Bien sabida es la enorme influencia del llamado Código de los Ritos en

este país ceremonioso. La gran sabiduría para la China imperial

consistió en conocer la mayor cantidad de palabras y todas las reglas de

una complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no

tiene letras sueltas. Cada signo es una palabra, y la gran ciencia

consiste en poder guardar en la memoria veinte mil, treinta mil y hasta

cuarenta mil de ellos, y tenerlos igualmente prontos al extremo del

pincel que sirve de pluma. El que además llegaba á dominar todos los

enrevesamientos interminables de la etiqueta, se consideraba apto para

los más altos cargos del gobierno, pues éstos se obtenían siempre por

examen. Hoy todo ha cambiado, y los letrados que figuran en la República

china saben algo más que palabras sin ideas ó cortesías interminables y

falsas.

La autoridad despótica del padre mantuvo hasta hace poco un régimen

absurdo dentro de las familias. Los hijos nunca eran consultados para su

casamiento, lo mismo que en el antiguo Japón. Con frecuencia, dos amigos

faltos aún de descendientes se prometían de un modo solemnísimo unir en

matrimonio los hijos que pudieran tener más adelante, si eran de sexo

distinto. La solemnidad de tal promesa consistía en desgarrarse la

túnica en dos pedazos, dándose recíprocamente la mitad. El Código de los

Ritos protestó en vano contra estas absurdas costumbres. Los padres

celosos de su poder absoluto siguieron casando á los hijos según su

capricho ó su interés, y vendiendo sus hijas al marido que ofrecía más.

En las provincias del interior todavía es el casamiento un juego de azar

para el hombre. Como los chinos tradicionalistas mantienen á sus hijas

reclusas, el que desea contraer matrimonio se vale de los oficios de

viejas casamenteras, sometidas por las antiguas leyes, en caso de

engaño, á severísimas penas, que algunas veces llegaban hasta la

estrangulación.

A pesar de tales amenazas de la ley, las casamenteras, sobornadas por

los padres, engañan casi siempre á los novios, exagerando descaradamente

las gracias y los méritos de sus futuras. Como el marido ve por primera

vez á su esposa al abrir la portezuela del palanquín que la trae á su

casa, no le queda otro recurso, si le han engañado con falsos informes

sobre su belleza, que devolverla inmediatamente á sus padres, dando por

terminada la fiesta y despidiendo al ruidoso cortejo de músicos é

invitados. Pero esto se ve con más frecuencia en las comedias chinas que

en la realidad, ya que el marido, si adopta tal resolución, pierde el

dinero que dió al suegro por obtener á su hija, así como los regalos que

lleva hechos.

El juego es la gran pasión del populacho, desarrollándose este vicio

especialmente en las provincias del Sur. La diversión que más le

entusiasma, los fuegos artificiales. Los pirotécnicos de Europa copiaron

mucho de los de aquí, pero en realidad nunca han llegado á dar á sus

obras la duración y el brillo de los fuegos chinos.

Hoy se usa en Pekín la tarjeta de visita como en Europa. La única

variante consiste en estar impresa por ambas caras: á un lado en

caracteres chinos, al otro en letras occidentales. En tiempo del

Imperio, la tarjeta, originaria de aquí, era de enormes dimensiones, y

tenía tres emblemas representando las tres felicidades más grandes que

puede obtener un chino: un heredero, un empleo público y una vida

larguísima, simbolizados por las figuras de un niño, un mandarín y una

cigüeña.

Al circular por las calles de Pekín sentí inmediatamente cierta

curiosidad que hace mirar al suelo á todos los extranjeros. Deseaba ver

los pies de las chinas.

Una de las primeras reformas de la República fué abolir la bárbara

costumbre que estropea los pies de las mujeres para hacerlos

extremadamente pequeños. Ahora existe ya toda una generación de

adolescentes con los pies intactos, iguales á los de las otras mujeres;

pero á los pocos días de circular por Pekín se van encontrando damas de

la burguesía y de la aristocracia con las extremidades desfiguradas por

tan absurda costumbre, muchas de ellas todavía jóvenes, de veintiocho ó

treinta años de edad.

Esta deformación no es de origen antiquísimo, como se imaginan algunos.

Data del siglo X y no se comprende cómo pudo generalizarse en tan vasto

Imperio. Los invasores tártaros tuvieron el buen sentido de no imitar

dicho uso de los vencidos, y sus mujeres, nueva aristocracia del país,

dejaron crecer sus pies en libertad, sin considerarse por ello menos

hermosas que las chinas tradicionales. Lo más censurable fué que las

mujeres del pueblo, por imitar á las de arriba, comprimieron igualmente

los pies de sus hijas, y millones de hembras han tenido que ganarse la

subsistencia trabajando, á pesar de faltarles un sólido apoyo por culpa

de sus extremidades deformadas.

Todos saben cómo se realiza esta tortura, obligando á las niñas á usar

diminutos zapatos de metal, que sólo abandonan cuando son mujeres. Los

dedos se doblan y se anquilosan, quedando adheridos á las plantas de los

pies, y éstos no son al fin mas que dos muñones dentro de un calzado que

por su forma redonda se asemeja á las pezuñas de ciertos animales.

Las mujeres que sufrieron tal mutilación marchan con una dificultad que

causa cierta angustia al observador la primera vez que las ve. Avanzan

con igual movimiento que una persona montada en zancos; parece que sus

rodillas no pueden doblarse; se balancean con un contoneo grotesco,

semejante al del pato. Y sin embargo, los poetas chinos han cantado en

el curso de los siglos este andar torpe, comparándolo con los balanceos

de la flor, con el sauce llorón, etc.

A pesar de la dificultad que sufren en sus movimientos, siempre están

las chinas dispuestas á pasear, y lo que lamentan es que sus esposos y

padres no las concedan mayor libertad. No es la deformación de sus pies

lo que las hace sedentarias, sino la dureza del régimen familiar. Todas

llevan pantalones de seda azul, muy anchos de boca, y resulta cómico y

triste á un tiempo ver salir de dicha funda ondeante una pantorrilla

enjuta, toda hueso, con media blanca, rematada por un muñón y una

pezuñita de raso negro, sostenida por cintas, que hace oficio de zapato.

Según dicen algunos que por sus observaciones íntimas pueden estar bien

enterados, esta estúpida amputación pedestre anquilosa la pantorrilla

femenil, haciéndola de una delgadez esquelética, pero en cambio engruesa

el muslo y sus vecindades superiores, particularidad plástica que

parece muy de acuerdo con la estética china. He encontrado en los museos

y jardines ex imperiales muchas de estas damas balanceantes y casi

faltas de pies. Reían con cierta vanidad al notar nuestra sorpresa y la

atención con que mirábamos sus extremidades. Exageraban sus movimientos

para que no sintiésemos duda alguna sobre su agilidad. Hacían toda clase

de remilgos y monadas, como niñas traviesas.

Las mujeres chinas son más grandes que las del Japón. Algunas de ellas,

á no ser por sus ojitos oblicuos, pasarían por europeas, á causa de su

tez blanca y sus formas redondeadas. Todas se pintan el rostro, jóvenes

y maduras. Emplean el negro para dar á sus cejas la forma de un

semicírculo y se colocan una mancha de bermellón en el labio inferior.

Las damas de origen manchur usan como signo de nobleza el peinado de su

raza, un lazo parecido al de las alsacianas hecho con sus cabellos. Las

más de las chinas son de naricita corta; las manchures tienen un perfil

aquilino y soberbio de raza de presa.

Otro signo de aristocracia histórica en estas últimas es el no usar

ningún carruaje de origen europeo. Su vehículo nobiliario está

representado por la vieja carreta manchur. Yo he visto en un camino,

cerca del Palacio de Verano, á varias princesas de la antigua corte

imperial, una de ellas tía del joven ex emperador. Todas iban pintadas y

con su peinado en forma de lazo, ocupando una especie de carreta de

labriego tirada por dos caballitos manchures. Sus asientos eran

almohadas puestas sobre el fondo de tablas del vehículo, y como éste

carecía de muelles, en cada bache de la ruta sus Altezas y Excelencias

tenían que agarrarse á los varales para no rodar fuera de él. Una

pintora norteamericana, antigua retratista de la emperatriz regente, que

tuvo la bondad de mostrarme el Palacio de Verano, hizo detenerse la

carreta para saludar á las amigas de su época gloriosa, y yo gocé el

honor de cruzar varias sonrisas con estos fantasmas del pasado, sin

entender ninguna de sus palabras.

Gracias á la cocina del país volvemos á encontrar la China de costumbres

extrañas y originalidades desconcertantes que tanto nos asombró de niños

en los libros. Los gastrónomos de esta tierra son los que han hecho

retroceder hasta un límite más remoto el catálogo de las materias

utilizadas por el estómago humano. En las carnicerías venden gatos y

perros, que, según afirman los conocedores, fueron cebados con arroz,

estando sujetos á una argolla día y noche para su engorde. Como este

consumo podría ser causa de que las ratas, libres de enemigos, se

multiplicasen de un modo peligroso, también las venden en los mismos

establecimientos, desolladas y formando manojos de á docena, unidas por

los rabos. El chino aburrido de comer arroz con cerdo emplea dichas

carnes como variantes. ¡Y pensar que este país es el del faisán,

abundando tanto como la gallina!...

La gran especialidad gastronómica nacional es la de los picadillos que

se sirven al principio de todo banquete. Hay unas cuarenta clases de

picadillos, entrando en tales platos los componentes más inverosímiles:

gusanos de tierra, cucarachas enormes, de un negro brillantísimo, que he

visto vender en las calles, huevos empollados con sus pequeños fetos,

capullos de seda hervidos conservando sus larvas...

Salsas y trituraciones modifican el aspecto y el gusto de estos

picadillos. En idéntica forma son presentados los famosos nidos de

golondrinas, filamentos gelatinosos, iguales por su aspecto á los

fideos, y la aleta dorsal del tiburón, de la que se utiliza solamente

las fibras de su base.

Algunos de estos manjares, que repugnan á nuestros estómagos, resultan

costosísimos. Para hacer un simple plato de picadillo hay que dar caza á

un tiburón, empleándose únicamente de tan enorme organismo un pequeño

manojo de filamentos pegado al lomo.

He procurado evitar el conocimiento directo de estas singularidades

gastronómicas; pero no me espantan ni me escandalizan. Mi humilde

estómago europeo data de unos cuantos siglos nada más y está próximo aún

á la nutrición monótona de nuestros silvestres antepasados. El estómago

chino cuenta con una historia de 5.000 años, tiempo suficiente para que

cocineros y comilones refinados llegasen en fuerza de inventos y

caprichos á las más remotas y disparatadas combinaciones.

Nosotros también saboreamos manjares y bebemos líquidos que hubiesen

dado náuseas á nuestros bisabuelos y tal vez á nuestros abuelos. Hoy

mismo, la mayoría de las gentes que viven en los campos y en los barrios

pobres no llegan á comprender cómo las personas de educación superior

comen ostras y otros mariscos crudos, quesos fermentados abundantes en

gusanos, ó beben cerveza y ciertos aperitivos hediondos.

Muchos chinos opulentos se han arruinado dando banquetes á sus amigos.

Estas comilongas, inverosímiles para los blancos, duran á veces una

noche entera, desfilando sobre la mesa los platos más inauditos. Los

patricios de Roma, con sus lampreas devoradoras de esclavos, no llegaron

á la costosa extravagancia de los próceres chinescos.

Las supersticiones de la farmacopea nacional influyen en la confección

de las bebidas. En algunas ciudades del Sur hay restoranes famosos por

sus bodegas, repletas de venerables tinajas que únicamente son abiertas

para los conocedores ricos, capaces de pagar dignamente su contenido.

Estas vasijas preciosas guardan «vino de mono», «vino de culebra», «vino

de pollo», llamados así porque hace años se hallan dichos animales en

maceración dentro de la tinaja, comunicando al líquido sus cualidades

especiales. Según parece, el vino de mono es un excelente afrodisíaco;

el de pollo evita las enfermedades del pecho y el de reptiles da valor y

ligereza. Algunos europeos que por engaño probaron el picadillo de

gusanos de seda me afirman que tiene un sabor parecido al de las

castañas hervidas.

Sin embargo, el chino es un excelente guisandero, y se le encuentra

ahora en las cocinas de muchos hoteles, de muchos trasatlánticos y de

importantes casas de América, lo mismo del Norte que del Sur. Siente una

verdadera vocación por la química nutritiva, asimilándose fácilmente las

combinaciones gastronómicas de los blancos. Luego las perfecciona con su

paciencia sonriente y su despierto ingenio. Muchos arroces inventados

por ellos figuran entre los mejores platos de la cocina moderna. En las

ciudades de los Estados Unidos, los restoranes chinescos atraen siempre

numerosa clientela. Las familias más acomodadas de algunas capitales de

la América del Sur aprecian mucho á los cocineros chinos, por su

laboriosidad y por las novedades que añaden á los guisos del país.

De vez en cuando estos amarillos, con su nerviosidad de artistas

mimados, se permiten caprichos semejantes á los de un tenor célebre.

Todos son jugadores, y al ir por la mañana al mercado, antes de hacer

sus compras entran en el café de algún compatriota, para dedicarse con

otros chinos á juegos de azar, de nombres poéticos y resultados

terribles. Si pierden, dan á comer á sus amos con una parquedad

inexplicable, cual si la población hubiese quedado sitiada de pronto.

Cuando ganan, los sorprenden con un banquete inaudito, cual si se

hubiesen trastornado las leyes económicas y todo lo diesen gratis en el

mercado.

Lo peligroso en estos artistas admirables es que sienten con frecuencia

la nostalgia del remoto país al que serán llevados cuando mueran, ya que

para eso pagan todos los meses su cotización á una empresa encargada de

repatriar cadáveres amarillos. Recuerdan los platos que comieron en su

niñez guisados por su madre, y procuran resucitar en el fogón esta época

de la vida, que es siempre para todos la más conmovedora...

En una ciudad histórica de la América del Sur, los convidados de una

familia aristocrática se hacían lenguas de cierto caldo preparado por el

cocinero chino de la casa. Era un secreto profesional que el «maestro»

se negaba á revelar.

La señora, excitada su curiosidad por el mutismo sonriente del chino,

bajó un día á la cocina para sorprender el misterio de la marmita

burbujeante. Al levantar la tapa y ver su interior, dió un grito de

espanto. Una rata enorme subía y bajaba á impulsos del hervor,

derramando sus jugos en el líquido.

Como la dama insistiese en sus exclamaciones de asco, el artista

amarillo creyó llegado á su vez el momento de enfadarse. ¿A qué tantos

extremos de asombro, como si presenciase algo inaudito?... Que cada cual

siga sus gustos; lo importante es vivir todos en paz, tolerándose. Y en

su español balbuciente y propenso al tuteo, dijo á la señora:

--No grites; todo arreglado... Caldo para ti, rata para mí.

V

TEMPLOS Y FILÓSOFOS

El templo del Gran Lama.--La capilla secreta.--Un

milagro.--Doctores y bachilleres en armas.--Laotsé y Confucio.--El

templo de Confucio y el Salón de los Clásicos.--Culto de la

República china á Confucio.--El templo del Cielo.--El simbolismo

del número 9.--La ceremonia imperial en el solsticio de

invierno.--El templo de la Agricultura.--Cómo araba todos los años

el Hijo del Cielo.--Progreso de la agricultura china hace miles de

años.--Su abono predilecto y más precioso.--Cómo se produce

públicamente en calles y caminos.

En el extremo Norte de Pekín, cerca de la muralla de la Ciudad Tártara,

esparce sus diversos edificios el templo del Gran Lama, famoso en otros

siglos. Más que templo es un vastísimo monasterio, habitado por bonzos

venidos del Tibet, á los que se unieron chinos budistas deseosos de

recibir las doctrinas guardadas durante largos siglos por el Gran Lama

en su misteriosa ciudad de Lassa. Este templo de Pekín llegó á albergar

1.500 bonzos, proveyendo los emperadores á la manutención de todos ellos

y haciendo además cuantiosos donativos para embellecer y agrandar sus

construcciones.

Mientras duró el Imperio, el templo del Gran Lama y su seminario de

bonzos fueron tan cerrados y hostiles al extranjero como la Ciudad

Prohibida. Con el triunfo de la República, llegaron para este monasterio

la pobreza y el olvido. Los republicanos chinos son indiferentes en

materias religiosas ó profesan la filosofía de Confucio, el más alto

personaje nacional.

Para poder vivir han abierto los bonzos el templo del Gran Lama y lo

muestran lo mismo que un museo. Algunos de ellos hasta aprendieron unas

pocas palabras de inglés para pedir propina á los visitantes.

Como todos los monumentos chinos, es una agrupación de edificios

sueltos, con patios enlosados de granito y un jardín de cedros

seculares. En todo el Extremo Oriente no he visto nada que dé una

impresión tan absoluta de vejez como este templo caído en la pobreza.

Los edificios de Occidente, hechos de piedra, adquieren con el abandono

y la ruina un aspecto sombrío y majestuoso. Las construcciones

asiáticas, compuestas de mármol cincelado que toma á través de los

siglos un tono de marfil con caries, de ladrillos vidriados, de tejas

coloreadas y barnizadas, de maderas que se desconchan dejando caer

escamas de laca y de oro, hacen pensar en una momia de las que mantienen

sobre su costillaje, al quedar expuestas á la luz, harapos bordados,

restos de afeites, perfumes corrompidos, joyas empañadas por la tierra y

los zumos cadavéricos.

Esta pagoda, majestuosa en otro tiempo, tiene ahora sus techumbres

cubiertas de matorrales. Una variedad innúmera de plantas parásitas

silvestremente floridas ha surgido entre las tejas, separándolas con el

empuje de sus raíces. Los cuervos, eternos figurantes de todo cielo de

Asia, revolotean sobre los patios ó se alinean en los aleros, lanzando

graznidos. Las maderas enormes de los techos están acribilladas por la

carcoma y dejan caer poco á poco su corazón hecho polvo. Las columnas

pierden sus estucos rojos y se motean de blanco con la viruela de la

vejez.

Los habitantes de este monasterio parecen igualmente decrépitos y

sonríen con una melancolía fatalista. Son bonzos sin edad, seres

inclasificables, que tienen en el rostro una expresión de fanatismo y de

rutina. Las ideas generosas del dulce Gautama se modificaron al ser

interpretadas por numerosas generaciones de sacerdotes profesionales, y

hoy no son más que un pretexto para ceremonias. Estos monjes del budismo

han perdido de vista á Buda. Sólo conocen los actos del rito y los

repiten automáticamente, sin sospechar su significado.

Vemos en uno de los santuarios la estatua gigantesca de Maitreya, ó sea

el Buda chino; imagen jovial, carillena, extremadamente panzuda, que

hace reir á los mismos sacerdotes que le rinden culto. ¡Cuán lejos este

coloso grotesco del sereno y noble solitario de Kamakura, esculpido

igualmente por chinos!...

El interior de los santuarios es tan vetusto como las fachadas. Brilla

el oro por todas partes, pero un oro agrietado, de resplandor

agonizante, con grandes manchas negras. Algunos bonzos, para atraerse la

generosidad de los curiosos, hacen sonar los dos instrumentos litúrgicos

de todo templo budista: la campana y el timbal. Otros más inferiores,

que son á modo de sacristanes, se han puesto su traje de ceremonia para

guardar las puertas, manto rojo y anaranjado, con un gorro puntiagudo de

idénticos colores, que recuerda la montera con que los artistas

simbolizan á la Locura.

En las primeras horas de la mañana, cuando los bonzos celebran sus

oficios, el aspecto general del templo ofrece todavía cierta

magnificencia. Los oficiantes llevan sus capas pluviales rojas, de color

de limón ó de azafrán, parecidas á las del culto católico. Las únicas

riquezas que conserva la pagoda de su esplendoroso pasado son las

vestiduras rituales, regaladas muchas de ellas por remotas emperatrices.

Uno de los servidores del templo, mediante una propina extraordinaria,

nos abre cierto santuario que puede llamarse secreto. En otros tiempos

sólo lo veían los emperadores, y ahora, para entrar en él, hay que

aprovechar la ausencia de los bonzos más importantes. Este pequeño y

misterioso escondrijo contiene varias imágenes fálicas, traídas del

Tibet hace siglos, que representan el acto de la procreación con un

naturalismo sin tapujos. Además, el sacristán budista nos proporciona

las señas de ciertos artífices chinos que venden reproducciones en

bronce de estas esculturas divinas, tan solemnemente ingenuas, que á

pesar de sus gestos no resultan pornográficas.

Otro de los servidores, decrépito y vacilante, como todo lo que nos

rodea, cuenta con balbuceos, traducidos por nuestro intérprete, la

historia milagrosa de un Buda de cara feroz que toca el techo con su

cabeza. Todo él está tallado en un árbol del Tibet. Un emperador de

Pekín vió en sueños la imagen, y envió á un santo bonzo á la remota

ciudad tibetana para saber si realmente existía. El hombre de Dios

encontró la imagen en Lassa, y sin vacilar se la echó á cuestas,

emprendiendo el regreso á la China. (Necesito advertir que la imagen es

un coloso de varios metros de altura y pesa indudablemente una cantidad

respetable de toneladas. Pero en materia de milagros deben pasarse por

alto estos pequeños detalles.) En su viaje de vuelta tuvo que atravesar

el bonzo la Siberia rusa, y como no conocía el idioma del país se vió en

grandes peligros. Pero el Buda que llevaba á sus espaldas era poseedor

de todos los idiomas de los hombres y se encargó de hablar en ruso por

él, sacándolo de apuros.

A pesar de la pobreza mental de sus actuales habitantes, este monasterio

despierta gran interés cuando se recuerda lo que representó para China,

hace muchos siglos, la introducción del budismo. La nueva religión

despertó la vida espiritual del país. Numerosos chinos, ansiosos de

saber, emprendieron largas y penosas peregrinaciones hacia el remoto

Tibet, donde eran guardados en toda su pureza los recuerdos y las

doctrinas de Buda. Tuvieron que atravesar países bárbaros, siempre en

guerra; arrostraron la esclavitud y la muerte, y tales viajes

emprendidos con un fin puramente teológico sirvieron para aportar á la

cerrada China nociones geográficas y relatos de costumbres de otros

pueblos, hasta entonces desconocidos.

En las inmediaciones del templo del Gran Lama existe el de Confucio y su

anexo llamado el Salón de los Clásicos.

Confucio es el primero de los chinos. De los quinientos millones de

seres que pueblan este país, muy pocos recuerdan los nombres de sus

emperadores, ni aun los de aquéllos que figuran gloriosamente en su

historia. Pero ninguno ignora quién fué Kung-Tsé, nombre chino de

Confucio. No hay ejemplo de que un varón ilustre de Occidente haya

llegado á una celebridad tan absoluta. En este país, donde cargos y

honores no son transferibles, y los herederos de los mandarines más

poderosos vuelven á sumirse en las últimas capas sociales si no logran á

su vez conquistar por el estudio y el examen la posición de sus padres,

la única nobleza reconocida es la de los descendientes de dicho

filósofo. La República, que se muestra ajena á todas las religiones del

país, ha acrecentado aún más la fama de Confucio, tributándole un culto

nacional. En ningún pueblo se vió jamás rendir tales honores á un

moralista, conservandole su condición simple de hombre, sin pretender

convertirlo en hijo de Dios.

En realidad, el pueblo chino, á pesar de su rutinarismo, fué siempre el

más respetuoso para la inteligencia, y este respeto viene durando miles

de años, sin ningún eclipse. Los invasores mogoles y manchures eran

bárbaros de á caballo, que sólo creían en la fuerza y encontraban

insípida la existencia sin las aventuras y peligros de la guerra. Y sin

embargo, para poder reinar sobre tan vasto Imperio, tuvieron que

amoldarse á las costumbres tradicionales, dejando que marchasen en su

cortejo los mandarines letrados á la derecha y los mandarines militares

á la izquierda.

Los antiguos ejércitos chinos hasta tenían una organización literaria.

Los jefes y oficiales se titulaban, según sus grados, «doctores en

armas» y «bachilleres». Para ser bachiller bastaba manejar hábilmente el

sable, la espada y la ballesta, dando pruebas, en un riguroso examen, de

estar ejercitados igualmente en la equitación y la gimnasia. El grado de

doctor sólo se otorgaba á los que poseían conocimientos profundos de

estrategia y eran capaces de dirigir un ejército y atacar ó defender una

plaza.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 3 / 24 段