Marco Polo cuenta que el nieto de Gengis-Kan, al establecer su capital

en Pekín, tuvo en cuenta las predicciones de algunos adivinos que le

acompañaban en sus conquistas. Como éstos le aseguraron que su

descendencia perecería por una sublevación de dicha ciudad, el Gran Kan

levantó al lado de la antigua Cambaluc, ó sea la ciudad china, la actual

ciudad tártara, repartiendo los solares entre sus feudatarios más

adictos. De tal modo, sus herederos vivirían rodeados siempre por los

nietos de los antiguos conquistadores, sirviéndoles éstos de guardia y

defensa. Para que los enemigos del Hijo del Cielo pudiesen llegar hasta

él, tenían que asaltar primeramente la ciudad china, que por sí sola

representaba todo un sistema de fortificación. Luego, salvando el canal

que separa dicha ciudad de la tártara, debían hacerse dueños de los

baluartes de ésta última, todavía más altos y robustos, y finalmente, al

verse poseedores de la ciudad tártara, tropezaban con las murallas de la

«ciudad roja», nombre que se da igualmente por el color de sus muros á

la ciudad imperial ó prohibida.

Durante varios siglos de paz se fué quebrantando la división de razas

que separaba á los conquistados, habitantes de la ciudad china, de los

vecinos de la ciudad tártara, descendientes de los conquistadores. Esta

última, por contener en su recinto los palacios imperiales, vivía bajo

un régimen militar, cerrándose sus puertas á la puesta del sol y

quedando sometidos sus habitantes á todas las molestias de una plaza

fuerte. Como precisamente los nietos de los tártaros eran los más ricos

y dados á los placeres, se fueron trasladando á la ciudad china, para

vivir con mayor libertad. Hace ya muchos años que estas denominaciones

no son más que recuerdos históricos. Las familias chinas y tártaras se

han mezclado por enlaces matrimoniales y viven indistintamente en una ó

en otra ciudad.

La arquitectura de Pekín recuerda el origen nómada del pueblo chino en

los tiempos remotos de su historia. También fueron de vida errante las

dos invasiones de jinetes tártaros y manchures. A causa de esta

influencia, muchos que han estudiado su arquitectura reconocen en todas

sus construcciones--palacios, templos, torres ó casas particulares--una

imitación de la tienda de campaña habitada por sus ascendientes.

En China sólo se construyeron durante los pasados siglos edificios de un

piso único. Cuando se quería darles cierta altura para que adquiriesen

proporciones majestuosas, eran levantados sobre mesetas de piedra. En

los barrios comerciales, la necesidad de vivir sin quitar espacio al

propio almacén obligó á muchos á construir sobre su establecimiento una

especie de buhardilla, que sirve de habitación. Pero es creencia

tradicional que el vivir en piso alto atrae las enfermedades, y

manteniéndose en contacto á todas horas con la tierra se reciben

efluvios misteriosos que vigorizan la salud.

El parecido entre el edificio chinesco y la tienda de campaña resulta

exacto. Las techumbres, negras ó de tejas barnizadas, son externamente

cóncavas, como la cubierta de lona de la tienda, que forma bajo el soplo

del viento una curva entrante. Las columnas, siempre de madera, carecen

de capiteles y basamentos, aunque el edificio se halle revestido con

pomposa riqueza. Están cubiertas de laca y oro, pero son iguales de

arriba á abajo, sin ningún adorno saliente, como los postes que forman

el andamiaje interior de los campamentos. Los ángulos de las techumbres

se encorvan hacia arriba, lo mismo que los extremos de la tienda,

sostenidos por lanzas.

Los chinos han ratificado con sus ideas supersticiosas esta forma curva

de los ángulos de sus tejados. Son muchos los que aún creen en la

actualidad que sus ascendientes dieron figura de cuerno á los remates de

los aleros para dejar más espacio á los espíritus del Agua y del Aire,

señores de nuestra existencia. Así no se rasgan las alas ni se enredan

en ángulos agudos, como los que fabrican los «demonios blancos» en sus

construcciones.

Éste es el país de los geomantes. Antes de construir un edificio se pide

consejo á la ciencia geomántica y no se abren los cimientos ni se coloca

una piedra sin que el adivino, enterado del revoloteo de los espíritus y

las direcciones amadas por ellos, estudie el solar y diga al arquitecto

qué orientación debe seguir en sus planos. Son también los geomantes

quienes señalan los terrenos más favorables para enterrar á los muertos

y que los espíritus sean clementes con ellos. Con frecuencia, el adivino

designa como lugar favorable para la futura tumba el campo de algún

amigo suyo, y los herederos se ven obligados á adquirirlo á un precio

fabuloso. Lo más extraordinario es que estos hechiceros que legislan

sobre las buenas ó malas condiciones del suelo únicamente reconocen á la

tierra que los hace vivir una personalidad secundaria y pasiva. Los

dioses, según ellos, sólo habitan la atmósfera. Son _Feng_ (el Viento) y

_Shui_ (el Agua).

Más de una vez, el europeo ó el norteamericano, después de haber

construído una fábrica, una estación de ferrocarril ó una chimenea de

ladrillos, ve llegar en masa á la chinería de las inmediaciones, que

protesta con desesperación, enumerando las calamidades caídas

recientemente sobre la comarca. Esto se debe á que _Feng_ y _Shui_ están

irritados por las obras groseras que obstruyen una atmósfera en la que

se movían antes con desembarazo. Es el geomante más célebre del distrito

quien ha hecho tal descubrimiento, gracias á su ciencia. Y los

civilizadores del país no tienen otro recurso que buscar al sabio

popular para conseguir con donativos secretos que cambie repentinamente

de opinión. En ciertas ocasiones el geomante es un nacionalista hasta la

xenofobia, que no admite regalos y cree de buena fe en sus revelaciones,

aferrándose á ellas para que los extranjeros se alejen del país. El

populacho insiste en sus protestas, y los mandarines encargados de la

justicia ordenan, para restablecer la paz, la demolición de los

edificios industriales, aunque el gobierno tenga que pagar una fuerte

indemnización á sus dueños.

La tienda de campaña, origen y modelo de la arquitectura china, se

repite siempre en extensión ó en altura. Una torre de pagoda no es más

que una sucesión de tiendas con los aleros cornudos, colocadas una sobre

otra en armónica disminución. Los pequeños y ligeros edificios

superpuestos deben ser forzosamente en número impar: cinco ó siete por

regla general. Los chinos aborrecen el número par y lo evitan en todas

sus obras.

Templos y palacios están formados por aglomeraciones de edificios,

siempre en figura de tienda, y teniendo por únicos materiales la madera

y el azulejo. El mármol y el granito se reservan para los basamentos de

las construcciones, para las escalinatas con barandillas admirablemente

cinceladas, para los puentes de atrevida joroba, para los pavimentos de

los patios, encerrados entre cuatro hileras de edificios y por cuyo

centro se desliza un curso de agua.

Las tres antiguas ciudades que forman la capital china han visto crearse

otra más pequeña junto á la muralla de la ciudad tártara, en el lugar

donde se alza la Puerta de Enfrente, dando paso á la avenida que

atraviesa todo Pekín hasta el Palacio Imperial. Esta cuarta ciudad es el

llamado barrio de las Legaciones, por vivir en él los representantes

diplomáticos y todos los blancos residentes en Pekín. Es como un Estado

independiente dentro del corazón de la China. Hasta tiene un ejército

internacional para su defensa, y en el interior de sus fronteras no

rigen las leyes ni las autoridades del resto del país.

El lector recordará indudablemente la sublevación de los boxers en 1900

y la horrible situación en que se vieron los habitantes del barrio de

las Legaciones. Estos boxers, patriotas hasta la ferocidad, se

sublevaron contra los «demonios blancos», exterminando á todos los

individuos de nuestra raza que pudieron encontrar. El personal de las

Legaciones, los exiguos contingentes militares que éstas tenían á su

disposición y los europeos civiles que pudieron armarse sostuvieron una

lucha desesperada durante varias semanas, hasta que llegaron los

refuerzos enviados por las grandes potencias. Tuvieron que batirse uno

contra mil día y noche, sufriendo el hambre, la sed, el insomnio, la

infección de la atmósfera producida por los cadáveres abandonados en las

calles al pie de las barricadas. Como estaban seguros de perecer

sometidos á horribles tormentos si caían en poder de los boxers, se

batieron con el heroísmo del que ha decidido morir, pero sin soltar las

armas.

Además, el chino es poco propenso á las ofensivas á cuerpo descubierto,

y prefirió atacar las Legaciones oculto en los edificios cercanos, con

la esperanza de rendir á sus enemigos por el hambre y la sed.

Después de esta cruel experiencia, las naciones poderosas que desean

influir sobre los destinos de la China mantienen en el barrio de las

Legaciones unos contingentes militares dignos de respeto. Se ven en las

calles de esta pequeña ciudad, edificada á estilo europeo, soldados

ingleses, franceses, italianos, y especialmente norteamericanos.

La Embajada de los Estados Unidos es enorme. Sus varios edificios están

situados junto á una sección interior de la muralla que defiende á la

ciudad tártara. Algunos de ellos son pabellones militares, idénticos á

los de los cuarteles. Desde lo alto de la muralla se ven sus patios y en

ellos grupos de soldados con chambergos puntiagudos que hacen el

ejercicio de fusil y practican el manejo de las ametralladoras. Además,

dentro de la Embajada están las dos enormes antenas de telegrafía

inalámbrica que mantienen en comunicación segura á las Legaciones con el

resto de la tierra.

Hoy no es probable un ataque de los patriotas exaltados contra este

barrio. Las fuerzas militares de que disponen los embajadores en Pekín y

en las concesiones diplomáticas del puerto de Tient-Sin ascienden, según

parece, á unos ocho mil hombres, lo que representa, por la calidad de

los soldados y por su material de combate, un ejército importantísimo,

teniendo en cuenta la desorganización ruidosa y la propensión á huir,

después de un ataque rechazado, que muestran las muchedumbres chinas.

No hacen los embajadores ostentación de dichas tropas. Únicamente se ven

en las calles, con alguna frecuencia, soldados norteamericanos; lo que

no resulta extraordinario, por ser el gobierno de los Estados Unidos el

que ejerce mayor influencia sobre la República china. Soldados nipones

apenas se encuentran, aparte de los centinelas que guardan la entrada de

su Legación; pero en Pekín ascienden á varios miles los tenderos

japoneses, vigorosos, jóvenes, de sonrisa astuta. Según me dicen algunos

diplomáticos, todo japonés tiene oculto en su tienda el uniforme y el

fusil, y basta que su embajador lance una palabra, para que media hora

después formen en sus patios dos regimientos tan bien organizados como

los de la guarnición de Tokio, sin que nadie pueda adivinar de dónde

surgieron.

Este barrio de las Legaciones es interesante y ameno á causa de las

rivalidades ocultas, las ceremonias y las etiquetas exteriores, que

forman el tejido de su vida diaria. Recuerda el mundo diplomático de

Constantinopla antes de que fuese destronado el último sultán absoluto,

cuando aún existían los privilegios internacionales de las

Capitulaciones. Las esposas de los diplomáticos reproducen en Pekín las

elegancias y placeres de la vida occidental. Son frecuentes las fiestas

de sociedad, los banquetes conmemorativos, las recepciones oficiales.

El primer hotel europeo de Pekín lo estableció, en pleno barrio de las

Legaciones, la Compañía europea de los Wagons-Lits y lleva este mismo

título. Es un hotel de tipo francés, que algunos consideran algo

anticuado. Recientemente, la influencia norteamericana creó el Gran

Hotel de Pekín, edificio enorme, á semejanza de los de Nueva York, con

vastas salas de baile y una feria de bulliciosas tiendas en su piso

bajo. La tranquilidad actual de la China ha permitido la audacia de

construir este albergue lujoso fuera del barrio de las Legaciones. En

torno á él se están edificando casas á la europea para las familias

occidentales, cada vez más numerosas. De ocurrir una revolución

nacionalista, las fuerzas que guarnecen las Legaciones podrían defender

con facilidad este nuevo barrio anexo.

Los que conocemos á Pekín desde hace muchísimos años por nuestras

lecturas, preferimos el tranquilo y señorial Hotel de los Wagons-Lits.

Lo vimos mencionado siempre en los relatos de la lejana ciudad como

única residencia de los europeos de entonces, y nos parece que

instalados en él estamos más de veras en China.

Tengo un amigo y compañero de letras que ha residido en esta capital dos

largas temporadas, y me conduce á muchos lugares cuyo conocimiento

requiere una larga observación. Es el marqués de Dosfuentes, ministro

plenipotenciario de España; diplomático que vive como un prócer de otra

época, escritor que en su libro _El alma nacional_ supo condensar como

nadie lo mejor y lo más sano de nuestra raza. La Legación de España,

edificio gracioso, de elegante sencillez, ha aumentado sus atractivos

para la sociedad internacional de Pekín con las fiestas que da

frecuentemente nuestro ministro. Gracias á él pude conocer en poco

tiempo todas las personalidades interesantes de este barrio célebre que

asisten fielmente á sus comidas y recepciones.

En los primeros días causa extrañeza ver con qué naturalidad se

desarrolla la vida europea dentro de esta urbe asiática tenida hasta

hace poco por misteriosa. Parece imposible que á una distancia de dos

docenas de años nada más, fuesen martirizados y hechos pedazos todos los

blancos que pudo pillar la muchedumbre amarilla en sus calles. Las

señoras van solas en plena noche á través del gentío chino, sin recibir

el menor insulto; tal vez con más seguridad que en algunas ciudades

europeas.

Al pasear por Pekín se nota inmediatamente la abundancia de policía y el

método con que cumple ésta sus funciones. A cortas distancias hay

agentes que con sus movimientos de brazos regulan la circulación. Sólo

los pobres marchan á pie. Muchos chinos van en automóvil, y el resto de

los transeúntes se vale del carruajito de ruedas ligeras, tirado por un

solo hombre, que aquí se llama _ricsha_. En la gran avenida que parte

longitudinalmente á Pekín, las _ricshas_ forman filas de seis y de ocho,

circulando por la derecha ó la izquierda, según su dirección. Ninguno de

los caballos humanos deja de obedecer los manoteos ordenadores de la

policía. Además, cada cien metros hay una pareja de gendarmes con el

fusil al hombro, más correctamente uniformados y de mejor cara que

nuestros guardianes del ferrocarril.

Se adivina en toda la ciudad un orden firme y severo, una vigilancia

continua é inexorable. Robos y homicidios abundan menos que en la

mayoría de las capitales de Europa. El chino del Norte, grande de

estatura, sobrio en palabras, honesto en sus tratos, se parece muy poco

al chino del Sur, pequeñito, bullanguero, astuto, propenso á la mentira,

que es el más conocido en el mundo, porque junto con tan malas

cualidades posee otras muy excelentes, que hacen de él un elemento

valioso de emigración.

Después de comer en la Legación de España veo que una de las invitadas,

señora joven y elegante, se vuelve sola á su casa á las once de la

noche. Al extrañarme de ello, como de una audacia inconcebible, me dice

con naturalidad que todas las noches hace lo mismo. Toma una _ricsha_,

cuyo conductor no conoce las más de las veces, y se hace llevar por él á

su domicilio, fuera del barrio de las Legaciones, á través de calles

puramente chinas.

Nunca la ocurrió el menor percance. Jamás ha sentido la inquietud del

miedo. En las vías solitarias encuentra siempre á un policía, con su

gorra redonda galoneada de blanco y el revólver sobre una cadera. Otras

veces es una pareja de gendarmes con fusiles al hombro y cargados.

No todos pueden decir lo mismo en la mayoría de las ciudades de

Occidente, más peligrosas y desiertas después de media noche que los

senderos de una selva.

IV

SINGULARIDADES DE LA VIDA CHINA

La ciudad más grande del mundo.--Las antiguas calles y sus

muchedumbres.--Casas, muebles y gorros.--Los casamientos.--Los pies

de las chinas.--Vanidad con que las mujeres á estilo antiguo

aprecian su deformación.--Las damas manchures.--La cocina china y

sus horripilantes picadillos.--Vinos de animales.--Los cocineros

chinos esparcidos por el mundo.--Sus caprichos de artista.--Lo que

vió una dama al bajar á su cocina, y la respuesta del cocinero para

que todos quedasen contentos.

A mediados del siglo XIX era Pekín la ciudad más grande del mundo.

Londres encerraba escasamente millón y medio de habitantes; Nueva York y

París, muchos menos. Pekín tenía el mismo vecindario que ahora: dos

millones y medio de seres.

Su área era también superior á la de todas las grandes urbes de

Occidente, por apreciarse las categorías de los personajes chinos con

arreglo á la extensión de terreno que ocupan sus viviendas. Por eso en

todas las construcciones de algún valor procuran los arquitectos engañar

al visitante con perspectivas hábilmente dispuestas, que agrandan las

proporciones de los edificios y especialmente la amplitud de los

jardines.

La población de Pekín ha parecido siempre dos ó tres veces más numerosa

que lo es en realidad, por las ceremonias de la etiqueta china y las

costumbres especiales del país. En tiempo del Imperio ningún personaje

salía á la calle sin ir en un palanquín llevado á hombros y con largo

séquito de domésticos. Los mandarines allegados al emperador debían ir

seguidos cuando menos de cien acompañantes. Los jueces, al dirigirse á

los sitios donde administraban justicia, llevaban detrás de ellos todo

su tribunal formado en procesión: secretarios, procuradores, alguaciles

y litigantes. Los mandarines militares, á partir de un grado equivalente

al nuestro de capitán, iban con una escolta de jinetes. Esta escolta,

según la importancia del jefe, llegaba á convertirse en nutrido

escuadrón. Todos galopaban sin orden determinado, pero procurando

mantener al personaje en el centro del grupo.

Además llenaban las calles, de sol á sol, los pequeños cortejos de los

particulares. Éstos se consideraban desprestigiados si no hacían sus

visitas en un palanquín con numerosos servidores. Unos se relevaban para

el sostenimiento de la pequeña casa portátil, otros llevaban los objetos

usuales de su dueño: el quitasol, el abanico, la pipa, etc.

Otro motivo de gran afluencia en las calles del Pekín imperial era la

costumbre de trabajar á domicilio, observada por los menestrales desde

tiempos remotos. El carpintero, el herrero, el sastre, circulaban por la

ciudad con sus oficiales y aprendices, llevando las materias y

herramientas para su trabajo. Hasta los impresores iban á las casas de

los letrados con su prensa, sus resmas de papel y sus tarros de tinta

para imprimir libros. Los autores guardaban en su domicilio las planchas

de madera grabadas, cada una de las cuales era una página, y no tenían

más que sacarlas á la puerta para que el impresor fabricase en unas

cuantas horas centenares de volúmenes, tirados en un papel sutil, de

dobles planas, plegadas y sin cortar, forma que todavía subsiste.

El tercer motivo de aglomeración en las vías públicas era que en Pekín

todo se hacía á brazo, y el transporte de maderos y ladrillos para las

obras del gobierno y los edificios particulares exigía largos rosarios

de atletas doblados bajo pesos abrumadores.

Hoy la vida antigua de la ciudad está modificada. Han desaparecido casi

por completo los palanquines, como ocurrió en las ciudades japonesas. La

_ricsha_, más ligera y que sólo exige un hombre para su manejo, ha

democratizado la circulación.

Son los blancos quienes implantaron este nuevo medio de transporte en el

Extremo Oriente. Algunos misioneros norteamericanos, viejos y achacosos,

al establecerse en el Japón en 1860, se hicieron llevar por naturales

del país en carruajitos de tal especie. Los japoneses se apropiaron la

innovación, creando la _koruma_, y del Imperio del Sol Naciente han

copiado el uso de su _ricsha_ los chinos y otros pueblos asiáticos.

Antes sólo podían ir en palanquín los mandarines y los comerciantes

ricos; ahora todos los chinos que gozan de un pequeño bienestar usan la

_ricsha_. Esto ha aumentado la afluencia en las calles, pero con un tono

uniforme y obscuro, sin la brillantez colorinesca de los antiguos

cortejos.

Algunos próceres chinos apegados á la tradición se niegan á aceptar el

automóvil, como muchos de sus compatriotas que viajaron por los países

occidentales. Tampoco se atreven á resucitar el antiguo palanquín, y dan

sus paseos en unas berlinas azules, de ruedas doradas, con el interior

forrado de seda gris perla. En estos carruajes vistosos, tapizados como

un tocador de dama, no hacen mala figura los personajes de la antigua

corte, chinos de aventajada estatura, algo gruesos, con ricas

vestimentas de seda azul. Dos caballitos mogoles, de exigua talla con

relación al vehículo, tiran de éste, y á veces se muerden entre ellos,

obligando á echar pie á tierra á uno de los lacayos, para ponerlos en

paz.

Al ser de un solo piso, las casas están compuestas de numerosos

pabellones separados por patios y jardines. Los chinos son los únicos en

el Extremo Oriente semejantes á nosotros por su mueblaje. Se sientan en

sillas y no en el suelo, comen sobre una mesa, duermen en camas. En sus

salones, el gran lujo son los biombos. Sus diversas hojas contienen

paisajes y escenas de la vida ordinaria, pintados con minuciosa

observación. En todas las viviendas de alguna comodidad, los pisos

tienen debajo de ellos tubos de piedra que transmiten el calor de una

hoguera encendida en el subterráneo.

Una contradicción artística de este pueblo. Ama las líneas simples en su

arquitectura; algunos de sus edificios célebres parecen diseños

geométricos, y en cambio muestra horror por la línea recta cuando

fabrica muebles y objetos de lujo. Talla la madera y los metales con

ondulaciones reptilescas. Los contornos de sillas y mesas parecen estar

formados con una interminable curva vermicular. El eterno modelo es un

dragón, con sus enroscamientos escamosos.

Este pueblo que durante siglos vistió de un modo uniforme, obedeciendo

las leyes suntuarias decretadas por el Hijo del Cielo, conserva por

tradición el mismo corte de traje en los diversos grados sociales. La

importancia de las personas se aprecia únicamente por la riqueza de las

telas que usan.

La elegancia y el rango de cada uno se concentra en el gorro ó solideo

que cubre su cabeza. En él se exhiben los signos honoríficos, iguales á

las condecoraciones que los mandarines civiles de Europa se colocan

sobre el pecho en forma de cruces y los mandarines militares sobre los

hombros en forma de charreteras. Cada tocado indica la categoría de su

portador por medio del botón que lo termina. Unas veces el botón es de

seda, otras de oro ó de piedras preciosas, abarcando su simbolismo todas

las dignidades, hasta las puramente literarias. Además, los mandarines

letrados, para demostrar su alejamiento de los trabajos materiales, se

dejaron crecer hasta hace poco las uñas de sus manos. Sólo las exhibían

en días de ceremonia, guardándolas el tiempo restante metidas en fundas

de bambú.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 2 / 24 段