Mostraron los emperadores tártaros gran empeño en dar el primero de los

lugares á los «graduados en armas», pero no pudieron conseguirlo. La

opinión pública estableció siempre una diferencia entre los doctores

civiles y los doctores militares, respetando más á los primeros. Muchos

siglos antes de Cicerón, este pueblo había puesto en práctica su _Cedant

arma togoe_.

Confucio tiene un predecesor, el moralista Lao-Tseu ó Laotsé. Este

espíritu puro y superior vivió seiscientos años antes de nuestra era y

un siglo antes que Confucio. Pero Laotsé tuvo la desgracia de dar motivo

después de muerto á una religión de supersticiones y magias que es la

seguida por el populacho chino, y esto ha rodeado su memoria de un

sinnúmero de leyendas que la desfiguran de un modo lamentable. El fondo

del llamado taoísmo es una filosofía que recomienda el anonadamiento de

las pasiones materiales, el alejamiento de los placeres del mundo, la

contemplación de la naturaleza divina para confundirse con ella, como

las aguas de una fuente vuelven al mar del que proceden.

No creó Confucio una religión, pero su vida pura sirve de ejemplo á

todos los chinos. En las escuelas se repiten sus aforismos morales y sus

cantos elegíacos, pues este filósofo fué al mismo tiempo un poeta y un

amante apasionado de la música.

Haciendo un breve parangón entre los dos grandes conductores del pueblo

chino, puede decirse que Laotsé se preocupó más del hombre que de la

humanidad. Según él, la vida es un período transitorio y su objeto

principal debe ser puramente contemplativo. La filosofía moralista de

Laotsé resulta estéril para la felicidad común. Confucio, por el

contrario, pensó en la sociedad más que en el hombre, fundando aquélla

sobre las leyes de la más generosa moral. Para él, la virtud no consiste

únicamente en abstenerse de acciones condenables. Hay que ser útil

además á los otros seres, contribuyendo activamente á la felicidad de

todos.

El uno considera la civilización como causa de la decadencia del género

humano; el otro la acepta como el mayor destino del hombre sobre la

tierra. El primero se pierde en las profundidades de la metafísica, el

segundo propuso leyes y costumbres, muchas de las cuales rigen hoy la

vida superior del pueblo chino. Laotsé fué un gran filósofo, Confucio un

gran legislador.

«Responde al mal con la justicia y á la bondad con la bondad.» Así habló

Laotsé cuando aún faltaban seis siglos para el nacimiento de Jesús.

«Trata á los demás hombres como tú deseas que te traten á ti.» Esto lo

dijo Confucio quinientos años antes de la era cristiana.

Mientras en los otros países se dedicaban templos á dioses imaginarios y

muchas veces crueles, la nación china los elevó á un simple hombre,

porque fué apóstol de la dulzura humana, de la moral y la virtud. El

templo de Confucio en Pekín es de majestuosa simplicidad, muy grande,

pero solemnemente vacío. Sus paredes no contienen imágenes; su principal

adorno es una calma absoluta. Las columnas y las murallas, de un rojo

uniforme, sólo tienen ligeros toques de oro. Después de haber visto la

exorbitante profusión de dioses y monstruos en las pagodas, los ojos

parecen descansar placenteramente en este vasto local sin ídolos y sin

tallados. En el centro, como único adorno, hay un ramo gigantesco de

lotos surgiendo de un vaso de bronce de iguales dimensiones.

Nichos abiertos en los muros de color sanguíneo contienen pequeños

obeliscos de piedra. En sus lados están grabadas sentencias morales de

los filósofos á cuya gloria fueron erigidos estos monumentos simples. La

piedra de Confucio es más grande y parece presidir á las otras, ocupando

un sitio preferente, el mismo del altar mayor en los templos. A ambos

lados de ella están las piedras representativas de sus cuatro asociados

(uno de los cuales fué su célebre continuador Mencio), de sus doce

discípulos más ilustres, y de setenta y dos discípulos menores,

alineados con arreglo á fechas y méritos.

En este panteón severo, que nunca guardó cadáveres, y en la próxima

sala, llamada de los Clásicos, donde se reúne algunas veces la Academia

de Pekín, no se desarrolla ningún acto con carácter religioso. En

realidad, Confucio fué un moralista que se mantuvo al margen de las

religiones positivas. Todas, incluso el catolicismo, pueden admitir su

moral y amoldar á sus doctrinas la personalidad del filósofo. Sólo una

vez por año el presidente de la República viene al templo con su cortejo

de grandes funcionarios--como venía antes el emperador--para tributar un

homenaje al más grande de los chinos en presencia de los alumnos de las

escuelas, y una música acompaña los coros de voces infantiles cuando

éstas entonan los viejos himnos del poeta de la moral.

Los dos templos indiscutiblemente más antiguos de Pekín se hallan en el

extremo opuesto, al principio de la Ciudad China, según se llega por el

camino del Sur, y en ellos se ha rendido culto hasta hace poco á las

nociones religiosas de las primeras dinastías, con ceremonias que datan

de más de tres mil años. Son el templo del Cielo y el templo de la

Agricultura.

Cada uno de ellos está formado por una aglomeración de capillas y los

dos tienen en torno un parque de árboles centenarios, que adquirieron

enormes proporciones. Únicamente separa á ambos parques sagrados la

famosa calle de Enfrente, al avanzar recta por el centro de Pekín desde

la puerta de igual nombre en la muralla de la ciudad tártara, á la

puerta del Sur que da entrada á la Ciudad China.

La puerta y la calle se llaman de Enfrente (Chien-Men) porque están en

el mismo eje que pasa por el centro del palacio imperial y por mitad

también del Salón del Trono, donde daba audiencia el Hijo del Cielo.

Éste, sin moverse de su asiento, si hacía abrir las puertas de los tres

recintos fortificados de la Ciudad Imperial y la puerta del muro de la

Ciudad Tártara, podía ver toda la longitud de la calle de Enfrente,

bordeada de edificios y hormigueante de muchedumbre, en una extensión de

diez kilómetros.

Una vez al año seguía el emperador este camino para ir al templo del

Cielo. Esta solemnidad era el día del solsticio de invierno. Jamás en el

resto del año atravesaba el divino monarca las calles de su capital. No

por ello lograban los súbditos ver su rostro el día de la citada fiesta.

Los habitantes de la calle de Enmedio debían permanecer recluidos en sus

casas, con pena de muerte si osaban mirar por una rendija. Las calles

adyacentes quedaban cerradas con altas vallas. Debía ser un espectáculo

interesante la marcha lenta y aparatosa del cortejo imperial por esta

amplia avenida, completamente desierta.

Hace ocho años todavía era el Chien-Men la calle más «pintoresca» de la

China. Hoy sus edificios siguen ocupados por los primeros comercios de

Pekín; pero un incendio destruyó las antiguas fachadas de sus tiendas,

todas ellas con celosías cubiertas de oro viejo y la madera tallada en

forma de flores, ramajes y dragones.

El comerciante chino, inventor del anuncio, sigue poniendo en sus

puertas grandes tableros avanzados sobre la calle, con inscripciones

doradas y dibujos quiméricos en sus dos superficies. Dicho ornato

industrial da una originalidad animada y colorinesca al Chien-Men, de

perspectiva interminable. Pero los que pudieron ver esta calle antes del

incendio se hacen lenguas de la suntuosidad artística que ofrecían las

fachadas de sus tiendas, cubiertas de sólidos encajes dorados.

Atravesamos las avenidas del parque que rodea el templo del Cielo. Es

tan extenso este bosque situado en el interior de una ciudad amurallada,

que hay que usar la ricsha para visitar todos los edificios esparcidos

en sus arboledas. Se comprende la admiración de los primeros blancos que

visitaron Pekín cuando las grandes urbes de Europa aún no habían trazado

sus parques actuales. Resultaba inaudito encontrar dentro de una ciudad

fortificada estas arboledas de límite invisible, que parecen crecer en

pleno campo. Además, el Chien-Men era entonces la única calle del mundo

con cincuenta metros de anchura.

Vamos visitando los edificios sagrados anexos al verdadero templo. Estas

construcciones, no muy altas, tienen sus gruesos muros pintados con un

rojo obscuro de sangre, que es aquí el color de las construcciones

majestuosas y cubre uniformemente palacios y templos. Las tejas son de

un azul cerúleo, en armonía con el culto celeste. Puentes de mármol se

encorvan sin objeto sobre anchos fosos invadidos por la hierba. Antes

corría por estos canales un agua verdosa y clarísima, en la que nadaban

todas las especies fantásticas é inverosímiles de la fauna fluvial del

país: peces rojos, dorados, violeta, de ojos telescópicos y monstruosos,

arrastrando una larguísima falda transparente de bailarina, moviendo sus

nadaderas sutiles y amplias como manteletas de encaje.

Subiendo escalinatas de mármol partidas por el «sendero imperial»,

llegamos al altar del sacrificio. A primera vista parece demasiado bajo,

en relación con la arboleda y los otros edificios del parque. Pero los

chinos no aman la enormidad en sus monumentos; buscan su belleza en la

armonía de las proporciones, con arreglo á la educación de sus ojos.

Este altar se compone de tres torres bajas y anchas, superpuestas en

ángulos entrantes. Los tres rellanos son de mármol blanquísimo y

uniforme, habiendo concentrado los escultores toda su labor en las

barandas.

Cada una de dichas mesetas está separada de las otras por escalinatas de

nueve peldaños. El 9 es el número sagrado de los chinos, como el 7 lo

fué de los pueblos cristianos. La primitiva religión del país tiene

nueve cielos; su antigua ciencia da á la tierra nueve grados; las

divisiones del tiempo y del espacio se basan siempre sobre el citado

número.

Subía el emperador, en una mañana brumosa y frígida de nuestro mes de

Diciembre, á la plataforma más alta de dicho altar, para rendir

sacrificio á sus padres, los señores del cielo. En esta ceremonia vestía

una túnica de piel de cordero negro, forrada interiormente de zorro

blanco, y encima un gabán de seda, en el que estaban bordados los dos

dragones celestiales, el sol, la luna y las estrellas.

Él era el único que se erguía en la última meseta del cono truncado. Los

personajes de su séquito quedaban inmóviles en los peldaños de las tres

series de escalinatas: los letrados á la derecha, los guerreros á la

izquierda. Y el soberano iba ofreciendo á los espíritus celestes las

viandas preparadas para esta ceremonia, los rollos escritos en pergamino

y en seda, un novillo sin ningún defecto, un disco de lapislázuli. El

público silencioso de altos dignatarios no ignoraba que el Hijo del

Cielo se había preparado para esta ceremonia con ayunos y largos

exámenes de conciencia, siendo la pureza de su alma y los virtuosos

deseos de hacer á su pueblo feliz la principal ofrenda dedicada á sus

mayores, que le estaban mirando desde lo alto del cielo.

Iba acompañada la ceremonia por músicas litúrgicas. En un pabellón de

este mismo parque se guardan muchos instrumentos empleados en dicha

fiesta. Son grandes tambores, címbalos y _gongs_. También hay arpas

enormes que tienen por base cisnes y perros azules con melena de león.

Después del triple altar se llega por una avenida al verdadero templo

del Cielo, especie de rotonda cuya cúpula se halla sostenida por

columnas de laca roja. En sus muros circulares brilla una falsa

primavera de flores de oro.

Seis religiones vienen existiendo en la China hace muchos siglos. Tres

de ellas poseen á la mayoría de la nación: el taoísmo, el confucismo y

el budismo. (El taoísmo es la religión basada en las doctrinas de

Laotsé. Éste llamó _Tao_ á la razón que gobierna el mundo, ó sea la

suprema virtud.) Además, el islamismo, el cristianismo y el judaísmo

tienen numerosos adeptos. Sus comunidades resultan sin embargo de poca

importancia comparadas con la enorme cifra de la población china; los

cristianos no pasan de dos millones; los judíos son menos, y los

mahometanos, más numerosos, sólo llegan á veinte millones.

El confucismo es la religión de los letrados; el taoísmo y el budismo,

religiones del pueblo, cuentan sus fieles por centenares de millones.

Las tres se asocian fraternalmente, tomándose unas á otras doctrinas y

ritos y absteniéndose de todo proselitismo. A pesar de su tolerancia

miran con recelo á los misioneros cristianos, porque se han inmiscuído

muchas veces en los asuntos políticos del país, protegiendo á terribles

malhechores convertidos á sus creencias para escapar á la justicia.

Tampoco aman á los chinos musulmanes, á causa de su insurrección en

1856, que duró nueve años.

Los emperadores, respetuosos siempre para las varias religiones de sus

súbditos, sólo rendían culto al cielo y manifestaban además un

agradecimiento místico á la tierra arada, sustentadora de la nación.

El templo de la Agricultura, vecino al del Cielo, tiene un parque menos

extenso que el de éste, pero sus proporciones resultarían

extraordinarias en muchas capitales de Europa. El mismo emperador, que

ofrecía con sus manos un tributo á los dioses celestes en el solsticio

de invierno, celebraba otra ceremonia religiosa al llegar la época en

que son aradas las tierras. En presencia de sus cortesanos y con todo el

aparato de un acto de gobierno, el Hijo del Cielo empuñaba la esteva de

un arado amarillo al que iban uncidos dos bueyes con cuernos dorados y

labraba un trozo de campo sin ayuda de nadie, sembrándolo después.

Este es el pueblo que dió á la humanidad la seda, el arroz, el naranjo y

otros frutos preciosos. La corte imperial, al venerar religiosamente el

cultivo de la tierra, adoraba la gloria de su propia nación.

La maestría y el entusiasmo aportados por los chinos á las labores

agrícolas han acabado por hacer sufrir una molestia obsesionante á los

extranjeros, dificultando su vida mientras permanecen en el país. Estos

agricultores intensivos se preocuparon de los abonos hace miles de años,

cuando nadie en nuestro mundo tenía la menor idea de lo que pudiera ser

un fertilizante. Y de todas las materias que reconstituyen y tonifican

las fuerzas germinativas del suelo, la más preferida por ellos es la de

procedencia humana.

Ya dije algo de esta predilección con motivo de cierto encuentro en una

calle de Kioto. Es verdad que el chino mezcla la citada materia con

otras para dosificar sus energías fecundantes, pero no resulta menos

cierto que todas las plantas de sus admirables huertas tienen al pie

invariablemente algo que pasó por una letrina.

En los hoteles importantes de Pekín y otras ciudades, los directores,

para tranquilidad de la clientela, fijan un anuncio en el vestíbulo

afirmando rotundamente que todas las hortalizas preparadas en su cocina

proceden de terrenos propiedad del establecimiento cultivados á estilo

europeo.

Ríe el chino de los escrúpulos y ascos de la gente occidental.

Establece comparaciones entre el estiércol podrido de cuadra que

empleamos en nuestros campos y la materia preferida por él, no pudiendo

comprender por qué razón los detritus de las personas deben ser más

repugnantes que los proporcionados por los animales, y acaba

compadeciéndonos, como si fuésemos unos niños incoherentes y

caprichosos.

Como el abono humano es el más apreciado de todos, el acto de producirlo

no representa algo vergonzoso é inmundo, como en nuestros países,

desarrollándose públicamente con la mayor tranquilidad. Dentro de Pekín,

la policía de la República vela por dar á la capital una disciplina

europea, y no permite en las calles principales estos desahogos á lo

chino, tan apreciados por la agricultura. Pero al pasar en _ricsha_ ó

automóvil por las vías apartadas ó por las afueras, siempre se encuentra

algún chino en cuclillas, con un pedazo de diario en la mano, cuya

lectura no le interesa, y que sonríe al transeunte sin cambiar de

postura. Algunas veces no está solo, y á continuación de él se extiende

una larga fila de compatriotas con el mismo encogimiento y no menor

tranquilidad.

Todo agricultor se preocupa de instalar en sus campos una letrina cerca

del camino para que la use el viandante. Escoge para esto el lugar más

agradable: la sombra de un árbol frondoso, un grupo de arbustos

floridos. Hasta hay quien afirma que los más letrados colocan en dichos

lugares carteles con versos, rogando al transeunte que haga alto y deje

su recuerdo.

Pero yo no los he visto.

VI

LA CIUDAD PROHIBIDA

Los mares y las montañas de los jardines imperiales.--La «Montaña

del Carbón».--El árbol sentenciado á cadena perpetua por lesa

majestad.--Los guardianes de la República.--Los grandes patios de

mármol y sus ríos.--Los tesoros del Hijo del Cielo.--Las

recepciones solemnes en la Sala de la Gran Reunión.--Todo Pekín

visto desde el trono.--Los dueños alados y definitivos de la Ciudad

Prohibida.--Robos de las tropas civilizadoras.--Un museo formado

con lo que dejaron ó lo que devolvieron.--La ironía de los

chinos.--«Nosotros los salvajes.»

Antes de 1911, fecha de la caída del régimen imperial, el europeo

llegado á Pekín sólo podía ver el templo del Cielo y de la Agricultura,

con sus vastos parques. La Ciudad Prohibida estaba cerrada para él, é

igualmente muchos templos antiguos que eran al mismo tiempo boncerías

habitadas por monjes fanáticos.

La República ha abierto todas las residencias imperiales, y desde hace

catorce años un nuevo Pekín se ofrece á la curiosidad de los viajeros.

La llamada Ciudad Prohibida puede ser visitada á todas horas en los tres

diferentes recintos que la componen.

El primero lo designó siempre el pueblo con el nombre de Ciudad

Amarilla, á causa del color de las tejas barnizadas que cubren sus

techos. En ella estaban los ministerios y otros centros de la vida

oficial, pudiendo ser visitada por los extranjeros de distinción. El

segundo recinto era la Ciudad Roja, llamada así por el color de sus

muros. Nadie pasaba sus puertas si no pertenecía á la corte del Hijo del

Cielo. En sus construcciones más avanzadas vivían los soldados de la

Guardia del emperador y sus cortesanos. El tercer núcleo, ó sea el lugar

central y misterioso donde estaban las habitaciones del soberano y su

familia, se llamaba la Ciudad Violeta, también por el color de sus

techumbres.

Pocos entraban en la Ciudad Violeta. Los mandarines importantes y los

embajadores recibidos por el Hijo del Cielo no iban más allá de los

patios majestuosos de la Ciudad Roja. Aun en el presente continúa siendo

inaccesible la Ciudad Violeta, por estar reservada una parte de ella

para el joven emperador sin corona, que sigue llevando, cerca del

presidente de la República, una existencia misteriosa.

Así como los antiguos viajeros quedaban admirados ante los grandes

parques existentes dentro de la ciudad amurallada de Pekín, se siente

asombro ahora viendo los jardines de la Ciudad Prohibida. Se cree vivir

en pleno campo al contemplar arboledas que parecen interminables;

montañas cubiertas de palacios y pagodas con techos superpuestos y

cornudos, de cuyos aleros penden campanillas de sonoros

estremecimientos; lagos por los que navegan sampanes con proas de dragón

y cámaras doradas de techo redondo. Y estos vastos jardines están en el

interior de un recinto fortificado; los guardan murallas, invisibles

desde aquí, pero que se extienden kilómetros y kilómetros.

Los emperadores chinos y los mandarines opulentos consideraron un jardín

como el más precioso adorno de toda vivienda rica, reproduciendo en su

frondosidad las bellezas naturales con arreglo á un gusto pueril y

extremadamente minucioso, mas no por esto indigno de consideración.

Visitando esta Ciudad Prohibida, tan grande como algunas capitales de

Europa y que sirvió de simple vivienda á un solo hombre, se puede

apreciar cuán necesario es para la vida humana el contacto con la

Naturaleza. Estos monarcas absolutos, que durante largos siglos

dominaron la mayor parte del mundo asiático y por exigencias de la

etiqueta debían mantenerse aislados de su pueblo, reprodujeron en el

interior de su ciudad-palacio los esplendores del campo, ya que no

podían ir á contemplarlos como simples viajeros.

Ahora los jardines imperiales están olvidados. La República no puede

mantener un ejército de miles de jardineros como lo hacían los Hijos del

Cielo, derrochadores de tesoros. Pero á pesar de su abandono creciente y

la tristeza de las tardes invernales, aún ofrecen un aspecto de

melancólica majestad.

Los lagos son varios y enormes, con islas y penínsulas cubiertas de

arboleda. Como los chinos de Pekín vivían y morían lejos del Océano, no

vieron obstáculo alguno en llamar enfáticamente «mares» á estas

extensiones acuáticas, y todavía conservan dicho título. Dentro de la

Ciudad Prohibida se encuentran el Mar de Enmedio, el Mar del Norte, el

Mar de las Cañas, y otros.

No bastando á los emperadores abrir mares en el suelo de sus jardines,

elevaron igualmente montañas. Pekín está asentado en una llanura

polvorienta, y sólo al perder de vista la capital empiezan á columbrarse

las estribaciones de una cordillera. Pero los jardines de la Ciudad

Prohibida tienen montañas que ostentan en sus cumbres palacios y

templos, siendo la más famosa de ellas la llamada _Mee-Chaen_ (Montaña

del Carbón).

Según cuentan, debe su título á que cierto emperador, durante una de las

remotas guerras civiles, hizo previsoramente enormes acopios de carbón,

temiendo un asedio de sus enemigos. La gigantesca masa de combustible

quedó en el olvido, los huracanes polvorientos que soplan sobre la

planicie pekinesa la fueron cubriendo de tierra, y acabó por convertirse

en una colina de rudas pendientes. Luego, los emperadores, despreciando

por innecesario el contenido de la montaña artificial, cubrieron sus

laderas con jardines, y durante varios siglos fué un lugar predilecto

dentro de este mundo cerrado y majestuoso.

Hoy la Montaña del Carbón está abandonada. En sus caminos sólo se ven

boncerías desiertas ó palacios que habitaron los mandarines favoritos y

caen ahora poco a poco en escombros. Entre estos edificios crecen

bosques de lilas y extienden su venerable ramaje los cedros centenarios.

Bandas de pájaros saltarines animan con sus voces una soledad verde que

dura de sol á sol.

No creo, sin embargo, que estas avenidas en pendiente se viesen más

frecuentadas en los buenos tiempos del Imperio. El chino rico gusta de

los jardines para verlos desde una ventana; rara vez pasea por ellos,

los aprecia como un deleite de los ojos. Los mandarines del pasado

únicamente debieron subir en palanquín los caminos ásperos de la Montaña

del Carbón para llegar á su cumbre y sentarse en la torre que la corona,

contemplando desde sus miradores todo el ámbito de una ciudad que sólo

de tarde en tarde podían visitar á causa de sus deberes palaciegos.

En el centro del Mar de Enmedio ó de los Lotos, sobre una colina

artificial con bosques y palacios, está el famoso árbol encadenado.

Cuando los emperadores manchures, hace dos siglos y medio, destronaron á

la dinastía de los Ming, apoderándose de Pekín, el último de los Ming no

quiso sobrevivir á tal vergüenza y se ahorcó de una rama de dicho

árbol. A los nuevos emperadores les convenía mantener intacto el

prestigio de su investidura, la inviolabilidad religiosa de sus

personas, y ordenaron el procesamiento del árbol por haber prestado sus

ramas para esta acción sacrílega, condenándolo á prisión perpetua como

reo de lesa majestad. El árbol hace muchos años que está seco, pero aún

se mantiene erguido, negro y leñoso, en medio de una vegetación que goza

de plena libertad, teniendo enroscadas á su tronco y sus brazos

numerosas cadenas manchadas de herrumbre.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 4 / 24 段