EL CONDE
Mátalas.
D. PÍO
¿Matar yo?... Ni un mosquito ha recibido la muerte de mi mano. Que
las espachurre Dios si quiere... Y usía, señor D. Rodrigo, tenga la
dignación de acabar conmigo esta misma noche, porque ya no puedo más,
ya no aguanto más. Coronado no ha de ver salir el sol de mañana,
porque ese sol significaría más vida; significaría luz, aire, sonido,
y yo quiero... ver las tinieblas, oír el silencio. ~(Pateando con
desesperación.)~
EL CONDE
Así me gusta. ¿De modo que estás decidido?
D. PÍO
Tan decidido, que todo lo he dispuesto. Escribí la carta, en la que
digo que a nadie se culpe de mi muerte, y no me he vestido de limpio,
porque esas bribonas me han empeñado la ropa... ¿Pero qué me importa la
ropa, si esta noche he de acabar? Ahora iba yo en busca de usía para
que me cumpliera lo ofrecido.
EL CONDE, ~cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con nerviosa fuerza~.
Sí... lo haré, lo haré con toda el alma... Me siento esta noche... no
sé... me siento criminal.
D. PÍO
No será crimen, sino favor.
EL CONDE, ~con gran vehemencia~.
Sí... morirás, Pío; caerás rodando por el cantil... antes de llegar
al fondo del abismo, te harás pedazos... Morirás, sí. El hombre
extremadamente bueno debe morir. Es una planta viciosa, estéril... Sí,
bendito Coronado: verás con qué gracia y con qué denuedo te arrojo a la
sombría inmensidad, como si lanzara una pelota. Aún tengo vigor para
eso y para mucho más...
D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.
Ahora mismo, si usía quiere...
EL CONDE
No, ahora no. Tengo que ver a mi Dolly, a mi adorada Dolly... quiero
darle el último adiós, comérmela a besos... sí, lo que se llama
comérmela... Abur, Coronado, no me sigas. Puedo andar solo.
D. PÍO
Espero a Vuecencia...
EL CONDE
En el Páramo.
D. PÍO
Más seguro será en las Tres Cruces, al extremo de la calleja que sube a
Santorojo, a la entradita del bosque.
EL CONDE
Bueno... Iré. Déjame ahora.
D. PÍO
¿No quiere usía que le acompañe?
EL CONDE
No... ya estoy cerca.
D. PÍO
Todo seguido. Allí se ve una luz: es la Pardina... Adiós.
EL CONDE
Hasta luego. ~(Renqueando, se pierde en la obscuridad.)~
~(Después de verle entrar en la Pardina, D. Pío se aleja.)~
ESCENA XI
~Habitación del Conde en la Pardina.~
~EL CONDE, VENANCIO, GREGORIA; después SENÉN.~
VENANCIO, ~que entra y ve al Conde revolviendo en su maleta~.
¿Qué hace el señor Conde?
EL CONDE
Ya lo ves: recojo algunos papeles que deseo llevar siempre conmigo.
GREGORIA, ~alarmada~.
¿A dónde va usía?
EL CONDE
A donde a vosotros no os importa. ¿Por qué no viene Dolly? Dos veces la
he mandado llamar.
VENANCIO
Ahora vendrá.
EL CONDE
Pues voy a donde quiero. A vosotros os bastará saber que os dejo en paz.
VENANCIO, ~premioso, rascándose la cabeza~.
Me alegro de que el señor Conde facilite la separación, porque yo vengo
a decir a Vuecencia... que... que no puede seguir en mi casa.
GREGORIA
Nada más que por el carácter soberbio del señor Conde... que por lo
demás...
EL CONDE
Sí: mi carácter altanero no se aviene con el vuestro, tan suave, tan
pacífico.
VENANCIO
Por lo cual, he determinado que Su Excelencia se aloje en donde guste,
fuera de mi casa... Por esta noche puede quedarse; pero mañana...
EL CONDE, ~con dulzura, resignado y calmoso~.
Esta noche misma: no te apures. Tú te quedas en tu Pardina, y yo me
voy... a donde me acomode. No hablemos más. Al fin y a la postre, tengo
que agradeceros la hospitalidad que me habéis dado.
VENANCIO
Nada tiene Vuecencia que agradecernos. Lo que me duele es que no
hayamos podido hacer buenas migas.
EL CONDE
Las migas hacedlas vosotros... y que os aprovechen... Os pido el último
favor. Traedme a Dolly. Los minutos que paso sin verla me parecen
siglos.
VENANCIO
Vamos.
EL CONDE, ~sintiendo ruido en la puerta~.
¡Ah! ella es...
SENÉN, ~entrando~.
Soy yo, señor...
EL CONDE
¡Maldito seas! ~(Exaltado.)~ ¡Que venga Dolly, que venga al instante!
SENÉN, ~aparte a Venancio y Gregoria~.
Dejadle conmigo. No hará nada, y en todo caso, yo sabré ponerle como un
guante.
~(Se van Gregoria y Venancio.)~
ESCENA XII
~EL CONDE, SENÉN; después GREGORIA~
EL CONDE, ~receloso, altanero~.
¡Ah!... te dejan aquí, como de guardia, por temor de que yo...
SENÉN
No, señor: vengo... porque... es _de todo punto indispensable_ que
hable dos palabras con usía.
EL CONDE
¿Conmigo?... ¿Palabritas tú? No: tú vienes a vigilarme. Creen que voy
a pegar fuego a la casa... No, Senén; yo no hago mal a nadie, ~(Óyense
gritos lejanos de Dolly, llorando, pidiendo socorro.)~ ¡Oh! ¿qué es
eso?... ¡Dolly grita... llama! ¿Es su voz... o estoy yo loco y no sé lo
que escucho?... Infames, ¿qué hacéis a mi hija, a mi Dolly? ~(Furioso,
se precipita hacia la puerta. Cesan las voces.)~
SENÉN, ~cortándole el paso~.
Deténgase usía. Ya no puede evitarlo.
EL CONDE
¿Qué?
SENÉN
Que se la llevan. ~(Mira por la ventana.)~ Ya, ya salen con ella.
~(Corre Albrit a la ventana.)~
EL CONDE
¡Bandidos, ladrones! ~(Vuelve a la puerta.)~
SENÉN, ~sujetándole~.
Deténgase, y óigame un instante. ~(Cierra la puerta y quita la llave.)~
EL CONDE, ~amenazante~.
¿Qué haces?... ¡Me encierras!
SENÉN, ~agitadísimo~.
Una palabra, señor Conde, una sola, y usía comprenderá que quiero
prestarle un gran servicio... Yo le explicaré...
EL CONDE
Pronto.
SENÉN
La niña... Su madre la mandó llamar; no quiso ir... Ha venido el
Alcalde con toda su fatuidad, y con una pareja de la Guardia civil, y
se la ha llevado.
EL CONDE, ~fuera de sí~.
Ábreme esa puerta, o te mato ahora mismo. Ciego, aún tengo vigor para
defenderme, para defender al ser amado. Ábreme te digo. ~(Coge una
silla, decidido a estrellársela en la cabeza.)~
SENÉN, ~trémulo~.
Abriré... pero antes... quiero deshacer el grave error de usía.
EL CONDE
Habla... pronto.
SENÉN
Usía, movido del honor, ha pretendido descorrer el velo, señor;
descorrer el velo...
EL CONDE
Acaba.
SENÉN, ~sudando la gota gorda~.
El velo ¡ay! para descubrir la verdad, el endiablado secreto de la
familia.
EL CONDE
Sí.
SENÉN
Y usía no ha visto nada.
EL CONDE
Sí he visto.
SENÉN
Lucrecia no ha querido decir a su padre político la verdad... Ese
secreto, señor Conde, no lo posee más que un hombre en el mundo, y ese
hombre soy yo.
EL CONDE
¡Tú!
SENÉN
Yo, que lo oculté, y ahora lo revelo. La hija falsa, la hija espúrea...
es Dolly.
EL CONDE, ~aterrado~.
¡Oh!... No, no... ¡Tú mientes! ~(Poseído súbitamente de un furor
trágico.)~ Lacayo vil, tú mientes, y yo... ahora mismo ~(Se arroja
sobre él, clavándole ambas manos en el cuello)~, ¡te ahogo, rufián!
~(Forcejean. El Conde, aunque anciano, es mucho más vigoroso que
Senén; le arroja al suelo, y oprimiéndole con el peso de su cuerpo,
le acogota.)~ ¡Villano, serpiente!... te mato, te ahogo, te aplasto.
~(Breve y formidable lucha.)~
SENÉN, ~que al fin, con gran trabajo, logra desasirse del Conde~.
¡Qué furor!... ¡Así paga mi servicio! Tengo pruebas.
EL CONDE
Tus pruebas son falsas.
SENÉN
Ahora lo veremos.
EL CONDE
¡Falsario, traidor! Dolly es mi sangre.
SENÉN, ~trémulo, descompuesto el rostro y el cabello, registrándose los
bolsillos~.
Aquí, aquí la verdad, señor... Tan verdad, como que hay Dios. ~(Saca un
paquetito de papeles.)~
EL CONDE
Venga. ~(Arrebata el paquete que muestra Senén, lo deshace, abre un
pliego, intenta leer aproximándose a la luz.)~ No veo... no veo...
~(Con desesperación.)~ ¡Dios mío, luz a mis ojos; quiero luz!... Este
hombre me engaña.
~(Llaman a la puerta. Óyese la voz de Gregoria.)~
SENÉN
Aguarde un poco.
EL CONDE, ~consternado, indeciso~.
No veo... Toma, toma tus papeles... ~(Se los da, y luego los retira.)~
No... léemelo tú... pero no me engañes.
GREGORIA, ~golpeando la puerta~.
Abrir... Abre, Senén.
EL CONDE
¡Qué importunidad!
SENÉN, ~recogiendo sus papeles de manos del Conde~.
Luego los veremos.
EL CONDE, ~a Gregoria, que sigue llamando~.
¿Qué demonios quieres? ~(Gregoria dice dentro algo que Albrit no
entiende. Senén aplica su oído a la cerradura.)~
SENÉN
Dice que han traído una carta de la Condesa.
EL CONDE
¿Para mí?... Venga pronto. ~(Abre Senén. Entra Gregoria, y da una carta
al Conde, que la abre con temblorosa mano.)~ No veo... ~(A Senén,
dándosela.)~ Léemela tú.
SENÉN, ~leyendo, alumbrado por el farol que trae Gregoria~.
«Señor Conde, por consejo de mi confesor, he autorizado a este para
revelar a usted la verdad que desea saber.--Lucrecia.»
EL CONDE
¿Dice eso?
GREGORIA, ~examinando la carta~.
Eso dice.
EL CONDE
Basta.
SENÉN
El Prior está en la parroquia.
EL CONDE, ~disparado~.
Corro allá.
ESCENA XIII
~Iglesia parroquial de Jerusa, situada al Norte de la villa. Es
irregular, conjunto inarmónico de nobles vestigios, y de restauraciones
y enmiendas de fementido gusto. En el costado de Poniente, conserva
un bello pórtico románico rodeado de poyos de piedra, muy cómodo para
los que van a esperar la misa, o a ver salir la gente. La puerta, que
por allí da ingreso a la nave lateral, es gótica, pintada de ocre, y
sus gastadas esculturas, con las repetidas manos de cal, parecen obra
de pastelería. En un ángulo del pórtico hay una puertecilla, de arco
rebajado, que conduce a la sacristía. En diversas partes del edificio
se ve el escudo de Laín: banda de cuarteles y un águila explayada con
el lema en el pico: _Decor vinxit_. El interior ofrece escaso interés.~
~Como primera noche de la novena de Nuestra Señora de la Esperanza, hay
sermón, que predica D. Carmelo, y Manifiesto. Asisten al piadoso acto
los dos monjes de Zaratán, ocupando los sitiales del presbiterio, en
que antaño se sentaban los Condes de Laín y señores de Jerusa, y hogaño
son para las autoridades y personas de viso. Ha querido D. Carmelo
deslumbrar al Prior, prodigando las luces, con ayuda de las señoras
piadosas de la villa. Cortinas de terciopelo baratito, ramos de dalias
y guirnaldas de follaje, completan la vistosa decoración.~
~Prevalece en Jerusa una costumbre que el progreso no ha podido
destruir, y consiste en que las mujeres usan, para ir a la iglesia,
unas mantellinas o caperuzas de franela, blancas, en forma de saco
abierto por un lado, y ribeteado de estambre de color, con una motita
en el vértice. Este tocado, que ha resistido valiente a las anuales
acometidas de la moda, es extremadamente gracioso y pintoresco, y
da a las multitudes un aspecto medieval. Úsanlo también las señoras
principales, distinguiéndose por la finura de la franela y la mayor
gala del adorno, comunmente de seda.~
~Sube al púlpito D. Carmelo, y enjareta un sermón pesadito, recamado
de retóricas de similor, y el indispensable latiguillo de latinajos al
final de cada período. Óyenlo con gran recogimiento los feligreses, sin
entender palabra, lo que les aumenta la devoción, que tira un poquito a
somnolencia.~
~EL CONDE, SENÉN, en la iglesia, fatigados del plantón y del
kilométrico discurso.~
EL CONDE, ~de mal talante~.
Salgamos; esto es insoportable.
UN HOMBRE DEL PUEBLO, ~abriendo paso al prócer~.
¿Por qué no sube usía a su sitial, en el presbiterio? Por la sacristía
puede pasar sin apreturas.
EL CONDE
Gracias, amigo... me voy fuera. Se ahoga uno aquí con tanto calor y
tanta retórica. ~(Salen y esperan. Ambos permanecen silenciosos. El
Conde da espacio a la ansiedad de su espíritu paseándose.)~
SENÉN. ~(En el camino de la Pardina a la iglesia, le ha contado algo
de las ocurrencias y zaragata de Verola, sin que el Conde demuestre
interés alguno.)~
Pues, señor, D. Carmelo lo ha tomado con gana. ¡Vaya una correa de
sermón que se ha traído!
EL CONDE
Es pesadísimo. Todos estos que comen mucho hablan sin término. El
chorro de palabras les facilita la digestión... ¡Y no es floja
contrariedad para mí! ¿Pero esto, Dios mío, no se acaba nunca?... Sin
duda, Carmelo quiere lucirse con el Prior, y no cae en la cuenta de que
el pobre fraile estará tan aburrido como nosotros.
~(Pasa tiempo. Como todo tiene fin en este mundo, se acaba el sermón
carmelino. Óyense modulaciones de órgano, cantos... Media hora más, y
empieza a salir la gente. Retírase Albrit al ángulo del pórtico, para
dar paso a la multitud, y en esto sale por la puerta de la sacristía
Nell, acompañada de Consuelito y de una criada del Alcalde. Lleva la
niña de Albrit caperuza de franela, que le da aspecto de figura gótica,
arrancada de las vitelas de un misal antiguo. Su rostro, de hermosas
líneas, adquiere distinción severa. Caen sobre sus hombros los pliegues
de la tela con suprema elegancia.~
~Antes que vea Nell a su abuelo, Senén llama la atención de este sobre
la aparición de la niña. Se estremece Albrit de sorpresa y emoción;
la busca con su mirada incierta. Nell le ve al fin, y corriendo hacia
él, le coge las manos y en ellas da sonoros besos. Al aproximarse la
señorita, Senén se escabulle.)~
ESCENA XIV
~EL CONDE, NELL, CONSUELITO~
NELL
Abuelito mío, ¿tú también aquí? ¿Por qué no has pasado? Arriba, junto
al altar, tienes tu silla.
EL CONDE
¡Nell, qué hermosa estás! Te veo; veo la caperuza blanca...
CONSUELITO, ~oficiosamente~.
Esta es una de las que usó su abuelita Adelaida, Condesa de Albrit. La
conservo yo como recuerdo histórico.
EL CONDE, ~con arrobamiento~.
Nell, veo tu rostro. Una aureola de nobleza y majestad lo rodea...
NELL, ~sorprendida de la emoción del anciano~.
Albrit... ¿por qué me miras así? ¿Por qué tiemblan tus manos?...
¿Lloras?
EL CONDE. ~(Siente hondamente removida su alma. En ella entra una ola
impetuosa. Es el convencimiento de que tiene entre sus manos las de la
legítima sucesora de Laín y de Albrit.)~
Hija mía, tu presencia me causa tanto regocijo como orgullo. Te
reconozco. Eres mi descendencia, la continuidad gloriosa de mi sangre.
¡Rama florida de Arista-Potestad, Dios te bendiga!
NELL, ~apenada, atribuyendo las palabras del anciano a desconcierto de
su razón~.
Abuelo querido, ¿por qué has venido tan solo?
CONSUELITO, ~radiante de oficiosidad~.
¿Pero no hay en la Pardina quien le acompañe?
EL CONDE
Mejor estoy solo. Y tu hermana, ¿cómo no ha venido contigo?
NELL
Mamá me ha mandado a la iglesia, encargándome que rece por ella y por
ti.
EL CONDE
Y harás bien en rezar... por ella más que por mí.
NELL
No ha querido que venga Dolly, porque está un poco mañosa.
CONSUELITO, ~que rabia por hablar~.
Como que fue preciso traerla a la fuerza de la Pardina.
NELL
La pobrecita quería estar más tiempo contigo. Mañana iremos las dos a
verte.
EL CONDE, ~muy agitado~.
No vayáis, no vayáis, porque no me encontraréis.
NELL
¿Pues a dónde te vas?
EL CONDE, ~velada la voz por la emoción~.
Sucesora de Albrit, futura Marquesa de Breda... ya sé... ya lo sé...
sigue tu camino lleno de luz, y déjame en el mío tenebroso.
NELL, ~confusa~.
Papaíto, ¿qué razón hay para tanta tristeza? ¡Si te queremos lo mismo!
Yo te aseguro que vendremos a verte, y que nos enfadaremos con mamá si
no nos trae.
EL CONDE
No os traerá... ¿Y para qué? ¿Qué soy yo? Un despojo miserable... El
viejo tronco muere; pero quedas tú, gallardísimo árbol nuevo, que
perpetuará mi nombre y mi raza.
NELL, ~con mayor ternura~.
Abuelo mío, si tanto me quieres, ¿por qué no haces lo que yo digo, lo
que yo te mando? Eres un niño, y los que te aman deben... no digo
mandarte... eso no... dirigirte. ¿Me permites que te dirija?
EL CONDE
Marquesa de Breda, tú mandas.
NELL, ~envaneciéndose~.
Pues si alguna autoridad tengo sobre ti, oye lo que te digo, y hazlo,
hazlo por Dios... Acepta el recogimiento de Zaratán.
EL CONDE, ~lastimado en lo más vivo~.
Adiós, Nell... Vete con tu madre.
NELL
En Zaratán estarás muy bien.
CONSUELITO, ~metiendo su cucharada~.
Como un príncipe, como un emperador.
NELL
Vendremos a verte.
EL CONDE
Adiós, Nell... ~(Se retira tambaleándose.)~ ¿El Prior dónde está?
NELL, ~gozosa, creyendo que su abuelo busca al Prior para tratar con él
de su retiro en Zaratán~.
En la sacristía... Por aquí.
CONSUELITO, ~cogiendo a Nell de la mano y llevándosela~.
Niña, vámonos... Ya le has dicho lo que debías decirle. ¡Pobre anciano!
Es, en verdad, un niño... demente.
NELL
¡Qué pena, Dios mío!... ~(Llamándole.)~ ¡Abuelo, abuelo!...
CONSUELITO
Déjale ya... El león arrogante y fiero entra en la sacristía. No dudes
que nuestro buen Prior le armará una bonita trampa... Verás, verás cómo
cae... ~(Confundidas entre la multitud, se alejan de la parroquia.)~
EL CONDE, ~que, tentando la pared, logra coger la puerta, y se
precipita en las salas que conducen a la sacristía.~
¡Horrible, horrible! Ni siquiera ha manifestado el deseo de vivir en
mi compañía... Ni siquiera me ha dicho, como su madre: «Vente con
nosotras.» Lo que quiere es encerrarme... Esto es dar con el pie al
ser inútil, al ser caído, que estorba... La duda, oh Dios, me asalta
otra vez; la duda sopla otra vez en mi alma como huracán, y de las
pavesas que se iban apagando, levanta llamaradas... No, no es esta la
legítima, no puede serlo. Todos me engañan... Nell no tiene corazón;
su frialdad desdeñosa desmiente la noble sangre. No es, no es...
~(Gritando.)~ ¡Padre Maroto! ¡Prior de Zaratán! ~(Tropezando, se abre
camino. Un monaguillo le conduce. El Prior sale a su encuentro. Cambian
algunas palabras. Para hablar a solas, se encierran en el camarín de la
Virgen.)~
~En la confusión del gentío que se retira, Senén busca al Conde dentro
y fuera de la iglesia. Sospechando que estará en la Rectoral, corre
hacia ella por un atajo. En la obscuridad se desvía; encuéntrase con un
seto que le corta el camino; creyendo abreviar saltándolo, sube a unas
piedras, pega un brinco, y cae en un montón de estiércol.~
ESCENA XV
~Calle del _Buen Conde_, que conduce de la iglesia a la subida del
_Calvario_.~
~EL CONDE, que anda como un ebrio, tropezando en el desigual piso; UN
HOMBRE DEL PUEBLO, LA MARQUEZA.~
EL CONDE, ~viendo venir un bulto~.
Buen hombre, ¿por dónde se va al infierno?
EL HOMBRE DEL PUEBLO, ~que no conoce al Conde~.
¿Tabernas? Por aquí no las hay. ~(Sigue su camino.)~
EL CONDE
¿No hay un rayo del cielo que me haga ceniza? Nell es la verdadera; la
falsa es Dolly, Dolly, ¡la que me quiere más! ¡Vanidades del mundo,
grandezas del honor, con qué mueca tan horrible me miráis! ~(Parándose
ante un machón de pared que permanece vertical entre montones de
ruinas.)~ ¿Quién va? ¿Eres tú, Senén? Lo que me dijiste es verdad. Tu
revelación traidora resulta verdadera. Es verdad. Maroto no miente.
¿Ves qué burla?... Mis ideas me persiguen, no ya como águilas voraces,
que quieren picotearme el cerebro, sino como cotorras charlatanas, que
con su graznido, semejante al habla de hombres afeminados, se mofan
de mí... ¡Maldito rufián, déjame! Eres una babosa perfumada... hueles
horriblemente... y tu contacto da frío. No me toques.
~(Avanza; pasa junto al último farol de Jerusa por aquella parte: sube
por el sendero que conduce al Calvario. En dirección contraria viene
una mujer del pueblo, corpulenta y descarnada, que no es otra que la
anciana Sibila a quien llaman la Marqueza. Lleva una cesta al brazo.)~
LA MARQUEZA, ~parándose y reconociéndole~.
¡Señor, mi Conde, por aquí solito a estas horas!
EL CONDE
¿Quién eres? Soy Albrit, el último Albrit de la línea masculina. ¿Tú,
quién eres? ~(La anciana se nombra.)~ ¡Ah! la Marqueza... Sibila de
Jerusa, aquí me tienes. Ya no dudo: luego no existo... Esto que ves
en mí, no es la persona de Arista-Potestad: es su esqueleto. No te
asustes: los esqueletos no hacen daño. Asustan por el chocar de huesos,
por el mirar burlón de sus ojos vacíos... pero nada más.
LA MARQUEZA
Señor, ¿qué le pasa? ¿Qué disparates dice? Voy a la Pardina con esta
cesta de caracoles que me ha encargado el Sr. Venancio. ¿Quiere algo
para allá? ¿Por qué no se viene conmigo?
EL CONDE
¿Yo a la Pardina?... ¿Has visto a las niñas de Albrit? ¡Qué feas
son!... repugnantes como gusanos venenosos. La legítima no me quiere:
me manda al manicomio. Dolly, que me ama, no es mi nieta. Es hija de
un pintor vicioso y grosero... linaje de contrabandistas en el Alto
Aragón. ~(Riendo sarcásticamente.)~ Dime, Sibila, ¿dónde está el hoyo
más hondo de basura y lodo para meterme, y hacer en él mi cama eterna?
Como escarabajo, allí labraré la nueva casa de Albrit, toda inmundicia.
LA MARQUEZA
Buen señor, no piense cosas malas.
EL CONDE
Vete, déjame. Si ves a Venancio, le dices que me arrodillo ante su
radiante imbecilidad... Adiós, Sibila, adiós.
~(Se aleja dando tumbos. La anciana sigue su camino.)~
ESCENA XVI
~Calvario de Santorojo. Tres cruces en un altozano.~
~EL CONDE, D. PÍO.~
D. PÍO, ~viéndole subir~.
Albrit, hijo mío, ¿qué horas son estas de venir? Ya me cansaba de
esperarte... digo, de esperar a usía.
EL CONDE
¿Quién me llama? Eres tú, excelso Coronado, mi amigo del alma. Gran
filósofo, dame la mano: no puedo ya con mis huesos, que pesan como
barras de plomo.
D. PÍO, ~dándole el brazo~.
Subamos un poco más, y nos sentaremos en la grada de las tres cruces.
¿Qué tal? Yo vengo decidido... Como tenía mucha hambre, me he traído
estos pedazos de pan.
EL CONDE
Dame un poco. También yo estoy desfallecido, hijo. Es cosa poco
higiénica matarse con hambre.
D. PÍO
Claro, tomando algún alimento, podemos aguardar hasta la madrugada,
hora la más propicia...
EL CONDE
Te arrojo a ti, y después yo.
D. PÍO
No, usía no; no lo consiento. Me sublevo; no hay trato.
EL CONDE, ~comiendo pan~.
Bueno; pues juntos, en amor y compaña.
D. PÍO, ~muy apurado~.
Usía no. Mire que aviso, y vienen los celadores. Arrójeme a mí, según
lo tratado, y váyase usía tranquilo a su casa.
EL CONDE
¿Sabes que es amargo tu pan?
D. PÍO, ~suspirando~.
Lo que amarga es la boca.
EL CONDE
Soy todo amargura, y más desgraciado que tú. ¿Sabes una cosa? Mis
nietas, que yo adoraba, se diferencian poco de tus hijas. Con buenas
palabras, Nell me ha arañado el rostro. Espinas de rosas rasguñan
lo mismo que espinas de zarza... Y con todo, Nell es mi legítima
descendencia: lo sé por testimonio irrecusable. Dolly, que me ama, no
es mi descendencia; es una intrusa, la cría infame de la traición, que
con fraude se introdujo en mi casa, y se escondió entre los brocados de
Albrit.
D. PÍO, ~asustado~.
Señor, mire lo que habla.
EL CONDE
Y yo quiero que me digas... antes de caer al abismo, lanzado por mí...
quiero que me digas, gran filósofo: ¿qué piensas tú del honor?
D. PÍO, ~lleno de confusiones~.
El honor... pues el honor... Yo entendía que el honor era... algo así
como las condecoraciones... Se dice también _honores fúnebres, el honor
nacional, el campo del honor_... En fin, no sé lo que es.
EL CONDE
Hablo del honor de las familias, la pureza de las razas, el lustre de
los nombres... Yo he llegado a creer esta noche... y te lo digo con
toda franqueza... que si del honor pudiéramos hacer cosa material,
sería muy bueno para abonar las tierras.
D. PÍO
Y criar la hermosa lechuga y el rico tomate. Para semilleros, he oído
que no hay nada como la gallinaza y palomina.
EL CONDE
Y para la hortaliza social, para este mundo de ahora, nacido sobre
acarreos, la mejor substancia es la ignominia, la impureza y mezcolanza
de sangres nobles y sangres viles... Quedamos en que tú no aciertas
a decirme lo que es el honor, ni te has encontrado nunca esa alimaña
en tus excursiones filosóficas.
~(Se sientan al pie de las cruces. La noche está plácida, y la luna, en
creciente avanzado, platea el cielo y la mar, y baña en dulce claridad
la tierra.)~
D. PÍO, ~aguzando el entendimiento~.
Pues el honor... Si no es la virtud, el amor al prójimo, y el no querer
mal a nadie, ni a nuestros enemigos, juro por las barbas de Júpiter que
no sé lo que es.
EL CONDE, ~con triste sonrisa~.
Ya sales con tu Mitología... Por cierto que en la fábula mitológica no
figura para nada el honor: los dioses hacían el amor a las hijas del
pueblo, así como las diosas se enamoriscaban de cualquier pastor de
cabras.
D. PÍO
Como que no había más aristocracia que la hermosura.
EL CONDE
Pues mira, sería bueno que ahora, después de bien estrellados y
deshechos contra las rocas, nos convirtiéramos tú y yo en dioses o
semidioses mitológicos.
D. PÍO
Aunque fuera cuartos de dioses. Nos pondrían en el séquito de Neptuno.
~(Un escalofrío mortal atraviesa todo su cuerpo, y lo estremece desde
la nuca al tobillo.)~ ¡Abuelo, qué fría estará la mar!...
EL CONDE
Mejor. Así, fresquitos y bien desmenuzados, seremos más del gusto de
los peces.
D. PÍO, ~sintiendo un intenso pavor~.
Es horrible... ¿Y qué hace uno en el estómago del pez?
EL CONDE, ~con lúgubre humorismo~.