Esta artista experimentó tan hondamente la atracción de la vida china,

que no ha querido marcharse de Pekín, á pesar de haber desaparecido casi

todos los personajes del tiempo del Imperio, y habita en el nuevo barrio

europeo que ha ido formándose junto al antiguo de las Legaciones.

Seguimos en automóvil la larga avenida de la Paz Perpetua y otras calles

no menos anchas de la Ciudad Tártara. Vemos algunos mercados,

rebullentes de muchedumbre á esta hora matinal. En las cercanías del

llamado del Carbón abundan las caravanas de camellos. Todos los

artistas que han pintado escenas de Pekín colocan invariablemente junto

á sus murallas una fila de camellos, y este detalle, que parece

rebuscado adorno, no es más que copia exacta de la realidad. Siempre

tuve que detener mi automóvil en las puertas de Pekín para dejar paso á

estas escuadras de navíos terrestres, que avanzan moviendo la cabeza

como una proa y balanceando sus costados.

El camello de aquí no es el de África, pelado, calloso y de una delgadez

que marca la osamenta bajo la piel, como si fuese á rasgarla con sus

aristas. Las caravanas chinas están compuestas de camellos gallardos y

majestuosos. Se mueven de un modo rítmico, sus ojos abultados tienen una

expresión inteligente; además ostentan el regio adorno de sus lanas

rojizas, semejantes á las melenas del león. Estas lanas les caen por

ambos lados como una gualdrapa y se extienden piernas abajo en forma de

pantalones.

Por el interior de la ciudad marchan en fila y atados, para que no

entorpezcan la circulación. Cada uno lleva la cuerda de su bozal sujeta

á la cola del compañero que le precede. En las cercanías de los

mercados, al verse libres de sus cargas, doblan las patas y quedan

inmóviles sobre las aceras, mientras los camelleros venden sus

mercancías.

Sopla el viento mongólico de una mañana invernal. Los charcos de las

avenidas están helados. En los rincones, adonde no llega el sol, hay

montones de nieve. Los camellos, con sus cuatro patas ocultas, parecen

sobre la acera montones de lana rojiza, de los que surgen sus cuellos de

reptil antediluviano y lanzan por sus narices curvas dos chorros de

vapor.

Atravesamos una de las puertas de Pekín. Todas ellas están rematadas por

castillos de vetustas techumbres. Los colores de sus muros se hallan

tan modificados por el tiempo, que es imposible darles una clasificación

dentro de la gama conocida.

La antigua muralla de Pekín es la fortificación más grandiosa y más

inútil que puede encontrarse en el mundo entero. Su anchura va más allá

de las proporciones conocidas. En realidad se compone de dos murallas,

habiendo rellenado los antiguos constructores, con tierra y escombros,

el espacio abierto entre ambas. A causa de esto, las puertas son

profundas como túneles, y no obstante su altura parecen agujeros de

ratonera por su extremada longitud. Al pasarlas se encuentra una nueva

muralla en forma de media luna, una plaza de armas en la que puede

formar desahogadamente un batallón, y otro castillo para que los

asaltantes, después de haber tomado la primera puerta, encuentren el

obstáculo de una segunda. Sin embargo, las fortificaciones de Pekín no

sostuvieron jamás ningún sitio heroico y los invasores las atravesaron

con facilidad.

En los castillos de aleros cornudos que coronan estas puertas hay

grandes troneras para la artillería, pero hace más de cien años que no

se ha asomado á ellas la boca de un cañón. Los basamentos de las

baterías superiores son de madera y están casi pulverizados por la

carcoma. Además, la antigua artillería china necesitaba para funcionar

unas plataformas extraordinariamente macizas. Este pueblo de admirables

fundidores, que fabricó Budas colosales cuando en Europa no sabían ir

los broncistas más allá de las dimensiones humanas, produjo cañones tan

grandes como las piezas recientes de la artillería moderna. Su tiro era

incierto y corto, pero en cambio sus bocas imitaban fauces horribles de

dragón, gargantas de monstruos quiméricos, para infundir pánico á los

enemigos.

Nuestro automóvil corre por los suburbios de Pekín y se lanza luego á

través de la campiña. El Palacio de Verano está á veinte kilómetros, en

un lugar que los emperadores modificaron á su gusto para hacer surgir de

él un paraíso, como Luis XIV hizo brotar de áridas llanuras los jardines

de Versalles con sus fuentes y estanques. Pero la obra de los soberanos

chinos resulta más enorme en sus dimensiones que la del rey francés.

Fueron varios monarcas celestes los que se sucedieron en su ejecución.

Además, contaron con el trabajo disciplinado y tenaz de muchedumbres

incansables.

Seguimos las riberas de un canal que va desde Pekín al Palacio de

Verano. Ahora este curso acuático está interrumpido en varios lugares.

Antes el Hijo del Cielo podía ir desde la Ciudad Violeta al Palacio de

Verano en barcas doradas, de las que tiraban grupos de servidores

caminando por la orilla.

Paso un día entero en este palacio-jardín, que tiene varias leguas de

circuito. Como se halla lejos de la capital, sólo de tarde en tarde ve

llegar visitantes, y los soldados que lo guardan llevan una vida

campestre, como si viviesen destacados en un fortín de la frontera

tártara. Un ambiente melancólico de profunda paz envuelve esta obra

vastísima, destinada á unos soberanos de origen celeste cuya sucesión se

cortó para siempre.

Vemos las salas de audiencia, la parte del Palacio de Verano que los

emperadores destinaban al mundo exterior. Aquí venían á turbar su vida

campestre ministros, embajadores ó virreyes de las provincias. En uno de

los salones, dos estatuas enormes de bronce, representando un fénix y un

dragón, se alzan sobre pedestales de jaspe con sus bocas abiertas. Según

me explica mi acompañante, que tantas veces pasó por estas habitaciones,

las dos bestias esparcían por sus fauces una nube invisible de perfume

mientras duraba la audiencia imperial. También vemos en patios y salones

grandes vasos de bronce, verdes y dorados, con una fauna enroscada de

monstruos escamosos. Estos recipientes contenían agua. Los chinos

consideran higiénico tener vasijas de agua en sus habitaciones, por

creer que este líquido purifica la atmósfera tragándose los miasmas.

Más allá de las salas de recepción y antes de llegar á los edificios que

fueron las verdaderas residencias imperiales, está el teatro, patio

enorme encuadrado por palacios bajos de madera dorada y laqueada, sobre

plataformas de mármol.

En el centro de dicho patio se levanta el escenario, edificio de tres

pisos. Los actores hablaban á gritos, pasando de un piso á otro, según

las exigencias escénicas.

Miss Carl me describe las representaciones á que asistió muchas veces.

Duraban un día entero, y en los entreactos comía el público, servido por

el personal de las cocinas imperiales. Tres lados del patio estaban

ocupados por los funcionarios de la corte, los personajes invitados por

el emperador y los mandarines célebres por su sabiduría ó sus hazañas

guerreras. El lado restante era para las mujeres de la familia imperial

y su séquito de damas. Varios biombos colocados oportunamente las

permitían ver el escenario sin ser vistas á su vez por la concurrencia

masculina.

Después del teatro vamos pasando al pie de una sucesión de colinas con

vertientes escalonadas, formando bancales. Estos peldaños tienen muros

de contención, hechos de azulejos, y fueron jardines. Ahora se muestran

cubiertos de hierbas parásitas, secas por el frío. En tiempo de los

emperadores estaban plantados de peonías, y cada una de dichas cumbres

era una pirámide de flores, sustentando en su cúspide un edificio rojo

y dorado, pagoda ó kiosko.

Se abre de pronto el paisaje, se apartan bruscamente edificios,

columnatas y montañas. Una llanura blanca y azul se prolonga ante

nosotros. Es el famoso «mar» del Palacio de Verano, extensión acuática

que no tiene semejante en ningún jardín de la tierra.

Los estanques de Versalles y otros parques famosos pierden su

importancia al compararse con esta magnificencia líquida. Para apoyar

tal afirmación baste decir que este lago, cuyos límites sólo se abarcan

desde una altura y que por única vez justifica la énfasis de los chinos

al llamarle «mar», tiene todas sus riberas enlosadas de mármol en una

extensión de kilómetros y kilómetros, con balaustradas también de

mármol, talladas como un mueble precioso. Es una riqueza aplastante--no

puede llamarse de otro modo--, y sin embargo la amplitud de la

perspectiva, el aire libre, el movimiento luminoso de las aguas, dan una

ligereza simpática á su solemne enormidad.

Sobre una gran parte de estas riberas se extienden caminos cubiertos,

galerías de madera pintada, que parecen no tener fin. En sus techos hay

miles de paisajes representando los lugares más célebres de la China.

Por los frisos corren procesiones de animales con una variedad infinita.

Se adivina que esta obra ha costado muchos años, interviniendo en ella

numerosas huestes de pintores. Es un trabajo verdaderamente chino, de

aparente sencillez, que asombra y desorienta luego por su diversidad,

cuando se le examina detalle por detalle, acabando por fatigar al

observador. Paseando el Hijo del Cielo, durante años y años, por estas

galerías, llegaba á conocer, aunque fuese de un modo vago ó imperfecto,

la grandeza de sus Estados con su fauna y su flora, así como los

aspectos de sus ciudades.

Ríos interiores parten del lago, serpenteando luego á través de los

jardines. Puentes de mármol de giba audaz se encorvan sobre sus orillas.

Todas las pequeñas montañas son artificiales, hechas á brazo por

multitudes innúmeras de trabajadores. Los palacios y templos de sus

cumbres tienen plataformas y balaustradas de mármol, paredes de

porcelana verde, blanca y azul, aleros de madera tallada con tejas de

amarillo oro--el color imperial--, y por el filo de sus ángulos avanzan

hileras de dragones y monos.

Junto á la extensión acuática hay bosquecillos frondosos, de suaves

penumbras, y ante las escalinatas de los embarcaderos se alzan arcos

triunfales. Los puentes de mármol ponen en comunicación la orilla con

dorados kioscos para tomar el té.

Todo el centro del lago es blanco y sólido, con rugosidades azuladas. El

invierno lo ha helado profundamente. Junto á las orillas la costra

glacial se ha roto, y el agua, libre, deja ver su verde profundidad, en

la que tiemblan las cabelleras de una sedosa vegetación. De vez en

cuando pasan, como relámpagos de púrpura y oro, peces chinos de largos

faldellines en su cola. Varios cisnes blancos, salidos no sé de dónde,

vienen á nuestro encuentro cortando el agua libre y frígida, con la

esperanza de que ofrezcamos algo á sus ávidos picos. Barcas doradas de

aspecto vetusto se balancean, como recuerdos del pasado, entre los

pequeños témpanos sueltos de la ribera.

Un buque mucho mayor y completamente blanco atrae la atención del

visitante. Es el famoso Navío de Mármol. Esta isla en forma de

embarcación la hizo construir uno de los últimos emperadores, colocando

sobre su casco de mármol un palacio, también de la misma piedra. Un

puente une la orilla y el buque inmóvil.

Los republicanos chinos explican el origen de este capricho de un

monarca que, á semejanza de casi todos sus iguales, nunca había visto el

Océano. En el pasado siglo necesitó la China realizar grandes esfuerzos

pecuniarios para crear una verdadera flota moderna, capaz de repeler las

ambiciones, cada vez más intolerables, de las potencias europeas y del

Japón. Cuando al fin se reunieron los fondos necesarios para construir

navíos de combate, el Hijo del Cielo empezó por dedicar una parte de

ellos á su marina del Palacio de Verano, y creó este buque de mármol.

No intento comprobar la anécdota consultando á mi simpática acompañante.

Se muestra emocionada por los recuerdos que despierta en ella este

palacio. Guarda una memoria demasiado viva de las bondades de su

imperial modelo, para que pueda aceptar la citada explicación sobre el

origen del Navío de Mármol.

Visitamos en lo alto de una montaña artificial el templo de los Diez Mil

Budas. Luego pasamos á otras cumbres ocupadas por nuevos palacios y

nuevas pagodas. En escalinatas y mesetas vamos encontrando soldados que

parecen enfermos de hidropesía, á causa de la hinchazón de sus

uniformes, acolchados interiormente. Sufren las molestias del frío y la

soledad, pero al mismo tiempo son los únicos poseedores del inmenso

jardín, como si hubiesen heredado á los Hijos del Cielo.

En lo alto de la Montaña del Oeste, un kiosco con miradores de porcelana

y columnas de laca ha sido convertido en restorán para los visitantes.

Al entrar en él vemos un grupo de soldados en torno á una mesa, comiendo

cacahuetes y pepitas de calabaza á guisa de aperitivos.

Almorzamos en dicho kiosco, contemplando á nuestros pies toda la llanura

blanca del «mar» congelado. Miss Carl nos explica las particularidades

del paisaje. Vemos casi en el límite del horizonte varias colinas con

pagodas en su cumbre. Sobre una de ellas se alza una torre formada por

siete pequeños templos superpuestos.

Nos asombra el saber que estas alturas lejanas también pertenecen al

Palacio de Verano y los límites del jardín imperial aún van más lejos.

Cerrará la noche sin que hayamos visto más de una mitad de este mundo

aparte, creado para los monarcas más invisibles de la tierra. Nadie como

ellos supo buscar la paz y la dulzura de la vida. Fueron pastores de

hombres, destinados por herencia á regir los rebaños más numerosos del

mundo, y sin embargo vivieron alejados de sus semejantes, como si

perteneciesen á otra humanidad, en un paraíso artificial moldeado

egoístamente con arreglo á sus caprichos.

Algunos emperadores sentían de pronto la nostalgia de la vida vulgar,

deseaban rozarse con el populacho, conocer las amargas luchas sostenidas

por sus súbditos para ganarse el puñado de arroz. Aburridos de su

excesiva majestad, ansiaban no ser Hijos del Cielo, querían vivir como

simples hombres.

En tales momentos, los directores de sus placeres improvisaban un puerto

á orillas de este lago, con numerosos «juncos» mercantes anclados en sus

aguas y todo el caserío de una ciudad comercial. Los cortesanos se

disfrazaban de mercaderes y marinos; las damas de la corte eran criadas

de taberna ó desempeñaban peores papeles. El Hijo del Cielo, vestido

como un vagabundo, hacía sus pequeños robos en el mercado de la ciudad

fingida y circulaba por sus peores antros, sin que nadie se atreviese á

reconocerlo. De pronto reñían cuchillo en mano falsos navegantes y

tenderos, chillaban las hembras, acudía la guardia, y así iban

reproduciéndose todas las escenas de los puertos chinos, corrompidos y

pululantes como una gusanera. Este Carnaval divertía durante unas

semanas al Hijo del Cielo y á las 80.000 ó 100.000 personas que vivían

en torno de él.

Vemos de lejos las arboledas del Parque de Caza. Ahora están

despobladas. En tiempos del Imperio volaban sobre sus frondas millares

de palomos amaestrados, á los que habían puesto una flautita debajo de

cada ala. Eran animales eólicos que al volar iban dejando una estela de

dulces sonidos, y como las pequeñas flautas tenían diversos tonos, estos

músicos alados poblaban el espacio con las caprichosas armonías de una

orquesta vagorosa.

Encontramos nuevas escaleras cubiertas, cuyos techos guardan pintada una

fauna infinita de dragones. Parece imposible que la imaginación haya

podido concebir tantas variedades de un solo animal quimérico. La

baranda de las múltiples escalinatas es maciza, hecha con azulejos

verdes y amarillos.

Como el Palacio de Verano lleva varios años de abandono, estas barandas,

faltas de reparación, han dejado caer sus ladrillos esmaltados en

diversos lugares. Tomo dos, uno verde y otro amarillo oro, para

ocultarlos debajo de mi gabán. Pienso que cuando vuelva á Europa me será

grato ver sobre mi mesa estos dos fragmentos del Palacio de Verano. Me

siento ladrón, como la mayor parte de los europeos que vinieron aquí

para civilizar á los chinos. Además, ¿cuánto podrán durar aún estas

construcciones frágiles y olvidadas?... ¿Existirá el Palacio de Verano á

mediados del presente siglo?...

Al volver á la capital pasamos ante las ruinas del otro Palacio de

Verano, el más antiguo, que destruyeron las tropas anglo-francesas con

la voladura de su polvorín. Pero apenas me fijo en él, me preocupa algo

más reciente. Sé que en Pekín existe un emperador, á pesar de que el

país está constituído en República hace doce años. He preguntado

repetidas veces por él, y nadie conoce con certeza el lugar donde vive

oculto.

Los chinos, tan extraordinariamente tildados de crueles, resultan

incomprensibles muchas veces por su dulzura y su tolerancia, virtudes

que les permiten encontrar una solución agradable á los conflictos más

enrevesados.

Cuando en Europa se destrona á un monarca, se le hace salir del país

inmediatamente. En algunas ocasiones, para liquidar de veras el pasado,

hasta se le corta la cabeza.

En China, los republicanos, después de su triunfo, dejaron en paz al

joven emperador para que continuase viviendo lo mismo que antes. Y como

en realidad el monarca no había salido nunca de la Ciudad Prohibida, ni

gobernado otra cosa que su vivienda--los ministros lo hacían todo en su

nombre--, debe pensar á estas horas que la República no se diferencia

mucho del antiguo régimen.

Algunos que parecen bien enterados me aseguran que continúa instalado

dentro de la Ciudad Prohibida, en lo más céntrico de la Ciudad Violeta.

Es tan enorme y con entrañas tan complicadas la antigua Ciudad

Imperial--una legua de circuito--, que el monarca destronado puede

seguir ocupando varios palacios y un jardín, sin que su antiguo pueblo

sepa dónde está. En verdad, cuando era emperador su vida no abarcaba

mayor espacio sobre la tierra.

Parece que este jovenzuelo es más feliz que antes, porque no recibe

visitas y nadie le molesta con inútiles consultas. Le casaron de niño

con una de su edad, y los dos siguen jugando, ya mayores, en kioscos y

jardines. Él está enamorado de una amiga de su mujer, perteneciente á

una gran familia de mandarines adictos al Imperio. Los chinos sólo

tienen una esposa legítima, pero la costumbre les permite un número

ilimitado de amigas dentro de la casa. Y el feliz «triángulo» imperial

vive paradisíacamente en el centro de Pekín, sin que nadie se acuerde de

su existencia.

De tarde en tarde el ex emperador recibe la visita del presidente de la

República, que también habita un palacio dentro de la antigua Ciudad

Prohibida. Unas veces es un mandarín letrado, otras un «doctor en

armas», ó sea un general, pues la República china sufre los cambios

bruscos de los seres en crecimiento, las aventuras violentas de toda

juventud.

El último Hijo del Cielo no sabe en realidad lo que es un presidente de

República. Debe creerlo un ministro universal, un favorito como los que

gobernaban en otro tiempo la China despóticamente, mientras sus abuelos

imperiales permanecían invisibles en la paz majestuosa del Palacio de

Verano.

Bien puede ser que algunas veces se le ocurra la conveniencia de

aplicarle al Presidente unas cuantas docenas de bastonazos con un bambú

duro, para que atienda con más generosidad á sus gastos. Pero no ve en

torno de él á los eunucos de la antigua corte encargados de dicha

función.

Sólo encuentra en sus jardines militares azules, de uniforme repleto

durante el invierno, que le miran frente á frente con una audacia de

campesinos sublevados, no pudiendo comprender por qué razón á un hombre

que marcha lo mismo que ellos sobre la tierra lo llamaron sus pobres

antepasados, durante cincuenta siglos, el Hijo del Cielo.

VIII

LA GRAN MURALLA

Un muro de 600 leguas edificado en ocho años.--El chino sabe

demasiado para ser militar.--Las industrias fúnebres.--Entierros

ruinosos.--Las tumbas de los emperadores de la dinastía

«Luminosa».--En las puertas de la Tartaria.--Los vagabundos de la

Gran Muralla.--La caravana de Kalgán.--El frío viento de la

Mongolia.--Los dos ciegos musulmanes.

En este país extremadamente viejo, decano de todas las naciones

actuales, no abundan los monumentos que puedan llamarse antiguos.

Templos y palacios sólo alcanzan una vida de contados siglos. Lo eterno

es la China, su historia y sus costumbres. El alma del país perdura

inmutable á través de miles de años. La exterioridad de las cosas

resulta transitoria y ha sufrido muchas renovaciones.

Su monumento más venerable y famoso es la Gran Muralla. Representa en la

historia del pueblo chino lo que las Pirámides para la primitiva nación

egipcia.

Las Pirámides tienen algunos miles de años más que la Gran Muralla.

Cuando el emperador Hoang-Ti levantó ésta 240 años antes de J. C., las

Pirámides eran ya antigüedades milenarias que venían á contemplar

viajeros de otros países. Pero como esfuerzo constructivo, la obra china

resulta más enorme que la de los primeros Faraones de Memfis. Resultan

las Pirámides más grandiosas al poder abarcarlas el visitante con sus

ojos; imponen un respeto casi místico por su pesadez de cumbre; tienen

la concreción aplastante del amontonamiento. La Gran Muralla es una obra

de extensión, un trabajo de gigantes en sentido horizontal, que casi

nadie ha podido apreciar en conjunto, pues esto exigiría un viaje

larguísimo. Los chinos, para crearla, manejaron indudablemente mayor

cantidad de materias que los fellahs constructores de las Pirámides.

Ocupa la Gran Muralla una longitud de 600 leguas, distancia mayor que la

existente entre Madrid y París. Algunos han calculado que con sus

materiales se podría construir un muro que diese por dos veces la vuelta

á la tierra. Tal obra la ordenó Hoang-Ti, porque deseaba separar sus

Estados del resto del mundo, y para él todo el mundo eran los tártaros y

los manchures, que podían atacar á su nación por el Norte.

Hoang-Ti sólo gobernaba entonces la verdadera China, ó sea las llamadas

Diez y ocho Provincias. Una cosa es la China y otra el Imperio chino.

Los tártaros y los manchures, que á pesar de la Gran Muralla acabaron

por invadir el suelo de la China, fundieron sus territorios con las

provincias de los vencidos, dando así su extensión actual á este Imperio

de once millones de kilómetros cuadrados y quinientos millones de

habitantes. Hace muchos siglos que la Gran Muralla resulta una obra

completamente inútil, por haber quedado dentro del Imperio,

extendiéndose la nación á un lado y á otro de sus baluartes; pero en sus

primeros tiempos significó un gran adelanto como obra de fortificación,

defendiendo á la China de sus más temibles enemigos.

Se extiende sin interrupción 2.400 kilómetros sobre cumbres de montañas,

sobre valles profundos, y algunas veces sus cimientos se apoyan en

pilotes para atravesar terrenos blandos y pantanosos. El emperador

exigió á los ingenieros que no dejasen fuera de la muralla la más

pequeña parcela de sus tierras, y esta orden hizo aún más dificultoso el

trabajo. Quiso además que la obra colosal se terminase cuanto antes y

fué emprendida por muchos puntos á la vez, dedicándose á ella millones

de hombres.

En menos de ocho años se realizó, venciendo todos los obstáculos

naturales, y según cuentan los historiadores, murieron en esta empresa

sobrehumana unos 400.000 hombres.

Su trazado tiene el ondulamiento del dragón, línea favorita de los

artistas chinos, pero tal forma se debe también á la exigencia imperial

de seguir con rigurosa exactitud los límites de sus provincias

septentrionales. En algunos sitios parece suspendida de los flancos

escarpados de las montañas; otras veces se oculta en gargantas profundas

ó pasa como un puente sobre ríos y torrenteras.

Todo el que visita Pekín siente la atracción de la Gran Muralla.

Presenta ésta diversos aspectos según los sitios que atraviesa, é

imagínese el lector si ofrecerá puntos de vista distintos en una

extensión de 600 leguas. El lugar más frecuentado por pintores y

fotógrafos se halla á varias horas de Pekín, empleándose para llegar á

él un ferrocarril que va á la Mongolia y tiene por término la ciudad de

Kalgán, situada casi en pleno desierto.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 6 / 24 段