LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
TOMO II
CHINA.--MACAO.--HONG-KONG.--FILIPINAS.
JAVA.--SINGAPORE.--BIRMANIA.--CALCUTA
PROMETEO
Germanías, 33.--VALENCIA
(Published In Spain)
1924
ES PROPIEDAD.--Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.
LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA
I
EN MUKDEN
Caballitos manchures y perros siberianos.--Un desierto de nieve por
cuya posesión se mataron 154.000 rusos y japoneses.--La dinastía de
«Los Muy Puros» y sus mausoleos.--El frío, maestro de
humildad.--Las escalinatas chinas y «el sendero imperial».--La
chiquillería pedigüeña de las estaciones.--Un gendarme que
pega.--Indignación patriótica.--La incoherencia de los demonios
blancos.
Espero las primeras luces del alba paseando por los salones del Hotel
Yamata, en la estación de Mukden.
Miro por las grandes puertas de cristales que dan á los andenes y veo
correr grupos de chinos cargados con fardos envueltos en telas de
colores ó llevando maletas de forma europea. Han descendido de un tren
procedente del interior de la China y van al asalto de otro más corto
que debe conducirles á Dairén, á Port Arthur y demás poblaciones del
inmediato golfo de Liao Tung. Luego contemplo por las vidrieras de la
parte opuesta el aspecto de Mukden, ciudad misteriosa para mí, envuelta
en la noche y la nieve.
La curiosidad me hace salir á la ancha plaza de la estación, pero el
frío es tan intenso que retrocedo á los pocos minutos. En esta plaza hay
muchos carruajes de caballos, en espera sin duda de algún tren matinal;
pero los cocheros, á pesar de sus gorros tártaros y sus gabanes de piel
de zorro, se han refugiado en los cafetines de las inmediaciones. Los
famosos caballitos manchures, nerviosos, agresivos, de largo pelaje,
entretienen su abandono coceando silenciosamente la nieve del suelo,
haciendo exhalar á los vehículos con sus estremecimientos un ruido de
ferretería vieja, expeliendo dos chorros de vapor por sus narices
propensas al relincho. Estos caballos de corta alzada se muerden entre
ellos, y cuando se entregan á la excitación de la carrera galopan como
desbocados. Por entre sus patas se deslizan perros siberianos de
hirsutas lanas. De tarde en tarde aparece un cochero. Como va forrado en
pieles y las orejeras de su gorro las lleva sueltas y erguidas, tiene el
aspecto de una bestia de la noche que momentáneamente marcha en posición
vertical.
Vuelvo á sentir la misma extrañeza que en Corea viendo esta aglomeración
de caballos. Los ojos parecen haberse acostumbrado á la escasez de
animales que se nota en el Japón, donde todo lo hace el brazo humano,
sin pedir auxilio á las especies domesticadas que ayudan al hombre en su
trabajo.
Van surgiendo de la nocturna lobreguez las techumbres nevadas de los
edificios. La ciudad de Mukden, á la que los naturales llaman Fengtien,
empieza á dibujarse en la lívida penumbra con un aspecto contradictorio
é híbrido. Cerca de la estación hay edificios modernos de muchos pisos,
que imitan la arquitectura norteamericana con todas sus audacias. Más
allá, las calles son iguales á las japonesas y coreanas, tienen una
amplitud de cuarenta ó cincuenta metros y edificios de un solo piso
hechos de madera.
Llegan varios automóviles y sus conductores se ofrecen para llevarnos á
los mausoleos imperiales de la dinastía manchura, lo más interesante que
existe en las inmediaciones de Mukden. Salimos con los primeros
resplandores del alba, por unas calles anchas y completamente dormidas
bajo sus sábanas de nieve. Luego, en pleno campo, el frío, el silencio y
la luz cenicienta del amanecer invernal dan una tristeza abrumadora al
dilatado paisaje.
Pensamos que más de un millón de hombres se batieron aquí, en la famosa
batalla de Mukden, que duró dos meses, por la posesión de un suelo
monótono é inclemente como un paisaje ártico. Luego recordamos que esta
tierra goza, como tantas otras, una primavera y un verano. Los
exploradores del río Amur, que corre por la Manchuria septentrional,
cuentan cómo en los bosques de sus orillas chorrea la miel formando
arroyuelos: tantas son sus flores y sus abejas. En su parte meridional,
que es donde estamos, se obtienen grandes cosechas de toda clase de
cereales. Pero nosotros sólo vemos ahora una planicie de nieve, y
surgiendo de ella, como grupos de escobas plantadas por el mango,
algunos bosquecillos de árboles negros y escuetos.
El automóvil, al marchar por esta llanura uniforme, donde su conductor
tiene que adivinar con ojos de piloto la existencia del camino oculto,
cae en hoyos ignorados ó se ladea de un modo alarmante al borde de
taludes invisibles. Algunas veces saltamos sobre inexplicables oleajes
del suelo. Es que nos hemos metido en un cementerio chino y vamos
pasando sobre las cúpulas de tierra de los sepulcros, que apenas si se
revelan con ligerísimas curvas en el igualamiento realizado por la
nieve.
La lucha de nacionalidades agita sordamente al país manchur y se deja
adivinar en las casas de madera que se agrupan como avanzadas de la
ciudad sobre este mar sólido y blanco, de horizontes infinitos. En unas
ondea la bandera japonesa, en otras el pabellón quinticolor de la
República china. Los verdaderos dueños del país, chinos y manchures,
duermen con la bandera izada sobre sus techos, para que dé testimonio
hasta en las horas nocturnas de la nacionalidad del suelo. Los japoneses
son cada vez más numerosos en Mukden y van acaparando el comercio. Su
gobierno posee ya legítimamente la tierra coreana que existe al otro
lado del río Yalu. Además, sostiene una guarnición en Mukden y otras
ciudades manchuras que son de la China, con pretexto de guardar el
ferrocarril. Desea convertir en propiedad definitiva lo que es hasta
ahora ocupación temporal. La propaganda japonesa habla frecuentemente de
los 87.000 rusos y los 67.000 japoneses que murieron batallando
alrededor de Mukden. Ve en tan enorme montón de cadáveres un título de
propiedad para anexionarse definitivamente este centro ferroviario á
veinticuatro horas de Pekín.
Una música alegre y ruidosa anima de pronto el silencioso desierto
blanco. Nos cruzamos con una boda china. El cortejo va en busca de la
novia, que debe haber abandonado la cama á media noche para hermosearse.
Al frente marcha un grupo de músicos sonando gaitas y tamboriles. Van
vestidos de rojo con galones de oro y en la cabeza llevan unos
sombreros-paraguas barnizados de amarillo. Seguido de una escolta de
invitados y parientes pasa el pintarrajeado palanquín nupcial, con
manojos de plumas en sus ángulos y una gran flor dorada en su vértice.
Otra vez los campos de nieve, los árboles negruzcos, y grandes revuelos
de cuervos alzándose en espiral para caer sobre algún cadáver invisible.
Después de varias millas de avance fatigoso llegamos á las tumbas de los
emperadores manchures.
Los que están en ellas fundaron la última dinastía china, ó sea la
destronada. Hasta hace tres siglos los manchures fueron un pueblo
nómada, de civilización rudimentaria, pero muy numeroso. La palabra
china _Mand-chou_ significa «país muy poblado». Estos jinetes, hábiles
arqueros, se batían indistintamente á pie ó á caballo.
El Imperio chino, que parece en la Historia viejo como el mundo,
sucediéndose dentro de él las dinastías casi lo mismo que en el antiguo
Egipto, estuvo en peligro de perecer destrozado á mediados del siglo
XVII. El último de los Ming, viéndose desobedecido por muchas de sus
provincias, necesitó auxiliares para combatir á los rebeldes y acudieron
en su defensa los tártaros de la Manchuria, acaudillados por su rey
Chunti-Ti. Éste, después de restablecer el orden, destronó al emperador
que le había llamado, se hizo dueño de Pekín y acabó por apoderarse de
toda la China, fundando la dinastía 22, llamada de los Tai Thing (Los
Muy Puros), que ha durado hasta nuestros días. En realidad, los últimos
emperadores nada tenían de chinos por su origen ni por su aspecto
físico. Eran tártaros-manchures. Por eso los republicanos chinos
pudieron dar á su revolución un carácter nacional, combatiendo á los
monarcas intrusos en nombre de la antigua China.
Un bosque de árboles escuetos y ennegrecidos por el invierno rodea el
parque donde están las tumbas monumentales de los primeros soberanos de
la dinastía Tai Thing. Al echar pie á tierra nos hundimos en la nieve.
Un obstáculo inesperado nos inmoviliza luego ante el arco que da acceso
al parque. El encargado del monumento no ha venido aún de la ciudad, y
los dos guardias que lo vigilan son unos soldados manchures, grandes, de
perfil caballuno, sobrios en palabras y obedientes á la consigna. Uno de
nuestros guías tiene que ir en busca de dicho empleado, no sé dónde, y
quedamos frente á la entrada del monumento, rodeados de la mañana
lívida, con nieve hasta media pierna y recibiendo en el rostro un viento
cortante.
A un lado hay una casucha de aspecto miserable, el cuerpo de guardia de
los cuatro soldados que custodian este monumento histórico.
Instintivamente voy hacia dicho refugio, atraído por las caras amarillas
de los dos hombres libres de servicio que nos miran por un ventano. Me
asomo á este antro con amable sonrisa. Veo una tarima á medio metro del
suelo y sobre ella mantas y algunas prendas haraposas de estos
guerreros, que no se distinguen ciertamente por la flamancia de sus
uniformes.
Hay en el ambiente la densidad hedionda de los locales cerrados donde
han dormido toda una noche hombres de excesiva salud. Varios ladrillos
forman un pequeño fogón, y dentro de él hay lumbre, con más ceniza que
brasas.
¡Ah, el frío! ¡Cómo aterciopela los caracteres más ásperos! ¡Qué gran
maestro de humildad! Su influencia es tan poderosa como la del hambre.
Me siento agradecido junto á este fogón, poniendo los pies sobre las
moribundas brasas, hasta que noto cómo las suelas de mis zapatos
empiezan á quemarse.
De todos modos debo abandonar mi asiento. Varias señoras han adivinado
mi retiro y entran en el tabuco soldadesco, lanzando exclamaciones de
sorpresa á la vista del mísero hogar. Algunas de ellas son millonarias
de los Estados Unidos, y además hermosas y de gustos refinados; pero hay
que ver sus amabilidades y sonrisas con los guerreros manchures para
justificar tal invasión. Ponen sus piececitos elegantemente calzados
sobre la lumbre mediocre, y hablan á estos jayanes amarillos, con gorra
de piel rematada por dos orejas asnales, como si el mundo estuviese ya
transformado bajo el rasero de una revolución igualitaria, como si la
moneda hubiese perdido toda influencia, siendo los únicos potentados del
planeta capaces de dispensar mercedes los poseedores del pan y del
fuego.
Llega al fin el personaje deseado y podemos entrar en la avenida
cubierta de nieve virgen que conduce á las tumbas imperiales. Los
soberanos manchures construyeron aquí unos mausoleos semejantes á los
que habían levantado cerca de Pekín los Ming, anteriores á ellos.
Todas las avenidas están bordeadas con imágenes gigantescas de granito
que representan animales. Parejas de caballos, de camellos, de elefantes
y leones, esculpidos en una piedra negruzca, se suceden, formando
luengas perspectivas. Al final de estas procesiones de animales pétreos
se alzan los templos funerarios.
Son edificios que en otro lugar parecerían sonrientes; se les cree en el
primer momento palacios erigidos por la vanidad de un soberano para
albergar escenas de placer. Su arquitectura tiene oros y lacas
multicolores como materiales primarios. Tal vez en verano, cuando los
campos de la Manchuria son tierras labradas, abundantes en polvo,
parezcan dichos edificios menos alegres y vistosos; pero ahora la nieve
ha barnizado la laca con una humedad de lluvia, y los panteones tienen
la frescura brillante de algo recién construído. Además, los envuelve en
sus fulgores un sol adolescente que acaba de romper los grises telones
de la mañana.
Por primera vez veo en las escalinatas de estos mausoleos el famoso
«sendero imperial».
Todos los palacios chinos, aunque la madera es su principal materia
constructiva, están asentados sobre plataformas de mármol, y las
escalinatas amplias y extensas que conducen á ellas resultan siempre la
parte más trabajada del monumento. Los escultores han cincelado en sus
barandas, sin tener en cuenta el tiempo ni la minuciosidad de su
trabajo, toda una fauna de reptiles fantásticos. Estas escalinatas
imperiales se hallan partidas por un bloque de mármol, acostado en mitad
de los peldaños, que las divide en dos. Tal bloque es lo que se llama
«sendero imperial».
Cuando el emperador tenía que ascender por una de aquéllas, nunca
empleaba los peldaños. Éstos eran para sus palaciegos, simples mortales,
á los que era lícito mover las piernas como los demás hombres; el Hijo
del Cielo sólo podía subir por una pendiente. Mientras los personajes de
su séquito iban avanzando escalón por escalón--los mandarines letrados
por los peldaños de la derecha, los mandarines militares por los de la
izquierda--, el Hijo del Cielo ascendía lentamente por el bloque de
mármol intermedio.
En algunos de los palacios de Pekín hay «senderos imperiales» hasta de
18 metros y de una sola pieza. La piedra ostenta cincelado el emblema
del Imperio de Enmedio: dos dragones en posición invertida, teniendo
cada uno de ellos la cabeza junto á la cola del otro. Las escamas de
esta pareja de bestias heráldicas forman profundas rugosidades en el
mármol; así el divino monarca podía afirmar sus pies, calzados
simplemente con ligeras sandalias de pergamino.
Volvemos á Mukden para ver los barrios viejos, que aún conservan sus
murallas y sus puertas-castillos, con techumbres cornudas. Visitamos
igualmente el palacio que construyeron los emperadores manchures, y hoy
se halla convertido en museo. Pero aunque todo esto nos sorprende y nos
interesa, por ser una primera visión de la vida china, se empalidece
algunos días después cuando llegamos á Pekín, menospreciando su recuerdo
como el de una copia borrosa comparada con la obra original.
Al recorrer las calles de Mukden nos fijamos en la enorme cantidad de
anuncios industriales colocados en paredes y vallas por los almacenes de
los Estados Unidos y de Europa establecidos aquí. Ostentan figuras de
colores, vestidas á la moda occidental, pero los rostros de dichos
monigotes, pretenciosamente elegantes, aunque guardan los rasgos
principales de la raza blanca, tienen los ojos oblicuos, poco abiertos,
y una sonrisa achinada, para que el público amarillo les reconozca una
belleza verdadera.
Antes del mediodía salimos para Pekín. Atravesamos campos grises, cuyo
suelo ligeramente rizado recuerda la arena fina de las playas con las
huellas caprichosas del viento. De estos arenales obscuros surgen
islotes de arboleda ennegrecida.
Vemos marchar, paralelas al tren, largas caravanas de carretas. Estos
vehículos, de techo redondo, van tirados por caballitos manchures,
fieros, peludos, de inagotable vigor. Su pequeñez contrasta con el
tamaño del carruaje, dando á la caravana cierto aspecto cómico de
juguete.
Los hombres, seguidos por numerosos perros, marchan al lado de sus
caballos. Todos llevan gorro de pieles; pero como el día es de sol, han
soltado las orejeras que defienden su rostro por ambos lados, y los dos
apéndices, erguidos sobre la cabeza, acompañan su marcha con un
balanceo grotesco. Las huellas de sus pies se destacan en blanco sobre
el camino gris. Lo que creíamos arena es simplemente nieve sucia.
Al quedar inmóvil nuestro coche en una estación, más allá del término
del andén, se va agolpando una muchedumbre contra el alambrado de púas
que defiende la vía. Por primera vez nos vemos enfrente del populacho de
este país de inmensa procreación, donde la gente surge de todas partes
con una abundancia rumorosa de colmena y la existencia humana parece
valer menos que en otras tierras.
El pueblo bajo va en China invariablemente vestido de lienzo azul; pero
á causa de ser muy crudos los inviernos en las provincias
septentrionales, se procuran todos el abrigo necesario forrando
interiormente pantalones y blusas con una capa de algodón en rama. Los
soldados también van con ropas acolchadas, lo que les da un aspecto
hinchado y cuadrangular. Como los trajes del populacho son andrajosos,
se escapa por todas las roturas su relleno algodonado, y los mendigos,
los jornaleros del campo, toda la chiquillería sucia y pedigüeña
amontonada en las vallas de las estaciones, tienen aspecto de insectos
aplastados, que sueltan por las grietas de su cascarón azul las
reventaduras de unas entrañas mantecosas.
Vemos debajo de nuestras ventanillas, clavándose las púas del alambrado
sin que parezcan sentirlo, más de cien muchachuelos de cara amarillenta
salpicada de costras de suciedad. Parece dudoso que se hayan lavado
alguna vez. Los más conservan la coleta que la República china ha
suprimido en Pekín y otras poblaciones importantes. Revueltas con ellos
hay varias muchachas, vestidas igualmente con pantalones y blusa azules,
que dejan asomar sus rellenos blancos. Se las conoce por su cara, más
ancha de pómulos y menos sucia que la de los varones; por su peinado,
que consiste simplemente en una cortinilla de pelos recortados caída
sobre la frente y una trenza anudada sobre el cogote.
Se empujan todos levantando los brazos, con las manos muy abiertas.
Chillan, rugen, algunos lloran. Los más pequeños caen al suelo
zarandeados y pateados por sus camaradas, pero se levantan
inmediatamente para unirse al pedigüeño concierto. Otras veces fingen
dolores ó los exageran, para atraer la piedad.
Los empleados del tren recomiendan que no se dé dinero á las
muchedumbres mendicantes de las estaciones. La República quiere suprimir
esta vil costumbre de otros tiempos. Pero ¡cómo resistirse á unas
vociferaciones de súplica que duran ya varios minutos! La infancia
inspira siempre interés, y éste aumenta cuando los niños tienen el
atractivo del exotismo. Toda esta avalancha de muchachos con faz
arrugada y ojos de viejo, de niñas con peinado de mujer, carillenas y
que imitan los gestos de las comadres, nos impulsa á la desobediencia, y
empezamos á arrojar puñados de monedas por las ventanillas.
¡Nunca lo hubiéramos hecho!... Al ver el dinero, los grandes se unen á
los pequeños. Grupos de mocetones que contemplaban impasibles el paso
del tren se arrojan en medio de la chiquillería, disputando á puñetazos
y bofetadas la conquista de las monedas.
En el extremo del andén hay un féretro chino, con forro de estera, que
indudablemente contiene un cadáver. Siempre se encuentra algún muerto en
las estaciones chinas. Todo hombre amarillo, al sentirse morir fuera de
su casa, si tiene dinero ó parientes, pide que lo trasladen á su país
natal. Si muere en el otro extremo del planeta, procura dejar antes lo
necesario para que lo entierren en China. Aquí los muertos viajan tanto
como los vivos. Unas mujeres que están junto á dicho féretro corren
también para cazar en el aire algunas de las monedas, con agresivo
manoteo.
Un personaje inesperado surge en mitad de esta ola de rostros amarillos
y manos ganchudas que se retira del alambrado con el reflujo de sus
empujones y avanza otra vez para chocar contra sus púas. Es un soldado
vestido de azul, con polainas blancas y gorra á estilo japonés. Sostiene
su fusil con una mano y lleva en la otra un látigo de cuero.
Desde el primer momento se da á conocer como un hombre extraordinario,
verdaderamente extraordinario por su fealdad y por su energía dinámica.
Tiene el rostro amarillo de cera, con numerosas arrugas á pesar de su
juventud. Debajo de la gorra le cuelgan hasta los hombros unas melenas
lacias, semejantes á los pelos de mono con que adornan algunas señoras
sus abrigos. En cuanto á pegar, no he visto en mi vida manos más ágiles
é incansables. No es un hombre: es toda una compañía que se lanza á
través de la masa adversaria, partiéndola, sembrando el espanto y la
dispersión, abriendo un desierto medroso en torno á su personalidad
soberbia y triunfante.
Pega con las manos y casi al mismo tiempo con los pies, como si se
mantuviese en el aire por obra de nuevas leyes de gravitación. Esparce
culatazos, latigazos, patadas, y su deseo sería morder igualmente; pero
nadie se pone al alcance de su dentadura de caballo.
Surge de las diversas ventanillas un coro de indignación. Todos nos
equivocamos. Varias señoras norteamericanas protestan en inglés; yo
vocifero en español, como si el terrible guerrero pudiera entendernos.
Hemos visto soldados nipones en Mukden ocupando una tierra que no les
pertenece, y como este guerrero azul de las melenas desmayadas y la
gorra á lo japonés es extremadamente feo, no sentimos duda alguna sobre
su nacionalidad. Todos enronquecemos, indignados por las brutalidades
del invasor.
--¿Con qué derecho les pega usted, miserable? Váyase á su país. Estos
pobres chinos están en su casa... ¡Verdugo!... ¡Salvaje!...
Pero un intérprete corre de ventanilla en ventanilla dando
explicaciones. Nos equivocamos. Es un gendarme chino que desea librarnos
á su modo, por los medios que él considera más seguros y prontos, del
ruidoso asalto de estos mendigos.
Callamos, algo avergonzados de nuestro error, sintiendo una repentina
simpatía por el militar de las greñas de mono. ¡Las deducciones
incoherentes del patriotismo!... Al saber que es chino, ya nos parece
más aceptable y natural que les pegue á sus compatriotas.
El pobre hombre que acudió creyendo realizar una buena acción permanece
ahora inmóvil, intimidado por nuestros gritos, mirándonos con sus
ojillos agudos. No comprende nuestras protestas por un acto tan
corriente. En China, los representantes de la autoridad siempre llevaron
un látigo en la mano.
Al saber que no es japonés y si pega lo hace dentro de su casa, algunos
viajeros hasta le echan cigarrillos. Él saluda con sonrisa humilde,
enciende uno y empieza á fumar, rodeado de toda la masa humana á la que
zurró momentos antes, y que le contempla con cierta admiración.
Todos permanecen quietos. Algunos se rascan los chichones recientes ó se
limpian con las manos la sangre de sus rostros.
El gendarme no puede explicarse nuestra indignación anterior, ni las
repentinas muestras de simpatía que recibe ahora. Fuma y nos mira
asomados á nuestras ventanillas, como si fuésemos bestias raras dentro
de una jaula ambulante.
Se adivina su pensamiento:
«¡Demonios blancos, locos y bárbaros!... Nunca sabe uno cómo darles
gusto.»
II
LA LLEGADA Á PEKÍN
Los bandidos chinos y los trenes-fortalezas.--Una mala noche.--El
Imperio del bambú soberano y de la paliza paternal.--5.000 años de
historia conocida.--Recordando á Marco Polo.--Los cuatro grandes
héroes de la Geografía.--«Micer Millones».--Cómo por obra de Marco
Polo salieron Colón y los navegantes españoles hacia Pekín, para
visitar al Gran Kan, y dieron con la ignorada América.--El
despertar en Tien-Tsin.--Los chinos elegantes.--Agricultura sabia y
campos de tumbas.--Una puerta de diez siglos con telegrafía sin
hilos.
Al cerrar la noche, nuestro tren se transforma en una fortaleza.
Varios oficiales llevando largo abrigo de pieles y gorra con insignias
de oro, á la que han añadido orejeras peludas, pasan de vagón en vagón
dando órdenes, como si preparasen la resistencia á un asalto. En las dos
plataformas de nuestro coche se sitúan centinelas con el fusil cargado y
la bayoneta calada. En el pasillo quedan algunos más para relevar á sus
compañeros durante la noche. A la cabeza y á la cola del tren van dos
numerosos destacamentos en vagones blindados.
Nuestros defensores pertenecen al nuevo cuerpo que acaba de crear la
República china con el título de «Guardia de Ferrocarriles». El país
está infestado de bandoleros que asaltan los trenes. Muchos de estos
bandidos son antiguos soldados. El chino, después de conocer la vida
militar, en la que come mejor que la mayoría de sus compatriotas á
cambio de mantener un fusil en uno de sus hombros, ya no quiere
desprenderse de dicha arma, pues ve en ella la herramienta del más fácil
y agradable de los oficios. Si lo licencian ó lo expulsan de su
regimiento, se agrega á la partida de facinerosos más inmediata.
Hace cuatro meses fué asaltado un tren entre Pekín y Shanghai, y los
bandidos secuestraron á los que iban en él (europeos y norteamericanos),
para exigir grandes rescates. El gobierno, después de este suceso, se
preocupa de vigilar las líneas férreas. No quiere que se repitan las
reclamaciones diplomáticas; teme que el Japón aproveche tales incidentes
para insinuar una vez más la conveniencia de que China le ceda la
custodia de sus ferrocarriles. Esto traería como primer resultado el
establecimiento de tropas japonesas dentro del territorio chino: una
invasión disimulada igual á la de Manchuria.
No es algo nuevo, que debe atribuirse á la anarquía política del país
con motivo de su revolución, esta inseguridad de los caminos. Los
bandoleros y los piratas abundaron siempre en China, llegando en otros
siglos á quebrantar la autoridad de los emperadores, estableciendo un
Estado nuevo y excepcional dentro del vasto Imperio. El vulgo aún
muestra admiración por ciertos bandoleros famosos del mar y de los
caminos, héroes de antiguos poemas y novelas.
Los soldados instalados en el pasillo de nuestro vagón hablan en voz
alta, fuman y discuten con una inconsciencia que impide toda protesta.
Están aquí para defendernos, y como ellos no deben dormir, encuentran
natural que sus protegidos se priven igualmente del sueño. Sus orejeras
peludas, sus pellizas rústicas, las greñas aceitosas que cuelgan por
debajo de sus gorras, les dan un aspecto inquietante. Tal vez han sido
bandidos antes de figurar como defensores del orden. Según se dice, la
Guardia de Ferrocarriles la ha reclutado el gobierno entre el personal
de las antiguas bandas, para mayor seguridad. Si les conviene, mañana,
en vez de ir dentro del tren para defenderlo, se apostarán al lado de la
vía para asaltarlo.
Esto no les impide mostrarse joviales, agradecidos y un tanto
confianzudos. Cuando les dan cigarrillos, acogen el regalo con
gesticulaciones cómicas de gratitud. Si pasa una señora por el corredor
señalan las sortijas ó los pendientes que lleva, y á continuación fingen
que sacan el revólver, imitando con la boca varios tiros imaginarios.
Pretenden expresar con esta mímica su resolución de batirse hasta la
muerte en defensa de tales alhajas; pero mejor preferirían apoderarse de
ellas, al verse lejos de la vigilancia de sus oficiales, jóvenes,
correctos, de aire militar europeo, que mantienen firmemente la
disciplina.
Los coches-camas del Japón imitan á los de la América del Norte. Los que
ruedan por las líneas chinas son parecidos á los de Europa, pero más
abundantes en dorados, y con una altura tan exagerada y absurda de sus
camas superiores, que hace necesario el empleo de una escala de muchos
travesaños para poder acostarse en ellas.
Como las voces de los chinos no nos dejan dormir, entretengo mi insomnio
pensando en la historia de esta aglomeración humana, la más antigua y
numerosa de todas las existentes, sobre cuyo suelo vamos deslizándonos á
través de la noche. Esta historia abarca más de 5.000 años, y sus
episodios salientes son veintidós cambios de dinastía y dos grandes
invasiones: la de los tártaros mogoles y la de los manchures.
Egipto es de mayor antigüedad; mejor dicho; los historiadores han ido
más lejos en sus descubrimientos, ensanchando las fronteras de su
pasado. Pero el viejo Egipto hace miles de años que dejó de existir, y
la China se conserva viva y sólida, como en los tiempos de sus
emperadores fabulosos.
Recientemente desorientó al mundo, saltando sin transiciones
constitucionales del régimen despótico más absoluto á la República
democrática. Mas esto no pasa de ser un cambio de fachada, ya que la
revolución todavía no ha reformado gran cosa en el interior del
edificio.
El país más grande y más viejo de la tierra conservó hasta hace una
docena de años la forma de gobierno de las sociedades primitivas: el
régimen patriarcal. La autoridad política imitaba la autoridad del jefe
del hogar. El emperador era el padre de los padres, reinando sobre
centenares de millones de súbditos, como los patriarcas de la Biblia
sobre su descendencia. El Hijo del Cielo pegaba ó premiaba como un
padre, y sus palabras eran manifestaciones de la sabiduría divina. Del
mismo modo el padre chino ha guardado dentro de su hogar, hasta hace
poco, el derecho de vida ó muerte sobre sus hijos, casándolos á su
antojo, sin consultar para nada su voluntad.
Durante 5.000 años el bambú flexible y duro fué el verdadero cetro de
este Imperio, la varilla mágica que hizo marchar los engranajes del
Estado, impulsando á los hombres á la práctica de la virtud. El único
chino exento del peligro de sufrir una paliza era el Hijo del Cielo. Sus
ministros más apreciados, los mandarines favoritos, los virreyes de las
provincias, todos podían recibir por orden del emperador unas cuantas
docenas de bastonazos, como penitencia de faltas ó descuidos. Y después
de soportar esta muestra del interés imperial, continuaban en el
ejercicio de sus funciones.
Acostumbrados desde su niñez á los castigos del padre, nunca se creyeron
los chinos deshonrados por unos cuantos palos más ó menos en el curso de
su existencia. La paliza no cortaba una carrera ni quebrantaba el
prestigio del que la sufría. Era como para nosotros pagar una multa por
infracción de los reglamentos municipales. La policía imperial llevaba
el bambú ó el látigo siempre en la diestra, para aplicar el correctivo
apenas notada la falta.
Este Imperio, gobernado lo mismo que una casa por un padre de origen
celeste, con cerca de 500 millones de hijos, fué creando en el curso de
cincuenta siglos una civilización que hoy se cae al suelo de puro vieja
y refinada, pero tuvo en todas las épocas el poder de asimilarse á sus
vencedores, de transformar á los caudillos fieros que se adueñaron de su
territorio, convirtiéndolos en emperadores chinos, iguales á las
dinastías fenecidas.
Hasta hace 800 años, nuestro mundo occidental, indiscutiblemente bárbaro
en comparación con el llamado Imperio de Enmedio, nada sabía de éste.
Los capitanes que siguieron á Alejandro hasta la India y los romanos del
Imperio llegaron á conocer vagamente la existencia del llamado «País de
la seda». Mas á esto se limitaron sus noticias sobre la tierra china.
Algunos viajeros árabes la visitaron en los primeros siglos de la Edad
Media, pero nada se supo en Occidente de sus relatos.
La humanidad se ha desenvuelto en dos escenarios diferentes sobre el
gran macizo continental que forman juntas Asia y Europa, sin que el
grupo de la vertiente atlántica-mediterránea supiese nada del otro grupo
establecido en la opuesta vertiente del Pacífico. Ni Grecia ni Roma
tuvieron noticias de la civilización que se iba desarrollando, con
muchos siglos de adelanto sobre ellas, al otro lado de la barrera
formada por el Asia Menor, la Persia, la India y los mares misteriosos.
Las expediciones de los cruzados y las guerras implacables de
Gengis-Kan, que arrancaron á tantos pueblos asiáticos de sus alvéolos
históricos, lanzándolos como piedras en opuestas direcciones, dejaron
adivinar un poco del misterio chino. Pero fué un hombre aislado, un
comerciante, un explorador amigo de correr aventuras, quien hizo conocer
á los países de Europa lo que existía en este mundo lejano, envuelto en
sombras para los occidentales. Este hombre se llamó Marco Polo.
Cuatro grandes héroes tiene la Geografía: Alejandro, que llevó la
influencia griega hasta el Ganges; Marco Polo, Colón y Magallanes. Pero
el héroe macedónico pudo realizar en gran parte su corta y asombrosa
carrera porque su padre le había legado toda la fuerza militar y la
sabiduría de Grecia, acaparadas astutamente por él. Colón descubrió un
mundo nuevo auxiliado por los Pinzones y otros nautas españoles, que á
causa de la posición geográfica de su país conocían mejor que los demás
navegantes la existencia de tierras misteriosas en el Océano. Magallanes
vió completada su circunnavegación del planeta gracias á la energía de
Sebastián del Cano, que supo dar fin á tan magna empresa.
Marco Polo no tuvo colaboradores. Fué un simple mercader de genio,
aficionado al estudio y á los descubrimientos, hábil para aprender las
lenguas y amoldarse á los ambientes; un entendimiento ágil, capaz de
ejercer las más diversas funciones.
Su padre y su tío habían hecho ya viajes comerciales á través de la
misteriosa Asia, y le llevaron con ellos al ser mozo. Durante veintidós
años vivió lejos de Europa, habituándose á los usos del Extremo Oriente.
Su vida se desarrolla de la mitad del siglo XIII al primer tercio del
siglo XIV. Viajó por el Asia Menor, la Persia, la India, y llegó á China
cuando el nieto de Gengis-Kan acababa de establecer la dinastía mongola
en el Imperio de Enmedio, declarando á Pekín su capital.
El Gran Kan--nombre que Marco Polo da al emperador de la China y la
tradición consagró durante siglos--necesitaba extranjeros leales que le
sirviesen, en un país recién conquistado y sordamente hostil á sus
nuevos dominadores. Por tal razón acogió favorablemente al mercader
veneciano, que además podía darle noticias de su remoto y desconocido
mundo.
Marco Polo fué un personaje en el Pekín de hace siete siglos, que se
llamaba entonces Cambaluc (la Ciudad del Señor), y él titula en su libro
Gran Ciudad del Catay. Este título se cambió luego en Pe-King (Corte del
Norte), por haber estado la capital en otras ciudades situadas más al
Sur. El veneciano hasta llegó á ser virrey de una provincia china; pero
su curiosidad le impulsó á correr nuevas tierras, viajando por Sumatra,
Java, Ceilán y Tartaria.
Pocos autores han influido en las letras como este hombre de acción,
falto de pretensiones literarias. Al volver á su país, los venecianos
escucharon con interés el relato de sus maravillosos viajes. Luego los
incrédulos y los maldicientes hicieron materia de dudas y bromas estas
historias de un mundo lejano, y muchos de sus compatriotas acabaron por
apodarle _Micer Millones_. Unos lo llamaban así por las riquezas
fabulosas que describía en sus relatos; otros, peor intencionados,
calculaban por millones las mentiras salidas de su boca. Estando en la
cárcel por haber caído prisionero de los enemigos de Venecia en una
batalla naval, escribió la crónica de sus viajes á través del Asia. En
sus últimos días, al hablar melancólicamente de la incredulidad de sus
contemporáneos, afirmó no haber puesto en su libro ni la décima parte de
las maravillas vistas por él.
La veracidad de Marco Polo ha sido comprobada por muchos sabios y
exploradores modernos, sin encontrar en su libro errores geográficos de
bulto ni descripciones inverosímiles. Su obra circuló entre los hombres
doctos de los dos últimos siglos de la Edad Media. Poetas y novelistas
la explotaron para sus relatos caballerescos. Él hizo conocer al Preste
Juan de las Indias, rey misterioso del que tanto se ocuparon los autores
medioevales; él lanzó los nombres de Catay y Cipango para designar á la
China y el Japón; él fué el primero en describir como testigo visual las
riquezas del Gran Kan y sus palacios de Pekín.
Colón no pudo leer directamente el libro de Marco Polo. Este relato sólo
fué popularizado por medio de la imprenta años después del
descubrimiento de América. Pero empleó como autores de consulta á muchos
que se habían inspirado en el aventurero mercader, repitiendo sus
descripciones de las riquezas asiáticas, en cuya busca fué Colón al
salir de España, siguiendo el rumbo de Occidente. Por Marco Polo conocía
también la existencia del Gran Kan, y estaba tan cierto de encontrarlo,
que pidió á los Reyes Católicos una carta de presentación escrita en
latín, para que aquel le recibiese en su ciudad de Catay como enviado de
España.
El libro de un explorador que vivió en Pekín á fines del siglo XIII
sirvió para que dos siglos después otro aventurero genial, con tres
puñados de españoles sobre tres barquitos, fuese en busca del Japón y la
China por el lado de Poniente, aprovechando la redondez de la tierra. Y
al insistir en tan audaz aventura dieron todos, sin esperarlo, con una
muralla infranqueable en medio de los mares, la tierra virgen de las
nuevas Indias, mal llamada después América...
Acabo por dormirme, no obstante los gritos y las risotadas de nuestros
guardianes. Cuando despierto entra el sol por los resquicios de las
ventanillas. Parece que ya hemos pasado la parte más peligrosa del
camino: unas tierras encharcadas por las grandes crecidas fluviales, en
cuyos pantanos, exuberantes de vegetación, se refugian los bandoleros.
Llegamos á la ciudad de Tien-Tsin, el puerto más inmediato á Pekín. En
el vagón-comedor encuentro á varios europeos residentes en dicha
población, que han subido al tren para trasladarse á la capital. Todos
ellos llevan abrigos de pieles con el pelo á la parte exterior. En otras
mesas hay numerosos chinos de aspecto elegante, que hablan en inglés y
usan el tenedor como los occidentales. Son mercaderes acaudalados ó
personajes adictos al gobierno de la República, que se dirigen á Pekín
para despachar sus asuntos. Llevan el traje nacional: una túnica de rica
seda azul, chaleco negro de damasco abotonado hasta el cuello, y un
solideo de igual color con botón de coral ó de jade. Como la sotana azul
está abierta á partir de las rodillas, deja ver su forro interior de
suaves y costosas pieles. Además, llevan un pantalón sujeto al tobillo,
muy ancho y acolchado por dentro. Todos ellos aman las joyas. Ostentan
valiosas sortijas en las manos finamente cuidadas, y cadenas de oro
sobre el pecho.
Uno de estos personajes, joven y de sonrisa afable, me explica la
vestimenta que usan los chinos modernos según las estaciones. En
invierno prefieren el traje nacional. Es más abrigador; su amplitud
permite forrarlo con pieles y acolchados. En verano imitan á los
coloniales de origen europeo, y se visten de blanco, con pantalón y
chaqueta cerrada.
A la nieve ha sucedido el polvo. Corre el ferrocarril por unas llanuras
amarillas divididas en campos. Todo está arado. Cuando pase el invierno,
esta sucesión de parcelas cultivadas resultará atractiva con su
interminable oleaje de mieses; pero ahora el viento levanta remolinos de
tierra rojiza, y los servidores del comedor deben sacudir á cada momento
el cuero de los divanes y los manteles de las mesas.
Tienen cierta semejanza estos campos con las planicies de la Argentina
después de la siembra, pero con más abundancia forestal. Todas las
propiedades están orladas de árboles, á los que arrebató el invierno su
follaje: hileras de esqueletos grises, elevando al cielo sus múltiples y
nudosos brazos.
Hay en todas las estaciones muchedumbres vestidas de azul. Hombres y
mujeres usan el mismo traje, de idéntico color. El pantalón y la blusa
son el uniforme de la nación china sin distinción de sexos. En los
pueblos rurales se conserva la trenza varonil. Sólo los chinos de las
grandes ciudades y los que viven en el extranjero aprovecharon la caída
del Imperio para cortarse este apéndice tradicional.
Lo que produjo mayor asombro á Marco Polo, y algunos siglos después á
los primeros misioneros establecidos en China, fué el desarrollo de su
agricultura. En aquellos tiempos los labriegos de Europa eran unos
bárbaros que cultivaban sus tierras de un modo rudimentario. Todos los
adelantos agrícolas posteriores fueron las más de las veces simples
copias de la agricultura china.
Admiramos desde el tren huertas que merecen el título de jardines. Las
grandes extensiones dedicadas á los cereales revelan un trabajo
minucioso. Mas con frecuencia, partiendo los vastos rectángulos de
tierra cultivada, vemos un oleaje de pequeñas cúpulas que son tumbas.
Estos grupos de sepulturas se prolongan á veces hasta el horizonte,
formando cementerios interminables.
Los chinos pueden ordenar su enterramiento sin ningún obstáculo legal.
Cada uno improvisa un cementerio en el campo de su pertenencia. Las
tumbas no desaparecen con el curso de los siglos, y á las nuevas
generaciones les basta añadir unas paletadas de tierra sobre los
montículos sepulcrales para que éstos persistan á través de miles de
años con más consistencia que los monumentos de granito.
Cada uno defiende las tumbas de sus muertos al defender la propiedad de
la tierra que le alimenta. Y como en este país, poblado por cerca de
quinientos millones de seres, la cantidad de defunciones alcanza todos
los años á una cifra enorme y no se borra ninguna tumba aunque
transcurran siglos y siglos, resulta que los que se fueron roban cada
vez más terreno á los que llegan, estrechando los límites de su
actividad.
Más de una cuarta parte de la inmensa China se halla ocupada por tumbas.
Además, éstas son eternamente sagradas y no hay gobierno que se atreva á
tocarlas. Una de las dificultades mayores con que tropiezan los blancos
al construir ferrocarriles, es la imposibilidad de expropiar una tierra
que tenga sepulcros. Algunas veces se ven obligados á desviar la línea
férrea con absurdos rodeos porque los descendientes de unos chinos que
murieron hace tres ó cuatro siglos se niegan á remover las sepulturas de
éstos.
La República lleva hechas algunas reformas, pero no se atreverá en
muchos años á aligerar el suelo patrio de tantos millones y millones de
tumbas. Los muertos pesan sobre el país con una fuerza abrumadora; lo
siguen gobernando, y habrá que empezar por hacerlos desaparecer para que
la China entre en la vida moderna.
Son tantos los sepulcros en algunos campos, que sus poseedores,
necesitados de hacerlos producir, aprovechan los espacios libres entre
los montículos y van trazando con el arado surcos tortuosos. Así
obtienen hileras de espigas nutridas con el zumo de unos ascendientes á
los que nunca conocieron, pero que les inspira un respeto supersticioso.
El japonés venera á sus antepasados porque se han convertido en dioses,
y él á su vez será dios cuando sus descendientes le rindan igual culto.
El chino los respeta porque les tiene miedo. Venera las tumbas de unos
abuelos remotísimos cuyo nombre ignora; se arruina y vende hasta los
objetos de primera necesidad para costear funerales ostentosos en honor
de los que fallecen dentro de su casa. Como teme á los muertos, procura
mantenerlos tranquilos y contentos, para que no vengan á atormentarle
durante la noche, ni siembren de fracasos y desgracias el camino de su
vida. Alguien ha definido á este país diciendo que es una aglomeración
de quinientos millones de vivos, aterrados por la presencia de miles de
millones de muertos.
Los cementerios se suceden en el paisaje, cada vez con mayor frecuencia.
Al final sólo vemos tumbas, y emergiendo de su oleaje rojizo algunas
chozas de esteras y pedazos de lata, semejantes á las que existen en los
suburbios de todas las ciudades.
Empieza á deslizarse paralelamente al tren una alta muralla gris de
apretadas almenas. En la faja de terreno intermedia van pasando pequeñas
huertas y casitas de hortelanos. Vemos, con cinematográfica rapidez, una
puerta que perfora lo mismo que un túnel este bastión interminable, y
sobre su arcada sombría un castillo rojo con tres tejados superpuestos,
cuyos ángulos tienen forma de cuernos.
Esta puerta, fortificada al estilo chino, la hemos contemplado muchas
veces en libros de viajes. A continuación, con violenta antítesis
visual, se alzan sobre la muralla unos palos gigantescos que se
aproximan á nosotros. Son dos poderosas antenas de comunicación
inalámbrica, instaladas por los norteamericanos. ¡La telegrafía sin
hilos junto á una puerta que cuenta más de mil años!...
Va aminorando su marcha el tren y se inmoviliza finalmente luego de
rozar una especie de malecón que es una antigua muralla cortada.
Hemos llegado á Pekín.
III
LAS TRES CIUDADES DE PEKÍN
La forma geométrica de Pekín.--La ciudad china, la ciudad tártara y
la ciudad prohibida.--El edificio chino y la tienda de
campaña.--Los geomantes y sus adivinaciones.--Los espíritus del
Viento y del Agua.--La cuarta ciudad.--El barrio de las Legaciones
y sus tropas visibles y ocultas.--La seguridad de las calles de
Pekín y la policía china.
Todas las mañanas, al saltar fuera de mi cama en el «Grand Hôtel des
Wagons-Lits», siento la misma duda, y me pregunto:
--¿Estoy verdaderamente en Pekín?
El aspecto europeo de mi habitación me obliga á descorrer las cortinas
de una ventana y limpiar sus vidrios, empañados por el frío exterior.
Veo enfrente un canal, á un lado una muralla obscura, y al pie del hotel
una larga fila de cochecitos con las varas en el suelo, mientras sus
conductores, cruzando los brazos sobre el pecho, abrigan sus manos
conservándolas bajo los sobacos. Todos estos chinos miran á las
ventanas, y uno de ellos que me llevó por la ciudad en días anteriores,
al reconocer á su cliente inicia una mímica apasionada para hacerme
saber que me espera desde el alba.
Una vez más me convenzo de que estoy en Pekín, pero esto no impedirá que
al despertar mañana sufra la misma duda. ¡Es tan extraordinario vivir en
esta población, cuyo nombre aprendemos desde niños, como algo
remotísimo que nunca llegaremos á ver!...
La gran ciudad china figura en nuestras primeras impresiones como un
lugar inaudito de absurda lejanía. Cuando oíamos hablar, siendo
pequeños, de alguna persona que se había alejado para siempre, decían:
«Se fué á Pekín», y no era preciso añadir más. Los hombres de verbo
enérgico, para concretar algo que no podría realizarse nunca ó no
tolerarían de ningún modo, afirmaban: «Ni aquí ni en Pekín», y todo
quedaba dicho.
Esta capital misteriosa se hallaba al otro lado del planeta, debajo de
nuestras plantas, y como sus habitantes de ojitos oblicuos, sonrisa
astuta y trenza en el cogote vivían cabeza abajo, era natural que todo
lo hiciesen al revés que los blancos, lo que abría ante nuestra
imaginación infantil una serie interminable de espectáculos grotescos y
disparatados.
Me convenzo todas las mañanas de que estoy en Pekín é igualmente de que
los chinos no son tan extravagantes como los creíamos en nuestra niñez.
La vida moderna ha cambiado la fisonomía de todos los pueblos, hasta del
Imperio chino, que parecía eterno como una momia y hoy es una República.
Pero no obstante la general transformación, guarda esta ciudad el
prestigio misterioso y el novelesco interés que envolvió siempre su
nombre.
Verdaderamente sólo á partir del régimen republicano forma Pekín una
ciudad única. Mientras existieron los emperadores estuvo compuesta de
tres ciudades: la china, la tártara y la imperial, llamada también
«ciudad prohibida», cada una de ellas con su defensa de anchos muros y
puertas profundas, coronadas por castillos.
Pekín es, de todas las capitales de la tierra, la que tiene una forma
más exactamente geométrica y una orientación escrupulosamente
geográfica. Su eje va de Norte á Sur rigurosamente. La calle de
Chien-Men, que divide toda la ciudad china y gran parte de la tártara,
llegando hasta la primera puerta de la ciudad imperial, es una línea
escrupulosamente trazada entre estos dos puntos cardinales, y las calles
secundarias que la atraviesan van con igual exactitud de Este á Oeste.
Las murallas que abarcan á las tres ciudades forman en su conjunto un
cuadrilátero y cada una de sus caras es paralela á uno de los cuatro
límites geográficos.
Al examinar el plano de Pekín se cree estar viendo un dibujo geométrico.
Abajo, en el Sur, hay un rectángulo más ancho que alto, que es la ciudad
china. Encima un cuadrado perfecto, la ciudad tártara, y en el centro de
ella un segundo cuadrado, la ciudad imperial. La ciudad china, reservada
en otros siglos al populacho, ocupa el lugar del vestíbulo en un plano
arquitectónico; después viene, como si fuese el cuerpo principal del
edificio, la ciudad tártara, y en su corazón, bien guardado por todas
sus caras, está el santuario, la ciudad imperial, donde residía el Hijo
del Cielo.