Atravesamos la mayor parte de la capital, poco después de amanecer, para

ir á la estación de esta línea férrea construída por una empresa china.

Se halla fuera de las murallas, al otro extremo de la Ciudad Tártara.

Nunca como en esta mañana me di cuenta de la extensión de Pekín. Nuestro

automóvil rueda kilómetros y kilómetros, siempre por avenidas que

parecen sin término. Vemos calles laterales con las fachadas llenas de

anuncios colorinescos y el arroyo obscurecido por una apretada

muchedumbre. Atravesamos mercados con inmóviles caravanas de camellos.

Todas las puertas de la antigua Ciudad Prohibida ostentan á ambos lados,

clavadas en su muralla rosa, dos banderas cuyas telas tienen muchos

metros de amplitud. Es el pabellón quinticolor de la China

revolucionaria, rojo, amarillo, azul, blanco y negro. La República hace

gran ostentación de su nueva bandera, como si esto bastase para

modernizar á un país que hasta hace poco no conocía otro símbolo

patriótico que los dos dragones heráldicos de sus emperadores. Algunos

edificios oficiales han adornado sus fachadas con falsas columnas y

capiteles de papel multicolor que muestran la prodigiosa habilidad

manual de los artífices del país. Estamos en las fiestas de Año Nuevo,

colocadas por el calendario chino algunos días después de nuestro 1.º de

Enero, y todos los palacios gubernamentales se cubren de dichos adornos.

Llegamos finalmente á la estación del ferrocarril de Mongolia. Junto á

ella se extiende un campo de maniobras, y mientras llega la hora de

partir el tren vemos cómo trotan, cómo se echan al suelo y nos apuntan

con sus fusiles varios grupos de soldados vistiendo uniforme blanco y

azul, todos con zapatillas afieltradas, de pie negro y caña blanca, que

son el calzado nacional.

Dicen que estos soldados resultan tan excelentes como los mejores si los

dirigen oficiales extranjeros, capaces de hacerlos avanzar con su

ejemplo y con el automatismo de la disciplina. Pero al ser mandados por

generales chinos no hay tropas más blandas, más refractarias al ataque á

pecho descubierto, con menos «mordiente». Esta flojedad, incomprensible

en hombres que aprecian la vida menos que nosotros y parecen más

acostumbrados á sufrir el dolor físico, sólo puede explicarse teniendo

en cuenta que el chino, por regla general, es más astuto é inteligente

que el blanco.

Sabe demasiado para ser militar; tiene una experiencia de varios miles

de años á su espalda, y las expresiones sonoras «patria», «gloria»,

etc., que en otros países empujan los hombres á la muerte, no despiertan

en él grandes entusiasmos. Su positivismo le hace pensar que los

provechos de la victoria serán para sus jefes y no para él. Sabe que si

queda inválido no recibirá ninguna recompensa digna de tan enorme

desgracia. Pero el porvenir es una sucesión de sorpresas, y ¡quién sabe

lo que hará en lo futuro este pueblo de quinientos millones de seres!...

Sus campesinos, individualmente valerosos, sobrios y crueles, pueden

convertirse en temibles soldados si los reune y los entusiasma un ideal

común, algo que hable á su orgullo de raza y á su positivismo. Mas por

el momento, los que conocen á este ejército afirman que nada vale como

fuerza agresiva y tampoco puede servir gran cosa para la defensa del

país en caso de invasión. Los chinos, como todos los pueblos de un gran

pasado histórico, miran con superioridad á los países que estuvieron

bajo su dependencia, política ó intelectual. Como los japoneses fueron

sus discípulos y los vapulearon hace treinta años en una guerra, se

vengan de ellos llamándoles «los enanos». Pero es indudable que si las

potencias europeas y los Estados Unidos no se preocupasen de mantener la

independencia de la República china, «los enanos» habrían aprovechado

cualquier pretexto para llegar hasta Pekín--sólo están de él á

veinticuatro horas de ferrocarril--, barriendo con facilidad á todo este

ejército azul y blanco, de zapatillas silenciosas.

Empieza á deslizarse el tren sobre los campos inmediatos á la capital.

Pasan ante las ventanillas grupos de árboles ennegrecidos por el

invierno y montones de tierra que son tumbas, cada vez más numerosas.

Algunas de ellas deben ser de gente rica, cuyos parientes cuidaron de su

ornamentación, haciendo algo más que amontonar terrones sobre los

féretros. (Había olvidado decir que el ataúd chino no lo descienden al

fondo de una fosa, como en nuestros cementerios. Queda sobre el suelo y

lo van cubriendo con tierra hasta que forma ésta una cúpula

suficientemente gruesa para preservarlo de las injurias atmosféricas.)

El adorno escultórico de los cementerios ricos es siempre el mismo: una

gran tortuga de piedra que lleva sobre el lomo un obelisco ó una torre

de pagoditas superpuestas. Esta tortuga, emblema de una larga vida, con

la pareja de dragones imperiales y el ave fénix, constituye el grupo

principal del simbolismo chino.

Pasamos junto á canales que tienen sus taludes cubiertos de nieve.

Cisnes blancos y negros abren el agua verdosa con el plumón de sus

pechos. Entretengo la monotonía del viaje pensando en la importancia que

las supersticiones taoístas han dado á las ceremonias del entierro.

Hasta el coolí más humilde ahorra pequeñas monedas pensando en el

féretro que ocupará después de muerto. Los almacenes de pompas fúnebres

son los establecimientos más importantes en los barrios populares de

Pekín. Hay talleres enormes de carpintería que fabrican montañas de

ataúdes de pino blanco, dentro de los cuales se encajan otros de maderas

más valiosas.

Un entierro magnífico es la ambición suprema de todos los habitantes de

este país; el glorioso final de una existencia. Las familias contraen

deudas que agobian el resto de su vida, ó se arruinan totalmente,

perdiendo su rango social, para costear unos funerales. Tardan éstos

con frecuencia meses y aun años á causa de los preparativos que exigen.

Los entierros, escrupulosamente reglamentados según su costo, se

escalonan en clases, y la memoria de una persona se venera de acuerdo

con la importancia de su sepelio.

En los funerales de un rico se queman muebles, armas de caza, perros;

antiguamente palanquines con sus portadores, ahora berlinas tiradas por

caballos ó automóviles de marcas célebres. Lo que constituyó en vida el

lujo del difunto, debe seguirle más allá de la tumba. Pero este pueblo,

hábil en toda clase de negocios, ha encontrado el medio de proporcionar

á los muertos sus comodidades terrenales sin que por ello pierda el

capital de los vivos unos objetos tan preciosos para la existencia. Y

los muebles, las armas, los automóviles, los animales domésticos, son

todos de cartón, construídos por notables artífices que reproducen el

original con una escrupulosidad puramente china, sin olvidar detalle.

Los muertos de gran familia quedan provisionalmente metidos en ataúdes,

esperando que todo esté listo para sus funerales. El fallecimiento de un

personaje proporciona á los escultores fúnebres largo trabajo, y por más

que se afanen transcurre mucho tiempo antes de que la familia pueda

realizar un entierro suntuoso. El público acude á ver el desfile de

objetos y bestias de cartón para apreciar la fidelidad con que fueron

reproducidos, y admira que tan costosas obras estén destinadas á

convertirse en cenizas sobre una tumba.

Continuamente se encuentran en las calles de Pekín bandas de músicos que

van á ponerse á la cabeza de un cortejo fúnebre. Chinitos mofletudos y

sonrientes pasan cargados con enormes _gongs_ y otros instrumentos no

menos ruidosos y de grandes dimensiones. Ellos y los músicos que les

siguen parecen alegres por la abundancia de trabajo. La muerte fomenta

los negocios del país y aviva la actividad de las gentes. Hay entierros

que llegan á costar 300.000 ó 400.000 dólares chinos, figurando en ellos

centenares de hombres con dobles estandartes, varias bandas de músicos y

una procesión interminable de falsos carruajes, monigotes y casas

portátiles, destinados á convertirse en humo.

Abandonamos el tren en mitad de nuestra marcha á la Gran Muralla. Son

las nueve. El sol de una hermosa mañana de invierno empieza á caldear la

tierra. Los charcos han perdido su costra blanca de la noche. Lloran los

árboles con la licuefacción de la escarcha de sus hojas. El terreno ha

ido subiendo y no obscurece ya la atmósfera el polvo amarillento de los

alrededores de Pekín. Se respira un aire fresco de montaña. Vemos en el

horizonte las cumbres de la Mongolia, que parecen haberse acercado á

nosotros repentinamente.

Marchamos dos horas á caballo para ver un grupo de mausoleos de los

emperadores Ming. Son más ostentosos y ocupan mayor espacio que los que

visitamos en las cercanías de Mukden, construídos por la dinastía de los

«Muy Puros». Pero el aspecto arquitectónico de unos y otros casi es

igual; largas avenidas que conducen á templos multicolores y tienen en

sus bordes parejas de animales gigantescos esculpidos en granito:

elefantes, caballos, licornios y leones. Lo más notable de este parque

fúnebre es su arboleda, que se extiende kilómetros y kilómetros,

formando una selva de sagrado silencio. El suelo está cubierto de césped

finísimo y resbaladizo. Con gran frecuencia pasamos sobre el arco de un

puente de mármol. Los arquitectos paisajistas de la China se complacen

en hacer dar á un mismo arroyo numerosas revueltas, de modo que se

coloque incesantemente ante el paso del visitante, sólo por el placer

de ir lanzando nuevos puentes sobre su curso.

El puente es la obra suprema del artista chino, y cuanto más abunda en

un paisaje, mayor esplendor le proporciona. Esta predisposición á la

línea tortuosa la siguen también al trazar las avenidas funerarias.

Únicamente son rectas en cortos espacios, torciéndose inmediatamente

para tomar una nueva dirección y volver más allá á la línea primitiva.

Según parece, en estos bosques sepulcrales los constructores emplearon

la línea quebrada con un fin religioso, para desorientar y fatigar á los

malos espíritus. Como éstos sólo vuelan en línea recta, llegarían

fácilmente hasta el monumento fúnebre levantado en su último término si

las avenidas fuesen tiradas á cordel. Gracias á tales tortuosidades,

queda defendido el sepulcro por masas de arboleda que lo ocultan á los

demonios alados.

Visitamos las tumbas de estos Ming, emperadores que en el siglo XIII

formaron una verdadera dinastía nacional, gobernando á la China entre

los invasores tártaros, á quienes destronaron, y los invasores

manchures, que los destronaron á su vez. El primero de los Ming fué

verdaderamente un héroe, un gran capitán salido del pueblo, que llegó á

convertirse en emperador. Empezó de niño como acólito de una pagoda;

luego, de joven, ganó su vida barriendo el templo y sirviendo de criado

á los sacerdotes. Al sublevarse la nación contra los últimos

descendientes de Gengis-Kan, este sacristancito chino se lanzó á la

guerra, revelándose como hábil guerrero y astuto político, que supo

reunir en torno á su persona las fuerzas populares hasta entonces

disgregadas, batiendo para siempre á los tártaros y entronizando á su

familia con el título de dinastía Ming, que significa «Luminosa».

No llegó el primero de los Ming á reinar en Pekín. Su capital fué

Nankín, ciudad creada por él, donde se halla todavía su tumba.

Volvemos al tren y éste reanuda su marcha hacia las montañas de la

Mongolia, que llenan el horizonte. Siguiendo la orilla de un río, se

desliza poco después por las tortuosidades de continuos desfiladeros.

Empezamos á ver cortinas de fortificación que, partiendo del valle

fluvial, se remontan á las cumbres. Son defensas secundarias, á espaldas

de la Gran Muralla, cuya proximidad se deja adivinar.

Todas las montañas son rojizas, á causa de su vegetación seca y quemada

por el frío. En verano deben vestirse de un verde tierno y jugoso. Ahora

su aspecto es áspero y fiero; parecen forradas todas ellas con pieles de

león.

Creo adivinar el destino de las murallas que cortan el largo y tortuoso

valle. Veo caminos fortificados que suben á las cumbres; escalinatas

entre dos murallas con almenas, para poner á cubierto de los flechazos

enemigos á las huestes que ascendían por sus peldaños de roca. Los

puentes que se encorvan sobre el río tienen igualmente almenas y dan

acceso á castillos ruinosos que fueron cuarteles. Las tropas chinas no

podían pasar el invierno entero acampadas en la Gran Muralla.

Precisamente en esta región serpentea sobre cumbres donde sopla durante

largos meses el frío viento de la Mongolia. La guarnición vivía en el

valle, de temperatura más templada, y al dar la alarma los destacamentos

avanzados podía ascender rápidamente por los caminos cubiertos, yendo á

ocupar sus sitios de combate.

Se detiene el tren en la estación de Chinglungchiao, nombre que no es

fácil para dicho ni para escrito. Desde la estación se ve sobre las

cumbres inmediatas una torre cuadrada y varios lienzos de muro que se

alejan. Es la Gran Muralla, que llega hasta aquí en uno de sus ángulos

entrantes y retrocede con brusquedad, perdiéndose entre picachos de

rocas.

Empezamos á ascender por la pendiente de un barranco. La marcha se

prolonga más de una hora. Algunas veces el suelo deja de ser pedregoso y

pasamos entre pequeños rectángulos de tierra cultivada por unos

labriegos puramente tártaros. Los chinos que vienen con nosotros,

intérpretes y guías, con sus sotanas negras y sus birretes de seda

rematados por un botón rojo, resultan extranjeros en este país.

El tártaro lleva gorro de pieles y barbas lacias. Todos tienen los

pómulos muy anchos y unos ojitos menos oblicuos que los chinos, pero más

duros. Nos rodea una tropa de ellos, con trajes andrajosos, cuya tela

acolchada de algodón deja escapar éste por las roturas. Los calzones son

tan rígidos por su forro interior y por la suciedad externa, que parecen

tallados en madera como dos troncos huecos de árbol.

Muchos de estos hombres, formando grupos de cuatro, sostienen ramas

peladas de árbol de las que penden unos sillones viejos de junco, y

cuando se cansa un viajero le invitan á que se siente en el rústico

palanquín. Así lo llevan cuesta arriba con esfuerzos escandalosamente

exagerados para exigir luego mayor recompensa. Cada cien pasos se

detienen, y el primero de los cuatro portadores lanza un grito. Apoyan

entonces la barra en unas horquillas y cambian ésta de hombro,

continuando su ascensión.

Otros tártaros son comerciantes de la Gran Muralla y acosan á los

viajeros ofreciéndoles «curiosidades» del país, especialmente

cencerritos y eslabones fabricados por los herreros indígenas. Lo que

más venden son piezas de la antigua moneda mongola. Esta moneda, la más

original que puede encontrarse en el mundo, consiste en pequeños sables

de bronce, yataganes de la longitud de un dedo, que tienen grabadas en

su hoja la leyenda de la pieza y el año en letras chinas.

Llegamos finalmente á una de las puertas del interminable recinto

fortificado, la de la ruta que va á Kalgán, ciudad importante del

desierto. Lo mismo que los antiguos soldados del Hijo del Cielo,

empezamos á subir por unas escaleras fortificadas, hasta lo alto de la

Gran Muralla. Una vez sobre ella marchamos entre dos filas de almenas

por un camino enlosado de granito, en el que pueden avanzar cómodamente

diez hombres de frente.

Sólo logramos ver la parte más insignificante de esta obra que ocupa una

extensión igual á la longitud de dos ó tres naciones medianas de Europa.

Y sin embargo, este reducido sector nos parece algo extraordinario que

hace presentir la enormidad de todo lo que permanece oculto más allá de

nuestro poder visual.

La muralla sube por ambos lados siguiendo las pendientes, escala las

cumbres, desaparece, la vemos surgir á muchos kilómetros de distancia

sobre nuevas alturas, se oculta en los valles, y así va hundiéndose y

emergiendo en los sucesivos términos del horizonte, hasta no ser mas que

un hilillo rojo casi esfumado entre remotas montañas azules. A

distancias regulares se levantan torreones cuadrados, todos parecidos.

Los arqueros, desde lo alto de sus plataformas, podían cruzar sus

disparos de modo que no quedase un fragmento del muro sin ser defendido

por sus flechas.

Caminamos mucho tiempo sobre el lomo de esta obra que parece infinita.

El tiempo apenas ha causado mella en su masa de piedras y ladrillos. La

soledad del lugar la conservó, como la campana neumática preserva los

objetos confiados á su vacío.

Al otro lado se extiende la árida tierra mongola, que es como una

antesala del desierto de Gobi, y diversos países de misterio, poblados

por demonios guardadores de tesoros, por tribus nómadas de bandidos, y

en cuyos remotos valles hay ciudades santas que gobiernan dioses

vivientes. Allá está Ourga, donde se deja adorar el Buda hecho carne,

divinidad que muere envenenada muchas veces, si los santos Lamas del

Tibet, establecidos en Lassa, consideran que ha vivido demasiado y

ansían darle un sucesor más sumiso, para lo cual les basta con enviarle

un nuevo médico. Allá los lagos de nafta que arden incesantemente

poblando la noche de resplandores infernales; allá las tribus guerreras

que pertenecen de nombre al inmenso Imperio chino, pero hace años viven

con independencia, aliadas á los Soviets de Siberia, y ensoberbecidas

por el armamento que les regala el gobierno rojo de Moscou.

Vamos encontrando monótono el espectáculo al poco rato de marchar por

estos caminos almenados que se empinan siguiendo las pendientes y en

cuyas piedras pulidas por los siglos resbalamos con demasiada

frecuencia. Luego el interés renace al pensar que esta obra de color

rojizo, que sólo parece tener un siglo de existencia, fué construida

hace 2.300 años. Siempre que vemos el interior de un torreón recordamos

que la Gran Muralla tiene 20.000 de ellos, todos iguales.

En la puerta atravesada por el camino de Kalgán se notan más las

roeduras del tiempo. Un castillo fué adosado á ella, y esta

fortificación suplementaria es ahora un montón de ruinas. El arco de la

puerta se mantiene intacto. Detrás de él se halla obstruido el camino

por masas de mampostería derrumbada, semejantes á los pedruscos que

forman islotes en el lecho de los barrancos.

Vemos cómo se aproxima cortando el desierto una caravana de mulas y

camellos procedente de la Mongolia. La fila de bestias, con sus arrieros

tártaros, atraviesa la puerta-túnel de la muralla. Luego saltan

aquéllas, con una agilidad de cabras, sobre las ruinas que obstruyen el

paso, y vuelven á formarse más allá en el camino libre que desciende á

las llanuras cultivadas de la China.

Unos gendarmes con guedejas de pelo de mono, gorra azul y blanca y

revólver al costado, se han unido á nosotros en las inmediaciones de la

muralla. Su compañía es oportuna. Todos estos grupos de comerciantes de

monedas-yataganes, de portadores de palanquines rústicos, de vagabundos

con andrajos duros como la madera, ojitos feroces y barbas de chivo, si

se limitan á pedirnos dinero valiéndose de gesticulaciones humildes ó

exagerando desvergonzadamente el menor servicio que prestan, es porque

ven á nuestro lado á estos gendarmes algo grotescos con sus melenas

lacias, que han sustituido á la antigua trenza, y sus orejeras peludas.

De no estar ellos presentes, exteriorizarían sin duda sus deseos con

menos humildad.

Desciende el sol, y un viento helado y cortante, el terrible viento de

la Mongolia, empieza á cantar en torreones y almenas. Los mismos

habitantes del país acogen con una sonrisa crispada estos chillidos

atmosféricos. Unos introducen sus manos en los guantes-manoplas que les

cuelgan del pescuezo. Otros más pobres se las meten bajo los sobacos y

empiezan á bailar para defenderse por adelantado del frío.

Es tan brusco este soplo, huracanado y glacial, que nos hace correr

muralla abajo, con gran arremolinamiento de faldas y gabanes, levantando

todos las manos para asegurar los sombreros.

Al pie de la escalera fortificada, junto al arco de la puerta, en una

especie de hornacina, vemos arrodillados á dos mendigos, viejos

tártaros de luenga barba blanca. Uno de ellos tiene un vago parecido con

Anatolio France.

Los dos están ciegos, con esa ceguera extremada y monstruosa de los

países orientales, que no se contenta con borrar la vista y destruye

además ferozmente los globos de los ojos. Tienen sus cuencas rojas y

completamente huecas. Las moscas invernales se sobreviven y alimentan

revoloteando en torno á estos cuatro orificios de herida, siempre

frescos y sangrientos.

Murmuran oraciones con voz monótona, balanceando sus diestras tendidas.

Canturrean como si cumpliesen un rito, indiferentes á que el viajero se

detenga ó siga adelante.

Se adivina que estos chinos son musulmanes. El nombre de Alá,

confusamente pronunciado, pasa á través de la sorda melopea de sus

invocaciones. Tienen además la gravedad fatalista de los mendigos del

Islam.

Reciben las monedas en sus manos impasibles y siguen suspirando

palabras, fijas sus órbitas sin ojos en el infinito.

Estos dos habitantes de la Gran Muralla no se mueven nunca de la

hornacina que les sirve de refugio: aquí duermen; aquí comen cuando

tienen de qué.

¿Para qué canturrean todos los días, si sólo de tarde en tarde se

presentan viajeros?... ¿Quién puede darles limosnas en este desierto?...

¿Qué es lo que ven en su eterna noche, arrodillados junto á esta puerta

que da entrada á una de las soledades del mundo más extensas y

misteriosas?...

IX

EN MARCHA HACIA EL RÍO AZUL

Los bandidos de Ling Tcheng.--Dos trenes fortificados.--Compañeros

que van cayendo.--La exportación de huevos chinos.--Faisanes

laqueados.--La amazona misteriosa del bosque fúnebre de los

Ming.--Los bandidos no aparecen.--Decepción de algunas

viajeras.--Opiniones sobre la República china.--Un cuerpo robusto

falto de sistema nervioso.--La China aún no sabe que existe.--El

Gran Canal.--El río Amarillo y el río Azul.--La civilización del

trigo y la civilización del arroz.--Los pueblos asiáticos

eternamente casados con el Hambre.

Muchos europeos residentes en Pekín, ingenieros, comerciantes y hasta

diplomáticos, se unen a nosotros para aprovechar el tren especial que

debe conducirnos á Shanghai, á través de una parte considerable de la

China.

El gobierno ha tomado grandes precauciones para que no se repita al

pasar nosotros por Ling Tcheng el ataque que sufrió hace unos meses un

tren de lujo, lleno de europeos y norteamericanos. Varias partidas de

soldados desertores, capitaneadas por un oficial joven llamado Suen Mei

Yao, atacaron dicho tren durante la noche llevándose secuestrados á

todos sus viajeros, incluso las mujeres y los niños. Fué un acto de

bandolerismo y al mismo tiempo una maniobra política para crear

dificultades al gobierno de Pekín con las grandes potencias.

Las circunstancias no han cambiado. Antes de nuestra salida de la

capital los diarios hablan largamente sobre la posibilidad de que seamos

atacados en la región de Ling Tcheng, favorable para esta clase de

operaciones. Además, los mismos periódicos, con una asombrosa

imprudencia informativa, mencionan las enormes fortunas de algunos de

mis compañeros de viaje. Especialmente hay una señora, vestida de luto,

que va con un hijo único, y lo mismo en el _Franconia_ que en hoteles y

ferrocarriles es siempre mi vecina más inmediata. La dama apenas habla,

sonríe modestamente y parece no tener fuerzas para manifestar una

opinión contraria á lo que dicen los demás. El hijo, tímido como la

madre, y de una perfecta y silenciosa educación, se ve buscado por todas

las señoritas, que se disputan el bailar con él. Estos dos compañeros,

siempre deseosos de pasar inadvertidos, poseen varias explotaciones de

petróleo en California y hay años en que la madre recibe algo así como

10.000 dólares todos los días. ¡Qué golpe para los bandidos chinos!...

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 7 / 24 段