otro, se lanzan las curvas de los puentes de mármol. En otros sitios
ponen en comunicación el jardín con las islas. El arqueamiento exagerado
de estos puentes resulta penoso para los pies occidentales. Uno de
ellos, á pesar de su magnificencia, recibe el apodo de «El Jorobado» por
la altura de su curva. El tiempo y el abandono han desgastado además los
pequeños escalones de su doble pendiente, haciendo aún más difícil su
tránsito. Pero los personajes chinos iban calzados con ligeras
zapatillas de fieltro, que les permitían ajustar sus plantas á las
sinuosidades del suelo, ascendiendo por ellas mejor que nosotros. Ya
dije también cómo el monarca, con sus ligeras sandalias de pergamino,
subía ritualmente las escalinatas por el «sendero imperial», que no
siempre era camino fácil.
Actualmente los jardines de la Ciudad Prohibida no tienen otros
guardianes que hombres del ejército. Al licenciar la República el
personal enorme mantenido por los emperadores en sus palacios, lo suplió
con soldados de línea. Como el ejército es muy numeroso en este país
extraordinariamente poblado y gusta más de vivir tranquilo que de
ejercicios y maniobras, una gran parte de la guarnición de Pekín se
halla dedicada á la vigilancia de los edificios públicos.
En todos los kioscos se encuentran soldados y fusiles. Sobre las riberas
marmóreas de los lagos circulan patrullas con el arma al hombro. Junto á
los puentes de atrevida curva hay militares que se apresuran a ofrecer
una mano á los viajeros, ayudándolos á pasar sobre el lomo resbaladizo
de mármol, en espera de una propina ó un simple cigarrillo. Si no
reciben nada, no por ello dejan de sonreir y hacer cortesías. Estos
mocetones, procedentes de las provincias del Norte, campesinos de buen
humor que la República ha convertido en soldados, parecen más grandes de
lo que son en realidad á causa de sus trajes de invierno, acolchados
interiormente. Los forros de algodón en rama los hacen extremadamente
obesos. Hay nieve en los rincones sombríos de la arboleda, flotan sobre
los lagos anchas placas de helado cristal, pero como luce el sol, estos
guerreros han dejado sueltas las orejeras de piel de sus gorras. Cuando
pasa un destacamento se ve sobre las cabezas de sus hombres y por debajo
de las hileras de bayonetas cómo se balancean al compás de la marcha los
pares de orejas erguidas.
Por encima de las murallas de la Ciudad Roja espejean las techumbres de
los palacios imperiales, todas con tejas de laca amarilla, color que
únicamente podía usar el Hijo del Cielo. Una sucesión de nueve patios
enormes (siempre el número simbólico), en torno á los cuales corre una
cuádruple fila de edificios, forma el núcleo de la Ciudad Prohibida.
Estos patios se comunican á través de portadas, sobre mesetas de mármol
que tienen por ambos lados amplios graderíos. Las portadas también son
de mármol y constan de tres puertas, estando reservada la del centro
para el emperador y las otras para los mandarines, según su categoría.
Sobre cada una de aquéllas existe un pabellón de madera laqueada y
dorada, con techo amarillo, cuyos aleros se encorvan en los ángulos.
Estos patios, orientados con arreglo á los puntos cardinales, tienen al
Sur y al Norte las portadas de acceso, á ambos lados de ellas los
salones más importantes, y al Este y al Oeste galerías, detrás de las
cuales existen almacenes, dormitorios y cuadras. En torno al primer
patio vivían los funcionarios palaciegos más modestos y los jefes de la
Guardia imperial. Hay que advertir que la Ciudad Prohibida contaba
siempre con una guarnición de 15.000 infantes y 5.000 jinetes.
Todos los nueve patios tienen pavimento de mármol, y por su centro corre
un río atravesado por tres ó cinco puentes. Su extensión es tan enorme
que el hombre parece perdido en ella, achicándose con una modestia
lamentable cuando se aleja á uno de sus extremos. Para cortar la
monotonía de estas llanuras rectangulares, embaldosadas de blanco y
cerradas por ostentosos edificios, se alzan en ellas grandes pedestales
sustentando leones chinescos, de ojos saltones como bolas, dentadura de
cocodrilo y melena de perro. Otras veces sostienen cigüeñas de bronce ó
vasos que parecen campanas olvidadas.
El segundo patio, el más enorme de todos, guarda en su fondo la sala
imperial. Dentro de ella recibía el Hijo del Cielo á los embajadores y
los príncipes feudatarios. En las galerías del Este y del Oeste estaban
los almacenes de las cosas preciosas de su pertenencia particular,
vastos salones que muchas veces no podían contener los tesoros del
celeste emperador, dueño absoluto de un país más grande que Europa.
Uno de los edificios guardaba los vasos de bronce y diversas obras de
metal hechas por los artífices de Pekín ó regaladas por los gobernadores
de las provincias. Otro contenía las peleterías preciosas enviadas por
los cazadores de las provincias limítrofes con Siberia. El enorme
Imperio chino abarcaba todos los climas y poseía todas las faunas, desde
el oso de las llanuras de hielo á la pantera y el tigre de los arrozales
cercanos á los mares del Sur.
En un tercer depósito se almacenaban las vestiduras de honor que el Hijo
del Cielo regalaba como si fuesen condecoraciones á los funcionarios
dignos de tal recompensa: gabanes de seda, con forros de zorro azul, de
cibelina, de armiño. Otra sala contenía las piedras sin montar del
tesoro imperial, diamantes, amatistas, esmeraldas, mármoles raros, jade
de un verde tierno que parece vivir ó veteado de oro, perlas finas
pescadas por los súbditos de las provincias meridionales. El ropero
imperial ocupaba un edificio de dos pisos, con armarios y cofres
repletos de maravillosas vestimentas, ligeras y coloreadas como flores.
En un sexto depósito estaban las armas, ricas y célebres, tomadas al
enemigo, y otras ofrecidas por los embajadores de los monarcas
tributarios.
Creo oportuno recordar cómo fué en otras épocas el poder de los
emperadores chinos. Nos hemos habituado tanto en los últimos tiempos á
ver subyugado este país á las exigencias abusivas y crueles de las
naciones europeas y de los japoneses, que apenas si nos damos cuenta de
que el Hijo del Cielo vivió durante siglos y siglos, dentro del mundo
asiático, más poderoso y obedecido que ningún monarca lo fué en
Occidente. No había pueblo del viejo mundo que no reconociese su
autoridad y temiera sus ejércitos innumerables. El Japón fué el único
que se libró de tal vasallaje, por su posición insular y por los
caprichos oceánicos que destruyeron todas las flotas chinas llegadas á
sus costas. El cruel Timur, ó sea el famoso Tamerlán, terror y azote de
tantos pueblos, se declaró feudatario del Gran Kan residente en Pekín.
Hay que imaginarse el aspecto de este segundo patio en días de gran
recepción. Se abre en su parte Norte lo que puede llamarse sala del
trono y que los chinos titulan _Tacho-Tien_ (Sala de la Gran Reunión).
En el centro de ella colocaban el asiento del emperador, quedando las
cuatro patas de dicho mueble á ambos lados del eje que divide por mitad
á Pekín. Si abrían la puerta central del pabellón Sur, y sucesivamente
las portadas de la Ciudad Roja, de la Amarilla y de la Tártara--todas
colocadas exactamente en la misma línea--, el Hijo del Cielo, sin
moverse de su asiento, podía extender sus miradas hasta el extremo Sur
de Pekín, á través de toda la Ciudad China, en una extensión
longitudinal de muchos kilómetros, viendo como un hormiguero la remota
actividad de las muchedumbres circulando por la calle de Enfrente.
A la meseta de mármol que sustenta la Sala de la Gran Reunión se sube
por cinco escalinatas que dan á otras tantas terrazas con balaustradas
de maravillosa labor. El mármol ha sido trabajado como algo dúctil que
adquiriese rápida forma bajo los dedos. Cigüeñas y dragones parecen
correr entre los encajes marmóreos. Los siglos han dado á la preciosa
piedra un color amarillo de miel.
Las puertas de esta sala imperial son de laca roja y de oro, con menudos
dragones deslizándose entre ramajes complicados. También son de rojo y
de oro las grandes columnas, y estos dos colores imperiales se repiten
en el adorno de los muros, dando á todo el salón una visualidad que hace
recordar las tintas de la bandera española agitada por el viento.
Sobre pedestales quebrados por los golpes más que por los siglos, se
ven unos vasos maravillosos de bronce verde, con adornos de oro pálido
profundamente rayado. Fueron soldados japoneses los que en 1900 rascaron
con sus cuchillos-bayonetas esta capa de oro, para llevarse el precioso
polvo. Tal rapiña no resultó un acto extraordinario. Las tropas europeas
llegadas á Pekín en la misma expedición contra los boxers mostraron
igual conducta. Lo admirable de estas vasijas gigantescas, desfiguradas
por la rapacidad de los invasores, es su timbre sonoro. Basta dar en
ellas con los nudillos para que salga de sus entrañas una vibración
misteriosa y ultraterrena, un eco que hace recordar las melodías
planetarias imaginadas por los pitagóricos.
Todo el salón es de madera, paredes y columnas, pero con numerosas capas
de laca roja, dorada ó de bronce verdoso, que imitan los tonos de los
metales y las piedras preciosas, dando además á dichos colores la
frescura eterna de su barniz, en cuyo brillo no logran morder los años.
El canal que atraviesa este segundo patio es profundo como un río. Cinco
puentes de mármol lo atraviesan, para que en otros tiempos pudiesen
pasar á la vez los imponentes cortejos del Hijo del Cielo. Sobre las
cinco mesetas de mármol que se escalonan hasta la Sala de la Gran
Reunión se mantenían derechos miles de mandarines durante el curso de la
ceremonia imperial.
En este patio, donde podrían desplegarse cómodamente varios batallones
europeos, formaban los destacamentos de las Ocho Banderas en que estaba
dividido el ejército chino, con sus corazas multicolores, sus yelmos
metálicos en forma de sombrilla, sus lanzas rematadas por anchos
alfanjes, sus mosquetes que tenían por culatas cabezas de dragón, sus
vestimentas de tinte anaranjado ó azul. Sobre el bosque brillante de las
armas ondeaban las Ocho Banderas, emblemas de las antiguas tribus
manchures, amarilla, blanca, roja, azul ó con diversas combinaciones de
estos cuatro colores. En el fondo, ocupando un lugar secundario y
modesto, formaban las tropas de la Bandera Verde, las más numerosas y
plebeyas, que mantenían el orden en las provincias del Imperio, haciendo
oficio de gendarmería.
Hoy, todas las explanadas de mármol de la Ciudad Imperial, majestuosas y
enormes, como no las tiene ningún palacio de la tierra, están
solitarias. De tarde en tarde, cual si fuesen hormigas, se deslizan por
sus llanuras cuadrangulares y blancas algunos pequeños grupos de
soldados ó de curiosos. Sus verdaderos habitantes de ahora vuelan y
viven en los aleros.
Los adornos salientes de los edificios tienen un color blancuzco, á
causa de la capa de fenta depositada por los palomos. Éstos deshonran
igualmente con sus residuos las terrazas de mármol y las imágenes de
leones, tortugas y cigüeñas de verdoso bronce erguidas sobre pedestales.
Unos cuervos pequeños y de graciosos movimientos revolotean en los
patios ó se posan en los filos de las techumbres, alterando con sus
voces el silencio de la gran ruina. Gritan como niños asustados; otras
veces parecen burlarse de los que entran y salen en este palacio de
inusitadas proporciones, que ellos poseen ahora absolutamente. En
realidad, los personajes soberbios de la Historia, al construir
monumentos que se imaginan inmortales, trabajan para el cuervo, la
araña, el lagarto y la hiedra, sus herederos forzosos.
En los edificios de otros patios ha improvisado la República china un
museo con lo que se pudo salvar de la rapacidad de las tropas
civilizadas cuando vinieron en 1900 á socorrer á los sitiados del barrio
de las Legaciones y á dispersar á los boxers. Dichas salas ofrecen un
aspecto poco ordenado, pero su magnificencia deslumbra y llega á fatigar
los ojos. Mejor que museo debía titularse lo que se guarda en ellas
«Colección de riquezas nacionales que no pudieron robar los
representantes de la civilización occidental».
Sus porcelanas son de valor inestimable, piezas antiquísimas que parecen
fabricadas por manos superiores á las del hombre. Se ven en las vitrinas
lujosos muebles con todos los caprichos de la curva escamosa del dragón,
tallados en ricas maderas; tronos de oro; corazas con incrustaciones de
pedrería; árboles cuyas hojas y troncos están hechos con valvas de
madreperla; armas cinceladas como joyas; trajes de ceremonia con bestias
heráldicas de grueso realce; cetros de oro y cristal de roca; esmaltes
de tan enormes proporciones que resulta inexplicable su producción;
cascos y sombreros cubiertos enteramente de perlas, cual si hubiese
caído sobre ellos un rocío celeste.
Muchos de estos objetos los ocultaron chinos fieles á la dinastía,
cuando llegó la expedición de los países civilizadores, devolviéndolos
luego al gobierno. Otros fueron robados por las tropas invasoras, y las
comisiones encargadas de remediar tales delitos consiguieron
rescatarlos. ¡Pero desaparecieron tantas riquezas!... ¡Fueron tan
numerosos los robos!...
Cada vez que nos muestran un objeto precioso estúpidamente destrozado,
los guardianes del museo se limitan á decir:
--Esto lo hicieron las tropas de las naciones civilizadas.
Y sonríen con una amabilidad irónica.
El pueblo chino ha cometido crueldades, como todos los pueblos de la
tierra, pero muchas menos que las imaginadas por la ignorancia
occidental. La culpa remota de este error la tienen los sacerdotes
budistas, que tanto aquí como en el Japón han hecho circular durante
varios siglos estampas horripilantes representando cuantos tormentos
sufren en la otra vida los que mueren en pecado. Son casi iguales á las
estampas del infierno y de sus suplicios que existen en los países
católicos.
Muchos viajeros, al ver estas escenas del infierno budista, las creyeron
una fiel representación de tormentos complicados y monstruosos que
aplicaban antiguamente chinos y japoneses. Nada más falso. En China han
existido la muerte á palos y la decapitación, como en casi todos los
países de la tierra. Durante las revueltas populares y las guerras
civiles abundaron refinadas ejecuciones y matanzas, aunque tal vez menos
que en ciertos países de Europa y América. Sus piratas y sus bandidos de
tierra firme no fueron peores que los de otras partes.
En cambio, la expedición civilizadora contra los boxers abundó en
episodios inauditos. Un soldado procedente de uno de los países más
cultos de Europa, al pasar con varios camaradas por una de las calles de
Pekín, vió en la puerta de su tienda á un mercader extremadamente gordo,
con esa obesidad monstruosa producto de una vida sedentaria, lenta y
pacífica.
--Me interesa saber--dijo--lo que ese chino tiene en el vientre.
Y de un bayonetazo le rajó el abdomen, echando afuera sus tripas.
Estos chinos que parecen cansados y hasta apolillados, después de
cincuenta siglos de civilización á su modo, hablan con ironía del estado
que ocupan en el mundo moderno.
«Nosotros los salvajes», dicen con burlona modestia. Y añaden poco
después: «Los blancos, que nos hacen el favor de querer
civilizarnos...»
Hemos mencionado ligeramente algo de lo ocurrido durante la última
entrada en Pekín de las tropas civilizadoras. En otra expedición militar
emprendida en tiempos de Napoleón III por un ejército de ingleses y
franceses, el robo de los palacios imperiales resultó inaudito. Casi
todas las riquezas de arte chino existentes en Europa datan de aquella
invasión de bandidos civilizados.
Además, la artillería de las citadas tropas se instaló en el primitivo
Palacio de Verano, cerca de Pekín, y la explosión intencionada ó casual
de su depósito de pólvora hizo desaparecer instantáneamente este
monumento célebre del arte chino.
Otra intervención anterior de Inglaterra, en la primera mitad del siglo
XIX, que la permitió adueñarse de Hong-Kong, aún fué más vergonzosa. Los
gobernantes chinos, para librar á su pueblo del envilecimiento del opio,
prohibieron el consumo de dicha droga. Los ingleses siguieron entrándola
de contrabando, porque así convenía á su comercio, y como el virrey de
Cantón embargase varios cargamentos, echándolos al agua, la piadosa y
liberal Inglaterra envió sus batallones y sus navíos contra el gobierno
del Hijo del Cielo para defender una vez más la civilización... y la
venta del opio.
--Nosotros los salvajes--repiten sonriendo los chinos.
Saben que su enorme y viejo país, rutinario y fatigado como todos los
pueblos extremadamente antiguos, dió al mundo la brújula, la imprenta,
la pólvora, la porcelana y los principios fundamentales de la
agricultura científica.
VII
EL PALACIO DE VERANO
La retratista de la emperatriz.--La mentalidad de una soberana
china.--Los hermosos camellos de Pekín.--Las murallas de la capital
y su antigua artillería.--Maravillas del Palacio de Verano.--El
«lago-mar».--El famoso Navío de Mármol.--Un puerto de comercio
improvisado, para que el Hijo del Cielo se disfrazase de
vagabundo.--Robo de dos azulejos.--El feliz «triángulo»
imperial.--El joven ex emperador y el presidente de la República.
Miss Catalina Carl es una pintora notable de los Estados Unidos y la
única dama de raza blanca que vivió en los palacios imperiales de la
China.
En 1905, estando en Shanghai, fué llamada á Pekín por la Legación
norteamericana. La emperatriz regente, que vivía como ciertas reinas
famosas de otras épocas, gobernando á su modo el vastísimo Imperio y
haciendo frente á las ambiciones de las potencias occidentales, sentía
repentinamente deseos de imitar la existencia de los remotos soberanos
de Europa. Pero tales deseos no eran más que movimientos de curiosidad,
retrogradando en seguida á sus antiguas costumbres. Esta emperatriz, que
fué verdaderamente el último soberano chino--la República se proclamó
tres años después de su muerte--, quiso que la retratase un artista
blanco, y al saber que una pintora célebre viajaba por sus Estados,
aprovechó la ocasión, prefiriendo servir de modelo á una mujer.
La citada artista ha escrito un libro interesante sobre su vida
palaciega y además me relató nuevas anécdotas durante mi permanencia en
Pekín. Era la emperatriz una manchur de carácter enérgico, que ejercía
con verdadera vocación sus funciones de gobernante. Teniendo que dirigir
los destinos de un territorio enorme como un continente, con una
población de cuatrocientos á quinientos millones de seres, se equivocó
muchas veces; pero un hombre de talento, obligado á desempeñar una
autoridad tan variada y extensa, tal vez habría cometido los mismos
errores.
En su tiempo ocurrió la revolución de los boxers. Mirada del lado
europeo, esta revolución resulta un alzamiento horripilante por sus
crueldades. Examinada desde el punto de vista chino, fué una protesta
nacionalista, una explosión de odio contra los extranjeros, dominadores
del país. Por esto la figura de la última soberana resulta confusa y
contradictoria. Algunos la creen una emperatriz mesalinesca, con los
defectos de Catalina de Rusia. Otros la admiran como una gran patriota.
Miss Carl sólo guarda de ella excelentes recuerdos y se enternece al
relatar sus bondades.
Esta reina, poseedora de más súbditos y territorios que ningún soberano
de Europa, recibió á la artista californiana con una afabilidad
burguesa, sin aparato alguno. Al saber que era huérfana, le dijo:
--Yo seré tu madre. No te preocupes de tu porvenir. Corre á mi cargo
hacerte feliz.
Y la instaló en uno de sus palacios, con un mayordomo que capitaneaba á
trescientos domésticos. En el Extremo Oriente la importancia de los
personajes se mide por el número de criados, y nadie sabe hasta dónde
puede llegar la cantidad de éstos, teniendo en cuenta las divisiones del
servicio. Uno está encargado solamente de los platos, otro de las
copas, cada lecho de la casa tiene un sirviente especial, etc.
Después que la pintora tomó posesión de su palacio y pasó revista á su
batallón de servidores, aún tuvo que esperar varios meses para dar
principio á su obra. Hacer un retrato de la emperatriz de la China era
negocio de Estado, digno de largos estudios y lentas discusiones.
Primeramente una comisión de astrólogos levantó el horóscopo de miss
Carl para saber si su espíritu era compatible con el de la sagrada
emperatriz, ó iba á causarle graves daños al ponerse en contacto con
ella. Cuando al fin reconocieron los sabios que podía aproximarse á la
soberana sin peligro alguno, los geomantes del palacio entraron en
funciones para decidir qué edificio sería el más á propósito para el
trabajo de la artista. Y después de encontrado el sitio, hubo que hacer
nuevos estudios, fijando el día y la hora favorables para dar la primera
pincelada.
Tan satisfecha quedó la emperatriz de miss Carl, que años después le
pidió que hiciese un segundo retrato de ella. Estas dos obras adornan
los salones más grandes del Palacio de Verano. La soberana aparece en
ambos lienzos ocupando un trono, con el traje femenino de la dinastía
manchur. Va cubierta de joyas lo mismo que un ídolo; tiene los pies
pequeños naturalmente, sin la deformación tradicional de las antiguas
chinas; su tocado se levanta y se abre sobre la frente como una
canastilla de flores.
Mientras era pintada por su retratista, iba haciéndola preguntas, con
una curiosidad de niña, sobre el modo de vivir las mujeres en los países
de raza blanca.
La etiqueta china no le había permitido ver nunca las calles de Pekín.
Gobernaba su vastísimo Imperio sin haber visitado ninguna de sus
ciudades. Todo lo sabía de oídas, según se lo habían contado sus
mandarines. Cuando atravesaba la capital una vez al año para ir al
Templo del Cielo con el joven emperador, ó al trasladarse desde su
residencia de invierno en Pekín al Palacio de Verano, no le era posible
ver á su pueblo. Calles y caminos quedaban desiertos desde un día antes.
Los chinos sabían que era delito, pagado con la cabeza, todo intento de
conocer á sus soberanos. La emperatriz, seguida de su brillante séquito,
pasaba como un fantasma por estas calles muertas, y para que su tránsito
resultase aún más irreal, servidores palaciegos ocultos en tejados y
árboles dejaban caer una lluvia de pétalos rojos y amarillos, colores
emblemáticos de la dinastía, como un homenaje celeste.
Para esta dueña absoluta de quinientos millones de seres humanos, la
mayor diversión era asomarse con disimulo á una ventana, en las horas
matinales, viendo á los pobres servidores de sus cocinas que traían á
cuestas sacos ó cestos de comestibles. Así podía conocer otras gentes
que los personajes de su corte. Poco después, la tradición y el orgullo
dinástico renacían en su interior, haciéndole incomprensible la vida
ordinaria de las soberanas europeas.
Mostraba una simpatía instintiva y una admiración «de clase» por la
reina Victoria de la Gran Bretaña. Se había enterado por sus ministros y
por los diplomáticos de la existencia de esta emperatriz, semejante á
ella, que gobernaba la otra vertiente del mundo.
En el fondo de su alma china se creía superior á su colega. Los sabios
del país, herederos de cinco mil años de ciencia, le habían enseñado que
el Imperio de Enmedio ocupa el vértice de la tierra, mientras la pobre
Europa se mantiene agarrada, con grandes esfuerzos, á uno de sus lados.
Pero de todos modos, Victoria resultaba la única mujer que podía
compararse con su persona celeste en el mundo de los blancos. Propiedad
de ella eran las islas flotantes que marchan por los mares arrojando
humo; también le pertenecía una parte del Asia, la India, el país más
poblado después de la China, y la Hija del Cielo no podía comprender
cómo tan gran señora salía á pie por unas calles donde marcha todo el
mundo y viajaba sin largo séquito, lo mismo que una tendera de Pekín.
--¿Tú crees que verdaderamente vive así?--preguntaba á su retratista--.
¿No me habrán engañado?
Miss Carl tiene la bondad de acompañarme á los lugares cerrados y
maravillosos donde vivió algunos años cerca de la emperatriz regente: al
Palacio de Verano, retiro favorito de ésta. Desde la caída del Imperio
ha vuelto pocas veces á este paraíso regio. Le infunde una tristeza
profunda ver con aspecto de próximas ruinas los palacios y los jardines
que ningún blanco visitó antes de ella.
Vamos á pasar un día entero en el Palacio de Verano, y aun así nos
faltará tiempo para conocer todos sus valles y montañas, abundantes en
alcázares y pagodas; para viajar--ésta es la palabra exacta--por las
cuatro orillas de mármol de su lago.