amarillos, pero la mayoría de ellos
sólo lo comen de tarde en tarde, y si llegan á hacer de él su alimento
diario, lo absorben en muy reducidas cantidades.
La ambrosía divina del Olimpo indostánico es el arroz con _cury_. Los
dioses en sus banquetes no conocen nada mejor. Los magnates de todos
los pueblos amarillos se nutren igualmente con este don del cielo. Los
demás mortales, cuyo número asciende á centenares de millones, lo toman
con palillos para que dure mayor tiempo el placer de comerlo, y
prolongan voluptuosamente la absorción del montoncito colocado sobre un
plato no más grande que una copa. El populacho indostánico considera un
banquete tener en la palma de la mano izquierda un puñadito de arroz é
ir llevándoselo á la boca con dos dedos de la diestra, grano á grano.
Los pueblos de la vieja Asia viven desde los más remotos siglos de su
historia indisolublemente casados con el Hambre.
X
SHANGHAI, LA RICA Y ALEGRE