mueve a molestarla la necesidad imprescindible de tratar con ella, sin
recriminaciones, un grave asunto de familia.
LA ALCALDESA
Yo se lo diré. No dude usted que hablaré a mi amiga con vivo interés.
EL CONDE
Gracias, millones de gracias, señora mía. Carmelo quedó en
proporcionarme la entrevista; mas sin duda sus ocupaciones se lo han
impedido. Cansado de esperarle, deshecho, ardiendo en impaciencia, no
he podido refrenar mi temperamento ejecutivo, y arrostrando el disgusto
del señor Alcalde, aquí me tiene usted...
LA ALCALDESA, ~decidida a emplear un lenguaje extremadamente fino~.
Abrigo la esperanza de ser afortunada en la misión que usted me
confía. Pero no puedo evitar al señor Conde la molestia de esperar un
ratito, porque Lucrecia, que ha venido malísima, en un estado nervioso
imposible, ¡ay qué pena! ha podido al fin conciliar el sueño. La
verdad, no me atrevo a despertarla.
EL CONDE, ~alardeando de paciencia~.
Aguardaré todo lo que usted quiera: tres días con sus noches, si fuere
preciso. Para mí no es molestia esperar. Si para usted no lo es tener
a este pobre viejo en su casa, aquí me estoy, sentadito, hasta que mi
ilustre nuera se digne mejorar de sus nervios, y acuerde recibirme.
NELL, ~entrando con timidez~.
Abuelito, hasta ahora no me habían dicho que estabas aquí.
EL CONDE, ~besándola~.
Hija mía, vengo a ver a tu mamá.
NELL
¡Oh, cuánto sufre la pobre! Yo te ruego que no hables con ella más que
un ratito. Y si pudieras dejar la conversación para mañana, mejor.
EL CONDE
Mañana... ¡ah! estoy muy viejo. Los viejos no pueden esperar tanto.
NELL
Lo he dicho pensando que sería lo mismo para ti. ~(El abuelo le
da suavemente en la mejilla.)~ Porque mañana no estará mamá en
disposición de que nos marchemos.
EL CONDE
¿Tienes prisa?
NELL
Ninguna. Lo que tengo es una penita de dejarte... ¡qué pena! Pero yo te
aseguro, te doy mi palabra, ¿me crees?... de que siempre que podamos
vendremos a verte.
EL CONDE, ~con profunda tristeza~.
¡Ojos que te vieron ir...!
LA ALCALDESA
En buena lógica, debemos suponer, y aun afirmar, que vendrán.
EL CONDE
¡Ah! Cuando os encontréis en ese mundo que ha de aprisionaros con sus
mil atractivos y seducciones, no os acordaréis del viejo Albrit, a
quien dejáis en Jerusa aposentado de limosna.
NELL, ~abrazándole~.
Papaíto de mi alma, no digas que te olvidamos, porque me enfadaré
contigo. Ni yo ni Dolly podemos olvidarte. Las dos te queremos lo
mismo. Te escribiremos cartitas, y tú a nosotras también, pidiéndonos
lo que te haga falta. ¿Qué quieres, qué deseas?
EL CONDE
Por el momento, que despierte tu mamá.
NELL
¡Si está despierta! Apenas ha dormido veinte minutos.
LA ALCALDESA
Pues voy allá, oficiando de introductora de embajadores.
EL CONDE
Sí, señora, vaya usted... Se lo agradeceré toda mi vida. ~(Vase la
Alcaldesa.)~
NELL, ~mirando al jardín~.
Desde esta mañana, tenemos aquí a ese cataplasma de Senén con la
pretensión de que mamá le reciba.
EL CONDE
Por lo visto, hay cola. Senén y yo nos encontramos en igual situación
de solicitantes de audiencia; pero como yo estoy en desgracia, pobre
viejo que soy, y regañón insoportable, verás cómo tu madre atiende a
ese lacayo antes que a mí. Tu abuelo será el último, lo verás... No me
importa, no. Ya dijo nuestro Señor: «Los últimos serán los primeros.»
Seamos humildes, aunque, la verdad, se necesita gran violencia y
abnegación grande para ponerse en fila detrás de Senén. ~(Vuelve
la Alcaldesa, y suplica al Conde que aguarde un ratito, pues antes
recibirá Lucrecia a un postulante importuno.)~ ¿No te lo dije?
LA ALCALDESA
No: si es porque se vaya de una vez, y quitarnos de encima esa mosca.
EL CONDE
Bueno. Vaya delante la mosca. Luego pasará el moscardón... ~(Siente
subir a Senén.)~ Ya sube ese hombre. Dios le dé lo que no tiene: la
santa concisión.
~(Asómase a la puerta el Alcalde, que, como ha vuelto a ponerse las
zapatillas, puede aproximarse sin hacer ruido. Contempla con burlona
sonrisa al Conde.)~
ESCENA VI
~Gabinete alto en la misma casa.~
~LUCRECIA, recostada en un sofá con gatuna indolencia, sin corsé,
suelto y en desorden el cabello. Su rostro desmejorado, y el centelleo
insano de sus bellos ojos, son el rastro de la furiosa tempestad;
SENÉN, que, respetuoso, permanece en la puerta.~
LUCRECIA, ~impaciente y altanera~.
Pasa y cierra... Pero no te acerques. Quédate ahí. Traerás, como
siempre, tus endiablados perfumes.
SENÉN
Dispense la señora... He puesto mi ropa al aire...
LUCRECIA, ~desdeñosa~.
No te aproximes... ¿Qué quieres? Dímelo pronto. Ya ves qué mala estoy.
SENÉN, ~con falsa humildad~.
Ya debe suponer la señora que vengo a...
LUCRECIA
Aquello no ha podido ser.
SENÉN
Ya lo sé. Han nombrado a otro. Por eso digo que vengo a quejarme...
LUCRECIA, ~con acritud~.
¡A quejarte! ¿De qué? Pues eso me faltaba. ¿Crees que tengo yo en mi
mano los destinos, las fianzas, y todo eso que ambicionas?
SENÉN, ~sacando las uñas~.
La señora no ha conseguido la fianza, que era lo principal, porque no
ha querido. Teniendo la fianza, la plaza es lo de menos. Ya tenemos
otra vacante de agente ejecutivo.
LUCRECIA
¿Y cómo había de conseguir yo la fianza?
SENÉN, ~tragando saliva~.
Ya, ya sé que al señorito Ricardo no podía pedírsela... No se enfade la
señora: yo me pongo en lo razonable... A D. Ricardo no era posible...
Pero con que la señora hubiera dicho al Duque de Utrech: «Señor Duque,
quiero...»
LUCRECIA, ~interrumpiéndole~.
¿Pero de dónde sales tú? En ese mundo de tu ambición ridícula se
pierde, por lo visto, toda noción de la realidad. Está bien: yo no
tengo más que hacer que importunar a todos mis amigos, pidiendo
fianzas para este gaznápiro.
SENÉN, ~escondiendo las uñas~.
Sí, ya sé... la señora no puede... ¡Qué le hemos de hacer! Es
difícil... y además, ¿quién soy yo para que la señora se moleste por
mí? No, no lo pretendo. Los servicios que he prestado a la Condesa de
Laín, mi lealtad a toda prueba, ¿qué valen?
LUCRECIA, ~con arrogancia~.
Tus servicios bien pagados están. Ea, me canso ya de contemplaciones.
Senén, no te debo nada.
SENÉN, ~erizando el pelo~.
Bueno... sea como la señora dice. Yo me callo. Eso he hecho yo toda mi
vida, callarme; y de tanto callar, me veo tan atrasado en mi carrera...
de tanto callar, sí, señora; y si quieren que lo pruebe, lo pruebo.
LUCRECIA
Tu silencio me importa ya tan poco, que no doy nada por él... No me
tiene cuenta.
SENÉN, ~agachándose para dar el salto, los verdes ojuelos centelleando~.
Eso quiere decir que la señora en nada estima mi fidelidad, esta
fidelidad de perro, que no tiene igual... y lo pruebo.
LUCRECIA
Lo que estás probando tú es mi paciencia.
SENÉN, ~acobardado nuevamente, sin atreverse más que a desenvainar las
uñas de sus patas delanteras~.
No molesto más. Aunque la señora me da este pago, yo no le haré ningún
perjuicio. Pero, en justicia, bien podría desquitarme. Como soy tan
caballero, me he perjudicado por guardarle la consecuencia, por poner
arrimos a su decoro, por custodiarle los secretos, por tapar la boca de
todos los que hablaban de ella... lo que la señora no debiera oír...
~(En su cobardía, no hace más que enseñar los colmillos, y tirar
levemente la zarpa.)~ Vamos, que ni por su madre haría ningún hombre lo
que yo he hecho. De suerte que si la señora dice que no le importa...
LUCRECIA
No me importa. Vete pronto.
SENÉN
Pues bien puedo jurar que a mí me importa menos.
LUCRECIA
Bastante tiempo he sufrido a este animalucho siniestro, con sus garras
clavadas en mí. Ya no más. Si no sales pronto, llamaré para que te
arrojen a escobazos.
SENÉN
No alborote, no alborote, que es peor.
LUCRECIA, ~furiosa, tirando de la campanilla~.
¿Cómo que es peor? ¡Trasto, si no te vas...!
~(Entran precipitadamente una criada, la Alcaldesa, después el
Alcalde.)~
SENÉN, ~turbado por la rabia~.
Si no digo nada; si yo... si es que...
LUCRECIA
Por favor, arrójenme de aquí a este hombre, y a su paso vayan echando
ácido fénico.
EL ALCALDE, ~con un castañeteo de lengua, como el que se emplea para
despedir a un perro~.
¡Eh... tú...!
SENÉN, ~al salir, todo uñas, bufando~.
Ácido fénico... Por donde ella vaya... hace más falta... y lo pruebo.
ESCENA VII
~LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA, después NELL.~
LA ALCALDESA
Hija, si llego yo a sospechar esto, cualquier día le dejo pasar.
LUCRECIA, ~tranquilizándoles~.
No; si es mejor así. Se me ha resuelto un absceso; me he sacado una
muela, que me dolía horriblemente.
EL ALCALDE
Pues digo, lo que le espera a usted ahora, mi querida Lucrecia.
LA ALCALDESA
¡Ah! el león... Hija mía, no he podido evitarlo... ¿Qué había de
decirle?
EL ALCALDE
Pues muy claro: que llamara a otra puerta. ¡Ah! si soy yo quien le
recibe...
LUCRECIA, ~sorprendiendo a todos con su inesperada serenidad y alegría~.
¿Queréis que os diga la verdad? Pues mi ilustre suegro, que me
inspiraba un pavor horrible, ya no... Es raro... Vamos, que ya no le
temo.
NELL, ~entrando a la carrera~.
Mamita, por más que le digo al abuelo que mañana, insiste en que ha de
verte hoy.
LUCRECIA
Hoy, sí...
LA ALCALDESA
¿Le digo que...?
LUCRECIA, a Nell.
Ve tú, hija, y suéltame al león. ~(Sale Nell gozosa, y se precipita por
la escalera.)~
EL ALCALDE
Nos pondremos todos en guardia detrás de esa puerta, ¡trómpolis! y en
cuanto oigamos el menor rugido...
LUCRECIA, ~con locuacidad nerviosa~.
No es necesario... ¿No me ven tan tranquila? Me siento ahora muy bien,
despejada, casi alegre, y con ganas de ver a mi papá político, y de
pasarle la mano por la melena... Es que mi espíritu se ha refrescado,
soy otra... aire nuevo en mí. ~(Óyese el tardo paso de Albrit en la
escalera, y la vibrante voz de Nell.~) El león sube. ¡Pobre viejo!...
Ya, ya está aquí... Ya llega... Déjenme sola con él.
EL ALCALDE
Por aquí.
~(Vanse por la puerta de la alcoba.)~
ESCENA VIII
~LUCRECIA, EL CONDE~
EL CONDE
Siento infinito molestar a una persona que, según me dicen, no está
bien de salud.
LUCRECIA, ~que permanece en pie~.
Me siento mejor. Tome usted asiento.
EL CONDE
¿Y usted en pie?
LUCRECIA, ~un tanto cohibida~.
Como por encanto se me ha quitado la pereza. Ya sabe usted que estos
arrechuchos nerviosos... la epidemia de las señoras... de improviso nos
acometen y de improviso también se nos pasan.
EL CONDE, ~suspicaz~.
Lo celebro mucho.
LUCRECIA
Enfermamos como heridas del rayo, y basta una vibración del aire para
ponernos buenas. De la espantosa crisis solo me queda cierta alegría
interna, y un deseo ardientísimo, irresistible...
EL CONDE, ~suspenso~.
¿Qué...?
LUCRECIA
El deseo de besarle a usted la mano... ~(Se arrodilla y le besa la mano
una y otra vez)~ y de pedirle perdón por las injurias que en aquel día
triste le dirigí.
EL CONDE, ~queriendo levantarla~.
Lucrecia... ¿qué es esto?... ~(Por un momento cree que es burla; pero
no tarda en advertir la sincera emoción de la dama.)~
LUCRECIA
Mi única pena es que usted sospechará quizás... que le engaño.
EL CONDE
No, no; creo que es verdad...
LUCRECIA, ~que se levanta, enjugando sus lágrimas~.
Necesito explicar a usted cómo ha venido esta crisis... sacudimiento
moral, revolución de todo mi ser... ~(Se sienta. Su lenguaje es
cortado, febril.)~ Los temblores de tierra trastornan el suelo... Una
catástrofe horrible en mis sentimientos me ha trastornado a mí, me ha
hecho morir y revivir en menos de dos días... ¿Es esto nuevo? Yo creo
que no. Ha ocurrido mil veces... Fácilmente lo comprenderá usted...
Un desengaño de los que anonadan... la perfidia de un hombre...
tempestades del alma que todo lo destruyen y todo lo iluminan. Mi dolor
ha sido como un incendio entre las ruinas... He visto mi conciencia...
la he visto. Ya sé que no debo ser la que he sido, y estoy decidida a
ser otra.
EL CONDE
¡Bendito desengaño, bendita convulsión del alma, que trae el
arrepentimiento!
LUCRECIA
Pero el arrepentimiento, lo reconozco, necesita probarse. Por eso digo:
«Espere usted y verá...»
EL CONDE, ~gozoso~.
Pues lo veremos... y pronto... Si el arrepentimiento es verdad, nos lo
dirán los hechos.
LUCRECIA
Y aguardando confiada los hechos, he querido dar a mi enmienda una
sanción soberana, una garantía que asegure mi convicción y la de los
demás. ~(Pausa.)~ Hoy he confesado con el Padre Maroto.
EL CONDE, ~gratamente sorprendido~.
¡Ah!... ya me dijo la niña que estuvo aquí el Prior... Mas no
sospeché...
LUCRECIA
No tenía sosiego, no podía vivir mientras no descargara mi alma de la
horrible balumba... ¡Qué alivio, qué consuelo!
EL CONDE
Me da usted una grande alegría... Por de pronto, ¡qué situación tan
distinta de aquella... la última vez que hablamos en la Pardina!
LUCRECIA
En efecto, yo he variado radicalmente.
EL CONDE
Yo también.
LUCRECIA
¿Usted? ¡Ah! sí, se ha despejado su razón, y ya no piensa en hacerme
las terribles preguntas que en aquella conferencia me hizo.
EL CONDE
Mi razón no ha estado nunca turbada. ¿Y por qué no había de repetir yo
en esta ocasión la pregunta que usted llama terrible? Ya no lo es. Su
estado de conciencia facilita la respuesta, que sería la confirmación
de lo que sospecho, de lo que sé... porque al fin, Lucrecia, he podido
descubrir...
LUCRECIA, ~con serena frialdad~.
Hoy no puedo incomodarme, señor Conde. No abuse usted de que estoy
desarmada...
EL CONDE
Incomodarse... ¿por qué?
LUCRECIA
Porque viene usted a remover en mi corazón heces muy amargas, a
trastornar de nuevo mi espíritu, queriendo penetrar los misterios
más profundos del alma y de la Naturaleza... Eso, señor mío, eso que
aun de nosotras mismas quisiéramos recatar, porque el pensarlo solo
nos avergüenza, eso, a que no doy nombre, porque si lo tiene yo lo
ignoro... ~(con solemnidad)~ ya lo he dicho a Dios, único a quien debo
decirlo... Y crea usted que, para expresarlo, he tenido que violentar
mi voluntad de un modo espantoso. Todo el que no sea Dios es un
extraño, es un profano, sin derecho ninguno a recibir declaración tan
grave. Ni una palabra más. ~(Pausa.)~
EL CONDE, ~gravemente~.
Sea. Ni una palabra más. Reconozco la extremada delicadeza del asunto,
y no puedo menos de respetar el sosiego reparador en que hoy se halla
su espíritu. No insisto. Ni es justo que la martirice exigiéndole una
manifestación dolorosa, toda vez que lo que usted había de decirme...
ya lo sé.
LUCRECIA, ~desconcertada~.
¡Que lo sabe!
EL CONDE
Sí.
~(Pausa. Ambos se miran.)~
LUCRECIA
Pues si lo sabe, es más generoso no preguntármelo.
EL CONDE, ~muy tranquilo~.
Es verdad. A generoso no me gana nadie. Ahora conviene que haga
usted alarde de hidalguía, Lucrecia. Si le satisface que crea yo en
su arrepentimiento, empiece usted por ser magnánima, aceptando la
proposición que voy a hacerle.
LUCRECIA
¡Proposición!
EL CONDE
No he venido a otra cosa. Su conformidad con mi deseo establecerá la
concordia inalterable de nuestras almas... En suma, quiero que partamos
el bien que Dios nos ha dado: las niñas. Una para usted, la otra para
mí.
LUCRECIA, ~con profunda intención, que disimula~.
¡Para usted!... ~(Pausa.)~ ¿Cuál?
EL CONDE
Acceda usted a la partición, y después escogeré. ¿A las dos las quiere
usted lo mismo?
LUCRECIA
Lo mismo: son mis hijas.
EL CONDE
Yo no puedo decir lo propio: las dos no son mis nietas.
LUCRECIA, ~con temor~.
Otra vez la tremenda interrogación.
EL CONDE
Otra vez, y siempre... Llévese usted a una de las dos, y déjeme a mí la
otra, la que yo quiera.
LUCRECIA
¡Dejarla aquí, en poder de usted, y sola con usted! Señor Conde de
Albrit, eso es imposible. Además, me hace falta el amor de mis hijas.
EL CONDE, ~fríamente~.
Y a mí el de mi nieta. Tengo derecho a ese consuelo.
LUCRECIA
Hoy es indispensable que las dos estén a mi lado, por muchas razones.
No solo debo atender a su porvenir, sino a la salud de mi alma, a mi
corrección, en una palabra. Como las plantas necesitan aire y luz, yo
necesito el cariño de esas dos criaturas, que fundiré en un solo cariño.
EL CONDE, ~vivamente~.
No son iguales para usted.
LUCRECIA, ~con firmeza~.
Lo son... Otra vez clava usted los ojos de su alma en lo que para usted
será siempre tremendo enigma... Son iguales, y si no lo fuesen, yo haré
que lo sean. Por nada de este mundo me separo de ellas.
EL CONDE, ~con desconsuelo~.
¿Y yo...?
LUCRECIA
En ninguna situación será el Conde de Albrit un extraño para mí. Nell
y Dolly vendrán conmigo a verle... en la temporadita de verano... y
usted, como ahora, a las dos las querrá por igual... por igual. Esa es
condición indispensable para la concordia de nuestras almas, de que
usted me hablaba. Dejemos el misterio allá, ante Dios que lo ve, y
atengámonos a la realidad... convencional, a la realidad de la ley.
EL CONDE, ~con arranque~.
No... ¡Maldita sea la ley...! La Naturaleza...
LUCRECIA
¡La Naturaleza, no... la ley!
EL CONDE, ~encrespándose~.
No, no. Abomino de una ley infame. Quiero a mi nieta; me pertenece, la
reclamo, y usted me la dará.
LUCRECIA
A mí me pertenecen las dos: las he llevado en mi seno.
EL CONDE, ~con desesperación, clavándose en el cráneo los dedos de
ambas manos~.
¡Triste de mí! Lucho con la ley, lucho con la madre... contienda
imposible...
LUCRECIA, ~con tesón, levantándose~.
Y ni como madre, ni como tutora, puedo acceder a lo que mi padre
político pretende.
EL CONDE
¿Será usted capaz de rechazar mi proposición, de desairarme, de negar
lo que pide el infortunado Albrit?
LUCRECIA
Con grandísima pena me veo precisada a negarlo. Mis hijas son mis
hijas. A ellas les conviene el calor maternal, y a mí el cariño y
la presencia continua de entrambas para vivir en paz con Dios, y
asegurarme la rectitud de mi alma. La una es mi deber, la otra mi
error. Mi conciencia necesita los dos testigos, las dos presencias,
para que yo pueda tener siempre entre mis brazos, sobre mi corazón, mis
buenas y mis malas acciones.
EL CONDE, ~atribulado~.
Y entre mis brazos y en mi corazón, la soledad, el horrible vacío.
~(Levantándose, altanero.)~ No, no, Lucrecia, no me conformo... Por
Dios, no me lance usted a la desesperación.
LUCRECIA
Sea usted razonable.
EL CONDE, ~suplicante~.
Sea usted generosa.
LUCRECIA
Soy madre...
EL CONDE, ~exaltándose~.
Soy abuelo, soy viejo... Necesito familia, amor.
LUCRECIA
En mí y en mis hijas lo tendrá. ~(Con una idea feliz.)~ Última palabra:
véngase usted con nosotras.
EL CONDE
¡Con usted... con las dos! ¡Nunca!
LUCRECIA
¡Loca obstinación!
EL CONDE, ~brioso~.
Entereza, sentimiento del honor.
LUCRECIA
Demencia.
EL CONDE
Si es demencia, maldita sea la razón.
LUCRECIA
Yo arreglaré la vida de usted... yo...
EL CONDE, ~inflexible~.
Sin lo que pido, sin mi nieta, no quiero nada.
LUCRECIA
No tardará el viejo Albrit en renegar de esa independencia, impropia de
su edad y de su situación. Acójase a mí, o su vejez será muy triste.
EL CONDE
Nada me arredra... nada temo. Lo mismo me importa la vida que la
muerte. ~(Implorando.)~ Lucrecia, por última vez...
LUCRECIA
No insista usted... Se cansa en vano...
EL CONDE
Bien: no diré nada más. Ni está en mi carácter extremar la súplica...
Lucrecia, adiós para siempre.
LUCRECIA
Eso es locura.
EL CONDE, ~trémulo, balbuciente~.
Sí, sí... y los locos pacíficos... cuando no se les da lo que
piden, hacen lo que yo... se van. Mas no saldré sin decir a usted
que no veo, que no toco el cambio moral que debía ser resultado de
su arrepentimiento. No. Lucrecia Richmond es siempre la misma...
Confesada y sin confesar, la misma siempre... No creo que la haya
perdonado Dios... ¡No la ha perdonado, no la ha perdonado, no, no!...
~(Sale con vivísima agitación. Se siente su paso inseguro por la
escalera. Baja agarrándose al pasamanos. Lucrecia, muy agitada, cae en
el sofá llorosa. Acuden presurosos a ella Monedero y su esposa.)~
ESCENA IX
~LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA; después NELL~
EL ALCALDE
¿No lo decía yo? ¿Ha sacado la zarpa?... Si estoy por bajar, y
aplacarle un poquito los humos.
LUCRECIA
No, no... ¡Pobre viejo!... Es muy sensible que no pueda yo acceder a lo
que pretende. Dejarle. ~(Atendiendo al ruido de los pasos.)~ ¿Se caerá
en la escalera? Vicenta, mande usted que le acompañe alguien. ~(Sale la
Alcaldesa a dar órdenes.)~
EL ALCALDE
De veras, ¿no se ha desmandado?
LUCRECIA
No... Debemos compadecerle, cuidar de él con todo el cariño del mundo.
LA ALCALDESA, ~que ha visto alejarse al Conde~.
El pobrecito llora... Parece que no puede tenerse en pie. Pero se
resiste a que le acompañe un criado. Quiere andar solo.
LUCRECIA
Solo... ¡Qué dolor! ¡Triste ancianidad!... ~(Sintiendo perturbado su
espíritu.)~ ¡Oh, Dios mío! ¿dónde está la paz que diste a mi alma? Ese
hombre me la quitó... Es el agitador de mi conciencia... ¡Otra vez el
tumulto en mi mente... otra vez la ansiedad, el temor, la duda!...
~(Consternada, alza los brazos, echa la cabeza hacia atrás, cierra los
ojos.)~
LA ALCALDESA
¿Otra vez mal, amiga mía?
EL ALCALDE
Que venga el médico.
LA ALCALDESA
Al instante.
LUCRECIA
Los dos... Que vengan los dos médicos. Quiero ver al Prior... Que
vuelva.
EL ALCALDE, ~oficiosamente~.
Mandar recado a la Rectoral: allí estará.
LUCRECIA, ~agitadísima~.
Sí... yo no quiero ser mala; no quiero padecer... quiero curarme. Se
renueva la herida. Meteré la mano en ella, y si duele, que duela; y si
con el dolor se me acaba la vida, que se acabe. ¿Dónde está mi hija?
Nell, alma mía. ~(Entra Nell y se arroja en sus brazos llorando.)~ Ven,
abrázame. ¿Verdad que no te separarás de mí, que no quieres separarte
de mí?
NELL, ~con emoción infantil~.
Nunca, nunca.
ESCENA X
~Calle de Potestad, callejón del Cristo. Anochece.~
~EL CONDE, que avanza con lentitud, vacilante, tentando las paredes;
después D. PÍO.~
EL CONDE
Ya lo veo, ya lo veo; es lo único que veis, ojos míos... que estoy de
más en el mundo. ¡Pobre Albrit, tu vida termina...! «Imposible, ha
dicho esa mujer, imposible...» Y ese imposible cierra todo espacio a
la esperanza... Ya no hay esperanza... Vida, te acabaste; alma, vete
de aquí... El monstruo me ha negado mi consuelo, me roba el único bien
de mi triste vejez... Señor, Dios mío, ¿qué delito he cometido para
caerme en este abismo de desolación?... ¡No poder estrechar entre mis
brazos a mi hija, a mi Dolly, retoño preciosísimo de mi raza, flor
nueva de una familia que no debe extinguirse!... ¡Y se la lleva... se
las lleva a las dos, quizás para envilecerlas!... Porque no creo en su
arrepentimiento, no. Se siente abrumada por las terribles consecuencias
de sus pecados... le duele el mal... y cuando el pecado duele, el
pecador llora... Sus clamores quieren decir dolor, opresión, empacho
del vicio; mas no quieren decir arrepentimiento. Cuando el glotón se
indigesta, maldice la comida; pero pasa el mal, y vuelve a comer...
No creo en tu enmienda, diablo harto de carne, ni creo que te haya
perdonado Dios... No, a Dios no le engañas... ni tampoco al viejo
Albrit... ¿Verdad, Señor, que no la has perdonado? ~(Detiénese bajo un
farol, y vuelve los ojos al cielo.)~
D. PÍO, ~parado en la acera de enfrente, contemplándole~.
¡Albrit!
EL CONDE
¿Quién me llama? Conozco esa voz; es voz familiar.
D. PÍO, ~acercándose~.
Soy Coronado, tu amigo... quiero decir, el amigo de usía. ~(Le abraza.)~
EL CONDE
¡Ah! mi único amigo quizás... Ven, acompáñame. ¿En dónde estamos? Mi
Jerusa también se vuelve contra mí, y me trastorna con el cariz nuevo
de sus calles reformadas.
D. PÍO, ~guiándole~.
Por aquí. Si va usía a la Pardina, entremos por el callejón del Cristo.
EL CONDE
No sé a dónde voy... ¿Es de noche ya?
D. PÍO
Sí, señor. Júpiter está encendiendo los faroles.
EL CONDE
¿Quién es Júpiter?
D. PÍO
El farolero, señor. Se llama Jove, Pepe Jove, y yo por broma le llamo
Júpiter, aunque más le cuadraría Baco, porque es el primer borracho de
Jerusa.
EL CONDE, ~abismado en sus reflexiones~.
¡Noche triste, más triste que aquella en que nos reunimos en el Páramo!
No hay humano juicio que pueda discernir esta noche cuál de los dos es
más desgraciado.
D. PÍO
¡Ah, señor! ahora y siempre, Coronado se lleva la palma. Y lo
comprendería el señor Conde, si ver pudiera las magulladuras y
cardenales de mi cara, donde esas condenadas han escrito esta tarde,
con sus uñas, la maldad de sus corazones.
EL CONDE
¿Qué me dices?
D. PÍO
Me han insultado, clavándome sus garras en el rostro; me han herido en
la cabeza con una palmatoria... me han tenido todo el día sin comer.
Gracias que en casa de un amigo me dieron estos pedazos de pan...
EL CONDE
¿Y no las matas? Si malo es ser bueno, peor es no ser hombre.
D. PÍO, ~con desprecio de sí mismo~.