creado cierta incompatibilidad entre el señor Conde y Venancio...
NELL
¡Incompatibilidad!... Estamos en nuestra casa.
VENANCIO, ~adelantándose, seguido de Gregoria~.
Perdone la señorita. Las señoritas, lo mismo que el señor Conde, están
en mi casa.
NELL, ~acobardada~.
Es verdad; pero...
DOLLY
¿Qué dices...?
VENANCIO
Digo que, a pesar de todo, por esta noche le alojaremos y le serviremos.
DOLLY, ~con brioso arranque~.
¿Cómo se entiende? ¡Por esta noche! Por esta y por todas las noches del
mundo, mientras nosotras estemos aquí. La casa es tuya, es verdad; pero
somos tus amas nosotras, mi hermana y yo: somos tus amas, ¿lo entiendes
bien? A excepción de esta huerta, las tierras que cultivas y que tienes
en arrendamiento casi de balde, o en administración, nuestras son,
nuestras. Somos las herederas de la casa de Laín, y tú, Venancio, y tú,
Gregoria, servís a mi abuelo, no por caridad, que caridad está visto
que no tenéis, sino porque yo os lo mando, ¿lo entendéis bien? yo os lo
mando... ~(Repite el concepto con firme autoridad.)~
VENANCIO
La que manda... es...
GREGORIA
La señora Condesa.
DOLLY, ~altanera~.
Silencio. A disponer la cena... ~(A Gregoria.)~ Tú a la cocina... de
cabeza... El Conde de Albrit vive con sus nietas. No nos tenéis de
limosna... Cenará aquí, cenaremos los tres aquí ~(Da un fuerte golpe
en la mesa)~, en esta mesa. Dormirá en su aposento, que para eso se lo
arreglé yo misma esta tarde. Y si no queréis ir a la cocina, iré yo...
Y si habéis descompuesto la alcoba, irá Nell a arreglarla... Pronto,
vivo... ~(A Venancio y Gregoria.)~ A poner la mesa... Señores, se les
convida.
EL ALCALDE, ~con desvío~.
Gracias.
EL CURA
Pero, chiquilla, tú...
DOLLY
Yo... Me basto y me sobro. Nieta soy de mi abuelo.
EL CONDE, ~con inmensa ternura y entusiasmo, abrazándola~.
¡Sí, sí!... ¡Sangre mía, corazón de Albrit!
FIN DE LA JORNADA CUARTA
JORNADA QUINTA
ESCENA PRIMERA
~Sala baja en la Pardina.~
~EL CONDE, sentado; EL MÉDICO, que entra a visitarle, y se sienta a su
lado.~
EL MÉDICO
¿Qué tal, señor Conde? ¿Ha pasado usted mala noche?
EL CONDE
Malísima... Insomnio, ideas lúgubres, ideas de exterminio; cosa nueva
en mí, pues aunque de genio impetuoso y autoritario, nunca hice mal a
nadie. Al contrario, mi ruina proviene del...
EL MÉDICO, ~interrumpiéndole~.
Ya lo sé: del altruismo desordenado, de no saber contenerse en la
generosidad y protección a todo bicho viviente.
EL CONDE, ~con amargura~.
He cultivado la ingratitud. En el jardín de mi vida, las rosas que
planté se me han convertido en zarzales, y entre ellos... no faltan
culebras.
EL MÉDICO, ~pulsándole~.
Tenemos que enfrenar los nervios, y, sobre todo, cerrar la llave, el
grifo de la ideación, demasiado afluente.
EL CONDE
Facilillo es eso... ¡Tasarle a uno las ideas o medírselas con
cuenta-gotas!
EL MÉDICO
Todo depende de que usted trate de contener su vida cerebral en
los límites de lo presente, de lo práctico, y, si se quiere, de lo
prosaico. ¿Me explico?
EL CONDE
Sí, hijo, sí. Entiendes por poesía la idea exaltada del honor, de la
justicia. Es un rodeo parabólico para evitar el empleo de la palabra
locura. ~(El Médico deniega, risueño.)~ ¡Y queríais curarme con la
prosa de Zaratán!
EL MÉDICO, ~cortando todo motivo de excitación~.
No se hable más de eso. Considérelo usted como una broma. Y si
me apura, le diré que nos equivocamos... en el procedimiento, se
entiende... ~(El Conde intenta decir algo; pero Angulo, que considera
peligroso aquel tema, le quita la palabra cortesmente.)~ ¡Sí...
la libertad, la preciosa libertad!... Estamos conformes... Ahora
explíqueme usted por qué le encuentro hoy más desanimado y caviloso que
otros días.
EL CONDE
¿Pero estás en Belén? ¿Ignoras que Lucrecia ha vuelto de Verola... y
que viene de mal talante, y con la malvada intención de llevarse a las
niñas?
EL MÉDICO
En su buen juicio, no desconocerá usted que las señoritas necesitan
otro ambiente, otra sociedad...
EL CONDE, ~afligidísimo~.
¡Privarme del único consuelo de mi vida! No, no lo consiento, no puedo
consentirlo. ~(Airado, golpea el brazo del sillón.)~ Me opongo, me
opondré resueltamente, y por cualquier medio, al inicuo monopolio que
esa perversa quiere hacer del cariño filial.
EL MÉDICO
Sosiéguese... Ya trataremos de arreglarlo.
EL CONDE
Sí, sí... ¡Buenos arregladores sois vosotros! ¡Qué amigos me han salido
en esta tierra, donde creí haber arrojado a manos llenas simiente de
bendiciones!... ¡Pero qué remedio!... No puedo hacer que las piedras se
vuelvan amigos.
EL CURA, ~entrando jovial, de rondón~.
¿Qué... qué dice? ¡Ya nos está poniendo de hoja de perejil! ~(El Conde
le mira y calla.)~ ¿Qué ocurre por aquí? Me dicen que el señor Conde
desea verme...
EL CONDE
Sí, Carmelo... Caigo, me hundo, y en mi desolación me agarro a lo único
que encuentro: a las piedras, a vosotros.
EL CURA
Comprendido: se agarra a lo firme, a lo que seguramente le sostendrá.
EL CONDE, ~con tristeza~.
No sois buenos, no... ~(El Cura sonríe, y hace señas al Médico.)~
Pero no está el tiempo para disputas, Carmelo. No eres bueno; pero te
necesito.
EL CURA, ~risueño~.
Quiere decir que soy un mal necesario.
EL CONDE, ~impaciente por entrar en materia~.
Dos palabras: te perdono lo de Zaratán, y a ti también, Angulo. Olvido
la pesada broma, a condición...
EL CURA
A condición de que hagamos comprender a la Condesa que es una triste
gracia arramblar con las niñas.
EL CONDE, ~dolorido~.
Es inicuo, cruel...
EL CURA
Pero como a Lucrecia no le faltan motivos razonables para presentar
a sus hijas en sociedad, a las manifestaciones que le hagamos en el
sentido que pretende nuestro arrogante león de Albrit, contestará
mandándonos a paseo. La cosa es tan lógica, tan sencilla, tan
racional...
EL CONDE, ~vivamente~.
Vete a verla, Carmelo; vete allá...
EL CURA
¡Si de allá vengo! Pero no ha querido recibirme. Ni las moscas pasan
a verla. Según me ha contado Vicenta, viene la Condesa de Laín en un
estado moral lastimoso. Algo ha ocurrido en Verola que la contraría,
que la aflige profundamente. ¿Qué ha sido? Lo ignoramos. Dicen que está
abatidísima, los ojos encendidos de tanto llorar, y la pena que agobia
su alma la desahoga con los pobres pañuelos, haciéndolos trizas con los
dientes.
EL CONDE, ~con hondo interés~.
¿Y qué creéis vosotros? ¿Ese estado de su ánimo será favorable o
adverso a lo que yo pretendo?
EL MÉDICO
Antes de responder, sepamos la causa de ese duelo.
EL CONDE
Sea lo que quiera, tú, _pastor Curiambro_, vuelves allá. Le dices que
vas de parte mía...
EL CURA
¿De parte del león?... Razón más para que me dé con la puerta en los
hocicos.
EL CONDE
No lo creas. Vas como representante de Albrit, para proponerle una
transacción o componenda.
EL CURA
Ya me figuro. Puesto que se disputan las dos niñas... a dividir. Es un
juicio harto más fácil que el de Salomón.
EL MÉDICO
Partes iguales. No está mal pensado.
EL CONDE, ~con gran viveza~.
Ni puede concebirse solución más práctica y elemental. Una para ella,
otra para mí... Pero es condición precisa que yo escoja la mía.
EL CURA
Sí, sí. Con proponérselo nada perdemos. Falta que se ponga al habla, y
que yo pueda hoy dedicar mi tiempo a estos negocios. Señor Conde, esta
noche predico.
EL CONDE
Ya tendrás tu sermón bien guisado... Preséntate a Lucrecia... pero
pronto... No te descuides.
ESCENA II
~EL CONDE, EL CURA, EL MÉDICO, DOLLY~
DOLLY, ~quitándose el sombrero~.
Aquí me tienen otra vez.
EL CURA
¿Y tu mamá, está mejor?
DOLLY
Un poquito más sosegada. ~(Al Conde.)~ Como no podemos atender a las
dos casas a un tiempo, hemos determinado partirnos.
EL CONDE, ~con alborozo~.
¿Os partís?... De eso hablábamos, hija mía.
DOLLY
Allá se queda Nell con mamá, y yo me vengo a la Pardina para cuidarte a
ti.
EL CONDE
¿Lo veis? Su grande inteligencia, sin ninguna sugestión de mi parte,
percibe y pone en ejecución la componenda lógica.
EL CURA
Yo dudo que...
EL CONDE, ~inquietísimo~.
¿Dudas?... Oh, Carmelo, no me quites la esperanza, no aumentes mi
congoja. ¿Te ríes?
EL CURA
Sr. D. Rodrigo de mi alma, ni he dicho nada, ni me he reído, ni haré
más que cumplir fielmente sus órdenes. Vuelvo allá.
EL CONDE, ~desconcertado, variando de pensamiento a cada instante~.
No, no vayas; aguarda... Sí, sí, vete y dile...
EL CURA
¿En qué quedamos?
EL CONDE, ~decidiéndose~.
En que vas. Pero te limitas a anunciarle que yo la visitaré hoy mismo
para tratar con ella de un asunto de familia. Cosas tan delicadas
no puedo fiarlas a nadie. _Tête à tête_ la pantera y el león, yo
propondré...
EL CURA
Y puede que la convenza, sí, señor... Hay panteras razonables. ~(Se
aparta y habla con Dolly.)~
EL MÉDICO, ~despidiéndose~.
Luego volveré. Supongo que seguirá usted en la Pardina.
EL CONDE
De ningún modo. No me faltará hospitalidad en cualquiera de las casas
de labor, o de las cabañas que fueron mías. En Forbes, en Polan y
Rocamor, todos mis antiguos colonos están deseando que el viejo Albrit
llegue a su puerta, pidiéndoles un pedazo de pan y un albergue
humilde. Verdad que en ninguna de estas casas hallaré las comodidades
de la Pardina. Pero no me importa; prefiero guarecerme en la última
choza de pastores, a soportar aquí la estolidez egoísta de estos
ingratos. A otra parte con mis huesos. Iré de puerta en puerta, con la
esperanza de encontrar un corazón noble, un alma cristiana...
EL CURA
Bueno; pues... ya vendré con la respuesta.
EL CONDE
Aquí te aguardo.
EL MÉDICO
Hasta luego.
EL CURA, ~aparte al Médico, retirándose ambos~.
Al fin, nuestra pobre fiera apencará con Zaratán.
EL MÉDICO
¡Si es lo mejor!
EL CURA
¡Lo único, señor, lo único! ~(Salen hablando.)~
DOLLY
Abuelito, tengo que decirte una cosa. Que te quiero mucho, mucho.
EL CONDE, ~con viva ternura, abrazándola~.
¡Corazón grande!
DOLLY
Y vas a saber otra cosa.
EL CONDE, ~poniendo el oído~.
¿Es también secreta?
DOLLY, ~amorosa~.
Sí, muy reservada... Que no se entere nadie. Quiero seguir tu suerte.
Si pasas trabajos, yo también... Si vas de puerta en puerta, como
dices, también yo... Yo contigo, siempre contigo.
EL CONDE, ~con intensa emoción~.
¡Señor, qué alegría!... ¡Compensación hermosa de mis infortunios! Todo
lo que padecí, quebrantos de fortuna, humillaciones, pérdida de seres
queridos, se contrapesa con este inmenso galardón de tu cariño, que
Dios me da sin yo merecerlo... ~(Abrazándola y besándola con efusión.)~
¿Pues qué merezco yo, que nada soy, que nada valgo ya?... Dios da la
bienaventuranza en esta vida, ya lo veo... a mí me la da. No necesita
uno morirse, no, para entrar en el cielo... ~(Pausa.)~
DOLLY
En la prosperidad o en la desgracia, abuelito, tu Dolly no te
abandonará.
EL CONDE, ~con majestuosa solemnidad, levantándose~.
Y yo, por el nombre de Albrit, por los gloriosos emblemas de mi casa,
por todos y cada uno de los varones insignes y de las santas mujeres
que de ella salieron, asombro y orgullo de las generaciones; por la
conciencia del honor y de la verdad que Dios puso en mi alma, por Dios
mismo, juro que antes me harán pedazos que arrancar de mi lado a la que
es luz, consuelo y gloria de mi vida.
ESCENA III
~Jardín del Alcalde.~
~EL ALCALDE, en zapatillas, con batín de vistosos cordones, como un
húsar; LA ALCALDESA, EL CURA, SENÉN.~
EL CURA, ~que acaba de entrar~.
Aquí otra vez; mas ahora no vengo por mi cuenta. _Mensajero soy,
amigo..._
EL ALCALDE
Ya, ya... Alguna nueva _leonada_.
LA ALCALDESA
¿Pero qué quiere ese hombre?
EL ALCALDE, ~en jarras~.
Ya me va cargando a mí ese fantasmón, que, después de todo, no es
más que un desagradecido, pues bien podía mirar que, enchiquerándole
en Zaratán, le dábamos más de lo que merece la polilla de sus
pergaminos... Agradezca que da con un hombre de mi pasta... ~(No se
refiere a la de sopa.)~
EL CURA
Amigo mío, hay que respetar las grandezas caídas.
EL ALCALDE
Pues digo... ¡los moños que se puso anoche, María Santísima!...
LA ALCALDESA
Hijo, como no somos aristócratas...
EL ALCALDE
Y hay más. Bien sabía el vejete que ayer celebrábamos tu fiesta
_monástica_...
LA ALCALDESA
Onomástica.
EL ALCALDE
Y ni un recado de atención, ni una fineza... Pues digo, la niña
segunda, esa Dolly, ha heredado el tupé y la caballería andante o
cargante de todos los Albrites y Laínes del obscurantismo. ¿Pues no se
me subió a las barbas la muy mocosa? ¡Si la hubieras oído, Vicenta!...
Y todo ello cuando acabábamos de atracarla de dulces y de atenciones,
aquí, en tu fiesta _numismática_.
LA ALCALDESA
Ono... mástica.
EL ALCALDE, ~bufando~.
Lo mismo da... Sacan ahora unas palabras que le vuelven a uno loco...
Acabaremos por tener que hablar por señas.
EL CURA
Lo de anoche, mi querido Monedero, ha perdido su interés con la vuelta
repentina de la Condesa en ese estado de tribulación que ustedes me
pintaron esta mañana.
EL ALCALDE
Lo que digo a esta: menudo _jollín_ habrán armado en Verola los duques
y marqueses...
EL CURA, ~a la Alcaldesa~.
¿Y no se espontanea con usted, no le cuenta...?
LA ALCALDESA
Ni una palabra.
EL ALCALDE
Este tunante de Senén debe de saber algo. Pero ahora, desde que ha
dado en tener _bouquet_, como el vino de Burdeos, se nos ha vuelto tan
reservadillo, que ni con saca-corchos se le destapa la boca. ~(Los
tres miran hacia un cenador, cubierto de madreselvas, en cuyo interior
está Senén, sentado, tristón, mirando al suelo.)~ Tú, funcionario, ven
acá... o te voy a poner en mi jardín de estatua de la Hacienda pública
esperando un ministro.
LA ALCALDESA
Desde las ocho de la mañana le tiene usted ahí, esperando audiencia de
la que fue su ama.
SENÉN, ~destemplado, acercándose~.
Ya he dicho que no sé nada.
EL ALCALDE
No negarás que estuviste en Verola.
EL CURA
¿Qué personas de viso había en el castillo de Donesteve?
SENÉN
Anda, anda... ¿quién las puede contar?
EL ALCALDE
¿A que no faltaba el Marqués de Pescara?
SENÉN
Llegó el lunes, y con él los Duques de Utrech y sus hijos; y el martes
otros, y otros...
EL CURA
¿Viste a la Condesa?
SENÉN
Sí, señor... Cuatro minutos nada más.
EL CURA
¿Qué cara tenía?
SENÉN
La de siempre: la bonita.
EL CURA, ~riendo~.
Pues si no nos das más noticias, debemos decirte que nos devuelvas el
dinero.
EL ALCALDE
Este es muy cuco y no se compromete.
LA ALCALDESA, ~viendo entrar en el jardín a Consuelito con medio palmo
de lengua fuera~.
Aquí viene Consuelito, y en la cara le conozco que no ha perdido el
tiempo. Trae comidilla.
EL ALCALDE
Con tal que no sea fiambre...
ESCENA IV
~LOS MISMOS; CONSUELITO~
CONSUELITO, ~gozosa~.
Ya estoy de vuelta, y con las alforjas bien repletas.
EL CURA
¿La de la espalda?
CONSUELITO
Las dos... Sois unos mandrias, que aguantáis sin rascaros la comezón de
la curiosidad. Yo no puedo: o averiguo lo que no sé, o reviento.
EL ALCALDE
¿Sabes algo, maestra?
CONSUELITO
¿Cómo algo?
EL CURA
Y algos.
CONSUELITO
No me ofendáis suponiendo que sé las cosas a medias. No: Consuelo
Briján, o las ignora por entero, o las sabe de cabo a rabo; y todo,
todito lo que pasó ayer en Verola lo conoce ya... y vosotros...
ni palabra... y estáis rabiando porque yo os lo cuente: de donde
resulta que sois tan curiosones como yo; pero hipócritas al propio
tiempo, porque os regaláis con la fruta que buscan los que llamáis
chismosos... ¡Ay, dejadme que me siente!... estoy cansadísima... he
venido volando para contaros... No, no: punto en boca. Ahora me vengo
de los hipocritones, negándome a darles la golosina... ~(Gozándose en
la ansiedad de los que la rodean.)~ No, no: no digo nada. Sois más
fisgones que yo, y más ávidos del escándalo ajeno que yo... Mira,
mira los ojos chispos del Alcaldillo... Y el curita... cómo se relame
esperando el dulce... Pues me callo... Soy muy discreta... No me gusta
meterme en vidas ajenas. ~(Con énfasis cómica.)~ Es pecado; es falta
de caridad, de delicadeza... Cada cual se las arregle para buscar la
comidilla, que a mí mi trabajito me ha costado sacarla de las entrañas
de la tierra. ¡Ahora se fastidian, se fastidian!
EL ALCALDE
Vaya, no marees, y dinos lo que sepas.
EL CURA
¿Pero cómo puede usted saber...? ¿Acaso tiene espías en Verola?
EL ALCALDE
Los tiene en todas partes. Son corresponsales que le escriben, y hasta
le ponen telegramas.
CONSUELITO
Espías, no; pero tengo mi representación en Verola. ¿Cómo no, habiendo
allí tanta gente gorda de la que da que hablar, y estando además
Lucrecia, que por sí se basta y se sobra para dar materia a setenta
corresponsales?
LA ALCALDESA
Pues suelta la sin hueso. Abre la espita. ¿Qué ha ocurrido?
CONSUELITO, ~sin poder contenerse~.
Una bronca fenomenal. Lucrecia ha reñido con el Marqués de Pescara,
el cual, en una entrevista que tuvieron en la estufa, debió de
insultarla... ¡Cosas tremendas, señores, que ponen los pelos de punta!
¡Qué tal habrá sido la gresca, que de ella resultó desafío...!
EL CURA
Dios nos asista.
CONSUELITO
La conducta del de Pescara no le pareció bien al Duquesito de
Malinas... Que si esto, que si lo otro, que patatín y que patatán.
Salieron desafiados para la frontera, donde a estas horas se habrán
disparado el uno al otro la mar de tiros.
LA ALCALDESA
Pero la causa, el porqué de toda esa zaragata...
EL ALCALDE
Vete a saber. Probablemente celos...
CONSUELITO
Algún motivo daría Lucrecia para que el Marqués echara los pies por
alto.
SENÉN, ~vivamente~.
No habrá sido la Condesa quien ha dado el motivo, sino el Marqués, que
hace tiempo venía faltando...
EL CURA
¡Ah! tunante; luego tú sabes... Permítame la señora Doña
Consuelo Briján que ponga en cuarentena todo ese folletín de _La
Correspondencia_ que acá nos trae...
CONSUELITO
Mis informaciones, Sr. D. Carmelo, son siempre _competentemente
autorizadas_, y proceden...
EL CURA
De chismes de lacayos o marmitones.
EL ALCALDE
Eso no: el corresponsal de mi prima en Verola es un punto que sabe su
obligación.
LA ALCALDESA, ~riendo~.
Tadea, la planchadora de los Donesteve.
EL ALCALDE
Y que no se descuida. Larga unas cartas de seis pliegos, llenos de
garabatos, que parecen una alambrera. Esta sola los entiende.
CONSUELITO
Y que no se le escapa nada. Antes de la gresca, los Donesteve y
Lucrecia habían concertado casar a Nell con el Marquesito de Breda,
primogénito de Utrech.
EL CURA
Buena boda. ¿Y a Dolly?
CONSUELITO
Seguían los tratos para apalabrarla con el hijo segundo.
EL ALCALDE
Eso se llama barrer para adentro.
LA ALCALDESA
¿Y qué más?
CONSUELITO
La noticia gorda, la bomba final... ¡Ah! esa no te la digo si no me la
pagas en lo mucho que vale.
LA ALCALDESA, ~riendo~.
¿Qué quieres por ella?
CONSUELITO
Me has de dar el tarro de dulce de coco con batata que recibiste ayer
de la confitería. Ya sabes que me muero por el coco.
EL CURA, ~a carcajadas~.
Golosa había de ser.
EL ALCALDE
Está bueno. ¡Que le den el dulce por las mentiras!
CONSUELITO, ~poniendo morros~.
Pues si no me lo dan, no hay caso. No suelto una palabra.
LA ALCALDESA
Hija, no: lo que es el coco, no lo catas...
CONSUELITO
Pues no cataréis vosotros la miel que tanto os gusta... ¿Ves, ves al
curita cómo se relame?...
EL CURA, ~riendo~.
Vicenta, dele usted el tarro, ¡por San Blas! porque si no se lo dan, no
habla; y si no habla, revienta.
LA ALCALDESA
Bueno; le cederé la mitad.
CONSUELITO
Anda, cicatera... Pues la noticia es que a Lucrecia le dieron como unos
siete ataques espasmódicos, seguiditos.
EL ALCALDE
Bah, bah...
CONSUELITO
Espérate... Y se tiró de los pelos, y se abofeteó a sí misma,
diciéndose por su propia boca muchas más abominaciones que han dicho de
ella las bocas de los demás.
EL CURA
Principio de arrepentimiento.
CONSUELITO
Como que reconocía que por haber sido ella tan alegre de cascos, pasan
estas trifulcas. Y consternada, medrosa del infierno, volvió los ojos
a la verdad, y... vamos, que se le ocurrió confesarse. ~(Estupor
general.)~
EL CURA, ~oficiosamente, a la Alcaldesa~.
Pásele usted recado, Vicenta. Dígale que estoy a sus órdenes.
CONSUELITO
_Tarde piache._ Desde Verola mandó un propio a Zaratán.
EL ALCALDE
Sí, hombre... Hace dos años, se confesó también con Maroto. Por cierto
que dijimos: «Ya no volverá a las andadas.» Pero al poco tiempo...
¡trómpolis! Lo que hacen estas: vaciar de pecados viejos la conciencia,
para hacer hueco, y poder ir estibando los pecados nuevos.
EL CURA, ~desconcertado~.
Pero entendámonos: ¿mandó aviso a Maroto anunciándole que ella iría a
Zaratán, o le suplicaba que fuese él a Verola?
CONSUELITO
La carta no lo puntualiza. Está escrito en una postdata, momentos antes
de salir el peatón.
EL ALCALDE
Bueno; y después de todo, ¿qué nos importa? La especie de la confesión
apenas vale un cuarto kilo de dulce.
EL CURA, ~cejijunto~.
Sí vale, sí... En fin, Vicenta, hágame el favor de decir a la Condesa...
LA ALCALDESA
Al momento voy. ~(Entra en la casa.)~
EL ALCALDE, ~oyendo la campana que anuncia entrada de visitante por la
puerta principal del jardín, al lado opuesto de la casa~.
¿Quién entra?
SENÉN, ~que ha corrido a enterarse~.
¡D. José, D. José!...
EL ALCALDE
¿Quién es?
SENÉN
El Prior de Zaratán.
EL ALCALDE
Que pase a la sala... ¡Y me coge en zapatillas!...
EL CURA, ~de mal talante~.
Yo le recibiré.
~Momentos de confusión. El Padre Maroto y el cogulla que le acompaña
son recibidos por D. Carmelo. Preséntase luego el Alcalde; baja la
Alcaldesa; median las cortesanías usuales. Sube el Prior a la estancia
de la Condesa. Salen nuevamente al jardín los demás personajes,
entre ellos el monje, a quien anuncia Monedero que el señor Prior
y la compañía comerán en su casa. Alega D. Carmelo mejor derecho
y significación, que los Monederos reconocen. Después, Consuelito
entretiene con ameno coloquio al monje.~
LA ALCALDESA
Yo espero que después de la confesión recibirá a los amigos.
EL CURA, ~displicente~.
¡Y si no los recibe, qué le hemos de hacer...! Yo predico esta noche.
Comenzamos la novena de la Esperanza, y entre repasar el sermón y
vestir un poquito la iglesia, se me va el día... Me parece que no podré
volver.
EL ALCALDE
¿Y las niñas?
LA ALCALDESA
Nell estaba con su mamá... ¿Pero no sabes?... Dolly se ha vuelto a la
Pardina, sin decirnos nada. La Condesa me encarga que la mande venir
inmediatamente. Quiere que las dos estén a su lado.
EL ALCALDE
Lo que digo: es loca esa chicuela. Anda, Senén; vete a la Pardina, y
te la traes. Dile que lo manda su mamá, y que también lo mando yo, el
Presidente del Ayuntamiento. Ya le bajaremos los humos a esa leoncita...
~La confesión dura cinco cuartos de hora, determinados reloj en mano
por Consuelito y D. Carmelo. Este se lleva a su casa a los dos frailes,
que resuelven quedarse en Jerusa hasta el día siguiente, porque el
Prior tiene que solventar asuntos varios en el Ayuntamiento. Alégrase
de esta detención el Cura, para que puedan oír y apreciar su sermón de
aquella noche dos teólogos insignes.~
~Vuelve Senén de la Pardina con la incumbencia de que Dolly no quiere
salir de allí, y que ha hecho burla del Alcalde y de su vara, lo que
saca de quicio a Monedero. Le calma su esposa con el razonamiento de
que es muy natural que la chiquilla desee comer con su abuelo por
última vez. Transige D. José María, asegurando que a la tarde, o viene
la fierecilla, o va él a buscarla con la Guardia civil. Senén, que no
se da por vencido con los repetidos desaires de la Condesa, se va a su
casa, prometiendo volver al plantón a primera hora de la tarde. Es de
los que se imponen por el terror.~
~A la una comen los Monederos con Nell y Consuelito. A Lucrecia se le
sirve en su cuarto. Dan las dos, las tres...~
ESCENA V
~Sala baja en casa del Alcalde.~
~LA ALCALDESA; EL CONDE, que acaba de entrar; después NELL.~
LA ALCALDESA, ~aturdida~.
Ya me figuro, señor Conde de Albrit, a qué debo el honor de verle en mi
casa.
EL CONDE
Deseo hablar con Lucrecia. Y no sé con qué palabras solicitar de usted
la benevolencia que necesito por esta libertad, por esta osadía de mal
gusto con que llego a su casa.
LA ALCALDESA
¡Oh, señor Conde...!
EL CONDE
Es que su esposo de usted y yo no hacemos buenas migas. Anoche hemos
cruzado algunas palabras un tanto mordaces... Si el Sr. Monedero me
arroja de su casa, lo llevaré con paciencia... ~(La Alcaldesa, sin
saber qué decir, hace con ojos y boca diferentes muecas y monerías.)~
Ya no me importa. En el conflicto en que me veo, la dignidad, ¿qué digo
dignidad? la vergüenza, no significa nada para mí. Voy derecho a mi
objeto con cara insensible, y mi objeto es...
LA ALCALDESA, ~recobrando su aplomo~.
Ver a Lucrecia, sí.
EL CONDE